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martes, 5 de febrero de 2013

Félix Ros, escritor en catalán

Del interesante blog Negritas y Cursivas, extraemos este artículo sobre el poeta catalán Félix Ros.


Andrés Trapiello, Las armas y las letras. Literatura y guerra civil (1936-1939), Barcelona, Destino (Imago Mundi 167), 2010 (edición que revisa y amplía las anteriores). Lo citado, en p. 413.
Andrés Trapiello, Las armas y las letras. Literatura y guerra civil (1936-1939), Barcelona, Destino (Imago Mundi 167), 2010 (edición que revisa y amplía las anteriores). Lo citado, en p. 413.
Andrés Trapiello señaló a Félix    Ros y Luys Santa Marina como los dos escritores catalanes más notables entre los falangistas, pero apenas ha quedado algo más de la obra literaria del primero de ellos que Preventorio D. Ocho meses en el SIM (Barcelona, Yunque, 1939; reeditado en 1974 con el subtítulo Ocho meses en la cheka en Prensa Española), que se ha destacado a menudo como el ejemplo más interesante, o cuanto menos de los más legibles, de entre el aluvión de libros memorialísticos que en la inmediata posguerra evocaban el período bélico. En algún momento se ha recordado también a Ros como colaborador de la revista Cruz y Raya que en Madrid dirigió José Bergamín entre 1933 y 1936, en la que Ros publicó, entre otras cosas, una selección y traducción de obra de Jordi de Sant Jordi y de algunas de las Estances de Carles Riba. Pero menos conocida y quizá más sorprendente, dada su filiación política, es su veta como escritor en catalán y que quizá se explicaría muy difícilmente si no se tuviera en cuenta la amistad con el poeta y editor Josep Janés i Olivé.
En la espléndida revista Rosa dels Vents, se publica en el tercer y último número (junio-julio de 1936) un poema de Ros titulado “Rastre d´un llavi…” dedicado al director de la revista, Josep Janés i Olivé, de quien en la posguerra Ros sería socio en sus primeras y fugaces empresas editoriales, antes de crear Tartessos (que acabaría vendiendo a José Manuel Lara Hernández). He aquí el poema en cuestión:

Rastre d´un llavi, abandonat
sobre el mocador – i ignorat,
forma d´un bes sense record.
¿Qui va deixar ta sang, tan dolça,
sobre ma boca, que ara polsa
sil·labes certes, cert conhort?
Oh moment quiet – o fugitiu!
Oh gràcia lassa – àgil, potser!
Encara, com inútil riu,
esperen hores (ja atrevides
a sa esfera, invisible) fer
noves senyals d´amors i vides.
Mentre tu, mocador besat
de qui sap qui, enfonsis en l´ona
ton ventre de vent, fluix, sagnat,
sobre el qual l´encís s´arrodona…
I perdis el corall – despulla.
I tornis a ésser blanca fulla.
El periplo de Ros durante los meses siguientes a la publicación de este poema puede seguirse a través del mencionado Preventorio D, pero menor rastro, muy probablemente por razones de censura, han dejado los intentos del autor por volver a publicar en catalán, concretamente su libro de ensayos y notas El paquebot de Noé (en el que destacan las páginas dedicadas al poeta López-Picó) y el poemario Amosa ment. La noticia del primero de estos títulos se encuentra por primera vez en la sobrecubierta del número 74 de los Quaderns Literaris que Janés siguió dirigiendo durante la guerra civil, donde se señala entre los 64 números previstos, y cuya publicación se anuncia para octubre de 1937. Se anunció también en junio de 1939 en el quinto número del boletín bibliográfico que publicaba la Editorial Apolo, y a la altura de 1944 aún se consigna entre las obras de Ros “en prensa” en la editorial Tartessos, que dirigía el propio Ros. Finalmente sólo apareció en 1946, en la colección Genil de José Manuel Lara, traducido al español y censurado.
Sobrecubierta de El paquebot de Noé, en la colección Genil, de la editorial LARA.
Sobrecubierta de El paquebot de Noé, en la colección Genil, de la editorial L.A.R.A. (que poco después compraría Janés).


