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lunes, 18 de junio de 2012

Vuelve la revista Vértice

Una exposición recoge las ideas del bando nacional en la revista "Vértice"

17-05-2012 / 14:51 h EFE
Entre abril de 1937 y marzo de 1939, el bando nacional contó en la Guerra Civil con un aliado mediático como fue la revista "Vértice", cuya historia repasa una exposición que ha abierto hoy sus puertas en el Museo de Adolfo Suárez y la Transición (MAST), en Cebreros (Ávila).
La muestra, que ha comenzado hoy su itinerancia por Castilla y León, está organizada en colaboración con la Fundación del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua y permanecerá en la tierra natal del expresidente del Gobierno Adolfo Suárez hasta el 12 de junio.
Según ha explicado a Efe Cristina Blanco, gerente del museo, la exposición recoge los veinte números publicados por "Vértice", así como los ocho monográficos que editó esta publicación "de una gran calidad".
A modo de ejemplo, baste citar un gran desplegable que incluyó en uno de sus números, con una fotografía de Madrid de nada menos que dos metros.
"
Vértice" se convirtió además en "el escaparate del Régimen" y otorgó el protagonismo literario y social al grupo de escritores "nuevos" más valioso de la España franquista, como pudieron ser Rafael Sánchez Mazas, Víctor de la Serna, Ernesto Giménez Caballero, Álvaro Cunqueiro, Luis Rosales o José Luis López Aranguren.
También en sus páginas escribieron, entre otros, Edgar Neville, Agustín de Foxá, Eugenio Montes, Alfredo Marquerie o Gonzalo Torrente Ballester.

Con Manuel Halcón al frente de la publicación hasta 1939, año en el que fue sustituido por Samuel Ros, "Vértice. Revista nacional de Falange", que tal era su nombre completo, sirve de hilo conductor a una exposición que responde a un planteamiento crítico y a una reflexión contra la desmemoria, según fuentes de la organización.
Números originales, artículos destacados y carteles publicitarios conforman esta exposición en torno a una revista que aborda el lado opuesto de la historia que hasta ahora ha venido recogiendo el Museo de la Transición.
De hecho, la muestra abre al público como continuación a las dedicadas a "Hora de España", el "mejor exponente" de los intelectuales que "supieron estar por encima de las circunstancias", y "Ruedo Ibérico", la editorial del acervo intelectual en la clandestinidad.

sábado, 17 de marzo de 2012

Un novelista en el 'Colegio de los Poetas'

Manuel Halcón fue alumno de San Luis Gonzaga entre los años 1910 y 1917.
Bernardo Rodríguez Caparrini doctor Por La Universidad De Cádiz.






Clase de Instrucción Primaria (curso 1910-11). Manuel Halcón es el quinto por la izquierda, sentado.

El escritor y periodista sevillano Manuel Halcón Villalón-Daoiz (1900-1989) es autor, entre otras, de las novelas El hombre que espera (1922, Premio Ateneo de Sevilla), Recuerdos de Fernando Villalón (biografía novelada, 1941), Aventuras de Juan Lucas (1944), La gran borrachera (1953), Monólogo de una mujer fría (1960, Premio Nacional de Literatura) y Manuela (1970). Socio fundador de la revista poética Mediodía en 1926, durante la Guerra Civil dirigió el diario FE (órgano de la Falange sevillana) y la revista de divulgación cultural Vértice. Fue subdirector de ABC de Madrid (obtuvo el Premio Mariano de Cavia en 1940) y director de las revistas Semana y Moneda y Crédito. En 1962 ingresó en la Real Academia Española con el discurso "Sobre el prestigio del campo andaluz". Su última obra, Cuentos del buen ánimo, se publicó en 1979.


