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martes, 3 de septiembre de 2013

Regás se descubre ante la falangista feminista.


Por Rosa Regás.Rosa Regás

Mercedes Fórmica o la ideológica contradicción


En el verano de 1953, en pleno franquismo, la prensa española se hizo eco de un terrible acontecimiento, la muerte de una mujer a manos de su marido, con un texto explicativo, "Mujer apuñalada por su marido", pero sin crítica ni al marido asesino, ni a la justicia, ni a la situación de la mujer que tuvo que aguantar los malos tratos que recibía habitualmente que la llevarían a la muerte ya que no podía permitirse abandonar el hogar que según la ley la habría dejado sin hijos, casa ni bienes. El 7 de noviembre de ese mismo año Luis Calvo,  director de  ABC, se atrevió a publicar un artículo de Mercedes Fórmica que había sido detenido por la censura y que ella había enviado al diario. Llevaba por título "El domicilio conyugal" y lo escribió al conocer las doce puñaladas  que recibió Antonia Pernia Obrador de su esposo y la situación de violencia en la que se había visto obligada a vivir hasta que le llegó la muerte.


 Mercedes Fórmica fue la primera mujer que desde el régimen dictatorial del General Franco intentó que se transformaran las leyes machistas que convertían a la mujer en una esclava de las costumbres,  la sociedad, la religión y el omnímodo poder de sus maridos o padres.
Mujeres de la Sección Femenina durante la guerra civil
Yo no conocía la historia de esta mujer singular y creo que recordarla hoy no me convierte en admiradora del régimen al que ella eligió obedecer y servir. Fue, incluso así, una mujer singular y  su vida no fue un modelo de lo que fueron, y son aún, las vidas de las personas amantes de formas de gobierno excesivamente autoritarias, antidemocráticas y que han llegado al poder por un golpe de estado y una sangrienta guerra civil. Había nacido en 1916 en Cádiz de familia acomodada pero tuvo una madre que lejos de dedicarla al culto de sí misma, del hogar y a la convicción de que había nacido  para vivir a las órdenes de su futuro marido, la hizo estudiar bachillerato, prepararse para entrar en la universidad e ingresar en la Facultad de Derecho de Sevilla en 1931, el mismo año en que en España se instauró la República. Así que tuvo como profesores a muchos expertos formados en la Institución Libre de Enseñanza, lo que no le impidió tener que ir a clase acompañada de una "doña" para evitar críticas de su entorno social, ya que era la única alumna del curso. Tampoco era muy habitual en su ambiente que sus padres se divorciaran dos años después, ni que ya licenciada decidiera irse a vivir a Madrid sola. Pero no todo fueron puertas abiertas al pensamiento libre. Ya en Madrid se afilió a  Falange Española, tal era la admiración que sentía por José Antonio Primo de Rivera, hijo del que había sido dictador en tiempos de Alfonso XIII, quien la nombró delegada del SEU femenino en 1936 y miembro de la dirección del partido.

Mercedes Fórmica 1916-2002
Mercedes Fórmica
 Otro rasgo peculiar en su biografía es que se casó con  Eduardo Llosent y Marañón editor en Sevilla de la revista Mediodía donde conoció y fue muy amigo de poetas de la generación del 27 como Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Dámaso Alonso o Rafael Alberti.

 Aunque al ganar la guerra Franco debió cambiar de ideología cultural al menos porque fue nombrado Director del Museo de Arte Moderno de Málaga.
Acabada la guerra Mercedes se doctoró en Filosofía y letras y en 1945 publicó su primera novela, Bodoque a la que siguieron biografías de mujeres de la Historia de España, textos autobiográficos como La infancia, Visto y vivido y Escucho el silencio, y otras novelas:  A instancia de parte o Collar de ámbar, que fueron bien tratadas por la crítica y lo siguen siendo entre la poca gente que la conoce, porque la historia la ha juzgado más por su ideología que por su talento y porque también ella es fruto de la maldición franquista que dejó a los derrotados sin futuro y a los vencedores sin pasado, un pasado que todavía hoy no hemos recuperado.

                                   
Pero lo que más me interesa destacar es la lucha por los derechos de la mujer o relacionados con ellos, inexistentes o borrosos aún en la época en que ella vivió pero firmes en su forma de de estar enraizados en su interior. Fue ella quien logró que en los textos jurídicos de la época franquista se sustituyera "casa del marido" por "hogar conyugal" lo que contribuyó también a que tras la separación conyugal la mujer pudiera disfrutar de la casa donde habían vivido ambos cónyuges. Eliminó asimismo la degradante figura del "depósito de la mujer", un derecho que tenía el marido de depositar a su mujer en la casa de los padres o en un convento, y ayudó a que se limitaran los poderes casi absolutos del marido para administrar y vender los bienes matrimoniales, igual que el derecho a las viudas que volvían a casarse a mantener la patria potestad sobre sus hijos. Mercedes puso su grano de arena a que en 1981, cuando ya ella comenzaba a sentir los efectos de la larga enfermedad que la llevaría a la muerte en 2002, se  promulgara la ley que reconocía la plena igualdad de la mujer en el matrimonio. Poco fue este grano de arena, pero difícil era y sin embargo ella no se detuvo hasta que la vejez y la enfermedad  la derribaron. O tal vez dejó de luchar con la llegada de la democracia que había de conseguir aquello por lo que ella se desvivió, a la que, en cambio, nunca pareció comprender ni aceptar, ni mucho menos defender.
 
