lunes, 7 de mayo de 2012

Panero, casi el alma. Por Carlos Agazo en ABC (7-5-2012)

Desde muy jóvenes, casi desde niños, Leopoldo Panero y su hermano Juan se fueron forjando como poetas y como personas en la casona familiar de Astorga, levantada muy cerca del deslumbrante Palacio Episcopal, que su tío Leoncio había adquirido a su regreso de América. Leopoldo construyó su pequeño reino de sueños en las alturas, en el palomar, y Juan extendía su territorio literario por la planta baja del palacete. Como en una novela inglesa del XIX. Mientras que Juan, un año mayor que él, se sumergía con entusiasmo en la gran herencia clásica de la poesía castellana, escribiendo aquellos versos de inspiración encendida que después cuajarían en poemarios como Cantos del ofrecimiento (1936) y Presentimiento de la ausencia (1940), Leopoldo se convirtió enseguida en un joven poeta vanguardista, formado en Valladolid, San Sebastián, Madrid, Cambridge, Tours y Poitiers, atraído por los aires del surrealismo y del dadá, y colaborador de Neruda en su rompedora revista Caballo verde para la poesía.



Cuando murió su hermano, en 1937, Leopoldo tenía 28 años. La tremenda sacudida que sufrió su espíritu le llevó no sólo a escribir, para desahogarse, un libro como Adolescente en sombra (1938), que rompía de manera evidente con sus obras anteriores, sino a emprender además un camino del que ya no se separaría nunca. Como asegura el profesor Francisco Martínez García, autor de una Historia de la literatura leonesa (Everest, 1982), al morir Juan «el torbellino de su inspiración lírica, grave, leve, transparente, sombría, pasó a sacudir los arraigados versos, aún no nacidos, de Leopoldo. Y la herencia poética de Juan no se perdió… del todo».



Si su hermano no hubiera desaparecido prematuramente; si en lugar de casarse con Felicidad Blanc, «la muchacha más bella de Madrid», lo hubiera hecho, por ejemplo, con Joaquina Márquez, la protagonista de los encendidos poemas de Versos al Guadarrama (1945), y, sobre todo, si se hubiera resuelto de otra manera el episodio de su detención en los inicios de la guerra civil, acusado de recaudar fondos para el Socorro Rojo, tal vez Leopoldo Panero no se habría convertido en uno de los iconos literarios más reconocibles del franquismo, sino que habría engrosado la lista de los epígonos de la denominada Generación del 27.

«Cristiano viejo»



Como recordaba en un poema su hijo Juan Luis, al que le regaló la pluma estilográfica de Agustín de Foxá y, con ella, su vocación poética más profunda, Leopoldo Panero fue un «cristiano viejo», pero también un «poeta húmedo», una víctima de los «ataques violentos de su propio genio»; un falangista fuera de molde que tomaba café en el Londres de los años cuarenta con Luis Cernuda y con su primo Pablo Azcárate, director del Instituto Español en el exilio, la misma institución que él dirigía de manera oficial para el régimen de Franco.



La cercha, el corsé, la contención a la que voluntariamente sometió Leopoldo Panero a sus versos, impidieron quizás que su poesía creciera en libertad absoluta, pero a cambio le dieron una dimensión única: una carga de referencias literarias, de belleza y de sugerencia que desborda, con mucho, los pretendidos cánones estéticos del garcilasismo militante de su tiempo. Un corazón con freno que se separó definitivamente del 27 para acercarse mucho más a la manera de ser y de sentir del 98. En Panero, la belleza hímnica de un Shelley, de un Wordsworth o de un Fray Luis de León al cantar a la naturaleza y al paisaje («¡oh vida retirada en lo más dulce! / ¡oh límite en penumbra, casi alma!») se imbrica maravillosamente con el sueño de Dios de don Antonio Machado o con la mano de Dios extendida sobre los campos de Castilla de don Miguel de Unamuno. Esa misma transparencia de la que después daría testimonio Claudio Rodríguez.


(El poeta Leopoldo Panero)

Un nuevo humanismo



Leopoldo Panero fue capaz de comparar en sus poemas a Federico García Lorca y a José Martí con José Antonio Primo de Rivera, y de contestar (¡con tan poca fortuna!) al Canto general de Neruda con su propio Canto personal (1953), algo que, según él, sin duda habría hecho el mismísimo Miguel Hernández si hubiera seguido vivo… Pero también fue capaz de fundar, en plena España triste de posguerra, un «nuevo humanismo» que saludaron Luis Rosales y los poetas del 36; una visión personal del mundo y de la poesía donde al hablar de amor hablaba del paisaje encendido de Castilla, y al hablar del paisaje de Castilla hablaba de Dios, situándose muy cerca del misticismo vibrante y armonioso de San Juan de la Cruz, llama de amor viva. Desde la «penumbra» (una palabra que se repite en muchos de sus poemas) de su tiempo, sin duda Leopoldo Panero persiguió cada día con denuedo el fulgor de la luz. Y la encontró en la poesía. Corazón con freno, casi un alma, que merece una lectura puramente poética, lejos de los terribles prejuicios políticos con los que la poesía española lleva caminando sin duda demasiado tiempo.

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