El escritor Antonio Rivero Taravillo nos recuerda a Leopoldo María Panero, recientemente fallecido.
Ha muerto Leopoldo María Panero. Ha sido una semana luctuosa para la poesía española dentro de un comienzo de año particularmente fúnebre en lo que hace a la escrita en nuestra lengua, pues se ha llevado, con guadaña afilada a cada poco, a Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Fernando Ortiz y Félix Grande. Ana María Moix, antigua amiga de correrías, moría pocos días antes que él, de forma que de repente el grupo incluido en la influyente antología de José María Castellet (también recientemente fallecido) Nueve novísimos poetas españolesha tenido dos bajas (con la de Manuel Vázquez Montalbán, un tercio ya de aquella nómina).
Pero además de a los novísimos, también pertenecía el recién desaparecido a otro grupo de poetas: el de su propia familia. Poeta fue su hermano Juan Luis (muerto hace pocos meses), y poetas su padre, Leopoldo, sobre el que luego volveré más detenidamente, y su tío Juan, fallecido en 1937 en accidente de carretera y que los lectores de Luis Rosales, amigo suyo, recordarán porque el granadino lo lleva a hombros de su memoria emocionada hasta los versículos deLa casa encendida. A este Juan, cuyo único libro publicado en vida (Cantos del ofrecimiento) se lo editó Manuel Altolaguirre en sus ediciones Héroe en mayo de 1936, le dedicó su hermano Leopoldo, padre del difunto de hoy, el poema “Adolescente en sombras” en 1938.
Pero pasemos a quien fue -antes de que los hijos empezaran a publicar, y prácticamente olvidado ya el malogrado Juan- “el poeta Panero”: Leopoldo, amigo de César Vallejo o Cernuda, con quien cruzó un mensaje Aleixandre para quedar e ir junto a Cernuda a la celebración de la llegada de la República en abril de 1931, ese instante de promesas, y que algunas simpatías izquierdistas tendría cuando fue acusado por los nacionales al estallar la guerra de recolectar dinero para Socorro Rojo. Es sabido que fue encarcelado y que solo la mediación de Unamuno y, en última instancia, Carmen Polo, pariente lejana de la familia, hizo posible que fuera puesto en libertad. Luego, como otros, al parecer se afilió a Falange; pero de ahí a poder afirmar que fuera falangista por convicción dista mucho.
Cierto que, como Montes, Alfaro, Manuel Machado, Cunqueiro o Gerardo Diego participó en la famosaCorona de sonetos en homenaje a José Antonio Primo de Rivera. Y que desempeñó un puesto señalado en el Instituto de España en Londres, ciudad donde su primo Pablo de Azcárate dirigía el otro Instituto Español (el republicano). En Londres conoció a T. S. Eliot, cuya complicidad quiso granjearse con buenos caldos españoles pertenecientes a la bodega de la legación, y también allí retomó la amistad con Cernuda, lo que no impidió que reprochara a este con una furibunda salida de tono el haber escrito el poema “La familia”, donde no quedaba bien parada la institución. De ese contacto con el poeta sevillano, salvado el incidente, quedaron el imposible idilio que su esposa, Felicidad Blanc, creyó que hubo entre ella misma y Cernuda y alguna evocación, en verso o prosa, de su hijo mayor:Juan Luis.
Al tercero en discordia, Michi, le cupo el dudoso honor de vivir como el que más laMovidamadrileña y de irse puliendo la rica biblioteca paterna, que Andrés Trapiello (leonés también y una de las personas que más sabe sobre la familia) recuerda haber visto íntegra así como, penosamente, durante su proceso de desintegración. Lo cuenta en desoladoras estampas de suSalón de pasos perdidos.
Sitting Bull, quien inspiró uno de los mejores poemas
de Leopoldo María Panero
Nos queda, pues, Leopoldo María (el que ya tampoco nos queda tras el colapso multiorgánico), el más alocado ya desde la imagen que nos ofreció de sí mismo en esa película terrible de Jaime Chávarri,El desencanto(1976), donde viuda y huérfanos parecían solicitar, “repaso” al padre mediante, una fe de vida para los tiempos nuevos democráticos, una suerte de limpieza de sangre o sangrado aplicada la sanguijuela directamente al corazón: es decir, al padre.
Los diarios e Internet abundan estos días en necrológicas de Leopoldo María Panero: todas resaltan su condición de fumador de grifa, de loco, de homosexual que hizo uso de chaperos miserables (no tenía el dinero de Jaime Gil de Biedma), de principal consumidor de Coca-Cola de toda España que seguro que ahora, ido él, entra en números rojos). De su poesía, sin embargo, se dice poco. Porque es poco lo que se lee. A grandes rasgos se puede afirmar que comenzó siendo un excelente poeta transgresor y que luego la escritura de versos y otras líneas se convirtió en una especie de terapia que tal vez sus editores debían de haber racionado más, seleccionándola.Así se fundó Carnaby Streetestá entre lo mejor suyo.
Muchos lo vieron por última vez hace año y medio en Cosmopoética, donde dio una vez más el espectáculo que tantos sin piedad deseaban ver entrando y saliendo de la sala de la Filmoteca durante una proyección de esa obra cinematográfica por la que muchos lo conocieron; o interrumpiendo una vez y otra a los compañeros en una mesa redonda, pacientemente atendido por el catedrático y editor de su poesía Túa Blesa y por la amiga que esos días se ganó el cielo junto con la admiración –era además guapa– de los asistentes.
Desvariaba. Antiguos amigos lo rehuían, como el poeta loco inglés John Clare se lamentaba en un poema que él vertió muy libremente pero desde la íntima identificación con el enajenado. Se reía con unas carcajadas como no las hay en el infierno. A mí, con ese acento entre cheli y algo batasuno (este último timbre se le pegaría como una enfermedad infecciosa en el manicomio de Mondragón) me preguntó en el restaurante en que parábamos a la hora de la cena si yo era policía. Cada vez que muere alguien se ciñe un punto al final de su biografía como un botón negro que la cierra. Los sucesivos muertos en la familia van, paradójicamnete, señalando un camino de puntos suspensivos: el linaje continúa. Pero la muerte de Leopoldo María Panero, el último de los tres hermanos, el eslabón final, si oxidado y roto, de esa cadena, lo que señala es un solitario y ya jamás continuado punto y final.
El pasado miércoles 5 de junio tuvo lugar la presentación del
libro de José Andrés Álvaro Ocáriz “Antonio Tovar, el filólogo que encontró el
lenguaje de la paz”, en el Ateneo de Madrid.
En primer lugar tomó la palabra Juan Ramón Sánchez
Carballido, que agradeció expresamente la colaboración decisiva de la
Asociación Cultural Ademán de Sevilla en la celebración de este acto.
Por petición expresa del autor, Carballido centró su
intervención en el pensamiento político de Tovar para establecer las
coordenadas de su falangismo inicial y, en la medida de lo posible, proponer
las claves que permiten atisbar la coherencia interna de su discurso, no
siempre evidente a tenor de su reposicionamiento ideológico ulterior.
En su opinión, coincidente con la del biógrafo, Tovar mantuvo
en todo momento su fidelidad a un principio claramente asociado a la influencia
de José Antonio Primo de Rivera: el hombre como eje y centro del sistema
político y económico. Una fidelidad que no decayó en Tovar tras su decepción
con el régimen de Franco y su clara toma de conciencia de que la Revolución que
predicaba la Falange había sido definitivamente traicionada.
A continuación, José
Andrés Álvaro Ocáriz desglosó el contenido de los diferentes capítulos de su
libro, abundando en las ideas anteriormente expuestas y profundizando en el
perfil intelectual y académico de Antonio Tovar.
Ocáriz destacó las extraordinarias aportaciones del
homenajeado en el campo de la Filología, procedentes de su conocimiento de unas
cincuenta lenguas clásicas y modernas, europeas y precolombinas. Una sabiduría
que quedaría repartida en más de cuatrocientas obras y lo convertirían en uno
de los intelectuales más apreciados de su generación.
El biógrafo sorprendió a parte del auditorio dando a conocer cómo
la primera cátedra de enseñanza universitaria del vascuence se estableció en
España,en mitad del franquismo y a despecho
de la actual propaganda oficial, a instancias del falangista Tovar, que había
aprendido la lengua en su adolescencia y a cuyo estudio había dedicado ya dos
influyentes volúmenes.
Mención especial mereció la iniciativa de la revista Escorial. Editada entre noviembre de
1940 y febrero de 1950, con el decisivo impulso de Tovar y otros falangistas, la
publicación pretendió ser un lugar de reencuentro intelectual tras la guerra dado
que la mitad de la cultura española se hallaba por entonces en el exilio. Pío
Baroja, Azorín, Menéndez Pidal o Gregorio Marañón se reivindicaron en sus
páginas, dándose a conocer algunos nombres fundamentales de la cultura de
posguerra, como Xavier Zubiri. Todos ellos, acompañados por las firmas más
brillantes del falangismo intelectual: Dionisio Ridruejo, Laín Entralgo,
Torrente Ballester, Panero y el propio Tovar.
Tras repasar su extraordinaria gestión como Rector de la
Universidad de Salamanca, coincidiendo con su setecientos aniversario; sus
estudios y reconocimientos en el extranjero (Tovar fue Premio Goethe); su labor
en la Real Academia Española o sus activismo político durante los primeros años
de la democracia, Ocáriz terminó su intervención citando a algunas
personalidades relevantes que dedicaron palabras de elogio a Tovar en honor a
su honestidad y bonhomía. Personalidades que atraviesan todo el espectro
ideológico desde las posiciones de Serrano Súñer a las de Tierno Galván.
El acto, que fue presentado y moderado por Victoria Caro,
Secretaria adjunta de la Agrupación de Retórica y Elocuencia, finalizó con un
breve turno de palabra entre los asistentes.
Por su interés reproducimos este artículo de Ussía para La Razón que recoge el espíritu reivindicador de este blog.
¿Qué es ser comunista?
Alfonso USSÍA Domingo, 9 de septiembre de 2012
Foto: Google
La Derecha española, democrática, libre y progresista, tiene que
dejarse de complejos. Esa debilidad es la que anima a crecer el
sectarismo de determinada Izquierda, nada democrática por cierto. ¿Es
democrática la ignorante «seño» comunista que impide un homenaje a
Agustín de Foxá? No lo puede ser.
