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martes, 3 de septiembre de 2013

Regás se descubre ante la falangista feminista.


Por Rosa Regás.Rosa Regás

Mercedes Fórmica o la ideológica contradicción


En el verano de 1953, en pleno franquismo, la prensa española se hizo eco de un terrible acontecimiento, la muerte de una mujer a manos de su marido, con un texto explicativo, "Mujer apuñalada por su marido", pero sin crítica ni al marido asesino, ni a la justicia, ni a la situación de la mujer que tuvo que aguantar los malos tratos que recibía habitualmente que la llevarían a la muerte ya que no podía permitirse abandonar el hogar que según la ley la habría dejado sin hijos, casa ni bienes. El 7 de noviembre de ese mismo año Luis Calvo,  director de  ABC, se atrevió a publicar un artículo de Mercedes Fórmica que había sido detenido por la censura y que ella había enviado al diario. Llevaba por título "El domicilio conyugal" y lo escribió al conocer las doce puñaladas  que recibió Antonia Pernia Obrador de su esposo y la situación de violencia en la que se había visto obligada a vivir hasta que le llegó la muerte.


 Mercedes Fórmica fue la primera mujer que desde el régimen dictatorial del General Franco intentó que se transformaran las leyes machistas que convertían a la mujer en una esclava de las costumbres,  la sociedad, la religión y el omnímodo poder de sus maridos o padres.
Mujeres de la Sección Femenina durante la guerra civil
Yo no conocía la historia de esta mujer singular y creo que recordarla hoy no me convierte en admiradora del régimen al que ella eligió obedecer y servir. Fue, incluso así, una mujer singular y  su vida no fue un modelo de lo que fueron, y son aún, las vidas de las personas amantes de formas de gobierno excesivamente autoritarias, antidemocráticas y que han llegado al poder por un golpe de estado y una sangrienta guerra civil. Había nacido en 1916 en Cádiz de familia acomodada pero tuvo una madre que lejos de dedicarla al culto de sí misma, del hogar y a la convicción de que había nacido  para vivir a las órdenes de su futuro marido, la hizo estudiar bachillerato, prepararse para entrar en la universidad e ingresar en la Facultad de Derecho de Sevilla en 1931, el mismo año en que en España se instauró la República. Así que tuvo como profesores a muchos expertos formados en la Institución Libre de Enseñanza, lo que no le impidió tener que ir a clase acompañada de una "doña" para evitar críticas de su entorno social, ya que era la única alumna del curso. Tampoco era muy habitual en su ambiente que sus padres se divorciaran dos años después, ni que ya licenciada decidiera irse a vivir a Madrid sola. Pero no todo fueron puertas abiertas al pensamiento libre. Ya en Madrid se afilió a  Falange Española, tal era la admiración que sentía por José Antonio Primo de Rivera, hijo del que había sido dictador en tiempos de Alfonso XIII, quien la nombró delegada del SEU femenino en 1936 y miembro de la dirección del partido.

Mercedes Fórmica 1916-2002
Mercedes Fórmica
 Otro rasgo peculiar en su biografía es que se casó con  Eduardo Llosent y Marañón editor en Sevilla de la revista Mediodía donde conoció y fue muy amigo de poetas de la generación del 27 como Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Dámaso Alonso o Rafael Alberti.

 Aunque al ganar la guerra Franco debió cambiar de ideología cultural al menos porque fue nombrado Director del Museo de Arte Moderno de Málaga.
Acabada la guerra Mercedes se doctoró en Filosofía y letras y en 1945 publicó su primera novela, Bodoque a la que siguieron biografías de mujeres de la Historia de España, textos autobiográficos como La infancia, Visto y vivido y Escucho el silencio, y otras novelas:  A instancia de parte o Collar de ámbar, que fueron bien tratadas por la crítica y lo siguen siendo entre la poca gente que la conoce, porque la historia la ha juzgado más por su ideología que por su talento y porque también ella es fruto de la maldición franquista que dejó a los derrotados sin futuro y a los vencedores sin pasado, un pasado que todavía hoy no hemos recuperado.