En cuanto a Amorosa ment, se menciona en la sobrecubierta de la edición de Tres suites, de Carles Riba, aparecida en la janesiana Biblioteca de Poesia de la Rosa dels Vents en 1937, pero no me consta que dejara otro rastro. También de 1937 es la traducción al español de la novela de Sebastià Juan Arbó Camins de nit, aparecida en la Editorial Luis Miracle, si bien cuando José Janés intentó publicarla, en 1947, en lugar de recuperar esa traducción el autor prefirió autotraducirse por considerar la de Ros una traducción excesivamente libre. Como colofón a este breve repaso de lo que parece obra más o menos perdida de Ros, quizá puedan mencionarse las numerosas traducciones del catalán al español que incluye Félix Ros en su libro Prácticas de literaturas no castellanas. Un panorama completo de todas las literaturas desde el siglo –X hasta 1944 (Selección de textos de literaturas extranjeras y las regionales de España para estudiantes de bachillerato (Barcelona, Tartessos, 1944), en cuyas páginas iniciales, por cierto, aparece aún El paquebot de Noé como “en prensa”, y en el que firma traducciones de fragmentos de Bernat de Ventadorn, Ramon Llull,  Jacint Verdaguer, Àngel Guimerà, Joan Alcover, Frederic Mistral, Joan Maragall, Josep Maria López-Picó y Carles Riba. Pas mal. Y a ello hay que añadir aún la Antologia poética de la lengua catalana (puesta en versos castellanos) que le publicó Editora Nacional en 1965. Todo un tour de force.

A raíz de la publicación de este libro, Félix Ros declaraba a Manuel del Arco: “el poeta catalán tiene más fácil serlo en francés y sobre todo en inglés que en castellano. El catalán lo que pierde en variedad lo gana en profundidad y es más difícil traducir el verso castellano al catalán que al revés”. (La Vanguardia, 17 de diciembre de 1965).


Fuentes
Jacqueline Hurtley, Josep Janés, El combat per la cultura, Barcelona, Curial (Biblioteca de Cultura Catalana 60), 1986.
Félix Ros, Prácticas de literaturas no castellanas. Un panorama completo de todas las literaturas desde el siglo –X hasta 1944 (Selección de textos de literaturas extranjeras y las regionales de España para estudiantes de bachillerato, Barcelona, Tartessos, 1944.
Andrés Trapiello, Las armas y las letras. Literatura y guerra civil (1936-1939), Barcelona, Destino (Imago mundi 167), 2010 (3ª ed., que corrige y aumenta las anteriores).

martes, 23 de octubre de 2012

Dionisio Ridruejo, presente

"Se cumplen hoy 100 años del nacimiento del escritor y político soriano, un hombre bueno que asumió sus errores de juventud y evolucionó del fascismo a la democracia"  Ignacio F. Garmendia / Sevillla

. Junto al general Yagüe tras la toma de Barcelona en enero de 1939.  

"Cervantes, por infeliz, / Juan de la Cruz, por celeste, / por deslenguado, Quevedo, / Jovellanos, por decente, / por aguileño, Unamuno, / Marañón, por impaciente, / Besteiro, por conservar / todo su honor indeleble. / ¿Y tú, Dionisio, por qué, / por qué tantas veces huésped / de las cárceles de España? / Por heredar a esos siete". Fechado el 27 de noviembre de 1974, el poema fue compuesto por don Pedro Laín Entralgo en homenaje a su viejo amigo Dionisio Ridruejo, una hermosísima "décima arromanzada" que tituló -con más desparpajo de lo habitual en sus manifestaciones públicas- Españoles en chirona. A Laín lo fustigó Umbral reiteradamente -por ejemplo en una de sus mejores novelas, Leyenda del César visionario (1991), donde acuñó la expresión "los laínes" para referirse al círculo de escritores falangistas que merodeaban en torno al gobierno de Burgos- porque según parece le había negado su apoyo para ingresar en la Academia. Pero sin pleitos de por medio lo ha explicado mucho mejor Andrés Trapiello, cuando señala que las cartas inéditas que el médico y humanista aragonés incluyó en su tardío libro de memorias, Descargo de conciencia (1976), ya las podía haber publicado en vida de Franco, del que nunca se permitió disentir aunque a sus espaldas o de tapadillo apoyara postulados afines a la democracia cristiana.

Los versos citados, sin embargo, redimen a Laín de sus dudas acomodaticias o de su pusilanimidad de persona honesta, pero claudicante. Infeliz, celeste, deslenguado, decente, aguileño, impaciente u honrado son calificativos -para no hablar de los altos ejemplos que aduce- que cuadran perfectamente con una personalidad como la de Ridruejo, el centenario de cuyo nacimiento celebramos o deberíamos celebrar estos días. La figura del poeta y político de Burgo de Osma ha sido reivindicada por Jordi Gracia en varios libros que fructificaron en el reciente La vida rescatada de Dionisio Ridruejo (2008), donde recorre con excelente pulso narrativo buena parte de su singular trayectoria, pero no conviene olvidar las aportaciones de Antonio Machín Romero, Manuel Penella o Francisco Morente, que en Dionisio Ridruejo. Del fascismo al antifranquismo (2006) analizaba los pasos que recorrió el soriano desde su inicial fascinación por el fascismo -llegó a ser Jefe Nacional de Propaganda, el equivalente español de Goebbels- hasta convertirse en una de las cabezas visibles de la militancia antifranquista.
3. Con su mujer, Gloria de Ros, y sus hijos Gloria y Dionisio en 1953.

