Mostrando entradas con la etiqueta Gonzalo Torrente ballester. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gonzalo Torrente ballester. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de febrero de 2014

Vuelven los falangistas

José Carlos Mainer reescribe "Falange y literatura"

 Por Peio H. Riaño

El servicio de propaganda de Stalin tuvo a sus ingenieros del alma como Máximo Gorki para que contaran la canalización del país; España también tuvo cantarines del dogma que crearon una imagen del pasado a su medida, entre 1920 y 1956. La lista de autores que destacaron la frustración de las ambiciones colonialistas nacionales y el desarrollo del antisemitismo es larga y áspera. Ahí están Álvaro Cunqueiro, Agustín de Foxá, Ernesto Giménez Caballero, Eugenio d’Ors, Dionisio Ridruejo, Gonzalo Torrente Ballester, Rafael Sánchez Mazas o Víctor de la Serna, de un total de 25 escritores que dedicaron su creación al fascismo de entretenimiento: “Frente al homo oeconomicus del marxismo, nosotros afirmamos que el hombre vive de todo menos de pan… A las masas, como a las mujeres, hay que ofrecerles fiestas, guerras, pasiones, botines, torbellinos, indecibles embriagueces”, escribió Giménez Caballero en Los secretos de la Falange.

Son los elegidos por José-Carlos Mainer, catedrático emérito de la Universidad de Zaragoza e historiador de la literatura, que en 1971, con valentía, publicó Falange y literatura y ahora, más de 40 años después, reescribe por encargo de la editorial RBA. La nueva redacción ha hecho de la idea original un nuevo libro, mucho más extenso, “más maduro y matizado”, porque no ha dejado ni una línea sin ampliar.
Cuatro décadas más tarde Mainer se reconoce como otra persona, aunque siga pensando lo mismo y señalando a los mismos. Reconoce que era difícil que el libro perdiera su “impertinencia autosuficiente”, pero ha tratado de corregir “la mezcla indigesta de la benevolencia con respecto al falangismo, en nombre de la buena fe de algunos falangistas y de un análisis demasiado convencional de los intereses de los otros vencedores de la Guerra Civil”.
 

Matizando la historia

El libro de 1971, además de corregir la disculpa a los falangistas, ha rebajado los términos que usaba en materia virulenta. “No pienso de manera distinta de la de entonces, pero cada línea ha dado para tres o cuatro nuevas líneas más. He modificado adjetivos, valoraciones, y han crecido las conjunciones adversativas “sin embargo” y “pero”. Es posible que antes el libro fuera impertinente y serio, yo ahora soy más sardónico”, reconoce el autor en un encuentro con periodistas.

En el caso español, el fascismo cultural tuvo una línea política identificable aunque de escasa consistencia y discutible unidad. “Logró ambas a favor de la guerra civil y de la incorporación del fascismo como un referente simbólico fundamental de la dictadura de Franco y compartió con el integrismo católico una cómoda hegemonía hasta 1945”. Sin embargo, con la caída del Eje, explica el autor que sólo perduró como “culto subalterno y como una nutrida nómina de beneficiarios de la frondosa administración del Estado, de las mutualidades y de los sindicatos verticales, todo aquello que adoptó pronto el vago nombre de Movimiento Nacional”.

La segunda oportunidad, en democracia ya,  de Falange y literatura, descubre un libro de análisis literario, de historia de las ideas y, por qué no, de examen psicológico. Con hallazgos que con los años, y la desaparición de las obras referidas, se toca el cielo de la vergüenza ajena, como en el caso de Felipe Ximénez de Sandoval (1903-1978), que es autor de Camisa azul (1940), novela de la que extractamos este cantar: “Joaquín, el enlace del capitán, el de la barba rizada y blonda que envidio Víctor, se acerca a la chabola. Su cantar es siempre el mismo, y de día y de noche lo lleva y lo trae en sus labios. Indudablemente es el aire que respira: Con la camisa azul y postinera,/ con el yugo y las flechas por blasón,/ en el cinto una repleta cartuchera,/ sobre el hombro un flamante mosquetón”.

Reescribir el pasado

A Mainer no le gusta emplear la expresión memoria histórica, pero reconoce que esta antología puede contribuir a ella porque es un libro de historia. “Aceptaré en este sentido que es un libro de memoria histórica”. Como historiador sabe que conquistar el poder político no es dominar el presente de un pueblo, también es conquistar su pasado. “El fascismo quiso siempre venir de muy atrás, de las profundidades del espíritu de las naciones donde se hallaban los yacimientos de su autenticidad. Su nacionalismo tuvo siempre una naturaleza fundamentalista e imperativa”, escribe sobre la apropiación del pasado para construir un nuevo porvenir.

Nadie se llevó a engaños en 1971 y nadie lo hará en 2013: el libro es un análisis del falangismo hecho desde la izquierda para desvelar que aquellos escritores no eran de segundo orden. Mainer rescata de todos ellos el gusto literario de Dionisio Ridruejo y de Sánchez Mazas. El miembro fundador de la falange e inventor del “¡Arriba España!”, y padre de Chicho y Rafael Sánchez Ferlosio, escribió la novela póstuma Rosa Krüger, de la que Mainer recuerda que es un libro que “nos fascinó a todos”, pero no cabe duda de que “es un libro absolutamente fascista”.

De Ernesto Jiménez Caballero no tiene más que una muy mala opinión. Dice de él que siempre tendió al desvarío y que fue el inventor del fascismo español. Tampoco acepta el historiador de la literatura a aquellos escritores que han tratado de borrar sus propias huellas, dice. “No acepto que Gonzalo Torrente Ballester tratara de hacer ver que Javier Mariño no es una novela fascista. ¡Si no hay una novela fascista en la historia de la literatura española más que La fiel infantería y Javier Mariño!”.
 

Mainer afirma que los perdedores de la guerra ganaron la batalla de la cultura. “La cultura que se presenta como franquista careció de respetabilidad. Tuvieron estos escritores un estigma posterior al franquismo propio de quienes cometieron errores vitales y, a pesar de lo cual, tuvieron a mediados de los setenta un cierto renacer. Cela no es un escritor falangista, pero es un escritor del régimen, no nos engañemos”.

¿Sobre qué escribiría hoy un autor de 25 años que quisiera revisar la escena literaria? El hsitoriador piensa, asegura que él ya no tiene edad pero esboza una sugerente idea: “Una mirada sobre los años setenta y ochenta de la Transición. A lo mejor escribiría sobre ello, porque es la distancia cronológica que a mí me separaba cuando escribí el libro del falangismo”.


Publicado en:

 http://www.elconfidencial.com/cultura/2013-10-09/vuelven-los-falangistas_39292/

Ganaron la guerra, perdieron la historia de literatura

Falange y literatura  

por  Juan Bonilla


Rafael Sánchez Mazas lee 'Rosa Kruger' a los refugiados de la Embajada chilena, en 1936.


Finales de los 20, comienzos de los 30. En España nace una nueva fuerza política: la juventud. Se claman cosas como: un joven puede ser comunista o fascista, lo que no puede es servir a la clase media. Se escriben frases del tipo: la juventud española ha de saludar a la República, sin duda, para enseguida ponerse a la tarea de conquistarla, para hacerla viril, joven, violenta. En unos años, unos se pegarán con los otros, pero de momento, ahí están, en La Gaceta Literaria de Giménez Caballero, el comunista César Arconada y el fascista Ledesma Ramos. Giménez Caballero es el vanguardista 24 horas al día que va a Roma y se cae del caballo veloz de las vanguardias y se enamora de las camisas negras de Mussolini y de la nueva arquitectura fascista (Terragni había conseguido una obra maestra con la Casa del Fascio). De repente, su producción enérgica de los 20, llena de disparate y velocidad, con títulos como  Hércules jugando a los dados y Yo, inspector de alcantarillas, se vuelve dramáticamente pomposa. Primero le dedica un libro a Azaña, proponiéndole que sea nuestro duce. No hay quien se lo crea. Luego estruja sus convicciones en Genio de España. También escribe una estética fascista titulada Arte y Estado y busca correspondencias españolas con la Italia que tando admira: ellos tienen a Croce, nosotros a Unamuno, ellos a Marinetti, nosotros a Gómez de la Serna; ellos a Papini, nosotros a Baroja... y así. En las calles ya no son tan amigos. Alberti entraba en La Gaceta Literaria y, para cachondearse de Giménez Caballero, le saludaba a la romana. Santa Marina iba a rendir homenaje al rojo Alejandro Casona por el éxito de su Nuestra Natacha. Pablo Neruda firmaba en el banquete que se le ofrecía a Foxá por la publicación de El toro, la muerte y el agua. Poco después, se acabaron las gracietas y los compadreos.