                                   
Pero lo que más me interesa destacar es la lucha por los derechos de la mujer o relacionados con ellos, inexistentes o borrosos aún en la época en que ella vivió pero firmes en su forma de de estar enraizados en su interior. Fue ella quien logró que en los textos jurídicos de la época franquista se sustituyera "casa del marido" por "hogar conyugal" lo que contribuyó también a que tras la separación conyugal la mujer pudiera disfrutar de la casa donde habían vivido ambos cónyuges. Eliminó asimismo la degradante figura del "depósito de la mujer", un derecho que tenía el marido de depositar a su mujer en la casa de los padres o en un convento, y ayudó a que se limitaran los poderes casi absolutos del marido para administrar y vender los bienes matrimoniales, igual que el derecho a las viudas que volvían a casarse a mantener la patria potestad sobre sus hijos. Mercedes puso su grano de arena a que en 1981, cuando ya ella comenzaba a sentir los efectos de la larga enfermedad que la llevaría a la muerte en 2002, se  promulgara la ley que reconocía la plena igualdad de la mujer en el matrimonio. Poco fue este grano de arena, pero difícil era y sin embargo ella no se detuvo hasta que la vejez y la enfermedad  la derribaron. O tal vez dejó de luchar con la llegada de la democracia que había de conseguir aquello por lo que ella se desvivió, a la que, en cambio, nunca pareció comprender ni aceptar, ni mucho menos defender.
 
Curiosamente y a pesar de su dilatada y esforzada lucha, ni en la Falange ni en su propio ambiente estuvieron bien vistas las gestiones que hizo en favor de los derechos de la mujer y en las reformas que impulsó, hasta el punto que la llamaban "la reformica". Un chiste malo con su apellido.
   
Si se contempla  la espesa legislación contraria a la libertad de la mujer que el franquismo elaboró y mantuvo con la ayuda de la iglesia católica, de la burguesía y de los poderes fácticos que habían apoyado el golpe de estado, hay que reconocer que no fue mucho lo que consiguió Mercedes Fórmica, pero hubo muy pocas mujeres que lo intentaron como lo hizo ella, unas porque no podían otras porque no creían en ello. Pero a mí me gusta tener el convencimiento de que  algo debió de ayudar el hecho de que su madre no la tratara como las bien pensantes mujeres de la época trataban a sus hijas, y que tener una carrera universitaria y una forma de ganarse la vida animó su autonomía de pensamiento y acción y su coraje para enfrentarse, aunque solo fuera formalmente, a la ideología del régimen que ella misma defendió.
  

comedor social de la sección femenina
Tal vez moriremos sin ver realizado aquello por lo que hemos luchado -lo más probable- pero algo habremos conseguido si hemos sabido ser el eslabón entre el pasado y el futuro, la memoria y la esperanza, la esclavitud y el bienestar social. Quizá éste haya sido también el objetivo de Mercedes Fórmica, una mujer que no tuvo más visión que la de la injusticia a la que estaba sometida la condición femenina, cuya lucha para intentar recomponerla  vivió con tal intensidad que, quiero creer, le impidió darse cuenta del infierno ideológico en el que había elegido vivir.






Publicado en el blog de el diario El Mundo, "Ellas"
 http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/ellas/2013/09/03/mercedes-formica-o-la-ideologica.html

Más información en:

http://www.abc.es/hemeroteca/historico-24-04-2002/abc/Cultura/muere-mercedes-formica-pionera-en-la-lucha-por-los-derechos-de-la-mujer_94259.html

http://www.fnff.es/Mercedes_Formica_defensora_de_la_Mujer_590_c.htm


http://www.nodulo.org/ec/2012/n120p09.htm


martes, 15 de enero de 2013

Desde Rusia con amor, por Antonio R. Taravillo




Desde Rusia con amor


Me hallará la muerte

Juan Manuel de Prada

Destino, 2012. Colección "Áncora & Delfín"

ISBN: 978-84-233-3921-1

592 páginas

22,50 €





Antonio Rivero Taravillo

El de Juan Manuel de Prada es un caso curioso. Estando dotado como muy pocos novelistas de su generación, su abierta confesionalidad, su señalada pertenencia a una ideología -más reaccionaria que conservadora-, le resta el aplauso crítico y aún de buena parte del público. A ese desapego contribuye en parte él mismo mediante el despliegue de un estilo apabullante, en el que un amplísimo léxico, rescatado en sus maestros y aliado con un regusto arcaizante, se vuelve a veces excesivo. Esto sucede, como veremos, en no pocas páginas de Me hallará la muerte, la novela con la que se confirma en el género y que, con Las máscaras del héroe es, a mi juicio, la mejor suya. Como en la primera, aparece en el telón de fondo la atractiva figura de José Antonio Primo de Rivera, ya no visto por los ojos acanallados de Pedro Luis de Gálvez sino ahora a través de algunos seguidores suyos. A nadie se le escapará que el título procede del tercer verso del Cara al sol, el himno falangista, una suerte de "renga" en la que intervinieron varios escritores próximos a José Antonio (esta estrofa, en concreto, fue obra del propio hijo del dictador, más Agustín de Foxá y José María Alfaro), y como comprobará el lector de la novela de Prada se trata de un lema nada gratuitamente escogido, a tenor de la trama.

