Mostrando entradas con la etiqueta Ramón Gómez de la Serna. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ramón Gómez de la Serna. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de agosto de 2013

Los Guripas

Manuel M. Ferrand

LOS GURIPAS

¿No ofende también la presencia en Rota del buque insignia de la Flota del Reino Unido? Es una presencia autorizada que señala la precariedad de nuestra adhesión Atlántica

NUESTROS bachilleres andan escasos, también, de formación literaria y cultura humanística. Reciben «información a primera sangre » en el sentido con que los duelos de honor —ya extintos— trataban de justificar al ofendido y fortalecer al supuestamente ofensor. Personajes como Ernesto Giménez Caballero tienden a ser ninguneados en la enseñanza media. Quien, además de ser militante falangista de primera hora, fue compañero de estudios de Xavier Zubiri y compartió paz y pluma con Vicente Aleixandre, es uno de los muchos —demasiados— nombres perdidos entre los grandes creadores del primer tercio del siglo XX y de cuantos, ya en el XXI, han sido tachados de la lista. GC, como le gustaba firmarse, fue el gran explorador de las vanguardias artísticas. Su novela Yo, inspector de alcantarillas marca el hito inaugural de la narración surrealista nacional. Pero le han borrado de buena parte de las antologías las dos medias Españas. La una, la de sus más próximos en el amor al azul «que tú bordaste en rojo ayer»; y la otra, la del rojo más intenso y sin bordado alguno. Ambas por parecidas razones doctrinales del odio al talento tan propio y bipolar en esos años malditos de la Guerra Civil, su prólogo y su todavía inconcluso epílogo.
Ernesto G. Caballero
 Estaba pensando en el Centro Nacional de Inteligencia, una de las joyas falsas —de aserrín— con las que se adorna la Defensa española. El Centro ha superado el surrealismo de GC, que sirvió de anuncio al de Ramón Gómez de la Serna. Andan hoy los españoles que todavía tienen capacidad de atribularse atribulados porque unos guripas de Gibraltar lanzaron a sus aguas, y a las nuestras, más de cinco decenas de pilones de cemento armado con barras de hierro. No entraré ni en los motivos de Gibraltar, endebles, ni en las protestas de los españoles que faenan en el entorno de Algeciras para llevar unos chicharros a casa. Lo que me maravilla es que esa «agresión», si es que de ello se trata, genera sorpresas tan tardías, como las del resto de sucesos que por allí se concretan.
Supongo que Gibraltar, como los territorios unívocamente españoles del otro lado del Estrecho, son un asunto prioritario para el CNI. Podremos disgustarnos, y mucho, con la conducta de los vecinos de ese remanso de negocios sucios —contrabando, paraíso fiscal, blanqueo de dinero, juego sin impuestos…—, pero no tenemos derecho a sorpresa alguna mientras quede un solo «espía» de servicio en el entorno de la Roca o en la N-VI —La Coruña— a la salida de Madrid. ¿No ofende también la presencia en Rota del buque insignia de la Flota del Reino Unido? Es una presencia autorizada que convierte en difícil de entender nuestra bilateralidad defensiva con los EE.UU y, a mayor abundamiento, señala la precariedad de nuestra adhesión Atlántica.




Artículo publicado en ABC de Sevilla el día 22 de Agosto de 2013

martes, 31 de julio de 2012

La estupidez del "páramo cultural" desmantelada por Aquilino Duque


Aquilino Duque


 Los nombres propios del supuesto "páramo cultural" de la postguerra
Carmelo López-Arias

La idea de que durante el régimen de Franco España habría vivido en un "páramo cultural" cuajó en la Transición, a pesar de que era absurda y contradecía la experiencia personal de millones de españoles. Pero era útil a la izquierda y lo sigue siendo, no sólo por denigrar al "régimen anterior", sino porque convertía en tótem a unos escritores (los del exilio) y menguaba el valor de otros (los de dentro).

No hay muchos que osen desmontar esa tramoya, tan cómoda para todos. Aquilino Duque, Premio Nacional de Literatura y finalista del Premio Nadal (autor él mismo de obras maestras como El mono azul o Mano en candela), sí. Porque además es de los pocos lectores auténticamente desprejuiciados ante ámbitos literarios tan distantes. Joven en los años cincuenta y sesenta, residente largas temporadas en Europa, le tentó primero el virus contestatario, trató personalmente a casi todos los ilustres del exilio, y gozó con su literatura (lo mejor de ella –por cierto- escrita antes de 1936).

Nombres señeros...