El objetivo del comunismo nunca fue la libertad y la democracia, sino
el poder. La libertad, en la España del último tramo republicano, en la
URSS, en los países del Telón de Acero, en Cuba, en Corea del Norte, en
donde hayan padecido la experiencia del comunismo, jamás existió.
¿Bienestar a cambio de libertad? Tampoco. El comunismo, económicamente,
ha sido una ruina. Prisión y ruina. El bien supremo del ser humano,
después de la vida, es el de la libertad. Hay que dejarse de complejos.
Una buena parte de estos ignorantes que exteriorizan su memez y su
incultura amparados en una norma prescindible, militan en el comunismo o
el socialismo sectario porque se sienten enfadados con la vida. Sólo
ellos son capaces de borrar el nombre de un héroe del siglo XIX español
de una calle de Sevilla para sustituirlo por el de una actriz secundaria
y de reparto cuyo único mérito ha sido liderar al sector más politizado
del cine hacia el desprecio general.
Resulta penoso el sistemático silencio de la Derecha ante las
humillaciones de una Izquierda alzada que somete su reacción. Un
comunista no puede hablar de democracia. Un comunista no puede dar
lecciones de libertad. Un comunista no tiene ningún fundamento para usar
la imagen del progreso. Están ahí, estancados en su derrota y en su
rencor. Pero son maestros en la manipulación y la propaganda, eso que
tan rematadamente mal hacen los políticos de la Derecha. La Ley de la
Memoria Histórica no contempla a Paracuellos del Jarama, por poner el
ejemplo más sangriento de nuestra Guerra Civil. Y setenta años más
tarde, prohíben un homenaje a un gran escritor que no mató a nadie. A
Santiago Carrillo, el actual ministro de Educación, le hizo «Doctor
Honoris Causa» dos años atrás. Y la reacción de la Derecha democrática
fue respetuosa y tolerante.
La colaboración de Rafael Alberti en la tortura de presos en la checa
de Bellas Artes ha pasado desapercibida. El Sistema no permite que un
poeta comunista haya sido, además de prodigioso poeta, una mala persona.
¿Se figuran a José María Pemán, o al reconvertido Ortega y Gasset
disfrutando del dolor de unos prisioneros republicanos? Son maestros en
borrar las sombras de los suyos y los nubarrones de la Historia. La
Guerra Civil fue una clamorosa reunión de canalladas, en un bando y en
otro. Pero sólo se recuerdan y condenan las del lado de los vencedores.
El victimismo de la derrota vende muy bien. Agustín de Foxá era de derechas, como Dionisio Ridruejo, Eugenio
Montes, Luis Rosales, Pedro Laín, Leopoldo Panero, Rafael Duyos, José
María Pemán, José Luís López Aranguren, Rafael García Serrano y Ernesto
Giménez Caballero. Escribieron y no mataron. No aceptarlos por su
condición de «fascistas» desde el comunismo y el socialismo resentido,
produce estupor y vergüenza ajena. Póngase fin, ya es hora, al complejo
de inferioridad y al silencio. Ningún comunista puede dar lecciones de
libertad, vida y democracia a nadie.
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* Ildefonso María Ciriaco Ussía Muñoz-Seca, más conocido como Alfonso
Ussía es un periodista, columnista y escritor español. (1948 - ....)
Desde muy jóvenes, casi desde niños, Leopoldo Panero y su hermano Juan se fueron forjando como poetas y como personas en la casona familiar de Astorga, levantada muy cerca del deslumbrante Palacio Episcopal, que su tío Leoncio había adquirido a su regreso de América. Leopoldo construyó su pequeño reino de sueños en las alturas, en el palomar, y Juan extendía su territorio literario por la planta baja del palacete. Como en una novela inglesa del XIX. Mientras que Juan, un año mayor que él, se sumergía con entusiasmo en la gran herencia clásica de la poesía castellana, escribiendo aquellos versos de inspiración encendida que después cuajarían en poemarios como Cantos del ofrecimiento (1936) y Presentimiento de la ausencia (1940), Leopoldo se convirtió enseguida en un joven poeta vanguardista, formado en Valladolid, San Sebastián, Madrid, Cambridge, Tours y Poitiers, atraído por los aires del surrealismo y del dadá, y colaborador de Neruda en su rompedora revista Caballo verde para la poesía.
Cuando murió su hermano, en 1937, Leopoldo tenía 28 años. La tremenda sacudida que sufrió su espíritu le llevó no sólo a escribir, para desahogarse, un libro como Adolescente en sombra (1938), que rompía de manera evidente con sus obras anteriores, sino a emprender además un camino del que ya no se separaría nunca. Como asegura el profesor Francisco Martínez García, autor de una Historia de la literatura leonesa (Everest, 1982), al morir Juan «el torbellino de su inspiración lírica, grave, leve, transparente, sombría, pasó a sacudir los arraigados versos, aún no nacidos, de Leopoldo. Y la herencia poética de Juan no se perdió… del todo».
Si su hermano no hubiera desaparecido prematuramente; si en lugar de casarse con Felicidad Blanc, «la muchacha más bella de Madrid», lo hubiera hecho, por ejemplo, con Joaquina Márquez, la protagonista de los encendidos poemas de Versos al Guadarrama (1945), y, sobre todo, si se hubiera resuelto de otra manera el episodio de su detención en los inicios de la guerra civil, acusado de recaudar fondos para el Socorro Rojo, tal vez Leopoldo Panero no se habría convertido en uno de los iconos literarios más reconocibles del franquismo, sino que habría engrosado la lista de los epígonos de la denominada Generación del 27.
«Cristiano viejo»
Como recordaba en un poema su hijo Juan Luis, al que le regaló la pluma estilográfica de Agustín de Foxá y, con ella, su vocación poética más profunda, Leopoldo Panero fue un «cristiano viejo», pero también un «poeta húmedo», una víctima de los «ataques violentos de su propio genio»; un falangista fuera de molde que tomaba café en el Londres de los años cuarenta con Luis Cernuda y con su primo Pablo Azcárate, director del Instituto Español en el exilio, la misma institución que él dirigía de manera oficial para el régimen de Franco.
La cercha, el corsé, la contención a la que voluntariamente sometió Leopoldo Panero a sus versos, impidieron quizás que su poesía creciera en libertad absoluta, pero a cambio le dieron una dimensión única: una carga de referencias literarias, de belleza y de sugerencia que desborda, con mucho, los pretendidos cánones estéticos del garcilasismo militante de su tiempo. Un corazón con freno que se separó definitivamente del 27 para acercarse mucho más a la manera de ser y de sentir del 98. En Panero, la belleza hímnica de un Shelley, de un Wordsworth o de un Fray Luis de León al cantar a la naturaleza y al paisaje («¡oh vida retirada en lo más dulce! / ¡oh límite en penumbra, casi alma!») se imbrica maravillosamente con el sueño de Dios de don Antonio Machado o con la mano de Dios extendida sobre los campos de Castilla de don Miguel de Unamuno. Esa misma transparencia de la que después daría testimonio Claudio Rodríguez.
(El poeta Leopoldo Panero)
Un nuevo humanismo
Leopoldo Panero fue capaz de comparar en sus poemas a Federico García Lorca y a José Martí con José Antonio Primo de Rivera, y de contestar (¡con tan poca fortuna!) al Canto general de Neruda con su propio Canto personal (1953), algo que, según él, sin duda habría hecho el mismísimo Miguel Hernández si hubiera seguido vivo… Pero también fue capaz de fundar, en plena España triste de posguerra, un «nuevo humanismo» que saludaron Luis Rosales y los poetas del 36; una visión personal del mundo y de la poesía donde al hablar de amor hablaba del paisaje encendido de Castilla, y al hablar del paisaje de Castilla hablaba de Dios, situándose muy cerca del misticismo vibrante y armonioso de San Juan de la Cruz, llama de amor viva. Desde la «penumbra» (una palabra que se repite en muchos de sus poemas) de su tiempo, sin duda Leopoldo Panero persiguió cada día con denuedo el fulgor de la luz. Y la encontró en la poesía. Corazón con freno, casi un alma, que merece una lectura puramente poética, lejos de los terribles prejuicios políticos con los que la poesía española lleva caminando sin duda demasiado tiempo.
Panero, Leopoldo Panero,
la voz de un alma herida. Quizá no fue el hombre más alegre de nuestra
poesía contemporánea. Acaso tampoco el más dicharachero, pero la hondura
de sus versos, su aliento humanísimo, su precisión emotiva, siguen
intactos medio siglo casi ya su muerte, cuando una angina de pecho se lo
llevó en su querida tierra leonesa, un 27 de agosto del 62, a los cincuenta y tres años.
Leopoldo Panero,
como un San Sebastián de nuestra poesía, llevaba sobre el cuerpo todas
las saetas envenenadas de nuestra Guerra Civil y aquella posguerra
interminable, en la que vistió la camisa azul y mezcló versos extraordinarios con el yugo y las flechas, la mística joseantoniana (probablemente más sentimental que otra cosa) con cantos inolvidables como «La estancia vacía», de 1944, de tono parecido e igual de emocionante que «La casa encendida» de su buen amigo Luis Rosales, y publicada en el mismo año que otros títulos imprescindibles de nuestra lírica de posguerra: «Sombra del paraíso», de Vicente Aleixandre, e «Hijos de la ira», y su más de un millón de cadáveres, de Dámaso Alonso.
Georges Roualt
Portada de la antología de Cátedra dedicada a Leopoldo Panero
Panero no era una de aquellas iglesias sin bendecir, aquellos hombres que no conocen el dolor como escribía Luis Rosales, porque Leopoldo Panero
parecía llevar cosido al alma un dolor supremo, dolor erigido sobre las
queridas ruinas de la infancia y la adolescencia en Astorga, dolor de
los padres que nos dejan, dolor de estar a cinco minutos (o diez metros,
como prefieran) de ser ejecutado por «rojo» (por solidarizarse con Socorro Rojo Internacional) en los primeros días de la España rebelde, dolor de su querido hermano Juantambién
grandísimo poeta alférez provisional entre los de Franco, y que moriría
muy joven, en 1937, con apenas 29 años, en un accidente de circulación,
dejando nuestro poeta trastornado por la pena: «A ti, Juan Panero, mi hermano, / mi compañero y mucho más; / a ti tan dulce y tan cercanio; / a ti para siempre jamás».
