Mostrando entradas con la etiqueta Edgar Neville. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Edgar Neville. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de abril de 2014

"Aún hay prejuicios con Edgar Neville"



Entrevista Pepe Viyuela

Pepe Viyuela: "Aún hay prejuicios con Edgar Neville"

  • Entrevista con el actor, que pone a punto en el Teatro Fernán Gómez de Madrid una de las comedias más libérrimas del versátil autor de la 'otra' Generación del 27



Su Chema de Aída ha dado a Pepe Viyuela (Logroño, 1963) el Ondas a Mejor Actor y una gran popularidad. Sin embargo, a pesar de los ocho años que lleva inmerso en la serie, el actor nunca ha dejado por mucho tiempo los escenarios. Tras sus éxitos con El pisito, de Azcona, o Los habitantes de la casa deshabitada, de Jardiel Poncela, vuelve a otro humorista de la otra Generación del 27, Edgar Neville, y rescata en el Teatro Fernán Gómez de Madrid su comedia más exitosa: El baile.

¿Ya era hora de reponer a Neville?
La verdad es que Neville era un desconocido para mí hasta El baile. Y cada vez le admiro más como intelectual y como personaje, porque tuvo una trayectoria vital increíble: aristócrata, discípulo de Gómez de la Serna, amigo de Lorca, trabajó en Hollywood, dirigió filmes geniales aquí...
De su repertorio, ¿por qué se decidió por El baile?
Sencillamente, la leí y me encantó. Además, era abordable desde el punto de vista de producción. Lo que sí quisimos hacer es traerla a nuestros días y retocamos un poco el tercer acto, que creíamos que había quedado algo flojo. Curiosamente, hablamos con la viuda de Mingote, que fue secretaria de Neville, y ella estaba de acuerdo en que fallaba eso. Así que nos quedamos muy contentos.

Aún así, es muy moderno lo que planteaba en plena censura: dos amigos comparten una mujer durante toda su vida...
Sí, de un modo quizás algo ingenuo plantea la convivencia de dos hombres con una mujer, algo impensable para la época. Ambos tienen como pasión la entomología, y yo creo que esto es como un experimento. Como si ellos fueran bichos. Plantean, ¿es este ménage à trois posible en nuestra sociedad? Hablan de un amor generoso, en el que no hay exclusividad. Se dicen: "Si yo la amo, ¿por qué tú no?". Vamos a ser amigos a pesar de que tú seas un pelmazo para mí. En el fondo, es algo muy profundo, porque al final prevalece el amor y la amistad en el tiempo. Ese compartir los hace mejores. Es normal que la obra fuera un gran éxito. Estuvo en cartel siete años y se estrenó en Londres y Rusia. Es el mayor éxito de Neville.

Resulta extraño que Neville haya caído en el olvido, igual que otros humoristas de éxito de su época como López Rubio. Decía Cercas que ganaron la guerra, pero perdieron la Historia de la Literatura. ¿Está de acuerdo?
Absolutamente. De hecho, lo corroboro. Llevo tres años moviendo esta función de Neville y aún hay prejuicios con él. Me dicen: "Siendo de izquierdas, ¿cómo montas a Neville?". ¡Pues por eso mismo! No voy de abanderado de la reconciliación ni nada así, pero creo que ahí está una clave. Más allá de ser de izquierdas o derechas, está la estupidez. Me parece un error que los chicos jóvenes no conozcan a este hombre, que por otro lado tuvo una vida muy libre. Le tocó un bando y ya está.

