Mostrando entradas con la etiqueta María Teresa León. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta María Teresa León. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de junio de 2013

Exposición itinerante sobre la Generación del 27

Exposición itinerante que recorrerá diversas localidades de la provincia de Málaga, dando relevancia a la participación de esta provincia en la Generación del 27, como por ejemplo la reseña biográfica del poeta asesinado en la Guerra Civil por tropas republicanas, José María Hinojosa.
La Exposición 'La Generación del 27 y su época', cuenta con un elevado interés didáctico. Constituida por una veintena de paneles, presenta la obra global del movimiento tanto en su cohesión como en su diferencia, así como su relevancia en la historia de nuestro país y la cultura de lengua española.
De esta forma, cada uno de los paneles cuenta con biografías individuales de sus miembros que van desde Federico García Lorca a José Bergamín, de Luis Cernuda a Gerardo Diego, sin olvidar a los malagueños Emilio Prados, José María Hinojosa y Manuel Altolaguirre, así como algunas de las autoras del movimiento como María Teresa León o Concha Méndez, entre otras.
Según han informado desde la Diputación, los textos e imágenes que integran la muestra pretenden dar una idea general "del gran nivel" literario y artístico alcanzado por aquella joven generación de creadores que iniciaron su labor en la década de los años 20 del pasado siglo.
La exposición, mediante estas piezas, sitúa al espectador en el contexto histórico, social y literario de la época, y retrata a los autores más importantes del grupo. Mostrando, además, las obras más importantes del período, repasando las revistas más influyentes, y abordando el papel de Málaga en la conformación del 27 y en la difusión de sus primeros libros.

