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martes, 3 de septiembre de 2013

Regás se descubre ante la falangista feminista.


Por Rosa Regás.Rosa Regás

Mercedes Fórmica o la ideológica contradicción


En el verano de 1953, en pleno franquismo, la prensa española se hizo eco de un terrible acontecimiento, la muerte de una mujer a manos de su marido, con un texto explicativo, "Mujer apuñalada por su marido", pero sin crítica ni al marido asesino, ni a la justicia, ni a la situación de la mujer que tuvo que aguantar los malos tratos que recibía habitualmente que la llevarían a la muerte ya que no podía permitirse abandonar el hogar que según la ley la habría dejado sin hijos, casa ni bienes. El 7 de noviembre de ese mismo año Luis Calvo,  director de  ABC, se atrevió a publicar un artículo de Mercedes Fórmica que había sido detenido por la censura y que ella había enviado al diario. Llevaba por título "El domicilio conyugal" y lo escribió al conocer las doce puñaladas  que recibió Antonia Pernia Obrador de su esposo y la situación de violencia en la que se había visto obligada a vivir hasta que le llegó la muerte.


 Mercedes Fórmica fue la primera mujer que desde el régimen dictatorial del General Franco intentó que se transformaran las leyes machistas que convertían a la mujer en una esclava de las costumbres,  la sociedad, la religión y el omnímodo poder de sus maridos o padres.
Mujeres de la Sección Femenina durante la guerra civil
Yo no conocía la historia de esta mujer singular y creo que recordarla hoy no me convierte en admiradora del régimen al que ella eligió obedecer y servir. Fue, incluso así, una mujer singular y  su vida no fue un modelo de lo que fueron, y son aún, las vidas de las personas amantes de formas de gobierno excesivamente autoritarias, antidemocráticas y que han llegado al poder por un golpe de estado y una sangrienta guerra civil. Había nacido en 1916 en Cádiz de familia acomodada pero tuvo una madre que lejos de dedicarla al culto de sí misma, del hogar y a la convicción de que había nacido  para vivir a las órdenes de su futuro marido, la hizo estudiar bachillerato, prepararse para entrar en la universidad e ingresar en la Facultad de Derecho de Sevilla en 1931, el mismo año en que en España se instauró la República. Así que tuvo como profesores a muchos expertos formados en la Institución Libre de Enseñanza, lo que no le impidió tener que ir a clase acompañada de una "doña" para evitar críticas de su entorno social, ya que era la única alumna del curso. Tampoco era muy habitual en su ambiente que sus padres se divorciaran dos años después, ni que ya licenciada decidiera irse a vivir a Madrid sola. Pero no todo fueron puertas abiertas al pensamiento libre. Ya en Madrid se afilió a  Falange Española, tal era la admiración que sentía por José Antonio Primo de Rivera, hijo del que había sido dictador en tiempos de Alfonso XIII, quien la nombró delegada del SEU femenino en 1936 y miembro de la dirección del partido.

Mercedes Fórmica 1916-2002
Mercedes Fórmica
 Otro rasgo peculiar en su biografía es que se casó con  Eduardo Llosent y Marañón editor en Sevilla de la revista Mediodía donde conoció y fue muy amigo de poetas de la generación del 27 como Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Dámaso Alonso o Rafael Alberti.

 Aunque al ganar la guerra Franco debió cambiar de ideología cultural al menos porque fue nombrado Director del Museo de Arte Moderno de Málaga.
Acabada la guerra Mercedes se doctoró en Filosofía y letras y en 1945 publicó su primera novela, Bodoque a la que siguieron biografías de mujeres de la Historia de España, textos autobiográficos como La infancia, Visto y vivido y Escucho el silencio, y otras novelas:  A instancia de parte o Collar de ámbar, que fueron bien tratadas por la crítica y lo siguen siendo entre la poca gente que la conoce, porque la historia la ha juzgado más por su ideología que por su talento y porque también ella es fruto de la maldición franquista que dejó a los derrotados sin futuro y a los vencedores sin pasado, un pasado que todavía hoy no hemos recuperado.

                                   
Pero lo que más me interesa destacar es la lucha por los derechos de la mujer o relacionados con ellos, inexistentes o borrosos aún en la época en que ella vivió pero firmes en su forma de de estar enraizados en su interior. Fue ella quien logró que en los textos jurídicos de la época franquista se sustituyera "casa del marido" por "hogar conyugal" lo que contribuyó también a que tras la separación conyugal la mujer pudiera disfrutar de la casa donde habían vivido ambos cónyuges. Eliminó asimismo la degradante figura del "depósito de la mujer", un derecho que tenía el marido de depositar a su mujer en la casa de los padres o en un convento, y ayudó a que se limitaran los poderes casi absolutos del marido para administrar y vender los bienes matrimoniales, igual que el derecho a las viudas que volvían a casarse a mantener la patria potestad sobre sus hijos. Mercedes puso su grano de arena a que en 1981, cuando ya ella comenzaba a sentir los efectos de la larga enfermedad que la llevaría a la muerte en 2002, se  promulgara la ley que reconocía la plena igualdad de la mujer en el matrimonio. Poco fue este grano de arena, pero difícil era y sin embargo ella no se detuvo hasta que la vejez y la enfermedad  la derribaron. O tal vez dejó de luchar con la llegada de la democracia que había de conseguir aquello por lo que ella se desvivió, a la que, en cambio, nunca pareció comprender ni aceptar, ni mucho menos defender.
 
Curiosamente y a pesar de su dilatada y esforzada lucha, ni en la Falange ni en su propio ambiente estuvieron bien vistas las gestiones que hizo en favor de los derechos de la mujer y en las reformas que impulsó, hasta el punto que la llamaban "la reformica". Un chiste malo con su apellido.
   
Si se contempla  la espesa legislación contraria a la libertad de la mujer que el franquismo elaboró y mantuvo con la ayuda de la iglesia católica, de la burguesía y de los poderes fácticos que habían apoyado el golpe de estado, hay que reconocer que no fue mucho lo que consiguió Mercedes Fórmica, pero hubo muy pocas mujeres que lo intentaron como lo hizo ella, unas porque no podían otras porque no creían en ello. Pero a mí me gusta tener el convencimiento de que  algo debió de ayudar el hecho de que su madre no la tratara como las bien pensantes mujeres de la época trataban a sus hijas, y que tener una carrera universitaria y una forma de ganarse la vida animó su autonomía de pensamiento y acción y su coraje para enfrentarse, aunque solo fuera formalmente, a la ideología del régimen que ella misma defendió.
  

comedor social de la sección femenina
Tal vez moriremos sin ver realizado aquello por lo que hemos luchado -lo más probable- pero algo habremos conseguido si hemos sabido ser el eslabón entre el pasado y el futuro, la memoria y la esperanza, la esclavitud y el bienestar social. Quizá éste haya sido también el objetivo de Mercedes Fórmica, una mujer que no tuvo más visión que la de la injusticia a la que estaba sometida la condición femenina, cuya lucha para intentar recomponerla  vivió con tal intensidad que, quiero creer, le impidió darse cuenta del infierno ideológico en el que había elegido vivir.






Publicado en el blog de el diario El Mundo, "Ellas"
 http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/ellas/2013/09/03/mercedes-formica-o-la-ideologica.html

Más información en:

http://www.abc.es/hemeroteca/historico-24-04-2002/abc/Cultura/muere-mercedes-formica-pionera-en-la-lucha-por-los-derechos-de-la-mujer_94259.html

http://www.fnff.es/Mercedes_Formica_defensora_de_la_Mujer_590_c.htm


http://www.nodulo.org/ec/2012/n120p09.htm


domingo, 23 de junio de 2013

Exposición itinerante sobre la Generación del 27

Exposición itinerante que recorrerá diversas localidades de la provincia de Málaga, dando relevancia a la participación de esta provincia en la Generación del 27, como por ejemplo la reseña biográfica del poeta asesinado en la Guerra Civil por tropas republicanas, José María Hinojosa.
La Exposición 'La Generación del 27 y su época', cuenta con un elevado interés didáctico. Constituida por una veintena de paneles, presenta la obra global del movimiento tanto en su cohesión como en su diferencia, así como su relevancia en la historia de nuestro país y la cultura de lengua española.
De esta forma, cada uno de los paneles cuenta con biografías individuales de sus miembros que van desde Federico García Lorca a José Bergamín, de Luis Cernuda a Gerardo Diego, sin olvidar a los malagueños Emilio Prados, José María Hinojosa y Manuel Altolaguirre, así como algunas de las autoras del movimiento como María Teresa León o Concha Méndez, entre otras.
Según han informado desde la Diputación, los textos e imágenes que integran la muestra pretenden dar una idea general "del gran nivel" literario y artístico alcanzado por aquella joven generación de creadores que iniciaron su labor en la década de los años 20 del pasado siglo.
La exposición, mediante estas piezas, sitúa al espectador en el contexto histórico, social y literario de la época, y retrata a los autores más importantes del grupo. Mostrando, además, las obras más importantes del período, repasando las revistas más influyentes, y abordando el papel de Málaga en la conformación del 27 y en la difusión de sus primeros libros.

miércoles, 22 de mayo de 2013

LA PALABRA DE PEPE LUIS

En la hora final del gran torero Pepe Luis Vázquez, reproducimos el artículo de Aquilino Duque publicado en ABC de Sevilla.
D.E.P., Maestro.

