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lunes, 10 de febrero de 2014

Falange y literatura

José Carlos Mainer
RBA. Barcelona, 2013. 528 páginas, 23 euros
RAFAEL NUÑEZ FLORENCIO | 15/11/2013 |

Dionisio Ridruejo y Pedro laín Entralgo

José Carlos Mainer
La primera edición de Falange y Literatura apareció en 1971, en la extinta editorial Labor y en una colección literaria que dirigía Francisco Rico. Aun tratándose básicamente de una antología, con un esclarecedor estudio preliminar, tuvo un gran impacto en su momento y durante muchos años constituyó una referencia insoslayable no sólo para los estudiosos de la literatura española entre los años veinte y el decenio de los sesenta, grosso modo, sino para todos los que se interesaban por la cultura, la ideología y hasta por la política del primer franquismo. Su autor era entonces un joven y poco conocido profesor de Literatura que, con el tiempo, se iba a convertir en una autoridad en la historia literaria de España de los dos últimos siglos, José-Carlos Mainer (Zaragoza, 1944).

Responsable, en efecto, de una de las más sólidas y extensas producciones bibliográficas sobre las letras hispanas recientes, Mainer ha sabido combinar en sus trabajos una erudición impresionante con una gran capacidad divulgadora, del mismo modo que sus análisis literarios, lejos de limitarse a los aspectos técnicos o formales de las obras, siempre han dibujado con precisión el contexto social y político en el que se mueven sus autores.

De todo ello es buena muestra este libro, una engañosa segunda edición que no puede ser más oportuna. Decimos engañosa porque este volumen, tanto en su amplia (casi 200 páginas) y espléndida introducción como en su contenido, es más un ejemplar de nuevo cuño que una mera adaptación del que vio la luz hace más de cuarenta años. El mismo autor reconoce en una nota preliminar que la nueva redacción es mucho más extensa y que “no ha dejado línea sin ampliación ni dogmatismo sin atenuante”. El esquema, eso sí, sigue siendo el mismo: un cuidadoso análisis previo y una certera selección de textos. La alusión que hemos hecho a su oportunidad no necesita glosa alguna, pues se comprenderá que el tomo primigenio era prácticamente inencontrable, más allá de algunas bibliotecas y librerías de viejo.

Pero es que además, como bien puede barruntarse, la bibliografía sobre el tema en estas últimas cuatro décadas ha sido copiosa (Carbajosa, Mechthild, Jordi Gracia, Martínez Cachero, Trapiello…) Mainer no sólo recoge en su documentado estudio preliminar esas aportaciones sino que hace una relación bibliográfica actualizada y comentada. Los ocho epígrafes que vertebran la antología propiamente dicha (desde 'los precursores' al 'humor y la fantasía', pasando por las 'memorias generacionales', la 'guerra y los héroes'” o los 'caminos para el arte') tienen a su vez, cada uno de ellos, unas breves páginas de presentación.

En consonancia con lo que antes se decía sobre el enfoque pluridisciplinar de Mainer, conviene también dejar claro que en estas densas páginas va a encontrar el lector mucho más de lo que dice el título. Aquí no solo aparecen la Falange y los falangistas sino otros muchos autores (conservadores, católicos, integristas, simples franquistas) que buscaron su lugar bajo el sol de un régimen autoritario y dogmático pero hasta cierto punto ecléctico. Por haber, hubo hasta quienes (Laín Entralgo) aspiraron a presentarse como herederos o continuadores de una tradición anterior (en particular el 98 y Ortega). Y tampoco se habla solo de literatura en sentido estricto, sino de empresas literarias y culturales, de diarios y revistas, de ensayo, filosofía y política. Dar cuenta de ese abigarrado panorama es imposible en esta breve nota. De la elitista Escuela Romana del Pirineo a la popular La Ametralladora, cupo casi de todo, como el belicismo exaltado de García Serrano o Ximénez de Sandoval, la alta cultura de Escorial, la brocha gorda de Tomás Borrás, las excentricidades de Giménez Caballero, el terror rojo según Foxá, la ambigüedad de Eugenio d'Ors o el refinamiento de Antonio Tovar, Luis Rosales o Luis Felipe Vivanco. 

Rafael Sánchez Mazas lee 'Rosa Kruger' a los refugiados de la Embajada chilena, en 1936.