Pero eso no significaba despreciar nombres como los que incluye en Memoria y ficción en las letras españolas de trasguerra (CEU): José María Pemán, Ramón Gómez de la Serna, Wenceslao Fernández Flórez, Vicente Risco, Lorenzo Villalonga, Rafael Sánchez Mazas... Ellos y otros muchos dieron tono a las dos décadas posteriores a la guerra, y desde luego ese tono no fue gris, sino vivo en todos los colores de la paleta, como muestran las glosas, interpretaciones, e incluso dimes y diretes de estos genios (y de sus amigos y adversarios y referentes...) recogidos en estas páginas.

En torno a esos focos de atención, y conforme al talento peculiar de Aquilino Duque para mostrar la coralidad de la vida real (el trasiego de conocidos, la interrelación entre los escritos, las referencias cruzadas), contemplamos la historia literaria de la España de postguerra, con valoraciones certeras del autor -casi nunca conformes al diktat de la izquierda caviar- sobre obras y autores.

...y una buena guía de obras maestras

El bosque animado de Fernández Florez es, por ejemplo, "uno de los mejores libros de prosa, sino el mejor, de la segunda mitad de siglo". La familia de Pascual Duarte, Viaje a la Alcarria y La colmena, de Camilo José Cela, "obras sólidas y envidiables". También recuerda que en los años sesenta, cuando surgió la gran narrativa hispanoamericana, la plataforma que le dio fama mundial fue Barcelona, que en aquella época llegó "a sustituir en actividad editorial a los grandes emporios que habían sido México y Buenos Aires". Vicente Risco, con La puerta de paja, contribuyó como lo harían el mismo Fernández Flórez o Álvaro Cunqueiro a reaccionar "contra el deprimente realismo dominante en la Península". También se sumó a esa "literatura antidepresiva" Rafael Sánchez Mazas con La vida nueva de Pedrito de Andía, una literatura costumbrista hecha "para alegrar la vida, distraer y divertir", y que por tanto sentó muy mal a quienes no soportaban evocar el pasado –la infancia del protagonista, en este caso- "si no es para ensañarse con él". Y ahí está también Lorenzo Villalonga con su Bearn o La Sala de las Muñecas, mal vista en su momento por la progresía por ser su autor "aristócrata, católico y falangista", pero una obra sobre la que aún se medita y se interpreta.

En toda esta panorámica de la floreciente literatura española de esos veinte años, Aquilino Duque aprovecha para valorar lo que otros críticos desprecian, desde esa literatura que, en vez de hundir la moral del lector, le reconcilia con la vida, hasta la conexión popular de la que gozaba, por ejemplo, José María Pemán, tan envidiada por sus censores en la izquierda.

Con todo, lo más bonito de esta obra de Duque es que enamora al lector de los libros de los que habla, incluso de los que apenas menciona de pasada, de estos autores o de otros. Un buen consejo es ir apuntando las novelas que aquí aparecen, e ir leyendo las que uno desconozca y releyendo las ya visitadas. Al final de ese ejercicio, a uno no le cuelan ya la milonga del "páramo".


jueves, 14 de junio de 2012

Aquilino Duque: Memoria y ficción en las letras españolas de trasguerra

Del espléndido blog Lector consentido de Javier de Navascués traemos esta interesante crónica del último ensayo de Aquilino Duque donde se desmonta la teoría manida del páramo cultural literario de la posguerra.

 Aquilino Duque: Memoria y ficción en las letras españolas de trasguerra

 De un tiempo para acá viene reclamándose que se reescriba la historia literaria de España después de la Guerra Civil. No todo pudo ser un “páramo cultural”: ni se fueron todos los escritores al exilio, ni los jóvenes partían de la nada absoluta por muy duros que fueran el aislamiento internacional y la censura franquista. Ciertamente una de las dos España dejó de contar por unas décadas, pero eso no quiere decir que la otra estuviera integrada exclusivamente por bárbaros ignorantes.
No obstante, todavía quedan muchos mitos y prejuicios que demoler hasta llegar a una visión menos parcial de lo que fueron las cosas en el ámbito cultural. Este nuevo ensayo de Aquilino Duque pretende reivindicar la obra de siete notables figuras de esa orilla católica y conservadora hoy marginada por la mayoría de los manuales e historias al uso.
En el prólogo el autor renuncia a darle un capítulo a Cela, en parte porque –según él- no lo necesita, en parte porque –me parece- nuestro Nobel se sale del aire de familia que tienen los autores tratados: José María Pemán, Rafael Sánchez Mazas, Wenceslao Fernández Florez, Ramón Gómez de la Sena, los hermanos Villalonga y Vicente Risco. El naturalismo tremendista de Cela está muy lejos de cualquiera de ellos. Pero esto no quiere decir que la estatura literaria de cualquier miembro de esta serie no sea de consideración. El bosque animado es la mejor novela del siglo XX, según afirma Aquilino Duque y tal vez no le falte razón. Las semblanzas de otras obras hoy preteridas (Rosa Krüger, Miss Giacomini o La puerta de paja) invitan al lector a buscarlas y disfrutar de un pasado literario injustamente desconocido.
El elogio más discreto que se puede dar del estilo de Aquilino Duque es su brillantez. Con una gracia y una desenvoltura amenísimas el libro va repasando hechos y textos, al mismo tiempo que reclama con tono desafiante una relectura menos tópica de nuestro pasado. Así, se nos recuerda que el exilio, por ejemplo, no produjo novelas de la talla de La familia de Pascual Duarte o El bosque animado; o que los problemas y malas interpretaciones políticas podían darse también en el seno del régimen; o que la posibilidad de una novela “católica” en España no era asimilable a la que se dio en Francia o Inglaterra, donde el cristianismo intelectual era minoritario y problemático. Las anécdotas suceden a las interpretaciones, porque este no es un libro académico sino un ensayo personal en el que el autor, novelista y poeta al fin, interrumpe su discurso para gastar una broma, se enfada con las opiniones políticamente correctas y, sobre todo, dialoga con sus colegas y maestros, algunos de los cuales conoció de cerca.

