En el verano de 1953, en pleno franquismo, la prensa española se hizo
eco de un terrible acontecimiento, la muerte de una mujer a manos de su
marido, con un texto explicativo, "Mujer apuñalada por su marido",
pero sin crítica ni al marido asesino, ni a la justicia, ni a la
situación de la mujer que tuvo que aguantar los malos tratos que recibía
habitualmente que la llevarían a la muerte ya que no podía permitirse
abandonar el hogar que según la ley la habría dejado sin hijos, casa ni
bienes. El 7 de noviembre de ese mismo año Luis Calvo, director de
ABC, se atrevió a publicar un artículo de Mercedes Fórmica que había sido detenido por la censura y que ella había enviado al diario. Llevaba por título "El domicilio conyugal"
y lo escribió al conocer las doce puñaladas que recibió Antonia Pernia
Obrador de su esposo y la situación de violencia en la que se había
visto obligada a vivir hasta que le llegó la muerte.
Mercedes Fórmica fue la primera mujer que desde el régimen dictatorial del General Franco intentó que se transformaran las leyes machistas
que convertían a la mujer en una esclava de las costumbres, la
sociedad, la religión y el omnímodo poder de sus maridos o padres.
Mujeres de la Sección Femenina durante la guerra civil
Yo no conocía la historia de esta mujer singular y creo que
recordarla hoy no me convierte en admiradora del régimen al que ella
eligió obedecer y servir. Fue, incluso así, una mujer singular y su
vida no fue un modelo de lo que fueron, y son aún, las vidas de las
personas amantes de formas de gobierno excesivamente autoritarias,
antidemocráticas y que han llegado al poder por un golpe de estado y una
sangrienta guerra civil. Había nacido en 1916 en Cádiz de familia
acomodada pero tuvo una madre que lejos de dedicarla al culto de sí
misma, del hogar y a la convicción de que había nacido para vivir a las
órdenes de su futuro marido, la hizo estudiar bachillerato, prepararse
para entrar en la universidad e ingresar en la Facultad de Derecho de
Sevilla en 1931, el mismo año en que en España se instauró la República.
Así que tuvo como profesores a muchos expertos formados en la
Institución Libre de Enseñanza, lo que no le impidió tener que
ir a clase acompañada de una "doña" para evitar críticas de su entorno
social, ya que era la única alumna del curso. Tampoco era muy
habitual en su ambiente que sus padres se divorciaran dos años después,
ni que ya licenciada decidiera irse a vivir a Madrid sola. Pero no todo
fueron puertas abiertas al pensamiento libre. Ya en Madrid se afilió a
Falange Española, tal era la admiración que sentía por José Antonio
Primo de Rivera, hijo del que había sido dictador en tiempos de Alfonso
XIII, quien la nombró delegada del SEU femenino en 1936 y miembro de la
dirección del partido.
Mercedes Fórmica
Otro rasgo peculiar en su biografía es que se casó con Eduardo Llosent y Marañón editor en Sevilla de la revista Mediodía donde
conoció y fue muy amigo de poetas de la generación del 27 como Federico
García Lorca, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Dámaso
Alonso o Rafael Alberti.
Aunque al ganar la guerra Franco debió cambiar
de ideología cultural al menos porque fue nombrado Director del Museo de
Arte Moderno de Málaga. Acabada la guerra Mercedes se doctoró en Filosofía y letras y en 1945 publicó su primera novela, Bodoque a la que siguieron biografías de mujeres de la Historia de España, textos autobiográficos como La infancia, Visto y vivido y Escucho el silencio, y otras novelas: A instancia de parte o Collar de ámbar, que fueron bien tratadas por la crítica y lo siguen siendo entre la poca gente que la conoce, porque la historia la ha juzgado más por su ideología que por su talento
y porque también ella es fruto de la maldición franquista que dejó a
los derrotados sin futuro y a los vencedores sin pasado, un pasado que
todavía hoy no hemos recuperado.
Pero lo que más me interesa destacar es la lucha por los derechos de
la mujer o relacionados con ellos, inexistentes o borrosos aún en la
época en que ella vivió pero firmes en su forma de de estar enraizados
en su interior. Fue ella quien logró que en los textos jurídicos de la época franquista se sustituyera "casa del marido" por "hogar conyugal"
lo que contribuyó también a que tras la separación conyugal la mujer
pudiera disfrutar de la casa donde habían vivido ambos cónyuges. Eliminó
asimismo la degradante figura del "depósito de la mujer", un derecho
que tenía el marido de depositar a su mujer en la casa de los padres o
en un convento, y ayudó a que se limitaran los poderes casi absolutos
del marido para administrar y vender los bienes matrimoniales, igual que
el derecho a las viudas que volvían a casarse a mantener la patria
potestad sobre sus hijos. Mercedes puso su grano de arena a que en 1981,
cuando ya ella comenzaba a sentir los efectos de la larga enfermedad
que la llevaría a la muerte en 2002, se promulgara la ley que reconocía
la plena igualdad de la mujer en el matrimonio. Poco fue este grano de
arena, pero difícil era y sin embargo ella no se detuvo hasta que la
vejez y la enfermedad la derribaron. O tal vez dejó de luchar con la
llegada de la democracia que había de conseguir aquello por lo que ella
se desvivió, a la que, en cambio, nunca pareció comprender ni aceptar,
ni mucho menos defender. Curiosamente y a pesar de su dilatada y esforzada lucha, ni en la
Falange ni en su propio ambiente estuvieron bien vistas las gestiones
que hizo en favor de los derechos de la mujer y en las reformas que
impulsó, hasta el punto que la llamaban "la reformica". Un chiste malo con su apellido. Si se contempla la espesa legislación contraria a la libertad de la
mujer que el franquismo elaboró y mantuvo con la ayuda de la iglesia
católica, de la burguesía y de los poderes fácticos que habían apoyado
el golpe de estado, hay que reconocer que no fue mucho lo que consiguió Mercedes Fórmica, pero hubo muy pocas mujeres que lo intentaron como lo hizo ella,
unas porque no podían otras porque no creían en ello. Pero a mí me
gusta tener el convencimiento de que algo debió de ayudar el hecho de
que su madre no la tratara como las bien pensantes mujeres de la época
trataban a sus hijas, y que tener una carrera universitaria y una forma
de ganarse la vida animó su autonomía de pensamiento y acción y su
coraje para enfrentarse, aunque solo fuera formalmente, a la ideología
del régimen que ella misma defendió.