martes, 16 de abril de 2013

Agustín de Foxá, el conde maldito


  • Agustín  de Foxá, el conde malditoJOSE JAVIER ESPARZA
    Se pondrán como quieran los mandarines de la dictadura ideológica que padecemos, pero el hecho objetivo es que Foxá es uno de los grandes. Puede discutirse que como novelista o como poeta, por ejemplo, su obra no alcanzó la dimensión que él hubiese deseado (en parte por circunstancias ajenas y en parte por pereza propia).Sea como fuere, es indiscutible que en un género literario básico del siglo XX, como es el columnismo de periódico, Foxá ha sido uno de los grandes clásicos de nuestra literatura, como González Ruano. Y así lo proclamó, por ejemplo, otro maestro del género: Francisco Umbral. Pero vamos a ver quién era Foxá: qué hizo y por qué tiene que estar, de manera inexcusable, en cualquier biblioteca disiden El “Cara al sol”
    Agustín de Foxá es un hijo directo de la edad de plata de la literatura española. No andaremos descaminados si en su árbol genealógico subrayamos los nombres de Valle-Inclán y Ramón Gómez de la Serna. Eso en lo que concierne a su genealogía literaria, porque la otra, la biológica, también merece mención: Agustín de Foxá y Torroba, tercer conde de Foxá y cuarto marqués de Armendáriz, hijo de la nobleza madrileña (en la capital nació en 1903), educado en el Colegio del Pilar, encaminado a la carrera diplomática… Foxá era lo que entonces se llamaba “un señorito”. Un señorito, eso sí, dotado de una agudísima sensibilidad poética y una curiosidad estética sin límites. Y también, por cierto, de un hondo desdén hacia las necedades de la oligarquía.
    Foxá debutó muy pronto: aparte de los versos escolares en la revista del colegio, antes de los treinta años ya tenía un nombre como articulista en La Gaceta Literaria, que era el laboratorio de las vanguardias españolas en los años 20, en Héroe y en Mundial, entre otras revistas. En 1930 se estrena como articulista en ABC, medio para el que seguiría publicando durante toda su vida. Amigo del gran Edgar Neville, el joven conde traba también relación con Ramón Gómez de la Serna y María Zambrano. En ese momento, ya diplomático, es destinado a Sofía y a Bucarest. En 1933 aparece su primer libro de poemas, La niña del caracol, editado y prologado por otro gran nombre literario del momento: Manuel Altolaguirre.
    Nuestro autor, que ante todo es un literato, no carece de inquietudes políticas: nadie en la España de los años treinta carecía de ellas. De familia monárquica y convicciones conservadoras, su mundo afectivo está en los antípodas de la República proclamada en 1931. Sin embargo, no es un tradicionalista: por una parte, le atrae demasiado el mundo de las vanguardias y, por otra, ha aprendido a mirar con ojos muy críticos el mundo viejo, que estaba muriendo por sus propios méritos.
    Con esas hechuras, era inevitable que terminara acercándose a un movimiento que otro hijo de buena familia, José Antonio Primo de Rivera, está empezando a levantar con una combinación de conceptos políticos tradicionales y formas sociales renovadoras: Falange Española. Como Foxá, otros muchos escritores entran en la órbita joseantoniana: Rafael Sánchez Mazas, Dionisio Ridruejo, José María Alfaro, Jacinto Miquelarena, Pedro Mourlane Michelena… Con algunos de ellos escribió Foxá la letra del “Cara al sol”.
    Sus episodios nacionales
    Agustín de Foxá apenas participó en las convulsiones políticas de la preguerra: sus ocupaciones diplomáticas le mantenían alejado de ellas. La guerra le sorprende precisamente en el momento en que acaba de ser destinado al consulado español en Bombay. Finalmente no marcha a Bombay, sino a Bucarest. Allí se encuentra en una situación difícil: funcionario al servicio de un Gobierno que no ignora sus inclinaciones políticas, y en un clima de guerra civil. Finalmente logra abandonar Bucarest, vuelve a España y entra en la zona sublevada, poniéndose al servicio del gobierno de Franco. Pocos meses antes había publicado su segundo libro de poemas: El toro, la muerte y el agua, con prólogo de Manuel Machado.
    Es en ese ambiente de guerra civil cuando Foxá publica la novela que más fama le daría (y que la izquierda española no le ha perdonado aún): Madrid, de corte a checa, uno de los grandes libros sobre la guerra de 1936. Escrito, evidentemente, desde el lado de los sublevados, Foxá retrata aquí la irresponsable frivolidad de los monárquicos de 1931, las turbulencias de los años republicanos y la persecución roja en el Madrid del Frente Popular.
    La obra abunda en retratos de personajes de la época, pero es, sobre todo, una mirada tan estetizante como desolada al desgarro general de un país. Madrid, de corte a checa tenía que haber sido la primera de una serie de novelas, al estilo de los Episodios nacionales de Galdós. Foxá escribió otras dos: Misión en Bucarest y Salamanca, cuartel general. Sólo apareció, sin embargo, la primera de ellas, y eso después de la muerte del autor. La tercera, la salmantina, nunca se encontró.