Aquilino Duque: «El analfabetismo de los políticos ayudó a que se leyera a Foxá»
Aquilino Duque, foto de Raúl Doblado

En una entrevista concedida al diario ABC el 15 de agosto de 1990, al cumplirse el medio siglo de su alternativa, el torero Pepe Luis Vázquez decía lo siguiente: «Queda en la televisión el recuerdo de las imágenes, pero no es la única manera de recordar, ni la definitiva… Para mí lo mejor es lo que queda en el pensamiento. Lo que no se borra; la fiabilidad de lo que uno mismo recuerda.» En otro orden de cosas, al evocar las veces que iba a La Punta del Diamante a tomar café con Chicuelo, abundaba el torero de San Bernardo: «Es que de las conversaciones queda el rescoldo, que es lo más bonito.»
En un mundo como el de hoy, sometido al imperio de la imagen, no deja de ser alentador este homenaje al pensamiento y a la memoria por parte del oficiante de un arte eminentemente visual y efímero, que al fin y al cabo debe a la fotografía y al cine una semblanza de perennidad.
Hay hombres parcos en palabras que dan lecciones de buen decir al escritor más pintado. En todos los ánimos está la respuesta de Juan Belmonte a Valle Inclán, y yo no estoy ahora mismo haciendo otra cosa que glosar unas breves palabras de Pepe Luis Vázquez a un periodista que lo entrevistaba.
El rescoldo que queda de las conversaciones, el recuerdo que queda de una buena faena, no se explican sin una filosofía de la vida, una filosofía que hunde sus raíces en la tierra de una cultura agraria. Por eso, hablar del toreo de Pepe Luis Vázquez, un hombre que sabe lo que conforta un rescoldo y lo que revive un recuerdo, es hablar de toda una cultura agraria, de una cultura de la tierra de la que ese toreo fue una manifestación. Ya sé que decir «cultura agraria» es redundancia, pues cultura es lo mismo que cultivo, y solemos llamar culto al hombre cultivado.
Por eso, el concepto de cultura es indisociable del concepto de naturaleza, y de naturaleza viene naturalidad, una naturalidad que el hombre de campo debe a su i dea cíclica del tiempo, a esa rotación de las cuatro estaciones, a ese eterno retorno de las faenas agrícolas. La elegancia ignorándose en la naturaleza. Ese verso lapidario con el que Gerardo Diego resumía el toreo de Pepe Luis podría aplicarse al estilo con que muchos labradores andaluces se plantan ante su tierra. Pero es que hay otra cosa en la naturaleza, y es que la naturaleza no engaña, la naturaleza no hace trampa, la naturaleza es de fiar. Solemquis dicet falsumau de at?, pregunta Virgilio en sus Geórgicas. ¿Quién se atreve a poner al sol por embustero? Y alguien que predicaba el retorno a la tierra, la vuelta al campo, solía decir: «La tierra no miente.» La tierra puede ser rica o pobre, avara o generosa, pero lo cierto es que no da más que lo que promete. Y una de las cosas que da nuestra tierra española es la fiesta brava; de ahí que nadie que la ignore puede hablar con autoridad de cultura ni de cultivo. A esa cultura de la tierra es nada menos el sol el que l e pone su broche de oro.
Alguna vez he dicho que es la economía lo que mejor ilustra el arte y el estilo de Pepe Luis. Nada en él fue nunca excesivo, y en él fue el arte de torear una ciencia exacta. Los que tuvimos la suerte de verlo en la plaza, tanto en sus tardes de gloria como en sus tardes de abulia, vemos en nuestro pensamiento la gracia sobria con que resolvía las ecuaciones de la lidia. Esa economía suya que, vuelvo a decir, era también economía de su persona o, dicho de otro modo, instinto de conservación, es la misma economía que luego hemos encontrado en sus palabras. «Se torea como se es», decía Belmonte. Habría que añadir: «Se habla como se torea.» Acaso el tópico que más daño nos hace a los andaluces sea el de presentarnos, y a los sevillanos muy en particular, como chistosos y dicharacheros. No niego que haya demasiados andaluces de este tipo, de esos que dan vergüenza ajena, pero es que hay un estilo andaluz campero de hombre que para saber la hora sólo tiene que mirar la posición de las estrellas. Ese hombre es hombre de pocas palabras, pero todas son de oro, y hay en sus ademanes una elegancia natural que no se aprende ni se enseña en ningún pal acio. En su poema coral Los toros, hace Agustín de Foxá decir al torero: 

¿No me has visto al sembrar hacer el gesto del pase natural, con la semilla? ¿Y en el lento ondular de los trigales no estaba mi cintura entre verónicas?

Esa naturalidad de movimientos que sólo da el campo andaluz, se corresponde con una manera de expresarse. Por eso era la palabra, la palabra viva de Pepe Luis lo que, a los cincuenta años de su alternativa, seguía dándonos una idea cabal de lo que era su toreo. Y esa palabra fue, con la claridad de pensamiento, la última facultad que conservó cuando ya había perdido todas las demás, incluidas la vista y el oído. A un amigo que lo visitaba, José Utrera Molina, le dijo: «Ya solo veo por dentro». ¡Qué no verá ahora que ha cerrado los ojos para siempre! 
Aquilino Duque

martes, 28 de febrero de 2012

La carta perdida de Leopoldo Panero

De izquierda a derecha y en pie, Miguel Hernández, Leopoldo Panero, Luis Rosales,
Antonio Espina, Luis Felipe Vivancos, J.F. Montesinos, Arturo Serrano Plaja, Pablo Neruda
y Juan Panero. Sentados están, Pedro Salinas, María Zambrano, Enrique Díez-Canedo,

Concha Albornoz, Vicente Aleixandre, Delia del Carril y José Bergamín. Gerardo Diego, en el suelo.
 
 En 1969 publicó Luis Rosales en Ediciones Cultura Hispánica El contenido del corazón. Ese libro iba dedicado así: “Hoy como ayer a Leopoldo Panero”, y en el “Prólogo a manera de justificación” insistía Luis: “Publiqué esta versión integramente en el periódico ABC, dedicándola entonces a Leopoldo Panero, que en tantas cosas fue mi ejemplo y en todas mi amigo”. La amistad de ambos poetas fue poco menos que proverbial y estaba comprendida en un círculo más amplio, pero no menos exclusivo, formado por Laín, Maravall, Aranguren, Valverde, Vivanco, Ridruejo, tal vez incluso Zubiaurre y Alfonso Moreno. Puede que esta relación sea inexacta, ya que no hago más que rememorar de referencias. Tan juntos iban siempre esos nombres que un ingenio satírico acuñó para dos de ellos la expresión “Rosanco y Vivales”, me figuro que a raíz de la publicación por ambos de la magna recopilación de la Poesía heroica del Imperio. Hablando de Imperio, al morir en Sevilla el insigne americanista don José Antonio Calderón Quijano, en la gacetilla necrológica aparecida en ABC se enumeró entre sus méritos el de haber suministrado a los diplomáticos Castiella y Areilza la documentación que les permitió escribir al alimón una obra célebre en su día. Esa obra se titulaba Reivindicaciones de España, y junto a ellas resultaban modestitas las pretensiones que Franco antepuso a Hitler en Hendaya como condición para entrar en la guerra. Terminada ésta, coincidió Foxá con sus dos compañeros en el Palacio de Santa Cruz y les dijo:

- Tengo entendido que van a editar ese librito vuestro en formato de sello de Correos… Así os lo podréis tragar con mayor facilidad.

En ese círculo de amigos la trinca que más sonaba era, ya digo, Panero, Vivanco y Rosales, una especie de línea media de la poesía española que sustituía a aquellas legendarias líneas medias de nuestras aficiones deportivas de trasguerra: Gabilondo, Germán y Machín; Celaya, Bertol, Nando; Alconero, Félix, Mateo; Huete, Ipiña y Lecue… Sin embargo, cuando yo llegué a Madrid y empecé a frecuentar el bar del Instituto de Cultura Hispánica y la redacción de Cuadernos Hispanoamericanos, esa línea media quienes la formaban eran Panero, Rosales y Souvirón, José María Souvirón, que volvió de Chile y residía en el colegio mayor Cisneros.

Yo de Panero conocía Escrito a cada instante en aquella colección de “La encina y el mar” ilustrada por José Caballero; había oído recitar, magistralmente por cierto, En las manos de Dios a Carmina Morón, y algo me había llegado de la polémica y los epigramas en torno al Canto personal, carta perdida a Pablo Neruda, respuesta airada a las infamias del Canto general. Con infamias y todo, el Canto general fue un acontecimiento poético en el que el gran poeta Neruda dio lo mejor y lo pero de sí mismo. También carmina Morón recitaba, y cómo, Abraham Jesús Brito, (poeta popular), pero junto a esas estampas entrañables de gente humilde de América, a las etopeyas de sus héroes y a descripciones caudalosas de su naturaleza, había explosiones de mala prosa en verso con insultos de baja ley y peor estilo. Nada de esto podía rebajar la calidad monumental del poema. Me comentaba entonces en Sevilla un becario canario de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos que tampoco las pasiones políticas del Dante menoscaban La Divina Comedia.

Leopoldo Panero tuvo el arrojo de recoger el guante y replicar a su antiguo amigo del Caballo verde de la poesía, y escogió para ello la forma clásica de la epístola moral. Yo no puedo decir, aun hoy, que en el Canto personal no haya altibajos; también los hay en el Canto general y no por eso voy a decir de su autor que es, como decía Juan Ramón, un “gran mal poeta” o, como creo que dice Trapiello, un “gran poeta menor". A mí me sobran tanto esos adverbios como la biografía de Neruda, y sigo creyendo que el Canto personal es uno de los grandes monumentos de nuestras letras.

No conozco el prólogo que Ridruejo le puso al Canto personal; sólo sé que, años después, a propósito de no sé qué, me dijo Ridruejo: “Neruda miente”. El caso es que la mayor virtud de ese “gran mal poema” es su mayor defecto, que es la desorganización. Poema de acarreo, cabe muy bien precindir en su lectura de toda la basura política que lo lastra, en tanto que en el de Panero, su misma estructura de tercetos encadenados no permite saltarse los ripios que fuerza la vehemencia polémica, por muy limpios que sean sus motivos. El poema de Neruda es un río tan torrencial y caudaloso que disuelve y disipa toda la basura que en el cauce principal vierten las cloacas de los poblados por los que pasa. En cambio, el de Panero es una construcción arquitectónica en la que a la fuerza se ha de notar la calidad de los materiales y el acierto con que estén colocados. Lo dinámico y amorfo tiene más defensa que lo estático y cristalino.

Tuvo además otra cosa en su contra la ambiciosa epístola de Panero, cual fue la de ser expresión de la filosofía política oficial en lo referente a la Hispanidad, a la que Panero llevaba prestando servicios relevantes. Bastaba que el poema resultara adicto al Régimen para que sólo viéramos en él los ripios y las disonancias, con gran indignación por cierto de Rafael García Serrano, que desde Arriba o desde una de las revistas del S.E.U., salió en su defensa arremetiendo contra los exquisitos que lo criticaban “cogiéndose la pluma con un papel de fumar”. Uno de ellos, Blas de Otero, le dedicaría un epigrama que me llegó por tradición oral: Carta perdida. No creo / que llegara a su destino / llevando tanto “franqueo”. A Blas de Otero, en cambio, no se le tuvieron en cuenta los ripios y prosaísmos abominables en que consistió su obra a partir de En castellano, pues por algo, como era público y notorio, era maníaco-depresivo y miembro del Partido Comunista. Suya es también esta perla: Voy a China, / a ver si me oriento.