Y
luego los días de la hambruna en los 40, las mondas de patata que comía
más de media España, en aquellos días en los que Jaime Gil de Biedma
vio cómo «media España ocupaba España entera».
ABC
Ejemplar de la revista «Escorial», una de las más destacadas de la posguerra
Panero fue hombre que en la distancia se nos antoja hondo de corazón como tan honda fue su poesía, vinculada a la Generación del 36 (Ridruejo, Rosales, Vivanco, Valverde...¡qué generación!) y a la revista «Escorial».
Tres eran tres sus hijos, Juan Luis, Lepoldo María y Michi (también poetas los dos primeros) y Felicidad Blanc, su esposa, que en aquella terrible película de Jaime Chávarri del 76, «El desencanto»,
casi un reality show, ajustaban dramáticas cuentas con su padre y con
la España que él representaba, cara al sol, con la camisa nueva.
Pero
media siglo después, al margen de la despiadada historia, es su poesía,
inmensa, como si alguien te escanciara el corazón de hermosura y
desconsuelo, lo que queda, lo que perdura, lo que es inmutable.
Poesía felizmente recuperada ahora en una extraordinaria antología «En lo oscuro» (Cátedra, Letras Hispánicas) con no menos extraordinaria del profesor Javier Huerta Calvo,
autor también de uno de los estudios más exhaustivos que se han
realizado del poeta astorgano, no tan conocido entre nosotros como
debiera, algo, desgraciadamente común en toda su generación, sin duda
apostasiada por la putañera Guerra Civil.
Demos paso, pues a Leopoldo Panero, un estoico del siglo XX.
El templo vacío (fragmento)
Leopoldo panero. a J.A. maravall
No sé dónde brota la tristeza que tengo.
Mi dolor se arrodilla, como el tronco de un sauce,
sobre el agua del tiempo, por donde voy vengo,
casi fuera de madre, derramado en el cauce.
Lo mejor de mi vida es el dolor. Tú sabes
cómo soy. Tú levantas esta carne que es mía.
Tú esta luz que sonrosa las alas de las aves.
Tú esta noble tristeza que llaman alegría.
Tú me diste la gracia para vivir contigo.
Tú me diste las nubes como el amor humano.
Y al principio del tiempo, Tú me ofreciste el trigo,
De izquierda a derecha y en pie, Miguel Hernández, Leopoldo Panero, Luis Rosales,
Antonio Espina, Luis Felipe Vivancos, J.F. Montesinos, Arturo Serrano Plaja, Pablo Neruda
y Juan Panero. Sentados están, Pedro Salinas, María Zambrano, Enrique Díez-Canedo,
Concha Albornoz, Vicente Aleixandre, Delia del Carril y José Bergamín. Gerardo Diego, en el suelo.
En 1969 publicó Luis Rosales en Ediciones Cultura Hispánica El contenido del corazón. Ese libro iba dedicado así: “Hoy como ayer a Leopoldo Panero”, y en el “Prólogo a manera de justificación” insistía Luis: “Publiqué esta versión integramente en el periódico ABC, dedicándola entonces a Leopoldo Panero, que en tantas cosas fue mi ejemplo y en todas mi amigo”. La amistad de ambos poetas fue poco menos que proverbial y estaba comprendida en un círculo más amplio, pero no menos exclusivo, formado por Laín, Maravall, Aranguren, Valverde, Vivanco, Ridruejo, tal vez incluso Zubiaurre y Alfonso Moreno. Puede que esta relación sea inexacta, ya que no hago más que rememorar de referencias. Tan juntos iban siempre esos nombres que un ingenio satírico acuñó para dos de ellos la expresión “Rosanco y Vivales”, me figuro que a raíz de la publicación por ambos de la magna recopilación de la Poesía heroica del Imperio. Hablando de Imperio, al morir en Sevilla el insigne americanista don José Antonio Calderón Quijano, en la gacetilla necrológica aparecida en ABC se enumeró entre sus méritos el de haber suministrado a los diplomáticos Castiella y Areilza la documentación que les permitió escribir al alimón una obra célebre en su día. Esa obra se titulaba Reivindicaciones de España, y junto a ellas resultaban modestitas las pretensiones que Franco antepuso a Hitler en Hendaya como condición para entrar en la guerra. Terminada ésta, coincidió Foxá con sus dos compañeros en el Palacio de Santa Cruz y les dijo:
- Tengo entendido que van a editar ese librito vuestro en formato de sello de Correos… Así os lo podréis tragar con mayor facilidad.
En ese círculo de amigos la trinca que más sonaba era, ya digo, Panero, Vivanco y Rosales, una especie de línea media de la poesía española que sustituía a aquellas legendarias líneas medias de nuestras aficiones deportivas de trasguerra: Gabilondo, Germán y Machín; Celaya, Bertol, Nando; Alconero, Félix, Mateo; Huete, Ipiña y Lecue… Sin embargo, cuando yo llegué a Madrid y empecé a frecuentar el bar del Instituto de Cultura Hispánica y la redacción de Cuadernos Hispanoamericanos, esa línea media quienes la formaban eran Panero, Rosales y Souvirón, José María Souvirón, que volvió de Chile y residía en el colegio mayor Cisneros.
Yo de Panero conocía Escrito a cada instante en aquella colección de “La encina y el mar” ilustrada por José Caballero; había oído recitar, magistralmente por cierto, En las manos de Dios a Carmina Morón, y algo me había llegado de la polémica y los epigramas en torno al Canto personal, carta perdida a Pablo Neruda, respuesta airada a las infamias del Canto general. Con infamias y todo, el Canto general fue un acontecimiento poético en el que el gran poeta Neruda dio lo mejor y lo pero de sí mismo. También carmina Morón recitaba, y cómo, Abraham Jesús Brito, (poeta popular), pero junto a esas estampas entrañables de gente humilde de América, a las etopeyas de sus héroes y a descripciones caudalosas de su naturaleza, había explosiones de mala prosa en verso con insultos de baja ley y peor estilo. Nada de esto podía rebajar la calidad monumental del poema. Me comentaba entonces en Sevilla un becario canario de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos que tampoco las pasiones políticas del Dante menoscaban La Divina Comedia.
Leopoldo Panero tuvo el arrojo de recoger el guante y replicar a su antiguo amigo del Caballo verde de la poesía, y escogió para ello la forma clásica de la epístola moral. Yo no puedo decir, aun hoy, que en el Canto personal no haya altibajos; también los hay en el Canto general y no por eso voy a decir de su autor que es, como decía Juan Ramón, un “gran mal poeta” o, como creo que dice Trapiello, un “gran poeta menor". A mí me sobran tanto esos adverbios como la biografía de Neruda, y sigo creyendo que el Canto personal es uno de los grandes monumentos de nuestras letras.
No conozco el prólogo que Ridruejo le puso al Canto personal; sólo sé que, años después, a propósito de no sé qué, me dijo Ridruejo: “Neruda miente”. El caso es que la mayor virtud de ese “gran mal poema” es su mayor defecto, que es la desorganización. Poema de acarreo, cabe muy bien precindir en su lectura de toda la basura política que lo lastra, en tanto que en el de Panero, su misma estructura de tercetos encadenados no permite saltarse los ripios que fuerza la vehemencia polémica, por muy limpios que sean sus motivos. El poema de Neruda es un río tan torrencial y caudaloso que disuelve y disipa toda la basura que en el cauce principal vierten las cloacas de los poblados por los que pasa. En cambio, el de Panero es una construcción arquitectónica en la que a la fuerza se ha de notar la calidad de los materiales y el acierto con que estén colocados. Lo dinámico y amorfo tiene más defensa que lo estático y cristalino.
Tuvo además otra cosa en su contra la ambiciosa epístola de Panero, cual fue la de ser expresión de la filosofía política oficial en lo referente a la Hispanidad, a la que Panero llevaba prestando servicios relevantes. Bastaba que el poema resultara adicto al Régimen para que sólo viéramos en él los ripios y las disonancias, con gran indignación por cierto de Rafael García Serrano, que desde Arriba o desde una de las revistas del S.E.U., salió en su defensa arremetiendo contra los exquisitos que lo criticaban “cogiéndose la pluma con un papel de fumar”. Uno de ellos, Blas de Otero, le dedicaría un epigrama que me llegó por tradición oral: Carta perdida. No creo / que llegara a su destino / llevando tanto “franqueo”. A Blas de Otero, en cambio, no se le tuvieron en cuenta los ripios y prosaísmos abominables en que consistió su obra a partir de En castellano, pues por algo, como era público y notorio, era maníaco-depresivo y miembro del Partido Comunista. Suya es también esta perla: Voy a China, / a ver si me oriento.
Hoy, en una situación política invertida en todas las acepciones del término, cabe leer el Canto personal sin las reservas de antaño, sin los prejuicios y las anteojeras con que, en cualquier época y bajo cualquier régimen, leemos todo aquello que directamente agrada o beneficia al Poder. De este modo cabe comprobar que, si el poema en cuanto tal es un poema frustrado, tiene largas tiradas de tercetos de una inspiración, una solidez, un colorido y una sonoridad inmejorables: Recuerdo que en Colombia hay una espada / enterrada en un pico, en nieve pura, / con trote y esqueleto de nevada. / Recuerdo el Magdalena a larga altura,/ cortando la distancia del planeta / como surca una yunta Extremadura. O bien: Una guerra es un íntimo combate, / y no una voluntad a sangre fría: donde cae Federico, el agua late; / donde cayó un millón, la tierra es mía. / Unos caen, otros quedan, nadie dura; / y tan sólo el Alcázar no caía. Cito estas estrofas porque constituyen el arranque de tiradas que tratan respectivamente de la naturaleza y de la historia; en las que el poema remonta el vuelo épico en alas de lo descriptivo y lo narrativo. Evocan además algo que entonces escocía mucho y sigue escociendo al antifascismo monomaníaco: la gesta del Alcázar de Toledo.
