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sábado, 7 de junio de 2014

Presentación nuevo libro del poeta sevillano Juan Lamillar.


lunes, 7 de abril de 2014

La revolución traicionada

La revolución traicionada Publicada en el año del centenario de Octavio Paz, la primera novela de Antonio Rivero Taravillo recrea la enigmática peripecia de un miliciano homenajeado por el escritor mexicano.

Ignacio F. Garmendia | Diario de Sevilla.

Los huesos olvidados. Antonio Rivero Taravillo. Espuela de Plata. Sevilla, 2014. 204 págs. 18 euros.

Pese a su evolución posterior y aunque nunca llegó a traspasar la categoría de "compañero de viaje", es sabido que Octavio Paz apoyó con fervor la causa republicana, estuvo muy próximo a los comunistas y fue uno de los más jóvenes participantes en el Congreso de Escritores Antifascistas que celebró sus sesiones en Valencia durante el verano de 1937. Por esa época escribió poemas inequívocos como ¡No pasarán! o Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón, reunidos en un libro del mismo año que le publicó Altolaguirre, Bajo tu clara sombra y otros poemas sobre España. Del segundo de los poemas citados nace esta novela, primera del ensayista, traductor y poeta Antonio Rivero Taravillo, donde se recrea la historia de un miliciano poumista que no murió del modo que se dijo que había muerto. El propio Paz lo había explicado en una glosa añadida a la cuarta edición de Libertad bajo palabra (1979) y su primera mujer, la también escritora Elena Garro -a quien llamaban despectivamente la Pacecita- se refirió al episodio en sus amargas y tardías Memorias de España 1937 (1992), verdadero ajuste de cuentas donde recordaba los ya lejanos días en los que convivió con los no siempre afables ni respetuosos miembros de la intelligentsia republicana.

Ambos autores, entonces recién casados, aparecen como personajes de Los huesos olvidados, pero el fantasmal protagonista de la novela es ese miliciano, de apellido Bosch, que había compartido con Paz los tiempos de la primera juventud -cuando ambos, todavía en México, se dedicaban al activismo libertario- y la noticia de cuya muerte leyó aquel, impresionado, antes de venir a España. Para imaginar el más que probable fin de aquel hijo de catalanes -el verso de Paz, "Has muerto entre los tuyos, por los tuyos", se revelaría involuntariamente profético-, Rivero echa mano del clásico recurso a una indagación que décadas después trata de arrojar luz sobre hechos silenciados o de los que apenas queda memoria, y lo hace a través de un personaje de ficción, la profesora Encarna Expósito, que descubrió por una carta que era hija de Bosch y desde entonces vive obsesionada con reconstruir su peripecia. Por la novela aparecen muchos otros personajes reales, pero son los envejecidos Paz y Garro los únicos que llegan a encontrarse -por separado y en el presente de los años noventa- con una investigadora que se ve obligada a suplir con evocaciones generales su falta de datos precisos.

Tras un arranque convencional, Los huesos olvidados gana en intensidad conforme avanza y brilla más en la recreación histórica que en el desarrollo de la trama, más un hilo conductor que permite la narración de los hechos que una construcción con vida propia. Al margen de su constancia en la búsqueda o de detalles aislados, el personaje de la investigadora no adquiere entidad hasta la tercera parte de la novela, pues la segunda funciona como un excurso que rompe el relato de la pesquisa para rememorar directamente los llamados "sucesos de mayo" del 37, que en realidad se prolongaron hasta junio con la detención y asesinato de Andreu Nin y la disolución del POUM al que pertenecían Bosh y otros revolucionarios -acusados de trotskistas- no adscritos a la disciplina soviética. El crudo enfrentamiento en el bando republicano tuvo como consecuencia el control casi exclusivo del poder por los comunistas, entregados a la línea que marcaban los comisarios políticos de Stalin y sus esbirros -"simiescos", por las iniciales- del Servicio de Información Militar, entre quienes medraban los "sacripantes del Partido" (Cernuda) y los "tristes obispos bolcheviques" (Vallejo). La tercera parte, que incluye guiños metaliterarios al modo en que se han contado los hechos y reflexiones sobre el alcance de lo narrado, retoma la exploración para cerrar un relato que partió de una anécdota y pese a ello logra trazar un verosímil panorama de conjunto.

La novela se relaciona en efecto con Homenaje a Cataluña de Orwell y Enterrar a los muertos de Martínez de Pisón, donde este seguía el rastro de José Robles -desaparecido como Nin, como Bosch, como tantos otros-, pero lo que en el primero era autobiografía y en el segundo una quest o inquisición en primera persona, aquí toma una forma híbrida, con partes "de cuento y de testimonio" que no llegan a ensamblarse o a fluir entrelazadas. Tanto por el mencionado trabajo de recreación, sin embargo, como por el indudable interés de la historia, también por la familiaridad con el contexto literario de esos años y por la invitación explícita a recuperar todas las memorias, incluida la que es "incómoda para unos y para otros", Los huesos olvidados no merece pasar desapercibida entre las demasiadas novelas rutinarias o prescindibles que se han dedicado a los años de la Guerra Civil, frente a las que esta de Rivero destaca por su mirada limpia y su absoluta falta de sectarismo.

viernes, 21 de marzo de 2014

Una nueva revista de poesía en Sevilla siempre es una buena noticia


La historia de la literatura del último siglo es inseparable de la de las revistas que fueron aportando nuevas voces y aglutinando movimientos. Sevilla ha tenido algunas emblemáticas, como GreciaMediodía o, más recientemente, Renacimiento.
Recuperando esa tradición en un momento en que tantas han desaparecido, el CICUS (Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla) pone en marcha Estación Poesía, una revista cuatrimestral en papel (también disponible en la red) en la que poetas, traductores y críticos sevillanos, sean de la comunidad académica o no, compartirán espacio con los mejores autores del panorama poético español e internacional.
Dirigida por el escritor Antonio Rivero Taravillo, en este primer número colaboran, entre muchos otros, Felipe Benítez Reyes, Piedad Bonnett, Juan Lamillar, Erika Martínez y Jesús Aguado, además de una larga lista de poetas que, pertenecientes a generaciones distintas y estéticas diversas, tienen como denominador común la excelencia.

sábado, 8 de marzo de 2014

Leopoldo María Panero, punto y final

El escritor Antonio Rivero Taravillo nos recuerda a Leopoldo María Panero, recientemente fallecido.

