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lunes, 10 de febrero de 2014

Ganaron la guerra, perdieron la historia de literatura

Falange y literatura  

por  Juan Bonilla


Rafael Sánchez Mazas lee 'Rosa Kruger' a los refugiados de la Embajada chilena, en 1936.


Finales de los 20, comienzos de los 30. En España nace una nueva fuerza política: la juventud. Se claman cosas como: un joven puede ser comunista o fascista, lo que no puede es servir a la clase media. Se escriben frases del tipo: la juventud española ha de saludar a la República, sin duda, para enseguida ponerse a la tarea de conquistarla, para hacerla viril, joven, violenta. En unos años, unos se pegarán con los otros, pero de momento, ahí están, en La Gaceta Literaria de Giménez Caballero, el comunista César Arconada y el fascista Ledesma Ramos. Giménez Caballero es el vanguardista 24 horas al día que va a Roma y se cae del caballo veloz de las vanguardias y se enamora de las camisas negras de Mussolini y de la nueva arquitectura fascista (Terragni había conseguido una obra maestra con la Casa del Fascio). De repente, su producción enérgica de los 20, llena de disparate y velocidad, con títulos como  Hércules jugando a los dados y Yo, inspector de alcantarillas, se vuelve dramáticamente pomposa. Primero le dedica un libro a Azaña, proponiéndole que sea nuestro duce. No hay quien se lo crea. Luego estruja sus convicciones en Genio de España. También escribe una estética fascista titulada Arte y Estado y busca correspondencias españolas con la Italia que tando admira: ellos tienen a Croce, nosotros a Unamuno, ellos a Marinetti, nosotros a Gómez de la Serna; ellos a Papini, nosotros a Baroja... y así. En las calles ya no son tan amigos. Alberti entraba en La Gaceta Literaria y, para cachondearse de Giménez Caballero, le saludaba a la romana. Santa Marina iba a rendir homenaje al rojo Alejandro Casona por el éxito de su Nuestra Natacha. Pablo Neruda firmaba en el banquete que se le ofrecía a Foxá por la publicación de El toro, la muerte y el agua. Poco después, se acabaron las gracietas y los compadreos.

Todo aquel ambiente previo a la Guerra Civil está muy bien definido en Las armas y las letras, el imprescindible libro de Andrés Trapiello, que crece en cada nueva edición y cuyo tema es precisamente qué hicieron todos los actores de nuestra vida cultural durante la guerra civil, lo que lleva inevitablemente al autor a dedicar unas cuantas líneas a contar qué hacían antes del estallido de la guerra y en qué posición quedaron cuando la guerra acabó. Por supuesto en ese libro abundan los falangistas. Para José Antonio, como se sabe, la literatura era un hobby: escribió sonetos y una novela adolescente que lo acompañó a la cárcel y acabó en manos de Indalecio Prieto. Le gustaba rodearse de escritores, regentó una tertulia en La Ballena Alegre.
 Quiere la leyenda que Falange se quisiera un movimiento poético, muy al modo futurista de Marinetti, que llegó a fundar el Partido Futurista, que luego acabó zambullido en el partido fascista de Mussolini. Poetas había, sin duda, pero no tenían nada de vanguardistas. El más vanguardista de los brotes del fascismo en España fue Giménez Caballero, que le tenía una antipatía natural a José Antonio y no tragaba apenas al lugarteniente de éste, Rafael Sánchez Mazas. Tanto Mazas como Foxá eran más escritores de la nostalgia burguesa y, aunque el primero escribió un libro incendiario titulado España-Vaticano en el que venía a decir que la mejor manera de no dejar que el Vaticano le dictase nada a España era conseguir que España se lo dictase todo al Vaticano, no parece que, literariamente, en lo que escribían, calase mucho las convicciones vanguardistas de la primera hora de Falange. Esas convicciones sí que resplandecen aún en la última  novela vanguardista de aquella hora: Hermes en la vía pública, del excelente Antonio de Obregón, autor además de otra exquisitez titulada Efectos navales y de un buenísimo libro ultraísta titulado El campo. La ciudad. El cielo.