Hay obras literarias cuyo mayor acierto está en el título. Tal ocurrió en aquellos mismos años con El Jarama, excelente “ejercicio de redacción”, como decía Ignacio Aldecoa, pero cuyo título evocaba una de las más gloriosas derrotas del bando que en Toledo sufrió uno de sus fracasos más bochornosos. Pero eso no bastaba. Cuando, a mediados de los años 70, se cumplió la profecía de Ganivet y España fue por fin pasto de los puercos, se trató de infligir a la memoria de Leopoldo Panero la afrenta póstuma - en la que creo que hubo reincidencia - de una película infame en la que se utilizaron los despojos de una familia deshecha y desmoralizada. Eran tiempos de asalto a la familia y al paterfamilias. Llamarle entonces a uno “paternalista” equivalía a llamarle “corporativista” o “fascista”, insultos muy eficaces con que la hez de la nación le comió la moral a más de un pusilánime. Recuerdo haberme salido en el entreacto de una plúmbea comedia de un autor de moda que tenía que ver con pájaros, en la que la actriz largaba interminables cursilerías sobre el tiránico padre difunto que tenía enjaulados a los pájaros. Por aquel entonces, la hija de Alberti, que tenía algunas desavenencias con su padre, tuvo el mal gusto de dirigirle una carta abierta en la que, con pedante fraseología de freudiana bonaerense, llegaba nada menos que a compararlo con Franco. “Matar al padre” era la consigna, o por lo menos ponerlo en la picota. Yo reaccioné con un poema titulado El desencanto de Leopoldo Panero en el que quise desagraviar a alguien que fue para mí, como para Luis Rosales, “en tantas cosas mi ejemplo y en todas mi amigo”.
Aquilino Duque 13 de Junio de 1995, El Correo de Andalucía, sección La Mirada.
Reproducimos este artículo sobre la escritora y poeta almeriense María Enciso y su relación con la generación del 36.
PASO A PASO
María Enciso
Rafael L. Aguilera
María Enciso
MARÍA Enciso, María Dolores Pérez Enciso nació en Almería a las once de la mañana del día 31 de marzo de 1908 en una casa de la calle San Ildefonso, la numerada con el número 27, según el Registro Civil, en pleno casco antiguo de la capital almeriense, entre olores a jazmines y geranios. hace unos días la Asociación de Vecinos del Casco Histórico y el Ayuntamiento de Almería de forma loable y plausible han colocado una placa como testimonio a un homenaje de los almerienses a esta poeta intelectual, que en un agónico deambular de su corazón y su alma, en enero de 1939, en una misión oficial, Delegada de Evacuación en Bélgica de los españoles que tuvieron que ausentarse forzosamente de España, ayudó sin descanso a miles de personas en una triste peregrinación por los sórdidos e infrahumanos campos de concentración de Francia. María Enciso, mujer doliente y ahogada el pecho por la patria irremediablemente perdida, desde el primer momento se da cuenta de la tragedia, del duelo, quebranto y compasión, y manifiesta "Siento un frío de congoja en el corazón, que también siente, que también está solo, angustiado, con los seres queridos esparcidos por el mundo, aventados por los aires, como cenizas de una inmensa hoguera que la guerra encendió". En 1987 el Instituto de Estudios Almerienses publicó un libro, cuyo autor Arturo Medina, nos describió un estudio y antología de María Enciso, "Escritora Almeriense en el exilio", en donde se recoge de forma exquisita la "pequeña historia de una frustración y una esperanza", y que murió menesterosa en México, sin gozar la alegría del triunfo y del regreso. Comparto la opinión de muchos literatos, que María Enciso es la única poeta almeriense que, por cronología y por entidad, hubiera pertenecido a la generación del movimiento literario que se ha dado en llamar la Generación del 36, la gran generación - Luís Felipe Vivanco, Luís Rosales, Miguel Hernández, Dionisio Ridruejo, Leopoldo Panero...- a caballo entre la República y la Dictadura de Franco.
Luis Felipe Vivanco
Su prosa "Europa fugitiva" y su poesía "Poemas de vida y llanto" podemos contemplar la propia historia de España y de Europa, entre el estatismo y lo dinámico, a través de sus protagonistas, paisaje, aconteceres y vivencias, en los que escribe con un estilo suelto todos los sucesos que desfilan delante de sus cinco sentidos; son estampas del dolor y el sacrificio fundidos en una lírica trágica de los momentos emocionales que vive su espíritu al ver la desbandada sangrienta, dolorosa y miserable de hombres y mujeres, niños y ancianos huyendo de los bombardeos y temidas persecuciones. Quiso a Almería y la llevó siempre en su alma "Vega de Almería, hueles a romero, de la serranía".
Fotografía tomada durante la comida homenaje a Vicente Aleixandre en el Restaurante “Buenos Aires” de Madrid, el 4 de mayo de 1935 por la aparición de "La destrucción o el amor”.
Vemos de izquierda a derecha y de pie a Miguel Hernández, Leopoldo Panero, Luis Rosales, Antonio Espina, Luis Felipe Vivanco, J.F. Montesinos, Arturo Serrano Plaja, Pablo Neruda y Juan Panero. Sentados Pedro Salinas, María Zambrano, Enrique Diez-Canedo, Concha Albornoz, Vicente Aleixandre, Delia del Carril y a José Bergamín. Sentado en el suelo: Gerardo Diego
La Sala Provincia de León acoge una exposición con obras únicas del pintor Álvaro Delgado
Adolfo Alonso Ares, Marcos Martínez, Gonzalo Santonja y Jesús Celis, en la presentación. nuno
Marcelino cuevas | león
Los dibujos y apuntes del natural que se muestran en la exposición Álvaro Delgado y la Generación del 27 —inaugurada ayer en el Instituto Leonés de Cultura— pertenecen a colecciones particulares y por tanto son obras casi ‘secretas’ de entre la gran producción artística del pintor madrileño.
Explicó el poeta Adolfo Alonso Ares, comisario del evento, que se trata «de dibujos que tienen como motivo la amistad, la cercanía de los poetas y escritores de esa mítica generación con Álvaro Delgado, que perteneció a la segunda Escuela de Vallecas. Delgado retrata desde la proximidad a Cernuda, ambos amigos del leonés Leopoldo Panero. A Vicente Alexandre, con el que convive y con el que comparte circunstancias continuamente. O, por ejemplo, a Dámaso Alonso, con el que se reúne casi todas las noches y comparte la vida de la plenitud, como él dice. Y así, para retratarlo, toma el boceto en la casa de Panero». «Álvaro Delgado siempre dice que cuando hace esto está retratando a los amigos con los que ha compartido muchos y muy intensos momentos. Es, pues, una exposición en la que el trazo del artista tiene mucho que ver con el trazo literario de los artistas que aquí están representados», continuó. Aporte documental. En la exposición, que se realiza bajo los auspicios del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, la Junta y la Diputación de León, se reúne una docena de obras. Se cuenta además con un gran apartado documental en el que se muestran primeras ediciones y numerosos artículos en los que se glosa la actividad de los autores de la Generación del 27.
Según Gonzalo Santonja, director del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, Álvaro Delgado «fue amigo íntimo de Luis Rosales y Leopoldo Panero, de Dámaso Alonso y Gerardo Diego, huésped con ellos de idénticas pérdidas, peregrinos de las mismas noches y náufrago en las mismas auroras. La sobriedad del paisaje castellano y el manantial de la memoria le guiaron hacia y por los clásicos, huerto cerrado para los intelectuales y artistas que no son atrevidos en su autenticidad, porque Góngora, Cervantes, Quevedo o San Juan anulan cualquier carga de soberbia o de impostura y solo admiten la compañía de quienes se muestran capaces de instalarse en la libertad. Espejo es su pintura de tristezas y alegrías, de ángeles y demonios, de ojos con nubes y miradas de atardecer, de brisas cálidas y lucen acariciantes».
Álvaro Delgado se formó primero con Daniel Vázquez en la Escuela de Bellas Artes, cubista a su manera, bajo cuyo magisterio también se formaron en el periodo de entreguerras Salvador Dalí y Modesto Ciruelos, y en los cuarenta Canogar e Ibarrola. Más tarde estudió al lado de Benjamín Palencia en la Segunda Escuela de Vallecas, aquel brillante grupo que en 1927 formara Palencia con el escultor Alberto Sánchez, y que desapareció con la Guerra Civil. «En la recuperación de aquel espíritu —dijo Santonja— acuñó Delgado la sutileza de una impronta que desde el principio le colocó en un eje de equilibrio entre la tradición y la modernidad, alianza fructífera del poso de los siglos con el fuego del porvenir. Pintura que no se diluye en epigonismos ni se pierde en balbuceos, puerta a un misterio después revelado con pincel y con lápiz, al carbón, en lienzo o sobre papel, para inundarnos los ojos con borbotones de vida. Aquí podemos ver retratos de personajes cuyos rostros nos hablan con las sílabas húmedas del amor apurado hasta las esencias y la inteligencia comprometida con la causa en penumbra del hombre, luz cárdena de soles que no declinan».
La mejor manera de enfrentarse a los retratos de Álvaro Delgado es seguir el consejo del propio pintor: «Ante un retrato me interesa el hombre, su psicología, su verdad y su secreto».
Más información: http://www.diariodeleon.es/noticias/cultura/los-autores-de-generacion-del-27-regresan-por-medio-de-sus-retratos_643621.html
La fecunda personalidad de Leopoldo Panero continúa siendo actualidad como refleja el reportaje de El Mundo que reproducimos a continuación. El exorcismo final de la casa desencantada
ELMUNDO.es se adentra en el hogar familiar de Leopoldo Panero
La residencia de la familia Panero en Astorga reabrirá sus puertas
Pretende ser centro literario de recitales, congresos y exposiciones
El inmueble restaurado deja atrás el filme El Desencanto de Chávarri
Rompe con la leyenda negra que acompañó a la familia tras la película
Miguel Ángel Vergaz | León
"Visitar la casa de los Panero es una especie de ejercicio de metacine a la inversa. En una de sus películas, Woody Allen proponía que los personajes entraban en la pantalla. Pero, cuando entras en esta casa, el viaje consiste en salir de la pantalla y entrar en el mundo real".