Hoy, en una situación política invertida en todas las acepciones del término, cabe leer el Canto personal sin las reservas de antaño, sin los prejuicios y las anteojeras con que, en cualquier época y bajo cualquier régimen, leemos todo aquello que directamente agrada o beneficia al Poder. De este modo cabe comprobar que, si el poema en cuanto tal es un poema frustrado, tiene largas tiradas de tercetos de una inspiración, una solidez, un colorido y una sonoridad inmejorables: Recuerdo que en Colombia hay una espada / enterrada en un pico, en nieve pura, / con trote y esqueleto de nevada. / Recuerdo el Magdalena a larga altura,/ cortando la distancia del planeta / como surca una yunta Extremadura. O bien: Una guerra es un íntimo combate, / y no una voluntad a sangre fría: donde cae Federico, el agua late; / donde cayó un millón, la tierra es mía. / Unos caen, otros quedan, nadie dura; / y tan sólo el Alcázar no caía. Cito estas estrofas porque constituyen el arranque de tiradas que tratan respectivamente de la naturaleza y de la historia; en las que el poema remonta el vuelo épico en alas de lo descriptivo y lo narrativo. Evocan además algo que entonces escocía mucho y sigue escociendo al antifascismo monomaníaco: la gesta del Alcázar de Toledo.

Hay obras literarias cuyo mayor acierto está en el título. Tal ocurrió en aquellos mismos años con El Jarama, excelente “ejercicio de redacción”, como decía Ignacio Aldecoa, pero cuyo título evocaba una de las más gloriosas derrotas del bando que en Toledo sufrió uno de sus fracasos más bochornosos. Pero eso no bastaba. Cuando, a mediados de los años 70, se cumplió la profecía de Ganivet y España fue por fin pasto de los puercos, se trató de infligir a la memoria de Leopoldo Panero la afrenta póstuma - en la que creo que hubo reincidencia - de una película infame en la que se utilizaron los despojos de una familia deshecha y desmoralizada. Eran tiempos de asalto a la familia y al paterfamilias. Llamarle entonces a uno “paternalista” equivalía a llamarle “corporativista” o “fascista”, insultos muy eficaces con que la hez de la nación le comió la moral a más de un pusilánime. Recuerdo haberme salido en el entreacto de una plúmbea comedia de un autor de moda que tenía que ver con pájaros, en la que la actriz largaba interminables cursilerías sobre el tiránico padre difunto que tenía enjaulados a los pájaros. Por aquel entonces, la hija de Alberti, que tenía algunas desavenencias con su padre, tuvo el mal gusto de dirigirle una carta abierta en la que, con pedante fraseología de freudiana bonaerense, llegaba nada menos que a compararlo con Franco. “Matar al padre” era la consigna, o por lo menos ponerlo en la picota. Yo reaccioné con un poema titulado El desencanto de Leopoldo Panero en el que quise desagraviar a alguien que fue para mí, como para Luis Rosales, “en tantas cosas mi ejemplo y en todas mi amigo”.

Aquilino Duque 13 de Junio de 1995, El Correo de Andalucía, sección La Mirada.

martes, 22 de noviembre de 2011

Los autores de la Generación del 27 regresan por medio de sus retratos

Exposición del pintor Alvaro delgado

La Sala Provincia de León acoge una exposición con obras únicas del pintor Álvaro Delgado

Adolfo Alonso Ares, Marcos Martínez, Gonzalo Santonja y Jesús Celis, en la presentación.
Adolfo Alonso Ares, Marcos Martínez, Gonzalo Santonja y Jesús Celis, en la presentación. nuno

Los dibujos y apuntes del natural que se muestran en la exposición Álvaro Delgado y la Generación del 27 —inaugurada ayer en el Instituto Leonés de Cultura— pertenecen a colecciones particulares y por tanto son obras casi ‘secretas’ de entre la gran producción artística del pintor madrileño.
Explicó el poeta Adolfo Alonso Ares, comisario del evento, que se trata «de dibujos que tienen como motivo la amistad, la cercanía de los poetas y escritores de esa mítica generación con Álvaro Delgado, que perteneció a la segunda Escuela de Vallecas. Delgado retrata desde la proximidad a Cernuda, ambos amigos del leonés Leopoldo Panero. A Vicente Alexandre, con el que convive y con el que comparte circunstancias continuamente. O, por ejemplo, a Dámaso Alonso, con el que se reúne casi todas las noches y comparte la vida de la plenitud, como él dice. Y así, para retratarlo, toma el boceto en la casa de Panero». «Álvaro Delgado siempre dice que cuando hace esto está retratando a los amigos con los que ha compartido muchos y muy intensos momentos. Es, pues, una exposición en la que el trazo del artista tiene mucho que ver con el trazo literario de los artistas que aquí están representados», continuó.
Aporte documental. En la exposición, que se realiza bajo los auspicios del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, la Junta y la Diputación de León, se reúne una docena de obras. Se cuenta además con un gran apartado documental en el que se muestran primeras ediciones y numerosos artículos en los que se glosa la actividad de los autores de la Generación del 27.
Según Gonzalo Santonja, director del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, Álvaro Delgado «fue amigo íntimo de Luis Rosales y Leopoldo Panero, de Dámaso Alonso y Gerardo Diego, huésped con ellos de idénticas pérdidas, peregrinos de las mismas noches y náufrago en las mismas auroras. La sobriedad del paisaje castellano y el manantial de la memoria le guiaron hacia y por los clásicos, huerto cerrado para los intelectuales y artistas que no son atrevidos en su autenticidad, porque Góngora, Cervantes, Quevedo o San Juan anulan cualquier carga de soberbia o de impostura y solo admiten la compañía de quienes se muestran capaces de instalarse en la libertad. Espejo es su pintura de tristezas y alegrías, de ángeles y demonios, de ojos con nubes y miradas de atardecer, de brisas cálidas y lucen acariciantes».
Álvaro Delgado se formó primero con Daniel Vázquez en la Escuela de Bellas Artes, cubista a su manera, bajo cuyo magisterio también se formaron en el periodo de entreguerras Salvador Dalí y Modesto Ciruelos, y en los cuarenta Canogar e Ibarrola. Más tarde estudió al lado de Benjamín Palencia en la Segunda Escuela de Vallecas, aquel brillante grupo que en 1927 formara Palencia con el escultor Alberto Sánchez, y que desapareció con la Guerra Civil. «En la recuperación de aquel espíritu —dijo Santonja— acuñó Delgado la sutileza de una impronta que desde el principio le colocó en un eje de equilibrio entre la tradición y la modernidad, alianza fructífera del poso de los siglos con el fuego del porvenir. Pintura que no se diluye en epigonismos ni se pierde en balbuceos, puerta a un misterio después revelado con pincel y con lápiz, al carbón, en lienzo o sobre papel, para inundarnos los ojos con borbotones de vida. Aquí podemos ver retratos de personajes cuyos rostros nos hablan con las sílabas húmedas del amor apurado hasta las esencias y la inteligencia comprometida con la causa en penumbra del hombre, luz cárdena de soles que no declinan».
La mejor manera de enfrentarse a los retratos de Álvaro Delgado es seguir el consejo del propio pintor: «Ante un retrato me interesa el hombre, su psicología, su verdad y su secreto».

Más información:   
http://www.diariodeleon.es/noticias/cultura/los-autores-de-generacion-del-27-regresan-por-medio-de-sus-retratos_643621.html

jueves, 11 de marzo de 2010

Una muestra recoge el mejor arte impreso de las vanguardias hasta la Generación del 27


ANDRÉS GONZÁLEZ-BARBA. SEVILLA ABC
Jueves , 11-03-10
Los ingenios tipográficos de Ramón Gómez de la Serna, el cartel de «El amor brujo» de Falla o varios de los poemarios más destacados de la Generación del 27 son algunas de las obras que componen la exposición «Impresos de vanguardia en España (1912-1936)», que se presenta en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo hasta el próximo día 2 de mayo.
Esta muestra, que está formada por unas 250 obras y que es una producción del Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (Muvim), exhibe una gran selección del material impreso de las vanguardias españolas, arrancando en el año 1912 con la revista «Prometeo» de Ramón, misma fecha en la que se celebró en Barcelona una exposición sobre el arte cubista.
Una gran parte de las obras expuestas proceden de la colección particular de Juan Manuel Bonet, comisario de esta exposición y autor de un completo catálogo en el que ha escrito los textos de las fichas que acompañan a cada obra expuesta. Otras piezas que se muestran pertenecen al escritor Andrés Trapiello y a otros coleccionistas e instituciones públicas.
Entre las obras expuestas destaca el libro «Tour Eiffel», del poeta chileno Vicente Huidobro. La portada aparece decorada con una ilustración del artista vanguardista francés Robert Dalaunay. De 1919 se puede contemplar un ejemplar de la revista ultraísta «Grecia», editada en Sevilla por Rafael Cansinos Assens. Este ejemplar contiene un caligrama de Paul Morand traducido por el propio Cansinos. Otra obra curiosa es una primera monografía sobre el pintor cubista Juan Gris a cargo de Maurice Raynal. Asimismo se ofrecen trabajos tipográficos de Gabriel García Maroto, uno de los grandes editores de las vanguardias españolas.
En palabras del comisario de la muestra, Juan Manuel Bonet, «lo más llamativo de las vanguardias en España es que no sólo afectaron a grandes cuidades como Madrid, Barcelona o Sevilla, sino a otras como Huelva, Tenerife o Lugo».
Juan Ramón y el 27
Como no podía ser de otra forma, en esta exposición se incluyen trabajos de Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27. Así, del autor de «Platero y yo» se muestra un curioso catálogo sobre una exposición de Daniel Vázquez Díaz del año 1921. Con una cuidada tipografía y maqueta de Juan Ramón, en este ejemplar se contempla en su cubierta una acuarela del propio Vázquez Díaz. En cuanto a los autores del 27, se exponen obras de Dámaso Alonso, Cernuda, Gerardo Diego o Lorca. En este contexto fue esencial la imprenta del Sur, de los malagueños Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, que editaron libros como «Perfil del aire» de Cernuda, aquí presente.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Espergesia de Leopoldo Panero (por Fernando Iwasaki)