Todo aquel ambiente previo a la Guerra Civil está muy bien definido en Las armas y las letras, el imprescindible libro de Andrés Trapiello, que crece en cada nueva edición y cuyo tema es precisamente qué hicieron todos los actores de nuestra vida cultural durante la guerra civil, lo que lleva inevitablemente al autor a dedicar unas cuantas líneas a contar qué hacían antes del estallido de la guerra y en qué posición quedaron cuando la guerra acabó. Por supuesto en ese libro abundan los falangistas. Para José Antonio, como se sabe, la literatura era un hobby: escribió sonetos y una novela adolescente que lo acompañó a la cárcel y acabó en manos de Indalecio Prieto. Le gustaba rodearse de escritores, regentó una tertulia en La Ballena Alegre.
 Quiere la leyenda que Falange se quisiera un movimiento poético, muy al modo futurista de Marinetti, que llegó a fundar el Partido Futurista, que luego acabó zambullido en el partido fascista de Mussolini. Poetas había, sin duda, pero no tenían nada de vanguardistas. El más vanguardista de los brotes del fascismo en España fue Giménez Caballero, que le tenía una antipatía natural a José Antonio y no tragaba apenas al lugarteniente de éste, Rafael Sánchez Mazas. Tanto Mazas como Foxá eran más escritores de la nostalgia burguesa y, aunque el primero escribió un libro incendiario titulado España-Vaticano en el que venía a decir que la mejor manera de no dejar que el Vaticano le dictase nada a España era conseguir que España se lo dictase todo al Vaticano, no parece que, literariamente, en lo que escribían, calase mucho las convicciones vanguardistas de la primera hora de Falange. Esas convicciones sí que resplandecen aún en la última  novela vanguardista de aquella hora: Hermes en la vía pública, del excelente Antonio de Obregón, autor además de otra exquisitez titulada Efectos navales y de un buenísimo libro ultraísta titulado El campo. La ciudad. El cielo.

Una cosa diferencia, literariamente, a falangismo y comunismo: el comunismo podía inyectarse en los poemas, hacer de ellos una vía (libros de Alberti, de Plá Beltrán); el falangismo, raramente (sólo tenemos los patéticos Poemas de la Falange eterna de Federico de Urrutia, otros libros de autores falangistas no son libros falangistas, así los de Dionisio Ridruejo o Vivanco o de Luis Rosales, quizá sólo cabría que mencionar Altura, de José María Castroviejo). ¿Hubo pues una literatura falangista? Sin duda, la hubo, una de sus muestras más altas es Javier Mariño de Torrente Ballester, que fue repudiada por la Iglesia y las autoridades franquistas, cuando el falangismo fue desviado de intenciones revolucionarias para convertirse en mero espejismo utilizado por el franquismo. En Javier Mariño, Torrente se las arregla para retratar el nacimiento de una fe. Otras obras narrativas, de mucha menor importancia y potencia, pueden ser la novela  lírica de García Serrano Eugenio o la proclamación de la primavera (título que homenajea por cierto al de un comunista como Sénder, que escribió años antes Proclamación de la sonrisa), Leoncio Pancorbo de José María Alfaro y Camisa azul del ex vanguardista Ximénez Sandoval.

Otros camisas azules supieron refugiarse en otras vías, nostalgias como Sánchez Mazas o Foxá, o fantasías como Cunqueiro y Angel María Pascual. Giménez Caballero, ambicioso como él solo, disparató todavía más que en sus años de vanguardia: lo acabaron mandando de embajador a Paraguay. Pero si hay un libro donde mejor se expresa todo ese "pensamiento fascista" que caló tanto en un sector de la juventud intelectual de los años 30, ese libro es, como bien apunta José Carlos Mainer, Vida de Sócrates de Antonio Tovar.

El libro de Mainer, Falange y Literatura, se publicó en 1971. Abrió caminos y deparó dos grandes estudios: La corte literaria de José Antonio de Mónica y Pablo Carbajosa y Vanguardistas de camisa azul de Mitchit Albert. Ahora RBA lo reedita, o mejor dicho, edita una reelaboración de aquel ensayo seguido de una antología de textos literarios falangistas. Curiosamente en la edición original, el estudio era un andamio, resultaba más importante la antología que le seguía: ahora sucede al contrario, el estudio es magistral, está lleno de detalle y economía, la antología es casi un apéndice, una ilustración parasitaria del gran ensayo que las precede.
Constelación de Giménez Caballero.


Estudia Mainer las raíces orteguianas de la ideología falangista, el modo en que esa ideología juvenil y revolucionaria acabó desactivándose cuando los jóvenes -alguno no era tan joven al comenzar toda esta danza- dejaron de serlo y se ganó la guerra. Se detiene en una figura tan compleja e interesante como la de Dionisio Ridruejo, decepcionado enseguida de volver de Rusia, capaz de escribirle una carta a Franco diciéndole cómo se estaban traicionando los principios revolucionarios. Está, en fin, lleno de pistas y sabiduría, además de estar escrito con excelente prosa: un ejemplo de maestría crítica. Mainer publicó su Falange y Literatura con 25 años.

Ahora, 42 años después, aquel mítico tomo de cubierta azul mahón que salía en una España en la que los intelectuales miraban con mucha suspicacia cualquier intento de regalarle atención a los escritores falangistas, se ha convertido en un tocho que importa no sólo porque  importa, sino también porque generó algunos rescates inapelables, como el de Sánchez Mazas, autor de una de las mejores novelas de su época, Rosa Krüger. El editor de esa novela fue Andrés Trapiello que, memorablemente, sentenció acerca de algunos de los protagonistas del libro de Mainer, que "ganaron la guerra pero perdieron la Historia de la Literatura".

Publicada en :

 http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/bibliotecaenllamas/2013/10/31/falange-y-literatura.html

jueves, 6 de junio de 2013

Antonio Tovar, el filólogo que encontró la paz.


El pasado miércoles 5 de junio tuvo lugar la presentación del libro de José Andrés Álvaro Ocáriz “Antonio Tovar, el filólogo que encontró el lenguaje de la paz”, en el Ateneo de Madrid.

En primer lugar tomó la palabra Juan Ramón Sánchez Carballido, que agradeció expresamente la colaboración decisiva de la Asociación Cultural Ademán de Sevilla en la celebración de este acto.

Por petición expresa del autor, Carballido centró su intervención en el pensamiento político de Tovar para establecer las coordenadas de su falangismo inicial y, en la medida de lo posible, proponer las claves que permiten atisbar la coherencia interna de su discurso, no siempre evidente a tenor de su reposicionamiento ideológico ulterior.

En su opinión, coincidente con la del biógrafo, Tovar mantuvo en todo momento su fidelidad a un principio claramente asociado a la influencia de José Antonio Primo de Rivera: el hombre como eje y centro del sistema político y económico. Una fidelidad que no decayó en Tovar tras su decepción con el régimen de Franco y su clara toma de conciencia de que la Revolución que predicaba la Falange había sido definitivamente traicionada.

 A continuación, José Andrés Álvaro Ocáriz desglosó el contenido de los diferentes capítulos de su libro, abundando en las ideas anteriormente expuestas y profundizando en el perfil intelectual y académico de Antonio Tovar.

Ocáriz destacó las extraordinarias aportaciones del homenajeado en el campo de la Filología, procedentes de su conocimiento de unas cincuenta lenguas clásicas y modernas, europeas y precolombinas. Una sabiduría que quedaría repartida en más de cuatrocientas obras y lo convertirían en uno de los intelectuales más apreciados de su generación.

El biógrafo sorprendió a parte del auditorio dando a conocer cómo la primera cátedra de enseñanza universitaria del vascuence se estableció en España,  en mitad del franquismo y a despecho de la actual propaganda oficial, a instancias del falangista Tovar, que había aprendido la lengua en su adolescencia y a cuyo estudio había dedicado ya dos influyentes volúmenes. 

