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domingo, 8 de junio de 2014

El realismo mágico y sus paternidades (Manuel Alonso Trevicortov en dignidaddigital.com)

Reproducimos este interesante artículo de Manuel Alonso Trevicortov. Quizá hubiese que añadir Wenceslao Fernández  Flores (1885-1964) y su Bosque Animado (1943) entre otras obras)

Ha muerto Gabriel García Márquez, una figura mundial de las letras, especialmente de las hispanoamericanas. No puedo asegurar un número exacto pues no tengo datos rigurosos, pero calculo, por aproximación,  que he leído, al menos el noventa por ciento de sus novelas y cuentos. Y diré bien claro que todas me parecieron magníficas. Quede esto bien sentado. Pero no voy a hablar hoy de tan famoso y admirable personaje. Mucho se ha escrito estos días sobre él y sin duda, se seguirá escribiendo, tanto de su legado literario como de su posicionamiento político de socialista convencido y militante, muy cercano a Fidel Castro, aunque siempre afirmó que no era comunista, negociador entre las FARC y el gobierno colombiano, parece que siempre buscando entendimientos y concesiones...en fin, repito, no voy ahora analizar posturas o hechos. Dejemos eso para los especialistas en análisis políticos.


(Gabriel García Márquez)


Se ha afirmado, insistentemente, que García Márquez es el padre del "realismo mágico", esa forma de narrativa que mezcla con naturalidad lo cotidiano y real con lo irreal y fantástico o que muestra lo irreal como algo cotidiano. No me cabe ninguna duda de que esta forma narrativa fué manejada magistral y profusamente por este autor pero opino que me parece inexacto el afirmar que haya sido su creador o lo que es lo mismo, adjudicarle su paternidad. Muchos escritores, especialmente del otro lado del Atlántico han sido habituales cultivadores de dicho estilo de narrar:
Úlsar Pietri, María Luisa Bombal, Álvaro Mutis (¡Maqrol, el gaviero!), Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Vargas Llosa... También podría citar a Mújica Láinez pero de éste, solamente leí "El unicornio" y tengo que confesar que no entendí nada. Por lo tanto, no voy a presumir de conocer a fondo la obra de todos los citados pero sí lo suficiente para poder opinar con mis modestas nociones y. desde luego, sin pretender sentar cátedra. Simplemente, compartir.
He dejado sin citar en la lista expuesta a dos autores que, para mi modesta opinión sí serían acreedores a esa paternidad con la que andamos a vueltas. Tienen los dos las mismas iniciales: AC (y no se trata de ninguna cadena hotelera). Son Alejo Carpentier y, especialmente nuestro Álvaro Cunqueiro. Éstos, y todos los citados más arriba, son contemporáneos pero, precisamente estos dos últimos están entre los nacidos con anterioridad: 1904, Carpentier y 1911, Cunqueiro. Esto no quiere decir nada especial pero se supone que algunos de sus escritos tienen primacía en el tiempo. Tampoco quiero decir que hayan sido copiados o imitados. Solamente considero que son los primeros.
Para mí, la obra de Carpentier, suizo-francés-cubano fué un descubrimiento algo tardío y casual, al caer en mis manos "El siglo de las luces" que me dejó con los ojos y boca abiertos por el extraordinario modo de narrar de que hace gala, con toda la categoría de un clásico y por la exuberante riqueza de vocabulario, con unas descripciones de un tono mucho más que brillante. Un verdadero artista del lenguaje, que cultivó ese realismo mágico. Recordemos "Los pasos perdidos" y, sobre todo, sus cuentos cortos.
Por último, y ésta era o es la intención del escrito, quisiera centrarme un poco más en el escritor para mí de mayor y desbordante imaginación de todos los que conozco: Álvaro Cunqueiro, gallego, de Mondoñedo, extraordinario erudito, también periodista como muchos de los citados, poeta en dos idiomas cuya lectura supone ir de sorpresa en sorpresa, de admiración en admiración, pasar de la risa al llanto, en fin, verse sumergido en un mundo mágico, cómico, trágico, desconcertante, surrealista, un mundo de historias entremezcladas en el que podemos contemplar que...Después de la batalla de los cuatro reyes y una vez que San Gonzalo detiene una invasión de los normandos el año del cometa, Ulises viaja por Galicia, se encuentra con León Leonardo, viejo marinero que con sus ahorros ha fabricado su barco pero ya, impedido, no puede navegar por lo que lo pone en venta por una moneda de oro en una de cuyas caras lleve acuñada la figura de un navío y, al que pueda comprárselo, le regala la mar, esa mar que cruzará el viejo Simbad cuando vuelva a las islas y tal vez se encuentre con un hombre parecido a Orestes que no ha mucho tiempo, convivió unos días con Fanto Fantini de la Gherardesca cuando éste acababa de fugarse de la prisión donde estaba encerrado, convirtiéndose en un halo nebuloso que se deslizó por la rendija de la puerta sin ser visto...Don Hamlet de Dinamarca, Merlín y familia...Este es el maravilloso y sorprendente mundo de Álvaro Cunqueiro, Galicia y Bretaña, región ésta que nunca conoció pero que describe forma magistral.
Sus novelas, es cierto, no tienen la densidad ni extensión de las de García Márquez o Vargas Llosa pero son tan ricas en imaginación que su lectura constituye un gozo insuperable.


(Álvaro Cunqueiro)


Su descripción de la corte del rey Arturo en completa decadencia, con éste, viejo y enfermo en el lecho, en la que un vivaracho enano hace todas las funciones, desde guarda en la puerta del castillo hasta enfermero que cura las almorranas al monarca, así como la representación de la obra de Shakespeare "Romeo y Julieta" en un manicomio a cargo de un grupo de muertos-vivos que viajan con un Sochantre, vivo, constituyen el colmo de lo fantástico mezclado con lo real.
¿No es esto realismo mágico? Así es, así fue el estilo de Álvaro Cunqueiro, nuestro grandísimo autor de mágica pluma cuya figura está semiolvidada gracias a la cultísima izquierda resentida y a la derecha cobarde y vergonzante de nuestro país... porque nuestro hombre perteneció a la Falange y colaboró en publicaciones del "bando sublevado", ¡vaya demérito y vaya pecado! Pues así es, repito este gran gallego y español que redactó en vida su propio epitafio:

Eiqui xaz alguén, que coa súa obra, fixo que Galicia durase mil primaveras máis
(Aquí yace alguien, que, con su obra, hizo que Galicia durase mil primaveras más).

Es un deber recordarlo, reivindicar su figura y, sobre todo, leerlo una y mil veces. Aparte de disfrutar, sin ninguna duda, ayudaremos a que se cumpla su epitafio, merecedor de toda justicia.


Manuel Alonso Trevicortov

sábado, 8 de marzo de 2014

Leopoldo María Panero, punto y final

El escritor Antonio Rivero Taravillo nos recuerda a Leopoldo María Panero, recientemente fallecido.