Ha muerto Leopoldo María Panero. Ha sido una semana luctuosa para la poesía española dentro de un comienzo de año particularmente fúnebre en lo que hace a la escrita en nuestra lengua, pues se ha llevado, con guadaña afilada a cada poco, a Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Fernando Ortiz y Félix Grande. Ana María Moix, antigua amiga de correrías, moría pocos días antes que él, de forma que de repente el grupo incluido en la influyente antología de José María Castellet (también recientemente fallecido) Nueve novísimos poetas españoles ha tenido dos bajas (con la de Manuel Vázquez Montalbán, un tercio ya de aquella nómina).
         Pero además de a los novísimos, también pertenecía el recién desaparecido a otro grupo de poetas: el de su propia familia. Poeta fue su hermano Juan Luis (muerto hace pocos meses), y poetas su padre, Leopoldo, sobre el que luego volveré más detenidamente, y su tío Juan, fallecido en 1937 en accidente de carretera y que los lectores de Luis Rosales, amigo suyo, recordarán porque el granadino lo lleva a hombros de su memoria emocionada hasta los versículos de La casa encendida. A este Juan, cuyo único libro publicado en vida (Cantos del ofrecimiento) se lo editó Manuel Altolaguirre en sus ediciones Héroe en mayo de 1936, le dedicó su hermano Leopoldo, padre del difunto de hoy, el poema “Adolescente en sombras” en 1938.
         Pero pasemos a quien fue -antes de que los hijos empezaran a publicar, y prácticamente olvidado ya el malogrado Juan- “el poeta Panero”: Leopoldo, amigo de César Vallejo o Cernuda, con quien cruzó un mensaje Aleixandre para quedar e ir junto a Cernuda a la celebración de la llegada de la República en abril de 1931, ese instante de promesas, y que algunas simpatías izquierdistas tendría cuando fue acusado por los nacionales al estallar la guerra de recolectar dinero para Socorro Rojo. Es sabido que fue encarcelado y que solo la mediación de Unamuno y, en última instancia, Carmen Polo, pariente lejana de la familia, hizo posible que fuera puesto en libertad. Luego, como otros, al parecer se afilió a Falange; pero de ahí a poder afirmar que fuera falangista por convicción dista mucho.
         Cierto que, como Montes, Alfaro, Manuel Machado, Cunqueiro o Gerardo Diego participó en la famosa Corona de sonetos en homenaje a José Antonio Primo de Rivera. Y que desempeñó un puesto señalado en el Instituto de España en Londres, ciudad donde su primo Pablo de Azcárate dirigía el otro Instituto Español (el republicano). En Londres conoció a T. S. Eliot, cuya complicidad quiso granjearse con buenos caldos españoles pertenecientes a la bodega de la legación, y también allí retomó la amistad con Cernuda, lo que no impidió que reprochara a este con una furibunda salida de tono el haber escrito el poema “La familia”, donde no quedaba bien parada la institución. De ese contacto con el poeta sevillano, salvado el incidente, quedaron el imposible idilio que su esposa, Felicidad Blanc, creyó que hubo entre ella misma y Cernuda y alguna evocación, en verso o prosa, de su hijo mayor: Juan Luis.
         Al tercero en discordia, Michi, le cupo el dudoso honor de vivir como el que más la Movida madrileña y de irse puliendo la rica biblioteca paterna, que Andrés Trapiello (leonés también y una de las personas que más sabe sobre la familia) recuerda haber visto íntegra así como, penosamente, durante su proceso de desintegración. Lo cuenta en desoladoras estampas de su Salón de pasos perdidos.


Sitting Bull, quien inspiró uno de los mejores poemas
de Leopoldo María Panero

 Nos queda, pues, Leopoldo María (el que ya tampoco nos queda tras el colapso multiorgánico), el más alocado ya desde la imagen que nos ofreció de sí mismo en esa película terrible de Jaime Chávarri, El desencanto (1976), donde viuda y huérfanos parecían solicitar, “repaso” al padre mediante, una fe de vida para los tiempos nuevos democráticos, una suerte de limpieza de sangre  o sangrado aplicada la sanguijuela directamente al corazón: es decir, al padre.
         Los diarios e Internet abundan estos días en necrológicas de Leopoldo María Panero: todas resaltan su condición de fumador de grifa, de loco, de homosexual que hizo uso de chaperos miserables (no tenía el dinero de Jaime Gil de Biedma), de principal consumidor de Coca-Cola de toda España que seguro que ahora, ido él, entra en números rojos). De su poesía, sin embargo, se dice poco. Porque es poco lo que se lee. A grandes rasgos se puede afirmar que comenzó siendo un excelente poeta transgresor y que luego la escritura de versos y otras líneas se convirtió en una especie de terapia que tal vez sus editores debían de haber racionado más, seleccionándola. Así se fundó Carnaby Street está entre lo mejor suyo.
         Muchos lo vieron por última vez hace año y medio en Cosmopoética, donde dio una vez más el espectáculo que tantos sin piedad deseaban ver entrando y saliendo de la sala de la Filmoteca durante una proyección de esa obra cinematográfica por la que muchos lo conocieron; o interrumpiendo una vez y otra a los compañeros en una mesa redonda, pacientemente atendido por el catedrático y editor de su poesía Túa Blesa y por la amiga que esos días se ganó el cielo junto con la admiración –era además guapa– de los asistentes.
         Desvariaba. Antiguos amigos lo rehuían, como el poeta loco inglés John Clare se lamentaba en un poema que él vertió muy libremente pero desde la íntima identificación con el enajenado. Se reía con unas carcajadas como no las hay en el infierno. A mí, con ese acento entre cheli y algo batasuno (este último timbre se le pegaría como una enfermedad infecciosa en el manicomio de Mondragón) me preguntó en el restaurante en que parábamos a la hora de la cena si yo era policía. 
       Cada vez que muere alguien se ciñe un punto al final de su biografía como un botón negro que la cierra. Los sucesivos muertos en la familia van, paradójicamnete, señalando un camino de puntos suspensivos: el linaje continúa. Pero la muerte de Leopoldo María Panero, el último de los tres hermanos, el eslabón final, si oxidado y roto, de esa cadena, lo que señala es un solitario y ya jamás continuado punto y final.
Antonio Rivero Taravillo.

sábado, 4 de enero de 2014

Regalar libros

Antonio Rivero Taravillo
Publicado en El Mundo 3/1/14

Es cierto que no todos los libros mejoran a quienes los leen. Ahí están los escritos de los tiranos, que son más bien una justificación de sus atrocidades y porque se ponen a sí mismos en ridículo dudo que haya que prohibirlos. El Estado de Baviera sigue negándose a que se reedite Mi lucha, de Hitler, cuando una lectura desprejuiciada no puede sino alejar al lector de aquellos postulados fanáticos. También están los libros de las sectas y las religiones nocivas (habrá quien diga que lo son todas pero sin embargo se acoja a algún autor ateo no menos perjudicial). Recuerdo ahora que un autor de obras de ciencia ficción devino profeta de una pamplina que tiene gran predicamento entre los actores desnortados. De la bondad de la tal «religión» salí de dudas cuando una tarde que diluviaba un seguidor suyo apostado en un portal me quiso vender su biblia y para cobijarme entré en su tabuco; como no accediera, el apóstol aquel me sonrió de una manera que no era en absoluto beatífica, sino la expresión de que se alegraba de que, al abandonar su cuchitril propagandístico, volviera yo al aguacero y me pusiera como una sopa.
Pero una cosa hay que conceder a los volúmenes vendidos en librerías: que, por malos que sean, si se venden mucho pueden contribuir a que el establecimiento siga abierto y que, con el beneficio que generan unos cuantos títulos puedan seguir ocupando su lugar en el estante aquellos más minoritarios y de calidad superior sin los cuales la oferta cultural se empobrecería.
En Sevilla sigue habiendo, además de las grandes superficies, muy buenas librerías. Pienso en Palas, en Céfiro, en Birlibirloque, en la Extra Vagante, en Reguera, y me pongo elegíaco con Al-Andalus, que va a cerrar. Aquí, donde se lee menos que en otros lugares, el libro como regalo supone un importante repunte en la facturación, cada vez más anémica. Por eso es bueno regalar libros, para que las ventas de estos días permitan que las librerías se mantengan abiertas todo el año. En esto el libro digital aún no ha podido hacer sombra al de papel. Entregar un volumen envuelto para regalo es algo irreemplazable. Y un acto de amor, porque obliga a ponerse en el lugar del otro, a pensar en sus intereses.
Frente a la pantalla que todo lo iguala y para la que, además, solo están disponibles los grandes éxitos de la narrativa pero rara vez los ensayos y la poesía, opongamos las ediciones cuidadas, la variedad, la riqueza. Una riqueza que, paradójicamente, cuesta muy poco dinero.

lunes, 25 de noviembre de 2013

La lluvia Antonio RiveroTaravillo Renacimiento. Sevilla, 2013. 84 páginas.