La obra, como la Galia de César, se halla dividida en tres partes o actos de un drama en el que intervienen varias ideas motrices, a saber: si es posible alcanzar un bien mediante la realización de un mal o incluso de muchos; el juego de las identidades y los fingimientos; la lealtad a los ideales y la transacción vergonzante con lo práctico, haciendo dejación de los escrúpulos.

Reúne muchos registros la novela, esta amplia novela moral, desde los rasgos picarescos de la pareja protagonista de la primera parte, que se desarrolla en el Madrid de la posguerra, al relato bélico de la segunda (con pasajes que remiten a las narraciones también ambientadas en el Frente del Este del recién desaparecido Sven Hassel) o al folletín o la novela bizantina que se despliega, con lances de contrabando y crímenes, tesoros escondidos y 'quêtes' en su región más extensa, desarrollada cronológicamente a mediados de los años cincuenta.

Creo que no hay autor de prosa que escriba ahora en España con una capacidad como la de Prada para forjar el símil, tender la comparación y mostrar la epifanía de la metáfora. Sucede, sin embargo, que a veces se sobrepasa, como llevado por un prurito de iluminar con no menos de una frase brillante cada párrafo. Y está, además, el lastre de ciertas reiteraciones que parecen decir: “una vez recuperada esta palabra infrecuente, voy a emplearla a discreción, como para amortizarla”. Lo que sucede es que entonces el autor deja de ser discreto y se permite el abuso, lo mismo de voces que en esas comparaciones que continuamente está elaborando con pasmosa facilidad. Ahí está la recurrencia de “tiparraco”, “ricacho”, “bofia”, “tabuco”, o el dichoso “corazón autónomo” que es la mancha en el rostro de uno de los personajes, el falangista Cifuentes, junto con el también alistado en la División Azul Mendoza, islas de integridad en esta historia… Pero son leves manchas en una prosa llena de enjundia, que se manifiesta sin desmayo, como cuando al referirse al Palacio de Invierno de Leningrado (la antigua San Petersburgo) escribe: “aún conservaba su aire augusto y solemne, como una marquesa arruinada que se abanica los sofocos con las papeletas de desahucio”. Destellos expresivos como este los hay a puñados.

Peca a veces de maniqueísmo, incluso cuando lo denuncia: un traidor llamado Camacho monta entre los divisionarios prisioneros un “Grupo Artístico Español” que representaba “farsas teatrales” “protagonizadas por capitalistas sacamantecas y obispos inquisitoriales en proterva alianza por la opresión del proletariado y la desfloración de tiernas doncellas” (aquí, tal vez Prada esté pensando más que en aquellas “piezas repescadas del repertorio de alguna de las compañías que recorrían el frente republicano durante la Guerra Civil” simplemente en el cine español de las últimas décadas, más algunas series televisivas que cojeaban del mismo pie).

Hay homenajes a las obras de otros escritores, como ese Madrid, “ciudad que era un cementerio con un millón de muertos”, en eco manifiesto de Dámaso Alonso. Pero lo que en verdad hay es un constante aroma shakespeareano, que brota en varias alusiones a Macbeth y, aunque no se la cite, a La comedia de los errores, con la que comparte el tema de la confusión, del pasar uno por otro, en un elaborado enredo.

Prada ha sabido reflejar muy bien la España de los casi tres lustros que abarca la novela: los fogosos camisas viejas falangistas; los acomodaticios arrimados al Movimiento; los alistados a la División Azul, en los que había muchos idealistas pero también otros poco menos que indigentes y -como en la Legión- tipos que querían dejar atrás un pasado (así, el Antonio Expósito protagonista); los blandos democristianos; los chupópteros del régimen que también querían hacerse olvidar su pasado de flirteos con el Eje; las “mujeres del partido”, los herederos del estraperlo y la riqueza turbia.

La novela está muy bien construida, con minuciosa atención al detalle, al ensamblaje de piezas, para que ninguna quede huérfana al final de la composición del rompecabezas. Salvo por esas indulgencias que el mismo Juan Manuel de Prada se concede, es una novela espléndidamente escrita y, no obstante, entretenida, comercial, de suspense, de amor y deseo, de guerra, culpa e infortunios. Tiene su tesis religiosa, sí, pero no es necesario frecuentar las iglesias para disfrutarla: basta ser amigo de librerías y bibliotecas.