Ha muerto Leopoldo María Panero. Ha sido una semana luctuosa para la poesía española dentro de un comienzo de año particularmente fúnebre en lo que hace a la escrita en nuestra lengua, pues se ha llevado, con guadaña afilada a cada poco, a Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Fernando Ortiz y Félix Grande. Ana María Moix, antigua amiga de correrías, moría pocos días antes que él, de forma que de repente el grupo incluido en la influyente antología de José María Castellet (también recientemente fallecido) Nueve novísimos poetas españoles ha tenido dos bajas (con la de Manuel Vázquez Montalbán, un tercio ya de aquella nómina).
         Pero además de a los novísimos, también pertenecía el recién desaparecido a otro grupo de poetas: el de su propia familia. Poeta fue su hermano Juan Luis (muerto hace pocos meses), y poetas su padre, Leopoldo, sobre el que luego volveré más detenidamente, y su tío Juan, fallecido en 1937 en accidente de carretera y que los lectores de Luis Rosales, amigo suyo, recordarán porque el granadino lo lleva a hombros de su memoria emocionada hasta los versículos de La casa encendida. A este Juan, cuyo único libro publicado en vida (Cantos del ofrecimiento) se lo editó Manuel Altolaguirre en sus ediciones Héroe en mayo de 1936, le dedicó su hermano Leopoldo, padre del difunto de hoy, el poema “Adolescente en sombras” en 1938.
         Pero pasemos a quien fue -antes de que los hijos empezaran a publicar, y prácticamente olvidado ya el malogrado Juan- “el poeta Panero”: Leopoldo, amigo de César Vallejo o Cernuda, con quien cruzó un mensaje Aleixandre para quedar e ir junto a Cernuda a la celebración de la llegada de la República en abril de 1931, ese instante de promesas, y que algunas simpatías izquierdistas tendría cuando fue acusado por los nacionales al estallar la guerra de recolectar dinero para Socorro Rojo. Es sabido que fue encarcelado y que solo la mediación de Unamuno y, en última instancia, Carmen Polo, pariente lejana de la familia, hizo posible que fuera puesto en libertad. Luego, como otros, al parecer se afilió a Falange; pero de ahí a poder afirmar que fuera falangista por convicción dista mucho.
         Cierto que, como Montes, Alfaro, Manuel Machado, Cunqueiro o Gerardo Diego participó en la famosa Corona de sonetos en homenaje a José Antonio Primo de Rivera. Y que desempeñó un puesto señalado en el Instituto de España en Londres, ciudad donde su primo Pablo de Azcárate dirigía el otro Instituto Español (el republicano). En Londres conoció a T. S. Eliot, cuya complicidad quiso granjearse con buenos caldos españoles pertenecientes a la bodega de la legación, y también allí retomó la amistad con Cernuda, lo que no impidió que reprochara a este con una furibunda salida de tono el haber escrito el poema “La familia”, donde no quedaba bien parada la institución. De ese contacto con el poeta sevillano, salvado el incidente, quedaron el imposible idilio que su esposa, Felicidad Blanc, creyó que hubo entre ella misma y Cernuda y alguna evocación, en verso o prosa, de su hijo mayor: Juan Luis.
         Al tercero en discordia, Michi, le cupo el dudoso honor de vivir como el que más la Movida madrileña y de irse puliendo la rica biblioteca paterna, que Andrés Trapiello (leonés también y una de las personas que más sabe sobre la familia) recuerda haber visto íntegra así como, penosamente, durante su proceso de desintegración. Lo cuenta en desoladoras estampas de su Salón de pasos perdidos.


Sitting Bull, quien inspiró uno de los mejores poemas
de Leopoldo María Panero

 Nos queda, pues, Leopoldo María (el que ya tampoco nos queda tras el colapso multiorgánico), el más alocado ya desde la imagen que nos ofreció de sí mismo en esa película terrible de Jaime Chávarri, El desencanto (1976), donde viuda y huérfanos parecían solicitar, “repaso” al padre mediante, una fe de vida para los tiempos nuevos democráticos, una suerte de limpieza de sangre  o sangrado aplicada la sanguijuela directamente al corazón: es decir, al padre.
         Los diarios e Internet abundan estos días en necrológicas de Leopoldo María Panero: todas resaltan su condición de fumador de grifa, de loco, de homosexual que hizo uso de chaperos miserables (no tenía el dinero de Jaime Gil de Biedma), de principal consumidor de Coca-Cola de toda España que seguro que ahora, ido él, entra en números rojos). De su poesía, sin embargo, se dice poco. Porque es poco lo que se lee. A grandes rasgos se puede afirmar que comenzó siendo un excelente poeta transgresor y que luego la escritura de versos y otras líneas se convirtió en una especie de terapia que tal vez sus editores debían de haber racionado más, seleccionándola. Así se fundó Carnaby Street está entre lo mejor suyo.
         Muchos lo vieron por última vez hace año y medio en Cosmopoética, donde dio una vez más el espectáculo que tantos sin piedad deseaban ver entrando y saliendo de la sala de la Filmoteca durante una proyección de esa obra cinematográfica por la que muchos lo conocieron; o interrumpiendo una vez y otra a los compañeros en una mesa redonda, pacientemente atendido por el catedrático y editor de su poesía Túa Blesa y por la amiga que esos días se ganó el cielo junto con la admiración –era además guapa– de los asistentes.
         Desvariaba. Antiguos amigos lo rehuían, como el poeta loco inglés John Clare se lamentaba en un poema que él vertió muy libremente pero desde la íntima identificación con el enajenado. Se reía con unas carcajadas como no las hay en el infierno. A mí, con ese acento entre cheli y algo batasuno (este último timbre se le pegaría como una enfermedad infecciosa en el manicomio de Mondragón) me preguntó en el restaurante en que parábamos a la hora de la cena si yo era policía. 
       Cada vez que muere alguien se ciñe un punto al final de su biografía como un botón negro que la cierra. Los sucesivos muertos en la familia van, paradójicamnete, señalando un camino de puntos suspensivos: el linaje continúa. Pero la muerte de Leopoldo María Panero, el último de los tres hermanos, el eslabón final, si oxidado y roto, de esa cadena, lo que señala es un solitario y ya jamás continuado punto y final.
Antonio Rivero Taravillo.

lunes, 3 de marzo de 2014

La Gastronomía con mayúsculas y sin cuentos

 Arte de resucitar 

Pla se presenta como inesperado profeta de
la 'slow food' en 'Lo que hemos comido', uno de los mejores libros
dedicados a la gastronomía en España.
Manuel Gregorio González | Actualizado 20.01.2014 - 12:52


zoom
Josep Pla i Casadevall (1897 - 1981), fotografiado por Català Roca.
Lo que hemos comido. Josep Pla. Trad. P. Gómez Carrizo. Austral. Barcelona, 2013. 352 páginas. 8,95 euros.

Una
de las grandes virtudes de Josep Pla, no muy común en España, es la
voluntad de precisión. Una precisión, por otra parte, trufada de
sencillez, de inteligencia, de un humor fino, no exento de socarronería,
que alcanza su ápice literario en la capacidad de adjetivar. Pla
adjetiva admirablemente. Y cuando uno lo lee, como en este excelente
vademécum de la cocina mediterránea, sabe que cada adjetivo lleva detrás
una meditación, y que en dicha meditación hay grandes porciones de
sabiduría, pudorosamente veladas. El gran Vázquez Montalbán, en el
prólogo que abre este volumen, dibuja a un Pla en la encrucijada
tecnocrática de los 60/70, cuando los congeladores hicieron su aparición
y las viejas formas de cocinar se vieron ensombrecidas por la urgencia
electrodoméstica. Ese Pla nostálgico, meditabundo, también se nos
presenta como un inesperado profeta de la slow food y las
virtudes de la cocina autóctona. ¿Qué pensaría Pla del éxito actual de
los programas de cocina y del prestigio alquímico de su paisano Adrià?
Como diría Cunqueiro, otro gran aficionado a la ciencia de las marmitas,
"nin se sabe". Sí cabe suponer, no obstante, que la exótica
proliferación de restaurantes de autor, y el triunfo de la cocina estética, quizá no fueran de su agrado.