Curiosamente y a pesar de su dilatada y esforzada lucha, ni en la Falange ni en su propio ambiente estuvieron bien vistas las gestiones que hizo en favor de los derechos de la mujer y en las reformas que impulsó, hasta el punto que la llamaban "la reformica". Un chiste malo con su apellido.
   
Si se contempla  la espesa legislación contraria a la libertad de la mujer que el franquismo elaboró y mantuvo con la ayuda de la iglesia católica, de la burguesía y de los poderes fácticos que habían apoyado el golpe de estado, hay que reconocer que no fue mucho lo que consiguió Mercedes Fórmica, pero hubo muy pocas mujeres que lo intentaron como lo hizo ella, unas porque no podían otras porque no creían en ello. Pero a mí me gusta tener el convencimiento de que  algo debió de ayudar el hecho de que su madre no la tratara como las bien pensantes mujeres de la época trataban a sus hijas, y que tener una carrera universitaria y una forma de ganarse la vida animó su autonomía de pensamiento y acción y su coraje para enfrentarse, aunque solo fuera formalmente, a la ideología del régimen que ella misma defendió.
  

comedor social de la sección femenina
Tal vez moriremos sin ver realizado aquello por lo que hemos luchado -lo más probable- pero algo habremos conseguido si hemos sabido ser el eslabón entre el pasado y el futuro, la memoria y la esperanza, la esclavitud y el bienestar social. Quizá éste haya sido también el objetivo de Mercedes Fórmica, una mujer que no tuvo más visión que la de la injusticia a la que estaba sometida la condición femenina, cuya lucha para intentar recomponerla  vivió con tal intensidad que, quiero creer, le impidió darse cuenta del infierno ideológico en el que había elegido vivir.






Publicado en el blog de el diario El Mundo, "Ellas"
 http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/ellas/2013/09/03/mercedes-formica-o-la-ideologica.html

Más información en:

http://www.abc.es/hemeroteca/historico-24-04-2002/abc/Cultura/muere-mercedes-formica-pionera-en-la-lucha-por-los-derechos-de-la-mujer_94259.html

http://www.fnff.es/Mercedes_Formica_defensora_de_la_Mujer_590_c.htm


http://www.nodulo.org/ec/2012/n120p09.htm


martes, 8 de enero de 2013

Poetas con pistolas

"Mientras el primero aportaba versos al ‘Cara al sol’, el segundo componía odas a Stalin. Toda su obra está salpicada por las circunstancias y su posicionamiento político."

  por Kiko Méndez-Monasterio


 Para Agustín de Foxá los versos de Rafael Alberti, de Cernuda, de Miguel Hernández, es decir de casi todo el 27, “son poemas de laboratorio, sin fuerza ni hermosura, equívocos, cobardes, llorones”. Por eso declina la invitación de Luis Buñuel para asistir al estreno de la Edad de Oro, esa tarde prefirió acudir a un mitin de José Antonio. Con esa elección, al abismo estético se une la confrontación política.
Desde entonces, las figuras de Foxá y de Alberti están condicionadas por el tiempo fratricida que vivieron. El primero contribuyó con algunos versos al himno falangista –“Cara al sol con la camisa nueva, que tú bordaste en rojo ayer”–; el segundo prefería dedicarle poemas a Stalin –“Padre y maestro y camarada”–.

Agustín de Foxá: mucho más que anécdotas
Para hacerse una imagen adecuada de él, nada mejor que su autorretrato: “Gordo; con mucha niñez aún palpitante en el recuerdo. Poético pero glotón. Con el corazón en el pasado y la cabeza en el futuro. Bastante simpático, abúlico, viajero, desaliñado en el vestir, partidario del amor, taurófilo, madrileño con sangre catalana”.
Nació en Madrid casi con el siglo, en 1903. Además de conde de Foxá y marqués de Armendáriz fue periodista, diplomático, autor teatral, académico y poeta. Sólo escribió una novela, pero es legado suficiente como para considerarlo uno de los mejores prosistas de la pasada centuria. Ahora no tiene el hueco debido en el mausoleo cultural porque nunca le han perdonado su orgullo reaccionario, su cuna aristocrática, su versátil talento y su vinculación con la Falange.
Cincuenta años después de su muerte, además de las polémicas por la necia censura con la que pretenden silenciarle, queda de Foxá su Madrid, de Corte a checa, una novela maestra por la fuerza de su estilo, como La educación sentimental, de Flaubert, pero que además se puede leer como libro de aventuras, como crónica intelectual de la época o incluso, a pesar de ser un enemigo declarado del romanticismo, como continuación de Las memorias de ultratumba de Chautebrieand, por ese guiño melancólico de quienes han conocido la dulzura de vivir del antiguo régimen.
Él contaba que logró salir de aquel Madrid chequista gracias a que se comió, mano a mano con el secretario de un ministro, los últimos cochinillos de la ciudad. Le dieron un puesto como representante de la República en Bucarest, y allí acudió, previo paso por la zona nacional, claro, para ponerse al servicio del gobierno de Burgos.
Llegó la paz aquí y la guerra al resto de Europa, y todavía, prisionero de su ingenio, se metió en líos tan gordos como él mismo llegaría a ser: diplomático en la Italia de Mussolini, fue declarado persona non grata por el Régimen: unos dicen que a causa de sus bromas inadecuadas hacia el conde Ciano; otros que por decirle a la embajadora alemana, delante de varios jerarcas fascistas, que el Reich demostraba gran valor al elegir a sus aliados. Y es que, además de su novela, su teatro, sus artículos y sus poemas, a Foxá le sobreviven sus anécdotas, tan innumerables como sus apariciones en sociedad, porque no hay quien le haya conocido y no cuente de él alguna ocurrencia genial. Eso sí, imposibles de contrastar.
Fue en Chile, dando una conferencia en la que afirmaba que en España aún se moría por honor, donde un exaltado le interrumpió diciendo que allí sólo se moría por la democracia. “Ya –contestó rapidísimo el conde–, pero eso es como morir por el sistema métrico decimal”. En España, en una tertulia, algún pelota institucional tuvo la osadía de decir que el Espíritu Santo inspiraba los discursos del Caudillo. “Mañana mismo me hago de Tiro al pichón”, apostilló Foxá.
Tenía de diplomático la carrera y la condición, pero la incontinencia de su vivísimo ingenio creó más de un problema, como cuando en una cena oficial una dama norteamericana se quejaba de que en España se criticaba mucho a los EE UU, pero gustaban mucho más los dólares. “Señora –respondió el conde–, también nos gusta el jamón y no por ello nos revolcamos con los cerdos”.
Renegar no renegó nunca, pero ya instalado en la figura de epicúreo senador romano, miraría con cierta condescendencia su etapa más juvenil: “Todas las revoluciones han tenido como lema una trilogía: libertad, igualdad, fraternidad, fue de la Revolución francesa; en mis años mozos yo me adherí a la trilogía falangista que hablaba de patria, pan y justicia. Ahora, instalado en mi madurez proclamo otra: café, copa y puro”.
Murió en 1959 sin haber pronunciado el discurso de ingreso en la Real Academia. Para la ocasión hubiese servido su mejor poema, Melancolía de Desaparecer: 