"Este hombre desmedrado que aquí veis, no ha hecho en la vida otra cosa que equivocarse". Umbral solía citar las palabras de Cela -dos grandes escritores que por su recalcitrante oportunismo se sitúan en los antípodas de Ridruejo- en el homenaje que se le tributó a Dionisio con motivo de la publicación de su maravillosa Guía de Castilla la Vieja (1974), aparecida en el invierno de su vida. Celebrado en una abarrotada librería madrileña en abril del 75, el acto fue aprovechado por el escritor -por entonces envejecido y enfermo- para insistir en la necesidad de un cambio político que clausurara para siempre el régimen nacido de la Guerra Civil: "Estamos cansados de una España para gigantes. Necesitamos una España acomodada al tamaño del ser humano, y desde la desesperación esperamos su advenimiento". Hubo quien lo proponía, no sin perspicacia, como futuro presidente del primer gobierno de la democracia restaurada, pero murió sin llegar a ver por unos meses el final de la dictadura que había contribuido a fundar y de la que se hallaba apartado desde hacía décadas. Su último "error", dejó escrito Umbral, era haberse muerto "cuando más falta nos hacía".

Dionisio Ridruejo fue un gran hombre y un poeta discreto, pero jamás presumió de lo primero ni se engañó respecto a lo segundo. Llegó a lo más alto siendo apenas un muchacho y tuvo toda la vida para arrepentirse. No trató demasiado a José Antonio, pero se decía que su hermana Pilar estaba enamorada del poeta y el hecho es que ella y su círculo lo protegieron siempre. A Franco le envió una carta que sólo él pudo escribir, en aquella España adocenada en la que nadie osaba toserle al dictador ni mucho menos enmendarle la plana. Cuando volvió de la División Azul, adonde lo habían llevado su temprana disidencia -todavía entonces, por su lealtad al fascismo- y la mala conciencia, compartida por otros señalados jerarcas, de no haber hecho la guerra ni pisado el frente más que para dar mítines, pesaba cuarenta kilos y hubo que repatriarlo casi a la fuerza. En Barcelona se enamoró de su futura mujer, Gloria de Ros, y de la lengua catalana, entró en contacto con el grupo de la revista Destino -falangistas, ellos sí, liberales, claramente aliadófilos- y fue poco a poco evolucionando hacia la socialdemocracia, proscrito por las autoridades pero engrandecido por la persecución, arrastrando con dignidad el estigma de la traición y sin perder nunca la condición y la fama de hombre bueno.
Con el llamado grupo de los Laínez
2. En 1942, confinado en Ronda

Confesó sus culpas de juventud sin que nadie le instara a ello. Vivió siempre de forma precaria y con grandes apuros económicos. Nunca habló mal públicamente -léase su póstumo e imprescindible Casi unas memorias (1976)- de sus antiguos camaradas de la Falange, aunque razones no le habrían faltado, ni rompió con los amigos personales por causa de la ideología. Intentó ver lo mejor de cada uno y a él se deben -aún impresiona leerlas- las primeras declaraciones públicas que defienden, pero de verdad y desde dentro, una definitiva reconciliación entre los españoles. Estuvo implicado en el famoso contubernio de Munich y trabajó por la democracia venidera cuando muy pocos lo hacían. Siempre lo guió el sentido del deber, una radical honestidad que superó todas las pruebas. Mientras otros se aplicaban al medro, él se desentendió de sí mismo y asumió el difícil partido de la moderación, dejando de lado las proclamas maximalistas o el mezquino afán de revancha. En Ronda, donde vivió el primero de sus muchos destierros, aún se aprecia su aura, acaso hermanada con la del poeta Rilke. Nuestra pobre vida política necesitaría muchos hombres como Ridruejo -no gigantes, sino personas generosas, cabales, despreocupadas del propio beneficio- para levantar el vuelo, pero con que hubiera uno solo podríamos albergar un cierto grado de esperanza.
Diario de Sevilla