DESEO EMPEZAR ADMITIENDO que me ha sido del todo imposible –a mí, que no soy poeta- escribir sobre la poesía de Leopoldo Panero, renunciando a narrar la malhadada historia de un hombre que a punto estuvo de morir fusilado por rojo y que años más tarde acabó como «poeta del franquismo», que durante la república fue amigo entrañable de César Vallejo y durante la dictadura bestia negra de Pablo Neruda, que se pasó la vida escribiendo poemas de amor a su familia y que una vez muerto fue minuciosamente denigrado por su mujer y sus tres hijos en películas, documentales, memorias y poemas, sin contar entrevistas.
En realidad, vista la película «El desencanto» (1976) de Elías Querejeta y Jaime Chávarri; repasado Espejo de sombras (1977) de Felicidad Blanc, las memorias de la viuda de Leopoldo Panero; y leído «El convidado de piedra» -poema que su hijo Juan Luis le dedicó en estos términos: A veces, regresas en una pesadilla, / tan absurda como fue nuestra historia, / y al despertar no dejas sino / rencor y descontento, miedo / petrificado en la memoria. / Ni aún ahora, tantos años después, / es posible el pacto entre nosotros, / ni aún ahora, la piedad y el olvido- parece imposible desagraviar a Leopoldo Panero por otra cosa que no sea su poesía.
Sin embargo, la vida de Leopoldo Panero hasta 1936 había trazado un itinerario que hoy juzgaríamos «políticamente correcto» y hasta podría haber entrado en el santoral republicano si hubiera muerto fusilado –como García Lorca- junto a su cuñado Ángel Jiménez. En efecto, según Ricardo Gullón en La juventud de Leopoldo Panero (1985), el joven poeta se entusiasmó por el marxismo durante sus años universitarios de Madrid y leía con devoción a Miguel de Unamuno, Antonio Machado y Jorge Guillén. En abril de 1931 invitó a César Vallejo a pasar una semana en su casa de Astorga –la precisión es de Georgette Vallejo-, donde el poeta peruano terminó de escribir Rusia en 1931. Reflexiones al pie del Kremlin (1931) y que Panero reseñó en «El Sol». Entre 1932 y 1934 vivió en Cambridge, donde colaboró con el «Socorro Rojo», y en 1935 fue uno de los firmantes del auto-homenaje que Neruda se organizó en Madrid, colaborando más tarde en Cruz y Raya, Caballo Verde para la poesía y otras revistas de vanguardia. En abril de aquel mismo año, Luis Cernuda, María Zambrano y Leopoldo Panero integraron un equipo de las Misiones Pedagógicas de la República que recorrió Lagartera y Alcolea del Tajo, aunque el Album conmemorativo de Cernuda omita el nombre de Panero o lo suplanten bajo el nombre del marido de María Zambrano en las fotografías, tal como ha advertido Federico Utrera en Después de tantos desencantos. Vida y obra de los Panero (2008). Finalmente, en 1936 Leopoldo Panero acompañó a Unamuno a su investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Cambridge, y nada más regresar estalló la guerra y fue apresado en Astorga junto con Ángel Jiménez, novio de su hermana Asunción, quien murió fusilado a los diez días de la detención.
Es conocida la intercesión a su favor de Carmen Polo, esposa de Franco y tía segunda del poeta, quien logró liberarlo tras las súplicas de su madre. A continuación sucedieron su enrolamiento en el ejército nacional, la muerte de su hermano Juan, las sospechas permanentes en Astorga y la aproximación al núcleo duro de los poetas de Falange, donde su amigo Luis Rosales lo acogió en la fundación de la revista Escorial y luego en la tertulia madrileña «Musa Musae», con Dionisio Ridruejo, Gerardo Diego, Rafael Sánchez Mazas, Luis Felipe Vivanco, Eduardo Llosent y Manuel Machado, como maestro de todos. Por supuesto que Leopoldo Panero pudo renegar de su tía Carmen y morir como los héroes republicanos de las películas contemporáneas, pero el ser humano es contradictorio y la muerte un cáliz que no todo el mundo está dispuesto a beber. ¿Qué habría ocurrido con Federico si no hubiera sido fusilado? ¿No lo habría llevado también Luis Rosales –de cuya casa granadina lo sacaron de madrugada para asesinarlo- a la revista Escorial y a la tertulia con Manuel Machado? ¿Acaso no habría seguido escribiendo como Dámaso Alonso, Gerardo Diego y Vicente Aleixandre? No obstante, sólo a Leopoldo Panero se le recuerda como el poeta oficial del franquismo.
En su apócrifo discurso de ingreso a la Academia Española, supuestamente leído el 12 de diciembre de 1956 y contestado por Juan Chabás, Max Aub imaginó cómo habría sido la docta casa si nunca se hubiera producido la guerra civil. El presidente de la República es Fernando de los Ríos y Max Aub se dispone a ocupar el sillón del finado Valle-Inclán, ante los académicos Miguel Hernández, Rafael Alberti, Pedro Salinas, Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Américo Castro, Blas de Otero, Corpus Barga, José Moreno Villa, Manuel Altolaguirre y –por supuesto- Federico García Lorca, entre otros; departiendo cariñosamente con los académicos Giménez Caballero, Gerardo Diego, Dionisio Ridruejo, José María Pemán, Eugenio Montes, José María de Cossío, Pedro Sainz Rodríguez, Salvador de Madariaga, Emilio García Gómez y Luis Felipe Vivanco, entre otros; porque nunca hubo una guerra y todos los nombrados siguieron siendo amigos y colegas respetables. Con todo, en aquel discurso contemporizador -«El teatro español sacado a luz de las tinieblas de nuestro tiempo»- donde Aub incluso citó a Jardiel, Sassone, Luca de Tena, González Ruano y Sánchez Mazas, no aparece por ningún sitio Leopoldo Panero, quien hacia 1956 ya había publicado toda su obra conocida -Escrito a cada instante (1949) y Canto personal (1953)-, convirtiéndose en una suerte de apestado intelectual por su enfrentamiento con Pablo Neruda.
No viene al caso reconstruir ahora la polémica con el chileno, ni hacer hincapié en la cantidad de estudios y testimonios que con el tiempo han demostrado con qué ventajismo manipuló Neruda las muertes de Federico y Miguel Hernández. Lo que interesa es decir alto y claro que Panero se equivocó, que Canto personal fue un error y que los versos lapidarios con los que Neruda respondió infligieron un daño irreparable sobre Leopoldo en particular y los Panero en general: Miguel Hernández muerto en sus prisiones / y el pobre Federico asesinado / por los medioevales malhechores, / por la caterva infiel de los Panero. Bastaría con precisar que Juan Luis y Leopoldo María siempre han presumido de tener la influencia de Neruda en sus primeros versos, para comprender el efecto devastador de aquella denigración.
Sin embargo, me gustaría convocar el testimonio de un poeta exiliado, contemporáneo de Leopoldo Panero, para demostrar que no todos hicieron leña del árbol caído y que se le respetaba como poeta, a pesar de las diferencias políticas. Me refiero a Luis Cernuda, viejo compañero de las Misiones Pedagógicas en 1935 y en 1949 amigo y vecino en Londres. Aunque James Valender dejó caer en la biografía que la Residencia de Estudiantes publicó por su centenario, que Cernuda apenas trató a Panero en Cambridge por ser falangista, las propias fotografías y cartas facsimilares del Album (2002) desmienten esas insinuaciones, por no hablar de las continuas evocaciones de Cernuda en Espejo de sombras de Felicidad Blanc. Pues bien, a fines de la década del 50 Cernuda publicó Estudios sobre poesía española contemporánea (1957), donde desde el preámbulo advirtió: “Que no le ha sido fácil al autor prescindir de un escrúpulo arraigado: abstenerse de opinar, por escrito y en público, acerca de la obra de un escritor contemporáneo, cuando éste sea conocido suyo y no resulte favorable lo que sobre él deba decir. Pero puesto en el trance, ha tratado en lo posible de compaginar la veracidad de su parecer con la consideración de la susceptibilidad ajena”. Invocando estos principios Cernuda suprimió del manuscrito los capítulos correspondientes a Jorge Guillén, Gerardo Diego, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre y Manuel Altolaguirre, aunque las alusiones a estos poetas aparezcan en los textos dedicados a Lorca, Salinas y Miguel Hernández. En cualquier caso, en el último capítulo –titulado «Continuidad hasta el presente»- Cernuda afirma que al estallar la guerra civil española convivían tres generaciones poéticas: la del 98, la del 25 y una tercera “compuesta por Miguel Hernández, Luis Rosales, Leopoldo Panero, José Antonio Muñoz Rojas, Germán Bleiberg, Luis Felipe de Vivanco y algún otro”.
Dispuesto a definir las características y diferencias de la tercera generación con respecto a la suya propia, Cernuda sentencia: “El escepticismo de los del 25, que en algunos llega a veces hasta la blasfemia, contrasta en cambio con la religiosidad de la generación siguiente. Esa y otras causas fueron probablemente las que permitieron a estos poetas apreciar la admirable poesía de Unamuno, hasta ellos no bien apreciada; Unamuno y también Machado han sido sus inspiradores. La labor de la generación queda en cierto modo vinculada a la revista Escorial, la más importante de las publicaciones después de la guerra civil”. Cernuda fue severo con su generación, puso en duda el esplendor literario de la República y se negó a entronizar a cualquier poeta por encima de los demás, argumentando que “el valor de un poeta no parece fácilmente ni prontamente apreciado por sus contemporáneos”. Con todo, el autor de La realidad y el deseo arriesgó una última enumeración: “Alguna parte de esta poesía joven halla su ascendencia en Aleixandre; otra parte mayor la halla en Machado, poeta al que, durante la etapa antes indicada, se postergó injustamente a favor de Jiménez. No son raras las composiciones con temas religiosos, así como tampoco las inspiradas en temas familiares; lo cual tal vez indicase continuidad, al menos en algunos de estos poetas nuevos, de la corriente que representan Rosales, Muñoz Rojas, Vivanco y Panero”.
La última cita de Luis Cernuda nos pone en suerte los comentarios sobre la poesía de Leopoldo Panero, para lo cual me apoyaré en el maravilloso prólogo que Andrés Trapiello redactó para la edición de Por donde van las águilas (1994), una antología lúcida, exquisita y valiente, donde Andrés se preguntó perplejo “¿Qué tierra es esta nuestra donde un poeta excepcional como Leopoldo Panero ha desaparecido de la memoria no ya de las gentes, sino de los propios poetas?”.
No encuentro mejores reflexiones acerca de la poesía de Leopoldo Panero, que las expresadas por Trapiello en «Una reconstrucción», su memorable prólogo a Por donde van las águilas. Ni en los estudios de Eileen Connolly o César Aller, ni en las evocaciones de Ricardo Gullón o Gerardo Diego, ni en los apuntes de Luis Rosales o Dámaso Alonso. Ni siquiera en el brillante prólogo que José Cereijo ha preparado para Memoria del corazón (2009), única antología de la poesía de Leopoldo Panero que es posible adquirir en librerías y que para este año de su centenario ha editado Renacimiento.
Andrés Trapiello advierte rotundo: “Hay poetas que lo son por el total de su obra. Tal sería el caso de Juan Ramón o de Cernuda. A otros en cambio podríamos verles enteramente en uno solo de sus libros, en las Soledades a Machado, en los Cantos de vida y esperanza a Darío o en este Escrito a cada instante a Panero”. Y sobre la poesía misma continúa así: “Panero habla siempre de tres cosas. Habla del paisaje que conoce. Habla de su familia, su mujer, sus hijos, su hermana, el abuelo Quirino... Y habla de Dios. En realidad sólo habla de la tierra que pisa y de los hombres que la habitan. En sus poemas Dios está un poco en todas partes. Pero como la misma soledad, Dios no puede ser argumento de un poema, sino la condición previa para que éste exista, es Él el creador de ese silencio necesario para que la palabra poética se deje oír. Incluso podría decirse que Panero habla en realidad de una sola cosa: del amor. El amor a su tierra, el amor a la familia, el amor a Dios”. Los invito a corroborar estas aseveraciones leyendo «El peso del mundo» y «Montaña con tiempo», dedicados a su tierra; «A mis hermanas» e «Hijo mío», dedicados a su familia; «Cántico» y «En tu sonrisa», dedicados a su mujer, y «Escrito a cada instante» o «En las manos de Dios», dedicados al creador del silencio que consiente el poema.
Hasta aquí me he limitado a glosar y ordenar lo que otros autores con más y mejores conocimientos han escrito sobre Leopoldo Panero. Sin embargo, como me haría ilusión añadir algo personal, me atrevo a sugerir que muchos poemas donde Leopoldo Panero habla de Dios, parecen beber de la dimensión religiosa que rezumaba la primera poesía de su maestro, el poeta peruano César Vallejo.
En efecto, Dios es omnipresente en la poesía de Vallejo, donde encontramos «las caídas hondas de los cristos del alma», «golpes como del odio de Dios», «viernesantos» más dulces que un beso y poemas como «Siento a Dios que camina tan en mí». En la poesía de Vallejo, Dios es la experiencia del dolor y del amor, la conciencia de la soledad y el sufrimiento, como en «En el templo vacío» de Panero: Lo mejor de mi vida es el dolor. Tú hiciste / de la nada el silencio y el camino del beso, / y la espuma en el agua para la tierra triste, / y en el aire la nieve donde duerme Tu peso. // ¡Señor, Señor! Yo he hecho mi voluntad. Yo he hecho / una ley de mi orgullo, pero ya estoy vencido. / Como una madre humilde que me acuna en su pecho / mi espíritu se acuesta sobre el dolor vivido. // Sobre la carne triste, ¡sobre la silenciosa / ignorancia del alma como un templo vacío! / ¡Sobre el ave cansada del corazón que posa / su vuelo entre mis manos para cantar, Dios mío! // Soy el huésped del tiempo, soy, Señor, caminante / que se borra en el bosque y en la sombra tropieza, / tapado por la nieve lenta de cada instante, / mientras busco el camino que no acaba ni empieza. // Soy el hombre desnudo. Soy el que nada tiene. / Soy siempre el arrojado del propio paraíso. / Soy el que tiene frío de sí mismo. El que viene / cargado con el peso de todo lo que quiso. // Lo mejor de mi vida es el dolor. ¡Oh lumbre / seca de la materia! ¡Oh racimo estrujado! / haz de mi pecho un lago de clara mansedumbre. / ¡Señor, Señor! Desata mi cuerpo maniatado.
César Vallejo se duele con Dios y hasta lo compadece, porque la compasión –como la condolencia- no es otra cosa que sentir el mismo dolor y padecer juntos. Así Vallejo dice en el poema «Dios»: Yo te consagro, Dios, porque amas tanto; / porque jamás sonríes; porque siempre / debe dolerte mucho el corazón; se lamenta de haber amado en «Agape»: ¡Perdóname, Señor! Qué poco he muerto; e incluso reivindica su humanidad doliente y mortal como en «Los dados eternos»: Dios mío, estoy llorando el ser que vivo; / me pesa haber tomádote tu pan; / pero este pobre barro pensativo / no es costra fermentada en tu costado: / tú no tienes Marías que se van! // Dios mío, si tú hubieras sido hombre / hoy supieras ser Dios; / pero tú, que estuviste siempre bien, / no sientes nada de tu creación. Panero también dialoga con Dios, pero en sus versos continúa dialogando con Vallejo, como en «Noche de San Silvestre»: ¡El más pequeño / minuto del vivir en Dios empieza! / Si tornas, caminante, la cabeza, / lejos verás tu corazón sin dueño. // Descalza por la nieve va la vida, / noche de San Silvestre, noche pura / por donde viene el tiempo a nuestro encuentro. // Del último minuto desasida / la gota se derrama, pero dura / el latido de Dios que queda dentro; o en la última estrofa de «Casi roto de Ti»: Como rota, Señor, mi sangre suena / en soledad de Ti, de Ti en costumbre: / llenos de Ti mis huesos, pero humanos.
No creo que resulte descabellado sugerir que la poesía de Vallejo perfumaba el poemario Escrito a cada instante, porque uno de los más bellos poemas del libro se titula precisamente «César Vallejo»: ¿De dónde, por qué camino había venido, / soplo de ceniza caliente, / indio manso hecho de raíces eternas, / desafiando su soledad, hambriento de alma, / insomne de alma hacia la inocencia imposible, / terrible y virgen como una cruz en la penumbra...?. Sé que estas intuiciones no las puedo demostrar como se demuestran los teoremas, pero creo que toda la vida de Leopoldo Panero y la dimensión religiosa de su poesía, podrían cifrarse en un desolador poema de César Vallejo titulado «Espergesia»:
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Hermano, escucha, escucha...
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Todos saben que vivo,
que mastico... y no saben
por qué en mi verso chirrían,
oscuro sinsabor de féretro,
luyidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto.