comedor social de la sección femenina
Tal vez moriremos sin ver realizado aquello por lo que hemos luchado
-lo más probable- pero algo habremos conseguido si hemos sabido ser el
eslabón entre el pasado y el futuro, la memoria y la esperanza, la
esclavitud y el bienestar social. Quizá éste haya sido también el
objetivo de Mercedes Fórmica, una mujer que no tuvo más visión que la de
la injusticia a la que estaba sometida la condición femenina, cuya
lucha para intentar recomponerla vivió con tal intensidad que, quiero
creer, le impidió darse cuenta del infierno ideológico en el que había
elegido vivir.
Cuando de nuevo llegue Abril, cuando rompa de nuevo la primavera en el Sur donde la vio nacer, se cumplirán diez años de la muerte de Mercedes Fórmica Corsi, su larga y fructífera vida, nació en Cádiz en 1916, aunque se mudó a Sevilla con tan sólo siete años, como narra en el volumen La Infancia de su trilogía autobiográfica, merecería mayor atención de la que se le presta en todos los ámbitos donde destacó, desde su labor pionera en pos de los derechos sociales de la mujer hasta su obra literaria. Decía Pilar Primo de Rivera que su hermano José Antonio un “movimiento limpio de contornos, sin compromisos anteriores, ofreciendo además de un pensamiento nuevo, una ética para las conductas. A la ilusión de este movimiento se unieron no sólo valores jóvenes de lo más florido con que contaba España, sino también la juventud y la Universidad, donde después se constituyó el Sindicato Español Universitario (S.E.U.)”, entre esos jóvenes idealistas de la primera hora se encontraba Mercedes Fórmica, una de las escasísimas mujeres que estudiaba en la Universidad española en los años treinta del pasado siglo, de hecho era la única alumna de la Facultad de Derecho de Sevilla, donde ingresó en 1931, terminó los estudios en Madrid, ya en 1948, encontrándose posteriormente con la imposibilidad de acceder a la carrera diplomática o a la abogacía del Estado por ser mujer.
Mercedes había escuchado las palabras de aquel abogado joven y brillante que hablaba en el mitín de la Comedia, por la radio, desde entonces estuvo en la primera afiliación del SEU, aparece en la foto de la constitución del mismo en Valladolid, participó en el Primer Consejo Nacional que tuvo lugar el 11 de Abril de 1934, fue elegida delegada de Derecho y, luego, designada por José Antonio delegada nacional del SEU femenino y, como tal, miembro de la Junta Política de la Falange. Junto a ella, las pocas camaradas que entonces se adhirieron al nuevo y juvenil proyecto, Clotilde Salazar, Justina Rodriguez de Viguri, primera delegada del S.E.U., que se tuvo que inscribir al principio como Justino, ya que en un primer momento no se admitían mujeres, y que posteriormente fue jefe de la primera Escuela de Mandos de la Sección Femenina de Málaga, organizaciones ambas, S.E.U. y Sección Femenina, estrechamente vinculadas desde los primeros tiempos. Organización, la Sección Femenina, como nos cuenta Luis Suárez en su gran obra Crónica de la Sección Femenina y su tiempo, “que pretendió llevar a la realidad social una doctrina acerca de la dignificación de la mujer, pero no sólo de la mujer en cuanto ser humano igual en derechos al varón, sino en cuanto que es portadora de valores específicamente “femeninos”, en la vida moderna”. Así, es la misma Mercedes Fórmica quien nos habla de la actitud no precisamente machista, en aquella época donde la izquierda vetaba el voto de la mujer, del mismo José Antonio: “Sobre el supuesto antifeminismo de José Antonio y la tesis, tan difundida, de querer a la mujer en casa, poco menos que con la «pata quebrada», debo decir que no es cierto. Forma parte del proceso de «interpretación» a que fue sometido su pensamiento. Como buen español, sentía recelo hacia la mujer pedante, agresiva, desaforada, llena de odio hacia el varón. Desde el primer momento contó con las universitarias y las nombró para cargos de responsabilidad. En lo que a mí respecta, no vio a la sufragista encolerizada, sino a una joven preocupada por los problemas de España, que amaba su cultura e intentaba abrirse camino, con una carrera, en el mundo del trabajo”.
Mercedes Fórmica se casó con el sevillano Eduardo Llosent y Marañón, al que citamos en un artículo anterior por su amistad con Miguel Hernández y la ayuda que le prestó a éste para facilitarle, primero refugio en el Alcázar sevillano junto al poeta Joaquín Romero Murube y, posteriormente, la frustrada huida por Portugal del poeta de Orihuela. Llosent era editor en Sevilla de revistas como la importante Mediodía, tan importante en el contexto de la Generación del 27, posteriormente, tras la guerra, fue nombrado director del Museo de Arte Moderno, trasladándose ambos a Madrid.