Lo advierte Luis Miguel Alonso, el astorgano que hace dos años rodó Los abanicos de la muerte, en la que retrató la importancia como poeta de Leopoldo Panero y la leyenda negra construida alrededor de su figura, después de su muerte, tras el estreno en 1976 de la película El desencanto, de Jaime Chávarri, rodada en la residencia de la familia en Astorga.
Desde la calle Leopoldo Panero, hoy se ve la fachada de la casa desencantada. También, los evidentes cambios realizados por los astorganos para recuperarla, reabrirla como centro literario, y con ello celebrar el próximo año el cincuentenario de la muerte de una de las voces mayores de la poesía castellana del siglo XX.
Momento de las puertas abiertas. | J. G.
El jardín, que en la película aparece casi salvaje, ha sido despejado; la fachada, que en la cinta recogía los débiles rayos del sol del invierno, resplandece ahora impoluta bajo la luz pura y brillante que tantas veces cantó el poeta.
La prueba final
El pasado agosto, en las fiestas de la localidad, se celebró una apertura temporal de la casa para que los vecinos descubrieran las labores de rehabilitación que han de convertirla en un referente cultural de la ciudad y de Castilla y León. En solo una semana acudieron 10.000 personas. Fue la prueba final del exorcismo de la casa de los Panero emprendido hace diez años.
Ahora vivimos en un tiempo en el que las miserias personales son espectáculo televisivo. Por eso es más difícil comprender el seísmo social y artístico que supuso el estreno de El desencanto en los 70.
Se abrió un abismo
Compuesta por los testimonios de Felicidad Blanc, viuda de Leopoldo, y por sus hijos Juan Luis, Leopoldo María y José Moisés Michi Panero, Jaime Chavarri construyó el retrato una familia caída en desgracia -económica y existencial- tras la muerte de un patriarca encantador cara al público, pero frío y despótico en sus últimos años.
En España, el filme triunfó como demoledora visión del franquismo íntimo. Fuera, como la soberbia construcción, con elementos documentales, de un drama que hubiera hecho palidecer de envidia al propio Chéjov. Pero en Astorga, el resultado fue totalmente devastador.Se abrió un abismo entre la localidad y los Panero. Las grietas se hicieron reales en la casa cerrada. Todos los bienes se vendieron. El derrumbe se convirtió en una amenaza inminente.
Lugar de encuentro literario
Estado de parte de la fachada antes de la restauración.
Hasta que Juan José Perandones, afectado entonces por su doble faceta de alcalde y profesor de literatura, dijo basta, y convenció a la corporación municipal de adquirir la casa para convertirla en un enclave literario de resonancia internacional, pero también en un punto de encuentro para el pueblo.
Supondrá transformar el jardín privado de la casa en uno público, más amplio, gracias a la compra de inmuebles cercanos. Además, destinar las salas de la planta baja, conocidas como de los cantos rodados por su suelo, a actos culturales; y en el piso de arriba musealizar varias salas dedicadas a la sobresaliente conjunción de talentos conocida como Escuela de Astorga: el nombre que puso Gerardo Diego al talentoso grupo formado por Leopoldo y Juan Panero, el gran crítico Ricardo Gullón y el talentoso cronista de la villa, Luis Alonso Luengo; y a ella añadirle el legado del músico Evaristo Fernández Blanco.
El recuerdo se desvanece
La nueva alcaldesa, Victorina Alonso, acompañada de la concejala de Cultura, Mercedes González, y la hija de esta, una niña de nueve años (tantos como el renacimiento de esta casa: no es fácil escapar de lo simbólico bajo el techo de los Panero), enseñan a EL MUNDO este inmueble restaurado.
La ocasión tiene un aire a la vez familiar y ceremonioso, ya que las tres acuden a la cita muy elegantes, escapándose, por un rato, de la fiesta en la que los jóvenes de la comarca enarbolan los enormes pendones con los colores que les identifican. Ellas son las guías idóneas para una casa donde el recuerdo del blanco y negro cinematográfico se disuelve en luz, en el brillo de maderas nuevas y colores cálidos.
La mujer e hijos de Panero.
La casa se impone a su recuerdo fílmico, aunque no del todo. Victorina Alonso pone en marcha la fuente en el jardín. "La imagen más encantadora de la casa", dice. En El desencanto se cuenta que esa imagen fue la que decidió al matrimonio Panero a vivir allí.
Pero la alcaldesa, médico de profesión, también fue la que cuidó al menor de los hijos de aquella pareja, Michi, en sus últimos años de vida. "Se nos presentó sin nada, sin ni siquiera un número de la Seguridad Social, sin un sitio adonde ir, sin casa". Murió en 2004, cuando la rehabilitación del hogar de su infancia era un sueño.
El bullicio del desfile de los de los pendones irrumpe en la casa. Entusiasmadas, la alcaldesa y la niña corren al piso de arriba, al «palomar», al torreón donde Leopoldo padre subía a inspirarse o a esconder su mal humor. Sus pasos apresurados resuenan en la vivienda vacía. Abren las puertas a la calle y entra la luz. En casa de los Panero no es fácil eludir los símbolos y ellas lo son de un país muy diferente al que habitó por última vez esas paredes. Los demonios huyen espantados.
En uno de sus artículos más brillantes —«Los réprobos» (El País, 30.01.11)— Mario Vargas Llosa puso el dedo en la llaga de la incoherencia del gobierno francés, que denuesta a Louis-Ferdinand Céline por antisemita mientras celebra que Polanski ya no tenga que comparecer ante los tribunales americanos por violación y pederastia. Vargas Llosa dejaba claro cuánto le repugnaban las ideas pro-nazis de Céline, mas sin dejar de reconocer su genialidad como novelista. Y como aquel artículo era irreprochable desde la primera hasta la última palabra, otros escritores y columnistas españoles se han apuntado con entusiasmo a la defensa de la memoria del autor de «Viaje al fin de la noche». Uno celebra el reconocimiento del talento a pesar de las discrepancias ideológicas, pero me pregunto si en las letras españolas no existirá más de un caso como el de Louis-Ferdinand Céline.
Pienso en Alvaro Cunqueiro —el único escritor español que resiste la comparación con Borges—, preterido por su pasado falangista. Pienso en Wenceslao Fernández-Flórez, maestro del humorismo y narrador extraordinario, de quien apenas se habla por culpa de su amistad con Franco. Pienso en Leopoldo Panero —amigo y discípulo de César Vallejo— ridiculizado por Neruda y por su propia familia. Pienso en Tomás Borrás —autor de «Checas de Madrid» (1940)— cuyo nombre todavía es anatema. Pienso en Enrique Jardiel Poncela, un autor desopilante que tocó todos los palos, arrumbado entre los autores menores por culpa de sus ideas. Pienso en Rafael Sánchez Mazas —autor de «La vida nueva de Pedrito de Andía» (1951)— cuyo rescate literario le costó a Javier Cercas más de un menosprecio. Pienso en Agustín de Foxá, quien gracias a la prohibición de un homenaje literario orquestada por el ayuntamiento de Sevilla, disfruta hoy de un «revival» editorial. Y pienso —por supuesto— en César González Ruano, sin duda el más parecido al peor Céline, pero que sigue siendo el mejor articulista español de todos los tiempos.
Es decir, que constato que desde España es más sencillo criticar la política cultural francesa, en lugar de predicar con el ejemplo dentro de nuestras propias fronteras. Ninguno de los autores convocados tuvo que exiliarse, pero eso no los convierte en autores menores o mediocres; de la misma forma que no todo escritor por su condición de exiliado fuera sublime, genial y memorable. De hecho, se podía ser franquista y decente, de la misma forma que los hubo exiliados y canallas. Bastaría con repasar la biografía de Miguel Hernández para constatar cómo se portaron con el poeta pastor, tanto sus correligionarios republicanos como los poetas falangistas.
A mí me alegra que una discusión surgida a propósito de la memoria de Louis-Ferdinand Céline promueva una discusión nacional, pero para no quedarnos en una mera pirueta retórica, deberíamos buscar a nuestros Célines e intentar un desagravio a la manera de «Reivindicación del Conde don Julián» (1976) de Juan Goytisolo, donde tengan cabida los genios más miserables de nuestras letras, sin distinción de ideologías.
“La poesía es un genero desvalido” decía Luís Rosales, gran poeta granadino, español, nacido el 31 de mayo de 1910, y en ese desvalimiento está pasando, con más pena que gloria, el centenario de su nacimiento. Rosales, premio Cervantes en 1982, como superviviente de los nunca premiados, de Luis Felipe Vivanco, de Leopoldo Panero, de Dionisio Ridruejo, compañeros de vericuetos literarios y de camisa azul de mangas remangadas y vista en el horizonte, aquella Generación del 36, terrible guarismo de nuestra historia… o providencial para algunos.
Aquellos tiempos de convivencias, de prólogo, antesala de la tormenta de acero y dientes apretados. En 1935, cuando por los sumideros debajo de las aceras ya corrían sangres tempranas, sangres jóvenes, José Bergamín, el poeta de Cruz y Raya, el comunista de hoz y martillo, editó la primera obra poética de Luís Rosales, Abril, en la misma colección donde también aparecerían obras fundamentales de Neruda y del palaciego Alberti.
Y en la casa de la calle Angulo, poco después, la escenificación más dura de la tragedia tribal. Hermanos, camisas azules, gestos duros, defendiendo al amigo de la locura imbecil y absurda, “la vida del hombre más importante de España dependió de la ambición política de alguien que no representaba a nadie”, no recordemos aquí su nombre, no merece la pena.
Rosales certifica la amistad de Federico y José Antonio, se lo dice a Ian Gibson en 1966, y más, que Lorca pensaba que la única solución para resolver el estado de violencia en España en aquellos momentos era una intervención militar. Federico se refugió en Granada temeroso del ambiente hostil que se vivía en Madrid, buscó el calor de los suyos, de su familia, de sus amigos los Rosales, pero la locura se desbordó y lo arrastró al abismo, al mismo que pudieron ir los que lo defendieron.