Todos saben... Y no saben
que la Luz es tísica,
y la Sombra gorda...
Y no saben que el misterio sintetiza...
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,
grave.
¿Con qué palabra podríamos definir la vida de este poeta desleído y olvidado, proscrito de todos los índices onomásticos, repudiado por su viuda y maldecido por sus hijos? El poema de César Vallejo es la espergesia de Leopoldo Panero, porque leyendo a Vallejo acaso Panero descubrió arrasado, que él también nació un día que Dios estuvo enfermo.
Para que el horror sea perfecto, uno de los últimos poemas que Panero dejó inédito en sus cuadernos se titulaba «Epitafio», y su lectura podría ser de una obscena crueldad:
Ha muerto
acribillado por los besos de sus hijos,
absuelto por los ojos más dulcemente azules
y con el corazón más tranquilo que otros días,
el poeta Leopoldo Panero,
que nació en la ciudad de Astorga
y maduró su vida bajo el silencio de una encina.
Que amó mucho,
bebió mucho y ahora,
vendados sus ojos,
espera la resurrección de la carne
aquí, bajo esta piedra.
El poeta Leopoldo Panero jamás habría imaginado que al otro lado de la piedra, en el año de su centenario, sólo estaríamos nosotros.
Fernando Iwasaki
Sevilla, 14 de Diciembre de 2009