En 1940 aparece el primer número de la revista Escorial dirigida por Dionisio Ridruejo y donde aparecerían escritos de, entre otros, Ramón Menéndez Pidal, Eugenio Montes, el poeta sevillano Adriano del Valle, Luis Felipe Vivanco, Pedro Laín Entralgo y muchos otros de esa nómina que desmiente el pretendido “páramo cultural” en el que muchos han querido convertir la posguerra española. En Escorial publicará Fórmica su primera novela, Bodoque, donde muestra la influencia que tuvo en ella la separación de sus padres que, al final, le llevará a promover una de las reformas más importantes que se han dado en la historia de España a favor de los derechos de la mujer, lo que ha sido silenciado por el “feminismo oficial”.
Publicó posteriormente la novela Monte Sancha, finalista del premio Ciudad de Barcelona y La ciudad perdida, obra que sería adaptada al cine. Ya en 1972 publica otra novela, La hija de don Juan de Austria, con la que ganó el premio Fastenrath de la Real Academia.
En estos momentos donde tan de actualidad está la llamada “violencia de género” recordemos que Mercedes Fórmica fue pionera en la lucha por los derechos de las mujeres maltratadas, que inspiró una de las reformas legales más importantes del siglo XX para la mujer y la repercusión internacional de su artículo El domicilio conyugal.
Las asociaciones culturales Ademán y Fernando III pudieron ayer celebrar, sin problemas, el acto «Miguel Hernández y los poetas sevillanos», después del desagradable recuerdo del pasado mes de octubre, cuando el Ayuntamiento vetó a estas mismas instituciones la organización de un homenaje a Agustín de Foxá por cuestiones ideológicas.
Bajo la vigilancia de algunas patrullas de la Policía Nacional, que en la parte exterior del edificio, la Fundación Valentín de Madariaga albergó este homenaje a Miguel Hernández en el que participaron el escritor Aquilino Duque y el jefe de la sección de Edición de ABC de Sevilla, Romualdo Maestre.
Tras una intervención inicial de Javier Compás, de la Asociación Cultural Ademán, tomó la palabra Maestre, quien hizo un certero retrato sobre la amistad que mantuvo el creador de «Nanas de la cebolla» con algunos poetas sevillanos que estaban en las antípodas de su pensamiento político -pertenecían a la Falange-, pero que, sin embargo, intentaron ayudarlo cuando el bando republicano perdió la Guerra Civil. En ese sentido, el periodista resaltó el papel desempeñado por Joaquín Romero Murube o Eduardo Llosent: «Miguel Hernández tuvo un enfrentamiento con Alberti porque no estaba de acuerdo en cómo se gastaba el dinero en la retaguardia, además Alberti quería ser el único poeta de la revolución. Ni éste ni Neruda lo incluyeron en la lista de la embajada de Chile, algo que le hubiera salvado». Por eso, Maestre quiso recordar el esfuerzo de intelectuales falangistas como Sánchez Mazas, Laín Entralgo, Romero Murube, Llosent o José María Cossío, entre otros, para salvar la vida del poeta.
Por su parte, el escritor Aquilino Duque, glosó la figura del autor de «El rayo que no cesa» a través de la lectura de varios de sus poemas, como la «Égloga a Garcilaso de la Vega». Durante su intervención, recordó el relato que le contó Romero Murube sobre cómo Miguel Hernández llegó a un Alcázar de Sevilla en donde Franco celebraba el triunfo al final de la guerra. También narró la forma en que diferentes intelectuales falangistas trataron de ayudarlo para que saliera de España, aunque el poeta fue hecho prisionero cuando quiso volver a Orihuela para ver a su esposa y conocer a su hijo.
Una leyenda sevillana de mediados del siglo pasado cuenta que recién terminada la Guerra Civil, cuando Francisco Franco se alojó por primera vez en el Real Alcázar, una noche, por uno de los jardines, se cruzó con Joaquín Romero Murube, que era el conservador del colosal palacio, cargo que ocupó desde 1934 hasta su fallecimiento, acontecido el 15 de noviembre de 1969; el mítico poeta falangista iba acompañado de otro hombre, y en la semipenumbra del recinto los tres se dieron educadamente las buenas noches, continuando cada mochuelo el camino hacia su respectivo olivo.
Y lo singular, lo fundamental de la leyenda, no fue ni el cruce ni las buenas noches, no; lo fundamental y singular fue que el acompañante de Joaquín era el igualmente poeta, pero comunista y perseguido, Miguel Hernández, a quien había escondido en el Real Alcázar en la huida del orcelitano hacia la frontera con Portugal, que llegó a cruzar, pero no sirviéndole de nada porque la policía de Salazar lo detuvo y entregó a las autoridades españolas de entonces.
Y aunque lo de las «buenas noches» de Franco no esté contrastado, lo que sí lo está es el cobijo que Hernández recibió por parte de Romero Murube, un hecho histórico que estoy recordando como homenaje que rindo (y nada más lejos de mis sentimientos que ser comunista) a la memoria del gran poeta y dramaturgo de Orihuela fallecido en la cárcel de Alicante mes y medio antes de que yo viniera al mundo, cuyo centenario de su nacimiento se celebra este año y se cumplirá el 30 de octubre, uniéndome así desde aquí al literario que hoy (20.00 horas) le van a tributar en Sevilla las asociaciones Cultural Ademán y Cultural Fernando III, y tendrá lugar en la Fundación «Valentín de Madariaga» (antiguo Consulado de los Estados Unidos, avenida de María Luisa s/n), contando con las intervenciones de mi estimado compañero Romualdo Maestre y del Premio Nacional de Literatura y académico Aquilino Duque, quienes fundamentarán sus intervenciones en la relación que Hernández tuvo con los poetas sevillanos, especialmente el citado Romero Murube y Eduardo Llosent.