El joven Luís que barría en la tienda de pasamanería de su padre soñó con aprender qué era un poema, y en esa búsqueda empeñó su vida. Poeta para todos, aunque se sentía periodista. En 1938 está en Pamplona, allí nació la gran revista falangista Jerarquía, “la revista negra de la Falange”, en cuyos cuatro únicos números se trató de reflejar la concepción de una nueva estética, la moral de un nuevo estado. Después vendría Escorial, “nuestra gran piedra lírica” como tituló Ortega al gran monasterio, otro gran empeño falangista que dio a la luz tipográfica sesenta y cinco números de verdadero empeño por recuperar la pluralidad cultural truncada por el conflicto bélico, en ella, Luís Rosales compartió la secretaría con Antonio Marichalar, bajo la dirección de Pedro Laín, mientras Dionisio Ridruejo marchaba a Rusia a demostrar que los hombres de letras también sabían luchar con las armas por la nueva España. En ella publicaron Vicente Aleixandre, Blas de Otero, el sevillano Adriano del Valle, Dámaso Alonso y Gerardo Diego, entre otros.
En 1949 vendría La casa encendida, quizás su obra maestra, o, al menos, la que más notoriedad popular le ha dado, aunque el autor considera El contenido del corazón, la obra que le resume como escritor y como hombre. Hombre que declararía al gran periodista Joaquín Soler Serrano, fallecido, por cierto, en la más absoluta indigencia recientemente, su desencanto con la sociedad y la política desde la muerte de su íntimo amigo García Lorca.
Pero Rosales no perdió su Fe, “me gusta que Dios se haya hecho hombre”, Fe que le llevó a componer numerosos villancicos ensalzando la encarnación de la Divinidad.
También fue profunda su creencia en la Hispanidad, “en América es donde de verdad se aprecia lo que llegamos a ser los españoles”, una lengua común, una cultura común, con sus peculiaridades locales, pero sin nacionalismos excluyentes. Rosales murió precisamente en 1992, año de la conmemoración del quinientos aniversario del descubrimiento de América.
Complicada figura la de este poeta que hubiera cumplido 100 años el próximo 31 de mayo y a quien se dedica una exposición en el centro cultural que lleva el nombre de su obra maestra, La casa encendida, publicada en 1949. Viajará después la muestra a Granada y a Santiago. El título, igual que una de sus obras, claramente poética pero escrita en prosa, El contenido del corazón, editada en 1969. Al nombre Luis Rosales aún le cuesta deshacerse de sus 'males'
El documental Así he vivido yo, que completa la exposición, trata de desmentir el constante rumor acerca de su relación con la detención de Federico García Lorca (estaba refugiado en casa de los Rosales, de ideología falangista, cuando fue apresado). No son pocos los frentes que arrastra abiertos el poeta y que oscurecen su obra.
Ha habido otros escritores, hoy considerados imprescindibles, a quienes se ha perdonado o en los que no ha pesado tanto como para condenar sus letras. Pero al nombre Luis Rosales (Granada, 31 de mayo 1910, Madrid, 26 de abril de 1992) aún le cuesta deshacerse de sus 'males'. La generación tachada
Fue uno de los destacados de la generación del 36 (Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco, Dionisio Ridruejo...) y uno de nuestros imprescindibles de la posguerra, y aunque él mismo supiera que era parte de un grupo poético obligado y destinado a la supresión, conservaba esperanzas en el futuro.
"Sobre esta generación ha girado la historia española", respondía el poeta a Dragó cuando lo entrevistó con motivo de la concesión del Cervantes en 1982, "ha girado como hacen las puertas, forzando el interior y dejando el gozne en el vacío". Añadía la condena a que estaban destinadas sus letras y las de los suyos: "No hay una puerta histórica que gire sino creando un vacío y nosotros hemos sido la generación suprimida, el vacío que necesitaba la historia para seguir siendo historia". Algún día tendrá esta generación el reconocimiento, el que sea, pero lo tendrá
Sin embargo, él creía en el poder curativo del tiempo, en el hueco por el que quizá se colaría en el futuro el reconocimiento: "Algún día tendrá esta generación el reconocimiento, el que sea, pero lo tendrá. Hicimos un esfuerzo por la continuidad de la cultura". Ahí justo reside la clave de la poesía arraigada con que se ha bautizado la producción de estos poetas. Era una poesía intimista, centrada en lo cotidiano: la familia, la amistad, el hogar, la costumbre, la rutina. Versos con arraigo de quienes se quedaron en España tras la guerra y siguieron publicando.
Fue la publicación de Abril, en 1935, su comienzo oficial en la poesía. El inicio de un poeta que cantó mucho a las cosas pequeñas y cuya poesía ganó en serenidad a medida que pasaron los años. José Bergamín, su amigo, su maestro y su editor, fue quien publicó aquella primera obra de Rosales. Inauguraba con ella la colección en la que irían después poetas como Alberti o Neruda. "Esto me ayudó mucho. Fui publicado en la misma colección en la que saldrían importantes poetas", reconoció. Después vendrían, entre otros, Retablo de Navidad (1940), La casa encendida (1949), Rimas (1951), Diario de una resurrección (1979) y La carta entera (1980).
Un derrame cerebral, que no le costó la vida, interrumpió su escritura y le afectó al habla. Una de las jugarretas del destino. Cuando ya no sólo contaba con un lugar en nuestra cultura sino también en la Real Academia Española (fue nombrado en 1962), le llegaba una dura prueba. Volvió sin embargo a publicar en algunos medios. Y siguió esforzándose por recuperar la normalidad. Con los pies descalzos
De Bergamín se quedó siempre con una de sus enseñanzas iniciales. "Le dije un día: tengo mucha dificultad en expresar con palabras lo que pienso. Y Bergamín me respondió: Luis, no se escribe con ideas, se escribe con palabras".
Ya mayor reconocería Rosales la verdad de aquella respuesta. Y no sería lo único: llegó a confesar que lo más difícil de todo había sido mantener la vocación de poeta y la mayor tentación, intentar buscar la popularidad. Sobre todo porque el suyo ha sido siempre el género más difícil, más ingrato, más pobre: "La poesía es la más desvalida y menesterosa, anda siempre con los pies descalzos". He escrito miles y miles de páginas en prosa. He estado media vida... pero siempre me dirán el poeta Rosales
Acaso por ello defendía tanto su faceta como prosista: "He escrito miles y miles de páginas en prosa. He estado media vida... pero siempre me dirán el poeta Rosales".
Apasionado admirador de nuestro más ilustre escritor, le dedicó una de sus obras en prosa: Cervantes y la libertad. La razón: "Jamás ha habido en España un escritor que se haya desenfadado tanto, que haya jugado tanto, que haya trabajado una materia sin hacer, que se haya afirmado y que se haya desmentido tanto como Cervantes".
También en prosa fue la labor que le dio de comer: el periodismo. Y le gustaba tanto que se reivindicaba periodista: "Profesionalmente he sido periodista. No he hecho otra cosa. Mi profesión, periodismo, y mi deseo, periodista. He sido eso vocacional y profesionalmente". Fundó Jerarquía, trabajó en Escorial, colaboró en Isla y Vértice, y dirigió Cuadernos Hispanoamericanos.
Son sin embargo sus versos los que resisten: "El dolor es un largo viaje/ es un largo viaje que nos acerca siempre/ que nos conduce al país donde todos los hombres son iguales". Autor del año 2010
No son muchos los actos o celebraciones que con motivo de su centenario se están realizando, y tampoco encontramos ediciones de muchas de sus obras (incluidas y sobre todo las fundamentales), que en su mayoría están agotadas. Sólo la antología que hizo de Rosales el poeta Félix Grande en Porque la muerte no interrumpe nada (Sibilina). Sin embargo, Andalucía, tierra del granadino, ha querido nombrarlo Autor del Año 2010. Con esta mención especial al poeta, otorgada en años pasados a Alberti, Ayala, Lorca, Cernuda o María Zambrano, se intenta dar a su figura la altura merecida: la de los nombres más relevantes de nuestra cultura.
No pases de...
Una peli Domingo de carnaval: No fueron los años de Rosales muy buenos para nuestro cine (ni para ningún arte), pero cabe rescatar a Edgar Neville, director que en aquellos años estrenó varias películas. No todas han pasado a la modernidad en forma de DVD, pero Domingo de carnaval se ha salvado. El punto de partida: un sereno de Madrid encuentra el cadáver de una adinerada prestamista. Vértice, 11,95 € Un disco Vestido de luces: Este cantaor flamenco puso música a los versos de Luis Rosales en el homenaje al poeta que se llevó a cabo el pasado sábado en La Casa Encendida. En Vestido de luces se sirve de los textos de grandes autores españoles como Gerardo Diego, Antonio Murciano y Ángel Peralta. En palabras del poeta Félix Grande: "Paco del Pozo canta con la fuerza de su juventud y con la sabiduría de un anciano". Harmonía 9,90 € Un libro La casa encendida: Recoge, junto con El contenido del corazón, Diario de una resurrección y La carta entera, la esencia de la obra del autor, imprescindible para acercarse a su poesía. En La casa encendida repasa el poeta su propia experiencia a través de sus queridos versos libres y la combinación de lo coloquial con las metáforas más vanguardistas. Denes, 8,55 €
Tras dedicar sendos homenajes a las figuras de Agustín de Foxá y Leopoldo Panero, las Asociaciones Culturales «Ademán» y «Fernando III» han decidido dedicarle a Miguel Hernández la nueva edición de sus actos, corroborando así su vocación plural y libre de sectarismos. Y como me va a ser imposible asistir, me haría ilusión hacer algunos apuntes sobre Miguel Hernández, con la finalidad de animar a los lectores a acudir a la conferencia que tendrá lugar en la Fundación Valentín de Madariaga, mañana jueves 15 a las 20.00 horas.
A diferencia de Lorca o Alberti, Miguel Hernández ha sido un poeta más bien discreto, hasta el punto que su figura apenas ha convocado hagiógrafos, discípulos o estudiosos. Al socaire de su centenario, Eutimio Martín acaba de publicar un polémico libro —«El oficio de poeta» (Aguilar, 2010)— y por eso mismo me gustaría decir que la biografía de José Luis Ferris —«Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte de un poeta» (Temas de Hoy, 2002)— me sigue pareciendo el estudio más neutral y riguroso acerca del poeta de Orihuela.