Aquilino Duque: Memoria y ficción en las letras españolas de trasguerra, Madrid. CEU San Pablo, 2012, 95 págs. 

viernes, 25 de noviembre de 2011

Tercera de ABC de Enrique de Aguinaga en el centenario de Sánchez-Silva

Enrique de Aguinaga

Sánchez-Silva, cien años

Por Enrique de Aguinaga, catedrático emérito de la Universidad Complutense (ABC, 24/11/11):

«Siempre sabrás la edad de José María —decíamos—, porque su fecha de nacimiento es inolvidable: el once del once del once». Decíamos José María Sánchez-Silva indisolublemente asociado a «Marcelino, pan y vino», que murió en 2002 y que ahora ha cumplido su centenario.
Me consta el mutuo afecto de Cela y Sánchez-Silva, desde los tiempos de la calle Larra. Cela, ante la muerte del amigo, que solo le precede en cuatro días, le dedica su último artículo, que se publica como texto póstumo en ABC. En su escrito final, Cela reconoce que «la crítica y la historia literaria no han sido justas con la memoria y la consideración de Sánchez-Silva», que «hace tiempo que su nombre se había descabalgado de la nómina de los que interesaban a los estudios del fenómeno literario». Y añade: «Todos sabemos que sobre estas lucubraciones influyen siempre el calendario y la política».
Siete años antes, había encabezado con un profundo «Mi querido amigo» la carta que le dirigió en ABC, «Carta a un amigo, en su blocao» (1994): «Estoy empezando a pensar que ya no existo… y que no somos ni tú ni yo, sino figuraciones, espejismos, sombras fantasmales, semimuertos que andan mareando a los herederos que se impacientan porque no las tienen todas consigo».
José María le había escrito a Camilo, una detrás de otra, cuarenta cartas (es admirable la vis epistolar de Sánchez-Silva, que en un tiempo, así me lo dijo, llegó a escribir doce cartas mensuales a una famosa actriz catalana). Y José María, cuando completa la baraja de las cuarenta cartas, considera que tiene que destruir la situación: «Tu carta número 40 no puede ser la última —le contesta, en ABC, Camilo a José María—; tú y yo tenemos la obligación de resistir y seguir. A todos nos asestan puñaladas, pero no olvides que, en ciertas ocasiones, una sangría puede ser saludable. Tú en tu blocao y yo en el mío, los dos tenemos la obligación de morir con las botas puestas, quiero decir con la pluma en la mano. Aparta malas ideas de la cabeza, no pidas nunca a nadie más de lo poco que pueda dar de sí y sigue escribiéndome hasta que se te pare el corazón».
Poquísimos lectores de ABC sabíamos que esta era una carta de Cela a Sánchez-Silva, aunque Camilo no pusiera el nombre del destinatario, «porque no hay que dar tres cuartos al pregonero». Y le llama «mi querido N. N.», como le habría podido llamar «mi querido prohibido».
Sánchez-Silva
El silencio de escritores que escriben a diario confirma la observación de «Ecclesia» («Su nombre está silenciado en panoramas de la literatura contemporánea») y de Miguel Ángel Velasco, director de «Alfa y Omega» («Los medios de comunicación de este país lo han silenciado sectariamente»). «Ecclesia» simplifica la causa de la proscripción de José María y deja abierta la cuestión a todos los añadidos y matizaciones: «Por diversos motivos, entre ellos quizá el de ser escritor católico y el de haber escrito la biografía laudatoria “Franco, ese hombre” (1964)».