Y como se dice por aquí, vaya guantá sin manos que los organizadores han pegado a las autoridades municipales comunistas de Sevilla, que como recordarán, hace unos meses prohibieron en el Centro Cívico «Tejar del Mellizo» el homenaje, igualmente literario, que iban a tributar a Agustín de Foxá, prohibición argumentada en que éste fue falangista.
MIGUEL HERNÁNDEZ Y EDUARDO LLOSENT (Del blog Divagaciones Sevillanas)
(Por Matilde I. Donaire Pozo)
En el Ateneo de Sevilla se expone un retrato firmado por Alfonso Grosso de un prócer sevillano, don Eduardo Llosent y Marañón, que tiene en su mano un ejemplar de la Revista Mediodía, de la que era director.
Reconozco que mi admiración por este señor ha nacido al conocer su relación de amistad con Miguel Hernández, según consta en el libro de Juan Guerrero Zamora, Proceso a Miguel Hernández, publicado en 1990.
Finalizada la guerra, Miguel Hernández marcha hacia Alicante, a pié o en carro, y de allí a Cox, ciudad donde reside Josefina. Va también a Orihuela a ver a sus parientes y amigos y a intentar conseguir un salvaconducto. En carta de 19 de abril dice a José María Cossío que sale para Sevilla en busca de la ayuda de antiguos amigos como Jorge Guillén y Eduardo Llossent. Este último le había proporcionado una carta de presentación para Joaquín Romero Murube, en ese momento Alcaide del Alcázar de Sevilla.
Eduardo Llosent había conocido a Miguel Hernández en las Misiones Pedagógicas, y cuando el poeta llegó a Sevilla le llevó personalmente al Alcázar donde Romero Murube no pudo atenderles pues, al parecer, estaba esperando la llegada de Franco.
La amistad entre Llosent y Miguel Hernández explica que cuando a Miguel lo detienen en Portugal el 30 de abril de 1939 y lo entregan a las autoridades españolas, él escribe a su familia y les pide que le contesten a la calle San Vicente número 22, de Sevilla, donde vivía Llosent, y que la carta la dirijan a su nombre.
Y en otra misiva, datada el 3 de agosto de 1939, comenta que Eduardo Llosent le había visitado en la cárcel de Torrijos el día anterior, y que iba acompañado de un abogado de la Auditoría de Madrid que se había ofrecido para su defensa.
Queda constancia por tanto de la antigua amistad entre el poeta y Eduardo Llosent y de la ayuda que éste le prestó en los difíciles momentos de su cautiverio.
Recordémoslo hoy, en el aniversario de su muerte, fecha en la que la admiración por el poeta y su obra se hace más intensa.
Tras dedicar sendos homenajes a las figuras de Agustín de Foxá y Leopoldo Panero, las Asociaciones Culturales «Ademán» y «Fernando III» han decidido dedicarle a Miguel Hernández la nueva edición de sus actos, corroborando así su vocación plural y libre de sectarismos. Y como me va a ser imposible asistir, me haría ilusión hacer algunos apuntes sobre Miguel Hernández, con la finalidad de animar a los lectores a acudir a la conferencia que tendrá lugar en la Fundación Valentín de Madariaga, mañana jueves 15 a las 20.00 horas.
A diferencia de Lorca o Alberti, Miguel Hernández ha sido un poeta más bien discreto, hasta el punto que su figura apenas ha convocado hagiógrafos, discípulos o estudiosos. Al socaire de su centenario, Eutimio Martín acaba de publicar un polémico libro —«El oficio de poeta» (Aguilar, 2010)— y por eso mismo me gustaría decir que la biografía de José Luis Ferris —«Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte de un poeta» (Temas de Hoy, 2002)— me sigue pareciendo el estudio más neutral y riguroso acerca del poeta de Orihuela.
Por otro lado, sus compañeros de generación —con excepción de Aleixandre— mantuvieron cierta distancia hacia Hernández y su obra, aunque por razones más bien diversas. Cernuda, por ejemplo, escribió: «De todos modos había en Hernández, y hasta en exceso, todos los dones primarios que indican al poeta; le faltaban los que constituyen el artista, y no creemos que, de haber vivido, los hubiese adquirido. Porque era un tipo de poeta que suele darse en España: fogoso y de retórica pronta, en el cual, en el entusiasmo inspirado que lo posee, concierta de instinto ambas cualidades, fogosidad y retórica, hallando así el camino franco hacia su auditorio, tan entusiasta como él» («Estudios sobre poesía española contemporánea», 1957, p. 228). Sin embargo, las razones de Alberti y María Teresa León fueron —más bien— personales e ideológicas.
En efecto, a Miguel Hernández le indignaban el lujo y la frivolidad que Alberti y su mujer derrochaban en el Madrid republicano, celebrando fiestas de disfraces y zampándose los alimentos que escaseaban. Una de esas lujosas noches Miguel Hernández soltó la frase explosiva que le mereció la enemistad de Alberti y la bofetada de María Teresa León —«Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta»—, admitida por ella misma en su «Memoria de la melancolía» (1979, p. 335). Aquel episodio fue la verdadera razón del desamparo de Miguel Hernández en Madrid, abandonado por sus «amigos» Neruda y Alberti.