Una cosa diferencia, literariamente, a falangismo y comunismo: el comunismo podía inyectarse en los poemas, hacer de ellos una vía (libros de Alberti, de Plá Beltrán); el falangismo, raramente (sólo tenemos los patéticos Poemas de la Falange eterna de Federico de Urrutia, otros libros de autores falangistas no son libros falangistas, así los de Dionisio Ridruejo o Vivanco o de Luis Rosales, quizá sólo cabría que mencionar Altura, de José María Castroviejo). ¿Hubo pues una literatura falangista? Sin duda, la hubo, una de sus muestras más altas es Javier Mariño de Torrente Ballester, que fue repudiada por la Iglesia y las autoridades franquistas, cuando el falangismo fue desviado de intenciones revolucionarias para convertirse en mero espejismo utilizado por el franquismo. En Javier Mariño, Torrente se las arregla para retratar el nacimiento de una fe. Otras obras narrativas, de mucha menor importancia y potencia, pueden ser la novela  lírica de García Serrano Eugenio o la proclamación de la primavera (título que homenajea por cierto al de un comunista como Sénder, que escribió años antes Proclamación de la sonrisa), Leoncio Pancorbo de José María Alfaro y Camisa azul del ex vanguardista Ximénez Sandoval.

Otros camisas azules supieron refugiarse en otras vías, nostalgias como Sánchez Mazas o Foxá, o fantasías como Cunqueiro y Angel María Pascual. Giménez Caballero, ambicioso como él solo, disparató todavía más que en sus años de vanguardia: lo acabaron mandando de embajador a Paraguay. Pero si hay un libro donde mejor se expresa todo ese "pensamiento fascista" que caló tanto en un sector de la juventud intelectual de los años 30, ese libro es, como bien apunta José Carlos Mainer, Vida de Sócrates de Antonio Tovar.

El libro de Mainer, Falange y Literatura, se publicó en 1971. Abrió caminos y deparó dos grandes estudios: La corte literaria de José Antonio de Mónica y Pablo Carbajosa y Vanguardistas de camisa azul de Mitchit Albert. Ahora RBA lo reedita, o mejor dicho, edita una reelaboración de aquel ensayo seguido de una antología de textos literarios falangistas. Curiosamente en la edición original, el estudio era un andamio, resultaba más importante la antología que le seguía: ahora sucede al contrario, el estudio es magistral, está lleno de detalle y economía, la antología es casi un apéndice, una ilustración parasitaria del gran ensayo que las precede.
Constelación de Giménez Caballero.


Estudia Mainer las raíces orteguianas de la ideología falangista, el modo en que esa ideología juvenil y revolucionaria acabó desactivándose cuando los jóvenes -alguno no era tan joven al comenzar toda esta danza- dejaron de serlo y se ganó la guerra. Se detiene en una figura tan compleja e interesante como la de Dionisio Ridruejo, decepcionado enseguida de volver de Rusia, capaz de escribirle una carta a Franco diciéndole cómo se estaban traicionando los principios revolucionarios. Está, en fin, lleno de pistas y sabiduría, además de estar escrito con excelente prosa: un ejemplo de maestría crítica. Mainer publicó su Falange y Literatura con 25 años.

Ahora, 42 años después, aquel mítico tomo de cubierta azul mahón que salía en una España en la que los intelectuales miraban con mucha suspicacia cualquier intento de regalarle atención a los escritores falangistas, se ha convertido en un tocho que importa no sólo porque  importa, sino también porque generó algunos rescates inapelables, como el de Sánchez Mazas, autor de una de las mejores novelas de su época, Rosa Krüger. El editor de esa novela fue Andrés Trapiello que, memorablemente, sentenció acerca de algunos de los protagonistas del libro de Mainer, que "ganaron la guerra pero perdieron la Historia de la Literatura".