 Francisco Javier IRAZOKI | Publicado el 22/11/2013. El Cultural.es

Traductor de los versos de Shakespeare y W. B. Yeats, además de muchas páginas de otros autores de lengua inglesa, el poeta Antonio Rivero Taravillo (Melilla, 1963) dirigió la revista Mercurio, ha escrito una decena de libros en prosa y, con ritmo pausado, cinco poemarios.

Biógrafo de Luis Cernuda, en sus textos hay un leve eco de la serenidad literaria del maestro sevillano, pero aplicada a las cosas pequeñas o domésticas. Aunque Rivero Taravillo escoge materiales aparentemente más modestos, coincide asimismo con Cernuda en la capacidad de síntesis y en un idioma muy cuidado. Su literatura se centra en los sucesos diminutos que a veces nos definen. El encuentro fugaz con una joven en la copistería, los animales y unos hombres desocupados que miran la herramienta de trabajo como si fuese un Rolls lujoso le bastan para revelar la conducta humana. A menudo lo consigue con la técnica de dar a las escenas que prevemos anodinas unos finales de profundidad inesperada.

En las dos primeras partes, Acuarelas y Lluvia de Oriente, el autor usa con destreza los pentasílabos, heptasílabos y endecasílabos. Sobresalen los haikus. Pero la intensidad mayor está concentrada en los últimos apartados del libro, Aguafuertes y Sed. Varios objetos de la vida cotidiana (el frigorífico, el espejo, una llave) son observados con minuciosidad e ironía suave, compasiva. En el grupo destacan “Peleas de 1975”, con recuerdos de los combates de boxeo en la infancia del poeta, quien ahora sólo espera “la campana absolutoria”, y las sorpresas surrealistas de las dos páginas de “Cuarteto de viento”. Atribuye a los instrumentos musicales funciones insólitas, divertidas, y los juegos afectan a las personas retratadas. No es casual. Rivero Taravillo ve un hilo rojo entre las diferentes realidades que coinciden en un lugar. Y las siete palabras con que termina uno de los poemas resumen bien su manera de percibir estas realidades: “Lo próximo se funde en lo remoto”.

La elegancia de La lluvia no es sólo una cualidad. Encierra también una enseñanza: Rivero Taravillo tiene el talento de comprimir la expresión literaria al mismo tiempo que amplía los matices de unos objetos que con torpeza creíamos insignificantes.

sábado, 19 de octubre de 2013

Presentación de La Lluvia de Antonio Rivero Taravillo

En el café cultural La Mercería, en apacible tarde de otoño, sin apenas nubes sobre las malnacidas setas de la Encarnación, cayó el jueves 17 de octubre, un chaparrón, un aguacero de buena literatura. Editada por la sevillana editorial Renacimiento en su colección de poesía Calle del Aire, se presentó la obra más reciente del escritor y traductor, Antonio Rivero Taravillo. Bellas palabras las pronunciadas por el también poeta sevillano Juan Lamillar presentado obra y autor, seguidas por el agradecimiento a los presentes que abarrotaban el local, la mayoría de pie al no quedar sitio libre, unas palabras sobre su obra y la lectura de algunos poemas de la misma. Rivero se pasó un buen rato, terminada la presentación, dedicando libros a los que hasta él se acercaron.
A. C. Ademán

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Fiebre bajo cero. Los cuadernos de Rusia de Ridruejo.

Fiebre bajo cero

CUADERNOS DE RUSIA
Cuadernos de Rusia. Diario 1941-1942
Dionisio Ridruejo
Fórcola, 2013
ISBN: 978-84-15174-76-9
448 páginas
24,50 €
Edición de Xosé M. Núñez Seixas
Prólogo de Jordi Gracia