Así, la reciente edición de las memorias inéditas del diplomático chileno Carlos Morla Lynch —«España sufre. Diarios de guerra en el Madrid republicano»— demuestra que Morla sí le ofreció asilo al poeta y que ni Alberti ni Neruda lo incluyeron en la lista de los compañeros que merecían protección diplomática. Y si la conducta de Alberti —que ya se había negado a llevarlo hasta Alicante cuando huyó con María Teresa León— ya fue deplorable, la de Neruda fue simplemente abyecta, pues en sus memorias «Confieso que he vivido» se despachó así: «Miguel Hernández buscó refugio en la embajada de Chile... El embajador en ese entonces, Carlos Morla Lynch, le negó el asilo al gran poeta, aun cuando se decía su amigo» (p. 175).
El poeta Miguel Hernández, recibió más ayuda de poetas falangistas como Eduardo Llosent y José María de Cossío, que de los exquisitos poetas republicanos, quienes siempre lo menospreciaron por ser como la cebolla: cerrado y pobre.
Los organizadores del homenaje a Agustín de Foxá, que generó una polémica al denegarles el Ayuntamiento de Sevilla un centro cívico cuyo uso le había autorizado previamente y por el que ahora tendrá que acudir a los tribunales la delegada de Participación Ciudadana, Josefa Medrana, acusada de prevaricación, han convocado otro, también en Sevilla, al poeta Miguel Hernández.
«Miguel Hernández y los poetas sevillanos» es el título de este «acto literario» con el que las asociaciones Ademán y Fernando III pretenden homenajear al poeta en el centenario de su nacimiento. El homenaje, que se celebrará el día 15 en la Fundación Valentín de Madariaga, «girará en torno a la figura del poeta de Orihuela y su relación con los poetas sevillanos con los que se relacionó, como Joaquín Romero Murube y Eduardo Llosent», según los organizadores.Intervendrán en el acto el periodista Romualdo Maestre, y el escritor, académico de la de Buenas Letras y Premio Nacional de Literatura Aquilino Duque, quien también intervino en el de Foxá en octubre pasado.
Tres ediles de IU y PSOE están denunciados por denegar un local para el acto al escritor.
Diario de Sevilla 5/04/2010
Los organizadores del homenaje al escritor falangista Agustín de Foxá en el centro cívico de Los Remedios, un acto que fue denegado por el Ayuntamiento de Sevilla y provocó una polémica que ahora se dirime en los tribunales, han convocado otro reconocimiento en Sevilla al poeta Miguel Hernández, que fue miliciano y comisario comunista.
Por la negativa al acto de Foxá, los organizadores han denunciado por prevaricación y por un delito contra las libertades públicas a tres ediles del Ayuntamiento: la delegada de Participación Ciudadana, Josefa Medrano (IU); el teniente de alcalde Antonio Rodrigo Torrijos (IU); y la de Cultura y portavoz del gobierno municipal, Maribel Montaño (PSOE).
Las asociaciones Ademán y Fernando III pretenden homenajear a Miguel Hernández en el centenario de su nacimiento. El acto, que se celebrará el día 15 de abril en la Fundación Valentín de Madariaga, abordará la figura del poeta de Orihuela y su relación con los poetas sevillanos, como Joaquín Romero Murube y Eduardo Llosent. Intervendrán el periodista Romualdo Maestre, y el escritor Aquilino Duque.
La Asociación Cultural Ademán y la Asociación Cultural Fernando III organizan un acto literario con motivo del centenario del nacimiento del poeta Miguel Hernández.
El acto girará en torno a la figura del poeta de Orihuela y su relación con los poetas sevillanos con los que se relacionó, como Joaquín Romero Murube y Eduardo Llosent.
Intervendrán en el acto el Redactor Jefe del diario ABC, D. Romualdo Maestre, y el escritor, académico de la de Buenas Letras y Premio Nacional de Literatura, D. Aquilino Duque.
Se celebrará en la Fundación Valentín de Madariaga, Avenida de María Luisa S/N (antiguo consulado de Estados Unidos) el próximo jueves 15 de Abril a las 20ºº horas.
La entrada es libre. El público que lo desee puede asistir a las 19:15h a una visita guiada a la Colección de Arte contemporáneo de la Fundación.
DESEO EMPEZAR ADMITIENDO que me ha sido del todo imposible –a mí, que no soy poeta- escribir sobre la poesía de Leopoldo Panero, renunciando a narrar la malhadada historia de un hombre que a punto estuvo de morir fusilado por rojo y que años más tarde acabó como «poeta del franquismo», que durante la república fue amigo entrañable de César Vallejo y durante la dictadura bestia negra de Pablo Neruda, que se pasó la vida escribiendo poemas de amor a su familia y que una vez muerto fue minuciosamente denigrado por su mujer y sus tres hijos en películas, documentales, memorias y poemas, sin contar entrevistas.
En realidad, vista la película «El desencanto» (1976) de Elías Querejeta y Jaime Chávarri; repasado Espejo de sombras (1977) de Felicidad Blanc, las memorias de la viuda de Leopoldo Panero; y leído «El convidado de piedra» -poema que su hijo Juan Luis le dedicó en estos términos: A veces, regresas en una pesadilla, / tan absurda como fue nuestra historia, / y al despertar no dejas sino / rencor y descontento, miedo / petrificado en la memoria. / Ni aún ahora, tantos años después, / es posible el pacto entre nosotros, / ni aún ahora, la piedad y el olvido- parece imposible desagraviar a Leopoldo Panero por otra cosa que no sea su poesía.