Manuel Halcón, hijo del marqués de San Gil, tenía 9 años cuando ingresó en septiembre de 1910 como interno en el afamado colegio de los jesuitas de El Puerto de Santa María. Su hermano mayor, Fernando, había cursado estudios allí de 1905 a 1907, como también lo hiciera -entre 1890 y 1896- el poeta Fernando Villalón, primo suyo. La infancia de Manuel fue un "llanto de ilusiones": era de los pocos alumnos que no recibía los domingos en el internado la visita de su madre, fallecida a los tres meses de nacer el niño. Halcón no llegaría a obtener el grado de bachiller, cuya duración -con arreglo al plan Bugallal- era entonces de seis años. En su expediente académico se refleja que cuando sale del colegio al terminar el curso 1916-17, solo había aprobado -con la nota mínima- 13 de las 23 asignaturas de las que se había matriculado, no presentándose a las restantes. Sobre su etapa escolar diría el propio Halcón en 1961: "Tan indisciplinado y desaplicado era que nada esperaban de mí mis profesores y compañeros. Era, además, un niño enclenque".


Tres rectores tuvo el colegio de San Luis Gonzaga siendo Manuel Halcón alumno: los padres Rodolfo Velasco, Raimundo Zamarripa y Martín Mendoza. Fue el asturiano P. Velasco (1868-1940; rector de 1909 a 1915) -a quien Halcón consideraba "la representación humana del equilibrio" - el que le dejó mayor huella. Entre los jesuitas que ocuparon los cargos de padre espiritual o de prefecto se encontraban Manuel Abreu, Francisco Lirola, Salustiano Legórburu, Mariano Ayala o Francisco Javier Maruri. Con afecto recordará Halcón años más tarde a otro miembro de la comunidad jesuita, el hermano enfermero Francisco Javier Aizpuru (1876-1952): "Yo siempre le tuve como un ser distinto, a quien los carceleros le dejaban abrir las rejas para sacar a los niños débiles a tomar el aire".


Como le había sucedido al Nobel de Literatura Juan Ramón Jiménez dos décadas antes, la vocación literaria de Manuel Halcón aflora en el colegio. Le produce una emoción "más intensa aún que los versos" la novela de Pedro A. de Alarcón El final de Norma (1855), que el padre Alberto Risco les leía por capítulos en la clase de Literatura. Imparte Latín de 1º y de 2º el peruano padre Gustavo Salaverry, descrito por Halcón en Los Dueñas (1956) -su novela más autobiográfica- como "terror de los alumnos". En el curso 1915-16 tiene como profesor de Física (asignatura de 5º año) al veterano padre Plácido Hurtado, el mismo que con un telescopio descubre las rabonas en las dunas del entonces estudiante de 3º de bachillerato Rafael Alberti, según ha narrado el poeta portuense en La arboleda perdida.


El colegio de San Luis tiene en la época de Manuel Halcón una media de 215 alumnos, mayoritariamente internos. En la emotiva crónica de guerra 'El amigo enemigo' (1936) evocará Halcón a algunos de ellos: la campana que tocaba Francisco de Paula Oliva Mack, las "consignas" que llevaba José Mª Rojas Lobo, las declamaciones de Jesús Pabón Suárez de Urbina y las travesuras de Juan A. Estrada Moreno. El futuro historiador y académico de la Historia sevillano Jesús Pabón (1902-1976) es coprotagonista del relato 'Los dos macferlanes' (1949), en el que Halcón cuenta cómo Pabón y él mismo, únicos portadores de unos abrigos desfasados, tuvieron que defenderse de las crueles burlas y agresiones de sus compañeros. Así nació una amistad profunda y duradera entre ambos. De la vida en el colegio de El Puerto está sacado también el argumento de 'El pecado insepulto' (1959), narración que tiene como protagonistas a los condiscípulos de Halcón en la clase de Física del P. Hurtado, entre ellos a "tres P señeras" que destacarían más tarde: el mencionado Jesús Pabón y los jerezanos Joaquín Mª Peñuela de la Cobiella (jesuita y profesor de asiriología) y Julián Pemartín Sanjuán (escritor y poeta falangista; director del Instituto Nacional del Libro de 1941 a 1966). Dos alumnos externos que inician el primer año de bachillerato con Halcón son José Luis Poullet Martínez y Antonio de la Torre González, que después se dedicarán profesionalmente al magisterio.