Publicada en :

 http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/bibliotecaenllamas/2013/10/31/falange-y-literatura.html

martes, 16 de abril de 2013

Agustín de Foxá, el conde maldito


  • Agustín  de Foxá, el conde malditoJOSE JAVIER ESPARZA
    Se pondrán como quieran los mandarines de la dictadura ideológica que padecemos, pero el hecho objetivo es que Foxá es uno de los grandes. Puede discutirse que como novelista o como poeta, por ejemplo, su obra no alcanzó la dimensión que él hubiese deseado (en parte por circunstancias ajenas y en parte por pereza propia).Sea como fuere, es indiscutible que en un género literario básico del siglo XX, como es el columnismo de periódico, Foxá ha sido uno de los grandes clásicos de nuestra literatura, como González Ruano. Y así lo proclamó, por ejemplo, otro maestro del género: Francisco Umbral. Pero vamos a ver quién era Foxá: qué hizo y por qué tiene que estar, de manera inexcusable, en cualquier biblioteca disiden El “Cara al sol”
    Agustín de Foxá es un hijo directo de la edad de plata de la literatura española. No andaremos descaminados si en su árbol genealógico subrayamos los nombres de Valle-Inclán y Ramón Gómez de la Serna. Eso en lo que concierne a su genealogía literaria, porque la otra, la biológica, también merece mención: Agustín de Foxá y Torroba, tercer conde de Foxá y cuarto marqués de Armendáriz, hijo de la nobleza madrileña (en la capital nació en 1903), educado en el Colegio del Pilar, encaminado a la carrera diplomática… Foxá era lo que entonces se llamaba “un señorito”. Un señorito, eso sí, dotado de una agudísima sensibilidad poética y una curiosidad estética sin límites. Y también, por cierto, de un hondo desdén hacia las necedades de la oligarquía.
    Foxá debutó muy pronto: aparte de los versos escolares en la revista del colegio, antes de los treinta años ya tenía un nombre como articulista en La Gaceta Literaria, que era el laboratorio de las vanguardias españolas en los años 20, en Héroe y en Mundial, entre otras revistas. En 1930 se estrena como articulista en ABC, medio para el que seguiría publicando durante toda su vida. Amigo del gran Edgar Neville, el joven conde traba también relación con Ramón Gómez de la Serna y María Zambrano. En ese momento, ya diplomático, es destinado a Sofía y a Bucarest. En 1933 aparece su primer libro de poemas, La niña del caracol, editado y prologado por otro gran nombre literario del momento: Manuel Altolaguirre.
    Nuestro autor, que ante todo es un literato, no carece de inquietudes políticas: nadie en la España de los años treinta carecía de ellas. De familia monárquica y convicciones conservadoras, su mundo afectivo está en los antípodas de la República proclamada en 1931. Sin embargo, no es un tradicionalista: por una parte, le atrae demasiado el mundo de las vanguardias y, por otra, ha aprendido a mirar con ojos muy críticos el mundo viejo, que estaba muriendo por sus propios méritos.
    Con esas hechuras, era inevitable que terminara acercándose a un movimiento que otro hijo de buena familia, José Antonio Primo de Rivera, está empezando a levantar con una combinación de conceptos políticos tradicionales y formas sociales renovadoras: Falange Española. Como Foxá, otros muchos escritores entran en la órbita joseantoniana: Rafael Sánchez Mazas, Dionisio Ridruejo, José María Alfaro, Jacinto Miquelarena, Pedro Mourlane Michelena… Con algunos de ellos escribió Foxá la letra del “Cara al sol”.