Mención especial mereció la iniciativa de la revista Escorial. Editada entre noviembre de 1940 y febrero de 1950, con el decisivo impulso de Tovar y otros falangistas, la publicación pretendió ser un lugar de reencuentro intelectual tras la guerra dado que la mitad de la cultura española se hallaba por entonces en el exilio. Pío Baroja, Azorín, Menéndez Pidal o Gregorio Marañón se reivindicaron en sus páginas, dándose a conocer algunos nombres fundamentales de la cultura de posguerra, como Xavier Zubiri. Todos ellos, acompañados por las firmas más brillantes del falangismo intelectual: Dionisio Ridruejo, Laín Entralgo, Torrente Ballester, Panero y el propio Tovar.

Tras repasar su extraordinaria gestión como Rector de la Universidad de Salamanca, coincidiendo con su setecientos aniversario; sus estudios y reconocimientos en el extranjero (Tovar fue Premio Goethe); su labor en la Real Academia Española o sus activismo político durante los primeros años de la democracia, Ocáriz terminó su intervención citando a algunas personalidades relevantes que dedicaron palabras de elogio a Tovar en honor a su honestidad y bonhomía. Personalidades que atraviesan todo el espectro ideológico desde las posiciones de Serrano Súñer a las de Tierno Galván.  

El acto, que fue presentado y moderado por Victoria Caro, Secretaria adjunta de la Agrupación de Retórica y Elocuencia, finalizó con un breve turno de palabra entre los asistentes.

viernes, 24 de mayo de 2013

La Filmoteca de Navarra recuerda a Rafael García Serrano


novelista pamplonés

La Filmoteca de Navarra recuerda a Rafael García Serrano con un nuevo ciclo

EFE - Miércoles, 8 de Mayo de 2013
Vista de la sala de proyecciones de la Filmoteca de Navarra.
Vista de la sala de proyecciones de la Filmoteca de Navarra. (Javier Bergasa)
Vista:
 
La Filmoteca Navarra ha organizado, coincidiendo con el 25 aniversario de su fallecimiento, un ciclo de sesiones dedicadas a recordar la participación del escritor navarro Rafael García Serrano (Pamplona, 1917 - Madrid, 1988) en el mundo cinematográfico.
PAMPLONA. Aunque él se consideraba fundamentalmente escritor, y vivía sobre todo de su actividad periodística, escribió más de veinte guiones para el cine y televisión, dirigió un largometraje (Los ojos perdidos, 1967) y participó en otros filmes como adaptador de diálogos, según recuerda la Filmoteca.
En este sentido destaca como especialmente intensa su colaboración con José Luis Dibildos (en su faceta de guionista y productor), José María Sánchez Silva (como co-guionista) y con directores como Pedro Lazaga y Rafael Gil.
Su novela "La paz dura quince días" fue llevada al cine con el título de otra de sus obras, "La fiel infantería", que se hizo muy famosa por la paradójica situación de haber obtenido en 1943 el Premio Nacional de Literatura José Antonio Primo de Rivera, siendo a las dos semanas retirada de las librerías por censura eclesiástica.
En casi todas sus novelas y en la mayor parte de sus guiones, está presente la guerra civil, siendo los protagonistas los soldados del bando vencedor.
Rafael García Serrano fue falangista convencido hasta el final de sus días y así lo plasmó en sus escritos, según apunta la Filmoteca, que precisa que, sin embargo, su sarcasmo, ironía y ácido lenguaje, le coloca entre uno de los más relevantes novelistas de la etapa franquista.
Así lo manifiesta Gonzalo Torrente Ballester en una entrevista a TVE en el año 1985 que se puede ver mañana en la Filmoteca, ya que el ciclo comenzará con una presentación audiovisual de la filmografía de García Serrano, en la cual se van a introducir fragmentos de programas de TVE en los cuales participó.
De esta forma se podrá ver y escuchar al novelista pamplonés en un programa que se le dedicó en mayo de 1973, en el que las cámaras entran en su domicilio de Madrid, visitando su biblioteca, su lugar de trabajo y su familia. Además se recuperan algunos comentarios sobre un par de películas suyas programadas en "La noche del cine español", en la que también interviene Rafael García Serrano.
Tras la presentación del ciclo, se proyectará el documental Sucede en San Fermín (Francisco Centol, 1957) escrito por García Serrano para NO-DO.
La sesión de mañana jueves, será a las 20.00 horas, con entrada libre. Las sesiones se prolongarán hasta el 27 de junio, durante todos los jueves de mayo y junio.
El jueves 16 de mayo se podrá ver "La patrulla" (P. Lazaga, 1954); el 23 de mayo "La fiel infantería" (P. Lazaga, 1959); el 30 de mayo "Los económicamente débiles" (P. Lazaga, 1960); el 6 de junio "Tú y yo somos tres" (Rafael Gil, 1962); el 13 de junio "¿Por qué morir en Madrid?" (E. Manzanos, 1966); el 20 de junio "Los ojos perdidos" (R. Gª Serrano, 1967) y el 27 de junio "A la legión le gustan las mujeres (y a las mujeres les gusta la legión)" (Rafael Gil, 1976).

lunes, 18 de junio de 2012

Vuelve la revista Vértice

Una exposición recoge las ideas del bando nacional en la revista "Vértice"

17-05-2012 / 14:51 h EFE
Entre abril de 1937 y marzo de 1939, el bando nacional contó en la Guerra Civil con un aliado mediático como fue la revista "Vértice", cuya historia repasa una exposición que ha abierto hoy sus puertas en el Museo de Adolfo Suárez y la Transición (MAST), en Cebreros (Ávila).
La muestra, que ha comenzado hoy su itinerancia por Castilla y León, está organizada en colaboración con la Fundación del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua y permanecerá en la tierra natal del expresidente del Gobierno Adolfo Suárez hasta el 12 de junio.
Según ha explicado a Efe Cristina Blanco, gerente del museo, la exposición recoge los veinte números publicados por "Vértice", así como los ocho monográficos que editó esta publicación "de una gran calidad".
A modo de ejemplo, baste citar un gran desplegable que incluyó en uno de sus números, con una fotografía de Madrid de nada menos que dos metros.
"
Vértice" se convirtió además en "el escaparate del Régimen" y otorgó el protagonismo literario y social al grupo de escritores "nuevos" más valioso de la España franquista, como pudieron ser Rafael Sánchez Mazas, Víctor de la Serna, Ernesto Giménez Caballero, Álvaro Cunqueiro, Luis Rosales o José Luis López Aranguren.
También en sus páginas escribieron, entre otros, Edgar Neville, Agustín de Foxá, Eugenio Montes, Alfredo Marquerie o Gonzalo Torrente Ballester.

Con Manuel Halcón al frente de la publicación hasta 1939, año en el que fue sustituido por Samuel Ros, "Vértice. Revista nacional de Falange", que tal era su nombre completo, sirve de hilo conductor a una exposición que responde a un planteamiento crítico y a una reflexión contra la desmemoria, según fuentes de la organización.
Números originales, artículos destacados y carteles publicitarios conforman esta exposición en torno a una revista que aborda el lado opuesto de la historia que hasta ahora ha venido recogiendo el Museo de la Transición.
De hecho, la muestra abre al público como continuación a las dedicadas a "Hora de España", el "mejor exponente" de los intelectuales que "supieron estar por encima de las circunstancias", y "Ruedo Ibérico", la editorial del acervo intelectual en la clandestinidad.

viernes, 28 de octubre de 2011

El espíritu de reconciliación de la transición fue azul mahón

 Pedro Laín Entralgo, primer antecedente de la Transición

Antonio Papell
lainentralgo.jpg
Pedro Laín Entralgo (1908-2001) fue un ilustre médico que destacó en otros muchos campos humanistas, la historia, la filosofía y la lingüística. Llegó a dirigir La Real Academia, además de pertenecer a las de Medicina e Historia.
Políticamente, Laín fue un antecedente temprano y quizás el más significativo del espíritu de reconciliación de la Transición después de la guerra civil 1936-39. Falangista, había luchado en el bando de los vencedores y en 1941 fundó junto a Dionisio Ridruejo la revista 'Escorial', que representó el ala más liberal de aquella ideología totalitaria.
Ocupó la cátedra de Historia de la Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, de la que fue rector durante el tiempo en que Ruiz-Giménez fue ministro de Educación, dimitiendo de su cargo tras los sucesos de 1956 que originaron la caída de éste.