“Y pensar que después de que yo me muera,
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas. (...) 
Y pensar que no puedo en mi egoísmo
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja,
que he de marchar yo solo hacia el abismo
y que la luna brillará lo mismo
y ya no la veré desde mi caja.”

domingo, 12 de junio de 2011

NUEVO LIBRO DE JOSÉ ANTONIO MARTÍN "PETÓN"



"El fútbol tiene música" (Editorial Córner) es el nuevo libro del periodista y escritor José Antonio Martín Otín "Petón".


Es un libro de fútbol, si, y es un libro culto, ameno y bien escrito. Por sus cincuenta historias pululan, como no, futbolistas y gente del fútbol, y cantantes y escritores y lugares como el pub Falkrik, junto a Glasgow o una plaza de la Boca bonaerense. También una foto del torero Ignacio Sánchez Mejías con la camiseta del Betis, del que fue presidente.


Otra foto maravillosa, el portero Platko, al que Alberti hizo inmortal, con Samitier y Carlos Gardel.


A veces, las historias de Petón casi parecen realismo mágico, unas divierten y otras ponen un nudo en la garganta, siempre bien escritas, bien descritas.


Golazo Petón.

A. C. Ademán

miércoles, 27 de abril de 2011

NUEVO LIBRO DE ALFONSO ARTESEROS


A lo largo de muchos años, Alfonso Arteseros, director del programa España en la memoria de Intereconomía TV, ha entrevistado y grabado a los principales protagonistas de la historia reciente de nuestro país. Su gran archivo fílmico es para España como un álbum de fotos para una familia. Y por fin ha escrito un libro en el que recopila sus recuerdos y vivencias personales con personajes como Serrano Suñer, el general Líster, el ciclista Bahamontes, Rafael Alberti, Miguel Gila, Rosa Chacel, Juanita Reina, José Luis Coll y un infinito etcétera. Ilustradas con numerosas imágenes, estas páginas son el mejor testimonio de nuestro siglo XX.


«He pasado muchas, muchísimas horas mano a mano frente a personas importantes, entrañables, que ya no están con nosotros. Ellos no están, pero quedan sus imágenes, sus palabras, algo que ya no podrá ser alterado, que es definitivo. Para mí, un tesoro, pues esa memoria vívida es la memoria de todos, la verdadera memoria de España, la que nos toca el corazón y nos habla de los rostros que vimos de verdad y las cosas que sucedieron cada día realmente. No es una historia de datos, cifras, documentos. Nuestra historia verdadera es de carne y hueso, de penas y alegrías, muchas estrecheces y algún que otro banquete inesperado».


Título: España en mi memoria
Autor: Alfonso Arteseros
Editorial: Alfaguara
Colección: Historia del siglo XX
Páginas: 448
Encuadernación: Rústica

