JUAN ÁNGEL JURISTO | 28 de abril de 2012
|
|
 |
| En
la presentación de la recopilación de artículos y cuentos de Alvaro
Cunqueiro, 'De Santos y Milagros', se dieron cita (de izda. a dcha.) el
poeta Pere Gimferrer, el profesor Xosé Antonio López Silva (autor del
hallazgo de los inéditos), el presidente de la Xunta, Núñez Feijóo; el
escritor y exministro de Cultura, César Antonio Molina, y Borja Baselga,
presidente de la Fundación Banco de Santander. / Efe |
Comenzaré por una confesión: considero, consideré siempre, a
Álvaro Cunqueiro
como uno de los escritores españoles más importantes del siglo XX. Esa
calificación me ha llevado, con los años, a valorar de una manera más
discreta y comprensiva las razones que me llevaron, desde mi juventud, a
la fascinación por su obra y figura. Resulta que somos hijos espurios
de nuestros prejuicios y nuestra astucia, y desde luego, ¿cómo no gustar
de una literatura que se mostraba en el lado opuesto de lo que mi
generación rechazó con pasión; el realismo chato y decimonónico que se
llevaba antes de la explosión del
boom latinoamericano,
complementado por el socialrrealismo más plano aún si cabe de la
oposición franquista? De ahí que gentes como Cunqueiro o
Joan Perucho, o
Juan Eduardo Cirlot, o
Pere Calders, o
Josep Plá, de tan distinto pelaje
y condición, algunos de ellos encantadores gentes de derechas, cuando no abiertamente reaccionarios,
poseyeran
una cualidad común, la de estar representando una excelencia en lo
literario que chocaba frontalmente con el ambiente opresivo que se
respiraba en los cenáculos literarios, ignorantes de lo mejor que se
estaba realizando en Europa y los Estados Unidos. Fueron nuestro
respiradero y, ya digo, Álvaro Cunqueiro estaba entre ellos, en lugar
destacado, claro. Por si fuera poco, y como parte intrínseca de su
personalidad, como si fuera un personaje de sus narraciones, artículos o
novelas, la leyenda que le acompañó de los avatares de su vida, de cómo
se apropió del coche de
Ramón Serrano Súñer pocas horas antes de que éste lo necesitara debido a la presencia de un alto jerarca nazi en Madrid, o la invención del Premio
Mark Twain
que se sacó del magín para sablear un traje, acrecentada por mil
anécdotas menos fabulosas y comprobadas por los biógrafos, como la
retirada de su condición de periodista que sufrió por haber querido
estafar a la Embajada de Francia cobrando unos encargos que nunca llegó a
realizar. Todo esto le hizo un personaje único en su momento. Lo que no
sabíamos entonces es que lo sería también en un futuro, una vez salido
del purgatorio en que una generación posterior lo metió debido a su
militancia falangista.
Cubierta de la obra de Álvaro Cunqueiro.
La Fundación Banco Santander acaba de editar un libro delicioso de Álvaro Cunqueiro. Se le ha puesto el atinado título de
De Santos y Milagros y
consta de 138 artículos y 7 cuentos inéditos en torno a gentes que
fueron proclives a la santidad y a la vida milagrosa. Hay títulos que lo
dicen todo. Los artículos provienen de diarios y publicaciones como
Faro de Vigo,
La Vanguardia,
ABC,
La Voz de España,
Aire Azul,
Misión y
Catolicismo.
De esta última publicación son los siete cuentos inéditos, que se les
habían escapado hasta ahora a los especialistas y que se han revelado de
una importancia capital para entender la posterior evolución en la obra
de Cunqueiro, cuando dio entidad a gentes como
Fanto Fantini, siete cuentos que fueron escritos
después de 1944, una vez le
retiraron el carnet de prensa y que publicó bajo el
pseudónimo de
Álvaro Labrada,
siete cuentos de una imaginación espectacular, comparables a los que
escribió posteriormente, donde se mezclan los ambientes exóticos,
totalmente inventados y que tan bien se le daban, unos ambientes que
tanto daban si eran hindúes o chinos pues incidían en algo del que él
fue un maestro: revivir el imaginario colectivo de un pueblo. En esto
actuó como
Merlín, o
Simbad, o
Ulises,
tres personajes de la Antigüedad real o inventada, que fueron maestros
de la fábula y la imaginación exaltada. Siete cuentos, en fin,
descubiertos por el profesor y filólogo
Xosé Antonio López Silva,
que es el encargado, además, de la edición de este libro y autor de un
estudio preliminar bastante clarificador. Por su parte,
César Antonio Molina,
que conoció a Cunqueiro y lo ha estudiado y editado con cierta
profundidad, es el responsable del prólogo, donde se contextualiza estos
escritos dentro del panorama general de la obra de Cunqueiro. De esta
manera, lo que en principio podría tomarse como una publicación
hagiográfica de santos, santas, sobre todo santas, y sus milagros, se
inscribe dentro de una galería de retratos de raigambre mágica,
mistérica, vale decir, de la familia de Merlín, una manera de burlar,
esta vez de forma elegante, la férrea ortodoxia de la Iglesia. Y en esto
de burlar ortodoxias Cunqueiro siempre fue un mago. Aquí se da cumplida
muestra de ello.
Pere Gimferrer, que presentó el libro en la Biblioteca Nacional, con asistencia del Presidente de la Xunta,
Alberto Nuñez Feijoo,
incidió en la condición profundamente solitaria de este escritor, “que
no tuvo antecedentes ni consecuentes” e hizo un juego de palabras muy
bello que explica, además, la particular fascinación que despierta el
personaje: “Cunqueiro no hizo realismo mágico sino magia de las
palabras”. Y hasta tal punto es así, fue así, que leyendo estas páginas
de santos uno comienza a sentir la invasión de cierta calidez de claro
origen gozoso. La verdad es que la vida de los santos, cuando está bien
escrita, pertenece a la galería de retratos literarios de clara
excelencia. La prueba está en las hagiografías del padre
Rivadeneyra, que en nuestra tradición
representa
lo más acendrado de la misma. Pocas veces he leído retratos literarios
tan mórbidos como los que nos presenta Rivedeneyra, algunos que para sí
hubiera querido el
Marqués de Sade, y la verdad es que
los escritos por Cunqueiro son más finos, están rellenos de una madeja
más imaginativa que los del jesuita, también más amable. Al fin y al
cabo el escritor gallego siempre pensó que los santos eran magos,
condición inexcusable de la inteligencia de la imaginación, y de ahí que
lo mórbido tuviera su lugar justo, pero no más, y desde luego no lo más
importante. Molina recalca la identidad de Cunqueiro con la del poeta
irlandés y Premio Nobel
Edward Butler Yeats y la
recalca en lo que tiene de identificación con el inconsciente popular.
En cierto sentido es verdad y estás páginas pertenecen tanto al
imaginario católico, como a la invención del propio autor, pero también a
la de su pueblo gallego. Esto habría que recalcarlo al querer dar
cuenta de este libro. A mí, de todas maneras, me interesa destacar algo
que creo tiene mucha mayor importancia: la de la calidad literaria de
estos artículos, tan intensa como la de sus novelas o sus crónicas.
Cunqueiro fue de los pocos que dignificaron el oficio elevándolo a la
categoría de literatura fantástica: una de las pruebas es este libro.
Aunque hable de santos y milagros, o quizá por ello.