jueves, 10 de mayo de 2012

Álvaro Cunqueiro y la familia de Merlín (Juan Ángel Juristo en www.cuartopoder.es)

Alvaro Cunqueiro y la familia de Merlín
JUAN ÁNGEL JURISTO | 28 de abril de 2012

En la presentación de la recopilación de artículos y cuentos de Alvaro Cunqueiro, 'De Santos y Milagros', se dieron cita (de izda. a dcha.) el poeta Pere Gimferrer, el profesor Xosé Antonio López Silva (autor del hallazgo de los inéditos), el presidente de la Xunta, Núñez Feijóo; el escritor y exministro de Cultura, César Antonio Molina, y Borja Baselga, presidente de la Fundación Banco de Santander. / Efe
Comenzaré por una confesión: considero, consideré siempre, a Álvaro Cunqueiro como uno de los escritores españoles más importantes del siglo XX. Esa calificación me ha llevado, con los años, a valorar de una manera más discreta y comprensiva las razones que me llevaron, desde mi juventud, a la fascinación por su obra y figura. Resulta que somos hijos espurios de nuestros prejuicios y nuestra astucia, y desde luego, ¿cómo no gustar de una literatura que se mostraba en el lado opuesto de lo que mi generación rechazó con pasión; el realismo chato y decimonónico que se llevaba antes de la explosión del boom latinoamericano, complementado por el socialrrealismo más plano aún si cabe de la oposición franquista? De ahí que gentes como Cunqueiro o Joan Perucho, o Juan Eduardo Cirlot, o Pere Calders, o Josep Plá, de tan distinto pelaje y condición, algunos de ellos encantadores gentes de derechas, cuando no abiertamente reaccionarios,  poseyeran una cualidad común, la de estar representando una excelencia en lo literario que chocaba frontalmente con el ambiente opresivo que se respiraba en los cenáculos literarios, ignorantes de lo mejor que se estaba realizando en Europa y los Estados Unidos. Fueron nuestro respiradero y, ya digo, Álvaro Cunqueiro estaba entre ellos, en lugar destacado, claro. Por si fuera poco, y como parte intrínseca de su personalidad, como si fuera un personaje de sus narraciones, artículos o novelas, la leyenda que le acompañó de los avatares de su vida, de cómo se apropió del coche de Ramón Serrano Súñer pocas horas antes de que éste lo necesitara debido a la presencia de un alto jerarca nazi en Madrid, o la invención del Premio Mark Twain que se sacó del magín para sablear un traje, acrecentada por mil anécdotas menos fabulosas y comprobadas por los biógrafos, como la retirada de su condición de periodista que sufrió por haber querido estafar a la Embajada de Francia cobrando unos encargos que nunca llegó a realizar. Todo esto le hizo un personaje único en su momento. Lo que no sabíamos entonces es que lo sería también en un futuro, una vez salido del purgatorio en que una generación posterior lo metió debido a su militancia falangista.


Cubierta de la obra de Álvaro Cunqueiro.