martes, 8 de diciembre de 2009

"Leopoldo Panero, la verdad en persona" José María García de Tuñón Aza


En una carta que Unamuno escribió a Leopoldo Alas Clarín al comenzar el siglo pasado le decía que al morir quisiera que se dijese de él «¡fue todo un poeta!»{1}. También escribió que «el poeta es el que nos da todo un mundo personalizado, el mundo entero hecho hombre, el verbo hecho mundo»{2}. El mismo Unamuno que si tiene alguna coincidencia con Panero es «de actitud religiosa, pero no poética», nos dice Luis Felipe Vivanco{3}. Pues bien, Leopoldo Panero fue todo un poeta y la clave de su poesía su amigo Luis Rosales la definió «como un nuevo humanismo»{4}, que nació un 17 de octubre de 1909 en Astorga –muy cerca de la catedral y del palacio episcopal, la obra que diseñara Antonio Gaudí–, y que apareció en el panorama poético español en el año 1928 cuando aún no había terminado su carrera de derecho y que después ampliaría sus conocimientos estudiando lengua y literatura francesa en las Universidades de Tours y Poitiers, así como lengua y literatura inglesa en la Universidad de Cambridge. Algunos dicen de él que tuvo la buen y la mala suerte de pertenecer a la generación de 1936. La mala porque venía detrás de la de 1927; y la buena «porque vivió una época en la que era fácil replegarse hacia el culto de la belleza pura»{5}. En el momento presente se encuentra en una discreta penumbra, aunque también es cierto que al cumplirse el cuarenta aniversario de su muerte su obra ha sido revisada en el mundo académico con dos cursos universitarios realizados en Astorga por la Fundación de Universidades de Castilla y León, y por la Universidad de La Laguna con la presentación del poemario De Astorga y el poeta, de Javier de la Rosa. Sin embargo, el poeta Carlos Bousoño, en el 25 aniversario de la muerte de Panero, ya denunciaba la injusticia, no generalizada lógicamente, con que sus versos eran vistos en aquellos momentos «por algunas personas aficionadas a la poesía a causa de los elementos ideológicos que tales versos encierran, tan opuestos a lo que en el momento actual demandamos muchos españoles».{6}
Los Panero en Astorga –nos dice su pariente y amigo Ricardo Gullón– eran toda una institución. La confitería fundada por Juan Panero, abuelo del poeta, era algo así como el punto de cita y reunión de mucha gente en Astorga. Juan Panero, casado con Niceta Núñez, llegaron a tener dieciséis hijos, de los que el padre del poeta, Moisés, haría el número tres. Éste se casaría con Máxima Torbado de carácter entero y caridad incesante. Tuvieron seis hijos, cuatro chicas de la que una de ellas moriría de muy niña, y dos varones, Juan y Lepoldo. Éste haría el número tres, detrás de una chica y de Juan que fallecería en un accidente de automóvil el 7 de agosto de 1937 y que repitiendo a Miguel Hernández en su elegía primera a Federico García Lorca: Muere un poeta y la creación se siente / herida y moribunda en las entrañas. / Un cósmico temblor de escalofríos / mueve temiblemente las montañas... Efectivamente, fue Juan Panero un buen poeta, un profundo y delicado poeta que había labrado una poesía de amoroso misticismo, en palabras de Luis Felipe Vivanco{7}, y que ya era conocida cuando empieza a publicar su hermano Leopoldo. Tres años después de su trágica muerte, la revista falangista Escorial{8} divulgaría de él cinco sonetos y dos poemas amorosos:
Yo quisiera recordarte que el amor es eterno,
y que es sólo la muerte quien le unge de Gracia y lo colma
de paz en la paz de los cielos.
No extrañes mis palabras, transidas de nombrarte:
sólo la carne es muerte;
pero cumplo un deber suscitando en tu sangre la inocencia
del tiempo
y complazco el instante soñado con tu nombre
en que me has de cerrar con dulzura los párpados
para dar evidencia suficiente a mi carne.{9}
Leopoldo Panero se vio muy afectado por la inesperada muerte de su hermano –«en acto de servicio», la calificó la revista Escorial– . Un año más joven que Juan, Leopoldo dedicaría a su hermano un poema lleno de dolor donde recuerda en sus estrofas y canto en sus palabras la infancia y adolescencia de ellos dos «en las campesinas llanuras, aleteantes de chopos y ensombrecidas de encinas que circundan Astorga, y más tarde nuestra estancia como internos en un colegio de San Sebastián, tan melancólicamente lejos de nuestra luz nativa, pegado el oído al sordo ruido de las olas y empapado el pensamiento de ausencia desde las cumbres del monte Ulía, donde tantas horas nuestras transcurrieron para siempre, caídas en la luz de sus valles»{10}. Y he aquí las tres primeras estrofas:
A ti, Juan Panero, mi hermano
mi compañero y mucho más;
a ti tan dulce y tan cercano;
a ti para siempre jamás.

A ti que fuiste reciamente
hecho de dolor como el roble;
siempre pura y alta la frente,
y la mirada limpia y noble;

a ti nacido en la costumbre
de ser bueno como la encina;
de ser como el agua en la cumbre,
que alegra el cauce y lo ilumina...{11}
La guerra estaba dejando una fuerte impresión en la familia Panero. El poeta «en la época del segundo bienio republicano, después de la revolución de octubre, había tenido refugiado en su casa a César Vallejo{12}. Él, su padre y su hermano Juan eran republicanos y, por añadidura, los dos últimos habían colaborado en la revista poética de Neruda Caballo verde para la poesía. Era más que sobrado. Su padre y él estuvieron en la cárcel, de donde los sacó, a duras penas, la energía y decisión de la madre, que acudió a Salamanca en busca de valimientos familiares»{13}. Sin embargo, esta versión, que nos da Dionisio Ridruejo, no es del todo coincidente con la que nos dan otros estudiosos del poeta. Al parecer el 20 de octubre de 1936 es detenido Leopoldo Panero y conducido a San Marcos, en León, donde su vida podía correr la misma suerte que la que corrió García Lorca en Granada. Es el ya citado pariente Ricardo Gullón quien nos dice que a Leopoldo le acusaban en Astorga de pertenecer al Socorro Rojo y de haber estado, durante su estancia en Inglaterra, al servicio de la citada organización:
Pruebas no había, pero nadie ignoraba que en circunstancias como aquellas la acusación hacía fe por el mero hecho de formularse y al presunto culpable incumbía demostrar su inocencia, si se le daba tiempo y ocasión para hacerlo. La madre guardaba cartas y lamentándose de que siempre andaba escaso de fondos. Conservaba recibos de los giros que le fueron enviando a Inglaterra. Provista de éstos y otros papeles y provista, sobre todo, de la voluntad de salvar a su hijo, marchó a Salamanca convencida de que únicamente del centro del poder podían salir las órdenes salvadoras. Visitó a Unamuno y le pidió que interviniese a favor de Leopoldo declarando cuáles eran sus actividades en Inglaterra y quiénes sus amigos. «Haré cuanto sea preciso», prometió don Miguel, «pero cuanto yo diga y haga puede perjudicarle en vez de ayudarle». La palabra del viejo maestro, aislado, condenado a soledad y silencio, no era ciertamente la más apropiada para garantizar conductas políticas. Una segunda visita, ésta a doña Carmen Polo, esposa del General Franco y pariente lejana de los Torbado, trajo la solución. A Franco no era posible hablarle en aquel momento, pero la señora recibió amablemente a la madre angustiada, la escuchó, examinó los papeles que llevaba y le dijo: «Paco está en una junta con los generales, pero yo le informaré del asunto». Sin duda su intervención fue eficaz, pues no tardó en recibirse en León orden de no proceder contra Leopoldo.{14}
La que llegaría a ser su mujer, Felicidad Blanc, nos da su versión que no difiere mucho de la de Gullón porque dice:
En Salamanca va primero a ver a don Miguel de Unamuno; piensa que el testimonio del rector de la Universidad puede aclarar la conducta de Leopoldo en Cambridge, se le acusa de marxismo por su amistad Ilia Ehrenburg y otros intelectuales marxistas. Mi suegra gustaba de recordar aquella conversación con don Miguel. Unamuno la recibió muy atento; estaba con una de sus hijas. Le dijo: «No hay nada que yo pueda hacer, no tengo ya ninguna fuerza en esta ciudad; yo mismo estoy enclaustrado y vigilado». Y le explicó lo que había pasado, lo que él había dicho: «Vencerías, pero no convenceréis».
De la casa de don Miguel se dirige al Cuartel General. Carmen era prima lejana de mi suegra, en su juventud se había tratado superficialmente. La mujer de Franco la recibe y mi suegra le cuenta lo que sucede: la absurda situación de su hijo, una persona pacífica que nunca se ha metido en nada. Carmen Polo le dice que su marido está en una reunión, pero le promete que, en cuanto termine, hablará con él y se dará orden de que lo suelten{15}.
Efectivamente, el 18 de noviembre fue puesto en libertad y retornó de nuevo a su casa de Astorga donde la familia decidió que se incorporase en el ejército y un pariente lejano, Miguel Arredondo, le incorporó en su unidad. De esta manera se terminaron los momentos de angustia y zozobra por los que toda la familia estaba pasando hasta que llegó la muerte de su hermano Juan, al que ya nos hemos referido. Terminada la guerra, parte de la familia se instala durante largas temporadas en Madrid donde el poeta coincidiría en la tertulia del Lyon, entre otros, con Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco, Gerardo Diego, tertulia que se fundiría más tarde con la de Manuel Machado. Y lentamente retornaron las costumbres de siempre.
Un día Manuel Machado tiene la idea de establecer una academia literaria o más bien una especie de tertulia literaria que llevaría el nombre de Musa Musae. En la tercera reunión, Panero se reveló como poeta. Fue en el mes de abril de 1940 en el Museo de Arte Moderno y que dirigía el poeta sevillano Eduardo Llosent. Con voz grave, Leopoldo Panero dijo el romance a Joaquina Márquez, el amor del poeta que había conocido en Guadarrama y que fallecería poco después:
¡Dejad que llene mis manos
de nieve para tocarla!
¡Dejad que sienta la muerte
como la lluvia en la cara!