sábado, 10 de julio de 2010

La condición humana

TRIBUNA: ANDRÉS TRAPIELLO (El País) 10/07/2010
De no haber titulado Benjamín Prado su artículo Rafael Alberti: a la caza del poeta rojo (EL PAÍS, 2 de julio de 2010), es poco probable que se hubiese concebido este, escrito en solitario, como ha escrito uno todo lo suyo, y no en jauría.
El supuesto del artículo de Benjamín Prado es el siguiente: a su entender, un contubernio de escritores -entre los que me incluye-, familiares del poeta, editores e instituciones han iniciado el acoso y derribo de Rafael Alberti, mediante, según Prado, mentiras, manipulaciones, insidias y malas artes, y pasa a enumerar algunas de estas, de un modo, si se me permite decir, atropellado: ¿qué tiene uno que ver con la viuda de Alberti, con su editor o con la fundación que lleva su nombre?
La propaganda, una forma de la retórica como decía Juan de Mairena, trata de crear interesadamente simetrías, buenos y malos, rojos y azules, blanco y negro, sin salirse, a ser posible, de los tótum revolútum que tanto favorecen sus propósitos. De modo que al hablar de la "caza de un poeta rojo" da a entender que únicamente se le persigue por rojo y que se le persigue en manada, sin pararse a pensar que acaso también haya sido blindado durante tanto tiempo solo por rojo y en comandita.
Entre los indicios que enumera Prado para fundamentar tal supuesto está el de cierta fotografía publicada en la última y reciente edición de Las armas y las letras. Se ve en ella a Alberti, en 1936, vestido de miliciano, con arreos militares y una condecoración. Alberti ha dedicado de su puño y letra esa foto casi 30 años después, en 1965, "A Luba y Ehrenburg en la belle époque". Justifica Prado tal dedicatoria afirmando que en realidad Alberti no está llamando belle époque a la Guerra Civil, sino a su juventud pasada, y su hipótesis podría pasar por razonable si no concurrieran otros cien testimonios que a Prado le conviene eludir, empezando por el de la mujer del poeta, María Teresa León, que también habló en sus memorias de "los mejores años de nuestra vida" al referirse a los de la guerra. Y la verdad es que, conociendo la vida que llevaron entonces, nadie lo pone en duda: jamás volverían a ser más requeridos, agasajados, fotografiados, celebrados. En todos estos años como lector de literatura de la Guerra Civil no he encontrado a nadie que hablara con esa frivolidad de la guerra, si exceptuamos, claro, a Hemingway, para quien esta, vista desde la retaguardia, fue, como sabemos, una especie de safari más o menos pintoresco en un país semiafricano.
En realidad, Prado se muestra perplejo porque no alcanza a comprender bien las razones por las cuales alguien como Alberti, que fue, como él dice, "unsímbolo de la República, del Partido Comunista y de la Transición" está siendo cuestionado. Dejando a un lado si fue más o menos símbolo de la República que Clara Campoamor o Chaves Nogales, o más o menos símbolo de la Transición que González, Suárez o Fraga Iribarne, el propio Prado tiene muchas de las claves para salir de su perplejidad.
A pesar de haber cruzado en mi vida solamente media docena de veces la palabra con él, Las armas y las letras le deben uno de sus pasajes a mi modo de ver más importantes. Me lo refirió él mismo, y a él, el propio Alberti, que lo había hurtado de sus propias arboledas perdidas, con ser un hecho trascendental para conocer las diferencias de Alberti con Miguel Hernández durante la guerra y la suerte que este corrió tras ella, así como los resortes del poder orgánico. Se comprende que Alberti jamás escribiera de esa penosa historia, que incluía un puñetazo de María Teresa León a Miguel Hernández en la sede de la Alianza de Intelectuales en los primeros meses de la guerra, después de que este escribiera en una pizarra un "aquí hay mucho hijo de puta y mucha puta", y que significó la ruptura entre el poeta oriolano y "la pareja de moda": se contara como se contara, ni Alberti ni su mujer podrían en absoluto salir airosos de ella. Pero le resulta a uno difícil comprender la razón por la cual Benjamín Prado, íntimo de Alberti, quisiera contársela a un extraño, como lo era yo para él, en una de las pocas veces que nos hemos visto. Pensé entonces que lo había hecho como uno de esos personajes atribulados que "filtran" alguna noticia, convencidos de la importancia de la misma, pero también de los inconvenientes que les acarrearía hacerlo personalmente. Así lo entendí, y hasta donde yo sé esa historia se hizo pública por primera vez en 2002, en la segunda edición de Las armas y las letras y al poco en uno de mis artículos del Magazine de La Vanguardia. Prado, naturalmente, no la desmintió, incluso empezó a hacerla circular él mismo, según pude saber.
El Alberti de 1999 seguramente no era muy diferente del de 1936, pero el tiempo ha ido haciendo su trabajo, y sabemos hoy pormenores que no se conocían hace 20, 30, 70 años, y que arrojan luz sobre zonas oscuras del pasado. Los testimonios de desafección que ha creído encontrar Prado en ese libro mío ni siquiera son míos, ni se deben, como asegura para desactivarla, a mi "manifiesta antipatía por Alberti", sino de gentes que lo conocían bien: Juan Ramón Jiménez, Cansinos-Assens, Josephine Herbst, Koltsov o Morla Lynch, por citar sólo unas pocas personas de izquierda o liberales y muy distintas entre sí, que lo señalan como alguien que se sirvió de la guerra en la retaguardia en beneficio propio, y algunos mencionan de modo explícito sus "monos planchados", sus ansias de notoriedad, sus trapacerías, su amor por el lujo, las casas buenas y las comidas copiosas en un Madrid hambriento y bombardeado, en fin, todo lo opuesto de quienes, como Miguel Hernández, tasaron su vida en lo que pesaba una bala en las trincheras, o una lenteja en las cárceles franquistas. Lo dijo bien claro Juan Ramón: "Nosotros ¡los intelectuales! Etcétera. Debemos ayudar al Gobierno y al pueblo: no ellos a nosotros". Todos son testimonios valiosos, pero algunos solo los hemos conocido recientemente, incluidos los dos del propio Prado. Es descabellado, pues, hablar de la "caza al poeta rojo" (¿qué tienen que ver ciertas conductas con el ser o no rojo?: al contrario, pocos escritores de la guerra concitan en mi libro tantas simpatías y tanta admiración como Miguel Hernández o Herrera Petere), y sí de un hombre víctima a menudo de un tiempo en el que el culto a la personalidad era una mixtificación que alcanzaba a políticos como Stalin o Hitler y a poetas que aspiraban a apropiarse del discurso de la república, desoyendo las sabias advertencias de Platón. Y desde luego que mi antipatía, como la llama Prado, no es anterior a, sino consecuencia de ver la distancia que media entre las ideas que algunas personas tuvieron del hombre nuevo que preconizaban y la triste condición humana. Al margen de sus valores literarios y hablando solamente, al menos en mi caso, de los años de la guerra y de su poesía de guerra, esa de la que Gaya, que sufrió el exilio tanto como Alberti, decía que "es mejor no hablar". Que después Alberti fuese justo merecedor del premio Lenin (¿o era el premio Stalin?) o que se mostrara sinceramente consternado por la desaparición de la Unión Soviética, jamás lo he puesto en duda.
Y, por supuesto, todos estamos de acuerdo con Prado: los pies de barro del ídolo los descubren a menudo sus propios fieles y devotos, que por oscuras razones acaban circulando sobre ellos especies penosas como la conocida de la Alianza de Intelectuales, y que les fueron confiadas en una intimidad que traicionaron, junto con otras que, al menos en algún caso, habría sido mejor no haber conocido. Pero esa es ya, sí, otra historia.
Andrés Trapiello es escritor.