    Es interesante, porque Foxá, siendo un hombre que tomó partido decididamente por uno de los bandos de la guerra civil, no tomó nunca una actitud de aniquilación frente al enemigo. Hay unos versos suyos que son una oda al dolor de un país desgarrado. Dicen así: “Una línea de tierra nos separa./ Pero estamos tan lejos…/ Para llegar hasta vosotros, trenes,/ rutas extrañas, playas extranjeras/ y, sin embargo, hermanos enemigos,/ ¡qué cerca nuestra sangre!, que aclararon/ las mismas frutas, que encendieron, roja,/ primaveras y labios parecidos”.
    Foxá escribió otras muchas cosas: más poesía, como los libros El almendro y la espada, Poemas a Italia y El gallo y la muerte, y también teatro en prosa y en verso: Cui-Ping-Sing, El beso a la bella durmiente, Baile en capitanía, Gente que pasa… Colaboró de manera muy directa en las publicaciones culturales del régimen del 18 de julio, como Vértice y Jerarquía, y dirigió la publicación bilingüe hispano-italiana Legiones y Falanges. Sin embargo, se hace difícil calificarle como un escritor del franquismo. ¿Antifranquista, entonces? Desde luego que no. Como les ocurría a otros muchos escritores falangistas de su generación, Foxá se sentía atrapado entre sus deseos y la realidad: la mayoría de ellos veía el régimen de Franco como un enojoso aparato demasiado conservador para su gusto; pero, al mismo tiempo, todos sabían perfectamente que en aquella España de posguerra no había otra opción.
    Instalado en esa incomodidad, Foxá va a ir quemando su vida en distintos destinos diplomáticos durante la segunda guerra mundial. Es en ellos donde se labra esa fama de personaje agudo, sarcástico, brillante y algo cínico que iba a acompañarle para siempre; ese talento para crearse legiones de enemigos por una frase brillante que su verbo afilado no podía reprimir. Representó al régimen de Franco en Roma y en Helsinki. Aquí conoció al escritor italiano, fascista primero y antifascista después, Curzio Malaparte. Malaparte retrató a Foxá con trazos poco agradables en su novela La piel (una gran novela, por otro lado). Foxá, cuando le preguntaron por Malaparte, contestó que prefería a Bonaparte.
    Y cuando terminó la segunda guerra mundial, nuestro autor continuó en sus tareas diplomáticas, ya fuera en Buenos Aires o en Cuba o en Filipinas. Enfermo de los pulmones, el clima filipino estuvo a punto de matarle. Cuentan que cuando se le retiraba de Manila en camilla, a bordo del avión que le devolvería a España, susurró: “Soy el último de Filipinas”.
    Melancolía del desaparecer
    Nuestro autor no tenía la menor inquietud política. No hizo el menor esfuerzo por labrarse una carrera en el régimen. Su mundo seguía siendo otro: el de las palabras y los conceptos, una visión esencialmente estética de la vida y del mundo. De su paso por América dejó unas crónicas sencillamente sublimes, recogidas en el volumen Por la otra orilla. Se trata de una compilación de artículos de tema americano y en ellos -en todos ellos- brilla intensamente su ingenio agudo y melancólico. Es una obra maestra del articulismo como género literario.
    Murió en 1959, con sólo 56 años. “Soy gordo, soy conde, soy diplomático… ¿cómo no voy a ser reaccionario?”. Esa frase se le atribuye, entre otras, para definir su perfil. Pero quizás es más precisa la que él se dedicó a sí mismo: “Gordo. Con mucha niñez aún palpitante en el recuerdo. Poético pero glotón. Con el corazón en el pasado y la cabeza en el futuro. Bastante simpático, abúlico, viajero, desaliñado en el vestir, partidario del amor, taurófilo, madrileño con sangre catalana. Mi virtud: la imaginación. Mi defecto: la pereza”.
    Enfrentado a la muerte, Foxá escribió unos versos que sobrecogen. Su “Melancolía del desaparecer” se ha citado mil veces, pero vale la pena repetirla, porque pocas veces el alma poética ha tocado con más profundidad el temor a la incertidumbre y el dolor por la vida que se va”. Dicen así:
     “Y pensar que después que yo me muera,/ aún surgirán mañanas luminosas,/ que bajo un cielo azul, la primavera,/ indiferente a mi mansión postrera,/ se encarnará en la seda de las rosas./ Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,/ sobre mis huesos danzará la vida,/ y que habrá nuevos cielos de escarlata,/ bañados por la luz del sol poniente/ y noches llenas de esa luz de plata,/ que inundaban mi vieja serenata,/ cuando aún cantaba Dios, bajo mi frente./ Y pensar que no puedo en mi egoísmo/ llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;/ que he de marchar yo solo hacia el abismo,/ y que la luna brillará lo mismo/ y ya no la veré desde mi caja”.
    Es a este prodigio al que unos oscuros concejales comunistas de Sevilla quiesiron prohibir. Porque no les gustaba lo que Foxá fue; no les gustaba el conde maldito. Quizá lo que no les gustaba era saber que, frente a ellos, sigue existiendo la sombra de alguien tan grande.