  Se dieron también, naturalmente, trayectorias disímiles, desde los que tuvieron que acomodar su 'idealismo' fascista de primera hora a las exigencias del régimen hasta los que se pasaron a la oposición democrática o protagonizaron una aparatosa disidencia (Dionisio Ridruejo). De todo ello y de mucho más da cuenta Mainer en este volumen muy recomendable.

domingo, 25 de marzo de 2012

Mercedes Fórmica

Cuando de nuevo llegue Abril, cuando rompa de nuevo la primavera en el Sur donde la vio nacer, se cumplirán diez años de la muerte de Mercedes Fórmica Corsi, su larga y fructífera vida, nació en Cádiz en 1916, aunque se mudó a Sevilla con tan sólo siete años, como narra en el volumen La Infancia de su trilogía autobiográfica, merecería mayor atención de la que se le presta en todos los ámbitos donde destacó, desde su labor pionera en pos de los derechos sociales de la mujer hasta su obra literaria. Decía Pilar Primo de Rivera que su hermano José Antonio un “movimiento limpio de contornos, sin compromisos anteriores, ofreciendo además de un pensamiento nuevo, una ética para las conductas. A la ilusión de este movimiento se unieron no sólo valores jóvenes de lo más florido con que contaba España, sino también la juventud y la Universidad, donde después se constituyó el Sindicato Español Universitario (S.E.U.)”, entre esos jóvenes idealistas de la primera hora se encontraba Mercedes Fórmica, una de las escasísimas mujeres que estudiaba en la Universidad española en los años treinta del pasado siglo, de hecho era la única alumna de la Facultad de Derecho de Sevilla, donde ingresó en 1931, terminó los estudios en Madrid, ya en 1948, encontrándose posteriormente con la imposibilidad de acceder a la carrera diplomática o a la abogacía del Estado por ser mujer.

Mercedes había escuchado las palabras de aquel abogado joven y brillante que hablaba en el mitín de la Comedia, por la radio, desde entonces estuvo en la primera afiliación del SEU, aparece en la foto de la constitución del mismo en Valladolid, participó en el Primer Consejo Nacional que tuvo lugar el 11 de Abril de 1934, fue elegida delegada de Derecho y, luego, designada por José Antonio delegada nacional del SEU femenino y, como tal, miembro de la Junta Política de la Falange. Junto a ella, las pocas camaradas que entonces se adhirieron al nuevo y juvenil proyecto, Clotilde Salazar, Justina Rodriguez de Viguri, primera delegada del S.E.U., que se tuvo que inscribir al principio como Justino, ya que en un primer momento no se admitían mujeres, y que posteriormente fue jefe de la primera Escuela de Mandos de la Sección Femenina de Málaga, organizaciones ambas, S.E.U. y Sección Femenina, estrechamente vinculadas desde los primeros tiempos. Organización, la Sección Femenina, como nos cuenta Luis Suárez en su gran obra Crónica de la Sección Femenina y su tiempo, “que pretendió llevar a la realidad social una doctrina acerca de la dignificación de la mujer, pero no sólo de la mujer en cuanto ser humano igual en derechos al varón, sino en cuanto que es portadora de valores específicamente “femeninos”, en la vida moderna”. Así, es la misma Mercedes Fórmica quien nos habla de la actitud no precisamente machista, en aquella época donde la izquierda vetaba el voto de la mujer, del mismo José Antonio: “Sobre el supuesto antifeminismo de José Antonio y la tesis, tan difundida, de querer a la mujer en casa, poco menos que con la «pata quebrada», debo decir que no es cierto. Forma parte del proceso de «interpretación» a que fue sometido su pensamiento. Como buen español, sentía recelo hacia la mujer pedante, agresiva, desaforada, llena de odio hacia el varón. Desde el primer momento contó con las universitarias y las nombró para cargos de responsabilidad. En lo que a mí respecta, no vio a la sufragista encolerizada, sino a una joven preocupada por los problemas de España, que amaba su cultura e intentaba abrirse camino, con una carrera, en el mundo del trabajo”.

Mercedes Fórmica se casó con el sevillano Eduardo Llosent y Marañón, al que citamos en un artículo anterior por su amistad con Miguel Hernández y la ayuda que le prestó a éste para facilitarle, primero refugio en el Alcázar sevillano junto al poeta Joaquín Romero Murube y, posteriormente, la frustrada huida por Portugal del poeta de Orihuela. Llosent era editor en Sevilla de revistas como la importante Mediodía, tan  importante en el contexto de la Generación del 27, posteriormente, tras la guerra, fue nombrado director del Museo de Arte Moderno, trasladándose ambos a Madrid.