Antonio Rivero Taravillo
Alfredo Valenzuela, que los había leído, no cesaba de ponderarlos. Ahora acaban de ser recuperados por Fórcola en edición de Xosé M. Núñez Seixas y prologados por Jordi Gracia estos Cuadernos de Rusia. Diario 1941-1942 de Dionisio Ridruejo. Lo digo ya de antemano: el bueno de Valenzuela se quedó corto. Se suman así a las recientes biografías del autor y a la novación de sus Casi unas memorias al calor del centenario de su nacimiento (en 1912). Con tono más épico y melodramático, las vicisitudes de otros que experimentaron la misma campaña se hallan también en la última novela de Juan Manuel de Prada: Me hallará la muerte.
Los datos históricos son como sigue: en 1941, la España de Franco aparejó una división de voluntarios, en su mayor parte falangistas, para luchar al lado de los alemanes en el frente del Este. Era una operación compleja, diseñada a varias bandas, que de un lado trataba de complacer a Hitler sin mostrar beligerancia oficial contra sus enemigos occidentales (de ahí el carácter de fuerza voluntaria), y de otro hacer que los más aguerridos camisas azules se desfogaran en el patio de recreo de Rusia para que, chicos díscolos, no rompieran la vajilla en casa. No hay que olvidar que la Falange había sido absorbida en 1937 en un ente híbrido que la arracimó con la Comunión Tradicionalista perdiendo unos y otros sus rasgos de identidad y que esto, si algunos lo aceptaron en el contexto del esfuerzo bélico para ganar la Guerra Civil, no dejaba de ser una monstruosidad (como un centauro de boina roja y camisa azul o, por rendir homenaje a Cunqueiro, cercano al falangismo un día, una sirena de añil cola y rostro ruborizado). A este ser irreal se opusieron, entre otros, el segundo jefe nacional de Falange Española de las JONS, Manuel Hedilla (con el resultado de una condena de muerte conmutada). Casi cinco decenas de miles de hombres integraron en total la División, sumando los refuerzos. Fueron numerosísimas las bajas entre muertos, heridos y prisioneros de guerra.
Ridruejo fue militante del partido que creó José Antonio Primo de Rivera y colaboró con algún verso en su himno, el Cara al sol. Escaló importantes posiciones en el llamado Movimiento y, sin embargo, decidió marchar a la División Azul, la 250 para el incontable Ejército alemán, como soldado raso (aunque se aprecia que, ya fuera por su débil constitución física, ya por su prestigio y posición políticas, recibió un trato de favor, especialmente patente en la evacuación a Berlín en condiciones podríamos decir que privilegiadas, si bien no creo que muchos envidien ingresar en un hospital pesando solo 39 kilos ). En cualquier caso, como el resto de sus camaradas tuvo que cortar, para comer y beber, con un hacha trozos de carne y barras de vino helados.
Curiosamente en tan señalado político (o no tanto, porque el furor ya se había atemperado), en los diarios que llevó Ridruejo durante la contienda, que no se publicaron durante su vida, y que revisó el año 43 en su confinamiento en Ronda tras alejarse del Régimen, está ausente “la plaga de la propaganda”, como él la llama, la retórica encendida que en España él mismo confiesa que ha llegado a ser asfixiante y halla, con bochorno que llega hasta Lituania, en unos periódicos atrasados que arriban de la patria. Y hagamos aquí una matización sobre el belicismo. Sería una falsedad decir que el escritor y sus camaradas fueron unos pacifistas cuando actuaron justamente al contrario, pero no se ve en estas páginas la bravuconería que desde el Miles gloriosus de Plauto para acá tiñe al soldado, a menudo con tonos ridículos cuando no con laureles espurios. Aquí hay unos hombres que hacen lo que creen que tienen que hacer, y punto, pero no se hallará fanatismo ni regodeo en la violencia.
Este es el ánimo de Ridruejo en julio de 1941 cuando se embarca en esta aventura, resumido en una palabra cuya sombra planea sobre varias insatisfacciones: “Decepción. Insuficiencia de mi tarea política (que nada puede); poquedad de mi obra literaria, adulada por otros pero nada satisfactoria para mí; atasco de otras muchas direcciones de mi vida…” Antes de que acabe el mes reconoce que, atendiendo a razones prácticas, los divisionarios son el precio que España tiene que pagar por la neutralidad. Y añade: “Lo que también nos desazona porque la mayor parte de nosotros no somos partidarios de esa neutralidad o al menos estamos pesarosos de saber que es forzosa.”
El autor gusta de anotar paradojas, como cuando describe a un compañero de armas como “jocosamente serio” y poseedor de “un humor de perros de mucho efecto cómico”. O como cuando dice que su madrina de guerra (la condesa de Mayalde) es “brusca, cordialísima”. Descubre que hay un campo de mujeres trabajadoras polacas cerca de su unidad, y constata que a pesar de que a los divisionarios se les prohíbe el trato con ellas, “creo que algunos de los nuestros ya han quebrantado estas órdenes, no sé si por amor a las polacas o por desamor a las órdenes.” Habla, en fin, de la “mezcla de amor y de disgusto” que siente por España, “miserable y excelente”. En ello no se aleja del decir del propio José Antonio, tan contradictorio a veces y autor de esa frase unamuniana luego tan repetida de “Nosotros amamos a España porque no nos gusta”.
Lo amoroso, lo sexual, cosecha bastantes anotaciones, como cuando Ridruejo cuenta que a veces el enemigo utiliza a las mujeres para engatusar a los soldados y emboscarlos, haciéndolos desaparecer a renglón seguido. “Por eso nuestros advertidos guardias civiles cuando tropiezan con una mujer condescendiente prefieren dejarse de peligros tanto de comodidades y hacen el amor en plena calle”, explica.
Los judíos, “por no sé qué atávico rencor”, reconoce, producen entre los militares españoles repulsión, pero también pena, aunque sin revolverse contra ese heredado antisemitismo, galvanizado en la política racial alemana del momento, que pronto tendría consecuencias aún más terribles (todavía no había comenzado el exterminio de forma sistemática). Habla de la ira alemana contra la “raza elegida” y subraya que no es más que un episodio de una persecución mucho más antigua, pero cuyas razones se desmoronan ante el sufrimiento de los individuos obligados a trabajar como esclavos. “Si se comprende no se acepta. Ante estos pobres, temblorosos seres concretos, se hunde la razón de toda la teoría.” Y añade que solo tiene datos vagos sobre los métodos de la persecución, “pero por lo que vemos es excesiva.” Apunta que en diferentes lugares ha habido enfrentamientos, hasta llegar a las manos, entre españoles y alemanes por causa del maltrato a judíos y polacos, “especialmente por causa de niños y mujeres eventualmente objeto de alguna brutalidad. Esto me alegra. Cada cosa debe quedar en su sitio.” En Vilna observa: “Marchando por una calle estrecha estamos a punto de atropellar a un judío que se obstina en no subir a la acera. Luego sabemos que tienen prohibido el acceso a éstas y, en efecto, a todos los vemos caminar por la calzada aun a riesgo de ser alcanzados por uno de los mil vehículos locos que circulan por aquí.”
Y hablando de coches, colocan el camuflaje sobre su automóvil y no falta una referencia culta: “No se me ocurre, al pensar en el convoy enramado y avanzando, que esto pueda servir –aparte el gozo estético– para cosa de provecho. Pero acaso se trata de representar la escena shakespeariana de la selva andante marchando contra las tiendas de Macbeth-Stalin.” Hay entradas de una gran calidad literaria que acreditan al magnífico prosista que fue Ridruejo, así la del 21 de septiembre de 1941 que describe una noche de guardia. Y un dato contra los estereotipos que sorprenderá al lector menos avisado: “Parte de las largas noches y los breves días los paso ahora leyendo a Antonio Machado, cuyas poesías le acaba de prestar un teniente, militante del SEU desde fecha anterior al 18 de julio. Pero el lirismo no evita la monstruosidad de los sucesos: “Novgorod es una ciudad distinta, más bella, ahora que la nieve ha igualado con su blancura los negros escombros y el caserío.” Tras el entierro de unos caídos declara, siente: “Ya es esto territorio español injerto bajo la nieve”. No hay espacio aquí para reproducir la memorable escena de los cuerpos congelados que desarropará la primavera en las páginas 395-396, pero sí para destacar un rasgo de estilo que remite a otra campaña: a menudo emplea el presente, como César en De Bello Gallico.
Nos cuenta del trueque de productos con los campesinos, de la liberalidad sexual de estos, que fornican sin rebozo con naturales o extranjeros en medio de la isba; del idilio de algún soldado con una chica eslava conocida en una aldea que se le antoja a Ridruejo como de la Edad de Oro, “una edad de oro de una semana que ya es mucho para estos tiempos.” Porque la marcha se hace cada vez más pesada y dura, de hierro y plomo. Describe la pobreza que van encontrando por doquier (en una casa porque los muebles al modo occidental la hacen más fea) y repite los tópicos sobre la sumisión del pueblo ruso con algunas anécdotas que parecen casi imposibles.
Penurias, hambre, frío. Qué retrato del carácter nuestro a cada instante, como en estas líneas que marcan la diferencia entre los pertrechos de la Wehrmacht y los de la pobretona División: “Y algún gesto que recuerda al episodio del hidalgo toledano en el Lazarillo –de esos ejemplos de pudor y entrañada vanagloria sublime hay aquí a millares–: éste es un soldadito que pisa el hielo con unas botas destrozadas –cosa harto frecuente en los meses pasados– de entre cuyas punteras abiertas asoman los dedos. Un oficial alemán le interpela, asombrado de que así pueda seguir aguantando. Dignamente el soldado asegura que tiene otras botas nuevas de repuesto que reserva para mejores momentos. El alemán no entiende y finalmente exige le sean mostradas las botas. Resistencia en todos los tonos. Intervención de un oficial español. Las botas de repuesto no existen, naturalmente.”
Un día de octubre la División hace un centenar de prisioneros entre los que hay un comunista español. “Esta concreta captura ha causado una alegría que no me satisface. En ella late aún el rencor banderizo de nuestra guerra civil, que ya debía haber dado paso a rencores más legítimos y a más amplias ilusiones.” Va corriendo la sangre, o mejor dicho, congelándose, sólida. “Sólo se oyen disparos aislados que deben de ser el máximo de silencio y tranquilidad aquí posibles”, consigna en su cuaderno. Los partisanos los hostigan con camuflaje blanco, capa hasta el suelo y capucha, y un divisionario tiene ánimos para quejarse de este modo aun cómico: “Lo que menos gracia tiene es que vengan unos cabrones vestidos de novia y se lo lleven a uno”.
El libro pierde pulso cuando el diarista se aleja del frente y reposa en Berlín, como si la paz diera páginas insulsas sin la sal del riesgo en el rancho. Luego regresará al frente y volverá a enfermar, llegando a mediar más de sesenta grados centígrados entre su fiebre y la temperatura ambiente. Su principal interés reside en que el testigo que narra y padece es un gran escritor, con aguzadas dotes de observación y siempre sincero y hasta “metepata” si se quiere, como cuando comenta a José Luis Sáenz de Heredia en presencia de un ayudante de Franco que la realización de la película Raza es buena, pero el guión malo y absurdo (sin saber que el dictador es ese mismo guionista deficiente). Intercalados en el texto hay poemas de Ridruejo que posteriormente integrarían los Cuadernos de Rusia (que no están entre lo mejor de su obra).
Núñez Seixas ha hecho un excelente trabajo de edición. Son pocas las inexactitudes de su excelente estudio y de sus numerosas y esforzadas notas, pero las hay: ni Marichu de la Mora fue jamás secretaria de José Antonio (después de la muerte del fundador lo sería de la Sección Femenina) ni Escorial fue suplemento de Arriba (en todo caso lo sería ). Hay mucho pormenor terrible en esas notas: por ejemplo, cuando se nos dice que el suboficial Armando Muñoz-Calero se trajo de su experiencia como cirujano en el frente datos empíricos para una monografía de ciencia médica: Congelaciones (1945).
[Publicado en Clarín, número 106]


http://www.criticoestado.es/fiebre-bajo-cero/

miércoles, 10 de julio de 2013

El mejor corredor de los Sanfermines fue...