España, que no tiene una gran literatura gastronómica, tiene sin embargo tres libros memorables dedicados a estos asuntos: La casa de Lúculo de Julio Camba, La cocina cristiana de Occidente de Álvaro Cunqueiro y este Lo que hemos comido,
que Pla escribe por insistencia -por la mucha insistencia, según
declara el autor- del historiador Vicens Vives. En la presente edición,
extractada por Vázquez Montalbán, se prescinden de reiteraciones y
piezas que han perdido actualidad. No obstante, el resultado es óptimo y
el aficionado a Pla, así como a la re coquinaria de Marco
Apicio, hallará en estas páginas motivos de satisfacción y asuntos para
el debate. Como recuerda Montalbán, el magisterio de Pla propició el
gran articulismo gastronómico de Nestor Luján, Joan Perucho y Xabier
Domingo. A esto cabría añadirle la obra del propio Vázquez Montalbán,
cuyo Carvalho, además de espía en excedencia y marxista descreído, es un
meritorio intelectual de los fogones; un intelectual epicúreo, que
divagaba en la alta noche de Vallvidrera sobre la conveniencia o no del
sofrito con cebolla para la consistencia y la perfección del arroz. Para
Pla, como para Montalbán, y por supuesto para Camba y Cunqueiro,
gallegos ambos, la cocina es una cuestión de precisión. Y más
cumplidamente, de perfección. Ahí se solventa no sólo el gozo del
paladar de quien se sienta a los manteles; se solventa, más allá de esta
fulguración momentánea, el rigor y la fidelidad a la vasta herencia
recibida. "La mesa -escribe Pla en las Formas de la pasta- es un
lugar de diálogo. Las conversaciones de mesa son la civilización misma,
la pura esencia de la manifestación personal". Bien es verdad que
mientras Camba atiende a una cocina cosmopolita, explicada con
rigurosidad y humor; mientras Cunqueiro trae al folio la gran cocina
europea, los cocineros de la Francia clásica, como Carême, historiados
con su erudición inagotable, lírica y fantasiosa; Pla se ciñe a su país
del Ampurdán, deteniéndose en la perfección del guisante, en el momento
exacto de la sardina, en la escudella y carn d'olla, en la
consistencia del sofrito, en la carne de caza, en asuntos sencillos y
cruciales, en definitiva, no sin comparar los logros autóctonos con
otras cocinas que él frecuentó en su juventud viajera.

Quiere
esto decir que la cocina, en Pla, en un oficio conservador. Y ello por
lo que decíamos al principio. Cuando Pla escribe estas páginas,
instigado por Jaume Vicens Vives, la cocina industrial, y el auge del
electrodoméstico, han facilitado un cambio drástico en los procesos
culinarios. Dichos cambios están íntimamente relacionados con el tiempo:
el tiempo de elaboración, más breve y menos eficaz, y el tiempo de la
sazón de los productos, la rueda de las estaciones, que los congeladores
ignoran. Dice Pla en la Cocina de primavera: guisantes y habas,
que "la cocina es el arte de resucitar los cadáveres, no el de
rematarlos". Y este juicio es el que, sumariamente, le aplica a los
modernos adelantos de la industria alimentaria. Sin el respeto a los
tiempos, a las calidades, al carácter propio de cada producto, la cocina
le parece, sobre monocorde, fatigosa e insulsa. Sin embargo, la cocina
debe ser una fiesta; una fiesta lenta, ceremoniosa y frugal.

Una fiesta en la que se olvide, por un momento, que "la única cosa real, en esta
vida, es la soledad total".


Arte de resucitar

lunes, 10 de febrero de 2014

Vuelven los falangistas

José Carlos Mainer reescribe "Falange y literatura"

 Por Peio H. Riaño

El servicio de propaganda de Stalin tuvo a sus ingenieros del alma como Máximo Gorki para que contaran la canalización del país; España también tuvo cantarines del dogma que crearon una imagen del pasado a su medida, entre 1920 y 1956. La lista de autores que destacaron la frustración de las ambiciones colonialistas nacionales y el desarrollo del antisemitismo es larga y áspera. Ahí están Álvaro Cunqueiro, Agustín de Foxá, Ernesto Giménez Caballero, Eugenio d’Ors, Dionisio Ridruejo, Gonzalo Torrente Ballester, Rafael Sánchez Mazas o Víctor de la Serna, de un total de 25 escritores que dedicaron su creación al fascismo de entretenimiento: “Frente al homo oeconomicus del marxismo, nosotros afirmamos que el hombre vive de todo menos de pan… A las masas, como a las mujeres, hay que ofrecerles fiestas, guerras, pasiones, botines, torbellinos, indecibles embriagueces”, escribió Giménez Caballero en Los secretos de la Falange.

Son los elegidos por José-Carlos Mainer, catedrático emérito de la Universidad de Zaragoza e historiador de la literatura, que en 1971, con valentía, publicó Falange y literatura y ahora, más de 40 años después, reescribe por encargo de la editorial RBA. La nueva redacción ha hecho de la idea original un nuevo libro, mucho más extenso, “más maduro y matizado”, porque no ha dejado ni una línea sin ampliar.
Cuatro décadas más tarde Mainer se reconoce como otra persona, aunque siga pensando lo mismo y señalando a los mismos. Reconoce que era difícil que el libro perdiera su “impertinencia autosuficiente”, pero ha tratado de corregir “la mezcla indigesta de la benevolencia con respecto al falangismo, en nombre de la buena fe de algunos falangistas y de un análisis demasiado convencional de los intereses de los otros vencedores de la Guerra Civil”.
 

Matizando la historia

El libro de 1971, además de corregir la disculpa a los falangistas, ha rebajado los términos que usaba en materia virulenta. “No pienso de manera distinta de la de entonces, pero cada línea ha dado para tres o cuatro nuevas líneas más. He modificado adjetivos, valoraciones, y han crecido las conjunciones adversativas “sin embargo” y “pero”. Es posible que antes el libro fuera impertinente y serio, yo ahora soy más sardónico”, reconoce el autor en un encuentro con periodistas.

En el caso español, el fascismo cultural tuvo una línea política identificable aunque de escasa consistencia y discutible unidad. “Logró ambas a favor de la guerra civil y de la incorporación del fascismo como un referente simbólico fundamental de la dictadura de Franco y compartió con el integrismo católico una cómoda hegemonía hasta 1945”. Sin embargo, con la caída del Eje, explica el autor que sólo perduró como “culto subalterno y como una nutrida nómina de beneficiarios de la frondosa administración del Estado, de las mutualidades y de los sindicatos verticales, todo aquello que adoptó pronto el vago nombre de Movimiento Nacional”.

La segunda oportunidad, en democracia ya,  de Falange y literatura, descubre un libro de análisis literario, de historia de las ideas y, por qué no, de examen psicológico. Con hallazgos que con los años, y la desaparición de las obras referidas, se toca el cielo de la vergüenza ajena, como en el caso de Felipe Ximénez de Sandoval (1903-1978), que es autor de Camisa azul (1940), novela de la que extractamos este cantar: “Joaquín, el enlace del capitán, el de la barba rizada y blonda que envidio Víctor, se acerca a la chabola. Su cantar es siempre el mismo, y de día y de noche lo lleva y lo trae en sus labios. Indudablemente es el aire que respira: Con la camisa azul y postinera,/ con el yugo y las flechas por blasón,/ en el cinto una repleta cartuchera,/ sobre el hombro un flamante mosquetón”.

Reescribir el pasado

A Mainer no le gusta emplear la expresión memoria histórica, pero reconoce que esta antología puede contribuir a ella porque es un libro de historia. “Aceptaré en este sentido que es un libro de memoria histórica”. Como historiador sabe que conquistar el poder político no es dominar el presente de un pueblo, también es conquistar su pasado. “El fascismo quiso siempre venir de muy atrás, de las profundidades del espíritu de las naciones donde se hallaban los yacimientos de su autenticidad. Su nacionalismo tuvo siempre una naturaleza fundamentalista e imperativa”, escribe sobre la apropiación del pasado para construir un nuevo porvenir.