La Fundación Banco Santander acaba de editar un libro delicioso de Álvaro Cunqueiro. Se le ha puesto el atinado título de De Santos y Milagros y consta de 138 artículos y 7 cuentos inéditos en torno a gentes que fueron proclives a la santidad y a la vida milagrosa. Hay títulos que lo dicen todo. Los artículos provienen de diarios y publicaciones como Faro de Vigo, La Vanguardia, ABC, La Voz de España, Aire Azul, Misión y Catolicismo. De esta última publicación son los siete cuentos inéditos, que se les habían escapado hasta ahora a los especialistas y que se han revelado de una importancia capital para entender la posterior evolución en la obra de Cunqueiro, cuando dio entidad a gentes como Fanto Fantini, siete cuentos que fueron escritos después de 1944, una vez le retiraron el carnet de prensa y que publicó bajo el pseudónimo de Álvaro Labrada, siete cuentos de una imaginación espectacular, comparables a los que escribió posteriormente, donde se mezclan los ambientes exóticos, totalmente inventados y que tan bien se le daban, unos ambientes que tanto daban si eran hindúes o chinos pues incidían en algo del que él fue un maestro: revivir el imaginario colectivo de un pueblo. En esto actuó como Merlín, o Simbad, o Ulises, tres personajes de la Antigüedad real o inventada, que fueron maestros de la fábula y la imaginación exaltada. Siete cuentos, en fin, descubiertos por el profesor y filólogo Xosé Antonio López Silva, que es el encargado, además, de la edición de este libro y autor de un estudio preliminar bastante clarificador. Por su parte, César Antonio Molina, que conoció a Cunqueiro y lo ha estudiado y editado con cierta profundidad, es el responsable del prólogo, donde se contextualiza estos escritos dentro del panorama general de la obra de Cunqueiro. De esta manera, lo que en principio podría tomarse como una publicación hagiográfica de santos, santas, sobre todo santas,  y sus milagros, se inscribe dentro de una galería de retratos de raigambre mágica, mistérica, vale decir, de la familia de Merlín, una manera de burlar, esta vez de forma elegante, la férrea ortodoxia de la Iglesia. Y en esto de burlar ortodoxias Cunqueiro siempre fue un mago. Aquí se da cumplida muestra de ello.
Pere Gimferrer, que presentó el libro en la Biblioteca Nacional, con asistencia del Presidente de la Xunta, Alberto Nuñez Feijoo, incidió en la condición profundamente solitaria de este escritor,  “que no tuvo antecedentes ni consecuentes” e hizo un juego de palabras muy bello que explica, además, la particular fascinación que despierta el personaje: “Cunqueiro no hizo realismo mágico sino magia de las palabras”.  Y hasta tal punto es así, fue así, que leyendo estas páginas de santos uno comienza a sentir la invasión de cierta calidez de claro origen gozoso. La verdad es que la vida de los santos, cuando está bien escrita, pertenece a la galería de retratos literarios de clara excelencia. La prueba está en las hagiografías del padre Rivadeneyra, que en nuestra tradición representa lo más acendrado de la misma. Pocas veces he leído retratos literarios tan mórbidos como los que nos presenta Rivedeneyra, algunos que para sí hubiera querido el Marqués de Sade, y la verdad es que los escritos por Cunqueiro son más finos, están rellenos de una madeja más imaginativa que los del jesuita, también más amable. Al fin y al cabo el escritor gallego siempre pensó que los santos eran magos, condición inexcusable de la inteligencia de la imaginación, y de ahí que lo mórbido tuviera su lugar justo, pero no más, y desde luego no lo más importante. Molina recalca la identidad de Cunqueiro con la del poeta irlandés y Premio Nobel  Edward Butler Yeats y la recalca en lo que tiene de identificación con el inconsciente popular. En cierto sentido es verdad y estás páginas pertenecen tanto al imaginario católico, como a la invención del propio autor, pero también a la de su pueblo gallego. Esto habría que recalcarlo al querer dar cuenta de este libro. A mí, de todas maneras, me interesa destacar algo que creo tiene mucha mayor importancia: la de la calidad literaria de estos artículos, tan intensa como la de sus novelas o sus crónicas. Cunqueiro fue de los pocos que dignificaron el oficio elevándolo a la categoría de literatura fantástica: una de las pruebas es este libro. Aunque hable de santos y milagros, o quizá por ello.

lunes, 7 de mayo de 2012

Panero, casi el alma. Por Carlos Agazo en ABC (7-5-2012)

Desde muy jóvenes, casi desde niños, Leopoldo Panero y su hermano Juan se fueron forjando como poetas y como personas en la casona familiar de Astorga, levantada muy cerca del deslumbrante Palacio Episcopal, que su tío Leoncio había adquirido a su regreso de América. Leopoldo construyó su pequeño reino de sueños en las alturas, en el palomar, y Juan extendía su territorio literario por la planta baja del palacete. Como en una novela inglesa del XIX. Mientras que Juan, un año mayor que él, se sumergía con entusiasmo en la gran herencia clásica de la poesía castellana, escribiendo aquellos versos de inspiración encendida que después cuajarían en poemarios como Cantos del ofrecimiento (1936) y Presentimiento de la ausencia (1940), Leopoldo se convirtió enseguida en un joven poeta vanguardista, formado en Valladolid, San Sebastián, Madrid, Cambridge, Tours y Poitiers, atraído por los aires del surrealismo y del dadá, y colaborador de Neruda en su rompedora revista Caballo verde para la poesía.