Plaza del Castillo


Un jovencísimo Rafael García Serrano


De “bronco y valioso narrador navarro”, lo califica José Carlos Mainer en Falange y literatura. Y en su imprescindible Las armas y las letras Andrés Trapiello recuerda sus “novelas vigorosas” y lo retrata, se ve que con indisimulada antipatía, de esta guisa: “Su temperamento, de naturaleza rifeña, es harto brusco, y su prosa, cuajada de casticismos, tiene esa impronta tan falangista, quizá navarra al estilo de José María Iribarren, que es envolver besos en coces, interjectada cada cinco líneas por un par de tacos, que suenan siempre, en medio de la página, como petardo pedregoso y extravagante, lo que García Serrano compensa con arrobamientos de corte lírico, todo lo cual convierte su prosa en algo alucinante, efusivo y personal.”
Estos días, con los encierros de Pamplona empitonando la calles Estafeta de la tele, me he acordado de él, que escribió la gran novela sobre ellos y todo lo que los rodea, o habrá que decir lo que los rodeaba, que han pasado bastantes décadas desde su publicación y más de los acontecimientos que recrea. A un escritor rojo hay que medirlo por su escritura; a uno azul, por lo mismo. Que los haya habido más de la primera cuerda no debe hacer olvidar a los de la segunda, que además tienen en contra a la opinión hoy dominante.
Hay aspectos de Rafael García Serrano que me lo acercan a Ford. Si la trilogía de la Caballería americana tiene su correlato en la trilogía (bien que sin intención unitaria) sobre la Guerra Civil que el navarro llamaba “ópera Carrasclás” (Eugenio o proclamación de la primavera, La fiel infantería y esta Plaza del Castillo), su humanidad, su empatía con el otro le hacen sentir, con Ford, que el enemigo es alguien a quien se combate, no a quien se odia. En Plaza del Castillo, los jóvenes pamplonicas como García Serrano se unen al rebelde general Mola no solo para salvar España, con frase solemne y levatisca, sino también “porque se van todos los amigos” en una escena que me recuerda a otra de las más hermosas que despliega Misión de audaces: aquella magistral en la que el hibernoamericano, que donde ponía el parche ponía la bala, retrata a los cadetes del Sur marchando al frente como casi en un juego (que acabaría en tragedia, como en España, después, pasada la euforia de las primeras descargas, y no solo de fusilería sino de adrenalina).
Y hablando de otro yanqui, el Fiesta de Hemingway no es superior a Plaza del Castillo, que forma en ese pequeño batallón de novelas que ostentan nombres de plazas en sus títulos, como La plaza del Diamante de Mercè Rodoreda o Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin. Escrita en 1951, la acción cubre desde las vísperas de los Sanfermines de 1936 hasta el día posterior al alzamiento. Se ha señalado que su estructura es coral, predecesora en ello de La colmena. Reproduce caracteres, tipos, ambientes, tiene la llave de lo local y grita no como un guiri: ¡Gora San Fermín!
Escritor de rompe y rasga, destructor de moldes en que encajan como un guante los perezosos que todo lo ven blanco o negro, falangista que tuvo problemas con la censura durante el régimen de Franco, Rafael García Serrano fue el tipo que una mañana temprano llevó a sus dos hijos a misa a rezar por un hombre que acababa de morir tiroteado defendiendo sus ideas. Un héroe, les dijo. No, no era José Antonio Primo de Rivera sino Ernesto Ché Guevara.
Antonio Rivero Taravillo 
 http://fuegoconnieve.blogspot.com.es/2013/07/plaza-del-castillo.html

lunes, 6 de mayo de 2013

Aquilino Duque, por A.Rivero Taravillo




Nunca fue acomodaticio, y desde hace varias décadas es una inteligencia molesta; es decir, muy necesaria. No levantaré ahora un censo de los escritores sevillanos, pero para mí que es el decano de todos nosotros, y ostenta el puesto, mal que a muchos les pese, en plenitud de forma mental y aun física.
            La semana entrante recibirá un homenaje organizado por Casa de los Poetas y la Fundación de Cultura Andaluza. Es de justicia. Si el gobierno de la Junta de Andalucía no confundiera churras con merinas (la ideología con la excelencia), ya tendría la medalla de oro de la región. Otra, diaria (o mejor vespertinamente), recibe sobre la torre de su casa aljarafeña: el sol que se pone en el occidente hacia esos Zufre e Higuera de su infancia tan hermosamente rediviva en su libros memorialísticos.
            Duque, sevillano de 1931, ha publicado novela, ensayo y poesía, además de traducción literaria, y todo lo ha hecho bien, con tino y con hondura. Cuando tuve posibilidad, reedité dos novelas suyas, El mono azul y Los consulados del más allá. Ojalá hubieran sido más.
Me recuerdo en el hotel en que Cernuda se alojaba en sus viajes a México leyendo entre sorbo y sorbo de una cerveza helada el manuscrito de la más reciente, Caza mayor, que luego publicó Abelardo Linares en Renacimiento. Una de aquellas tardes hablé con la viuda de Octavio Paz acerca de las cartas que su marido había recibido del autor de La realidad y el deseo. En la posdata de otra que Paz escribió en agosto de 1982 a Pere Gimferrer, el mexicano escribió: “Olvidé algo sobre lo que hacía tiempo quería hablarte. Más bien dicho, alguien: Aquilino Duque. Me visitó hace años en la India y, después de un silencio muy largo, empezó a escribirme y a enviarme sus artículos, algunos con citas mías. Ahora pasó por aquí y me visitó varias veces. Me contó que había sido amigo tuyo y que, aunque ya no se ven, su estimación hacia ti no había cambiado. Me contó también que tú te habías molestado con él porque en una novela suya había una sátira en contra mía (me conmovió doblemente, por tu gesto amistoso y por tu discreción –nunca me lo dijiste). Te confesaré que, a pesar de todo esto, Aquilino Duque me parece inteligente y que encuentro que sus juicios políticos y literarios son, casi siempre, acertados. Es apasionado pero no mezquino –creo. Ahora me ha dejado una colaboración para Vuelta que publicaremos en un número próximo. Pero el personaje me ha interesado y quisiera saber más de él."
En Sevilla podremos saberlo estos días.

(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 3-5-13)

martes, 15 de enero de 2013

Desde Rusia con amor, por Antonio R. Taravillo




Desde Rusia con amor


Me hallará la muerte

Juan Manuel de Prada

Destino, 2012. Colección "Áncora & Delfín"

ISBN: 978-84-233-3921-1

592 páginas

22,50 €





Antonio Rivero Taravillo

El de Juan Manuel de Prada es un caso curioso. Estando dotado como muy pocos novelistas de su generación, su abierta confesionalidad, su señalada pertenencia a una ideología -más reaccionaria que conservadora-, le resta el aplauso crítico y aún de buena parte del público. A ese desapego contribuye en parte él mismo mediante el despliegue de un estilo apabullante, en el que un amplísimo léxico, rescatado en sus maestros y aliado con un regusto arcaizante, se vuelve a veces excesivo. Esto sucede, como veremos, en no pocas páginas de Me hallará la muerte, la novela con la que se confirma en el género y que, con Las máscaras del héroe es, a mi juicio, la mejor suya. Como en la primera, aparece en el telón de fondo la atractiva figura de José Antonio Primo de Rivera, ya no visto por los ojos acanallados de Pedro Luis de Gálvez sino ahora a través de algunos seguidores suyos. A nadie se le escapará que el título procede del tercer verso del Cara al sol, el himno falangista, una suerte de "renga" en la que intervinieron varios escritores próximos a José Antonio (esta estrofa, en concreto, fue obra del propio hijo del dictador, más Agustín de Foxá y José María Alfaro), y como comprobará el lector de la novela de Prada se trata de un lema nada gratuitamente escogido, a tenor de la trama.