Nadie se llevó a engaños en 1971 y nadie lo hará en 2013: el libro es un análisis del falangismo hecho desde la izquierda para desvelar que aquellos escritores no eran de segundo orden. Mainer rescata de todos ellos el gusto literario de Dionisio Ridruejo y de Sánchez Mazas. El miembro fundador de la falange e inventor del “¡Arriba España!”, y padre de Chicho y Rafael Sánchez Ferlosio, escribió la novela póstuma Rosa Krüger, de la que Mainer recuerda que es un libro que “nos fascinó a todos”, pero no cabe duda de que “es un libro absolutamente fascista”.

De Ernesto Jiménez Caballero no tiene más que una muy mala opinión. Dice de él que siempre tendió al desvarío y que fue el inventor del fascismo español. Tampoco acepta el historiador de la literatura a aquellos escritores que han tratado de borrar sus propias huellas, dice. “No acepto que Gonzalo Torrente Ballester tratara de hacer ver que Javier Mariño no es una novela fascista. ¡Si no hay una novela fascista en la historia de la literatura española más que La fiel infantería y Javier Mariño!”.
 

Mainer afirma que los perdedores de la guerra ganaron la batalla de la cultura. “La cultura que se presenta como franquista careció de respetabilidad. Tuvieron estos escritores un estigma posterior al franquismo propio de quienes cometieron errores vitales y, a pesar de lo cual, tuvieron a mediados de los setenta un cierto renacer. Cela no es un escritor falangista, pero es un escritor del régimen, no nos engañemos”.

¿Sobre qué escribiría hoy un autor de 25 años que quisiera revisar la escena literaria? El hsitoriador piensa, asegura que él ya no tiene edad pero esboza una sugerente idea: “Una mirada sobre los años setenta y ochenta de la Transición. A lo mejor escribiría sobre ello, porque es la distancia cronológica que a mí me separaba cuando escribí el libro del falangismo”.


Publicado en:

 http://www.elconfidencial.com/cultura/2013-10-09/vuelven-los-falangistas_39292/

jueves, 10 de mayo de 2012

Álvaro Cunqueiro y la familia de Merlín (Juan Ángel Juristo en www.cuartopoder.es)

Alvaro Cunqueiro y la familia de Merlín
JUAN ÁNGEL JURISTO | 28 de abril de 2012

En la presentación de la recopilación de artículos y cuentos de Alvaro Cunqueiro, 'De Santos y Milagros', se dieron cita (de izda. a dcha.) el poeta Pere Gimferrer, el profesor Xosé Antonio López Silva (autor del hallazgo de los inéditos), el presidente de la Xunta, Núñez Feijóo; el escritor y exministro de Cultura, César Antonio Molina, y Borja Baselga, presidente de la Fundación Banco de Santander. / Efe
Comenzaré por una confesión: considero, consideré siempre, a Álvaro Cunqueiro como uno de los escritores españoles más importantes del siglo XX. Esa calificación me ha llevado, con los años, a valorar de una manera más discreta y comprensiva las razones que me llevaron, desde mi juventud, a la fascinación por su obra y figura. Resulta que somos hijos espurios de nuestros prejuicios y nuestra astucia, y desde luego, ¿cómo no gustar de una literatura que se mostraba en el lado opuesto de lo que mi generación rechazó con pasión; el realismo chato y decimonónico que se llevaba antes de la explosión del boom latinoamericano, complementado por el socialrrealismo más plano aún si cabe de la oposición franquista? De ahí que gentes como Cunqueiro o Joan Perucho, o Juan Eduardo Cirlot, o Pere Calders, o Josep Plá, de tan distinto pelaje y condición, algunos de ellos encantadores gentes de derechas, cuando no abiertamente reaccionarios,  poseyeran una cualidad común, la de estar representando una excelencia en lo literario que chocaba frontalmente con el ambiente opresivo que se respiraba en los cenáculos literarios, ignorantes de lo mejor que se estaba realizando en Europa y los Estados Unidos. Fueron nuestro respiradero y, ya digo, Álvaro Cunqueiro estaba entre ellos, en lugar destacado, claro. Por si fuera poco, y como parte intrínseca de su personalidad, como si fuera un personaje de sus narraciones, artículos o novelas, la leyenda que le acompañó de los avatares de su vida, de cómo se apropió del coche de Ramón Serrano Súñer pocas horas antes de que éste lo necesitara debido a la presencia de un alto jerarca nazi en Madrid, o la invención del Premio Mark Twain que se sacó del magín para sablear un traje, acrecentada por mil anécdotas menos fabulosas y comprobadas por los biógrafos, como la retirada de su condición de periodista que sufrió por haber querido estafar a la Embajada de Francia cobrando unos encargos que nunca llegó a realizar. Todo esto le hizo un personaje único en su momento. Lo que no sabíamos entonces es que lo sería también en un futuro, una vez salido del purgatorio en que una generación posterior lo metió debido a su militancia falangista.


Cubierta de la obra de Álvaro Cunqueiro.

La Fundación Banco Santander acaba de editar un libro delicioso de Álvaro Cunqueiro. Se le ha puesto el atinado título de De Santos y Milagros y consta de 138 artículos y 7 cuentos inéditos en torno a gentes que fueron proclives a la santidad y a la vida milagrosa. Hay títulos que lo dicen todo. Los artículos provienen de diarios y publicaciones como Faro de Vigo, La Vanguardia, ABC, La Voz de España, Aire Azul, Misión y Catolicismo. De esta última publicación son los siete cuentos inéditos, que se les habían escapado hasta ahora a los especialistas y que se han revelado de una importancia capital para entender la posterior evolución en la obra de Cunqueiro, cuando dio entidad a gentes como Fanto Fantini, siete cuentos que fueron escritos después de 1944, una vez le retiraron el carnet de prensa y que publicó bajo el pseudónimo de Álvaro Labrada, siete cuentos de una imaginación espectacular, comparables a los que escribió posteriormente, donde se mezclan los ambientes exóticos, totalmente inventados y que tan bien se le daban, unos ambientes que tanto daban si eran hindúes o chinos pues incidían en algo del que él fue un maestro: revivir el imaginario colectivo de un pueblo. En esto actuó como Merlín, o Simbad, o Ulises, tres personajes de la Antigüedad real o inventada, que fueron maestros de la fábula y la imaginación exaltada. Siete cuentos, en fin, descubiertos por el profesor y filólogo Xosé Antonio López Silva, que es el encargado, además, de la edición de este libro y autor de un estudio preliminar bastante clarificador. Por su parte, César Antonio Molina, que conoció a Cunqueiro y lo ha estudiado y editado con cierta profundidad, es el responsable del prólogo, donde se contextualiza estos escritos dentro del panorama general de la obra de Cunqueiro. De esta manera, lo que en principio podría tomarse como una publicación hagiográfica de santos, santas, sobre todo santas,  y sus milagros, se inscribe dentro de una galería de retratos de raigambre mágica, mistérica, vale decir, de la familia de Merlín, una manera de burlar, esta vez de forma elegante, la férrea ortodoxia de la Iglesia. Y en esto de burlar ortodoxias Cunqueiro siempre fue un mago. Aquí se da cumplida muestra de ello.
Pere Gimferrer, que presentó el libro en la Biblioteca Nacional, con asistencia del Presidente de la Xunta, Alberto Nuñez Feijoo, incidió en la condición profundamente solitaria de este escritor,  “que no tuvo antecedentes ni consecuentes” e hizo un juego de palabras muy bello que explica, además, la particular fascinación que despierta el personaje: “Cunqueiro no hizo realismo mágico sino magia de las palabras”.  Y hasta tal punto es así, fue así, que leyendo estas páginas de santos uno comienza a sentir la invasión de cierta calidez de claro origen gozoso. La verdad es que la vida de los santos, cuando está bien escrita, pertenece a la galería de retratos literarios de clara excelencia. La prueba está en las hagiografías del padre Rivadeneyra, que en nuestra tradición representa lo más acendrado de la misma. Pocas veces he leído retratos literarios tan mórbidos como los que nos presenta Rivedeneyra, algunos que para sí hubiera querido el Marqués de Sade, y la verdad es que los escritos por Cunqueiro son más finos, están rellenos de una madeja más imaginativa que los del jesuita, también más amable. Al fin y al cabo el escritor gallego siempre pensó que los santos eran magos, condición inexcusable de la inteligencia de la imaginación, y de ahí que lo mórbido tuviera su lugar justo, pero no más, y desde luego no lo más importante. Molina recalca la identidad de Cunqueiro con la del poeta irlandés y Premio Nobel  Edward Butler Yeats y la recalca en lo que tiene de identificación con el inconsciente popular. En cierto sentido es verdad y estás páginas pertenecen tanto al imaginario católico, como a la invención del propio autor, pero también a la de su pueblo gallego. Esto habría que recalcarlo al querer dar cuenta de este libro. A mí, de todas maneras, me interesa destacar algo que creo tiene mucha mayor importancia: la de la calidad literaria de estos artículos, tan intensa como la de sus novelas o sus crónicas. Cunqueiro fue de los pocos que dignificaron el oficio elevándolo a la categoría de literatura fantástica: una de las pruebas es este libro. Aunque hable de santos y milagros, o quizá por ello.