lunes, 26 de abril de 2010

MIGUEL HERNÁNDEZ EN EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO


Blog de José María García de Tuñón Aza

José Mª García de Tuñón
Aunque aún no se han cumplido los cien años del nacimiento del poeta de Orihuela, será el 30 de octubre próximo, en toda España, también en algunas naciones de América, incluso de Asia y África, se recuerda al autor de El rayo que no cesa, conmemorando su centenario. Hasta donde he leído, he visto que más que su calidad como poeta recuerdan su afiliación comunista, pero nadie dijo que Rafael Alberti «no soportó le robara la etiqueta de poeta de la revolución». En uno de esos homenajes que se están celebrando me ha llamado la atención el que protagonizó el escritor y ex secretario del Partido Comunista de Andalucía, Felipe Alcaraz Massats, quien aprovechó la ocasión para hablar de política en vez de referirse más a la obra del poeta Miguel Hernández, porque dijo: «Estamos viviendo la democracia de los vencedores». Es decir, quería que estuviéramos viviendo la de los vencidos, o sea, la de Largo Caballero, la de Pasionaria, la de «¡Viva Rusia!», en definitiva, la democracia estalinista que provocó millones de muertos y convirtió a media Europa en una gran prisión.
Por otro lado, Alcaraz recordó a García Lorca, pero nada dijo que éste poeta odiaba al de Orihuela, detalle que Saramago jamás olvidó: «El talento del genio no le da derecho a menospreciar a los demás y eso no se lo perdono a Lorca». El ex secretario comunista olvidó contar también cuando Miguel Hernández irrumpió en el edificio de la Alianza en Madrid y al ver el festín que estaban preparando mientras otros morían en el campo de batalla, dirigiéndose a Alberti, le dice: «Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta». Al escuchar María Teresa León estas palabras le pegó una bofetada, según ella misma ha dejado escrito. En fin, que con tantos olvidos, el comunista olvidó que los falangistas quisieron esconder a Miguel Hernández para que no fuera detenido. Al no conseguirlo, por una serie de errores del propio poeta, fue juzgado y condenado a muerte por lo que uno de los primeros afiliados a Falange, Rafael Sánchez Mazas, se entrevistó con Franco y obtuvo que le fuera conmutada esa pena por la inferior en grado que serían treinta años.
Sobre la intervención de éste y otros falangistas en favor de Miguel Hernández casi todos lo han obviado: no lo han tocado de pasada, ni tan siquiera de soslayo; solamente se han referido a ellos las asociaciones culturales Ademán y Fernando III, de Sevilla, en un acto celebrado recientemente en la capital hispalense donde intervinieron Javier Compás, vicepresidente de Ademán, el jefe de la sección de Edición de Abc de Sevilla, Romualdo Maestre, y el escritor Aquilino Duque –con quien tuve la suerte de formar cartel en un par de ocasiones–, que glosó la figura de Miguel Hernández a través de la lectura de varios de sus poemas, recordando también lo que le contó el poeta sevillano Romero Murube el día que el autor de Andaluces de Jaén llegó al Alcázar en el momento en que en él se alojaba el mismo Franco que había llegado a Sevilla para celebrar el desfile de la Victoria.