Ruptura con el franquismo

Su relevancia intelectual desde el punto de vista político de contestación al régimen franquista arrancó con la publicación en 1949 de un ensayo titulado 'España como problema', que recibió una rápida respuesta dentro del propio régimen: 'España sin problema' de Rafael Calvo Serer.
El libro de Laín mostraba el desengaño de cierta parte de los intelectuales afines al régimen (como él mismo, Dionisio Ridruejo, etc.); y el segundo exhibía la aceptación sin complejos del concepto orteguiano-joseantoniano de España como "unidad de destino en lo Universal", que inspiraba la educación nacionalcatólica, imperialista y clerical.

Ridruejo

Aquella polémica llevó a la crisis de 1956, con una huelga universitaria que fue duramente reprimida y en que por primera vez fueron a las barricadas los hijos de los vencedores y de los vencidos. En aquellos hechos, en que participaron algunos comunistas del interior (Javier Pradera, Fernando Sánchez Dragó), se produjo la fractura ya irremisible del régimen y el propio Ridruejo fue encarcelado.
Aquel debate sobre el ser de España tomó altura y llegó lógicamente al exilio republicano con las aportaciones de Claudio Sánchez Albornoz ('España, un enigma histórico', Buenos Aires, 1957), que sostenía la tesis de que las raíces de la identidad española habían de buscarse en la herencia romana y visigoda, y Américo Castro ('La realidad histórica de España', México, 1954, y 'Origen, ser y existir de los españoles', 1959), más cercano al campo de la literatura y la historia de la cultura, que proponía el surgimiento de la identidad española como una mezcla de influencias de "judíos, moros y cristianos".
Laín, Ridruejo, Rosales, Torrente y otros

Un grupo de intelectuales

Laín, que en sus últimos años llevo una intensísima vida académica, fue una autoridad en la antropología filosófica, disciplina sobre la que escribió decisivos ensayos influidos por Zubiri y por Ortega. Sin embargo, su figura egregia fue sobre todo un referente de reconciliación entre las dos Españas, como exponente intelectual, junto a Ridruejo, de la reacción de los vencedores frente a quienes quisieron consolidar la victoria sin reconciliación. En realidad, Laín fue el intelectual más distinguido del grupo elitista que formó Ridruejo, jerarca falangista, a su alrededor, y en el que figuraron, entre otros, Gonzalo Torrente Ballester, Xavier de Salas, Juan Ramón Masoliver, José María Fontana, Samuel Ros, Román Escohotado, Carlos Sentís, Antonio de Obregón, Martínez Barbeito, Edgar Neville, Luis Escobar, Manuel Augusto García Viñolas, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco, etc.

lunes, 6 de junio de 2011

Tercera de ABC en recuerdo a Pedro Laín





Recordando a Pedro Laín Entralgo




«Recordar a Pedro Laín Entralgo significa evocar a uno de nuestros pensadores que más voluntad puso en emplear el conocimiento y la razón para comprender y reconciliar al ser humano y, más específicamente, a aquella porción de humanidad que llamamos España»





Día 06/06/2011




HOY se cumplen diez años del fallecimiento de Pedro Laín Entralgo. Posiblemente los esfuerzos que se inviertan en conmemorarle sean escasos o inexistentes. Sin embargo, Laín fue una de las primeras figuras intelectuales españolas del siglo pasado. En su novela Leyenda del cesar visionario, Francisco Umbral convirtió a Laín en uno de sus personajes, siempre reunido en torno a la tertulia de intelectuales falangistas que trabajaron en Burgos durante la guerra civil como propagandistas del bando franquista. Laín y los «laines», como Dionisio Ridruejo o Gonzalo Torrente Ballester, entre otros: jóvenes intelectuales llamados a ocupar un lugar de excepción en el panorama cultural de la posguerra. Pero al menos Laín, Ridruejo y Torrente Ballester recorrieron un camino que les condujo desde su inicial y plena adhesión al régimen, pasando por una etapa intermedia de distanciamiento hasta ofrecer su apoyo expreso a la transición democrática, no sin antes interponer un sincero y muy doloroso ejercicio previo de arrepentimiento público por su posicionamiento político de juventud. El mismo Laín escribió con ese propósito unas memorias de título esclarecedor: Descargo de conciencia(1976). Allí se revelará que la caricatura de los «laines» compuesta por Umbral en la novela antes citada resultó enormemente injusta.

Catedrático de Medicina, ensayista, crítico literario, autor de varios dramas, miembro de las Reales Academias de Medicina, Historia y de la Lengua Española (de la que fuera presidente), además de rector la Universidad Complutense, Laín fue tejiendo a lo largo de su vida una obra inmensa, más propia de un sabio que de un genio, cierto, aunque no por eso menos valiosa. Dada la diversidad de temas abordados en sus estudios no cabe sintetizarlos en una mera nota conmemorativa, ni tampoco es el lugar idóneo para hacerlo. En cambio, sí es posible y oportuno apuntar los principales atributos de la actitud ejemplarísima con la que Laín afrontó su vida. Dos condiciones indujeron esa actitud. La primera una curiosidad intelectual y una acumulación de conocimientos verdaderamente desbordantes. De un lado, Laín procuró mantenerse al día sobre los avances producidos en las ciencias naturales en una época en que éstas ya progresaban a ritmo de vértigo. Por otra parte, su sensibilidad humanista le orientó igualmente al estudio de la literatura, de la historia política y de la ciencia (sus aportaciones a la historia de la medicina serían mundialmente reconocidas) y más profundamente aún al cultivo de la filosofía, recibiendo una intensa influencia de los autores de la generación del 98 y de la fenomenología y el existencialismo, de Unamuno y Ortega, y sobre todo de su gran amigo Xavier Zubiri.

La segunda condición que determinó el pensamiento de Laín fue un patriotismo que podría llamarse trágico. Visto desde la distancia que da el tiempo es posible que se dejara cautivar por la idea de una España bronca destinada al enfrentamiento permanente de sus hijos: tierra de Caín y Abel, viejo mito de nuestro pasado que ha sido denunciado, entre otros, por el historiador Fernando García de Cortázar. No obstante, ¿qué otra idea podía encajar mejor con la personal vivencia de Laín de una guerra civil en la que tomó parte y de una dictadura a la que inicialmente respaldó como intelectual orgánico pero a la que no tardó en abandonar por oponerse a persistir en el clima de enfrentamiento entre las «dos Españas»? No es de extrañar entonces que quien oficiara simultáneamente de médico y patriota diagnosticara a su país una enfermedad fratricidaque habría venido impidiendo un estado de convivencia serena y satisfecha.

D A lo largo de su muy longeva trayectoria intelectual Laín daría sucesivas explicaciones a la citada enfermedad fratricida de los españoles, conectando cada una de ellas con una de las tres necesidades y potencias humanas a las que dedicó gran parte de sus reflexiones filosóficas: las necesidades de creer, esperar y amar. Así, Laín comenzó por interpretar que el problema de España era una cuestión de creencias, aquéllas que ponían en conflicto a los españoles, impidiéndoles reconocerse como herederos de una cultura común y como miembros de una sola nación. Esta posición se tradujo, por parte del Laín propagandista, escritor y académico en un intenso y sostenido esfuerzo por reivindicar la obra y las ideas de numerosos autores a los que el régimen franquista había condenado como enemigos de España. En segundo lugar, cuando más tarde abandonó sus disquisiciones en torno a las esencias de la patria, tan deudoras de su etapa falangista, Laín pasó a contemplar el problema español partiendo de un diagnóstico distinto. Si España es conflictiva —dirá entonces— debe serlo por una variedad de factores que inducen división de opiniones y proyectos políticos. Algunos de esos factores sería de tipo histórico e ideológico, otros serían de índole socioeconómicos y, por último, estarían también los relacionados con los tradicionales conflictos regionalistas y nacionalistas. Pretender disolver esas divisiones imponiendo una concepción única y esencialista de España comienza a parecerle a Laín un ejercicio tan absurdo como vano. La desunión sólo podría solventarse partiendo de una idea menos metafísica de nación, como la que había dado ya Ortega: nación como proyecto sugestivo de vida en común. Únicamente un proyecto colectivo que ilusionara a los españoles podría aunar sus voluntades y contribuir a su reconciliación, pensará Laín. Ahora bien, si el fracaso de convivencia que supuso la guerra civil había sido fuente de desilusión su superación demandaría una nueva actitud

hacia el futuro, una actitud esperanzada. La respuesta al problema de España, por tanto, había de conectarse con otro de los principales temas antropológicos abordados por Laín, especialmente en uno de sus ensayos más hermosos, La espera y la esperanza(1956). Y la esperanza para España la va a fundar Laín sobre las mismas bases en las que ya insistieran los regeneracionistas, Ramón y Cajal y, otra vez, Ortega: un proyecto de integración nacional y de integración en Europa, de asimilación de lo mejor de la cultura occidental como su tensión hacia la libertad y el cultivo del conocimiento científico (para el cual se pedirá un superior esfuerzo).