    Sus episodios nacionales
    Agustín de Foxá apenas participó en las convulsiones políticas de la preguerra: sus ocupaciones diplomáticas le mantenían alejado de ellas. La guerra le sorprende precisamente en el momento en que acaba de ser destinado al consulado español en Bombay. Finalmente no marcha a Bombay, sino a Bucarest. Allí se encuentra en una situación difícil: funcionario al servicio de un Gobierno que no ignora sus inclinaciones políticas, y en un clima de guerra civil. Finalmente logra abandonar Bucarest, vuelve a España y entra en la zona sublevada, poniéndose al servicio del gobierno de Franco. Pocos meses antes había publicado su segundo libro de poemas: El toro, la muerte y el agua, con prólogo de Manuel Machado.
    Es en ese ambiente de guerra civil cuando Foxá publica la novela que más fama le daría (y que la izquierda española no le ha perdonado aún): Madrid, de corte a checa, uno de los grandes libros sobre la guerra de 1936. Escrito, evidentemente, desde el lado de los sublevados, Foxá retrata aquí la irresponsable frivolidad de los monárquicos de 1931, las turbulencias de los años republicanos y la persecución roja en el Madrid del Frente Popular.
    La obra abunda en retratos de personajes de la época, pero es, sobre todo, una mirada tan estetizante como desolada al desgarro general de un país. Madrid, de corte a checa tenía que haber sido la primera de una serie de novelas, al estilo de los Episodios nacionales de Galdós. Foxá escribió otras dos: Misión en Bucarest y Salamanca, cuartel general. Sólo apareció, sin embargo, la primera de ellas, y eso después de la muerte del autor. La tercera, la salmantina, nunca se encontró.
    Es interesante, porque Foxá, siendo un hombre que tomó partido decididamente por uno de los bandos de la guerra civil, no tomó nunca una actitud de aniquilación frente al enemigo. Hay unos versos suyos que son una oda al dolor de un país desgarrado. Dicen así: “Una línea de tierra nos separa./ Pero estamos tan lejos…/ Para llegar hasta vosotros, trenes,/ rutas extrañas, playas extranjeras/ y, sin embargo, hermanos enemigos,/ ¡qué cerca nuestra sangre!, que aclararon/ las mismas frutas, que encendieron, roja,/ primaveras y labios parecidos”.
    Foxá escribió otras muchas cosas: más poesía, como los libros El almendro y la espada, Poemas a Italia y El gallo y la muerte, y también teatro en prosa y en verso: Cui-Ping-Sing, El beso a la bella durmiente, Baile en capitanía, Gente que pasa… Colaboró de manera muy directa en las publicaciones culturales del régimen del 18 de julio, como Vértice y Jerarquía, y dirigió la publicación bilingüe hispano-italiana Legiones y Falanges. Sin embargo, se hace difícil calificarle como un escritor del franquismo. ¿Antifranquista, entonces? Desde luego que no. Como les ocurría a otros muchos escritores falangistas de su generación, Foxá se sentía atrapado entre sus deseos y la realidad: la mayoría de ellos veía el régimen de Franco como un enojoso aparato demasiado conservador para su gusto; pero, al mismo tiempo, todos sabían perfectamente que en aquella España de posguerra no había otra opción.