Por otro lado, sus compañeros de generación —con excepción de Aleixandre— mantuvieron cierta distancia hacia Hernández y su obra, aunque por razones más bien diversas. Cernuda, por ejemplo, escribió: «De todos modos había en Hernández, y hasta en exceso, todos los dones primarios que indican al poeta; le faltaban los que constituyen el artista, y no creemos que, de haber vivido, los hubiese adquirido. Porque era un tipo de poeta que suele darse en España: fogoso y de retórica pronta, en el cual, en el entusiasmo inspirado que lo posee, concierta de instinto ambas cualidades, fogosidad y retórica, hallando así el camino franco hacia su auditorio, tan entusiasta como él» («Estudios sobre poesía española contemporánea», 1957, p. 228). Sin embargo, las razones de Alberti y María Teresa León fueron —más bien— personales e ideológicas.
En efecto, a Miguel Hernández le indignaban el lujo y la frivolidad que Alberti y su mujer derrochaban en el Madrid republicano, celebrando fiestas de disfraces y zampándose los alimentos que escaseaban. Una de esas lujosas noches Miguel Hernández soltó la frase explosiva que le mereció la enemistad de Alberti y la bofetada de María Teresa León —«Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta»—, admitida por ella misma en su «Memoria de la melancolía» (1979, p. 335). Aquel episodio fue la verdadera razón del desamparo de Miguel Hernández en Madrid, abandonado por sus «amigos» Neruda y Alberti.
Así, la reciente edición de las memorias inéditas del diplomático chileno Carlos Morla Lynch —«España sufre. Diarios de guerra en el Madrid republicano»— demuestra que Morla sí le ofreció asilo al poeta y que ni Alberti ni Neruda lo incluyeron en la lista de los compañeros que merecían protección diplomática. Y si la conducta de Alberti —que ya se había negado a llevarlo hasta Alicante cuando huyó con María Teresa León— ya fue deplorable, la de Neruda fue simplemente abyecta, pues en sus memorias «Confieso que he vivido» se despachó así: «Miguel Hernández buscó refugio en la embajada de Chile... El embajador en ese entonces, Carlos Morla Lynch, le negó el asilo al gran poeta, aun cuando se decía su amigo» (p. 175).
El poeta Miguel Hernández, recibió más ayuda de poetas falangistas como Eduardo Llosent y José María de Cossío, que de los exquisitos poetas republicanos, quienes siempre lo menospreciaron por ser como la cebolla: cerrado y pobre.
DESEO EMPEZAR ADMITIENDO que me ha sido del todo imposible –a mí, que no soy poeta- escribir sobre la poesía de Leopoldo Panero, renunciando a narrar la malhadada historia de un hombre que a punto estuvo de morir fusilado por rojo y que años más tarde acabó como «poeta del franquismo», que durante la república fue amigo entrañable de César Vallejo y durante la dictadura bestia negra de Pablo Neruda, que se pasó la vida escribiendo poemas de amor a su familia y que una vez muerto fue minuciosamente denigrado por su mujer y sus tres hijos en películas, documentales, memorias y poemas, sin contar entrevistas.
En realidad, vista la película «El desencanto» (1976) de Elías Querejeta y Jaime Chávarri; repasado Espejo de sombras (1977) de Felicidad Blanc, las memorias de la viuda de Leopoldo Panero; y leído «El convidado de piedra» -poema que su hijo Juan Luis le dedicó en estos términos: A veces, regresas en una pesadilla, / tan absurda como fue nuestra historia, / y al despertar no dejas sino / rencor y descontento, miedo / petrificado en la memoria. / Ni aún ahora, tantos años después, / es posible el pacto entre nosotros, / ni aún ahora, la piedad y el olvido- parece imposible desagraviar a Leopoldo Panero por otra cosa que no sea su poesía.
Sin embargo, la vida de Leopoldo Panero hasta 1936 había trazado un itinerario que hoy juzgaríamos «políticamente correcto» y hasta podría haber entrado en el santoral republicano si hubiera muerto fusilado –como García Lorca- junto a su cuñado Ángel Jiménez. En efecto, según Ricardo Gullón en La juventud de Leopoldo Panero (1985), el joven poeta se entusiasmó por el marxismo durante sus años universitarios de Madrid y leía con devoción a Miguel de Unamuno, Antonio Machado y Jorge Guillén. En abril de 1931 invitó a César Vallejo a pasar una semana en su casa de Astorga –la precisión es de Georgette Vallejo-, donde el poeta peruano terminó de escribir Rusia en 1931. Reflexiones al pie del Kremlin (1931) y que Panero reseñó en «El Sol». Entre 1932 y 1934 vivió en Cambridge, donde colaboró con el «Socorro Rojo», y en 1935 fue uno de los firmantes del auto-homenaje que Neruda se organizó en Madrid, colaborando más tarde en Cruz y Raya, Caballo Verde para la poesía y otras revistas de vanguardia. En abril de aquel mismo año, Luis Cernuda, María Zambrano y Leopoldo Panero integraron un equipo de las Misiones Pedagógicas de la República que recorrió Lagartera y Alcolea del Tajo, aunque el Album conmemorativo de Cernuda omita el nombre de Panero o lo suplanten bajo el nombre del marido de María Zambrano en las fotografías, tal como ha advertido Federico Utrera en Después de tantos desencantos. Vida y obra de los Panero (2008). Finalmente, en 1936 Leopoldo Panero acompañó a Unamuno a su investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Cambridge, y nada más regresar estalló la guerra y fue apresado en Astorga junto con Ángel Jiménez, novio de su hermana Asunción, quien murió fusilado a los diez días de la detención.
Es conocida la intercesión a su favor de Carmen Polo, esposa de Franco y tía segunda del poeta, quien logró liberarlo tras las súplicas de su madre. A continuación sucedieron su enrolamiento en el ejército nacional, la muerte de su hermano Juan, las sospechas permanentes en Astorga y la aproximación al núcleo duro de los poetas de Falange, donde su amigo Luis Rosales lo acogió en la fundación de la revista Escorial y luego en la tertulia madrileña «Musa Musae», con Dionisio Ridruejo, Gerardo Diego, Rafael Sánchez Mazas, Luis Felipe Vivanco, Eduardo Llosent y Manuel Machado, como maestro de todos. Por supuesto que Leopoldo Panero pudo renegar de su tía Carmen y morir como los héroes republicanos de las películas contemporáneas, pero el ser humano es contradictorio y la muerte un cáliz que no todo el mundo está dispuesto a beber. ¿Qué habría ocurrido con Federico si no hubiera sido fusilado? ¿No lo habría llevado también Luis Rosales –de cuya casa granadina lo sacaron de madrugada para asesinarlo- a la revista Escorial y a la tertulia con Manuel Machado? ¿Acaso no habría seguido escribiendo como Dámaso Alonso, Gerardo Diego y Vicente Aleixandre? No obstante, sólo a Leopoldo Panero se le recuerda como el poeta oficial del franquismo.
En su apócrifo discurso de ingreso a la Academia Española, supuestamente leído el 12 de diciembre de 1956 y contestado por Juan Chabás, Max Aub imaginó cómo habría sido la docta casa si nunca se hubiera producido la guerra civil. El presidente de la República es Fernando de los Ríos y Max Aub se dispone a ocupar el sillón del finado Valle-Inclán, ante los académicos Miguel Hernández, Rafael Alberti, Pedro Salinas, Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Américo Castro, Blas de Otero, Corpus Barga, José Moreno Villa, Manuel Altolaguirre y –por supuesto- Federico García Lorca, entre otros; departiendo cariñosamente con los académicos Giménez Caballero, Gerardo Diego, Dionisio Ridruejo, José María Pemán, Eugenio Montes, José María de Cossío, Pedro Sainz Rodríguez, Salvador de Madariaga, Emilio García Gómez y Luis Felipe Vivanco, entre otros; porque nunca hubo una guerra y todos los nombrados siguieron siendo amigos y colegas respetables. Con todo, en aquel discurso contemporizador -«El teatro español sacado a luz de las tinieblas de nuestro tiempo»- donde Aub incluso citó a Jardiel, Sassone, Luca de Tena, González Ruano y Sánchez Mazas, no aparece por ningún sitio Leopoldo Panero, quien hacia 1956 ya había publicado toda su obra conocida -Escrito a cada instante (1949) y Canto personal (1953)-, convirtiéndose en una suerte de apestado intelectual por su enfrentamiento con Pablo Neruda.
No viene al caso reconstruir ahora la polémica con el chileno, ni hacer hincapié en la cantidad de estudios y testimonios que con el tiempo han demostrado con qué ventajismo manipuló Neruda las muertes de Federico y Miguel Hernández. Lo que interesa es decir alto y claro que Panero se equivocó, que Canto personal fue un error y que los versos lapidarios con los que Neruda respondió infligieron un daño irreparable sobre Leopoldo en particular y los Panero en general: Miguel Hernández muerto en sus prisiones / y el pobre Federico asesinado / por los medioevales malhechores, / por la caterva infiel de los Panero. Bastaría con precisar que Juan Luis y Leopoldo María siempre han presumido de tener la influencia de Neruda en sus primeros versos, para comprender el efecto devastador de aquella denigración.
Sin embargo, me gustaría convocar el testimonio de un poeta exiliado, contemporáneo de Leopoldo Panero, para demostrar que no todos hicieron leña del árbol caído y que se le respetaba como poeta, a pesar de las diferencias políticas. Me refiero a Luis Cernuda, viejo compañero de las Misiones Pedagógicas en 1935 y en 1949 amigo y vecino en Londres. Aunque James Valender dejó caer en la biografía que la Residencia de Estudiantes publicó por su centenario, que Cernuda apenas trató a Panero en Cambridge por ser falangista, las propias fotografías y cartas facsimilares del Album (2002) desmienten esas insinuaciones, por no hablar de las continuas evocaciones de Cernuda en Espejo de sombras de Felicidad Blanc. Pues bien, a fines de la década del 50 Cernuda publicó Estudios sobre poesía española contemporánea (1957), donde desde el preámbulo advirtió: “Que no le ha sido fácil al autor prescindir de un escrúpulo arraigado: abstenerse de opinar, por escrito y en público, acerca de la obra de un escritor contemporáneo, cuando éste sea conocido suyo y no resulte favorable lo que sobre él deba decir. Pero puesto en el trance, ha tratado en lo posible de compaginar la veracidad de su parecer con la consideración de la susceptibilidad ajena”. Invocando estos principios Cernuda suprimió del manuscrito los capítulos correspondientes a Jorge Guillén, Gerardo Diego, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre y Manuel Altolaguirre, aunque las alusiones a estos poetas aparezcan en los textos dedicados a Lorca, Salinas y Miguel Hernández. En cualquier caso, en el último capítulo –titulado «Continuidad hasta el presente»- Cernuda afirma que al estallar la guerra civil española convivían tres generaciones poéticas: la del 98, la del 25 y una tercera “compuesta por Miguel Hernández, Luis Rosales, Leopoldo Panero, José Antonio Muñoz Rojas, Germán Bleiberg, Luis Felipe de Vivanco y algún otro”.