domingo, 5 de septiembre de 2010

LAPIDARIO JUAN RAMÓN


FERNANDO IWASAKI
abc


Acabo de releer la edición definitiva «Españoles de tres mundos» (Seix Barral, 1987) de Juan Ramón Jiménez y no me extraña que su memoria sea tan polémica, pues sus opiniones cayeron como rayos sobre muchos de sus contemporáneos. A manera de muestra convoco sus comentarios acerca de Pablo Neruda y Rafael Alberti, a quienes la historia ha terminado poniendo en el lugar donde los puso Juan Ramón.
El perfil de Rafael Alberti se publicó en 1930 bajo el título de «Acento: Poetas de antro y dianche», junto con las siluetas de Dámaso Alonso y Federico García Lorca. Por entonces Alberti era muy joven, la guerra civil no aparecía en el horizonte y las opiniones de Juan Ramón no eran nada políticas sino poéticas. Y lo clavó así: «Por ahí anda, por todos los ahíes, tocándose los verdugones de talón celeste. Estraordinario él mismo en su gustoso alarde de tontilocuente contra la exajeración inútil e innecesaria. Cuando se descuelgue su sétimo manto de amanerada elocuencia, tire al abismo su varita de habilidad, se evada netamente de su actual sobrerromanticismo, y en la ramazón de su disgregada labia escesiva aísle otra vez la hermosa ave fresca de su voz una, como tiene además en su último piso esa trampa natural por donde saca, atravesando lámparas de techo con cubo de plata y oro, cosas de fuego diamantino del centro de la tierra, Rafael Alberti le va a decir a lo no mirado una gran cosa por lo menos del tamaño del mar de Cádiz, el más bello mar, para mí, del mundo». Sin embargo, tras la guerra civil la obra de Alberti fue más política que poética y acaso jamás llegó a decirle a lo no mirado cosas del tamaño del mar de Cádiz.
El texto sobre Neruda fue publicado primero en «Repertorio Americano» (1940) y después en la primera edición de «Españoles de tres mundos» (1942), y no es posible leerlo sin tener en cuenta que Neruda puso a toda la Generación del 27 contra Juan Ramón, con ocasión del homenaje que él mismo se organizó en Madrid en 1935. Así se entiende que Juan Ramón comenzara su retrato lanzando la primera a la frente: «Siempre tuve a Pablo Neruda ... por un gran poeta, un gran mal poeta, un gran poeta de la desorganización; el poeta dotado que no acaba de comprender ni emplear sus dotes naturales». Ignoro si Juan Ramón sabía que Neruda era cachivachero, porque la viñeta que pintó sobre la poesía de Neruda podría haber sido la foto de su casa de Isla Negra: «Posee un depósito de cuanto ha ido encontrando por su mundo, algo así como un vertedero, estercolero a ratos, donde hubiera ido a parar entre el sobrante, el desperdicio, el detrito, tal piedra, cuál flor, un metal en buen estado aún y todavía bellos. Encuentra la rosa, el diamante, el oro, pero no la palabra representativa y trasmutadora; no suple el sujeto o el objeto con su palabra; traslada objeto y sujeto, no sustancia ni esencia». Juan Ramón sentenció rotundo: «No tiene calidad Neruda porque no es estático ni dinámico, sino sólo estanco».
He glosado textos de 1929 y 1939, cuando ni Juan Ramón ni Alberti ni Neruda tenían la trascendencia que alcanzaron más tarde, y por eso mis respetos al lapidario Juan Ramón.

domingo, 22 de agosto de 2010

Leer España por Francisco Robles

Francisco Robles
Día 21/08/2010 - 23.31h
El mismo público que muestra su indignación por la prohibición de las corridas de toros en Cataluña fue el que guardó un indiferente silencio ante la desaparición de la Literatura Española de los planes de estudio de esas comunidades que son más autónomas que otras. Al arrinconar la obra de los clásicos españoles, el nacionalismo sectario empezó a forjar esas nuevas generaciones se han quedado ancladas en el bucle melancólico del nacionalismo, en la mediocridad de unos escritores regionalistas cuya obra sólo es útil para trenzar la propaganda que sirve de alimento ideológico a los cachorros de la causa.
«Leer España» es un hermoso libro de Fernando García de Cortázar donde se recorre nuestra milenaria historia a través de los poetas, novelistas y ensayistas que la han escrito en sus textos literarios. Porque España no solamente se ama o se odia, se crea o se destruye. España también se escribe en los epigramas sarcásticos de Marcial o en los textos sobrios de Séneca y Lucano. España es romana cuando se lee en latín y musulmana cuando Al Motamid se lamenta por la pérdida del reino taifa de Sevilla en su exilio marroquí. España se lee en el castellano alfonsí de las cantigas y en los sonetos italianizantes de Garcilaso, en la prosa limpia y llana de Cervantes y en los claroscuros de Quevedo.
Para leer España hay que liberarse de trincheras y prejuicios. Tan España es Azaña como Ortega, Alberti como Rosales, Manuel como Antonio Machado. Quien no lea a España en sus escritores será un analfabeto español, o viceversa. ¿No llama Dámaso Alonso analfabetos líricos a los que saben leer poesía? Pues eso mismo es lo que pretenden los nacionalistas periféricos y egoístas: crear una generación de analfabetos de lo español. Por un lado se eliminan los mil y un matices que puedan aportar Baroja, Unamuno, Cernuda, Delibes, Cela o Muñoz Molina, y por el otro se reduce lo español a la imagen kitsch, cutre y rancia que se destila en los alambicados alambiques del nacionalismo más retorcido y carca. Así se matan dos pájaros sin disparar un tiro mientras los polluelos permanecen en el nido del terruño.
Los nacionalistas han conseguido apartar el cáliz de España, como pedía César Vallejo en un sentido más trágico y menos demagógico, para que los jóvenes no puedan beber el vino que vendía Lázaro de Tormes ni el sabroso mosto de granadas que paladeaba San Juan de la Cruz. Así se consigue agrandar la obra de un racista furibundo e iletrado como Sabino Arana, por poner un ejemplo. Una obra, por cierto, que sus herederos ideológicos esconden para que no salgan a la luz sus barbaridades xenófobas, homófobas y racistas. Justo lo contrario que hace García de Cortázar al iluminar la historia de España con textos que nacieron en todos sus rincones, en todas las lenguas que aquí se hablan y se hablaron. Versos y prosas que responden a todas las visiones del mundo que uno se pueda imaginar. Eso es España. La España que algunos quieren arrumbar en el baúl de los tópicos. La España que García de Cortázar ha hilvanado con los textos que la han escrito. La España escrita que debemos leer para curarnos del nacionalismo excluyente, esa forma de analfabetismo.