Cuando murió su hermano, en 1937, Leopoldo tenía 28 años. La tremenda sacudida que sufrió su espíritu le llevó no sólo a escribir, para desahogarse, un libro como Adolescente en sombra (1938), que rompía de manera evidente con sus obras anteriores, sino a emprender además un camino del que ya no se separaría nunca. Como asegura el profesor Francisco Martínez García, autor de una Historia de la literatura leonesa (Everest, 1982), al morir Juan «el torbellino de su inspiración lírica, grave, leve, transparente, sombría, pasó a sacudir los arraigados versos, aún no nacidos, de Leopoldo. Y la herencia poética de Juan no se perdió… del todo».



Si su hermano no hubiera desaparecido prematuramente; si en lugar de casarse con Felicidad Blanc, «la muchacha más bella de Madrid», lo hubiera hecho, por ejemplo, con Joaquina Márquez, la protagonista de los encendidos poemas de Versos al Guadarrama (1945), y, sobre todo, si se hubiera resuelto de otra manera el episodio de su detención en los inicios de la guerra civil, acusado de recaudar fondos para el Socorro Rojo, tal vez Leopoldo Panero no se habría convertido en uno de los iconos literarios más reconocibles del franquismo, sino que habría engrosado la lista de los epígonos de la denominada Generación del 27.

«Cristiano viejo»



Como recordaba en un poema su hijo Juan Luis, al que le regaló la pluma estilográfica de Agustín de Foxá y, con ella, su vocación poética más profunda, Leopoldo Panero fue un «cristiano viejo», pero también un «poeta húmedo», una víctima de los «ataques violentos de su propio genio»; un falangista fuera de molde que tomaba café en el Londres de los años cuarenta con Luis Cernuda y con su primo Pablo Azcárate, director del Instituto Español en el exilio, la misma institución que él dirigía de manera oficial para el régimen de Franco.



La cercha, el corsé, la contención a la que voluntariamente sometió Leopoldo Panero a sus versos, impidieron quizás que su poesía creciera en libertad absoluta, pero a cambio le dieron una dimensión única: una carga de referencias literarias, de belleza y de sugerencia que desborda, con mucho, los pretendidos cánones estéticos del garcilasismo militante de su tiempo. Un corazón con freno que se separó definitivamente del 27 para acercarse mucho más a la manera de ser y de sentir del 98. En Panero, la belleza hímnica de un Shelley, de un Wordsworth o de un Fray Luis de León al cantar a la naturaleza y al paisaje («¡oh vida retirada en lo más dulce! / ¡oh límite en penumbra, casi alma!») se imbrica maravillosamente con el sueño de Dios de don Antonio Machado o con la mano de Dios extendida sobre los campos de Castilla de don Miguel de Unamuno. Esa misma transparencia de la que después daría testimonio Claudio Rodríguez.


(El poeta Leopoldo Panero)

Un nuevo humanismo



Leopoldo Panero fue capaz de comparar en sus poemas a Federico García Lorca y a José Martí con José Antonio Primo de Rivera, y de contestar (¡con tan poca fortuna!) al Canto general de Neruda con su propio Canto personal (1953), algo que, según él, sin duda habría hecho el mismísimo Miguel Hernández si hubiera seguido vivo… Pero también fue capaz de fundar, en plena España triste de posguerra, un «nuevo humanismo» que saludaron Luis Rosales y los poetas del 36; una visión personal del mundo y de la poesía donde al hablar de amor hablaba del paisaje encendido de Castilla, y al hablar del paisaje de Castilla hablaba de Dios, situándose muy cerca del misticismo vibrante y armonioso de San Juan de la Cruz, llama de amor viva. Desde la «penumbra» (una palabra que se repite en muchos de sus poemas) de su tiempo, sin duda Leopoldo Panero persiguió cada día con denuedo el fulgor de la luz. Y la encontró en la poesía. Corazón con freno, casi un alma, que merece una lectura puramente poética, lejos de los terribles prejuicios políticos con los que la poesía española lleva caminando sin duda demasiado tiempo.