Finalmente, Laín comenzará a ocuparse en el estudio de las relaciones humanas, analizadas con profundidad en otros dos libros fundamentales: Teoría y realidad del otro (1961) y Sobre la amistad(1972). Según su punto de vista, en España se habría resuelto mal el problema del Otro, de ahí la frecuente caída en sectarismos de diversa índole y ese «macabro deporte», tan frecuente entre españoles, consistente en «lanzar los propios muertos contra el rostro del adversario». Pero Laín reflexionaría sobre la amistad para poner de manifiesto que aquélla (la forma más deseable y productiva de trato humano) resulta factible incluso entre individuos o grupos que discrepan entre sí por su condición social, su ideología o su origen. La falsa oposición entre amistad y discrepancia se corresponde con la conocida dialéctica «amigo-enemigo» a la que el jurista alemán Carl Schmitt quiso reducir toda relación política: en esencia el mismo tipo de dialéctica que había propiciado la conversión de la guerra civil en un «habito psicosocial», toda una mentalidad «guerracivilista» que debía ser arrumbada si de verdad se pretendía alcanzar la concordia sustraída. Aunque no por primera vez, Laín pronunciaría estos juicios en 1978, año de nacimiento de la actual Constitución.

En suma, recordar a Pedro Laín Entralgo significa evocar a uno de nuestros pensadores que más voluntad puso en emplear el conocimiento y la razón para comprender y reconciliar al ser humano y, más específicamente, a aquella porción de humanidad que llamamos España. O como ha señalado el profesor Diego Gracia: «Uno de los españoles del siglo XX que con más ahínco ha empeñado su vida en la tarea de unir e integrar ideas, personas, corazones». Quien pone estas líneas aún se acuerda cómo hasta sus últimos días, abrumado por los dolores de la vejez, Laín siguió ejercitando aquella tarea, tan ardua como necesaria.

LUIS DE LA CORTE IBÁÑEZ ES PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE MADRID

martes, 17 de mayo de 2011

El realismo mágico lo fundó Cunqueiro


Homenajes en dos lenguas al autor de «Merlín y familia» y reedición en dos felices tomos de su obra literaria.

ALFONSO ARMADA / MADRID
Día 14/05/2011

PPÁNFILA DE LOS DORIA, DOÑA: Viuda rica genovesa. Tenía su casa en Corfú y amarraba sus naves en el muelle de la Cigüeña. También tenía tienda de efectos navales. Los dos primeros maridos se le perdieron en naufragios en las Sirtes, y el tercero se le escapó con una contorsionista napolitana y una goleta cargada de cebada croata. Le gustaba encandilar a sus pilotos enseñándoles las piernas. Finalmente se apasionó de su enano negro un día que lo vio en el baño».

Dicen que Álvaro Cunqueiro, nacido en la levítica y medieval ciudad de Mondoñedo en 1911 (es decir, hace la humorada de un siglo), que murió en la industriosa y cainita ciudad de Vigo en 1981. Pero como prueba el breve apunte biográfico de la famosa Doña Pánfila de los Doria, extraído de su novela «Las mocedades de Ulises», está más vivo que nunca. Hagan si no la prueba. Los dos primorosos tomos de las «Obras literarias» que acaba de reeditar la Biblioteca Castro pueden servir para jugar a un Talmud cunqueiriano: ábranlo por cualquier página y se encontrarán con frases como cometas. Leer a Cunqueiro es como hacerse a la mar cualquier día al atardecer, con mar levemente rizada, bajo pabellón otomamo y cielo turquesa, los ojos de un niño deslumbrado por los aparejos y el bregar de marinos australes y de ébano soltando amarras y todas las expectativas de Simbad, Merlín, Ulises, Orestes, Fanto Fantini Della Gherardesca y demás familia. Basta con asomarse a los índices onomásticos de sus once novelas para encontrar compañía con la que platicar en las noches de luna llena en los bosques que sitian el cementerio de Mondoñedo (donde duerme, entre mirlos, el sueño de los justos). Pero tambien en el balcón de su casa de Vigo, en el que le gustaba calarse hasta los huesos, o en las madrugadas de cuarzo de Madrid, donde a las dos de la madrugada, en el ABC de la calle de Serrano, si la censura levantaba una página, allí estaba Cunqueiro. En una hora escasa, dejaba niquelada una nuevecita y a salvo de los custodios del orden, con los que el gallego no acabó de entenderse, a pesar de haber llegado a la capital disfrazado de falangista. Sería por eso.

La no poco propalada teoría de que los verdaderos inventores del realismo mágico no nacieron ni en Macondo ni en Comala, sino en Mondoñedo y en Ferrol (el Castroforte del Baralla que Gonzalo Torrente Ballester hacía levitar en «La saga/fuga de J. B.»), volvió a salir a colación el jueves en la sala Valle-Inclán del Círculo de Bellas Artes de Madrid, en el primero de los diez «faladoiros» (mesa redonda en «enxebre») organizados por la Xunta de Galicia para celebrar el «centenario cunqueirán». Los debates seguirán por tierras gallegas, junto a la exposición que recrea la vida y la obra de Cunqueiro y que hasta el 18 de este mes se puede ver y pasear en el auditorio Pascual Veiga.

El periodista Carlos Reigosa, que a pesar de hacer de maestro de ceremonias casi agota vidas y obras del homenajeado, empezó convocando al fantasma de Francisco Umbral, más partidario de Cunqueiro que de García Márquez. Recordó Reigosa que el propio Cunqueiro dijo que «el realismo fantástico» (así lo llamaba) lo había practicado Torrente en «El viaje del joven Tobías». Otro de los «falantes» del «faladoiro», el poeta Vicente Araguas, reconoció el semiolvido en que su generación tuvo a «Don Álvaro, en la universidad sesentayochista, tan prejuiciosa», para acabar evocando su época de Voces Ceibes cantando el arranque de un poema de Cunqueiro musicado (sin permiso del vate) por Luis Emilio Batallán, «Quen puidera namorala» (Quien pudiera enamorarla), y que habla de que en el nido nuevo del viento hay una paloma dorada.