En 1940 aparece el primer número de la revista Escorial dirigida por Dionisio Ridruejo y donde aparecerían escritos de, entre otros, Ramón Menéndez Pidal, Eugenio Montes, el poeta sevillano Adriano del Valle, Luis Felipe Vivanco, Pedro Laín Entralgo y muchos otros de esa nómina que desmiente el pretendido “páramo cultural” en el que muchos han querido convertir la posguerra española. En Escorial publicará Fórmica su primera novela, Bodoque, donde muestra la influencia que tuvo en ella la separación de sus padres que, al final, le llevará a promover una de las reformas más importantes que se han dado en la historia de España a favor de los derechos de la mujer, lo que ha sido silenciado por el “feminismo oficial”.

Publicó posteriormente la novela Monte Sancha, finalista del premio Ciudad de Barcelona y La ciudad perdida, obra que sería adaptada al cine. Ya en 1972 publica otra novela, La hija de don Juan de Austria, con la que ganó el premio Fastenrath de la Real Academia.

En estos momentos donde tan de actualidad está la llamada “violencia de género” recordemos que Mercedes Fórmica fue pionera en la lucha por los derechos de las mujeres maltratadas, que inspiró una de las reformas legales más importantes del siglo XX para la mujer y la repercusión internacional de su artículo El domicilio conyugal.

Javier Compás

martes, 28 de febrero de 2012

La carta perdida de Leopoldo Panero

De izquierda a derecha y en pie, Miguel Hernández, Leopoldo Panero, Luis Rosales,
Antonio Espina, Luis Felipe Vivancos, J.F. Montesinos, Arturo Serrano Plaja, Pablo Neruda
y Juan Panero. Sentados están, Pedro Salinas, María Zambrano, Enrique Díez-Canedo,

Concha Albornoz, Vicente Aleixandre, Delia del Carril y José Bergamín. Gerardo Diego, en el suelo.
 
 En 1969 publicó Luis Rosales en Ediciones Cultura Hispánica El contenido del corazón. Ese libro iba dedicado así: “Hoy como ayer a Leopoldo Panero”, y en el “Prólogo a manera de justificación” insistía Luis: “Publiqué esta versión integramente en el periódico ABC, dedicándola entonces a Leopoldo Panero, que en tantas cosas fue mi ejemplo y en todas mi amigo”. La amistad de ambos poetas fue poco menos que proverbial y estaba comprendida en un círculo más amplio, pero no menos exclusivo, formado por Laín, Maravall, Aranguren, Valverde, Vivanco, Ridruejo, tal vez incluso Zubiaurre y Alfonso Moreno. Puede que esta relación sea inexacta, ya que no hago más que rememorar de referencias. Tan juntos iban siempre esos nombres que un ingenio satírico acuñó para dos de ellos la expresión “Rosanco y Vivales”, me figuro que a raíz de la publicación por ambos de la magna recopilación de la Poesía heroica del Imperio. Hablando de Imperio, al morir en Sevilla el insigne americanista don José Antonio Calderón Quijano, en la gacetilla necrológica aparecida en ABC se enumeró entre sus méritos el de haber suministrado a los diplomáticos Castiella y Areilza la documentación que les permitió escribir al alimón una obra célebre en su día. Esa obra se titulaba Reivindicaciones de España, y junto a ellas resultaban modestitas las pretensiones que Franco antepuso a Hitler en Hendaya como condición para entrar en la guerra. Terminada ésta, coincidió Foxá con sus dos compañeros en el Palacio de Santa Cruz y les dijo:

- Tengo entendido que van a editar ese librito vuestro en formato de sello de Correos… Así os lo podréis tragar con mayor facilidad.

En ese círculo de amigos la trinca que más sonaba era, ya digo, Panero, Vivanco y Rosales, una especie de línea media de la poesía española que sustituía a aquellas legendarias líneas medias de nuestras aficiones deportivas de trasguerra: Gabilondo, Germán y Machín; Celaya, Bertol, Nando; Alconero, Félix, Mateo; Huete, Ipiña y Lecue… Sin embargo, cuando yo llegué a Madrid y empecé a frecuentar el bar del Instituto de Cultura Hispánica y la redacción de Cuadernos Hispanoamericanos, esa línea media quienes la formaban eran Panero, Rosales y Souvirón, José María Souvirón, que volvió de Chile y residía en el colegio mayor Cisneros.