El desastre económico de la II República visto por Juan Velarde




  



El decano 2012-04-17

La II República: un mal recuerdo en lo económico

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 La II República mostró una incapacidad extraordinaria para, de alguna manera, intentar superar el forzoso desastre que la Gran Depresión causaba en todo el mundo.&quote

También en lo económico. Por supuesto la I República fue, en lo económico, un autentico desastre. Pero la II mostró una incapacidad extraordinaria para, de alguna manera, intentar superar el forzoso desastre que la Gran Depresión causaba en todo el mundo, y que en España no sólo no se frenó, sino que, como consecuencia de una serie de desatinos, se amplió de manera bien clara.
Era entonces España un país esencialmente agrícola. En el año 1932, el 27% del PIB era agrícola; el 28% industrial y el 45%, servicios. Por una parte, una importación de trigo muy importante de la Argentina y por otra, la puesta en marcha de una Reforma Agraria que incluso afectaba a las finquitas de los ruedos de los pueblos, como nos probó el profesor Juan Muñoz, hundió el poder de compra de parte esencial de nuestra población.
Por otro lado, la II República se embarcó en un modelo autárquico creciente. Perpiñá Grau lo denunció en enero de 1935, en Weltwirtschaftliches Archiv. En esas condiciones era imposible pensar en escapar de una muy estrecha actividad productiva.
Eso lo agravó la suspensión, por Álvaro de Albornoz, en parte por presión catalana relacionada con la empresa eléctrica popularmente conocida como "la Canadiense", o sea, Barcelona Traction, la política de obras públicas relacionadas con las Confederaciones Sindicales Hidrográficas, cuyo efecto multiplicador sobre la industria siderúrgica era bien visible. La crisis en estas industrias básicas ratificó el desbarajuste económico.
Para intentar paliarlo, a partir de Largo Caballero se puso en marcha una política social que impulsó al alza los costes laborales de manera importante, con lo que la coyuntura no fue capaz de escapar del ambiente general que la Gran Depresión traía consigo. Y tampoco alivió las tensiones sociales, que estallaron con mucha fuerza en la Revolución de 1934, con impactos muy importantes en Asturias, en Cataluña y en las provincias vascas, esto es, en el núcleo industrial esencial.
Medidas aisladas, que no coronaban nada, como podía ser un asunto de progresividad fiscal con la Ley Carner, o las acciones agrarias de Prieto, con el asesoramiento del ingeniero agrónomo Leopoldo Ridruejo, nada serio pudieron ante la combinación de erróneas políticas económicas señaladas. La prueba de que la depresión se adueñaba de España, la tenemos en el aumento considerable del paro y la caída del PIB por habitante (PIB p.c.). Para 100’0 el último año de la Dictadura de Primo de Rivera, en 1933, fin del binomio azañista‑socialista, este PIB p.c. era de 90’7, y aunque se recuperó algo en el binomio radical-cedista, en 1935 éste índice no había pasado de 94’3, aparte de su fuerte mala distribución, y del incremento del paro. En diciembre de 1935, el paro registrado llegaba a los 700.000 desempleados, para un empleo asalariado total de 3.900.000, o sea, el 14’8%, después de haber logrado el pleno empleo en la Dictadura de Primo de Rivera.
Un economista diría: ¡Para recordar el denominado mundo progresista el 14 de abril de 1931!

viernes, 4 de mayo de 2012

PROBOSCÍDEOS LITERARIOS por Fernando Iwasaki

"Un pollito se encajó en la cabeza del elefante del Retiro
y allí vivió como un parlamentario, como si el
elefante fuera su escaño"
PROBOSCÍDEOS
LITERARIOS
FERNANDO
IWASAKI

23 de Junio de 1944, Julio Camba le dedicó la Tercera de ABC
al elefante del zoológico de Hamburgo —«El elefante bombero»—, porque
durante un bombardeo el animal comenzó a regar con su trompa a los
demás animales para que no murieran abrasados: «¡Curioso animal el
elefante, quien lo mismo derriba de un empujón una locomotora que
recoge cuidadosamente una moneda de la mano de un niño, y se la pasa
al guarda de su Parque Zoológico para que éste le entregue a cambio de
ella un cartucho de golosinas! El poeta hablaba de la Edad Media
enorme y delicada —le moyen âge enorme et delicat—, pero nada es tan
delicado y a la vez tan enorme como un elefante: ni siquiera la propia
Edad Media».