sábado, 10 de julio de 2010

La condición humana

TRIBUNA: ANDRÉS TRAPIELLO (El País) 10/07/2010
De no haber titulado Benjamín Prado su artículo Rafael Alberti: a la caza del poeta rojo (EL PAÍS, 2 de julio de 2010), es poco probable que se hubiese concebido este, escrito en solitario, como ha escrito uno todo lo suyo, y no en jauría.
El supuesto del artículo de Benjamín Prado es el siguiente: a su entender, un contubernio de escritores -entre los que me incluye-, familiares del poeta, editores e instituciones han iniciado el acoso y derribo de Rafael Alberti, mediante, según Prado, mentiras, manipulaciones, insidias y malas artes, y pasa a enumerar algunas de estas, de un modo, si se me permite decir, atropellado: ¿qué tiene uno que ver con la viuda de Alberti, con su editor o con la fundación que lleva su nombre?
La propaganda, una forma de la retórica como decía Juan de Mairena, trata de crear interesadamente simetrías, buenos y malos, rojos y azules, blanco y negro, sin salirse, a ser posible, de los tótum revolútum que tanto favorecen sus propósitos. De modo que al hablar de la "caza de un poeta rojo" da a entender que únicamente se le persigue por rojo y que se le persigue en manada, sin pararse a pensar que acaso también haya sido blindado durante tanto tiempo solo por rojo y en comandita.
Entre los indicios que enumera Prado para fundamentar tal supuesto está el de cierta fotografía publicada en la última y reciente edición de Las armas y las letras. Se ve en ella a Alberti, en 1936, vestido de miliciano, con arreos militares y una condecoración. Alberti ha dedicado de su puño y letra esa foto casi 30 años después, en 1965, "A Luba y Ehrenburg en la belle époque". Justifica Prado tal dedicatoria afirmando que en realidad Alberti no está llamando belle époque a la Guerra Civil, sino a su juventud pasada, y su hipótesis podría pasar por razonable si no concurrieran otros cien testimonios que a Prado le conviene eludir, empezando por el de la mujer del poeta, María Teresa León, que también habló en sus memorias de "los mejores años de nuestra vida" al referirse a los de la guerra. Y la verdad es que, conociendo la vida que llevaron entonces, nadie lo pone en duda: jamás volverían a ser más requeridos, agasajados, fotografiados, celebrados. En todos estos años como lector de literatura de la Guerra Civil no he encontrado a nadie que hablara con esa frivolidad de la guerra, si exceptuamos, claro, a Hemingway, para quien esta, vista desde la retaguardia, fue, como sabemos, una especie de safari más o menos pintoresco en un país semiafricano.
En realidad, Prado se muestra perplejo porque no alcanza a comprender bien las razones por las cuales alguien como Alberti, que fue, como él dice, "unsímbolo de la República, del Partido Comunista y de la Transición" está siendo cuestionado. Dejando a un lado si fue más o menos símbolo de la República que Clara Campoamor o Chaves Nogales, o más o menos símbolo de la Transición que González, Suárez o Fraga Iribarne, el propio Prado tiene muchas de las claves para salir de su perplejidad.
A pesar de haber cruzado en mi vida solamente media docena de veces la palabra con él, Las armas y las letras le deben uno de sus pasajes a mi modo de ver más importantes. Me lo refirió él mismo, y a él, el propio Alberti, que lo había hurtado de sus propias arboledas perdidas, con ser un hecho trascendental para conocer las diferencias de Alberti con Miguel Hernández durante la guerra y la suerte que este corrió tras ella, así como los resortes del poder orgánico. Se comprende que Alberti jamás escribiera de esa penosa historia, que incluía un puñetazo de María Teresa León a Miguel Hernández en la sede de la Alianza de Intelectuales en los primeros meses de la guerra, después de que este escribiera en una pizarra un "aquí hay mucho hijo de puta y mucha puta", y que significó la ruptura entre el poeta oriolano y "la pareja de moda": se contara como se contara, ni Alberti ni su mujer podrían en absoluto salir airosos de ella. Pero le resulta a uno difícil comprender la razón por la cual Benjamín Prado, íntimo de Alberti, quisiera contársela a un extraño, como lo era yo para él, en una de las pocas veces que nos hemos visto. Pensé entonces que lo había hecho como uno de esos personajes atribulados que "filtran" alguna noticia, convencidos de la importancia de la misma, pero también de los inconvenientes que les acarrearía hacerlo personalmente. Así lo entendí, y hasta donde yo sé esa historia se hizo pública por primera vez en 2002, en la segunda edición de Las armas y las letras y al poco en uno de mis artículos del Magazine de La Vanguardia. Prado, naturalmente, no la desmintió, incluso empezó a hacerla circular él mismo, según pude saber.
El Alberti de 1999 seguramente no era muy diferente del de 1936, pero el tiempo ha ido haciendo su trabajo, y sabemos hoy pormenores que no se conocían hace 20, 30, 70 años, y que arrojan luz sobre zonas oscuras del pasado. Los testimonios de desafección que ha creído encontrar Prado en ese libro mío ni siquiera son míos, ni se deben, como asegura para desactivarla, a mi "manifiesta antipatía por Alberti", sino de gentes que lo conocían bien: Juan Ramón Jiménez, Cansinos-Assens, Josephine Herbst, Koltsov o Morla Lynch, por citar sólo unas pocas personas de izquierda o liberales y muy distintas entre sí, que lo señalan como alguien que se sirvió de la guerra en la retaguardia en beneficio propio, y algunos mencionan de modo explícito sus "monos planchados", sus ansias de notoriedad, sus trapacerías, su amor por el lujo, las casas buenas y las comidas copiosas en un Madrid hambriento y bombardeado, en fin, todo lo opuesto de quienes, como Miguel Hernández, tasaron su vida en lo que pesaba una bala en las trincheras, o una lenteja en las cárceles franquistas. Lo dijo bien claro Juan Ramón: "Nosotros ¡los intelectuales! Etcétera. Debemos ayudar al Gobierno y al pueblo: no ellos a nosotros". Todos son testimonios valiosos, pero algunos solo los hemos conocido recientemente, incluidos los dos del propio Prado. Es descabellado, pues, hablar de la "caza al poeta rojo" (¿qué tienen que ver ciertas conductas con el ser o no rojo?: al contrario, pocos escritores de la guerra concitan en mi libro tantas simpatías y tanta admiración como Miguel Hernández o Herrera Petere), y sí de un hombre víctima a menudo de un tiempo en el que el culto a la personalidad era una mixtificación que alcanzaba a políticos como Stalin o Hitler y a poetas que aspiraban a apropiarse del discurso de la república, desoyendo las sabias advertencias de Platón. Y desde luego que mi antipatía, como la llama Prado, no es anterior a, sino consecuencia de ver la distancia que media entre las ideas que algunas personas tuvieron del hombre nuevo que preconizaban y la triste condición humana. Al margen de sus valores literarios y hablando solamente, al menos en mi caso, de los años de la guerra y de su poesía de guerra, esa de la que Gaya, que sufrió el exilio tanto como Alberti, decía que "es mejor no hablar". Que después Alberti fuese justo merecedor del premio Lenin (¿o era el premio Stalin?) o que se mostrara sinceramente consternado por la desaparición de la Unión Soviética, jamás lo he puesto en duda.
Y, por supuesto, todos estamos de acuerdo con Prado: los pies de barro del ídolo los descubren a menudo sus propios fieles y devotos, que por oscuras razones acaban circulando sobre ellos especies penosas como la conocida de la Alianza de Intelectuales, y que les fueron confiadas en una intimidad que traicionaron, junto con otras que, al menos en algún caso, habría sido mejor no haber conocido. Pero esa es ya, sí, otra historia.
Andrés Trapiello es escritor.