La obra, como la Galia de César, se halla dividida en tres partes o actos de un drama en el que intervienen varias ideas motrices, a saber: si es posible alcanzar un bien mediante la realización de un mal o incluso de muchos; el juego de las identidades y los fingimientos; la lealtad a los ideales y la transacción vergonzante con lo práctico, haciendo dejación de los escrúpulos.

Reúne muchos registros la novela, esta amplia novela moral, desde los rasgos picarescos de la pareja protagonista de la primera parte, que se desarrolla en el Madrid de la posguerra, al relato bélico de la segunda (con pasajes que remiten a las narraciones también ambientadas en el Frente del Este del recién desaparecido Sven Hassel) o al folletín o la novela bizantina que se despliega, con lances de contrabando y crímenes, tesoros escondidos y 'quêtes' en su región más extensa, desarrollada cronológicamente a mediados de los años cincuenta.

Creo que no hay autor de prosa que escriba ahora en España con una capacidad como la de Prada para forjar el símil, tender la comparación y mostrar la epifanía de la metáfora. Sucede, sin embargo, que a veces se sobrepasa, como llevado por un prurito de iluminar con no menos de una frase brillante cada párrafo. Y está, además, el lastre de ciertas reiteraciones que parecen decir: “una vez recuperada esta palabra infrecuente, voy a emplearla a discreción, como para amortizarla”. Lo que sucede es que entonces el autor deja de ser discreto y se permite el abuso, lo mismo de voces que en esas comparaciones que continuamente está elaborando con pasmosa facilidad. Ahí está la recurrencia de “tiparraco”, “ricacho”, “bofia”, “tabuco”, o el dichoso “corazón autónomo” que es la mancha en el rostro de uno de los personajes, el falangista Cifuentes, junto con el también alistado en la División Azul Mendoza, islas de integridad en esta historia… Pero son leves manchas en una prosa llena de enjundia, que se manifiesta sin desmayo, como cuando al referirse al Palacio de Invierno de Leningrado (la antigua San Petersburgo) escribe: “aún conservaba su aire augusto y solemne, como una marquesa arruinada que se abanica los sofocos con las papeletas de desahucio”. Destellos expresivos como este los hay a puñados.

Peca a veces de maniqueísmo, incluso cuando lo denuncia: un traidor llamado Camacho monta entre los divisionarios prisioneros un “Grupo Artístico Español” que representaba “farsas teatrales” “protagonizadas por capitalistas sacamantecas y obispos inquisitoriales en proterva alianza por la opresión del proletariado y la desfloración de tiernas doncellas” (aquí, tal vez Prada esté pensando más que en aquellas “piezas repescadas del repertorio de alguna de las compañías que recorrían el frente republicano durante la Guerra Civil” simplemente en el cine español de las últimas décadas, más algunas series televisivas que cojeaban del mismo pie).

Hay homenajes a las obras de otros escritores, como ese Madrid, “ciudad que era un cementerio con un millón de muertos”, en eco manifiesto de Dámaso Alonso. Pero lo que en verdad hay es un constante aroma shakespeareano, que brota en varias alusiones a Macbeth y, aunque no se la cite, a La comedia de los errores, con la que comparte el tema de la confusión, del pasar uno por otro, en un elaborado enredo.

Prada ha sabido reflejar muy bien la España de los casi tres lustros que abarca la novela: los fogosos camisas viejas falangistas; los acomodaticios arrimados al Movimiento; los alistados a la División Azul, en los que había muchos idealistas pero también otros poco menos que indigentes y -como en la Legión- tipos que querían dejar atrás un pasado (así, el Antonio Expósito protagonista); los blandos democristianos; los chupópteros del régimen que también querían hacerse olvidar su pasado de flirteos con el Eje; las “mujeres del partido”, los herederos del estraperlo y la riqueza turbia.

La novela está muy bien construida, con minuciosa atención al detalle, al ensamblaje de piezas, para que ninguna quede huérfana al final de la composición del rompecabezas. Salvo por esas indulgencias que el mismo Juan Manuel de Prada se concede, es una novela espléndidamente escrita y, no obstante, entretenida, comercial, de suspense, de amor y deseo, de guerra, culpa e infortunios. Tiene su tesis religiosa, sí, pero no es necesario frecuentar las iglesias para disfrutarla: basta ser amigo de librerías y bibliotecas.

Artículo publicado en el blog Crítico Estado

lunes, 12 de noviembre de 2012

Dionisio Ridruejo, un siglo. Por Antonio R. Taravillo



No ha bastado su poesía, buena pero cincelada en mármol y por ello yerta con frecuencia, ni su excelente prosa. En España, para que te conmemoren has de ser de izquierdas: si desgobierna el PSOE, por sacar en andas a los propios y, sobre todo, quienes lo rebasan por la siniestra; si el PP, por tácito reconocimiento de inferioridad (las derechas suelen pensar más con la panza que con la inteligencia). El caso es que su centenario ha sido genuinamente español: con más pena que gloria.
            Prístino falangista, uno de los que arrimaron sílabas al himno más cantado en España durante décadas –no había tu tía–, Ridruejo estuvo siempre donde creía que debía estar, primero con esa figura sugestiva, José Antonio, y después contra Franco y su “acompañamiento coreográfico de nuestras camisas azules” (el primero dixit). A él no se le impuso una condena a muerte como a Hedilla (conmutada), pero sí el destierro, cosa también muy española desde el Cid a Unamuno.
            Una vez comí con García Berlanga: antes de saber que era librero y solicitarme ávida noticia de títulos sobre erotismo, una chispa como de hoguera antigua le saltó a los ojos al recordar sin remordimiento su paso por la División Azul, en la que conmilitó con Ridruejo. También aquel se sintió seducir una temporada por José Antonio, la encarnación española del fascismo y su inmediata superación. Los escritos del joven Primo de Rivera de 1935 (cuando lo conoció Ridruejo) y 1936 (luego ya no pudo evolucionar más, como muchos otros) lo acercan aunque con un fondo y puesta en escena bien distintos –eran los años treinta– a la idea que en los sesenta defendió Ridruejo: una suerte de democracia social.
Creía este que los españoles podían entenderse en un país más digno y justo. Y, traductor de El quadern gris de Pla, siempre favoreció el entendimiento del resto de España con Cataluña. Los mezquinos, los bobos le impidieron difundir cuando la toma de Barcelona octavillas en catalán como pretendía.
Hoy, en el Ateneo, Aquilino Duque disertará sobre Ridruejo, el escritor y el ejemplo de una forma de política no consistente en medrar sino en marchar por un ideal a Rusia o, purgado luego por nuestro Stalin menor, el Caudillo vitalicio, a la Siberia benigna de la serranía de Ronda. Allí, pienso, tendría presente al inmortal sordo de Fuendetodos, no por las corridas goyescas –posteriores–, sino por el recuerdo de esos compatriotas que en el cuadro famoso se atizan, obedientes en el lienzo al descalabro perpetuo de nuestra piel de toro.