    http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/cultura/agustin-foxa-conde-maldito-20130329

    lunes, 18 de junio de 2012

    Vuelve la revista Vértice

    Una exposición recoge las ideas del bando nacional en la revista "Vértice"

    17-05-2012 / 14:51 h EFE
    Entre abril de 1937 y marzo de 1939, el bando nacional contó en la Guerra Civil con un aliado mediático como fue la revista "Vértice", cuya historia repasa una exposición que ha abierto hoy sus puertas en el Museo de Adolfo Suárez y la Transición (MAST), en Cebreros (Ávila).
    La muestra, que ha comenzado hoy su itinerancia por Castilla y León, está organizada en colaboración con la Fundación del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua y permanecerá en la tierra natal del expresidente del Gobierno Adolfo Suárez hasta el 12 de junio.
    Según ha explicado a Efe Cristina Blanco, gerente del museo, la exposición recoge los veinte números publicados por "Vértice", así como los ocho monográficos que editó esta publicación "de una gran calidad".
    A modo de ejemplo, baste citar un gran desplegable que incluyó en uno de sus números, con una fotografía de Madrid de nada menos que dos metros.
    "
    Vértice" se convirtió además en "el escaparate del Régimen" y otorgó el protagonismo literario y social al grupo de escritores "nuevos" más valioso de la España franquista, como pudieron ser Rafael Sánchez Mazas, Víctor de la Serna, Ernesto Giménez Caballero, Álvaro Cunqueiro, Luis Rosales o José Luis López Aranguren.
    También en sus páginas escribieron, entre otros, Edgar Neville, Agustín de Foxá, Eugenio Montes, Alfredo Marquerie o Gonzalo Torrente Ballester.

    Con Manuel Halcón al frente de la publicación hasta 1939, año en el que fue sustituido por Samuel Ros, "Vértice. Revista nacional de Falange", que tal era su nombre completo, sirve de hilo conductor a una exposición que responde a un planteamiento crítico y a una reflexión contra la desmemoria, según fuentes de la organización.
    Números originales, artículos destacados y carteles publicitarios conforman esta exposición en torno a una revista que aborda el lado opuesto de la historia que hasta ahora ha venido recogiendo el Museo de la Transición.
    De hecho, la muestra abre al público como continuación a las dedicadas a "Hora de España", el "mejor exponente" de los intelectuales que "supieron estar por encima de las circunstancias", y "Ruedo Ibérico", la editorial del acervo intelectual en la clandestinidad.

    martes, 3 de abril de 2012

    Fallece Antonio Mingote a los 93 años.