viernes, 7 de mayo de 2010

Andrés Trapiello: Alberti y su mujer eran las estrellas de la República


El escritor publica una nueva edición de «Las armas y las letras» con material inédito de los intelectuales en la Guerra Civil.

Actualizado Viernes , 07-05-10 a las 11 : 40
Diecisiete años después de que Andrés Trapiello escribiera «Las Armas y las letras», ese libro en el que ahondaba en el papel de los intelectuales en la Guerra Civil, el escritor publica una nueva edición con importante material inédito y fotografías que ilustran a las claras la posición de autores como Alberti.
Una fotografía de Alberti, enviada a Ehrenburg en 1965 y en cuya dedicatoria califica la guerra como «la belle époque»; otra de Octavio Paz levantando el puño; una carta de Edgar Nevillesobre el asesinato de Lorca; otra misiva de Torrente Ballesteren la que considera la guerra como «un deporte de hombres» y un manuscrito de Sánchez Mazassobre su cárcel y su ejecución son algunos de los documentos inéditos más destacados.
«Lo curioso de Alberti es que veía la guerra como la 'belle époque' veinticinco años después de que ésta hubiera terminado, en plena dictadura franquista. Pero es que para el poeta y su mujer, María Teresa León, la guerra fue eso, una 'belle époque': eran las estrellas de la República, como un poder paralelo», afirmó hoy en una entrevista con Efe Andrés Trapiello.
Una obra dedicada a la guerraTrapiello pertenece a la generación de los «hijos de la guerra» (su padre la ganó, pero «quedó marcado para siempre» por ella), y quiso escribir este libro, que ahora publica Destino en una excelente edición, para «tratar de entender mejor este fenómeno y ver dónde se producían las fisuras».
Galardonado con numerosos premios, entre ellos el Nadal y el de la Crítica, Trapiello nunca compartió del todo la idea de que «los mejores escritores estaban del lado de la República y los peores, del lado de los nacionales».
También veía que «los que habían ganado la guerra habían perdido los manuales de literatura», y que «la guerra de la propaganda estuvo en la República».
Para aclarar todo esto se embarcó en «Las armas y las letras», que pronto se convirtió en libro de culto y que, por supuesto, suscitó polémicas. La voz de Francisco Ayala dejó clara la importancia de esta obra: «Trapiello rinde con su libro un gran servicio a nuestra historia intelectual al trazar el panorama objetivo, veraz y, a la vez, comprensivo y compasivo, de la república de las letras durante un período tan doloroso y tan turbio como el de la guerra civil española», escribió Ayala en El País.
La tesis de que la guerra la hicieron «dos minorías muy violentas y revolucionarias», pero que había «una tercera España mayoritaria, más o menos pacífica, en la que estaban representadas todas las ideologías y que no quería participar en la guerra», era también otra de las aportaciones del libro de Trapiello.
«Peor que ser un comunista o un fascista era ser liberal», aseguró hoy Trapiello, para añadir a renglón seguido que «muchos escritores fueron eliminados o borrados» durante la guerra y la posguerra.
De ahí que la obra de Trapiello sirva también para destacar la importancia de escritores como Chaves Nogales, Clara Campoamor, Morla Lynch o de incluso el propio Juan Ramón Jiménez y su libro «España en guerra». «Nadie tenía interés en escuchar el discurso de la tercera España que ellos representaban. Eran testigos incómodos para las dos partes porque denunciaban los crímenes». La nueva edición de «Las armas y las letras» llega «a rincones que no llegaba la primera».
Dura cosa es la guerraSi la foto de Alberti demuestra cómo el gran poeta vivió la guerra, también es elocuente la carta de Gonzalo Torrente Ballester, dirigida al poeta uruguayo Carlos Rodríguez Pinto. A sus 25 años y «bajo la influencia de Ortega y Gasset», aclara Trapiello, el futuro autor de «Los gozos y las sombras» afirma que la guerra «es un deporte de hombres».
«Dura cosa es la guerra -y yo no fui a guerrear-. Dura y hermosa. La guerra -ésta, entre hermanos, sin química, pero profundamente religiosa- es un deporte de hombres. Yo, intelectual, un poco 'por encima' de ciertas cosas, siento hoy un tanto de reverencia por 'el héroe'», escribía Torrente Ballester en aquella misiva.
El poeta Miguel Hernández vivió la guerra de forma muy distinta a la de Alberti. El distanciamiento entre ambos «refleja las dos caras del comunismo». El poeta alicantino creyó que «su obligación era llevar la literatura al frente, no permanecer en la retaguardia». Para Alberti, era «más importante la propaganda que el frente», indicó Trapiello.
En el libro se recuerda el episodio «tristísimo» de cuando Alberti le ofreció a Miguel Hernández un avión para salvarlo y el autor de «El rayo que no cesa», «que era tan honesto y honrado como insensato y temerario, pensó que no le hacía falta».