Yo de Panero conocía Escrito a cada instante en aquella colección de “La encina y el mar” ilustrada por José Caballero; había oído recitar, magistralmente por cierto, En las manos de Dios a Carmina Morón, y algo me había llegado de la polémica y los epigramas en torno al Canto personal, carta perdida a Pablo Neruda, respuesta airada a las infamias del Canto general. Con infamias y todo, el Canto general fue un acontecimiento poético en el que el gran poeta Neruda dio lo mejor y lo pero de sí mismo. También carmina Morón recitaba, y cómo, Abraham Jesús Brito, (poeta popular), pero junto a esas estampas entrañables de gente humilde de América, a las etopeyas de sus héroes y a descripciones caudalosas de su naturaleza, había explosiones de mala prosa en verso con insultos de baja ley y peor estilo. Nada de esto podía rebajar la calidad monumental del poema. Me comentaba entonces en Sevilla un becario canario de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos que tampoco las pasiones políticas del Dante menoscaban La Divina Comedia.

Leopoldo Panero tuvo el arrojo de recoger el guante y replicar a su antiguo amigo del Caballo verde de la poesía, y escogió para ello la forma clásica de la epístola moral. Yo no puedo decir, aun hoy, que en el Canto personal no haya altibajos; también los hay en el Canto general y no por eso voy a decir de su autor que es, como decía Juan Ramón, un “gran mal poeta” o, como creo que dice Trapiello, un “gran poeta menor". A mí me sobran tanto esos adverbios como la biografía de Neruda, y sigo creyendo que el Canto personal es uno de los grandes monumentos de nuestras letras.

No conozco el prólogo que Ridruejo le puso al Canto personal; sólo sé que, años después, a propósito de no sé qué, me dijo Ridruejo: “Neruda miente”. El caso es que la mayor virtud de ese “gran mal poema” es su mayor defecto, que es la desorganización. Poema de acarreo, cabe muy bien precindir en su lectura de toda la basura política que lo lastra, en tanto que en el de Panero, su misma estructura de tercetos encadenados no permite saltarse los ripios que fuerza la vehemencia polémica, por muy limpios que sean sus motivos. El poema de Neruda es un río tan torrencial y caudaloso que disuelve y disipa toda la basura que en el cauce principal vierten las cloacas de los poblados por los que pasa. En cambio, el de Panero es una construcción arquitectónica en la que a la fuerza se ha de notar la calidad de los materiales y el acierto con que estén colocados. Lo dinámico y amorfo tiene más defensa que lo estático y cristalino.

Tuvo además otra cosa en su contra la ambiciosa epístola de Panero, cual fue la de ser expresión de la filosofía política oficial en lo referente a la Hispanidad, a la que Panero llevaba prestando servicios relevantes. Bastaba que el poema resultara adicto al Régimen para que sólo viéramos en él los ripios y las disonancias, con gran indignación por cierto de Rafael García Serrano, que desde Arriba o desde una de las revistas del S.E.U., salió en su defensa arremetiendo contra los exquisitos que lo criticaban “cogiéndose la pluma con un papel de fumar”. Uno de ellos, Blas de Otero, le dedicaría un epigrama que me llegó por tradición oral: Carta perdida. No creo / que llegara a su destino / llevando tanto “franqueo”. A Blas de Otero, en cambio, no se le tuvieron en cuenta los ripios y prosaísmos abominables en que consistió su obra a partir de En castellano, pues por algo, como era público y notorio, era maníaco-depresivo y miembro del Partido Comunista. Suya es también esta perla: Voy a China, / a ver si me oriento.

Hoy, en una situación política invertida en todas las acepciones del término, cabe leer el Canto personal sin las reservas de antaño, sin los prejuicios y las anteojeras con que, en cualquier época y bajo cualquier régimen, leemos todo aquello que directamente agrada o beneficia al Poder. De este modo cabe comprobar que, si el poema en cuanto tal es un poema frustrado, tiene largas tiradas de tercetos de una inspiración, una solidez, un colorido y una sonoridad inmejorables: Recuerdo que en Colombia hay una espada / enterrada en un pico, en nieve pura, / con trote y esqueleto de nevada. / Recuerdo el Magdalena a larga altura,/ cortando la distancia del planeta / como surca una yunta Extremadura. O bien: Una guerra es un íntimo combate, / y no una voluntad a sangre fría: donde cae Federico, el agua late; / donde cayó un millón, la tierra es mía. / Unos caen, otros quedan, nadie dura; / y tan sólo el Alcázar no caía. Cito estas estrofas porque constituyen el arranque de tiradas que tratan respectivamente de la naturaleza y de la historia; en las que el poema remonta el vuelo épico en alas de lo descriptivo y lo narrativo. Evocan además algo que entonces escocía mucho y sigue escociendo al antifascismo monomaníaco: la gesta del Alcázar de Toledo.