Dejad la muerte conmigo;
la muerte rota en el alma.
Dejad volar mi alegría.
Dejad que vuele. Dejadla.{16}
Poema del amor perdido en un sanatorio donde ambos, enfermos, habían coincidido. Le seguiría después Tierra del corazón, notándose en este poema la presencia del hermano perdido, y otros a la gótica catedral de León. Para terminar, un largo poema de amor, del nuevo amor que por aquellos días ocupaba un lugar preferente en su corazón. Era, como dijimos, Felicidad Blanc, escritora, con la que se casaría más tarde y que según Mercedes Formica, que la conoció antes de la guerra, «era la muchacha más bella de Madrid y vivía en una bonita casa de los bulevares rodeada de jardines y de cierto misterio»{17}.
A partir de aquí, Leopoldo Panero ocuparía varios cargos oficiales: Sería director con carácter provisional del Instituto de España en Londres donde al mismo tiempo existía otro Instituto de España, el de los republicanos que dirigía un pariente de Leopoldo, Pablo Azcárate, con quien siempre mantuvo buenas relaciones; director de la revista Correo literario; secretario general permanente de las Bienales Hispanoamericanas de Arte de Madrid, La Habana y Barcelona; miembro de gobierno del Instituto de Cultura Hispana y director del departamento de cooperación intelectual de dicho organismo; secretario general del Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, &c.
En el semanario El Español publica en 1942 un artículo dedicado a Miguel de Unamuno, del que era gran admirador y cuyo espíritu rebelde la impresionó. Lo tituló El paisaje salmantino en la poesía de Unamuno. «El poeta está sintiendo la belleza, la unidad en la belleza del paisaje, que le llena de sosiego y le aduerme en la contemplación de su hermosura y dice: Con la ciudad enfrente me hallo solo / y Dios entero / respira entre ella y yo toda su gloria. Y al final de su poema, como un último latido desamparado, irrumpe la duda agónica, la duda y el ansia personal de don Miguel, que siente removido en el fondo de su pecho el foso de su tristeza, como un niño ciego, y la ceniza de su condición humana arrastrada por el remolino interior de su profunda soledad: Y ahora dime Señor, dime al oído: / tanta hermosura, / ¿matará nuestra muerte?»{18}. Anteriormente ya le había dedicado otro artículo, en noviembre de 1931, en el diario El Sol, que recogen sus Obras completas: «En Miguel de Unamuno, el mismo eco de sus pasos ardientes levanta batallas en la paz. Sí; lo poético lleva en su alma, en su belleza, la propia y pura razón de vida».{19}
La soledad de la que nos habla Unamuno es la misma en la que se encuentra nuestro poeta. Hay quien opina que el hombre quiéralo o no, ha nacido para la soledad. También hay quien llega más allá y dice que el hombre «debe estar solo, si quiere encontrarse a sí mismo»{20}. Es muy posible que esto sea lo que buscaba Panero, sobre todo cuando pierde a algún ser querido. Y aunque el poeta había sido agnóstico durante toda su juventud, abdicaría más tarde de su agnosticismo y viviría el resto de su vida dentro de la religión católica; ahora quiere hacer partícipe a Dios de su soledad por eso escribe estas bellas palabras:
Estoy solo, Señor, en la ribera
reverberante de dolor. Las nubes
se espacían, vastas, grises, mar adentro.
Entre el salado, vaho de los pinos
la luz en estupor de la distancia,
lo mismo que un barranco. Estoy yo solo.
Estoy solo, Señor. Respiro a ciegas
el olor virginal de Tu palabra.
Y empiezo a comprender mi propia muerte
mi angustia original, mi dios salobre.
Crédulamente miro cada día
crecer la soledad tras las montañas.{21}
El concepto de poesía de Leopoldo Panero se parece mucho al de Miguel de Unamuno y Antonio Machado, poeta éste que más influyó en su obra, según palabras del propio Panero. «Para él como para ellos, poesía era primeramente una revelación del poeta y una iluminación de las condiciones humanas conseguida por medio de la contemplación personal, siempre en la dimensión solidaria»{22}. Lo mismo que había hecho con Unamuno, Panero escribió otro artículo en El Sol en 1931 donde nos habla de Machado y que recogería sus Obras completas: «Antonio Machado deja siempre derretido y fuerte al otro lado de los sensual su pecho dolorido, su sangre temblando; su visión de la tierra, yerta y renacida, como soledad donde apenas una fuente late, descansa vagamente rendida, sobre la propia existencia del ser, sobre el hombre melancólico de su destino».{23}
Leopoldo Panero participa en la Corona de sonetos en honor de José Antonio Primo de Rivera, junto con Ridruejo, Manuel Machado, Gerardo Diego, Rosales, Vivanco, d'Ors, &c. Hay quien dice que el soneto de Panero fue «uno de los más asépticos de la colección»{24}; sin embargo, a pesar de este juicio muy particular de quien lo emitió y también de que es muy posible que Panero jamás tratara a José Antonio, hay quien cree que la figura del fundador de Falange la «debió empezar a admirar después de su muerte, tras la lectura de sus discursos y a consecuencia, sobre todo, de la labor proselitista de algún viejo camarada»{25} como por ejemplo Rafael Sánchez Mazas, de quien nos dice la viuda del poeta: «Rafael es un conversador maravilloso, habla de José Antonio y de los recuerdos que conserva de él; alguna vez incluso nos ha leído alguna carta suya, y es imposible oyéndole no sentir admiración por José Antonio. Quizá de estas conversaciones quedara en Leopoldo esa admiración que se refleja más tarde en el Canto personal».{26}
Canto personal. Carta personal a Pablo Neruda, en contestación al Canto general del poeta chileno fue una obra muy discutida por unos y por otros, incluso objeto de las más malévolas descalificaciones. «Todavía los amigos discutimos si Leopoldo hizo bien o hizo mal en acudir a la llamada, dejando correr a su generoso corazón y atacando a un poeta temible por su fama...», escribía Antonio Tovar{27}. Carlos Bousoño, dice que en el Canto personal es «donde se halla lo peor de nuestro poeta»{28}. Sin embargo, para Eugenio Montes el magnífico CP había venido a oponerse al hueco palabrero y retórico Canto general de Neruda. Hay más opiniones en un sentido y otro. De todas las maneras su Canto personal fue para algunos motivado, entre otras cosas, por el insulto del poeta a Dámaso Alonso y Gerardo Diego y nuestro poeta quiso salir en su defensa. Asimismo, por la indignación que «al poeta astorgano le produjo el ataque del chileno a España»{29}, «porque todo el poema de Neruda es un insulto a España», nos dice Dionisio Ridruejo{30} que le dedicaría este poema: Ser hombre y caminar pausadamante / besando con la luz de la tristeza / la casa, el monte, el árbol, lo que empieza / a ser humano cuando queda ausente...{31} Su mujer llega a reconocer también que el libro fue distinto a su poesía anterior, muy polémico, incluso de difícil interpretación que no le sirvió más que para colocarle en una situación desairada, atacado por todos los flancos. Incluso por alguno de los que había tratado de defender, en clara alusión a Dámaso Alonso. Y preguntaba: «¿Qué le llevó a escribirlo? ¿El ataque de Neruda en Canto general a amigos tan queridos como Dámaso Alonso y Gerardo Diego a los que llama “hijos de perra”{32}, o sus injustas palabras contra José María de Cossío, que a Leopoldo le consta que ayudó en todo lo posible a Miguel Hernández y al que Neruda acusa de todo lo contrario? [...]. Pero sobre todo creo firmemente que en el fondo lo que está es su arraigado amor a España»{33}. Y la mujer continúa: «Nunca me habló de ese libro, ni de las desilusiones que la amistad le diera con ese motivo. Pero creo que contribuyó a amargar los último años de Leopoldo, convirtiéndole en cierta medida en un ser diferente».{34}
Pero es el propio poeta quien nos da su punto de vista: «Los escribí –sostiene Panero– porque me sentí moralmente obligado a hacerlo. Y tengo la absoluta seguridad de que si el propio Miguel Hernández{35} hubiese vivido, habría sido él quien escribiera una carta análoga a Neruda. En el viaje que en el invierno de 1949 hice por América con Antonio de Zubiaurre, Luis Rosales y Agustín de Foxá, tuvimos conciencia de la incomprensión que, en ciertos sectores, existe todavía respecto de la realidad de España. Y Neruda, usando para ello su prestigio de gran poeta, es uno de los que azuzan esa incomprensión. Por eso creí necesario darle a Neruda, en un poema, algunas nociones españolas que no se pueden olvidar».{36}
En otro momento vuelve a referirse a Pablo Neruda. Es cuando la periodista Pilar Nervión haciéndose eco de las palabras de Dionisio Ridruejo en el prólogo al libro Canto personal que habla de los amigos muertos y de lo que para un cristiano supone la pérdida de un semejante, de un hermano –en la muerte, en la locura, en el odio o en la ruindad–, le pregunta: «¿Quiere decirnos qué amigos poetas ha ido perdiendo usted en cada uno de esos dolorosos capítulos». Panero responde:
«—En la muerte perdí a mi hermano, a Federico García Lorca, a Miguel Hernández, a Vallejo y a Hidalgo. En el odio y en la ruindad he perdido a Pablo Neruda. En la locura no me ha desaparecido ninguno».{37}
Por otro lado, y a pesar de lo que nos dice la mujer de Panero sobre Dámaso Alonso, éste afirma que Panero fue un poeta con una autenticidad entrañada y una hondura rezumante, como quizá no la haya en toda la poesía española de los últimos tiempos. Y añade –creemos que de manera un tanto exagerada– que «en Leopoldo Panero tenemos la poesía de mayor ternura humana que ha producido la literatura española moderna, y una de las más tiernas de todas las épocas de nuestra cultura»{38}.
El autor de Versos del Guadarrama y Escrito a cada instante, ganaría con su obra Canto personal, en 1953, el premio 18 de julio que le entregan en un brillante acto con asistencia del ministro Raimundo Fernández-Cuesta que comenzó su discurso manifestando que la Falange ha buscado siempre la inteligencia como motor de sus actos. Al referirse al poeta dijo, entre otras cosas: «El Canto personal de Panero, carta perdida a alguien que por su actitud sucia y rencorosa merece el desprecio de cuantos hablan o escriben la limpia lengua castellana. Frente a la poesía que destruye debe alzarse la poesía que promete, dijo quien incorporó a la política un sentido poético»{39}. Por su parte, Leopoldo Panero hizo referencia a que las palabras más hermosas del mundo son libertad y poesía, y ambas se unen sin mentira en el nombre de José Antonio. Asimismo señaló: «Si con la guerra marcharon de España media docena de excelentes y genuinos poetas españoles, la cantera quedaba aquí, entre las encinas y los surcos».{40}
El poeta menciona en esta obra varias veces a José Antonio: La irrenunciable sed de José Antonio / era sed de unidad, porque en Castilla, / la sed es patrimonio. Y también: La voz de José Antonio nos avisa / (a través del amor: con doloroso / pensamiento de amor) que corre prisa. Recuerda en otro momento su paso por La Habana y al poeta cubano José Julián Martí y de nuevo a José Antonio:
Mi voz se empapa dolorosamente
de Martí a José Antonio: ¡qué anatema,
qué atrocidad, ¿verdad?, tan fehaciente!

¡Qué dos rebeldes de la misma yema!
¡Qué dos esperanzados, roto el pecho!
¡Qué ejemplos juntos de visión suprema!

Martí es el José Antonio a tiempo hecho
(igual que un manantial de Dios alumbra),
y Cuba en Zaragoza tuvo techo.

Los dos murieron cuando el ser se encumbra
a firme madurez; y en flor cortados,
fundaron a su patria en su penumbra.

Porque no están los días acabados
de Martí y José Antonio, en el oficio
del tiempo, sino apenas iniciados...{41}
Hay otro momento que funde los nombres de Federico García Lorca con José Antonio, sin dejar de seguir citando a Martí:
Ninguna voz profética, cortada
por el hacha, se extingue o se ha extinguido;
tampoco en Federico está enterrada.