Dispuesto a definir las características y diferencias de la tercera generación con respecto a la suya propia, Cernuda sentencia: “El escepticismo de los del 25, que en algunos llega a veces hasta la blasfemia, contrasta en cambio con la religiosidad de la generación siguiente. Esa y otras causas fueron probablemente las que permitieron a estos poetas apreciar la admirable poesía de Unamuno, hasta ellos no bien apreciada; Unamuno y también Machado han sido sus inspiradores. La labor de la generación queda en cierto modo vinculada a la revista Escorial, la más importante de las publicaciones después de la guerra civil”. Cernuda fue severo con su generación, puso en duda el esplendor literario de la República y se negó a entronizar a cualquier poeta por encima de los demás, argumentando que “el valor de un poeta no parece fácilmente ni prontamente apreciado por sus contemporáneos”. Con todo, el autor de La realidad y el deseo arriesgó una última enumeración: “Alguna parte de esta poesía joven halla su ascendencia en Aleixandre; otra parte mayor la halla en Machado, poeta al que, durante la etapa antes indicada, se postergó injustamente a favor de Jiménez. No son raras las composiciones con temas religiosos, así como tampoco las inspiradas en temas familiares; lo cual tal vez indicase continuidad, al menos en algunos de estos poetas nuevos, de la corriente que representan Rosales, Muñoz Rojas, Vivanco y Panero”.
La última cita de Luis Cernuda nos pone en suerte los comentarios sobre la poesía de Leopoldo Panero, para lo cual me apoyaré en el maravilloso prólogo que Andrés Trapiello redactó para la edición de Por donde van las águilas (1994), una antología lúcida, exquisita y valiente, donde Andrés se preguntó perplejo “¿Qué tierra es esta nuestra donde un poeta excepcional como Leopoldo Panero ha desaparecido de la memoria no ya de las gentes, sino de los propios poetas?”.
No encuentro mejores reflexiones acerca de la poesía de Leopoldo Panero, que las expresadas por Trapiello en «Una reconstrucción», su memorable prólogo a Por donde van las águilas. Ni en los estudios de Eileen Connolly o César Aller, ni en las evocaciones de Ricardo Gullón o Gerardo Diego, ni en los apuntes de Luis Rosales o Dámaso Alonso. Ni siquiera en el brillante prólogo que José Cereijo ha preparado para Memoria del corazón (2009), única antología de la poesía de Leopoldo Panero que es posible adquirir en librerías y que para este año de su centenario ha editado Renacimiento.
Andrés Trapiello advierte rotundo: “Hay poetas que lo son por el total de su obra. Tal sería el caso de Juan Ramón o de Cernuda. A otros en cambio podríamos verles enteramente en uno solo de sus libros, en las Soledades a Machado, en los Cantos de vida y esperanza a Darío o en este Escrito a cada instante a Panero”. Y sobre la poesía misma continúa así: “Panero habla siempre de tres cosas. Habla del paisaje que conoce. Habla de su familia, su mujer, sus hijos, su hermana, el abuelo Quirino... Y habla de Dios. En realidad sólo habla de la tierra que pisa y de los hombres que la habitan. En sus poemas Dios está un poco en todas partes. Pero como la misma soledad, Dios no puede ser argumento de un poema, sino la condición previa para que éste exista, es Él el creador de ese silencio necesario para que la palabra poética se deje oír. Incluso podría decirse que Panero habla en realidad de una sola cosa: del amor. El amor a su tierra, el amor a la familia, el amor a Dios”. Los invito a corroborar estas aseveraciones leyendo «El peso del mundo» y «Montaña con tiempo», dedicados a su tierra; «A mis hermanas» e «Hijo mío», dedicados a su familia; «Cántico» y «En tu sonrisa», dedicados a su mujer, y «Escrito a cada instante» o «En las manos de Dios», dedicados al creador del silencio que consiente el poema.
Hasta aquí me he limitado a glosar y ordenar lo que otros autores con más y mejores conocimientos han escrito sobre Leopoldo Panero. Sin embargo, como me haría ilusión añadir algo personal, me atrevo a sugerir que muchos poemas donde Leopoldo Panero habla de Dios, parecen beber de la dimensión religiosa que rezumaba la primera poesía de su maestro, el poeta peruano César Vallejo.
En efecto, Dios es omnipresente en la poesía de Vallejo, donde encontramos «las caídas hondas de los cristos del alma», «golpes como del odio de Dios», «viernesantos» más dulces que un beso y poemas como «Siento a Dios que camina tan en mí». En la poesía de Vallejo, Dios es la experiencia del dolor y del amor, la conciencia de la soledad y el sufrimiento, como en «En el templo vacío» de Panero: Lo mejor de mi vida es el dolor. Tú hiciste / de la nada el silencio y el camino del beso, / y la espuma en el agua para la tierra triste, / y en el aire la nieve donde duerme Tu peso. // ¡Señor, Señor! Yo he hecho mi voluntad. Yo he hecho / una ley de mi orgullo, pero ya estoy vencido. / Como una madre humilde que me acuna en su pecho / mi espíritu se acuesta sobre el dolor vivido. // Sobre la carne triste, ¡sobre la silenciosa / ignorancia del alma como un templo vacío! / ¡Sobre el ave cansada del corazón que posa / su vuelo entre mis manos para cantar, Dios mío! // Soy el huésped del tiempo, soy, Señor, caminante / que se borra en el bosque y en la sombra tropieza, / tapado por la nieve lenta de cada instante, / mientras busco el camino que no acaba ni empieza. // Soy el hombre desnudo. Soy el que nada tiene. / Soy siempre el arrojado del propio paraíso. / Soy el que tiene frío de sí mismo. El que viene / cargado con el peso de todo lo que quiso. // Lo mejor de mi vida es el dolor. ¡Oh lumbre / seca de la materia! ¡Oh racimo estrujado! / haz de mi pecho un lago de clara mansedumbre. / ¡Señor, Señor! Desata mi cuerpo maniatado.
César Vallejo se duele con Dios y hasta lo compadece, porque la compasión –como la condolencia- no es otra cosa que sentir el mismo dolor y padecer juntos. Así Vallejo dice en el poema «Dios»: Yo te consagro, Dios, porque amas tanto; / porque jamás sonríes; porque siempre / debe dolerte mucho el corazón; se lamenta de haber amado en «Agape»: ¡Perdóname, Señor! Qué poco he muerto;e incluso reivindica su humanidad doliente y mortal como en «Los dados eternos»: Dios mío, estoy llorando el ser que vivo; / me pesa haber tomádote tu pan; / pero este pobre barro pensativo / no es costra fermentada en tu costado: / tú no tienes Marías que se van! // Dios mío, si tú hubieras sido hombre / hoy supieras ser Dios; / pero tú, que estuviste siempre bien, / no sientes nada de tu creación. Panero también dialoga con Dios, pero en sus versos continúa dialogando con Vallejo, como en «Noche de San Silvestre»: ¡El más pequeño / minuto del vivir en Dios empieza! / Si tornas, caminante, la cabeza, / lejos verás tu corazón sin dueño. // Descalza por la nieve va la vida, / noche de San Silvestre, noche pura / por donde viene el tiempo a nuestro encuentro. // Del último minuto desasida / la gota se derrama, pero dura / el latido de Dios que queda dentro; o en la última estrofa de «Casi roto de Ti»: Como rota, Señor, mi sangre suena / en soledad de Ti, de Ti en costumbre: / llenos de Ti mis huesos, pero humanos.
No creo que resulte descabellado sugerir que la poesía de Vallejo perfumaba el poemario Escrito a cada instante, porque uno de los más bellos poemas del libro se titula precisamente «César Vallejo»: ¿De dónde, por qué camino había venido, / soplo de ceniza caliente, / indio manso hecho de raíces eternas, / desafiando su soledad, hambriento de alma, / insomne de alma hacia la inocencia imposible, / terrible y virgen como una cruz en la penumbra...?. Sé que estas intuiciones no las puedo demostrar como se demuestran los teoremas, pero creo que toda la vida de Leopoldo Panero y la dimensión religiosa de su poesía, podrían cifrarse en un desolador poema de César Vallejo titulado «Espergesia»:
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Hermano, escucha, escucha...
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Todos saben que vivo,
que mastico... y no saben
por qué en mi verso chirrían,
oscuro sinsabor de féretro,
luyidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto.
Todos saben... Y no saben
que la Luz es tísica,
y la Sombra gorda...
Y no saben que el misterio sintetiza...
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,
grave.
¿Con qué palabra podríamos definir la vida de este poeta desleído y olvidado, proscrito de todos los índices onomásticos, repudiado por su viuda y maldecido por sus hijos? El poema de César Vallejo es la espergesia de Leopoldo Panero, porque leyendo a Vallejo acaso Panero descubrió arrasado, que él también nació un día que Dios estuvo enfermo.
Para que el horror sea perfecto, uno de los últimos poemas que Panero dejó inédito en sus cuadernos se titulaba «Epitafio», y su lectura podría ser de una obscena crueldad:
Ha muerto
acribillado por los besos de sus hijos,
absuelto por los ojos más dulcemente azules
y con el corazón más tranquilo que otros días,
el poeta Leopoldo Panero,
que nació en la ciudad de Astorga
y maduró su vida bajo el silencio de una encina.
Que amó mucho,
bebió mucho y ahora,
vendados sus ojos,
espera la resurrección de la carne
aquí, bajo esta piedra.
El poeta Leopoldo Panero jamás habría imaginado que al otro lado de la piedra, en el año de su centenario, sólo estaríamos nosotros.