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viernes, 20 de diciembre de 2013

Desarmonía y fractura social, un hecho en la sociedad catalana (Manuel Parra en diarioya.es)



(El autor: Manuel Parra)


Siempre que se acercan las fiestas de Navidad me propongo no escribir de política, pero este año especialmente sube tanto ruido desde la calle que mis buenos propósitos se van al traste; por lo menos, hoy no cansaré al lector con la política que se cuece en declaraciones explosivas o entre bastidores entre la rauxa separatista de algunos catalanes y la gallega impavidez (o serenidad, que no sé a qué carta quedarme)  del Sr. Rajoy. Me dice uno de mis ángeles de la guarda, el de derechas, porque también existe el indignado, que deje el tema en manos de los responsables de que España siga siendo; le aclaro que todos los españoles somos responsables de su existencia y porvenir, y reconoce que tengo razón…
 Por lo tanto, me referiré a una dimensión no estrictamente pública del problema, aunque sí decisiva tanto para la esencia como para la existencia de esa España de nuestros pecados. Se trata de la llamada fractura social, que ya es un hecho en la sociedad catalana, y que puede ser, a la corta o a la larga, más grave que la estrictamente política, ya que afecta a vínculos primarios, como la familia o los círculos de convivencia y amistad.



 Por una serie de circunstancias, ha coincidido mi preocupación de hogaño por el devenir español con otra, de carácter intelectual, sobre elementos de antaño; y esta última dimensión me está llevando a profundizar en el estudio de la Institución Libre de Enseñanza y, más particularmente, sobre las fuentes en que se inspiró su fundador, don Francisco Giner de los Ríos, empezando por la de su maestro don Julián Sanz del Río y, de este, a la doctrina krausista, de la que fue fanático partidario y defensor. Pues bien, Karl Christian Friedrich Krause partía del “hombre interior y armónico en alianza con Dios” y establecía que, para llegar a ese hombre armónico, se debía partir de la progresiva integración orgánica de los individuos en los diferentes tipos de sociedades, “personales, reales y formales”. De entre las que llamaba personales, la más importante e inmediata era la familia, “reino cerrado, absoluto y suficiente para sus fines”, “el primer Estado de la humanidad en la tierra”; la segunda sociedad era la amistad, “acuerdo del ánimo y del sentimiento”, y, en tercer lugar, el “trato social libre”. (Apartándonos del tema, ahí tienen material los estudiosos para rastrear la teoría de La llamada democracia orgánica, que no fue una creación fascista sino liberal).
 Pues bien, estas tres sociedades orgánicas primarias son las que están sufriendo las consecuencias inmediatas de la prédica segregacionista de los actuales (y de los pasados, no lo olvidemos) usufructuarios del poder autonómico en Cataluña. Ya conozco varios casos de familias en que, a pesar de un tácito o expreso no hablar de política en sus encuentros, se han producido enfriamientos o declaradas rupturas entre sus miembros por la cuestión separatista. Otros tantos casos podría añadir de amigos de toda la vida, cuyas relaciones se han cortado de raíz. Quizás sea más llamativo lo que se está produciendo en los ámbitos de trabajo, estudio o tertulia, totalmente radicalizados ante el tema que nos ocupa y nos preocupa. En términos krausistas, ha desaparecido todo asomo de armonía.
 Es fácil adivinar cuál puede ser el clima de las reuniones festivas -de familia, de empresa, de amistad…- con ocasión de las fiestas navideñas; ya no se tratará de soportar con resignación cristiana al pelmazo del primo ocurrente o del compañero con una copa de más, sino de mirar de reojo, o no mirar sencillamente, con incapacidad total de diálogo, al pariente o amigo que tenga la ocurrencia de proponer un brindis por la separación o por la unidad, según los casos; ni siquiera habrá que temer la ocurrencia, porque las posiciones se conocen de antemano.
 El desafío separatista ha producido, de entrada, la desarmonía social, muy difícil de reparar aunque no consigan en modo alguno la desarmonía política, histórica y existencial de España. Ya no se trata de la búsqueda de la armonía universal de aquellos magníficos utópico del krausismo, sino de la nacional, que, teóricamente, andaba empeñada en buscar, de forma inmediata, la europea. 

Manuel Parra es Doctor y profesor de Literatura.


                                                                      

miércoles, 3 de agosto de 2011

Entre el feísmo y la pudibundez


Por su interés e indudable actualidad, reproducimos este interesante artículo del profesor Parra Celaya publicado en la revista Mástil Digital. 
Entre el feísmo y la pudibundez

Manuel Parra Celaya

Confieso haber llegado a una edad en la que, sin considerarme viejo en absoluto ni de cuerpo ni de espíritu, tampoco puedo blasonar de joven más que en términos irónicos y amables. Las ventajas de este momento de mi vida son muchas y variadas, y añadiría que superan a los inconvenientes. Entre las primeras, está, poder expresar, en cada momento, la opinión racional y razonada sobre los modestos ámbitos de mi cultura y el importarme un ardite si estas opiniones no coinciden con los de esa "inmensa mayoría" que decía el poeta y en la que no creía ni él. 