Los dos eran temblor, en el sentido
poético de España; y eran buenos,
lo mismo que Martí. Todo es gemido...{42}
Leopoldo Panero muere en su casa de Castrillo de las Piedras (Astorga) el 27 de agosto de 1962 donde se hallaba en compañía de su esposa y sus hijos. Ese día el poeta dice a su mujer que se encontraba mal y que fuera a llamar al médico. Ella corre en su busca. Lo encuentra cuando se disponía ir a una fiesta. Al regresar a casa el poeta parece que se encuentra mejor, hasta da la impresión que ha recobrado el color de su cara. El médico le toma el pulso y dice que no le ve nada anormal. Marcha, pero una nueva llamada le hace volver. Sigue sin verle nada grave y le manda tomar una pastilla. El poeta queda tranquilo y su mujer lo deja solo para que descanse un rato. Pasa el tiempo, sube a la habitación, le coge la mano: está helada y no le encuentra el pulso. Manda buscar esta vez al practicante porque sabe que no encontrarán al médico. Cuando sube a la habitación le explica lo que pasa, le abre los ojos y volviéndose hacia ella no sabe cómo decírselo, pero la mujer ve en aquella mirada el reflejo de la muerte del poeta y de que todo se acabó: «¿No me irá a decir que está muerto?». «Qué puedo decir. Sí, está muerto».
Déjame, Señor, así;
déjame que en Ti me muera
mientras la brisa en la era
dora el tamo que yo fui.

Déjame que dé de mí
el grano limpio, y que fuera,
en un montón, toda entera,
caiga el alma para Ti.

Déjame cristal, infancia,
tarde seca, sol violento,
crujir de trigo en sazón:

coge, Señor, mi abundancia,
mientras se queda en el viento
el olor del corazón.{43}
Se produce un silencio solamente roto por las plegarias del sacerdote que se inclina ante el cadáver. Empieza a llegar gente, las hermanas de Leopoldo gritan y lloran, pero la muerte no es eso, no ha sido nunca eso, «la muerte es el silencio».{44}
Para morir contigo cada día,
Felicidad te quiero. ¡Oh insondable
pasión de la vejez en largo sueño!{45}
Ese mismo día otro poeta, José García Nieto, recibe la noticia de la muerte de su amigo. Se encontraba en un pueblo cerca de Guadarrama. Camina hacia la ermita del Cristo de Gracia, de las Navas, «estaba vacía. Recé por él, creo que con él, todavía sentado, como si estuviéramos hablando de la vida, de la poesía, de la muerte, de todo eso que él nos enseñó que podía ser uno. Había una rendija hacía el sol de fuera en la puerta de Dios. Por ella se veía esa encina grande, de fuertes brazos, como muerta de pie, que da historia y referencia del pueblo. El árbol, el poeta, estaban allí, sobre la muerte»{46}. Y a continuación García Nieto escribe este hermoso soneto:
Busco tu compañía en esta ermita
donde he entrado a rezar por ti, tocado
de soledad, herido y asombrado
por todo lo que un golpe precipita.

Y tú no estás. ¿O no era aquí la cita?
Estoy solo. Pasaba. Me han llamado.
Y era tu voz; la voz del desterrado
que en el desierto del poema grita.

Torre de hombría, paz andante, lumbre
cautiva, acostumbrada pesadumbre:
¡cuánto valor sin sitio y tan aparte!

Rezo sin entender... ¿Cómo podía
haber sido...? En la Cruz, El me decía
que lo mejor estaba de su parte.{47}
Después, García Nieto, junto con otros poetas y escritores: Ridruejo, Laín Entralgo, Vivanco, Crémer, Castillo Puche, &c., acompañaría los restos mortales de Panero al panteón de la familia en el cementerio de Astorga. En el momento de producirse el óbito tenia en preparación La verdad en persona, poema que trataba sobre Cristo porque Dios estuvo siempre presente en la poesía de Leopoldo Panero como punto de referencia a esperanzas y angustias.
Notas
{1} Luis S. Granjel, Retrato de Unamuno, Editorial Guadarrama, Madrid 1957, pág. 286.
{2} Miguel de Unamuno, Obras Selectas, Editorial Plenitud, Madrid 1960, pág. 225.
{3} Luis Felipe Vivanco, Introducción a la poesía española contemporánea, Ediciones Guadarrama, Madrid 1957, pág. 614.
{4} Luis Rosales, Lírica española. Editora Nacional. Madrid, 1972, pág. 347.
{5} César Aller, La poesía personal de Leopoldo Panero, EUNSA, Pamplona 1976, pág. 23.
{6} Carlos Bousoño, Con la frescura de Lope, Diario ABC de Madrid, 27 agosto 1987, pág. 27.
{7} Citado por Demetrio Castro Villacañas, en el diario La Nueva España de Oviedo, 5 de enero de 1974, pág. 7.
{8} Escorial, Revista de Cultura y Letras, Tomo I, Madrid, noviembre 1940, pág. 82.
{9} Escorial Revista..., op. cit., pág. 82.
{10} Leopoldo Panero, en una conferencia inédita pronunciada por el poeta en los Cursos Universitarios de Verano en León y recogido por la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Instituto de Cultura Hispánica, julio-agosto 1965, nº 187-188, pág. 10.
{11} Leopoldo Panero, Obras completas, Editora Nacional, Volumen I, Madrid 1973, pág. 148.
{12} A este poeta peruano le dedicaría un poema: ¿De dónde, por qué camino había venido / soplo de ceniza caliente, / indio manso hecho de raíces eternas / desafiando su soledad, hambriento de alma / insomne de alma, hacia la inocencia imposible / terrible y virgen como una cruz en la penumbra...? Por otro lado, Vallejo que era de afiliación comunista, «no era un poeta comunista», nos dice el escritor cubano Gastón Baquero. Asimismo, la viuda de Vallejo en una biografía que escribió de su marido, nos dice que éste poco antes de morir le dicta la siguiente frase: «Cualquiera que sea la causa que tenga que defender ante Dios, más allá de la muerte, tengo un defensor: Dios». Palabras, entre otras, que recoge Leopoldo Panero en sus Textos humanos antes de comenzar a escribir su Carta perdida a Pablo Neruda.
{13} Dionisio Ridruejo, Casi unas memorias, Editorial Planeta, Barcelona 1976, pág. 138.
{14} Ricardo Gullón, La juventud de Leopoldo Panero, Diputación Provincial de León, León 1985, págs. 89-90. De la opinión de Ridruejo sobre su amistad con César Vallejo y ser ésta la principal causa de la que se le acusó para ser encarcelado además de haber publicado un poema en el número uno de la revista Caballo verde para la poesía fundada en Madrid por Pablo Neruda, participa Julio Rodríguez-Puértolas (ver su libro Literatura fascista española, Ediciones Akal, Madrid 1986, pág. 200).
{15} Felicidad Blanc, Espejo de sombras, Editorial Argos/Vergara, Barcelona 1981, págs. 122-123.
{16} Leopoldo Panero, Obras..., op. cit., (Volumen I) pág. 117.
{17} Mercedes Formica, Escucho el silencio, Planeta, Barcelona 1984, pág. 100.
{18} Semanario El Español, nº 9, 26 diciembre de 1941. pág. 12.
{19} Leopoldo Panero, Obras completas (Volumen II), Editora Nacional, Madrid 1973, pág. 17.
{20} María Meredes Marcos Sánchez, El lenguaje poético de Leopoldo Panero, Ediciones Universidad de Salamanca, Salamanca 1987, pág. 70.
{21} Leopoldo Panero, Obras..., op. cit. (Volumen I), pág. 63-64.
{22} Eileen Connolly, Leopoldo Panero: La poesía de la esperanza, Editorial Gredos, Madrid 1969, pág. 68.
{23} Leopoldo Panero, Obras..., op. cit. (Volumen II) pág. 12
{24} Julio Rodríguez-Puértolas, Literatura fascista española, Ediciones Akal, Madrid 1986, I, pág. 200.
{25} Javier Huerta Calvo, De poética y política, Instituto Leonés de Cultura, León 1996, pág. 37.
{26} Felicidad Blanc, op. cit., pág. 155.
{27} Citado por Javier Huerta Calvo, op. cit., pág. 21.
{28} Diario ABC, 27 de agosto de 1987, pág. 27.
{29} César Aller, op. cit., pág. 146.
{30} Leopoldo Panero, Canto personal. Carta perdida a Pablo Neruda, Introducción por Dionisio Ridruejo. Ediciones Cultura Hispánica, Madrid 1956, segunda edición, pág. 13.
{31} Dionisio Ridruejo, Hasta la fecha (poesías completas), Aguilar, Madrid 1961, pág. 531.
{32} Es en el poema que dedica a Miguel Hernández: Que sepan los que te mataron que pagarán con sangre. / Que sepan los que te dieron tormento que me verán un día. / Que sepan los malditos que hoy incluyen tu nombre / en sus libros, los Dámasos, los Gerardos, los hijos / de perra, silenciosos cómplices del verdugo...
{33} Felicidad Blanc, op. cit., pág. 196.
{34} Ibíd.
{35} El poema que Neruda dedicó a Miguel Hernández en su Canto general lo tituló: A Miguel Hernández asesinado en los presidios de España.
{36} Revista Correo Literario, nº 86, 15 de diciembre de 1953. Entrevista de Carlos Fernández Cuenca a Leopoldo Panero.
{37} Semanario El Español, nº 242, 19-25 julio 1953, pág. 15.
{38} Dámaso Alonso, Poetas españoles contemporáneos, Editorial Gredos, 3ª edición, Madrid 1988, pág. 336.
{39} Diario La Nueva España, 23 de diciembre de 1953, pág. 6.
{40} Ibid.
{41} Leopoldo Panero, Obras..., ed. cit. (Volumen I), pág. 304.
{42} Ibid., pág. 20.
{43} Leopoldo Panero, Obras..., ed. cit. (Volumen I) pág. 185.
{44} Felicidad Blanc, op. cit., pág. 212.
{45} Leopoldo Panero, Obras..., ed. cit. (Volumen I) pág. 390.
{46} José García Nieto, La poesía de Leopoldo Panero, Editora Nacional, Madrid 1963, pág. 30.
{47} José García Nieto,Cuadernos Hispanoamericanos, op. cit., pág. 201.