lunes, 19 de diciembre de 2011

Reverte pide reivindicar a Luys Santa Marina y a Ramón J. Sender

Patente de corso

La virtud del cerdo ibérico


No me gustan los entusiasmos advenedizos. Desconfío del converso que se cree en la obligación de comunicar al mundo el descubrimiento recién digerido -o todavía sin digerir-, que acaba de tumbarlo del caballo en el camino de Damasco. Menos todavía me gustan quienes, suponiendo en el prójimo su propia y fresca ignorancia, dan por supuesto que, sin ellos, la Humanidad desconocería determinadas maravillas o prodigios; sin considerar que tal vez el resto de la peña, o parte notoria de ésta, puede tener desde hace tiempo una extrema familiaridad con esos asuntos. Dicho en simple, es como si un turista recién llegado diera la brasa pregonando, a quienes pasaron la vida en la barra de una buena tasca extremeña, las virtudes del cerdo ibérico.

Esto, que ocurre en todos los órdenes de la vida, se da mucho en el mundo que -disculpen la gilipollez- llamamos intelectual. De pronto, el bobo de guardia sube al púlpito y ordena, entusiasmado, leer a tal autor, escuchar a determinado músico o visitar la exposición de aquel pintor -a quienes no había mencionado antes en su zorra vida-, con una falta de prudencia y una pedantería tales que resulta evidente que acaba de toparse con ellos y no está dispuesto a admitirlo. De esos pavos tenemos en España, como en todas partes, copiosa tropa: tertulianos, críticos literarios o cinematográficos, escritores y demás. Catetos deslumbrados, impúdicos en su repentino y sospechoso entusiasmo, empeñados en convencer de lo buena que es La regenta o lo bella que es La batalla de San Romano a quienes tal vez conocieron a Ana Ozores con quince años o llevan cuatro décadas pateando Florencia. No hace falta que cite nombres, pues por ahí andan ellos y ellas, ilustrándonos. Incluido un casposo cagatintas que hasta hace poco salía fotografiado en el suplemento cultural de ABC en actitud pensativa, de cuerpo entero, con zapatos sin calcetines y tocándose los pies.

Pensé en todo eso hace unos días, cuando uno de tales tontos solemnes recomendó, con el tono superior de quien desvela un secreto sólo por él conocido, leer a Manuel Chaves Nogales. «Tienes que leerlo», sentenció imperioso. Y me hizo gracia porque era el quinto o sexto presunto intelectual del momento al que, tras una larga vida de silencio al respecto, oía mencionar a Chaves Nogales en las últimas semanas. La razón era obvia: la publicación de una espléndida biografía escrita por María Isabel Cintas -Chaves Nogales, el oficio de contar-, que, junto a la reciente y loable recuperación sistemática de la obra de uno de los más importantes y atractivos periodistas y narradores españoles de la primera mitad del siglo XX, emprendida por la editorial Libros del Asteroide, ha puesto los principales textos del magnífico escritor sevillano a disposición de unos lectores que antes debían rastrearlos como podían. Un personaje extraordinario, Chaves Nogales, al que muy pocos, entre ellos Pío Baroja en su momento, y mucho después el escritor Andrés Trapiello, valoraron públicamente hasta hace cuatro días. Está de moda, por tanto, el autor de El maestro Juan Martínez que estaba allí, con su obra felizmente disponible, al fin, para todo lector de buena casta. Por eso, y hasta el próximo nombre que toque -a ver cuándo Sender, o Luys Santa Marina- pocos Petronios de la cultura nacional confesarán no haberlo leído hasta hace poco. O nunca. De manera que, al modo habitual, los conspicuos profesionales del camelo se apresuran a tapar el agujero mencionando en sus columnas y comentarios al autor de A sangre y fuego como si toda la vida se hubieran tuteado con ese fascinante observador de la vida y la Historia de su tiempo, muerto en el exilio de forma tristemente temprana: burgués inteligente y culto, escritor de una modernidad asombrosa, lúcido republicano liberal que de haberse quedado en la infame España habría sido fusilado, con certeza, lo mismo por un bando que por otro. En todo caso, bien está. Si de pregonar la obra de Chaves Nogales se trata, benditos sean incluso los oportunistas y los pedantes que ahora, de pronto, lo descubren y elogian. Todo camino es bueno si contribuye a hacer justicia.

Luys Santa Marina
En lo que al arriba firmante se refiere, permítanme añadir una pequeña nota personal. Porque éste es lugar y momento adecuados para agradecer a mi amigo Pepe Arenzana, viejo pirata sevillano, haberme regalado hace veinte años la primera y azul edición de Juan Belmonte, matador de toros, de un autor que hasta ese día me era por completo desconocido. A él se lo debo, y así lo escribo, firmo y rubrico. Para que conste.