lunes, 26 de abril de 2010

MIGUEL HERNÁNDEZ EN EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO


Blog de José María García de Tuñón Aza

José Mª García de Tuñón
Aunque aún no se han cumplido los cien años del nacimiento del poeta de Orihuela, será el 30 de octubre próximo, en toda España, también en algunas naciones de América, incluso de Asia y África, se recuerda al autor de El rayo que no cesa, conmemorando su centenario. Hasta donde he leído, he visto que más que su calidad como poeta recuerdan su afiliación comunista, pero nadie dijo que Rafael Alberti «no soportó le robara la etiqueta de poeta de la revolución». En uno de esos homenajes que se están celebrando me ha llamado la atención el que protagonizó el escritor y ex secretario del Partido Comunista de Andalucía, Felipe Alcaraz Massats, quien aprovechó la ocasión para hablar de política en vez de referirse más a la obra del poeta Miguel Hernández, porque dijo: «Estamos viviendo la democracia de los vencedores». Es decir, quería que estuviéramos viviendo la de los vencidos, o sea, la de Largo Caballero, la de Pasionaria, la de «¡Viva Rusia!», en definitiva, la democracia estalinista que provocó millones de muertos y convirtió a media Europa en una gran prisión.
Por otro lado, Alcaraz recordó a García Lorca, pero nada dijo que éste poeta odiaba al de Orihuela, detalle que Saramago jamás olvidó: «El talento del genio no le da derecho a menospreciar a los demás y eso no se lo perdono a Lorca». El ex secretario comunista olvidó contar también cuando Miguel Hernández irrumpió en el edificio de la Alianza en Madrid y al ver el festín que estaban preparando mientras otros morían en el campo de batalla, dirigiéndose a Alberti, le dice: «Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta». Al escuchar María Teresa León estas palabras le pegó una bofetada, según ella misma ha dejado escrito. En fin, que con tantos olvidos, el comunista olvidó que los falangistas quisieron esconder a Miguel Hernández para que no fuera detenido. Al no conseguirlo, por una serie de errores del propio poeta, fue juzgado y condenado a muerte por lo que uno de los primeros afiliados a Falange, Rafael Sánchez Mazas, se entrevistó con Franco y obtuvo que le fuera conmutada esa pena por la inferior en grado que serían treinta años.
Sobre la intervención de éste y otros falangistas en favor de Miguel Hernández casi todos lo han obviado: no lo han tocado de pasada, ni tan siquiera de soslayo; solamente se han referido a ellos las asociaciones culturales Ademán y Fernando III, de Sevilla, en un acto celebrado recientemente en la capital hispalense donde intervinieron Javier Compás, vicepresidente de Ademán, el jefe de la sección de Edición de Abc de Sevilla, Romualdo Maestre, y el escritor Aquilino Duque –con quien tuve la suerte de formar cartel en un par de ocasiones–, que glosó la figura de Miguel Hernández a través de la lectura de varios de sus poemas, recordando también lo que le contó el poeta sevillano Romero Murube el día que el autor de Andaluces de Jaén llegó al Alcázar en el momento en que en él se alojaba el mismo Franco que había llegado a Sevilla para celebrar el desfile de la Victoria.