Sin embargo, la vida de Leopoldo Panero hasta 1936 había trazado un itinerario que hoy juzgaríamos «políticamente correcto» y hasta podría haber entrado en el santoral republicano si hubiera muerto fusilado –como García Lorca- junto a su cuñado Ángel Jiménez. En efecto, según Ricardo Gullón en La juventud de Leopoldo Panero (1985), el joven poeta se entusiasmó por el marxismo durante sus años universitarios de Madrid y leía con devoción a Miguel de Unamuno, Antonio Machado y Jorge Guillén. En abril de 1931 invitó a César Vallejo a pasar una semana en su casa de Astorga –la precisión es de Georgette Vallejo-, donde el poeta peruano terminó de escribir Rusia en 1931. Reflexiones al pie del Kremlin (1931) y que Panero reseñó en «El Sol». Entre 1932 y 1934 vivió en Cambridge, donde colaboró con el «Socorro Rojo», y en 1935 fue uno de los firmantes del auto-homenaje que Neruda se organizó en Madrid, colaborando más tarde en Cruz y Raya, Caballo Verde para la poesía y otras revistas de vanguardia. En abril de aquel mismo año, Luis Cernuda, María Zambrano y Leopoldo Panero integraron un equipo de las Misiones Pedagógicas de la República que recorrió Lagartera y Alcolea del Tajo, aunque el Album conmemorativo de Cernuda omita el nombre de Panero o lo suplanten bajo el nombre del marido de María Zambrano en las fotografías, tal como ha advertido Federico Utrera en Después de tantos desencantos. Vida y obra de los Panero (2008). Finalmente, en 1936 Leopoldo Panero acompañó a Unamuno a su investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Cambridge, y nada más regresar estalló la guerra y fue apresado en Astorga junto con Ángel Jiménez, novio de su hermana Asunción, quien murió fusilado a los diez días de la detención.
Es conocida la intercesión a su favor de Carmen Polo, esposa de Franco y tía segunda del poeta, quien logró liberarlo tras las súplicas de su madre. A continuación sucedieron su enrolamiento en el ejército nacional, la muerte de su hermano Juan, las sospechas permanentes en Astorga y la aproximación al núcleo duro de los poetas de Falange, donde su amigo Luis Rosales lo acogió en la fundación de la revista Escorial y luego en la tertulia madrileña «Musa Musae», con Dionisio Ridruejo, Gerardo Diego, Rafael Sánchez Mazas, Luis Felipe Vivanco, Eduardo Llosent y Manuel Machado, como maestro de todos. Por supuesto que Leopoldo Panero pudo renegar de su tía Carmen y morir como los héroes republicanos de las películas contemporáneas, pero el ser humano es contradictorio y la muerte un cáliz que no todo el mundo está dispuesto a beber. ¿Qué habría ocurrido con Federico si no hubiera sido fusilado? ¿No lo habría llevado también Luis Rosales –de cuya casa granadina lo sacaron de madrugada para asesinarlo- a la revista Escorial y a la tertulia con Manuel Machado? ¿Acaso no habría seguido escribiendo como Dámaso Alonso, Gerardo Diego y Vicente Aleixandre? No obstante, sólo a Leopoldo Panero se le recuerda como el poeta oficial del franquismo.
En su apócrifo discurso de ingreso a la Academia Española, supuestamente leído el 12 de diciembre de 1956 y contestado por Juan Chabás, Max Aub imaginó cómo habría sido la docta casa si nunca se hubiera producido la guerra civil. El presidente de la República es Fernando de los Ríos y Max Aub se dispone a ocupar el sillón del finado Valle-Inclán, ante los académicos Miguel Hernández, Rafael Alberti, Pedro Salinas, Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Américo Castro, Blas de Otero, Corpus Barga, José Moreno Villa, Manuel Altolaguirre y –por supuesto- Federico García Lorca, entre otros; departiendo cariñosamente con los académicos Giménez Caballero, Gerardo Diego, Dionisio Ridruejo, José María Pemán, Eugenio Montes, José María de Cossío, Pedro Sainz Rodríguez, Salvador de Madariaga, Emilio García Gómez y Luis Felipe Vivanco, entre otros; porque nunca hubo una guerra y todos los nombrados siguieron siendo amigos y colegas respetables. Con todo, en aquel discurso contemporizador -«El teatro español sacado a luz de las tinieblas de nuestro tiempo»- donde Aub incluso citó a Jardiel, Sassone, Luca de Tena, González Ruano y Sánchez Mazas, no aparece por ningún sitio Leopoldo Panero, quien hacia 1956 ya había publicado toda su obra conocida -Escrito a cada instante (1949) y Canto personal (1953)-, convirtiéndose en una suerte de apestado intelectual por su enfrentamiento con Pablo Neruda.
No viene al caso reconstruir ahora la polémica con el chileno, ni hacer hincapié en la cantidad de estudios y testimonios que con el tiempo han demostrado con qué ventajismo manipuló Neruda las muertes de Federico y Miguel Hernández. Lo que interesa es decir alto y claro que Panero se equivocó, que Canto personal fue un error y que los versos lapidarios con los que Neruda respondió infligieron un daño irreparable sobre Leopoldo en particular y los Panero en general: Miguel Hernández muerto en sus prisiones / y el pobre Federico asesinado / por los medioevales malhechores, / por la caterva infiel de los Panero. Bastaría con precisar que Juan Luis y Leopoldo María siempre han presumido de tener la influencia de Neruda en sus primeros versos, para comprender el efecto devastador de aquella denigración.