viernes, 17 de febrero de 2012

Cunqueiro, no niño novo do vento, por Javier Compás.

Lar Gallego (Puerta Osario)

Cunqueiro, no niño novo do vento


Javier Compás Actualizado 17/02/2012 14:53

Quince comensales disfrutaron de los sabores y de la cultura gallega.

Las meigas o quizás el mismísimo Merlín, hechizaron la noche donde la palabra su unió al ribeiro y al ‘lacón con grelos', el de Mondoñedo andaba por allí.

La mesa justa para quince comensales conjurados a pasar una grata velada de gastronomía y literatura. La cita la organizó la Asociación Cultural Ademán, empeñada en mover el cotarro literario sevillano a base de actos cultos y de encuentros abiertos, ya sea para hablar de cómo Miguel Hernández paseó por los jardines del Alcázar con Romero Murube, para emocionar con las palabras de Luis Cernuda y Lorca -tan amigos-, o para, a la intemperie, bajo los luceros del grato otoño hispalense, hablar del cachondo de Foxá.
La biblioteca del Lar Gallego (Gonzalo Bilbao, 20) fue el marco idóneo. Álvaro Cunqueiro, periodista, poeta, novelista, dramaturgo y gastrónomo, de imaginación derramada, el que dijo, por boca de su joven Ulises: "Amarras a dos troncos de encina clavados en el lodo de la ribera, desembarcas y sigues al jinete. Te espera el rey, el rey Argantonio. Está sentado bajo un olivo, por todo vestido un pañuelo blanco tapándole el ombligo"; estás en Tartesos, allí te inventa Cunqueiro, y en Itaca y en Bretaña, mientras aspira el aroma de unas manzanas rojas de Mondoñedo.
Y escuchamos, con un deje de emoción en la voz, relatar al poeta Antonio Rivero el cuento de Tristán, y contar a Aquilino Duque como nunca comió en casa de Cunqueiro, que le invitó dos veces, y llegan las palabras del escritor Fernando Iwasaki virtualmente, y suena que Cunqueiro es el Borges español.
Allí estaban también los gastrónomos, nuestros colaboradores en Tapas y Viajes, Enrique Becerra y Fernando Huidobro, y el escritor y genealogista Fernando de Artacho, que nos podría contar los ancestros del apellido cunqueriano.
Y la prensa, que para eso fue el homenajeado director del Faro de Vigo, Correal, León. En fin, gente libre, gente con ganas de buena charla, buena compañía, buen vino y buena comida, y vaya si hubo de todo eso y más.
Magnífica empanada gallega, de suave hojaldre y jugoso interior, y buen pulpo a feira, blando, bien aliñado. Pero ¿y los berberechos? ¿y los mejillones?, como venía el sabor a mar en esas conchas, como se metían las rías bajas por la boca.
El plato fuerte el lacón con grelos y, de postre, la tarta del Apóstol, el patrón de España, la tarta de Santiago, para rematar un menú gallego que hizo honor a su paisano escritor.
Para acompañar el trasiego de viandas vinos de Ribeiro, de la misma bodega que el mismo Cunqueiro publicitó en los setenta, un blanco de Treixadura, Loureiro y Albariño de altura, Viña Costeira, fresco, untuoso, glorioso con las letras y con los platos. Y también un, inusual por estos pagos, tinto de Ribeiro, un vino de la tierra, medieval y tosco, pero, que diablos, adecuado para la magia celta del momento, Alén da Historia se llama el vino de tintas como la Caiño Tinto, Brancellao, Mencía y otras autóctonas de la zona.
Mientras el aguardiente de la queimada ardía, las notas de la gaita llenaron el ambiente con sones evocadores, por allí pasó, como la Santa Compaña, el espíritu de Néstor Luján, orondo y azul, que le prologó Las Crónicas del sochantre y seleccionó sus artículos para Fábulas y leyendas de la mar.

miércoles, 15 de febrero de 2012

ACTO LITERARIO GASTRONÓMICO EN HOMENAJE AL ESCRITOR ALVARO CUNQUEIRO

Francisco Correal
Diaro de Sevilla


El fervor que existe en Sevilla por Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, 1911-Vigo, 1981) es uno de esos misterios que verifica la existencia de las meigas. La semana pasada un grupo de incondicionales -lectores y gastrónomos: el lucense es autor de La cocina cristiana de Occidente- se reunieron en el Lar Gallego de Gonzalo Bilbao para recordarlo y leerlo.
Aquilino Duque tenía que elegir: o el homenaje a Cunqueiro, que en dos ocasiones, sin que llegara a fructificar la ofrenda, lo invitó a comer a sus lares, o la presentación de la biografía poética de José Manuel Caballero Bonald, el libro Entreguerras en cuyo bautismo literario participó el poeta y editor Jacobo Cortines.
Los amistosos novillos de Duque a tan cualificados amigos tenía una coherencia literaria: Caballero Bonald y Cortines formaban parte del jurado que en 2007 le dio a Manuel Gregorio González el premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías por la obra Don Álvaro Cunqueiro juglar sombrío. El autor la escribió sin haber puesto los pies en Galicia igual que el sujeto de la biografía ambientó en Bretaña Las crónicas del sochantre (premio de la Crítica en 1959) sin haber pisado esa región francesa en la que Benito Moreno, juglar de El Larguero, estuvo varios años de lector de español.
El salón del Lar Gallego lo presidían retratos de seis presidentes autonómicos: los de la Xunta Fernández Albor, Fraga Iribarne, Pérez Touriño y Núñez Feijóo y los de la Junta Manuel Chaves y José Antonio Griñán. Galería de armonía y concordia en estos tiempos en los que el Madrid no quiere que el Barça juegue la final de la Copa del Rey en el Bernabéu o que los Sánchez Vicario se tiran los trastos y las raquetas a la cabeza.
La mesa la presidió Javier Compás, presidente del grupo literario Ademán, que leyó un texto enviado por teléfono móvil de Fernando Iwasaki. Si alguien sugiere en una cena bien regada con ribeiros de Ribadavia que va a proceder a la lectura de un relato, lo más normal es que produzca la hilaridad o el estupor de los comensales. Salvo que el relato sea Tristán García, una versión de Tristán e Isolda que leyó Antonio Rivero Taravillo del libro Las Historias Gallegas, recopilación de relatos que Álvaro Cunqueiro escribió para ser leídos en la radio.
El título de ese libro es el mismo del montaje que se presentó en el teatro Central. Unas historias gallegas con textos seleccionados por Manuel Gregorio González e interpretados por Fernando Mansilla. Una propuesta de La Suite. Cunqueiro nació un 28-F del año del 23-F. El fervor sevillano por su obra supera a autores gallegos más mediáticos: a Valle-Inclán, amigo de Juan Belmonte, padre literario de Max Extrella, personaje inspirado en el poeta sevillano Alejandro Sawa; a Camilo José Cela, Nobel de Literatura en 1989, pregonero del Verdeo en Arahal, de la feria del Libro de Castilleja; o a Gonzalo Torrente Ballester, inmortalizado por la cámara de Juantxu Rodríguez en esa foto de intercambio de bastones con Jorge Luis Borges en la terraza del hotel Doña María.
Cunqueiro se agiganta entre minorías. Néstor Luján escribió que Las crónicas del sochantre fue premiado pese a ser el libro menos vendido de los aspirantes al galardón. Un gaitero le puso colofón al enjundioso cenáculo.