(El Mundo, edición de Sevilla, 9-11-12)

jueves, 6 de septiembre de 2012

El deseo como adicción

El deseo como adicción

Almudena Sánchez -
15/06/2012
"Deseo" de Liam O'Flaherty. Un conjunto de relatos que rescatan al escritor Irlandes: un libro que alcanza a hacernos comprender que los humanos no somos propietarios de la naturaleza.
Sucede al leer a Liam O'Flaherty que, con una frase tan sencilla como "Vio la formidable magnitud del mundo que se extendía tras la ventana" alcanza a hacernos comprender que los humanos no somos propietarios de la naturaleza, que su belleza no nos pertenece. Tan solo está ahí, resplandenciente tras los cristales. Nos reconocemos en ella, la divisamos de lejos aunque no podamos capturarla. En ocasiones nos atraviesa un rayo de luz, nos empapan sus gotas de lluvia o se extingue el eco de nuestra voz al fondo de un acantilado. Esta, quizá, sea la definición que más se ajusta a este libro de relatos: la terrible capacidad de O'Flaherty para hacernos dar cuenta de lo pequeños que somos ante la inmensidad del paisaje. Apenas seres minúsculos, caminando a través de "arboledas con muchos pájaros" o "por jardines floridos y valles remotos, hasta las cimas de las montañas en el extremo del cielo, y aún más arriba, hasta encontrarse ante el ojo de Dios."
Liam O'Flaherty es un escritor irlandés muy poco conocido fuera de Irlanda y recientemente traducido al español. Un magnífico trabajo el de Nórdica Libros al publicar este Deseo y extraer así al autor de su ámbito local para darlo a conocer en España (como también hizo Libros del Asteroide con su novela El Delator) e, imaginamos, un arduo proceso de traducción el de Antonio Rivero Taravillo (que se ocupó de ambos libros) y que ha tenido que enfrentar los originales en gaélico. O'Flaherty (agosto de 1896 - septiembre de 1984) era un hombre de ideas fijas: hablaba el gaélico y escribía casi todas sus obras en gaélico. Seguramente, por éste y otros motivos, no se le conoce más allá de sus fronteras a pesar de estar considerado por críticos y expertos como uno de los mejores escritores del siglo XX y una de las voces más personales de la cultura irlandesa.
Además de toda la carga sensorial que contiene Deseo -las imágenes se suceden unas a otras como en un álbum de fotos, la mezcla de olores recrea perfumes, evoca recuerdos y una mezcla de sabor a mar y tierra envuelve por completo cada una de sus páginas - Liam O'Flaherty da unidad a sus cuentos a través de un hilo conductor común: el deseo. Esa es la hebra que le sirve para que cada uno de sus relatos esté relacionado y para crear un particular tira y afloja que encierra al lector, sumiéndolo en un estado permanente de tensión que se resuelve con el fracaso (la no consecución del deseo) o con el logro del deseo (y su esperado estallido de felicidad). ¿Qué nos llena más que alcanzar algo que hemos deseado, que hemos imaginado, que hemos soñado? Bien, esa es la propuesta -nada fácil- a la que se enfrenta este convulso escritor irlandés.
Un bebé que gatea por primera vez hacia un rayo de sol; una escena entre el gato y el ratón que ansía cazar; entre el sediento y la botella de cerveza; la relación que se crea entre una vaca y su ternero, son claros ejemplos de ese deseo a flor de piel que nace del estadio primero que forma nuestra naturaleza humana, el más primitivo de nuestros instintos animales. Un deseo que late y que no deja dormir por las noches, más salvaje que civilizado, de una lógica puramente irracional y que poco o nada tiene que ver con el pensamiento y sí con una pulsión interior extraña y, la mayoría de veces, poco reconocible. Se trata de un material frágil y transparente o como lo describe O'Flaherty: "la superfície del mar desgarrándose en las profundidades."
Aunque el tema requiere de su complejidad por ser casi una cuestión filosófica, las narraciones de O'Flaherty son sencillas, sin disquisiciones retóricas ni digresiones ensayísticas o notas a pie de página. A este escritor irlandés tan sólo le hace falta un paisaje y unos personajes o actores -se basta con animales o fenómenos naturales como las olas del mar- y ante todo el deseo que flota en el aire como un material radioactivo a punto de explotar. Como afirma él mismo en una de sus páginas "cualquier cosa dura más que el hombre" y el deseo es sin duda una de esas cosas.
El deseo como adicción

Enlaces de interés

Deseo

Deseo

  • Editorial: Nórdica Libros
  • Autor: Liam O´Flaherty
  • Año de edición: 03/2012
  • Número de páginas: 192
  • Comprar el libro: 
  •  http://www.elcorteingles.es/tienda/libros/browse/productDetailCultural.jsp?productId=A5916579&categoryId=999.535&isProduct=true&trail=&trailSize=1&navAction=jump&navCount=0&brandId=

miércoles, 15 de febrero de 2012

ACTO LITERARIO GASTRONÓMICO EN HOMENAJE AL ESCRITOR ALVARO CUNQUEIRO

Francisco Correal
Diaro de Sevilla


El fervor que existe en Sevilla por Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, 1911-Vigo, 1981) es uno de esos misterios que verifica la existencia de las meigas. La semana pasada un grupo de incondicionales -lectores y gastrónomos: el lucense es autor de La cocina cristiana de Occidente- se reunieron en el Lar Gallego de Gonzalo Bilbao para recordarlo y leerlo.
Aquilino Duque tenía que elegir: o el homenaje a Cunqueiro, que en dos ocasiones, sin que llegara a fructificar la ofrenda, lo invitó a comer a sus lares, o la presentación de la biografía poética de José Manuel Caballero Bonald, el libro Entreguerras en cuyo bautismo literario participó el poeta y editor Jacobo Cortines.
Los amistosos novillos de Duque a tan cualificados amigos tenía una coherencia literaria: Caballero Bonald y Cortines formaban parte del jurado que en 2007 le dio a Manuel Gregorio González el premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías por la obra Don Álvaro Cunqueiro juglar sombrío. El autor la escribió sin haber puesto los pies en Galicia igual que el sujeto de la biografía ambientó en Bretaña Las crónicas del sochantre (premio de la Crítica en 1959) sin haber pisado esa región francesa en la que Benito Moreno, juglar de El Larguero, estuvo varios años de lector de español.
El salón del Lar Gallego lo presidían retratos de seis presidentes autonómicos: los de la Xunta Fernández Albor, Fraga Iribarne, Pérez Touriño y Núñez Feijóo y los de la Junta Manuel Chaves y José Antonio Griñán. Galería de armonía y concordia en estos tiempos en los que el Madrid no quiere que el Barça juegue la final de la Copa del Rey en el Bernabéu o que los Sánchez Vicario se tiran los trastos y las raquetas a la cabeza.
La mesa la presidió Javier Compás, presidente del grupo literario Ademán, que leyó un texto enviado por teléfono móvil de Fernando Iwasaki. Si alguien sugiere en una cena bien regada con ribeiros de Ribadavia que va a proceder a la lectura de un relato, lo más normal es que produzca la hilaridad o el estupor de los comensales. Salvo que el relato sea Tristán García, una versión de Tristán e Isolda que leyó Antonio Rivero Taravillo del libro Las Historias Gallegas, recopilación de relatos que Álvaro Cunqueiro escribió para ser leídos en la radio.
El título de ese libro es el mismo del montaje que se presentó en el teatro Central. Unas historias gallegas con textos seleccionados por Manuel Gregorio González e interpretados por Fernando Mansilla. Una propuesta de La Suite. Cunqueiro nació un 28-F del año del 23-F. El fervor sevillano por su obra supera a autores gallegos más mediáticos: a Valle-Inclán, amigo de Juan Belmonte, padre literario de Max Extrella, personaje inspirado en el poeta sevillano Alejandro Sawa; a Camilo José Cela, Nobel de Literatura en 1989, pregonero del Verdeo en Arahal, de la feria del Libro de Castilleja; o a Gonzalo Torrente Ballester, inmortalizado por la cámara de Juantxu Rodríguez en esa foto de intercambio de bastones con Jorge Luis Borges en la terraza del hotel Doña María.
Cunqueiro se agiganta entre minorías. Néstor Luján escribió que Las crónicas del sochantre fue premiado pese a ser el libro menos vendido de los aspirantes al galardón. Un gaitero le puso colofón al enjundioso cenáculo.

lunes, 13 de febrero de 2012

REPORTAJE GRÁFICO DE UNA NOCHE MÁGICA

El pasado jueves 9 de Febrero la Asociación Cultural Ademán organizó un acto cultural con motivo de la reciente celebración del centenario del nacimiento del gran escritor gallego Álvaro Cunqueiro.