El 31 de mayo de 1921, Manuel Halcón contrajo matrimonio en Sevilla con Rosa Borrero Carrasco. En el viaje de novios, camino de Cádiz, hicieron una visita al colegio de San Luis. Así la recordaría Halcón en 1961 para La Estafeta Literaria: "Pedí permiso para pasearme por la huerta, por aquel sendero bajo las pimientas por donde otras veces paseaban las hermanas de los alumnos. Por mirarlas, más de una vez fui castigado. Y ahora llevaba una mujer cogida por el talle. Me pareció que recogía algo que estaba allí sujeto en el aire y que me estaba esperando. Después no he vuelto más".

domingo, 23 de octubre de 2011

Halcón vuelve al Ateneo de Sevilla de la mano de las asociaciones ADEMAN y FERNANDO III

  Recogemos el magnífico resumen que hizo Paco Correal del acto de homenaje a Manuel Halcón para Diario de Sevilla.
 
Calle Rioja

Recuerdos del primo de Villalón

Literatura. El Ateneo de Sevilla recordó al académico sevillano Manuel Halcón, que entró como socio en 1919 y en 1926 recibió un premio de la docta institución
zoom
LOS viernes por la tarde, el presidente del Ateneo, Alberto Máximo Pérez Calero, tiene consulta como médico. Pero la docta casa está en muy buenas manos, sobre todo si se trata de actividades literarias. Miguel Cruz Giráldez, catedrático de Literatura, es adjunto a la presidencia de la institución, y si hay duda con algún libro, para eso está el bibliotecario, Gerardo Pérez Calero, hermano del presidente y médico que recibe pacientes las tardes de los viernes.

Recuerdos de Manuel Halcón. Este homenaje literario se ajustó a la fórmula de ese libro soberbio, pura filigrana, que Manuel Halcón le dedicó a su primo el poeta y ganadero: Recuerdos de Fernando Villalón. La presencia de éste fue constante. En la casa sevillana de los Halcón, descendientes del soldado Luis Daoiz, nace el poeta Villalón y muere la santa Ángela de la Cruz. El acto fue organizado conjuntamente por las asociaciones Fernando III y Ademán. Estos últimos fueron los que hace dos años convocaron un homenaje forzosamente clandestino a Agustín de Foxá, prohibido por la entonces delegada municipal Josefa Medrano, de Izquierda Unida. "Le estamos muy agradecidos a esta concejal, con la que nos veremos el próximo año en los juzgados", dice Javier Compás, de Ademán, "consiguió que en las librerías se agotaran los libros de Foxá".

Eusebio León, presentador de los dos ponentes, recordó aquella aciaga noche literaria la censura propiciada "por el entonces gobierno bolivariano de la ciudad", que obligó a trasladar literalmente a la calle el acto. A la autoridad gubernativa, usando el símil taurino, no le tembló el pulso inquisitorial pese a que entre los participantes figurasen un premio Nacional de Literatura, Aquilino Duque, y un premio nacional de Biografías y de Traducción, Antonio Rivero Taravillo.

Ese gobierno municipal que ahora está en la oposición no hubiera visto con buenos ojos que antes del homenaje a Halcón, su principal exégeta, el escritor Fernando de Artacho, diplomado en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria, hubiera glosado la gesta de su abuelo, el comandante Pérez Blázquez, que al frente de trescientos falangistas sevillanos venció en Brunete a las tropas comandadas por Enrique Líster con refuerzos de las Brigadas Internacionales. Antepasado al que dedica una novela que saldrá con el título de La segunda bandera.