Artículo publicado en el blog Crítico Estado

viernes, 20 de abril de 2012

Leopoldo Panero, poeta del dolor y el estoicismo

Libros

«En lo oscuro»: Leopoldo Panero, poeta del dolor y el estoicismo

Una antología recupera a uno de los grandes nombres de nuestra lírica, cuando se cumplen 50 años de su muerte

Día 08/03/2012 - 17.10h
«En lo oscuro»: Leopoldo Panero, poeta del dolor y el estoicismo
teodoro naranjo domínguez

Panero, Leopoldo Panero, la voz de un alma herida. Quizá no fue el hombre más alegre de nuestra poesía contemporánea. Acaso tampoco el más dicharachero, pero la hondura de sus versos, su aliento humanísimo, su precisión emotiva, siguen intactos medio siglo casi ya su muerte, cuando una angina de pecho se lo llevó en su querida tierra leonesa, un 27 de agosto del 62, a los cincuenta y tres años.
Leopoldo Panero, como un San Sebastián de nuestra poesía, llevaba sobre el cuerpo todas las saetas envenenadas de nuestra Guerra Civil y aquella posguerra interminable, en la que vistió la camisa azul y mezcló versos extraordinarios con el yugo y las flechas, la mística joseantoniana (probablemente más sentimental que otra cosa) con cantos inolvidables como «La estancia vacía», de 1944, de tono parecido e igual de emocionante que «La casa encendida» de su buen amigo Luis Rosales, y publicada en el mismo año que otros títulos imprescindibles de nuestra lírica de posguerra: «Sombra del paraíso», de Vicente Aleixandre, e «Hijos de la ira», y su más de un millón de cadáveres, de Dámaso Alonso.
«En lo oscuro»: Leopoldo Panero, poeta del dolor y el estoicismo
Georges Roualt
Portada de la antología de Cátedra dedicada a Leopoldo Panero
Panero no era una de aquellas iglesias sin bendecir, aquellos hombres que no conocen el dolor como escribía Luis Rosales, porque Leopoldo Panero parecía llevar cosido al alma un dolor supremo, dolor erigido sobre las queridas ruinas de la infancia y la adolescencia en Astorga, dolor de los padres que nos dejan, dolor de estar a cinco minutos (o diez metros, como prefieran) de ser ejecutado por «rojo» (por solidarizarse con Socorro Rojo Internacional) en los primeros días de la España rebelde, dolor de su querido hermano Juantambién grandísimo poeta alférez provisional entre los de Franco, y que moriría muy joven, en 1937, con apenas 29 años, en un accidente de circulación, dejando nuestro poeta trastornado por la pena: «A ti, Juan Panero, mi hermano, / mi compañero y mucho más; / a ti tan dulce y tan cercanio; / a ti para siempre jamás».
Y luego los días de la hambruna en los 40, las mondas de patata que comía más de media España, en aquellos días en los que Jaime Gil de Biedma vio cómo «media España ocupaba España entera».
«En lo oscuro»: Leopoldo Panero, poeta del dolor y el estoicismo
ABC
Ejemplar de la revista «Escorial», una de las más destacadas de la posguerra
Panero fue hombre que en la distancia se nos antoja hondo de corazón como tan honda fue su poesía, vinculada a la Generación del 36 (Ridruejo, Rosales, Vivanco, Valverde...¡qué generación!) y a la revista «Escorial».
Tres eran tres sus hijos, Juan Luis, Lepoldo María y Michi (también poetas los dos primeros) y Felicidad Blanc, su esposa, que en aquella terrible película de Jaime Chávarri del 76, «El desencanto», casi un reality show, ajustaban dramáticas cuentas con su padre y con la España que él representaba, cara al sol, con la camisa nueva.
Pero media siglo después, al margen de la despiadada historia, es su poesía, inmensa, como si alguien te escanciara el corazón de hermosura y desconsuelo, lo que queda, lo que perdura, lo que es inmutable.
Poesía felizmente recuperada ahora en una extraordinaria antología «En lo oscuro» (Cátedra, Letras Hispánicas) con no menos extraordinaria del profesor Javier Huerta Calvo, autor también de uno de los estudios más exhaustivos que se han realizado del poeta astorgano, no tan conocido entre nosotros como debiera, algo, desgraciadamente común en toda su generación, sin duda apostasiada por la putañera Guerra Civil.
Demos paso, pues a Leopoldo Panero, un estoico del siglo XX.