El 14 de Marzo de 1957, Agustín de Foxá tituló su Tercera de ABC «El
elefante flechado», porque narró cómo el famoso cazador William Negley
había ganado una apuesta después de abatir a un elefante con arco y
flechas, como los cazadores del neolítico: «William Negley tensó el
arco; disparó la plumada flecha y la clavó en el costado rugoso, color
de piedra. Corrió, galopó el elefante herido derribando árboles con la
misma facilidad con que avanza un hombre entre las espigas de un campo
de trigo. Y luego se derrumbó como un lienzo de muralla. El cazador,
para abreviar la inmensa agonía, grande como un crepúsculo, le
atravesó con otra flecha el rojo corazón. El elefante murió, creyendo,
sin duda, que había sido herido hace veinticinco mil años. Que era uno
de sus antecesores, uno de esos mamuts de rojiza lana, de los cuales
todavía sus hembras actuales se acuerdan en el momento del parto, ya
que los pequeños elefantes nacen con una pelusa bermeja, que
desaparece a las pocas horas».

César González-Ruano

 El 18 de mayo de 1963, César González-Ruano le dedicó su artículo a un
pollito que se encajó en la cabeza del elefante del Retiro y que allí
vivió como un parlamentario hasta que se engalló, porque el pollo
creció persuadido de que el elefante era su escaño. «Tonta parábola
del elefante y el polluelo» terminaba así: «Un buen día, el polluelo
se le puso en la trompa y el elefante le vio con sus ojillos sagaces y
tiernos. No se le ocurrió espantarle ni mucho menos. Le dio cordial
albergue. Acaso se preguntó cómo habría ocurrido aquello. Se hizo su
amigo. Su protector bondadoso y divertido. Y el pollito suponemos que
fue creciendo y haciéndose a la idea de que el elefante era su criado.
Gustamos —en agridulce imaginación— suponer que una noche cualquiera,
al notar contrariadamente algún movimiento brusco del elefante, el
pollito le amenazó con irse y dejarle solo. Y que otra noche, de mal
humor, intentó picarle en los ojos. Y que otra mañana le llamó
desgraciado, inútil y estúpido, y le dijo que tenía una piel muy
ordinaria y que le estaba haciendo un favor por pura lástima no
marchándose a vivir encima de otro elefante. Y nos tememos que el
elefante le suplicó que no se fuera. Que ya no sabría vivir sin sentir
su chirriante pío-pío, su grato y tierno peso al que se había
acostumbrado».

Los proboscídeos literarios de ABC son inmortales.

viernes, 20 de abril de 2012

Leopoldo Panero, poeta del dolor y el estoicismo

Libros

«En lo oscuro»: Leopoldo Panero, poeta del dolor y el estoicismo

Una antología recupera a uno de los grandes nombres de nuestra lírica, cuando se cumplen 50 años de su muerte

Día 08/03/2012 - 17.10h
«En lo oscuro»: Leopoldo Panero, poeta del dolor y el estoicismo
teodoro naranjo domínguez