Manuel Halcón nació en Sevilla en 1900. este escritor de comienzos de siglo es un fin de raza, como tituló uno de sus libros, que apareció en 1927. Pertenecía por derecho propio a esa generación, como prueba la aparición en 1925 de El hombre que espera, que le valió el premio José María Izquierdo del Ateneo (institución de la que era socio desde 1919) o en 1926 de su novela Los treinta años de su mujer. De niño quiso ser seise, de mayor fue académico con piso en el madrileño paseo de la Castellana. Dice Cruz Giráldez que su ascendencia nobiliaria perjudicó su carrera como escritor. Pese a sus obligaciones madrileñas, su triángulo lo formaban Sevilla, Lebrija y Morón, la finca de su primo Villalón por la que una vez apareció el Pernales y donde se recibían a diario Le Figaro y el Diario de Cádiz. Era marqués de familia y un primo suyo, el conde de Halcón, fue alcalde de Sevilla en tres periodos distintos. Dejó la Alcaldía el 14 de abril de 1931. Ochenta años después, Halcón, el marqués, tiene una nieta, Pía Halcón, que es concejala en el Ayuntamiento de Sevilla, hija de Pío Halcón, el singular mecenas que regentaba una productora de cine, Galgo Films, con la que financió la película Manuela que Gonzalo García Pelayo y Pancho Bautista, con música de Lole y Manuel, dirigieron a partir de una historia del académico que murió en 1989. Fin de raza. Una película que el cronista vio en el verano de 1977 en el cine Sinaí.

Artacho y Cruz Giráldez repasaron otra faceta fundamental de Manuel Halcón, la de periodista. Su firma fue habitual en dos de los principales periódicos de la ciudad en el primer tercio del siglo XX, El Liberal de José Laguillo y El Noticiero Sevillano de Peris Mencheta. Ganó un premio de cronistas de guerra. En plena contienda, dirigió la revista Vértice, aunque más trascendental fue su paso por Mediodía, para cuyo primer número empeñó el alfiler de su corbata. Colaboró en el periódico Fe, órgano de la Falange, que se hacía en el mismo taller y con el mismo formato donde hasta su desaparición se tiró El Liberal.

El Ateneo de Sevilla goza de buena salud, y no precisamente porque su presidente tenga consulta de galeno los viernes. El salón de actos registró una buena entrada para estos recuerdos del que recordó, Halcón, el primo de Villalón, aquel sevillano sibarita, urbanita, un "animal social" en palabras de Artacho. Entre el público, Pedro Ybarra, que se acaba de jubilar como párroco de Santa Cruz y solicitó su ingreso como socio del Ateneo. Donde Halcón entró en 1919.

lunes, 3 de octubre de 2011

ACTO CULTURAL DE ADEMAN EN EL ATENEO EN MEMORIA DE MANUEL HALCON

A los dos años del veto municipal al homenaje literario que las asociaciones culturales Fernando III y Ademán organizaron al escritor Agustín de Foxá. Ambas asociaciones inauguran su curso cultural con un acto literario en el que se glosará la figura del escritor y académico sevillano Manuel Halcón. La intervención principal del acto correrá a cargo del abogado, historiador, genealogista y escritor, Fernando de Artacho y de D. Miguel Cruz Giráldez, catedrático de literatura.

Será el viernes 14 de Octubre a las 20:30 horas en el Excelentísimo Ateneo de Sevilla.

Os esperamos.

miércoles, 8 de junio de 2011

"La Codorniz" de aniversario.




ANTONIO ASTORGA
Día 07/06/2011



ANTONIO MINGOTE





En un Madrid gris marengo circa 1941, de hambre y olor a repollo en el tragaluz de la escalera, de estraperlo y libros prohibidos que se leían en la trastienda de los cafés; en una España de tedio plateresco y tópico mediopensionista, un puñado de seráficos estaban a punto de arrancarle a muñonazos la sonrisa a la ametralladora de la vida. Era domingo, y el calor derretía las meninges. El 8 de junio de 1941, con un simple ave gallinácea de papel, humor puntiagudo, ironía en espolón, pico de oro, dichosos serafines pusieron en jaque a la mesnada bienpensante. Mihura, Tono, Herreros, Neville, De Laiglesia, Jardiel, Fernández Flórez, Perdiguero, Halcón, Borrás, Aznar, Miquelarena, Marqueríe, Ros, Calvo Sotelo, López Rubio, Delgado, De Vega, Serny, Picó, Lázaro, primera alineación galáctica, y luego Mingote y muchísimos otros... (hasta su último vuelo, en 1978)... bienhechores y filántropos de nuestra salud mental lucharon contra la cursilería, se burlaron del encorsetamiento que se imponía a la infancia, enseñaron lo que de inútil y vulgar hay en los sentimentalismos al uso.
En la portada príncipe (se vendieron 35.000 ejemplares a 50 céntimos), Antonio de Lara Tonodibuja un pretendido ser humano encarnado en un trapecio isósceles con sombrero, una señora muy hinchada, unos círculos con ojos, que eran supuestos niños, y dos pequeñas codornices en el suelo. Al fondo, la foto real de un camión. Y un pie «intolerable» para el «respetable público», o sea, aquellos señores para quienes lo intolerable era lo que ellos no toleraban. La señora oronda le espeta al señor:


«—Caramba, don Jerónimo, está usted muy cambiado.
—Es que yo no soy don Jerónimo.
—Pues más a mi favor.»