¿Hasta cuándo la obstinación en borrar la realidad? ¿Hasta cuándo la sistemática tergiversación de la historia? ¿Hasta cuándo la irracionalidad de los tabúes? ¿Hasta cuándo la ferocidad de la censura invisible?
Trato de contar a José María Sánchez-Silva, autor del cuento español más famoso del siglo XX; a José María, que es el único español que ha obtenido la Medalla Internacional Hans Christian Andersen (1968), llamada «pequeño Nobel» o «Nobel de la literatura infantil».
Estoy hablando del articulista grande, amén de guionista y director; del periodista que, cuando no se viajaba, dio la vuelta al mundo y lo contó; del premio «Mariano de Cavia» (1947), Periodista de Honor (1964) y Premio Nacional de Literatura (1957), de Periodismo (1945) y de Cinematografía (1955); del padre de «Marcelino, Pan y Vino», «Historias menores de Marcelino, Pan y Vino» y «Aventura en el cielo de Marcelino Pan y Vino»; del gran epistológrafo («Carta de un niño a Dios», «Carta a mí», «Carta a la lluvia», «Carta al cine», «Carta a las madres», «Carta abierta al general Casinello», «Carta del amor hecho», «Cartas a un niño sobre Francisco Franco»…); del inventor de «Luiso» y de «Ladis»; del narrador de «El hombre de la bufanda», «La otra música», «No es tan fácil» o «La ciudad se aleja»; del biógrafo de «Juana de Arco» y «San Martín de Porres»; del historiador sagrado de «Adán y el Señor Dios», «Jesús creciente» y «La adolescencia de Jesús nunca contada»; del cuentista de «La burrita Non», «Adiós, Josefina» o «Colasín, Colasón»; del cronista de «Historias de mi calle» y «Memorias de un niño de la calle».
En la ocasión del 11 de noviembre de 1959, cuando cumple cuarenta y ocho años, cuando celebra las bodas de plata con la literatura y el periodismo, cuando recibe el homenaje nacional y la Gran Cruz de la Orden de Cisneros, cuando Ramón Gómez de la Serna, Ramón el Grande, desde Buenos Aires, le escribe que «con la palanca de su pluma ha llegado a mover el mundo», Sánchez-Silva hace una recapitulación de su vida y eleva a definitivas sus importancias provisionales: «Me importan cada vez más los otros, los demás. No es esta una actitud desinteresada: es que “los demás” soy yo, es que yo “estoy en” mi prójimo, es que, cuando me han ordenado amarle a él, sabían que ese amor me salvaría a mí principalmente».
Para las generaciones de la guerra, «el otro» es el que está enfrente. Por eso, entre los artículos de Sánchez-Silva, tengo una devoción preferente por «Arenga a los muertos», que se puede catalogar como poema, que, por encima de las catalogaciones, considero artículo de prueba, artículo esencial, y que, a modo de reliquia, conservo en su papel original, quebradizo y reseco, impreso a toda plana, página señera de contraportada, doble que los formatos hoy habituales, como un bando mural, con una gran ilustración central y lujo de capitulares, en letra bodoni del cuerpo 14.
Hay que pensar que la arenga está escrita en una doble y numantina posguerra, española y mundial, de combatientes que apenas han tenido oportunidad de dejar de serlo, de victorias en alto, de gloriosos entierros, de «ellos y nosotros», de silencios profundos. Y Sánchez-Silva invoca, no «a los mejores», sino a todos los muertos, al universo de los muertos, incluidos expresamente «republicanos» y «rojos», precisamente en «Arriba», precisamente el Día de los Caídos.
Todos sus libros los tengo en una estantería predilecta y todos están dedicados. Esta es la dedicatoria de «Jesús Creciente» (1985): «A mi amigo Enrique de Aguinaga, que es una de las tres únicas personas que saben que a este relato le falta el tercer capítulo final de la obra titulado “La llamada del Jordán”, escrito y destruido cuatro veces en cinco años y medio, que ahora está en el telar por quinta y última vez».
Así escribía José María, muerto silenciosamente. «¿Tú crees que los muertos no se mueren, José María?», le pregunta Manuel Alcántara. Le contesta José María: «Estoy convencido. Nadie se muere». Me lo dijo en letras de condolencia cuando murió mi madre (1959): «Desde antiguo, se nos tiene prometido algo a este respecto y no hay sino esperar. Aunque no estudié latín —ni nada— sé esto: “Expecto resurrectionem mortuorum”».
 
 
http://www.abc.es/20111124/opinion-la-tercera/abcp-sanchez-silva-cien-anos-20111124.html