    Instalado en esa incomodidad, Foxá va a ir quemando su vida en distintos destinos diplomáticos durante la segunda guerra mundial. Es en ellos donde se labra esa fama de personaje agudo, sarcástico, brillante y algo cínico que iba a acompañarle para siempre; ese talento para crearse legiones de enemigos por una frase brillante que su verbo afilado no podía reprimir. Representó al régimen de Franco en Roma y en Helsinki. Aquí conoció al escritor italiano, fascista primero y antifascista después, Curzio Malaparte. Malaparte retrató a Foxá con trazos poco agradables en su novela La piel (una gran novela, por otro lado). Foxá, cuando le preguntaron por Malaparte, contestó que prefería a Bonaparte.
    Y cuando terminó la segunda guerra mundial, nuestro autor continuó en sus tareas diplomáticas, ya fuera en Buenos Aires o en Cuba o en Filipinas. Enfermo de los pulmones, el clima filipino estuvo a punto de matarle. Cuentan que cuando se le retiraba de Manila en camilla, a bordo del avión que le devolvería a España, susurró: “Soy el último de Filipinas”.
    Melancolía del desaparecer
    Nuestro autor no tenía la menor inquietud política. No hizo el menor esfuerzo por labrarse una carrera en el régimen. Su mundo seguía siendo otro: el de las palabras y los conceptos, una visión esencialmente estética de la vida y del mundo. De su paso por América dejó unas crónicas sencillamente sublimes, recogidas en el volumen Por la otra orilla. Se trata de una compilación de artículos de tema americano y en ellos -en todos ellos- brilla intensamente su ingenio agudo y melancólico. Es una obra maestra del articulismo como género literario.
    Murió en 1959, con sólo 56 años. “Soy gordo, soy conde, soy diplomático… ¿cómo no voy a ser reaccionario?”. Esa frase se le atribuye, entre otras, para definir su perfil. Pero quizás es más precisa la que él se dedicó a sí mismo: “Gordo. Con mucha niñez aún palpitante en el recuerdo. Poético pero glotón. Con el corazón en el pasado y la cabeza en el futuro. Bastante simpático, abúlico, viajero, desaliñado en el vestir, partidario del amor, taurófilo, madrileño con sangre catalana. Mi virtud: la imaginación. Mi defecto: la pereza”.
    Enfrentado a la muerte, Foxá escribió unos versos que sobrecogen. Su “Melancolía del desaparecer” se ha citado mil veces, pero vale la pena repetirla, porque pocas veces el alma poética ha tocado con más profundidad el temor a la incertidumbre y el dolor por la vida que se va”. Dicen así:
     “Y pensar que después que yo me muera,/ aún surgirán mañanas luminosas,/ que bajo un cielo azul, la primavera,/ indiferente a mi mansión postrera,/ se encarnará en la seda de las rosas./ Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,/ sobre mis huesos danzará la vida,/ y que habrá nuevos cielos de escarlata,/ bañados por la luz del sol poniente/ y noches llenas de esa luz de plata,/ que inundaban mi vieja serenata,/ cuando aún cantaba Dios, bajo mi frente./ Y pensar que no puedo en mi egoísmo/ llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;/ que he de marchar yo solo hacia el abismo,/ y que la luna brillará lo mismo/ y ya no la veré desde mi caja”.
    Es a este prodigio al que unos oscuros concejales comunistas de Sevilla quiesiron prohibir. Porque no les gustaba lo que Foxá fue; no les gustaba el conde maldito. Quizá lo que no les gustaba era saber que, frente a ellos, sigue existiendo la sombra de alguien tan grande.