Hay obras literarias cuyo mayor acierto está en el título. Tal ocurrió en aquellos mismos años con El Jarama, excelente “ejercicio de redacción”, como decía Ignacio Aldecoa, pero cuyo título evocaba una de las más gloriosas derrotas del bando que en Toledo sufrió uno de sus fracasos más bochornosos. Pero eso no bastaba. Cuando, a mediados de los años 70, se cumplió la profecía de Ganivet y España fue por fin pasto de los puercos, se trató de infligir a la memoria de Leopoldo Panero la afrenta póstuma - en la que creo que hubo reincidencia - de una película infame en la que se utilizaron los despojos de una familia deshecha y desmoralizada. Eran tiempos de asalto a la familia y al paterfamilias. Llamarle entonces a uno “paternalista” equivalía a llamarle “corporativista” o “fascista”, insultos muy eficaces con que la hez de la nación le comió la moral a más de un pusilánime. Recuerdo haberme salido en el entreacto de una plúmbea comedia de un autor de moda que tenía que ver con pájaros, en la que la actriz largaba interminables cursilerías sobre el tiránico padre difunto que tenía enjaulados a los pájaros. Por aquel entonces, la hija de Alberti, que tenía algunas desavenencias con su padre, tuvo el mal gusto de dirigirle una carta abierta en la que, con pedante fraseología de freudiana bonaerense, llegaba nada menos que a compararlo con Franco. “Matar al padre” era la consigna, o por lo menos ponerlo en la picota. Yo reaccioné con un poema titulado El desencanto de Leopoldo Panero en el que quise desagraviar a alguien que fue para mí, como para Luis Rosales, “en tantas cosas mi ejemplo y en todas mi amigo”.

Aquilino Duque 13 de Junio de 1995, El Correo de Andalucía, sección La Mirada.

viernes, 3 de febrero de 2012

¿Quién fue María Enciso?

 Reproducimos este artículo sobre la escritora y poeta almeriense María Enciso y su relación con la generación del 36.

PASO A PASO

María Enciso

Rafael L. Aguilera 

María Enciso
MARÍA Enciso, María Dolores Pérez Enciso nació en Almería a las once de la mañana del día 31 de marzo de 1908 en una casa de la calle San Ildefonso, la numerada con el número 27, según el Registro Civil, en pleno casco antiguo de la capital almeriense, entre olores a jazmines y geranios. hace unos días la Asociación de Vecinos del Casco Histórico y el Ayuntamiento de Almería de forma loable y plausible han colocado una placa como testimonio a un homenaje de los almerienses a esta poeta intelectual, que en un agónico deambular de su corazón y su alma, en enero de 1939, en una misión oficial, Delegada de Evacuación en Bélgica de los españoles que tuvieron que ausentarse forzosamente de España, ayudó sin descanso a miles de personas en una triste peregrinación por los sórdidos e infrahumanos campos de concentración de Francia. María Enciso, mujer doliente y ahogada el pecho por la patria irremediablemente perdida, desde el primer momento se da cuenta de la tragedia, del duelo, quebranto y compasión, y manifiesta "Siento un frío de congoja en el corazón, que también siente, que también está solo, angustiado, con los seres queridos esparcidos por el mundo, aventados por los aires, como cenizas de una inmensa hoguera que la guerra encendió". En 1987 el Instituto de Estudios Almerienses publicó un libro, cuyo autor Arturo Medina, nos describió un estudio y antología de María Enciso, "Escritora Almeriense en el exilio", en donde se recoge de forma exquisita la "pequeña historia de una frustración y una esperanza", y que murió menesterosa en México, sin gozar la alegría del triunfo y del regreso. Comparto la opinión de muchos literatos, que María Enciso es la única poeta almeriense que, por cronología y por entidad, hubiera pertenecido a la generación del movimiento literario que se ha dado en llamar la Generación del 36, la gran generación - Luís Felipe Vivanco, Luís Rosales, Miguel Hernández, Dionisio Ridruejo, Leopoldo Panero...- a caballo entre la República y la Dictadura de Franco. 