Panero, Leopoldo Panero, la voz de un alma herida. Quizá no fue el hombre más alegre de nuestra poesía contemporánea. Acaso tampoco el más dicharachero, pero la hondura de sus versos, su aliento humanísimo, su precisión emotiva, siguen intactos medio siglo casi ya su muerte, cuando una angina de pecho se lo llevó en su querida tierra leonesa, un 27 de agosto del 62, a los cincuenta y tres años.
Leopoldo Panero, como un San Sebastián de nuestra poesía, llevaba sobre el cuerpo todas las saetas envenenadas de nuestra Guerra Civil y aquella posguerra interminable, en la que vistió la camisa azul y mezcló versos extraordinarios con el yugo y las flechas, la mística joseantoniana (probablemente más sentimental que otra cosa) con cantos inolvidables como «La estancia vacía», de 1944, de tono parecido e igual de emocionante que «La casa encendida» de su buen amigo Luis Rosales, y publicada en el mismo año que otros títulos imprescindibles de nuestra lírica de posguerra: «Sombra del paraíso», de Vicente Aleixandre, e «Hijos de la ira», y su más de un millón de cadáveres, de Dámaso Alonso.
«En lo oscuro»: Leopoldo Panero, poeta del dolor y el estoicismo
Georges Roualt
Portada de la antología de Cátedra dedicada a Leopoldo Panero
Panero no era una de aquellas iglesias sin bendecir, aquellos hombres que no conocen el dolor como escribía Luis Rosales, porque Leopoldo Panero parecía llevar cosido al alma un dolor supremo, dolor erigido sobre las queridas ruinas de la infancia y la adolescencia en Astorga, dolor de los padres que nos dejan, dolor de estar a cinco minutos (o diez metros, como prefieran) de ser ejecutado por «rojo» (por solidarizarse con Socorro Rojo Internacional) en los primeros días de la España rebelde, dolor de su querido hermano Juantambién grandísimo poeta alférez provisional entre los de Franco, y que moriría muy joven, en 1937, con apenas 29 años, en un accidente de circulación, dejando nuestro poeta trastornado por la pena: «A ti, Juan Panero, mi hermano, / mi compañero y mucho más; / a ti tan dulce y tan cercanio; / a ti para siempre jamás».
Y luego los días de la hambruna en los 40, las mondas de patata que comía más de media España, en aquellos días en los que Jaime Gil de Biedma vio cómo «media España ocupaba España entera».
«En lo oscuro»: Leopoldo Panero, poeta del dolor y el estoicismo
ABC
Ejemplar de la revista «Escorial», una de las más destacadas de la posguerra
Panero fue hombre que en la distancia se nos antoja hondo de corazón como tan honda fue su poesía, vinculada a la Generación del 36 (Ridruejo, Rosales, Vivanco, Valverde...¡qué generación!) y a la revista «Escorial».
Tres eran tres sus hijos, Juan Luis, Lepoldo María y Michi (también poetas los dos primeros) y Felicidad Blanc, su esposa, que en aquella terrible película de Jaime Chávarri del 76, «El desencanto», casi un reality show, ajustaban dramáticas cuentas con su padre y con la España que él representaba, cara al sol, con la camisa nueva.
Pero media siglo después, al margen de la despiadada historia, es su poesía, inmensa, como si alguien te escanciara el corazón de hermosura y desconsuelo, lo que queda, lo que perdura, lo que es inmutable.
Poesía felizmente recuperada ahora en una extraordinaria antología «En lo oscuro» (Cátedra, Letras Hispánicas) con no menos extraordinaria del profesor Javier Huerta Calvo, autor también de uno de los estudios más exhaustivos que se han realizado del poeta astorgano, no tan conocido entre nosotros como debiera, algo, desgraciadamente común en toda su generación, sin duda apostasiada por la putañera Guerra Civil.
Demos paso, pues a Leopoldo Panero, un estoico del siglo XX.

El templo vacío (fragmento)

miércoles, 18 de abril de 2012

Nuevo libro-recopilación de Fernando Iwasaki: Papel Carbón

Iwasaki regresa a su juventud

Fernando Iwasaki recopila sus dos primeros libros en el volumen 'Papel Carbón', unos relatos que ya apuntaban el humor y las inquietudes de este maestro del género breve.
Braulio Ortiz (Diario de Sevilla)


Fernando Iwasaki recupera ahora dos conjuntos de cuentos publicados por primera vez en 1987, en Lima, y en 1993, en una editorial de Bilbao.
Papel carbón. Fernando Iwasaki. Páginas de Espuma. Madrid, 2012. 272 páginas. 18 euros.