sábado, 11 de febrero de 2012

HOMENAJE PARA ALVARO CUNQUEIRO

Mágica fue la velada promovida por la Asociación Cultural ADEMÁN como homenaje a Alvaro Cunqueiro en en centenario de su nacimiento.
El magnífico texto leído por Aquilino Duque "ENTRE LA OLLA DEL CALDO Y LA SANTA COMPAÑA", puede disfrutarse en su blog http://vinamarina.blogspot.com/
No menos magnificiente fue la intervención de Antonio Rivero.


A las intervenciones literarias de los presentes, se unieron otras como el memorable texto que remitió Francisco Díaz desde Asturias.

"Aunque no podré estar en tan grata ocasión, no quiero dejar pasar la ocasión de participar de algún modo de ese privilegio. Mando dos letras de las que dispones libremente por si procede una tandilla de lecturas a modo de aperitivo de la selecta tertulia que  tendrás.

               Conozco la obra de Cunqueiro a medias, pero de un modo más cercano quizá que alguno de los presentes. Alcanzando por casualidad a conocidos comunes. No me resulta lejano, por ejemplo, el debate entre José María Castroviejo, Evaristo Casariego (un enorme carlista asturiano con el que me han sacado alguna vez inmericido parecido) y Cunqueiro sobre el lugar del mundo donde mejor se comía. La manzana de tan suculenta discordia quizá sólo podría entregarla hoy el cronista Gracía-Noriega.
Cierto que esos debates no se entienden del todo si el postre no es una tarta de Mondoñedo, inspirada según "O rei das tartas", a medias entre el rosetón de su catedral, y el trasero de su señora. Perderse esas ocasiones es como no haber estado en un pub de Oxford con Lewis, Tolkien y Chesterton; una pena reparable en parte leyendo con los ojos cerrados, en parte soñando con los ojos abiertos.
Su obra literaria es más ejemplar que su persona, un tanto valleinclanesca y poco sometida a las convenciones sociales y a las obligaciones civiles. Estafar al embajador de Francia por propaganda no publicada, no era delito en él, si no venganza por alguna querella del tiempo de los templarios. Igual que escaparse con un coche oficial a por mujeres y empanada no son cosas que entendiera Juan Aparicio. Quizá G-C sí.
Viví un par de años en Galicia, región que visito a menudo, anualmente a costa de la Armada, y me he perdido muchos domingos en las fragas encantadas de Mondoñedo y otro lares, buscando torreones desfondados y mosteiros en los que el cucho de las cabras estaba coronado por arquerías gotícas milagrosamente intactas. Entonces uno comprende que puede aparecer Merlín por el lado norte en el que el carballo tiene musgo, o ver en un gallo colorido la reencarnación de un caballero portugués un tanto rijoso. He podido escuchar en a ponte do pasatempo la voz del Mariscal Pardo de Cela luego de que le decapitaran. Estoy seguro de que queda algún tesoro en la cova do Rei Cintolo.
Las mujeres gallegas tienen en su tono de voz una capacidad de seducción diferente a las rudas castellanas. La explicación no es idiomática. D. Álvaro la sabría; es la ascendencia de una sirena que vino a la costa de Galicia embarazada de Roldán, aunque se acuerden sólo los escudos de los Mauriño.
Yo correspondí a tan mágica y hermosa ciudad, con un esconxuro decepcionante, aunque para alivio del entonces obispo Gea-Escolano. Al parecer los visitantes veían el fantasma de otro obispo por el museo de la catedral. Cual si fuera un híbrido de Holmes y Dragó, me permití preguntar e ir donde se veía. Al parecer, en un espejo. De modo que dictaminé canónicamente, que fantasmas, vampiros y similares no gustan de los espejos, mientras que los reflejos de luces sí. Una pena de la que estoy arrepentido.

Por cierto, un librero chiflado de Mondoñedo, hombre con cierta cultura, partidario de los derechos al trono de Aragón o de España de un Trastamara del s. XX, me explicó cunqueirianamente que Colón era en realidad Pedro Madruga, reconvertido para ocultar sus piraterías. Luego de reparar en las anclas de los Sotomayor, en las parroquias de Pontevedra y en los nombres con que bautizaba el marino, que sabía mejor el gallego que el italiano, me lo creo todo. Pero sin non e vero, e ben trovato.
 El Concello de Lugo me dió un 2º premio, no es gran cosa, dado que el 1º ¡quedó desierto!, cunqueirano por un cuento titulado "non hay bruxas en Lugo" con una figurita de Cunqueiro de Sargadelos. Tanto quien me dió el bonito obsequio como un hijo del escritor, no sé si era notario o del BNGá, y tampoco sé qué será peor, estaban convencido de que era un avanzado del nacionalismo regional. Hasta tal punto que me dió pena decirles que en el pasillo de Grado, durante el sitio de Oviedo, el alférez provisional Cunqueiro tenía según todos los testigos "las botas más brillantes de la Falange". No hizo mucha guerra, le protegían Jesús Suevos y un saquito que tenía junto al escapulario, que disculpaba diciendo "cousas de las meigas de Avadín".

  Pues eso, que las meigas de Avadín os protejan, y que siente bien la cena, que es junto con un chupito de aguardiente al acabar, mejor homenaje que un soneto, en sentido cunqueiriano".

lunes, 9 de enero de 2012

Alvaro Cunqueiro en El País.