Resalta Miguel González Somovilla en el prólogo a uno de los volúmenes con papel de sándalo, color marfil batido en confitería de Lugo y aroma de vainilla e imprenta anarquista, que «lejos de resentirse o devaluarse con el paso del tiempo» la obra de Cunqueiro —que ha sufrido «de olvido e incluso de menosprecio»— revive. Basta hacerse a la mar y leer para comprobarlo.

sábado, 29 de enero de 2011

EXPOSICIÓN SOBRE TORRENTE BALLESTER EN LA BIBLIOTECA NACIONAL


La Biblioteca Nacional explora las múltiples facetas del proteico escritor y poliédrico personaje en el colofón del centenario del Autor de 'Los gozos y las sombras'

MIGUEL LORENCI / MADRID
Día 27/01/2011


"Soy un escritor anticuado, y toda mi fuerza me viene de este hecho". Así se definía Gonzalo Torrente Ballester (Ferrol, 1910- Salamanca, 1999) cuya intensa vida y extensa obra se repasa en la muestra 'Los mundos de Gonzalo Torrente Ballester' que acoge la Biblioteca Nacional como colofón del centenario del nacimiento del escritor y académico gallego. Premio Príncipe de Asturias en 1982 y Cervantes en 1985, decía Torrente que el autor de 'El Quijote', como él, "fue en su tiempo un autor arcaizante". "Esto no supone naturalmente comparación alguna, pero sí un discipulaje cada vez más consciente y voluntario".
Cervantes fue, en efecto, uno de los ejes de la proteica vida de Torrente Ballester, personaje de muchos perfiles que trata de desentrañar esta muestra que la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, y la infanta Elena, inauguraban el mismo día que se cumplían doce años del fallecimiento del autor de 'Los gozos y las sombras' o 'La saga-fuga de J.B'. Ha sido organizada por la Sociedad Estatal de Acción Cultural y la Fundación Gonzalo Torrente Ballester (FGTB), con la colaboración del Instituto Cervantes.
Además del narrador y el dramaturgo, la muestra se ocupa a través de infinidad de documentos, fotos, publicaciones y objetos del Torrente fotógrafo, del profesor, del periodista y el crítico teatral, del cinéfilo, del padre preocupado por su extensa prole, de su proximidad y alejamiento al franquismo, de de su interés por las artes plásticas y la música o por las nuevas tecnologías.
Correo electrónico
No en vano, fue Torrente Ballester el primer académico en abrir una cuenta de correo electrónico en 1993, mucho antes de la eclosión de internet. Fue también un pionero en el uso de la informática y se puede ver en la muestra su primer portátil, un armatoste, junto a las máquinas de escribir a las que sustituyó.
También están sus cámaras fotográficas, sus grabadoras y magnetófonos y parte de su colección de maquetas de barcos y de más de 300 teteras que dan prueba de su amor por la milenaria infusión y de su carácter filobritánico. "Era un hombre muy culto, curioso, inquieto y con un gran afán documental, además de un gran escritor que se permitía todas las licencias fantásticas posibles" explica Miguel Fernández-Cid, comisario de la muestra junto a Carmen Becerra.
La exposición propone un exhaustivo recorrido por la trayectoria vital y literaria del escritor a través de más de 200 piezas -muchas de ellas inéditas- entre manuscritos, libros, artículos de prensa, cartas, fotografías, cuadros, dibujos y diversos documentos y objetos que nos acercan a su iconografía personal. Sus bastones, sus gruesas gafas de miope, sus plumas, sus mecanoscritos o sus notas nos aproximan al perfil humano de un cascarrabias de enorme inteligencia y talento literario, consagrado como uno de los puntales de la literatura en español del siglo XX.
Comisariada por y la exposición arranca con el retrato de Torrente que Damián Flores pintó con motivo de la concesión del Premio Cervantes. "La literatura se aposentó en mis entrañas como un virus contra el que no caben defensas ni se ha inventado aún la vacuna. Me poseyó y me posee con esa entereza de algunos amores y algunas mujeres, no me ha soltado jamás, no me ha dejado libre, pero me ha exigido serlo ante el resto de las cosas reales" se lee antes de iniciar un recorrido por la totalidad de las primeras ediciones de sus libros y sus manuscritos de todas las épocas, casi todos corregidos a mano por el escritor.
Para posteriores exposiciones se han preparado facsímiles, tras iniciarse el proceso de digitalización de los archivos (en papel y sonoros) de la FGTB. Como avance, en la exposición de la BN puede escucharse la conferencia 'El Quijote por un hombre moderno' que el escritor pronunció en la Universidad de Carleton de Ottawa en 1969 y que preparó y grabó en un magnetófono.
Itinerante
'Los mundos de Gonzalo Torrente Ballester' se verá este año y el próximo en los centros del Instituto Cervantes de las ciudades con las que el escritor o su obra tuvieron especial relación, igual que el año pasado recaló en las ciudades españolas en las que vivió el escritor o con las que mantuvo una especial vinculación, esto es, Ferrol, Salamanca, Santiago de Compostela, Logroño o Pontevedra.

lunes, 12 de julio de 2010

GONZALO, EL ESPEJO DE UNA REALIDAD. Por Eduardo López Pascual


Las gentes como yo mismo, crecido al amparo de un espíritu animado en el Frente de Juventudes, años 40 al 60, del siglo pasado, superábamos etapas de vida y formación leyendo entre otros a autores de la talla de Gonzalo Torrente Ballester, ese escritor de rostro decidido quizá por su vocación irredenta de marino, y de un compromiso auténtico con su mundo y su época que le hizo recorrer un camino desde su galleguismo primero, sus simpatías ácratas que él apuntaría en sus vivencias asturianas, en sus trabajos en El Carbayón, y ese descubrimiento activo y consciente de su afiliación falangista, movido tal vez por la ratio de una inquietud literaria que sintiera en torno al grupo de la Pamplona Azul, de la revista Jerarquía y de hombres como Ángel María Pascual, o el mismo Fermín Yzurdiaga, con quién colaboró con convicción y decisión; allí publica su Razón y Ser...., y El viaje del joven Tobías, que yo pienso, siembra las primeras reservas al Estado nuevo.
Pero Gonzalo, que quiere ser escritor, tal vez antes que ejercer de su currículo académico, en 1937 ya ha conectado con los poetas más representativos del movimiento intelectual de la Falange como Ridruejo, Rosales o Vivanco, entre otros, de forma que acaba involucrándose en la regeneración del 36 y viene a formar parte de los escritores más independientes y objetivos de la andadura literaria surgida después de la guerra. Adscrito a las redacciones de “Arriba”, periódico oficial de la Falange o mejor dicho, del Movimiento, y de Radio Nacional de España, pronto se hace presente su conciencia crítica cuando, por ejemplo, escribe 1.943 su novela “Javier Merino”, que de manera tan torpe como ineficaz, censura la política de entonces. Puede que desde ese acto, Gonzalo Torrente Ballester, que como dicen los hermanos Carbajosa, entra en esa llamada Corte Literaria de José Antonio, empezara a sentirse incómodo dentro de un sistema que le coarta su sentido de libertad, su facultad de expresión, y no obstante como tantos otros intelectuales nacidos o surgidos desde su condición falangista, intenta con su aportación equilibrar una deriva que no compartirán tampoco Ridruejo, Tovar, Laín, escribiendo en la Revista Vértice, o Escorial, donde sigue dejando constancia de la excepcionalidad de su trabajo.
Su afiliación a la Falange, desde julio del 36, no le impide, sino al contrario, movido precisamente por ese sentimiento de renovación absoluta para el mundo en que vive, contar a través de su maravillosa exposición las realidades de una sociedad aun inquieta, injusta, descomprometida, y así aparecen sus guiones cinematográficos tan directos “Surcos”, o “Rebeldía”, que vienen a confirmar su sensibilidad social y su despego ante situaciones perversas en la España de Franco. De todas formas, Torrente Ballester, es todavía un referente en nuestro país, y desde ese contexto, puede escribir una carta protesta sobre los tristes sucesos de la Huelga de mineros en el norte, que deviene en su despido de “Arriba” y Radio nacional de España, obligándole a trabajos menores de traducción y supervivencia. A pesar de todo, sigue escribiendo en programas e instituciones afines al mundo azul, y ya una vez regresado a su mundo académico, y recibido numerosos galardones literarios, deja sobre 1965 una obra de extraordinaria belleza didáctica como es “Aprendiz de hombre”, dedicada a los planes de Estudios Medios y editada por Doncel, que le ponen de nuevo a la vista de nuevas generaciones de jóvenes, que estudian en sus páginas las normas de una generosa y leal convivencia.
En ese sentido, y también como no, en el de su reconocimiento como intelectual y escritor, la lejanía adoptada finalmente por Gonzalo Torrente Ballester, y su desafección a unas políticas concretas, ante una realidad estatal que se desmenuzaba por su propia incompetencia, y su torpeza, además claro está, de sus lamentables equivocaciones, nos trae la realidad de una conducta personal, la suya, que yo entiendo como en lucha permanente entre conciencia y apariencia, frente a una estructura anquilosada y ajena a los principios originales, que determinaron que personas como Gonzalo Torrente Ballester, abandonara ya decepcionado, toda afinidad azul. Cuando más tarde se le otorgaron premios de literatura, el Nacional, el Cervantes, de la Academia, etc. Gonzalo ya estaba perdido para la Falange, al menos la Falange-organización que naturalmente, había depuesto de sus principios. Naturalmente, yo me quedo con el Torrente Ballester de mi juventud, pero dentro de mí nace una fortísima rebelión por tanta estulticia; dejaré en mi mesilla de noche, otra vez, “La saga/fuga de J. B.”, y dormiré, creo, pensándolo como un testimonio más de lo que se pudo hacer. Y no se hizo. Por cierto, también habría que recordar que en este año se cumple su primer centenario, pero eso ya se sabe que importa según quien lo promueva.