El templo vacío (fragmento)

martes, 22 de noviembre de 2011

Los autores de la Generación del 27 regresan por medio de sus retratos

Exposición del pintor Alvaro delgado

La Sala Provincia de León acoge una exposición con obras únicas del pintor Álvaro Delgado

Adolfo Alonso Ares, Marcos Martínez, Gonzalo Santonja y Jesús Celis, en la presentación.
Adolfo Alonso Ares, Marcos Martínez, Gonzalo Santonja y Jesús Celis, en la presentación. nuno

Los dibujos y apuntes del natural que se muestran en la exposición Álvaro Delgado y la Generación del 27 —inaugurada ayer en el Instituto Leonés de Cultura— pertenecen a colecciones particulares y por tanto son obras casi ‘secretas’ de entre la gran producción artística del pintor madrileño.
Explicó el poeta Adolfo Alonso Ares, comisario del evento, que se trata «de dibujos que tienen como motivo la amistad, la cercanía de los poetas y escritores de esa mítica generación con Álvaro Delgado, que perteneció a la segunda Escuela de Vallecas. Delgado retrata desde la proximidad a Cernuda, ambos amigos del leonés Leopoldo Panero. A Vicente Alexandre, con el que convive y con el que comparte circunstancias continuamente. O, por ejemplo, a Dámaso Alonso, con el que se reúne casi todas las noches y comparte la vida de la plenitud, como él dice. Y así, para retratarlo, toma el boceto en la casa de Panero». «Álvaro Delgado siempre dice que cuando hace esto está retratando a los amigos con los que ha compartido muchos y muy intensos momentos. Es, pues, una exposición en la que el trazo del artista tiene mucho que ver con el trazo literario de los artistas que aquí están representados», continuó.
Aporte documental. En la exposición, que se realiza bajo los auspicios del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, la Junta y la Diputación de León, se reúne una docena de obras. Se cuenta además con un gran apartado documental en el que se muestran primeras ediciones y numerosos artículos en los que se glosa la actividad de los autores de la Generación del 27.
Según Gonzalo Santonja, director del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, Álvaro Delgado «fue amigo íntimo de Luis Rosales y Leopoldo Panero, de Dámaso Alonso y Gerardo Diego, huésped con ellos de idénticas pérdidas, peregrinos de las mismas noches y náufrago en las mismas auroras. La sobriedad del paisaje castellano y el manantial de la memoria le guiaron hacia y por los clásicos, huerto cerrado para los intelectuales y artistas que no son atrevidos en su autenticidad, porque Góngora, Cervantes, Quevedo o San Juan anulan cualquier carga de soberbia o de impostura y solo admiten la compañía de quienes se muestran capaces de instalarse en la libertad. Espejo es su pintura de tristezas y alegrías, de ángeles y demonios, de ojos con nubes y miradas de atardecer, de brisas cálidas y lucen acariciantes».
Álvaro Delgado se formó primero con Daniel Vázquez en la Escuela de Bellas Artes, cubista a su manera, bajo cuyo magisterio también se formaron en el periodo de entreguerras Salvador Dalí y Modesto Ciruelos, y en los cuarenta Canogar e Ibarrola. Más tarde estudió al lado de Benjamín Palencia en la Segunda Escuela de Vallecas, aquel brillante grupo que en 1927 formara Palencia con el escultor Alberto Sánchez, y que desapareció con la Guerra Civil. «En la recuperación de aquel espíritu —dijo Santonja— acuñó Delgado la sutileza de una impronta que desde el principio le colocó en un eje de equilibrio entre la tradición y la modernidad, alianza fructífera del poso de los siglos con el fuego del porvenir. Pintura que no se diluye en epigonismos ni se pierde en balbuceos, puerta a un misterio después revelado con pincel y con lápiz, al carbón, en lienzo o sobre papel, para inundarnos los ojos con borbotones de vida. Aquí podemos ver retratos de personajes cuyos rostros nos hablan con las sílabas húmedas del amor apurado hasta las esencias y la inteligencia comprometida con la causa en penumbra del hombre, luz cárdena de soles que no declinan».
La mejor manera de enfrentarse a los retratos de Álvaro Delgado es seguir el consejo del propio pintor: «Ante un retrato me interesa el hombre, su psicología, su verdad y su secreto».

Más información:   
http://www.diariodeleon.es/noticias/cultura/los-autores-de-generacion-del-27-regresan-por-medio-de-sus-retratos_643621.html