Luis Felipe Vivanco
Su prosa "Europa fugitiva" y su poesía "Poemas de vida y llanto" podemos contemplar la propia historia de España y de Europa, entre el estatismo y lo dinámico, a través de sus protagonistas, paisaje, aconteceres y vivencias, en los que escribe con un estilo suelto todos los sucesos que desfilan delante de sus cinco sentidos; son estampas del dolor y el sacrificio fundidos en una lírica trágica de los momentos emocionales que vive su espíritu al ver la desbandada sangrienta, dolorosa y miserable de hombres y mujeres, niños y ancianos huyendo de los bombardeos y temidas persecuciones. Quiso a Almería y la llevó siempre en su alma "Vega de Almería, hueles a romero, de la serranía".
Fotografía tomada durante la comida homenaje a Vicente Aleixandre en el Restaurante “Buenos Aires” de Madrid, el 4 de mayo de 1935 por la aparición de "La destrucción o el amor”.

Vemos de izquierda a derecha y de pie a Miguel Hernández, Leopoldo Panero, Luis Rosales, Antonio Espina, Luis Felipe Vivanco, J.F. Montesinos, Arturo Serrano Plaja, Pablo Neruda y Juan Panero. Sentados Pedro Salinas, María Zambrano, Enrique Diez-Canedo, Concha Albornoz, Vicente Aleixandre, Delia del Carril y a José Bergamín. Sentado en el suelo: Gerardo Diego

http://www.elalmeria.es/article/opinion/1166704/maria/enciso.html

martes, 17 de enero de 2012

Neruda, Rosales y la autocensura preventiva

Del suplemento El Cultural de El Mundo extraemos esta interesante reseña.

Neruda, Rosales y la autocensura preventiva

GABRIELE MORELLI | Publicado el 13/01/2012
 

La amistad entre Luis Rosales y Pablo Neruda fue cuento largo. Se conocieron en el Madrid de los años 30, donde el poeta granadino, íntimo amigo de Lorca, comenzó a colaborar en la revista “Cruz y Raya”, que dirigía el chileno. Las diferencias ideológicas y las sospechas les alejaron después del 36, pero en 1971 volvieron a encontrarse, pues Neruda pasó por Madrid tras recibir el premio Nobel. Dos años después, Rosales preparaba una edición de la poesía del chileno pero los editores exigían que no aparecieran los poemas sobre la guerra civil. Y Neruda aceptó autocensurarse. El profesor Gabriele Morelli nos descubre la historia y presenta esta correspondencia inédita, ahora que Visor publica El libro de las baladas, una antología de Luis Rosales con versos de juventud, muchos de ellos inéditos, en edición crítica y notas de Xelo Candel. El lector puede disfrutar las mejores baladas inéditas en www.elcultural.es


Contra quienes sostienen una cosmovisión ideologizada a ultranza, que divide el mundo en dos bandos, los buenos y los malos, y para quienes resulta difícil, por ejemplo, conciliar la figura de Pablo Neruda con la de Luis Rosales, como representantes de una dicotomía imposible de armonizar, conviene afirmar que ambos poetas, que se frecuentaron con asiduidad en los años treinta durante la residencia madrileña de Pablo, fueron buenos amigos y se estimaron recíprocamente hasta el final. Así lo muestra el texto autógrafo que Neruda envió para el homenaje que la revista Cuadernos Hispanoamericanos (mayo-junio de 1971) dedicó a Rosales:

“Qué decir de Luis Rosales a quien yo conocí naranjo, recién florido en aquellos años treinta, y que ahora es gran poeta, exacto definidor, señor de idioma. Ahora lo tenemos lleno de frutos, exigente y fecundo. Atravesó este mortal antipolítico el momento desgarrador en Andalucía y se ha recuperado en silencio y en palabra. Salud! Buen compañero!”

Anteriormente, durante y después de la contienda civil, la relación humana y literaria entre los dos poetas se había enfriado un tanto. Sin embargo, hacia 1971, año de la concesión a Neruda del Nobel de Literatura, vuelven a estrecharse vínculos entre los dos amigos. No se conoce ninguna declaración oficial de Rosales, aunque ¡bien podemos imaginarlo! la noticia constituyera para él motivo de gran alegría, como lo fue para su amigo Luis Felipe Vivanco, quien, con satisfacción personal (no exenta de una sutil vena crítica contra el régimen), comenta de este modo el acontecimiento en su Diario (1946-1975):


"¡Qué triunfo para la España de Franco! Le han dado el Nobel a Pablo Neruda. Mañana, Pablo Casals, a sus noventa y cinco años, estrena la música del himno de la ONU, y pasado mañana Pablo Picasso cumple noventa años."