miércoles, 14 de abril de 2010

Miguel Hernández como la cebolla


POR FERNANDO IWASAKI
ABC Miércoles , 14-04-10

Tras dedicar sendos homenajes a las figuras de Agustín de Foxá y Leopoldo Panero, las Asociaciones Culturales «Ademán» y «Fernando III» han decidido dedicarle a Miguel Hernández la nueva edición de sus actos, corroborando así su vocación plural y libre de sectarismos. Y como me va a ser imposible asistir, me haría ilusión hacer algunos apuntes sobre Miguel Hernández, con la finalidad de animar a los lectores a acudir a la conferencia que tendrá lugar en la Fundación Valentín de Madariaga, mañana jueves 15 a las 20.00 horas.
A diferencia de Lorca o Alberti, Miguel Hernández ha sido un poeta más bien discreto, hasta el punto que su figura apenas ha convocado hagiógrafos, discípulos o estudiosos. Al socaire de su centenario, Eutimio Martín acaba de publicar un polémico libro —«El oficio de poeta» (Aguilar, 2010)— y por eso mismo me gustaría decir que la biografía de José Luis Ferris —«Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte de un poeta» (Temas de Hoy, 2002)— me sigue pareciendo el estudio más neutral y riguroso acerca del poeta de Orihuela.
Por otro lado, sus compañeros de generación —con excepción de Aleixandre— mantuvieron cierta distancia hacia Hernández y su obra, aunque por razones más bien diversas. Cernuda, por ejemplo, escribió: «De todos modos había en Hernández, y hasta en exceso, todos los dones primarios que indican al poeta; le faltaban los que constituyen el artista, y no creemos que, de haber vivido, los hubiese adquirido. Porque era un tipo de poeta que suele darse en España: fogoso y de retórica pronta, en el cual, en el entusiasmo inspirado que lo posee, concierta de instinto ambas cualidades, fogosidad y retórica, hallando así el camino franco hacia su auditorio, tan entusiasta como él» («Estudios sobre poesía española contemporánea», 1957, p. 228). Sin embargo, las razones de Alberti y María Teresa León fueron —más bien— personales e ideológicas.
En efecto, a Miguel Hernández le indignaban el lujo y la frivolidad que Alberti y su mujer derrochaban en el Madrid republicano, celebrando fiestas de disfraces y zampándose los alimentos que escaseaban. Una de esas lujosas noches Miguel Hernández soltó la frase explosiva que le mereció la enemistad de Alberti y la bofetada de María Teresa León —«Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta»—, admitida por ella misma en su «Memoria de la melancolía» (1979, p. 335). Aquel episodio fue la verdadera razón del desamparo de Miguel Hernández en Madrid, abandonado por sus «amigos» Neruda y Alberti.
Así, la reciente edición de las memorias inéditas del diplomático chileno Carlos Morla Lynch —«España sufre. Diarios de guerra en el Madrid republicano»— demuestra que Morla sí le ofreció asilo al poeta y que ni Alberti ni Neruda lo incluyeron en la lista de los compañeros que merecían protección diplomática. Y si la conducta de Alberti —que ya se había negado a llevarlo hasta Alicante cuando huyó con María Teresa León— ya fue deplorable, la de Neruda fue simplemente abyecta, pues en sus memorias «Confieso que he vivido» se despachó así: «Miguel Hernández buscó refugio en la embajada de Chile... El embajador en ese entonces, Carlos Morla Lynch, le negó el asilo al gran poeta, aun cuando se decía su amigo» (p. 175).
El poeta Miguel Hernández, recibió más ayuda de poetas falangistas como Eduardo Llosent y José María de Cossío, que de los exquisitos poetas republicanos, quienes siempre lo menospreciaron por ser como la cebolla: cerrado y pobre.