sábado, 3 de julio de 2010

EN EL CENTENARIO DE TORRENTE BALLESTER


Entre la universalidad y la modernidad cervantinas


Darío VILLANUEVA Publicado en El Cultural el 11/06/2010


Por atenernos a alguna referencia objetiva en este terreno movedizo de las famas literarias póstumas, vayamos a la encuesta que la revista Leer encargó en 2005 a Sigma Dos sobre las mejores novelas españolas del Siglo XX. Dos títulos de Torrente aparecen reseñados allí: la trilogía Los gozos y la sombras en el puesto décimo de las obras más sobresalientes por su argumento, y La saga/fuga de J. B. como la quinta más innovadora, la undécima por el estilo, y la octava en una valoración absoluta. Es de destacar también que esa misma posición le atribuyen los encuestados entre nuestras novelas que, literalmente, “tienen y tendrán más proyección en el futuro y serán más leídas en los siglos venideros”.
Torrente y Borges en Sevilla
La favorable acogida de La saga/fuga de J.B. proporcionó a Torrente Ballester un amplio número de lectores y la atención de la crítica que merecía, pero desnaturalizó, en cierto modo, el auténtico perfil del escritor al producirse tal positiva recepción en fecha tardía, casi treinta años después de la publicación de Javier Mariño. La novela de 1972 no constituye, sin embargo, una sorpresa; resulta de una evolución, prolongada a lo largo de medio siglo, que ahora nos parece extraordinariamente coherente. Esa trabazón se ha visto favorecida, sin duda, por la presencia desde un principio en el universo literario del autor de un número reducido de elementos sustanciales, y a ella contribuye también el carácter eminentemente reflexivo de quien practicó la crítica y conocía los entresijos de la teoría literaria. Pero hay algo más cuya importancia nunca se ponderará bastante: una absoluta independencia de las modas, las escuelas y, sobre todo, de un público al que por lo general se da en suponer mucho menos perspicaz de lo que en realidad es. El resultado fue un sistema narrativo complejo que impone al lector la aceptación de un pacto exigente y siguió triunfando con Fragmentos de Apocalipsis (1977), La isla de los jacintos cortados (1980), Quizá nos lleve el viento al infinito (1984) y La rosa de los vientos (1985). El que dicha aceptación se produjera, al fin, precisamente en los primeros años 70 del pasado siglo puede explicarse por el curso de la literatura posterior a la guerra civil, pero la personalidad novelística de Torrente sólo cobra sus auténticos perfiles vista en su conjunto.

La saga/fuga de J.B. tuvo éxito desde el mismo momento de su aparición porque vino a colmar las expectativas de aquellos lectores que no se resignaban a aceptar como único pacto narrativo posible la disciplina escasamente gratificante impuesta por la novela experimental. Propone, por el contrario, una mezcla estimulante de imaginación e ironía. Imaginación que produce narratividad y hace atractiva la lectura: a través de los múltiples episodios y personajes de esa saga o leyenda mítica de la capital de una hipotética quinta provincia gallega cuya existencia no reconoce el poder central, el destinatario encuentra respuestas en español peninsular al “horizonte de expectativas” paradójicamente nuevo que habían abierto ante él narradores que vinieron de la otra orilla del Atlántico y fueron encuadrados en el llamado “realismo mágico”.

Y digo “paradójicamente nuevo” porque en definitiva no se trata sino del resurgir del “romance” como fórmula narrativa opuesta a la “novela” en la teoría literaria anglosajona, distinción que ya está a este respecto fijada desde 1785 por Clara Reeve en The Progress of Romance. Añádase a todo lo dicho, en La saga/fuga de J.B., la ironía que, mediante una artificiosa composición a la que hace referencia el título de la obra, ridiculiza las gratuitas complicaciones estructurales de tantas novelas que se nos caían de las manos. Mas la ironía de Torrente tiene, en el conjunto de su obra, una trascendencia mayor sobre lo que es la pura ironía intelectual que también lo caracterizaba como escritor (y en parte, como persona). Me refiero a su percepción sistemática de lo maravilloso en lo real y de lo real en lo maravilloso. Nuestro autor definió en cierta ocasión a su Ferrol natal como “una ciudad lógica en un entorno mágico”, y su afortunada frase mira a ese dualismo que está presente, incluso, en su libro autobiográfico de 1982, entreverado de fantasía, que se titula Dafne y ensueños.

Porque entre los novelistas españoles contemporáneos es difícil encontrar a otro que lo supere en la reivindicación práctica, pero también teórica, del magisterio de Cervantes. Desde el exilio académico José F. Montesinos no se cansó de denunciar que, paradójicamente, después de El Quijote la novela se le había caído literalmente de las manos a nuestra Literatura, ni de estudiar asimismo cómo la gran tradición novelística inglesa había de originarse en el estudio de autores nuestros, fundamentalmente Cervantes y los de la picaresca. Eso mismo es lo que había defendido cien años antes Pérez Galdós en el prólogo a su traducción del Picwick, en el que contrapone la genuina estirpe cervantina de un Charles Dickens a la influencia nefasta del folletín postromántico francés.

Torrente Ballester atinó a reavivar en España esa misma tradición, que es salvoconducto de universalidad y de modernidad. Con ello fortaleció, entre nosotros, las posibilidades de una novela libre, él que en Los cuadernos de un vate vago se confiesa entregado a la experiencia de “la imaginación en libertad”. Una novela en libertad, añado yo, no sometida al imperio de lo real y a la urgencia del documento, ni a la tiranía de la manipulación formalista sin sentido trascendente. Una novela concebida a la vez como juego y como revelación, lúdica y lúcida, que nos descubre paso a paso, placenteramente, nuestra propia naturaleza y la de todo lo que nos rodea.

No hace falta, pues, dárselas de profeta para augurarle larga vida a la novela del escritor gallego si esta fórmula sigue teniendo vigencia para los lectores, como de hecho la ha tenido sin solución de continuidad desde El Ingenioso Hidalgo, cuya segunda parte está ya muy cerca de cumplir también su cuarto centenario.

jueves, 24 de junio de 2010

EN EL MISMO ESPACIO, EN OTROS TIEMPOS.


Es curioso como los bucles de la vida atan lazos en torno a hechos que les ocurrieron a diferentes personas en tiempos lejanos, en épocas distintas. Viene esto a cuento de la lectura de un artículo sobre la condesa alemana Mechthild Von Hese Podewils – Dürniz y su relación amorosa con el escritor falangista Dionisio Ridruejo.
Ambos se conocieron en la embajada española en Berlín, el poeta falangista estaba convaleciente de sus heridas en el frente ruso mientras combatía con la División Azul, ella, bella aristócrata de preciosos ojos azules, según nos confiesa el propio
Dionisio Ridruejo y Hexe en Sotogrande.