Sin embargo, me gustaría convocar el testimonio de un poeta exiliado, contemporáneo de Leopoldo Panero, para demostrar que no todos hicieron leña del árbol caído y que se le respetaba como poeta, a pesar de las diferencias políticas. Me refiero a Luis Cernuda, viejo compañero de las Misiones Pedagógicas en 1935 y en 1949 amigo y vecino en Londres. Aunque James Valender dejó caer en la biografía que la Residencia de Estudiantes publicó por su centenario, que Cernuda apenas trató a Panero en Cambridge por ser falangista, las propias fotografías y cartas facsimilares del Album (2002) desmienten esas insinuaciones, por no hablar de las continuas evocaciones de Cernuda en Espejo de sombras de Felicidad Blanc. Pues bien, a fines de la década del 50 Cernuda publicó Estudios sobre poesía española contemporánea (1957), donde desde el preámbulo advirtió: “Que no le ha sido fácil al autor prescindir de un escrúpulo arraigado: abstenerse de opinar, por escrito y en público, acerca de la obra de un escritor contemporáneo, cuando éste sea conocido suyo y no resulte favorable lo que sobre él deba decir. Pero puesto en el trance, ha tratado en lo posible de compaginar la veracidad de su parecer con la consideración de la susceptibilidad ajena”. Invocando estos principios Cernuda suprimió del manuscrito los capítulos correspondientes a Jorge Guillén, Gerardo Diego, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre y Manuel Altolaguirre, aunque las alusiones a estos poetas aparezcan en los textos dedicados a Lorca, Salinas y Miguel Hernández. En cualquier caso, en el último capítulo –titulado «Continuidad hasta el presente»- Cernuda afirma que al estallar la guerra civil española convivían tres generaciones poéticas: la del 98, la del 25 y una tercera “compuesta por Miguel Hernández, Luis Rosales, Leopoldo Panero, José Antonio Muñoz Rojas, Germán Bleiberg, Luis Felipe de Vivanco y algún otro”.
Dispuesto a definir las características y diferencias de la tercera generación con respecto a la suya propia, Cernuda sentencia: “El escepticismo de los del 25, que en algunos llega a veces hasta la blasfemia, contrasta en cambio con la religiosidad de la generación siguiente. Esa y otras causas fueron probablemente las que permitieron a estos poetas apreciar la admirable poesía de Unamuno, hasta ellos no bien apreciada; Unamuno y también Machado han sido sus inspiradores. La labor de la generación queda en cierto modo vinculada a la revista Escorial, la más importante de las publicaciones después de la guerra civil”. Cernuda fue severo con su generación, puso en duda el esplendor literario de la República y se negó a entronizar a cualquier poeta por encima de los demás, argumentando que “el valor de un poeta no parece fácilmente ni prontamente apreciado por sus contemporáneos”. Con todo, el autor de La realidad y el deseo arriesgó una última enumeración: “Alguna parte de esta poesía joven halla su ascendencia en Aleixandre; otra parte mayor la halla en Machado, poeta al que, durante la etapa antes indicada, se postergó injustamente a favor de Jiménez. No son raras las composiciones con temas religiosos, así como tampoco las inspiradas en temas familiares; lo cual tal vez indicase continuidad, al menos en algunos de estos poetas nuevos, de la corriente que representan Rosales, Muñoz Rojas, Vivanco y Panero”.
La última cita de Luis Cernuda nos pone en suerte los comentarios sobre la poesía de Leopoldo Panero, para lo cual me apoyaré en el maravilloso prólogo que Andrés Trapiello redactó para la edición de Por donde van las águilas (1994), una antología lúcida, exquisita y valiente, donde Andrés se preguntó perplejo “¿Qué tierra es esta nuestra donde un poeta excepcional como Leopoldo Panero ha desaparecido de la memoria no ya de las gentes, sino de los propios poetas?”.
No encuentro mejores reflexiones acerca de la poesía de Leopoldo Panero, que las expresadas por Trapiello en «Una reconstrucción», su memorable prólogo a Por donde van las águilas. Ni en los estudios de Eileen Connolly o César Aller, ni en las evocaciones de Ricardo Gullón o Gerardo Diego, ni en los apuntes de Luis Rosales o Dámaso Alonso. Ni siquiera en el brillante prólogo que José Cereijo ha preparado para Memoria del corazón (2009), única antología de la poesía de Leopoldo Panero que es posible adquirir en librerías y que para este año de su centenario ha editado Renacimiento.
Andrés Trapiello advierte rotundo: “Hay poetas que lo son por el total de su obra. Tal sería el caso de Juan Ramón o de Cernuda. A otros en cambio podríamos verles enteramente en uno solo de sus libros, en las Soledades a Machado, en los Cantos de vida y esperanza a Darío o en este Escrito a cada instante a Panero”. Y sobre la poesía misma continúa así: “Panero habla siempre de tres cosas. Habla del paisaje que conoce. Habla de su familia, su mujer, sus hijos, su hermana, el abuelo Quirino... Y habla de Dios. En realidad sólo habla de la tierra que pisa y de los hombres que la habitan. En sus poemas Dios está un poco en todas partes. Pero como la misma soledad, Dios no puede ser argumento de un poema, sino la condición previa para que éste exista, es Él el creador de ese silencio necesario para que la palabra poética se deje oír. Incluso podría decirse que Panero habla en realidad de una sola cosa: del amor. El amor a su tierra, el amor a la familia, el amor a Dios”. Los invito a corroborar estas aseveraciones leyendo «El peso del mundo» y «Montaña con tiempo», dedicados a su tierra; «A mis hermanas» e «Hijo mío», dedicados a su familia; «Cántico» y «En tu sonrisa», dedicados a su mujer, y «Escrito a cada instante» o «En las manos de Dios», dedicados al creador del silencio que consiente el poema.