 Además de las primeras figuras de nuestras letras, Aquilino Duque y Rivero Taravillo, se dieron cita referentes de la escritura, la economía, el periodismo y las gastronomía en un sencillo pero mágico acto literario.

A pesar de una inoportuna amidgalitis que le impidió estar en cuerpo, el gran escritor peruano Fernando Iwasaki quiso estar en alma y envío un texto emocionante y evocador que fué leído por el presidente de Ademán así como otro texto del escritor Francisco Díaz, que reproducimos en la entrada anterior de este blog.

 
Aquilino Duque durante su exposición bajo la atenta mirada del escritor, crítico gastronómico de El Correo de Andalucía y enólogo Javier Compás y el periodista y escritor Francisco Correal

 Tras la bienvenida y presentación del acto, el presidente de Ademán, Javier Compás, dio lectura de un escrito enviado para la ocasión por el escritor y columnista de ABC Fernando Iwasaki. Tras lo cual intervinieron los otros dos escritores invitados al acto, Antonio Rivero Taravillo, que conmovió  a los presentes con su emotiva lectura del relato de Cunqueiro, Tristán e Isolda, y Aquilino Duque, impagable en sus narraciones de anécdotas e historias vividas.
El escritor y genealogista Fernando de Artacho, el jurista Miguel Angel Loma y Antonio Brea, director teatral y escritor.

Según reza el tópico galáico: Las Meigas haberlas, haylas, y  fueron convocadas por la Asociación Cultural Ademán en el Lar Gallego -dónde si no- para homenajear a uno de los más grandes de nuestra literatura. Homenaje que había de hacerse reuniendo las dos vertientes donde convergen la magia imperecedera de Cunqueiro: las letras y el yantar.

El escritor y jurista Jose Manuel Sáchez del Aguila acompañado de su esposa. En segundo plano Jesús Mirón, agricultor y político junto al gastrónomo y periodista Fernando Huidobro.
Francisco Correal, escritor y periodista que recogió el acto para Diario de Sevilla junto a Aquilino Duque
El Profesor de economía aplicada y escritor Jose Manuel Cansino en primer plano junto a Artacho, Loma y Brea.

El escritor, traductor y poeta Antonio Rivero Taravillo durante su emocionante y sentida intervención

El crítico gastronómico de ABC , Eusebio León, junto a Correal siguen atentamente las palabras de Duque

La cena servida por el Lar Gallego de Sevilla habría hecho feliz al homenajeado, menudearon la empanada gallega, el pulpo a feira, unos sabrosos mejillones y berberechos y un nutritivo lacón con grelos, todo ello regado por un extraordinario blanco Viña Costeira de Ribeiro y un ribeiro tinto que no le fue a la saga, con la tarta de Santiago ardió la tradicional queimada, sonó la gaita y los invitados brindaron en pie.


En primer término y con chaleco de cuadros el escritor y empresario hostelero Enrique Becerra.
El servicio y las viandas del Lar Gallego de Sevilla fueron inmejorables


Literatura y gastronomía se dieron la mano en la biblioteca del Lar Gallego de Sevilla, revestido de comedor para la ocasión, en una noche de magia celta donde estuvo presente el espíritu cunqueriano del genial escritor y donde no faltaron incluso algunos momentos de intensa emotividad, gracias al parlamento de los escritores invitados y a la sentida interpretación de un gaiteiro.


Emotivo momento del brindis y conjuro por la memoria imperecedera de Alvaro Cunqueiro con el empresario y militar en la reserva Juan María del Pino.

Mención especial merece la colaboración de la prestigiosa bodega gallega Viña Costeira que aprovisionó la cena con sus mejores productos gracias a los cuales la noche transitó por la senda del embrujo gallego

Mientras se prepara la reconfortante queimada, el gran gaiteiro Antonio D. Fornella deleitó a los asistentes con música tradicional gallega
La noche fue un momento de animada tertulia cultural, donde se habló de literatura, de vino y gastronomía gallega, del ingenio de Cunqueiro y del olvido de muchos de nuestros grandes escritores como él.
  1.  Ademán.
 
 Momento de la preparación de la queimada con la música evocadora de la gaita gallega

martes, 18 de octubre de 2011

ANTONIO RIVERO TARAVILLO TRAE A ESPAÑA LA OBRA DE FLANN O'BRIEN

Traductor: Antonio Rivero Taravillo
Tamaño: 13,5 x 22,5 cm.
Encuadernación: Rústica
Páginas: 416
PVP: 22,95
ISBN: 978-84-92683-61-1
Este divertidísimo libro reúne lo mejor de la columna «Cruiskeen Lawn», de Flann O’Brien, publicada en el periódico The Irish Times a lo largo de casi treinta años. O’Brien escribió los artículos bajo el seudónimo de Myles na gCopaleen tratando todo tipo de temas: desde el sistema de justicia, la burocracia y los inventos inverosímiles a los clichés y el uso «gastado del idioma». Especialmente divertidas y agudas son las columnas que tienen como tema el mundo del libro.

Estas páginas se pueden leer como una novela sobre Irlanda y su gente, y están repletas de humor surrealista y sátira dirigida a los irlandeses y sus preocupaciones. Por encima de todo, el libro, que contiene dibujos realizados por el propio O’Brien, muestra su dominio de la lengua y un estilo inimitable que ha cautivado a miles de lectores en todo el mundo.

«Humorístico, satírico, escritura loca.... Myles, al igual que se decía de los antiguos poetas gaélicos, es capaz de matar con una sátira.»

The New York Times
 
Flann O’Brien (Brian O’Nolan, Strabane, Tyrone, 1911 - Dublín 1966). Escritor irlandés. Trabajó para la Administración Pública desde 1935 hasta 1953. También colaboró durante 26 años en el Irish Times con el seudónimo de Myles na gCopaleen, ya que al ser funcionario no podía escribir con su nombre. En sus artículos retrataba con un estilo mordaz la política de su tiempo. Su estilo y el argumento de sus libros son muy originales y fueron alabados por Samuel Beckett y James Joyce, quien, ya prácticamente ciego, leía sus novelas con la ayuda de una lupa. Joyce dijo de O’Brien y de este libro: «Un escritor auténtico, con el verdadero espíritu cómico. Un libro realmente divertido».

En Nórdica Libros estamos entusiasmados con la obra de este genial irlandés y con En Nadar-dos-pájaros hemos cumplido el sueño de publicar todas sus novelas: El Tercer Policía, Crónica de Dalkey, La boca pobre y La vida dura.

En el libro El canon occidental, del famoso crítico literario Harold Bloom, aparecen El Tercer Policía y Crónica de Dalkey como dos de las obras más importantes de la literatura en lengua inglesa.

viernes, 29 de julio de 2011

ENTREVISTA A RIVERO TARAVILLO EN DIARIO YA