Un veinteañero Fernando Iwasaki apuntó en el prólogo de su primer conjunto de relatos que "los libros son como los hijos, unas veces nacen cuando uno quiere y otras vienen solos". No sospechaba el autor, en ese tiempo en que redactaba sus textos a máquina, del que quedarían las copias de papel carbón como "partituras de una forma de escribir que ha sido abolida para siempre", que con los años tendría una verdadera familia numerosa, con alumbramientos tan felices como Ajuar funerario, ya en su séptima edición. Convertido en una referencia indiscutible de la narrativa en español, este limeño afincado en Sevilla recoge en el volumen Papel Carbón sus dos primeros libros: Tres noches de corbata, aparecido en 1987, y A Troya, Helena, publicado en 1993. Unos relatos que, a pesar de que su creador los juzga "arcaicos, vetustos y decadentes", ya desvelan el ingenio y la audacia que caracterizaría a Iwasaki. Al releer su obra, el narrador admite "reconocerse" en aquellos relatos, pero también, generaliza, "en los inéditos de muchos amigos que me enviaron con la misma edad sus primeros manuscritos. Cuando tenía 23 o 24 años, no había nadie en Lima que pudiera aconsejarme y por eso cuando he tenido ocasión, he sido medio padrino de más de un escritor en agraz. Salvo excepciones fulgurantes (Rubén Darío, Thomas Mann o Vargas Llosa), todos los jóvenes de veintipocos años que soñamos con ser escritores nos parecemos y nos parecimos".

En el primer cuento, La sombra del guerrero, un peruano recibe información sobre sus orígenes japoneses, como si el autor quisiera presentarse a los lectores que ya lo conocen. ¿Cambió el orden de los cuentos para esta reedición, para plantear nuevos significados? "No, el orden es el mismo de entonces, y en el Perú aquello no era ningún guiño porque allá no era extraño encontrarse con personas de ascendencia japonesa. Es verdad que 25 años más tarde y en Sevilla ese orden sí que tiene otras connotaciones que hasta ahora no había advertido". No hace falta, en todo caso, que Iwasaki recurra a trucos para que sus admiradores lo reconozcan en estas páginas: aquí abundan los rasgos más destacables de su narrativa, como ese interés por el terror que tan buenos resultados le ha dado. "Siempre me gustó el género, porque me convertí en lector de relatos gracias a Poe y Lovecraft. Cortázar no era especialista en cuentos de miedo pero tenía El ídolo de las Cícladas, y Borges había escrito There are more things dedicado precisamente a Lovecraft", cuenta el escritor.

En estas piezas rescatadas sorprende, sin embargo, la madurez que posee el joven Iwasaki, capaz de perfilar personajes tan conmovedores como el viejo protagonista de La otra batalla de Ayacucho. "Por desgracia aquel anciano era un trasunto de mi abuelo materno. Mucho tiempo después de su muerte descubrí que tenía tres doctorados, en Filosofía, Derecho e Historia. ¡Y pensar que cuando era niño ayudamos a mi madre a tirar su biblioteca a la basura!", lamenta alguien a quien le parece "una pesadilla recordar estas cosas, ahora que mi vida transcurre entre libros" y que reivindica que la literatura ayuda "a resolver cosas, todos somos como Fabrizzio del Dongo al comienzo de La Cartuja de Parma: caminamos por un campo de batalla sin saber que se libra una batalla".

Son muchas las conexiones con la actualidad que desdicen la condición de arcaicos que Iwasaki atribuye a sus primeros cuentos, como en esa visión de los toros en la que, como ahora, los personajes se quejan de que las ganaderías ya no son lo que eran. "En los toros y en el flamenco siempre hay que quejarse de que las cosas ya no son como antes. Es un piropo decirle a un cantaor o a un matador que nos recuerda a Chacón o Manolete, pero en la intimidad de la pareja nadie soportaría que le dijeran me has recordado a Fulanita o lo que me hiciste también le gustaba a Menganito", bromea. Ese relato taurino es uno de los que pone de manifiesto el oído de Iwasaki para reflejar diferentes formas de hablar, algo a lo que ha contribuido el proceder de Perú y residir en Andalucía. "Siempre me ha interesado trabajar el lenguaje, tanto en novelas como Neguijón como en libros de relatos como España, aparta de mí estos premios. Pero ahora soy consciente de que hay que dar pequeñas pinceladas y no tremendos brochazos, como los que di en más de un cuento".
 http://www.diariodesevilla.es/article/delibros/1236287/iwasaki/regresa/su/juventud.html