domingo, 5 de septiembre de 2010

LAPIDARIO JUAN RAMÓN


FERNANDO IWASAKI
abc


Acabo de releer la edición definitiva «Españoles de tres mundos» (Seix Barral, 1987) de Juan Ramón Jiménez y no me extraña que su memoria sea tan polémica, pues sus opiniones cayeron como rayos sobre muchos de sus contemporáneos. A manera de muestra convoco sus comentarios acerca de Pablo Neruda y Rafael Alberti, a quienes la historia ha terminado poniendo en el lugar donde los puso Juan Ramón.
El perfil de Rafael Alberti se publicó en 1930 bajo el título de «Acento: Poetas de antro y dianche», junto con las siluetas de Dámaso Alonso y Federico García Lorca. Por entonces Alberti era muy joven, la guerra civil no aparecía en el horizonte y las opiniones de Juan Ramón no eran nada políticas sino poéticas. Y lo clavó así: «Por ahí anda, por todos los ahíes, tocándose los verdugones de talón celeste. Estraordinario él mismo en su gustoso alarde de tontilocuente contra la exajeración inútil e innecesaria. Cuando se descuelgue su sétimo manto de amanerada elocuencia, tire al abismo su varita de habilidad, se evada netamente de su actual sobrerromanticismo, y en la ramazón de su disgregada labia escesiva aísle otra vez la hermosa ave fresca de su voz una, como tiene además en su último piso esa trampa natural por donde saca, atravesando lámparas de techo con cubo de plata y oro, cosas de fuego diamantino del centro de la tierra, Rafael Alberti le va a decir a lo no mirado una gran cosa por lo menos del tamaño del mar de Cádiz, el más bello mar, para mí, del mundo». Sin embargo, tras la guerra civil la obra de Alberti fue más política que poética y acaso jamás llegó a decirle a lo no mirado cosas del tamaño del mar de Cádiz.
El texto sobre Neruda fue publicado primero en «Repertorio Americano» (1940) y después en la primera edición de «Españoles de tres mundos» (1942), y no es posible leerlo sin tener en cuenta que Neruda puso a toda la Generación del 27 contra Juan Ramón, con ocasión del homenaje que él mismo se organizó en Madrid en 1935. Así se entiende que Juan Ramón comenzara su retrato lanzando la primera a la frente: «Siempre tuve a Pablo Neruda ... por un gran poeta, un gran mal poeta, un gran poeta de la desorganización; el poeta dotado que no acaba de comprender ni emplear sus dotes naturales». Ignoro si Juan Ramón sabía que Neruda era cachivachero, porque la viñeta que pintó sobre la poesía de Neruda podría haber sido la foto de su casa de Isla Negra: «Posee un depósito de cuanto ha ido encontrando por su mundo, algo así como un vertedero, estercolero a ratos, donde hubiera ido a parar entre el sobrante, el desperdicio, el detrito, tal piedra, cuál flor, un metal en buen estado aún y todavía bellos. Encuentra la rosa, el diamante, el oro, pero no la palabra representativa y trasmutadora; no suple el sujeto o el objeto con su palabra; traslada objeto y sujeto, no sustancia ni esencia». Juan Ramón sentenció rotundo: «No tiene calidad Neruda porque no es estático ni dinámico, sino sólo estanco».
He glosado textos de 1929 y 1939, cuando ni Juan Ramón ni Alberti ni Neruda tenían la trascendencia que alcanzaron más tarde, y por eso mis respetos al lapidario Juan Ramón.

domingo, 22 de agosto de 2010

Leer España por Francisco Robles

Francisco Robles
Día 21/08/2010 - 23.31h
El mismo público que muestra su indignación por la prohibición de las corridas de toros en Cataluña fue el que guardó un indiferente silencio ante la desaparición de la Literatura Española de los planes de estudio de esas comunidades que son más autónomas que otras. Al arrinconar la obra de los clásicos españoles, el nacionalismo sectario empezó a forjar esas nuevas generaciones se han quedado ancladas en el bucle melancólico del nacionalismo, en la mediocridad de unos escritores regionalistas cuya obra sólo es útil para trenzar la propaganda que sirve de alimento ideológico a los cachorros de la causa.
«Leer España» es un hermoso libro de Fernando García de Cortázar donde se recorre nuestra milenaria historia a través de los poetas, novelistas y ensayistas que la han escrito en sus textos literarios. Porque España no solamente se ama o se odia, se crea o se destruye. España también se escribe en los epigramas sarcásticos de Marcial o en los textos sobrios de Séneca y Lucano. España es romana cuando se lee en latín y musulmana cuando Al Motamid se lamenta por la pérdida del reino taifa de Sevilla en su exilio marroquí. España se lee en el castellano alfonsí de las cantigas y en los sonetos italianizantes de Garcilaso, en la prosa limpia y llana de Cervantes y en los claroscuros de Quevedo.
Para leer España hay que liberarse de trincheras y prejuicios. Tan España es Azaña como Ortega, Alberti como Rosales, Manuel como Antonio Machado. Quien no lea a España en sus escritores será un analfabeto español, o viceversa. ¿No llama Dámaso Alonso analfabetos líricos a los que saben leer poesía? Pues eso mismo es lo que pretenden los nacionalistas periféricos y egoístas: crear una generación de analfabetos de lo español. Por un lado se eliminan los mil y un matices que puedan aportar Baroja, Unamuno, Cernuda, Delibes, Cela o Muñoz Molina, y por el otro se reduce lo español a la imagen kitsch, cutre y rancia que se destila en los alambicados alambiques del nacionalismo más retorcido y carca. Así se matan dos pájaros sin disparar un tiro mientras los polluelos permanecen en el nido del terruño.
Los nacionalistas han conseguido apartar el cáliz de España, como pedía César Vallejo en un sentido más trágico y menos demagógico, para que los jóvenes no puedan beber el vino que vendía Lázaro de Tormes ni el sabroso mosto de granadas que paladeaba San Juan de la Cruz. Así se consigue agrandar la obra de un racista furibundo e iletrado como Sabino Arana, por poner un ejemplo. Una obra, por cierto, que sus herederos ideológicos esconden para que no salgan a la luz sus barbaridades xenófobas, homófobas y racistas. Justo lo contrario que hace García de Cortázar al iluminar la historia de España con textos que nacieron en todos sus rincones, en todas las lenguas que aquí se hablan y se hablaron. Versos y prosas que responden a todas las visiones del mundo que uno se pueda imaginar. Eso es España. La España que algunos quieren arrumbar en el baúl de los tópicos. La España que García de Cortázar ha hilvanado con los textos que la han escrito. La España escrita que debemos leer para curarnos del nacionalismo excluyente, esa forma de analfabetismo.