miércoles, 14 de abril de 2010

Miguel Hernández como la cebolla


POR FERNANDO IWASAKI
ABC Miércoles , 14-04-10

Tras dedicar sendos homenajes a las figuras de Agustín de Foxá y Leopoldo Panero, las Asociaciones Culturales «Ademán» y «Fernando III» han decidido dedicarle a Miguel Hernández la nueva edición de sus actos, corroborando así su vocación plural y libre de sectarismos. Y como me va a ser imposible asistir, me haría ilusión hacer algunos apuntes sobre Miguel Hernández, con la finalidad de animar a los lectores a acudir a la conferencia que tendrá lugar en la Fundación Valentín de Madariaga, mañana jueves 15 a las 20.00 horas.
A diferencia de Lorca o Alberti, Miguel Hernández ha sido un poeta más bien discreto, hasta el punto que su figura apenas ha convocado hagiógrafos, discípulos o estudiosos. Al socaire de su centenario, Eutimio Martín acaba de publicar un polémico libro —«El oficio de poeta» (Aguilar, 2010)— y por eso mismo me gustaría decir que la biografía de José Luis Ferris —«Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte de un poeta» (Temas de Hoy, 2002)— me sigue pareciendo el estudio más neutral y riguroso acerca del poeta de Orihuela.
Por otro lado, sus compañeros de generación —con excepción de Aleixandre— mantuvieron cierta distancia hacia Hernández y su obra, aunque por razones más bien diversas. Cernuda, por ejemplo, escribió: «De todos modos había en Hernández, y hasta en exceso, todos los dones primarios que indican al poeta; le faltaban los que constituyen el artista, y no creemos que, de haber vivido, los hubiese adquirido. Porque era un tipo de poeta que suele darse en España: fogoso y de retórica pronta, en el cual, en el entusiasmo inspirado que lo posee, concierta de instinto ambas cualidades, fogosidad y retórica, hallando así el camino franco hacia su auditorio, tan entusiasta como él» («Estudios sobre poesía española contemporánea», 1957, p. 228). Sin embargo, las razones de Alberti y María Teresa León fueron —más bien— personales e ideológicas.
En efecto, a Miguel Hernández le indignaban el lujo y la frivolidad que Alberti y su mujer derrochaban en el Madrid republicano, celebrando fiestas de disfraces y zampándose los alimentos que escaseaban. Una de esas lujosas noches Miguel Hernández soltó la frase explosiva que le mereció la enemistad de Alberti y la bofetada de María Teresa León —«Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta»—, admitida por ella misma en su «Memoria de la melancolía» (1979, p. 335). Aquel episodio fue la verdadera razón del desamparo de Miguel Hernández en Madrid, abandonado por sus «amigos» Neruda y Alberti.
Así, la reciente edición de las memorias inéditas del diplomático chileno Carlos Morla Lynch —«España sufre. Diarios de guerra en el Madrid republicano»— demuestra que Morla sí le ofreció asilo al poeta y que ni Alberti ni Neruda lo incluyeron en la lista de los compañeros que merecían protección diplomática. Y si la conducta de Alberti —que ya se había negado a llevarlo hasta Alicante cuando huyó con María Teresa León— ya fue deplorable, la de Neruda fue simplemente abyecta, pues en sus memorias «Confieso que he vivido» se despachó así: «Miguel Hernández buscó refugio en la embajada de Chile... El embajador en ese entonces, Carlos Morla Lynch, le negó el asilo al gran poeta, aun cuando se decía su amigo» (p. 175).
El poeta Miguel Hernández, recibió más ayuda de poetas falangistas como Eduardo Llosent y José María de Cossío, que de los exquisitos poetas republicanos, quienes siempre lo menospreciaron por ser como la cebolla: cerrado y pobre.

viernes, 19 de marzo de 2010

ERNESTO GIMÉNEZ CABALLERO EJE DE LA EXPOSICIÓN SOBRE LA GENERACIÓN DEL 27



En la sala Santa Inés de Sevilla se puede ver hasta Junio, una exposición que revive la eclosión artística y literaria que dió lugar a la que se conoce como Edad de Plata de la cultura española.


El cartel de la muestra es un diseño de Ernesto Giménez Caballero titulado El Universo de la literatura española.


Entre la gran cantidad de documentos expuestos, figuran reproducciones de gran tamaño de la revista La Gaceta Literaria, dirigida también por Gecé (Giménez Caballero), que jugó un papel fundamental en la difusión de las nuevas corrientes y que apareció por primera vez el 1 de Enero de 1927, en cuyas páginas colaboraron firmas como las de Azorín, Baroja, Ortega y Gasset, Buñuel, Begamín, Ramiro Ledesma Ramos, Alberti, Neruda, Ramón Gómez de la Serna, Lorca, Pedro Salinas, Falla, Dalí, Max Aub y otros más, que forman una verdadera galaxia creativa como la recreada por Gecé en su cartel.


La Gaceta Literaria es la columna vertebral de la exposición, mostrando la evolución de las vanguardias entre 1927 y 1928, como el Surrealismo y el neofuturismo. Curiosamente, de los jóvenes autores que convivieron en la revista, surgirian, a partir de 1930, divergencias ideológicas que conducirian a unos al comunismo y a otros al fascismo, pero ambas corrientes con espíritu regenerador de una España que creian necesitada de una revolución regeneradora que trajera mayor justicia social, los dos caminos que se bifurcaron desde 1930, acabarian regando los campos españoles de su sangre joven en un enfrentamiento fraticida.


En la muestra se podrá ver un documental, El deseo y la realidad, que muestra las únicas imágenes existentes de Luís Cernuda y otros poetas de su generación