Ridruejo en sus “Cuadernos de Rusia”, también quedó prendada del español. Ridruejo, recuperado, volvió al frente, pero su delicada salud no le permitió seguir en el infierno blanco de Rusia durante mucho tiempo y fue repatriado a España.
Hexe, apodo infantil de la vida familiar de la condesa y como la nombraría Dionisio, consiguió venir a España como espía alemana gracias a su amistad con el almirante Canaris, que moriría después como uno de los implicados en la operación Walkiria, complot de oficiales alemanes para matar a Hitler.
Ridruejo, tras su vuelta del frente ruso, quedó absolutamente decepcionado con el giro que había tomado la política del gobierno de Franco, y así se lo hizo saber al Caudillo en un escrito que le costó el destierro de Madrid.
El poeta fue a parar a Ronda, la bella ciudad de la serranía malagueña, y allí vivió su amor con Hexe, entre las románticas paredes del hotel Reina Victoria.
Dicho hotel fue construido en 1906 y llama la atención por su estilo de arquitectura más propia del centro de Europa que del corazón de Andalucía, sus puntiagudos tejados de pizarra negra y sus contraventanas de madera pintadas de verde, nos evocan, junto con su bonita entrada de piedra, paisajes alpinos, o un pabellón de caza bavaro. Lo rodean preciosos jardines que acentúan el carácter romántico del sitio, así como un interior que, aunque remozado, guarda ese acogedor y, un tanto decadente, estilo campestre británico en muebles y tapicerías.
En ese mismo hotel se alojó Rainer María Rilke, el poeta que, aunque nacido en Praga, supone una de las cumbres de la poesía en lengua alemana. En Noviembre de 1912 inició un viaje por España, visitando Toledo, Córdoba, Sevilla, permaneciendo durante dos meses en Ronda, donde trabajó en la Sexta de las Elegías de Duino, una de sus obras maestras, que no completó hasta 1922.
La condesa Mechthild Von Hese Podewils – Dürniz, conoció, a través de Ridruejo, a todo su círculo de intelectuales y escritores falangistas, a Edgar Neville, Antonio Tovar, Pedro Laín

Monumento a Rilke en el Hotel Reina Victoria de Ronda.
Entralgo y a Gonzalo Torrente Ballester, con quien traduciría al español, y aquí aparece uno de esos bucles de la Historia a los que me refería al principio, la obra de Rainer María Rilke, escritos que el poeta escribió en el hotel de Ronda, donde su traductora vivió sus días románticos con el hombre de su vida, Dionisio Ridruejo.
Hexe falleció recientemente en su casa de Sotogrande, playa a la que acudía desde Ronda, a escasos ochenta kilómetros de allí, con Ridruejo, y donde regresó para vivir después de una intensa vida que la llevó por medio mundo, tras huir de España ayudada por Ramón Serrano Suñer a Colombia, y pasar por varios matrimonios.
Hace pocos años, sin conocer aún la historia de Hexe entonces, pasé unos días en Ronda, era otoño, se acercaba la Navidad, la encantadora ciudad malagueña estaba clara y fría, pero bella. Me alojé en el hotel Reina Victoria, en una pequeña pero muy acogedora habitación decorada en tonos burdeos y crema, con una antigua chimenea de cerámica blanca en un rincón que acentuaba increíblemente el aire romántico de la estancia.
En el frío serrano de finales de otoño, los agudos tejados negros del hotel y los salones de cálidas tapicerías y antiguos muebles me trasladaban a reposadas escenas de otra época, la calma, el silencio, los rincones de mullidos sillones orejeros, los grabados con imágenes de cacería, la escalera alfombrada con su pasamanos de barnizada madera, las paredes enteladas de floridos estampados, las lámparas de latón con sus pantallas de seda propiciando suaves luces indirectas.
Todo hace comprender que allí era posible ese imposible amor entre el castellano viejo, católico y caballero falangista y la dulce dama alemana, aristocrática y amante de la vida.
Y era posible que un poeta de la vieja Praga, anduviera por sus jardines inspirándose para sus mejores poesías y mirara, desde los ventanales de su habitación, las lomas cubiertas de olivos y viñedos que yo ahora contemplaba.
Desde mi habitación, tras los cristales de la vieja ventana de palilleria verde, miro, con infinita paz en el alma, los abetos, los pinos, los caminos de tierra bordeados de boj y las rosas, amarillas y rojas, del jardín.

Javier Compás

viernes, 7 de mayo de 2010

Andrés Trapiello: Alberti y su mujer eran las estrellas de la República


El escritor publica una nueva edición de «Las armas y las letras» con material inédito de los intelectuales en la Guerra Civil.

Actualizado Viernes , 07-05-10 a las 11 : 40
Diecisiete años después de que Andrés Trapiello escribiera «Las Armas y las letras», ese libro en el que ahondaba en el papel de los intelectuales en la Guerra Civil, el escritor publica una nueva edición con importante material inédito y fotografías que ilustran a las claras la posición de autores como Alberti.
Una fotografía de Alberti, enviada a Ehrenburg en 1965 y en cuya dedicatoria califica la guerra como «la belle époque»; otra de Octavio Paz levantando el puño; una carta de Edgar Nevillesobre el asesinato de Lorca; otra misiva de Torrente Ballesteren la que considera la guerra como «un deporte de hombres» y un manuscrito de Sánchez Mazassobre su cárcel y su ejecución son algunos de los documentos inéditos más destacados.
«Lo curioso de Alberti es que veía la guerra como la 'belle époque' veinticinco años después de que ésta hubiera terminado, en plena dictadura franquista. Pero es que para el poeta y su mujer, María Teresa León, la guerra fue eso, una 'belle époque': eran las estrellas de la República, como un poder paralelo», afirmó hoy en una entrevista con Efe Andrés Trapiello.
Una obra dedicada a la guerraTrapiello pertenece a la generación de los «hijos de la guerra» (su padre la ganó, pero «quedó marcado para siempre» por ella), y quiso escribir este libro, que ahora publica Destino en una excelente edición, para «tratar de entender mejor este fenómeno y ver dónde se producían las fisuras».
Galardonado con numerosos premios, entre ellos el Nadal y el de la Crítica, Trapiello nunca compartió del todo la idea de que «los mejores escritores estaban del lado de la República y los peores, del lado de los nacionales».
También veía que «los que habían ganado la guerra habían perdido los manuales de literatura», y que «la guerra de la propaganda estuvo en la República».
Para aclarar todo esto se embarcó en «Las armas y las letras», que pronto se convirtió en libro de culto y que, por supuesto, suscitó polémicas. La voz de Francisco Ayala dejó clara la importancia de esta obra: «Trapiello rinde con su libro un gran servicio a nuestra historia intelectual al trazar el panorama objetivo, veraz y, a la vez, comprensivo y compasivo, de la república de las letras durante un período tan doloroso y tan turbio como el de la guerra civil española», escribió Ayala en El País.
La tesis de que la guerra la hicieron «dos minorías muy violentas y revolucionarias», pero que había «una tercera España mayoritaria, más o menos pacífica, en la que estaban representadas todas las ideologías y que no quería participar en la guerra», era también otra de las aportaciones del libro de Trapiello.
«Peor que ser un comunista o un fascista era ser liberal», aseguró hoy Trapiello, para añadir a renglón seguido que «muchos escritores fueron eliminados o borrados» durante la guerra y la posguerra.
De ahí que la obra de Trapiello sirva también para destacar la importancia de escritores como Chaves Nogales, Clara Campoamor, Morla Lynch o de incluso el propio Juan Ramón Jiménez y su libro «España en guerra». «Nadie tenía interés en escuchar el discurso de la tercera España que ellos representaban. Eran testigos incómodos para las dos partes porque denunciaban los crímenes». La nueva edición de «Las armas y las letras» llega «a rincones que no llegaba la primera».
Dura cosa es la guerraSi la foto de Alberti demuestra cómo el gran poeta vivió la guerra, también es elocuente la carta de Gonzalo Torrente Ballester, dirigida al poeta uruguayo Carlos Rodríguez Pinto. A sus 25 años y «bajo la influencia de Ortega y Gasset», aclara Trapiello, el futuro autor de «Los gozos y las sombras» afirma que la guerra «es un deporte de hombres».
«Dura cosa es la guerra -y yo no fui a guerrear-. Dura y hermosa. La guerra -ésta, entre hermanos, sin química, pero profundamente religiosa- es un deporte de hombres. Yo, intelectual, un poco 'por encima' de ciertas cosas, siento hoy un tanto de reverencia por 'el héroe'», escribía Torrente Ballester en aquella misiva.
El poeta Miguel Hernández vivió la guerra de forma muy distinta a la de Alberti. El distanciamiento entre ambos «refleja las dos caras del comunismo». El poeta alicantino creyó que «su obligación era llevar la literatura al frente, no permanecer en la retaguardia». Para Alberti, era «más importante la propaganda que el frente», indicó Trapiello.
En el libro se recuerda el episodio «tristísimo» de cuando Alberti le ofreció a Miguel Hernández un avión para salvarlo y el autor de «El rayo que no cesa», «que era tan honesto y honrado como insensato y temerario, pensó que no le hacía falta».