Mil Cunqueiros más

                           
MANUEL RIVAS 07/01/2012   

El centenario del nacimiento de Álvaro Cunqueiro y el 30º aniversario de su muerte, celebrados recientemente, arrojan nueva luz sobre el autor gallego. Manuel Rivas recorre los escenarios y la vigencia de la obra de un escritor y periodista inagotable"Me identifico con los personajes, están al mismo nivel que yo ... Creo en la existencia real de todos los personajes literarios", dijo en 1981
Soy un soñador. La mitad del ser humano es sueño. O más. El hombre se muere, lo matan, cuando deja de soñar". Quien habla es Álvaro Cunqueiro, en la tarde del 5 de enero de 1981. Es víspera de Reyes y cuenta que esa mañana ha escrito un artículo en el que recordaba cómo un lejano pariente campesino amasó para él, como regalo, unos panes en forma de pájaro, raposo y caballo, y luego le narró una historia en la que los animales hablaban. El raposo, por ejemplo, mostraba interés por tener un sombrero. La memoria sigue trayendo pan. La voz se le alegra cuando informa de que, a veces, le llega una hogaza desde Mondoñedo, el aroma llena la casa de Vigo, y que esa es su magdalena de Proust. El interlocutor le pide que explique el concepto de la memoria deformante y él responde con serenidad, sin quebrarse: "Tengo un sentimiento de contemporaneidad a todo. La sensación de que todo está vivo, en cierto modo presente, y que muchas de las cosas que están enterradas no están muertas".