viernes, 16 de abril de 2010

La casa encendida A finales de la década de los 40 Luis Rosales publicó un libro que ejerció y ejerce una honda influencia en la poesía española.

José Manuel Caballero Bonald
Escritor (Diario de Sevilla, anuario 2010)
Esta próxima primavera se celebrará el primer centenario del nacimiento de Luis Rosales. Los poetas que, como él, rondaban los 25 años al comenzar la guerra civil, vivieron una inolvidable y traumática experiencia. Herederos en buena medida de las dos generaciones anteriores –la del 98 y la del 27-, no será difícil advertir cómo esa ascendencia se filtra con una manifiesta perseverancia dentro de la evolución cíclica de nuestra poesía, alternando las secuelas simbolistas con las pautas más reconocibles del realismo. Pero la guerra truncó bruscamente ese programa. A unos los sustrajo violentamente de la realidad; a otros los sumergió en una especie de mutismo acomodaticio, y a otros en fin los instaló en una voluble evasión “a lo divino”. Lo que Dámaso Alonso calificó de poesía “arraigada” supuso sin duda la angustiosa necesidad de buscar una apoyatura entre los escombros de la desolación.

Poco antes de la guerra civil, la mayoría de estos poetas había publicado su primer libro: Rosales, Abril; Miguel Hernández, El rayo que no cesa; Vivanco, Cantos de primavera; Ridruejo, Plural; Carmen Conde, Júbilos; Muñoz Rojas, Versos del retorno; Bleiberg, Sonetos amorosos... Referidos a ciertas zonas clasicistas de la generación anterior, estos libros muestran en parte una significativa sustitución del modelo: el barroco Góngora ha sido desplazado por el renacentista Garcilaso. Todo lo que sonara a aventura estética se neutraliza ante las ordenanzas de la tradición. La pericia ornamental reemplaza a la misma indagación expresiva. Como por decreto, esta postura tiende a fomentarse a escala nacionalista, y no sólo desde un punto de vista estético, sino desde un severo ángulo doctrinal.

En la posguerra inmediata, los poetas más juvenilmente envueltos en su trágico balance, afrontan obviamente un confuso aluvión de revisiones. Entre La poesía en guerra, de Hernández, y la Poesía en armas, de Ridruejo, cabe un río de sangre. El enfrentamiento con la propia experiencia personal era ineludible. Algunos poetas adoptan entonces lo que vino a llamarse “realismo intimista trascendente”, basado en una tramitación de la experiencia que toma de Rilke su valor existencial y de Machado su bergsoniana filosofía del tiempo. El registro en la materia de la propia vida se acerca ya mucho a la necesidad de encontrar asideros morales, fijados en la recuperación de la infancia, el enraizamiento en la tierra materna, los recursos religiosos.

Pero algo va a experimentar un brusco viraje poético justo a los diez años de finalizada la guerra civil. Me refiero a La casa encendida, de Rosales, sin duda el mejor poema en su género, junto con Espacio de Juan Ramón Jiménez, publicado en nuestro medio en cualquier época. Siempre he confesado mi predilección por este texto excepcional. Su innovación expresiva, su capacidad indagatoria marcan efectivamente un cambio sustancial en el desarrollo de toda nuestra poesía del siglo XX. La sugestión textual del poema, su intenso poder de fascinación, han perseverado hasta hoy mismo de modo impecable, sin acusar apenas el desgaste azaroso de la moda.