Tras recoger Neruda el premio en diciembre, su avión de regreso hace escala en el aeropuerto de Barajas. Vivanco y Rosales fueron a saludarle. El primero anota en su Diario: "Me alegro de haber bajado a Barajas y haberle dado un abrazo, a su paso por Madrid". Gonzalo Menéndez Pidal, hijo del gran filólogo, inmortaliza el encuentro en una fotografía en que se ve a Neruda sonriendo satisfecho entre los dos antiguos amigos españoles. Poco después, Rosales empieza a escribir el libro La poesía de Neruda -en parte anticipado en el Prólogo de su selección-, publicado por la Editora Nacional en 1978, donde analiza las coordenadas esenciales que caracterizan la producción del chileno. Se trata, apunta, de “una poesía con argumento, una poesía total que asume en su expresión los contenidos propios de la expresión lírica y la expresión narrativa”. Ninguna formulación más adecuada para definir su propia experiencia poética. El proceso de acercamiento, cada uno con su singularidad, entre los dos poetas es evidente, como también lo es la gran deuda -reconocida por el propio Rosales- que este, renovador de la poesía española de posguerra, tiene contraída con su amigo y maestro chileno.

A partir de 1973, Rosales prepara una gran antología de la poesía nerudiana -que vería la luz en 1974 en la editorial Noguer-, en torno a la cual se cruzan tres cartas entre los dos poetas, que tienen como punto de discusión la exclusión de poemas de asunto político, propuesta por el propio Neruda, como consecuencia de las numerosas dificultades encontradas para publicar su obra en España. Se imponía así el chileno una especie de autocensura preventiva, que provenía de las exigencias editoriales ante el temor a la intervención de la censura franquista.

La reciente celebración del centenario del nacimiento de Rosales, buena parte de cuyo éxito se debe a la generosa colaboración prestada por Luis Rosales Fouz, hijo del poeta, nos ha permitido reexaminar la gran cosecha de documentación dejada por aquel, conservada en el Archivo Histórico Nacional, de donde procede esta correspondencia inédita que presento. Se trata de un tríptico epistolar que empieza con una misiva urgente del granadino (13 febrero de 1973), quien pide a Pablo confirmación de su autorización para eliminar “toda la poesía que tenga un carácter definitivamente político”. La respuesta de Neruda, residente en Isla Negra, lleva fecha del 15 de febrero, e ilustra las variadas dificultades encontradas hasta ahora para publicar su Obra Completa en España por la presencia de poemas políticos nacionales, por lo cual ha decidido quitar todos “aquellos textos o fragmentos que contengan temas de la Guerra Civil que imposibilitarían la edición”; pero, declara terminantemente, no quiere eliminar los demás de contenido ideológico. La carta se cierra con la alusión, entre otras, a las obras del conde de Villamediana, autor por el cual, como es sabido, se interesan ambos. Ya en julio de 1935, Neruda presentaba en la revista Cruz y Raya su entrega Poesías de Villamediana (En manos del silencio), y Rosales, en 1969, su libro Pasión y muerte del conde de Villamediana. Precisamente, la predilección de Neruda por Villamediana había sido criticada por Juan Ramón Jiménez, quien a este propósito escribe: “Y ya en los años 30, y esto es lo más peregrino, ¿no cayó Neruda, casi, en el goloseo gongorino de Villamediana, según moda del momento en cierta España otramente barroca?”.

Con la misiva de contestación de Rosales se cierra el breve epistolario: Luis expresa a su amigo su satisfacción por la aclaración recibida, mostrándose perfectamente de acuerdo con sus indicaciones; ya que, comenta, “eliminar de una selección muy completa de tu obra los poemas políticos carecería de sentido”. En efecto, entraron a formar parte de la antología nerudiana varios poemas del Canto General en que se exalta esa América de los “ríos arteriales” frente a “la peluca y la casaca· impuestas por los colonizadores; de igual modo están presentes textos de Las uvas y el viento, como la composición “El viento en Asia”, un himno a la nueva sociedad comunista china de Mao Tse-Tung. En fin, Rosales fue fiel al compromiso contraído con su amigo Pablo, respetando en todo su voluntad; es decir, expurgando los textos “políticos” de referencia española, pero incluyendo al tiempo los otros poemas de tema ideológico que, según Neruda (y la alusión a la particular situación del país sujeto a Franco es evidente), “pueden publicarse entre vosotros”.



Luis Felipe Vivanco, Luis Rosales y Rodrigo Uría a principios de los 70

"Estoy muy acostumbrado a las artimañas de los editores"



Madrid, 13 de febrero de 1973
INSTITUTO DE CULTURA HISPÁNICA. LR/PA.


Querido Pablo:
Te escribo unas letras de urgencia y no la carta que desearía escribirte. Ya hace muchos años que no hago nunca lo que quiero.