Con los libros que soñó escribir se podría levantar esa biblioteca extraordinaria que completaría la que es realidad con los libros que sí escribió
"Lo que sufrió y sufre a veces la obra de mi padre es lo que podríamos llamar el estándar reductor del lecho de Procusto", dice César Cunqueiro
"Me identifico con los personajes, están al mismo nivel que yo... Creo en la existencia real de todos los personajes literarios", dijo en 1981
Hay un momento en que en la entrevista irrumpe la voz de Eligio, el tabernero que forma parte ya en la mitología del vino de ribeiro y de la ciudad de Vigo. Y lo hace para una elegía improvisada: "Este hombre tiene un mundo metido en la cabeza. Si usted le pregunta algo, él responde con algo que refleja algo que usted tenía la necesidad de saber. En fin, ¡sigue así, Cunqueiriño!".
-Ya queda poco... ¿Qué traías?
-Hice una perdiz guisada para ti, pero no sé si puedes tomarla.
-Mira, tengo un papel del médico que dice: volátiles todas.
Álvaro Cunqueiro, de cuyo nacimiento se cumple un siglo, tenía razón. Quedaba poco. Falleció el 28 de febrero de 1981. Dejaba un legado de pan universal. Había escrito, entre otras muchas obras, Merlín e familia, publicada en 1954, y epifanía del realismo maravilloso. Fue premio de la Crítica española por otras dos obras originalmente publicadas en lengua gallega: As crónicas de Sochantre (1959) y Os outros feirantes (1979). Muy vinculado al grupo de la revista catalana Destino, recibió el Premio Godó de periodismo en 1966. Y en 1969 ganó el Premio Nadal con la obra Un hombre que se parecía a Orestes. Uno de los galardones de los que estaba más orgulloso fue el misterioso (tal vez inexistente) Premio Mark Twain. Durante unos días estuvo ilocalizable con la disculpa de tener que recogerlo en la Universidad de Chicago. No fue premio Nobel, pero le emocionó mucho recibir un paraguas de once varillas con que le homenajearon asociaciones culturales gallegas.
Cuando habla de "memoria deformante", a propósito de los lindes entre ficción y realidad, cuenta otra confidencia, un secreto guardado desde la niñez. En El año del cometa con la batalla de los cuatro reyes (1974), una pareja de enamorados, Paulus y María, huyen volando por el aire. "Yo estaba enamorado de una muchacha de Mondoñedo. El padre no me podía ver, no yo a él. Un día me rompió un aro que yo había hecho con el cerco de una barrica. Era un hombre avaro, malo, que además me rompió un aro, pero a mí me gustaba mucho su hija y pensaba salir por el aire con ella en brazos. Era un sueño repetido, que me quedó ahí".
En la conversación que mantiene con un joven profesor y músico, César Carlos Morán, le cuenta que su imaginación todavía está activa, en vilo caligráfico, y que trabaja en el libro de La taberna de Galiana, un lugar inexistente donde todo el mundo ha estado, y que tiene cuadernos enteros con notas para una obra deseada sobre el bíblico David, un deseo germinado en la infancia, cuando en Mondoñedo lo cubrían en la cama con una manta palentina que llevaba tejido ese nombre, David. Y con voz melancólica recita uno de sus poemas, aquel en el que Paltiel interpela a Jehová porque aparece en el Antiguo Testamento "llorando todo el camino hasta llegar Bajurín" detrás de Mical, la mujer por la que rivaliza con David.
No existió La taberna de Galiana, más que como fragmento, ni tampoco la historia inspirada en David. Ni otras obras anunciadas, en gallego o castellano, de "salida inminente", como A casa, As vacacións de Sisifo o Ceniza en la manga de un viejo. Pero parecen formar ya parte de una biblioteca sumergida, que podría tener como sede la taberna "submarina" de Galiana, de la que tanto escribió sin haberla escrito. Esos textos imaginados forman parte de su obra, enmarcada por Darío Villanueva en el realismo maravilloso: "Cunqueiro es maestro en presentar los mirabilia como naturalia". O a la manera de Pere Gimferrer: "Lo suyo no es realismo mágico sino magia de las palabras".
En Merlín y familia -incluida, como el resto de sus Obras literarias, en dos volúmenes editados por la Fundación José Antonio Castro- se cuenta que el viejo mago es poseedor de "un camino de quita y pon", un camino que trajo de Bretaña enrollado en un canuto de hierro. Cunqueiro tenía, para escribir, un camino así. En su imaginación germinaban textos que escribió en el aire, pero también escribió muchas creaciones que regaló a escritores inventados. Por ejemplo, poemas magistrales. "Hoy sería imposible, en un periódico, hacer lo que él hizo", apunta César Antonio Molina, antólogo y profundador, que diría Cunqueiro. "Publicar artículos que eran pura literatura e incluir poemas en páginas de una edición diaria". Desde 1964 hasta poco antes de morir, realizó traducciones al gallego de poetas de todo el orbe. La descripción de esta tarea en forma de auténtica aventura se cuenta en Álvaro Cunqueiro, traductor, de Xesús González Gómez, que lo define como "el traductor de mil poetas". El primero fue Bonjour tristesse
..., de Paul Éluard, lo que le sirvió para ironizar sobre la novela, con ese título, de Françoise Sagan. No pocos de esos poetas eran apócrifos, como revela Iago Castro, recopilador de Poesía 1933-1981. En su lápida, en el cementerio de Mondoñedo, figura la inscripción: "Eiquí xaz alguén que coa súa obra fixo que Galicia durase mil primaveras máis" (aquí yace alguien que con su obra hizo que Galicia durase mil primaveras más). También podemos hablar de "mil Cunqueiros", sea rumano, como Decio Arveanu, o presunto sueco, como Frank Sigmundson.
Con los libros que soñó escribir Cunqueiro se podría levantar esa biblioteca extraordinaria, que completaría la que es realidad con los libros que sí escribió. Y con los que ha inspirado. La hasta ahora inédita Entrevista de Reyes de 1981, su último adiós grabado, aparece en el libro musical Haberá primavera (editorial Galaxia), presentado por Morán en Vigo. Con el sello Small Stations Press, acaba de publicarse Folks from Here and There, la traducción al inglés de Xente de aquí e de acolá, realizada por Jonathan Dunne. Una de sus palabras gallegas más queridas era almeiro, que nombra el banco de peces. El año en que se celebra el centenario de su nacimiento (Mondoñedo, 22 de diciembre de 1911), se ha avivado el almeiro, con la reedición de toda su obra en gallego. Está a punto de editarse una compilación de su obra periodística. En Vigo termina ahora su recorrido por Galicia la gran exposición No niño novo do vento (en el nuevo nido del viento), que se quiere llevar a Madrid, Barcelona y Bruselas.
En castellano, se anuncia para la primavera la publicación de Vida de santos, con estudio de X. A. López Silva y prólogo de César Antonio Molina. Para la colección Los 5 Sentidos, Tusquets ha rescatado La cocina cristiana de Occidente. Una cima en el paladar irónico literario. Desde Rabelais, nunca se había escrito con tanto humor sobre gastronomía. Y he ahí una de las paradojas que tuvo que sufrir Cunqueiro. Si algo le enfurecía, era el ser tratado por algunos ilustres ignorantes como "gastrónomo" o como "humorista". En la imprescindible Cunqueiro: unha biografía (Edicións Xerais de Galicia), el autor, Armesto Faginas, compañero en el Faro de Vigo, describe la perplejidad y el enojo de Cunqueiro, después de ser entrevistado por un periodista foráneo que le preguntó sobre su condición de "humorista".
"Lo que sufrió y sufre a veces la obra de mi padre es lo que podríamos llamar el estándar reductor del lecho de Procusto", dice César Cunqueiro (Mondoñedo, 1941), escritor y notario. En la mitología griega, Procusto es un posadero de Atica que corta o estira a los huéspedes para que se ajusten al tamaño de las camas. "No es un costumbrista, la cultura es su sangre literaria, y tampoco puede encuadrarse en un sistema concreto, sino que pertenece a la literatura universal, posnacional. Si no se le presta más atención en el sistema literario español, tal vez se deba a su condición de excéntrico, en todos los sentidos".
César Cunqueiro, que escribe novela en gallego y poesía en castellano, trabaja en un estudio sobre las claves de la obra del autor de Las mocedades de Ulises en un paralelismo con el cubano Lezama Lima. "No, no se conocían. Pero para mí comparten muchas cosas. La relación con la realidad, también con el entorno político. La condición de viajeros inmóviles. Su cosmovisión, ambos transmigrados a un mundo no atrapado por las leyes del mercado. En la ciudad de El año del cometa conviven vivos y muertos. Desaparece el espacio-tiempo, como historia convencional. Cuando aparecen monedas, tienen sexo, son masculinas y femeninas, y copulan. Y, sobre todo, como escritores, comparten la creación del texto paradisíaco, donde lo importante es la lógica de las imágenes, donde los sueños adquieren un volumen, donde el paraguas es un hombre".
El de los tesoros en Galicia, luego publicado con el título de Tesouros novos e vellos (tesoros nuevos y viejos), fue el asunto de su sorprendente discurso de ingreso en la Real Academia Galega, en sesión celebrada en Mondoñedo, en 1963. Y él mismo parece un tesoro de creación inagotable. "Por publicar queda parte de su obra periodística", dice Víctor Freixanes, director de Galaxia, la editorial que en la actualidad posee los derechos sobre la obra de Cunqueiro. "Lo que ocurre es que sus textos periodísticos, ensamblados, constituyen verdaderos retablos literarios. Otra cosa diferente es su visibilidad. Hay que decirlo. Cunqueiro todavía es un gran desconocido fuera de Galicia. ¡Y dentro! Todavía hay quien lo identifica solo como gastrónomo. Cunqueiro es un universo, como lo es Valle-Inclán. Son escritores irrepetibles".
Ese universo llamado Cunqueiro no es suficientemente conocido. En eso también coincide César Antonio Molina, el escritor y exministro de Cultura, que considera que ha habido dos enfoques críticos muy errados sobre el autor mindoniense: "Uno, considerarlo costumbrista. Otro, adscribirlo al realismo mágico. Creo que es un escritor diferente, raro". También su vida tuvo una trayectoria muy singular. En la juventud compartió galleguismo republicano y vanguardias, crea en Mondoñedo la Oficina Lírica del Este, y publica poemarios muy influidos por el surrealismo y el cubismo como Poemas do si e non. Después del golpe fascista de 1936, con la guerra, pasa un periodo de incertidumbre, como profesor en Ortigueira, hasta que se integra en el periodismo falangista, en el que acaba convirtiéndose en una estrella. El 1 de abril de 1939 publica en la tercera de Abc su artículo En la hora final. Pero acaba cayendo en desgracia, por asuntos de picaresca que a otros no afectan, pero a él si, tal vez por su condición de converso. Le retiran el carné de periodista. Se refugia en Mondoñedo. Renace como escritor cuando retoma el contacto con un antiguo amigo, el resistente antifranquista Francisco Fernández del Riego.
"Todos sus personajes están huyendo, en fuga, como Fanto Fantini, o no llegan, se les espera, pero no llegan. O han desaparecido", sostiene César Antonio Molina. Y concluye: "Él es uno de ellos, uno de sus personajes".
"Me identifico con los personajes", dijo aquella tarde de la víspera del día de Reyes de 1981, "están al mismo nivel que yo y pido para ellos lo que para mí, una cierta comprensión, generosidad... Creo en la existencia real de todos los personajes literarios. Madame Bovary, los hermanos Karamazov... todos existen. ¿Orestes? Sí, existe también Orestes, para quien no tiene sentido la venganza".
"Yo no pienso en nada, son el poema o el relato quienes vienen". En cuanto a técnica narrativa, Álvaro Cunqueiro decía aplicar lo que su amigo y admirador Colin Smith (catedrático de Cambridge y director del diccionario Collins) denominaba "el procedimiento Cuentos de Canterbury". Y siempre destacó la influencia de Las mil y una noches. En sus manos caería muy pronto una edición inglesa que anotó desde joven. Una y otra vez se establecieron paralelismos con Borges, y con los protagonistas del boom latinoamericano, pero él eludía esa comparación con elegancia. Tenía su propio mapa, con fuentes casi secretas. Por ejemplo, los Cuentos de un soñador, de lord Dunsany: "Yo lo leí antes que nadie en este país". O su capacidad para captar y reinventar las voces populares, los relatos que portaba la gente, como regalos, como panes fermentados en el magín, cuando acudían a la botica del padre, a la barbería del ilustrado Pallarego, su primer mecenas, o a las ferias de As San Lucas. Los cuentos que oía de la madre o en las visitas a las aldeas de la tierra de Miranda. En los paseos con el padre farmacéutico, aprendió los nombres de hierbas y plantas, pájaros y árboles. Y es sabido que la naturaleza, cuando se la nombra, corresponde. Habla. Ocurre con frecuencia en su obra. Que se oiga la conversación entre lo visible y lo invisible. Eso que Urbano Lugrís, el gran pintor del realismo maravilloso, llamaría la "profundidad habitada". ¿Cómo percibirlo? Cunqueiro explicaba el método de una forma sencilla e inapelable: "Yo siempre estuve a la escucha". A veces, añadía: "Siempre esperaba algún milagro". El romántico Jean Paul, autor de Hesperus, anotó: "¡Qué gran espectáculo es el nacimiento de un ángel en el hombre!". Por cierto, Cunqueiro escribió, ¿o iba a escribir?, un tratado sobre los ángeles.
Obras literarias I y II. Álvaro Cunqueiro. Fundación Castro. Madrid, 2011. 945 y 1.040 páginas. 48 euros. La cocina cristiana de Occidente. Tusquets. Barcelona, 2011. 288 páginas. 9,57 euros. De santos y milagros. Prólogo de César Antonio Molina. Estudio introductorio de Xosé Antonio López Silva. Fundación Banco Santander. Madrid, 2012. 450 páginas. 20 euros. En prensa. Haberá primavera. César Morán. Galaxia. Vigo, 2011. 56 páginas + 2 CD. 29 euros. Cunqueiro: unha biografía. Xosé Francisco Armesto. Xerais. Vigo, 1991. 376 páginas. 14 euros. Álvaro Cunqueiro, traductor. Xoán Xesús González Gómez. Fundación Caixa Galicia. Santiago de Compostela, 1990. 142 páginas. 3,3 euros.

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