Rosales inaugura efectivamente con La casa encendida una poética de la introspección. Sus precedentes calas neoclásicas apenas afloran entre el despliegue narrativo y la pericia estructural de este libro singular. “La carne y el alma [...] están viviendo la identidad de lo que ven”, dice el autor en la nota previa del poema. Y eso ya es mucho decir. Sugiere por lo pronto una nueva actitud, una nueva expansión moral del pensamiento, lo que podría llamarse la ética del infortunio. Su notorio realismo, evidente en muchos casos, queda trascendido por los propios aparejos ilógicos del lenguaje. Aunque no lo manifieste, parece claro que el poeta también ha atravesado por una crisis o, al menos, por una serie de contradicciones entre la razón y la credulidad. La experiencia se convierte así en el hilo conductor de la poesía. Una introversión acumulativa, obstinada, agobiante por momentos, va sacando a flote escenas del pasado, hechos aparentemente triviales de la cotidianeidad: la familia, los amigos, los paisajes interiores, la inmovilidad de los objetos, “porque todo es igual y tú lo sabes”. Recordar también es un aprendizaje de la vida.
El ingenio descriptivo, la adjetivación insólita, la inventiva semántica, los adverbios desusados, van creando en La casa encendida una atmósfera entre testimonial y quimérica, cuyo itinerario ronda siempre algún secreto emocionante. Así como puede pasarse del coloquialismo a un cierto acorde irracionalista, también el registro meditabundo alterna con el ingenio y el retrato psicológico con la ironía. Dentro de ese monólogo dramático que unifica La casa encendida, es la enseñanza de la vida, en tanto que flujo entrecortado de la memoria, la que estabiliza el despliegue global del poema, le da sentido y lo hace autosuficiente. Recordar su vigencia a los sesenta años de haber sido publicado, siempre es un acto justiciero.

jueves, 11 de marzo de 2010

Una muestra recoge el mejor arte impreso de las vanguardias hasta la Generación del 27


ANDRÉS GONZÁLEZ-BARBA. SEVILLA ABC
Jueves , 11-03-10
Los ingenios tipográficos de Ramón Gómez de la Serna, el cartel de «El amor brujo» de Falla o varios de los poemarios más destacados de la Generación del 27 son algunas de las obras que componen la exposición «Impresos de vanguardia en España (1912-1936)», que se presenta en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo hasta el próximo día 2 de mayo.
Esta muestra, que está formada por unas 250 obras y que es una producción del Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (Muvim), exhibe una gran selección del material impreso de las vanguardias españolas, arrancando en el año 1912 con la revista «Prometeo» de Ramón, misma fecha en la que se celebró en Barcelona una exposición sobre el arte cubista.
Una gran parte de las obras expuestas proceden de la colección particular de Juan Manuel Bonet, comisario de esta exposición y autor de un completo catálogo en el que ha escrito los textos de las fichas que acompañan a cada obra expuesta. Otras piezas que se muestran pertenecen al escritor Andrés Trapiello y a otros coleccionistas e instituciones públicas.
Entre las obras expuestas destaca el libro «Tour Eiffel», del poeta chileno Vicente Huidobro. La portada aparece decorada con una ilustración del artista vanguardista francés Robert Dalaunay. De 1919 se puede contemplar un ejemplar de la revista ultraísta «Grecia», editada en Sevilla por Rafael Cansinos Assens. Este ejemplar contiene un caligrama de Paul Morand traducido por el propio Cansinos. Otra obra curiosa es una primera monografía sobre el pintor cubista Juan Gris a cargo de Maurice Raynal. Asimismo se ofrecen trabajos tipográficos de Gabriel García Maroto, uno de los grandes editores de las vanguardias españolas.
En palabras del comisario de la muestra, Juan Manuel Bonet, «lo más llamativo de las vanguardias en España es que no sólo afectaron a grandes cuidades como Madrid, Barcelona o Sevilla, sino a otras como Huelva, Tenerife o Lugo».
Juan Ramón y el 27
Como no podía ser de otra forma, en esta exposición se incluyen trabajos de Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27. Así, del autor de «Platero y yo» se muestra un curioso catálogo sobre una exposición de Daniel Vázquez Díaz del año 1921. Con una cuidada tipografía y maqueta de Juan Ramón, en este ejemplar se contempla en su cubierta una acuarela del propio Vázquez Díaz. En cuanto a los autores del 27, se exponen obras de Dámaso Alonso, Cernuda, Gerardo Diego o Lorca. En este contexto fue esencial la imprenta del Sur, de los malagueños Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, que editaron libros como «Perfil del aire» de Cernuda, aquí presente.