    http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/cultura/agustin-foxa-conde-maldito-20130329

    martes, 13 de diciembre de 2011

    Los viejos escritores falangistas superados

     


    Encandilados por la clarividencia y la fina de ironía del autor, traemos hoy a Laclavecultural este demoledor analisis literario de la transición a cargo de  Martín Miguel Rubio Esteban publicado por El Imparcial.

     Los viejos escritores falangistas superados

    08-12-2011

    Una de las grandes hazañas espirituales de la excelsa democracia juancarlista de la que disfrutamos en todos los órdenes — morales, culturales y económicos - es la muy poblada nómina de egregios escritores de raza que milagrosamente ha parido, verdaderas cariátides de la fachada de esta rutilante Democracia que con su celante cuidado no paran de engrandecer. En contadas épocas anteriores de la Historia de España la lengua española ha llegado a tan altas cotas de sublimidad retórica merced a esta Literatura rutilante de la actualidad. Numerosas estrellas de la pluma alumbran hoy el manto de terciopelo de nuestro cielo español. ¿Cómo no quedar ciegos ante el lampo luminoso que rasga el cielo de estrellas como Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, Boris Izaguirre, Juan José Millás, José Carlos Somoza, Eduardo Mendoza, Ángeles Caso, Lucía Echevarría, José Antonio Marina, Carlos Ruiz Zafón, Julia Gallo, J.J. Benítez, Fernando Savater, Carmen Posadas o González Santoja? Sólo gracias a gente como ellos la literatura juancarlista ha conseguido sacudirse la nefanda y mediocre literatura anterior, la literatura falangista. Por lo que respecta a la Literatura, la época de Don Juan Carlos podría compararse con el siglo de Octavio Augusto.
    Porque veamos. ¿Quién es Eugenio D´Ors ante ese pozo de ciencia y sabiduría moral y democrática que es Fernando Savater? Su Glosari es un juguete balbuciente ante ese insuperable Amador savateriano, con el que se catequiza noblemente a nuestros alumnos de Ética y Ciudadanía. ¿Cómo podemos comparar esa escritura tan bien organizada de la bella Carmen Posadas con el ingenio satírico, melancólico, contradictorio, tremendista y apasionado de Agustín de Foxá? Una sola hoja de Pequeñas Infamias vale más que todo Madrid de corte a checa, el drama Cui-Ping-Sing o Baile de capitanía.
    El pobre Rafael Sánchez Mazas palidece ante la exuberante-exuberante prosa ardiente de Lucía Echevarría. Pedro Laín Entralgo es un párvulo anémico ante la profunda filosofía inédita que representa José Antonio Marina. El vanguardista Ernesto Giménez Caballero no es nadie ante la soberbia construcción narrativa de Ángeles Caso. El soriano Dionisio Ridruejo se hace evanescente frente a ese señero novelador de la Historia que es Arturo Pérez Reverte ( Por cierto, que un falangista como Dionisio Ridruejo haya sido el traductor al castellano del mejor escritor español del siglo XX ( Josep Pla ) tiene un hondo sentido histórico, que malbarata sin duda la calígine neblinosa del zapaterismo ). La prosa de Eugenio Montes debe inclinarse, como el rudo Ennio ante Virgilio, ante esa gracia anacolútica que es Javier Marías. El santanderinísimo Víctor de la Serna se oscurece ante la luz penetrante y cegadora de Boris Izaguirre. El olvidado Mourlane se hunde ante la fuerza académica de Antonio Muñoz Molina. El fino helenista, comentador de los grandes stásima de la tragedia griega, Antonio Tovar, es un mero recuerdo caliginoso ante el sol esplendente de José Carlos Somoza. Gonzalo Torrente Ballester, con toda su Saga-Fuga de J.B., apenas puede ser más que el nombre de una calle salmantina ante la ironía genial y mediterránea de Eduardo Mendoza. García Serrano es un aprendiz balbuciente de escritor ante ese río enorme, enciclopédico, calepínico casi y tempestuoso que es la obra de Carlos Ruiz Zafón.
    No pongo en la nómina a Cela, porque era tan amigo de Millán Astray que de hecho era millanista.
    ¿Y qué decir de los ecos olvidados del simbolista valenciano Samuel Ros, el poeta santanderino Luys Santa Marina, el poeta y ensayista burgalés José María Alfaro Polanco, el pensador zamorano Ramiro Ledesma Ramos, el periodista granadino Juan Aparicio, el religioso cascarrabias Fermín de Yzurdiaga, el fulgurante poeta granadino Luis Rosales, el poeta madrileño Luis Felipe Vivanco — también elegantísimo prosista y magnífico crítico de arte inédito -, el sevillano Manuel Díez Crespo, el hondo poeta Ángel María Pascual, el poeta leonés Leopoldo Panero, el aragonés Ángel B. Sanz, el sonetista Carlos Foyaca, el arqueólogo Martín Almagro, el vallisoletano taurófilo José María Cossío, Alberto Puig Palau, y de tantos otros miembros del movimiento cultural de la Falange? Sólo ecos infumables por su calidad inane y de baja estofa moral. Bien es verdad que también son un arroyo de montaña muy rico de cielo y fondo, cabrilleante pero con muchos argumento de arenas, guijarros, verdines, pececillos y pozas de misterio; no exactamente la “sorella acqua” de San Francisco.
    Mientras, la nueva Falange que son nuestros partidos políticos, artífices sin duda de nuestra deslumbrante libertad política y moralidad pública (caso Urdangarín ), asistidos por el sistema educativo egresado de la LOGSE, cuya referencia pedagógica es el constructivismo marxista de Vigostsky, despreciador de la Memoria, Madre de las Musas, seguirá poniendo en marcha al pueblo hacia las cumbres de la más refinada estética literaria y artística y del buen gusto.
    “Gocen otros del gobierno del mundo y sus monarquías…”

    Martín-Miguel Rubio Esteban
     Doctor en Filología Clásica, autor de ensayos sobre literatura latina, política e historia y Catedrático de Instituto.