viernes, 4 de mayo de 2012

PROBOSCÍDEOS LITERARIOS por Fernando Iwasaki

"Un pollito se encajó en la cabeza del elefante del Retiro
y allí vivió como un parlamentario, como si el
elefante fuera su escaño"
PROBOSCÍDEOS
LITERARIOS
FERNANDO
IWASAKI

23 de Junio de 1944, Julio Camba le dedicó la Tercera de ABC
al elefante del zoológico de Hamburgo —«El elefante bombero»—, porque
durante un bombardeo el animal comenzó a regar con su trompa a los
demás animales para que no murieran abrasados: «¡Curioso animal el
elefante, quien lo mismo derriba de un empujón una locomotora que
recoge cuidadosamente una moneda de la mano de un niño, y se la pasa
al guarda de su Parque Zoológico para que éste le entregue a cambio de
ella un cartucho de golosinas! El poeta hablaba de la Edad Media
enorme y delicada —le moyen âge enorme et delicat—, pero nada es tan
delicado y a la vez tan enorme como un elefante: ni siquiera la propia
Edad Media».

El 14 de Marzo de 1957, Agustín de Foxá tituló su Tercera de ABC «El
elefante flechado», porque narró cómo el famoso cazador William Negley
había ganado una apuesta después de abatir a un elefante con arco y
flechas, como los cazadores del neolítico: «William Negley tensó el
arco; disparó la plumada flecha y la clavó en el costado rugoso, color
de piedra. Corrió, galopó el elefante herido derribando árboles con la
misma facilidad con que avanza un hombre entre las espigas de un campo
de trigo. Y luego se derrumbó como un lienzo de muralla. El cazador,
para abreviar la inmensa agonía, grande como un crepúsculo, le
atravesó con otra flecha el rojo corazón. El elefante murió, creyendo,
sin duda, que había sido herido hace veinticinco mil años. Que era uno
de sus antecesores, uno de esos mamuts de rojiza lana, de los cuales
todavía sus hembras actuales se acuerdan en el momento del parto, ya
que los pequeños elefantes nacen con una pelusa bermeja, que
desaparece a las pocas horas».

César González-Ruano

 El 18 de mayo de 1963, César González-Ruano le dedicó su artículo a un
pollito que se encajó en la cabeza del elefante del Retiro y que allí
vivió como un parlamentario hasta que se engalló, porque el pollo
creció persuadido de que el elefante era su escaño. «Tonta parábola
del elefante y el polluelo» terminaba así: «Un buen día, el polluelo
se le puso en la trompa y el elefante le vio con sus ojillos sagaces y
tiernos. No se le ocurrió espantarle ni mucho menos. Le dio cordial
albergue. Acaso se preguntó cómo habría ocurrido aquello. Se hizo su
amigo. Su protector bondadoso y divertido. Y el pollito suponemos que
fue creciendo y haciéndose a la idea de que el elefante era su criado.
Gustamos —en agridulce imaginación— suponer que una noche cualquiera,
al notar contrariadamente algún movimiento brusco del elefante, el
pollito le amenazó con irse y dejarle solo. Y que otra noche, de mal
humor, intentó picarle en los ojos. Y que otra mañana le llamó
desgraciado, inútil y estúpido, y le dijo que tenía una piel muy
ordinaria y que le estaba haciendo un favor por pura lástima no
marchándose a vivir encima de otro elefante. Y nos tememos que el
elefante le suplicó que no se fuera. Que ya no sabría vivir sin sentir
su chirriante pío-pío, su grato y tierno peso al que se había
acostumbrado».

Los proboscídeos literarios de ABC son inmortales.

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