Como recordarás, pues en alguna ocasión he hablado contigo de ello, me han encargado que haga una selección de tu obra y la prologue. Tengo la ilusión, disposición y casi necesidad de escribir sobre tu poesía, pero quisiera aclarar contigo estas palabras con las cuales termina su carta José Pardo, Director de la Editorial Noguer, al invitarme a hacer esta edición:

“A todo lo expuesto debo añadir, querido Luis, que por deseo expreso de Neruda se eliminará de esta selección de su obra toda la poesía que tenga un carácter definidamente político”.

No puedo ponerme a hacer una antología tuya sin aclarar contigo este punto, pues ya estoy muy acostumbrado a las artimañas de los editores. Si estás de acuerdo con ello, pondré manos a la obra inmediata y alegremente.

Un abrazo para Matilde, y deseando verte pronto aquí o allí, se despide tu buen amigo.
Luis Rosales


"Estuve de acuerdo en eliminar fragmentos de la guerra civil"


Isla Negra, Febrero 15 de 1973
Señor Luis Rosales
Instituto de Cultura Hispana [sic]
Madrid

Querido Luis:
Contesto tu carta recién llegada. No sé si ella se refiere a Ediciones autorizadas por Carmen Balcells, de Barcelona, que es mi Agente Literario.

Suponiendo que así sea, tengo algunos antecedentes que darte: mi obra para publicarse en España encontró variadas dificultades y acuerdos que estaban a punto de cumplirse se echaron atrás a última hora por temores políticos de varios Editores.

Por último se llegó a acuerdo con una Editorial para que publicara una especie de Obras Completas en dos tomos. No recuerdo quién fué el Editor. Para evitar los inconvenientes referidos estuve de acuerdo para que partes que harían peligrar la Edición se eliminaran de estas obras. Naturalmente que se trata de aquellos textos o fragmentos que contengan temas de la Guerra Civil que imposibilitarían la edición. De ninguna manera puedo eliminar mis poemas políticos que no guarden relación con tales temas, y que por lo demás, por lo que veo, puede publicarse entre vosotros. Eliminar mis Poemas políticos en general sería un disparate.

También en la Edición de Obras Completas de Losada no están tomados en cuenta Obras políticas como Canción de Gesta. Mi punto de vista es que estas Obras que por un motivo u otro encuentran obstáculos insalvables, pueden publicarse en otro sitio y en otras condiciones. Mi Obra es demasiado espaciosa para que todo el mundo pueda encontrar allí lo que quiera y no me importa que tal o cual cosa no el guste a la gente, la objete o no la encuentre: siempre se contentarán con alguna parte de lo que he hecho. No tengo gran amor propio ni he sido nunca un intransigente político.

Que esta carta quede entre nosotros y tú procederás de acuerdo con lo que creas mejor bastándome ya el placer de que te hayas encargado a tí esta Antología. Me he quedado esperando las obras de Villamediana impresas que publicaste así como las copias de Códices que también me prometiste.

Te abraza fraternalmente
Pablo Neruda


“Eliminar los poemas políticos de tu obra carecería de sentido”

Madrid, 13 de febrero de 1973
Sr. D. Pablo Neruda
ISLA NEGRA (Chile). INSTITUTO DE CULTURA HISPÁNICA LR/PA.


Querido Pablo:
Me alegra haberte comunicado mis temores y que me hayas aclarado tu posición en el asunto. Te daré los detalles que conozco de esta edición.

Coincide efectivamente con las indicaciones que tú me das de publicar dos tomos de mil páginas cada uno. La editorial es Clásicos Noguer, S.A., y la edición está autorizada por Carmen Balcells, con la que me puse en contacto y con quien teno buena amistad-. A mí me han encargado que haga una selección de dos mil páginas. Te acompaño fotocopia de la carta de Noguer.

Desde luego, creo como tú, que eliminar de una selección muy completa de tu obra los poemas políticos carecería de sentido, por eso te escribí. Aclararé este punto con la editorial antes de comprometerme a nada. Por lo demás, querido Pablo, te repito que estoy encantado de hacer este trabajo de selección y estudio de tu obra.

En caso de aceptar el encargo, te tendré puntualmente al corriente del desarrollo del trabajo. Como de todas formas habrá que suprimir unas mil páginas, en su momento te haré las consultas necesarias:

Recuerdos a Matilde y un cordial abrazo de
Luis Rosales 

 http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/30368/Neruda_Rosales_y_la_autocensura_preventiva