Hasta aquí me he limitado a glosar y ordenar lo que otros autores con más y mejores conocimientos han escrito sobre Leopoldo Panero. Sin embargo, como me haría ilusión añadir algo personal, me atrevo a sugerir que muchos poemas donde Leopoldo Panero habla de Dios, parecen beber de la dimensión religiosa que rezumaba la primera poesía de su maestro, el poeta peruano César Vallejo.
En efecto, Dios es omnipresente en la poesía de Vallejo, donde encontramos «las caídas hondas de los cristos del alma», «golpes como del odio de Dios», «viernesantos» más dulces que un beso y poemas como «Siento a Dios que camina tan en mí». En la poesía de Vallejo, Dios es la experiencia del dolor y del amor, la conciencia de la soledad y el sufrimiento, como en «En el templo vacío» de Panero: Lo mejor de mi vida es el dolor. Tú hiciste / de la nada el silencio y el camino del beso, / y la espuma en el agua para la tierra triste, / y en el aire la nieve donde duerme Tu peso. // ¡Señor, Señor! Yo he hecho mi voluntad. Yo he hecho / una ley de mi orgullo, pero ya estoy vencido. / Como una madre humilde que me acuna en su pecho / mi espíritu se acuesta sobre el dolor vivido. // Sobre la carne triste, ¡sobre la silenciosa / ignorancia del alma como un templo vacío! / ¡Sobre el ave cansada del corazón que posa / su vuelo entre mis manos para cantar, Dios mío! // Soy el huésped del tiempo, soy, Señor, caminante / que se borra en el bosque y en la sombra tropieza, / tapado por la nieve lenta de cada instante, / mientras busco el camino que no acaba ni empieza. // Soy el hombre desnudo. Soy el que nada tiene. / Soy siempre el arrojado del propio paraíso. / Soy el que tiene frío de sí mismo. El que viene / cargado con el peso de todo lo que quiso. // Lo mejor de mi vida es el dolor. ¡Oh lumbre / seca de la materia! ¡Oh racimo estrujado! / haz de mi pecho un lago de clara mansedumbre. / ¡Señor, Señor! Desata mi cuerpo maniatado.
César Vallejo se duele con Dios y hasta lo compadece, porque la compasión –como la condolencia- no es otra cosa que sentir el mismo dolor y padecer juntos. Así Vallejo dice en el poema «Dios»: Yo te consagro, Dios, porque amas tanto; / porque jamás sonríes; porque siempre / debe dolerte mucho el corazón; se lamenta de haber amado en «Agape»: ¡Perdóname, Señor! Qué poco he muerto;e incluso reivindica su humanidad doliente y mortal como en «Los dados eternos»: Dios mío, estoy llorando el ser que vivo; / me pesa haber tomádote tu pan; / pero este pobre barro pensativo / no es costra fermentada en tu costado: / tú no tienes Marías que se van! // Dios mío, si tú hubieras sido hombre / hoy supieras ser Dios; / pero tú, que estuviste siempre bien, / no sientes nada de tu creación. Panero también dialoga con Dios, pero en sus versos continúa dialogando con Vallejo, como en «Noche de San Silvestre»: ¡El más pequeño / minuto del vivir en Dios empieza! / Si tornas, caminante, la cabeza, / lejos verás tu corazón sin dueño. // Descalza por la nieve va la vida, / noche de San Silvestre, noche pura / por donde viene el tiempo a nuestro encuentro. // Del último minuto desasida / la gota se derrama, pero dura / el latido de Dios que queda dentro; o en la última estrofa de «Casi roto de Ti»: Como rota, Señor, mi sangre suena / en soledad de Ti, de Ti en costumbre: / llenos de Ti mis huesos, pero humanos.
No creo que resulte descabellado sugerir que la poesía de Vallejo perfumaba el poemario Escrito a cada instante, porque uno de los más bellos poemas del libro se titula precisamente «César Vallejo»: ¿De dónde, por qué camino había venido, / soplo de ceniza caliente, / indio manso hecho de raíces eternas, / desafiando su soledad, hambriento de alma, / insomne de alma hacia la inocencia imposible, / terrible y virgen como una cruz en la penumbra...?. Sé que estas intuiciones no las puedo demostrar como se demuestran los teoremas, pero creo que toda la vida de Leopoldo Panero y la dimensión religiosa de su poesía, podrían cifrarse en un desolador poema de César Vallejo titulado «Espergesia»:
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Hermano, escucha, escucha...
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Todos saben que vivo,
que mastico... y no saben
por qué en mi verso chirrían,
oscuro sinsabor de féretro,
luyidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto.
Todos saben... Y no saben
que la Luz es tísica,
y la Sombra gorda...
Y no saben que el misterio sintetiza...
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,
grave.
¿Con qué palabra podríamos definir la vida de este poeta desleído y olvidado, proscrito de todos los índices onomásticos, repudiado por su viuda y maldecido por sus hijos? El poema de César Vallejo es la espergesia de Leopoldo Panero, porque leyendo a Vallejo acaso Panero descubrió arrasado, que él también nació un día que Dios estuvo enfermo.
Para que el horror sea perfecto, uno de los últimos poemas que Panero dejó inédito en sus cuadernos se titulaba «Epitafio», y su lectura podría ser de una obscena crueldad:
Ha muerto
acribillado por los besos de sus hijos,
absuelto por los ojos más dulcemente azules
y con el corazón más tranquilo que otros días,
el poeta Leopoldo Panero,
que nació en la ciudad de Astorga
y maduró su vida bajo el silencio de una encina.
Que amó mucho,
bebió mucho y ahora,
vendados sus ojos,
espera la resurrección de la carne
aquí, bajo esta piedra.
El poeta Leopoldo Panero jamás habría imaginado que al otro lado de la piedra, en el año de su centenario, sólo estaríamos nosotros.