Tópicos patrióticos, religiosos, literarios, históricos, lo que Wenceslao Fernández Flórez, desde su bosque animado, llamó las infinitas garambainas que se ponen en octavas reales, fueron picoteados a discreción. Como recuerda Don Mingote de la Mancha, si los censores hubieran sido tipos inteligentes y no fanáticos del dogmatismo y la decencia, le habrían puesto un férreo cepo a aquella inocente y bienquerida ave literaria, una Cordorniz, bendita sea, que caricaturizaba lo que el preboste de turno consideraba respetable e intangible. Los herrumbrosos censores se perdían en tapar escotes y alargar faldas sin pensar en la labor de prodigiosa derrumbe de esta genial generación de dinamiteros coñones.
Enrique Herreros, autor de 807 portadas y 45 contras de los 1898 números de La Codorniz, dibuja a un viajero asomado a la ventanilla del tren, que se dirige al jefe de estación parado en el andén:


«—Yo viajo para instruirme. ¿Me quiere usted decir cuántas son 21 por 13?»
Y suma y sigue el gran Herreros: un viajero jamelgo aparece sentado encima del cabezón de un señor mío con bigote, y se justifica:
«—Perdone que me haya sentado aquí; pero como no había ningún sombrero puesto...»
Un caballero pide en la ventanilla larriana del «Vuelva usted mañana»: «—Deme un billete para Vigo.
-¿Ida y vuelta?
-No. Vuelta nada más. No me voy».
Y un tipo valleinclanesco con sombrero le pregunta al jefe de estación:
«—¿Me deja ir a Burgos sin pagar? Le prometo que vuelvo en seguida».


Cuenta Antonio Mingote que los socios de muchos casinos padecieron serios trastornos oyendo a los jóvenes comentar La Codorniz. Así, un distinguido pedagogo de Tejeruela de la Empastación murió de congestión fulminante. Antes confesó en una carta: «No se culpe a nadie de mi muerte. Ha sido Herreros».
Aquellos humoristas, según López Rubio «la otra generación del 27», fueron los primeros hombres de la historia en contemplar en su totalidad las pantorrillas de las mujeres bailando el charlestón, evoca Mingote. Y se encontraron de repente el sombrío mundo de posguerra. La transición del viejo humor de chascarrillo al nuevo codornicesco no fue un salto circense de trapecio a trapecio. Fue un malabar de ingenio. La Codornizno glorificó a nadie, ni publicó consignas ni impartió doctrinas. Tuvo un éxito feraz entre una enorme minoría de jóvenes ansiosos por respirar un aire limpio de farfolla rimbombante.


El «no huevo de Colón»


Cierto comentarista, que pontificaba con el paño de la frivolidad en el púlpito, lanzó la especia picante de que la revista publicó el dibujo de un huevo a toda página con el título: «El huevo de Colón», y en el número siguiente otro huevo igual: «El otro huevo de Colón, lo que le valió a la revista el cierre de no recuerdo cuántos meses», añadió. No es raro que ese sesudo comentarista, que pontificaba desde la rutina, no lo recuerde, aclara Mingote, puesto que «eso del huevo de Colón, como tantas otras cosas soeces o vulgares de humorismo barato de hoja de calendario que se atribuyen a La Codorniz, no se publicó jamás».
El pájaro de papel cumplió, sin desfallecer y con éxito, con la misión de destruir el tópico y la rutina. Fue una revolución que, como decía su himno, tenía un pico en la nariz. La Codorniz, bendita sea. Palabra de Mingote.