Veo a los jóvenes, por lo tanto, desde fuera - no desde arriba - y encuentro en ellos igual surtido de virtudes y defectos que supongo que cada generación juzgó de la siguiente, ni más ni menos. Por otra parte, cada día soy más reacio a emplear el término "juventud" para designar una realidad muy heterogénea, cajón de sastre social en el que caben desde los "ni-ni" hasta el abnegado voluntario en tierras de misión, incluida España.

A efectos de entendimiento, no obstante, voy a generalizar demasiado para destacar dos rasgos, contradictorios y paradójicos, que he detectado, por ejemplo, entre mis alumnos de Secundaria: el "feísmo" y la pudibundez.
El primero consiste en ostentar una apariencia que antes se denominaba, “purriana": un ir "cuidadosamente descuidado", que pasa, según los grados y los individuos (sin distinción de sexo), por calzarse unos tejanos con grandes desgarros y rotos (más caros, por cierto, que cualquiera de mis pantalones), por aborrecer el uso del peine (sustituido por largas horas ante el espejo trazándose una cresta con los dedos mojados), por no admitir que ninguna, prenda, camiseta o camisa, deje de ondear sus faldones por encima de la cintura y bajo el suéter, y por el uso desenfadado y  desvergonzado del lenguaje. 

El segundo rasgo, la tremenda pudibundez que roza el puritanismo, surge a la vista cuando oyen palabras, expresiones o juicios alejados de los parámetros de la "corrección política" imperante; es decir, que habrán sido mal educados pero muy bien adiestrados. Me centro en el campo del lenguaje, que es el mío, y dejo el de la moda en el vestir, calzar o peinar para los más expertos…

Es curioso que, entre ellos, el empleo de la expresión malsonante está generalizada como "gracia"; no tienen el menor inconveniente en interpelarse con las mismas palabras que Sancho Panza usa para catalogar al buen vino, sin considerarlo en absoluto como un insulto. Pero sus tacos están lejos del donaire sanchopancesco, así como de la intención expresionista de un Cela o del clamor crítico y noventayochista-de 1998
-de Pérez-Reverte: son, por el contrario, espantosamente vulgares y fuera de contexto, hasta el punto de que, en ocasiones, asimilo a una ursulina la rotundidad de un sargento de la Legión en pleno cabreo en compartición con alguno de mis alumnos. Pues bien, se sorprenden y escandalizan hasta el máximo ante lo que se aparta del "canon" social y político. Vean, como ejemplo, algunos casos recientes sacados de la vida diaria del aula. 


Explico en clase de Lengua que las palabras tienen "género" gramatical y no sexo, con casos de evolución del mismo a lo largo del tiempo, y aclaro, festivamente, que las personas tienen "sexo" y no "género"; añado intencionadamente: "lo diga quien lo diga". Inmediatamente, una alumna levanta la mano y me espeta: "Pero hay que respetar a los gays y a las lesbianas". Le pregunto en qué he faltado yo al respeto a nada ni a nadie, sea o no sarasa, y se queda callada. En su mente juvenil (4º de ESO) había funcionado el condicionamiento pauloviano y la autocensura, que viene dada por la deconstrucción del lenguaje y de la cultura, producida por el bombardeo mediático.


Otro día, reparto un recorte periodístico para comentar; se trata de una colaboración de Manuel Vázquez de Prada sobre el tabaco (estoy en 2º de Bachillerato). Cuando me devuelven sus comentarios, leo en varios trabajos la indignación: "¿Y cómo le dejan decir eso?". Al día siguiente, pregunto a los censores: "¿Y quién le tiene que dejar decir o no decir?"; "No sé..., el gobierno, los políticos..." Es decir, que daban por sentado que debería de haber "algo" que se encargara de reprimir la expresión pública de lo que no coincide con lo “políticamente correcto". El reflejo condicionado y la censura estaban bien interiorizados en mis rebeldes alumnos aspirantes a universitarios. 


Como dejó dicho Aldous Huxley, el verdadero Estado Totalitario es aquel que no necesita de coacción sobre los ciudadanos porque éstos "aman la servidumbre"; se ha logrado mediante los inteligentes procedimientos que un día lejano surgieran de la mente de Gramsci, aunque mis alumnos no sepan quién fue.

Me temo que voy a seguir siendo piedra de escándalo, debido a mi edad y a mi falta de complejos consiguiente. Bien mirada, mi estrategia se basa en "deconstruir lo deconstruido", es decir, en volver a construir entendimientos juveniles, para despertar en ellos la anulada capacidad crítica y la casi prohibida disposición para la reflexión.

 Animo a todos los lectores a que hagan lo propio, ya sea en el aula o en la tertulia apresurada a la hora del café (por supuesto, sin humo de tabaco, que también está prohibido).


Aldous Huxley


(De la revista Mástil Digital nº 15, Boletín de la Hermandad Doncel)