                                                                                  Antonio Astorga (ABC)
    Antonio Mingote ha fallecido a los 93 años, 59 consagrados a ABC. Dibujante, escritor, académico, marqués de Daroca, un ser de luz admirable. Nadie derramó tanto prodigio en vida. Nadie fue tan generoso con el prójimo.
    Murió rodeado de lo suyos: su alma y esposa Isabel Vigiola, su hijo Carlos, su nieto Pablo... su familia, a la que adoraba. Dios ha llamado a su reino a su Ángel Antonio Mingote en la tierra. La vida le ha vencido en el Hospital Gregorio Marañón, donde llevaba ingresado desde hace unos días, y se despertó un par de veces para despedirse de los suyos.
    Hoy, el pueblo de Madrid, la gente a la que él historió y quería como nadie, le brindará un multitudinario y emotivo último adiós en la capilla ardiente que se instalará esta tarde a las 19 horas en los Jardines de Cecilio Rodríguez, en el Parque del Retiro de Madrid. La capilla volverá a abrirse mañana (entre las 10 y las 19 horas) y, tras el cierre, Mingote será incinerado en una ceremonia íntima y familiar.
    Antonio Mingote era un extraterrestre que amerizó desde la constelación Trabaja, Idiota, y No Pares.
    —Jajaja. Sí, ¡qué barbaridad! Pues tendré que parar. Ya me parará, supongo, la fisiología. De un momento a otro, de un momento a otro, pero bueno; es lo que toca...
    Hace meses, le importunábamos en su sanctasanctorum:
    —¡Buenos días, maestro!
    —Ya ve, aquí me tiene, atado al duro banco. ¡Hasta que el cuerpo aguante! Acérqueme la grabadora.
    —¿Por qué don Antonio?
    —Es que antes tenía una voz de barítono... y ahora una voz de ¡gilipollas!
    Fue su última entrevista. Compartir con él y con Isabel unos días maravillosos —en un documental que pueden disfrutar en ABC.es—, en su casa, en su estudio, en el Museo de ABC, en el Retiro, del que es alcalde honorario y donde hace muchos años sembró un abeto que hoy se desangra en dolor por la muerte de su plantador. Nos confesó que le faltaba hierro: —¡No se preocupe, usted es de madera de boj!, le animamos.
    Y se despidió de nosotros con una sonrisa, esa con la que cada mañana subía a su azotea, y con exquisita educación saludaba: «¡Buenos días, gente!». Sentía Mingote la vida ora con la tierna timidez del niño que observaba gamusinos mientras acudía a misa de doce cada domingo ora con la bendita paciencia del domador de fieras. Su humor era el pánico de los alindongados, amohinados, barbilindos, currucatos, chisgarabises, fifiriches, golillas, lechuguinos, mojigatos, pisaverdes, pudibundos, zangolotinos y zascandiles.
    Resumía un editorial en una viñeta desde su independencia y su amor por la libertad, el auténtico bálsamo de fierabrás contra conjuros, exorcismos, hechicerías, encantamientos, demonios familiares, brujerías, maleficios... Desde esa azotea observaba día a día lo que en tiempos de Pío Baroja fue una enorme extensión de trigales verdes que llegaban hasta el Cerro de los Ángeles, resquebrajada únicamente por las dos filas de casas para pobres construidas a la altura de Pacífico. Eran los desheredados, los humildes, los ninguneados de la Historia, los hombre solos, que Mingote esculpía.
    Nació este doncel harto curioso, de nombre Ángel Antonio Julián Orson Dulce Nombre de María Mingote Barrachina en Sitges, en casa de los abuelos. Vino al mundo el 17 de enero de 1919, día de San Antonio Abad. Hijo del músico Ángel Mingote y de Carmen Barrachina. Pesó dos kilos setecientos gramos.
    Pasó la niñez en Calatayud y Daroca, —de donde fue nombrado marqués por el Rey—, entre la nieve de la montaña, el castillo, las murallas, y su primer colegio, los Escolapios en la Puerta Alta. Un día, al salir precipitadamente, Mingote dio con su cabeza en una piedra del quicio. Y la cicatriz nunca le abandonó.
    En 1927, los Mingote se trasladan a Teruel. Allí es tiple solista en el coro del Colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, y empieza a alcanzar éxito como dibujante. Vuelve a tropezar con la segunda piedra: se rompe la nariz contra un árbol del patio, lo que escachifolla irreparablemente su natural belleza, la del árbol, se refería. Con el tiempo se convertirá en barítono.

    Toma de Barcelona...

    En 1929 principia su Bachillerato con los Padres Franciscanos de Teruel. Descubre su amor, su pasión por el teatro, y comete su primer pecado mortal —contemplado en el Sexto Mandamiento—, del que se confiesa con el padre Ramón Gorriti Pedrés. Recibe una reprimenda severa y una penitencia grande.
    En el Instituto, Mingote pasa de alumno libre a alumno (lo que le hace más libre). Vive años felices porque su madre le instruye, su padre matiza sus estudios y descubre la riqueza literaria del 98 y el 27. El 17 de julio de 1932, con trece años, Mingote dibuja en Teruel al conejo «Roenueces» y lo envía al suplemento infantil «Gente Menuda», de Blanco y Negro, que lo publica.
    Y en su casa, frente al Instituto, descubre a la chica que será su primera novia, con la que hace manitas a escondidas, algo que estaba terminantemente prohibido: «Nos amenazaban con enviarnos al infierno. Los curas nos hicieron mucho daño. ¿Cómo vas a hacer caso al Infierno cuando eres joven y tienes a tu lado a una preciosidad de mujer? ¡Además, eso del Infierno es un invento perverso», arreciaba.

    1936-39
    Con 16 años, Antonio Mingote se pregunta perplejo qué es la guerra, a lo que nunca logró responder. Nieto por parte de padre y de madre de dos veteranos carlistas, e hijo de un difuso derechista, deriva en requeté. Se alista. Lo destacan en el Tercio de Santiago en la Sierra de Albarracín (Orihuela del Tremedal). Teruel es ocupada por el ejército entonces llamado rojo. Reconquistada la ciudad, acude con la esperanza de poder encontrar noticias de sus padres y hermana. Teruel es una escombrera humana y solo tres o cuatro personas deambulan entre las ruinas. Meses después recibe noticias a través de Cruz Roja. Viven sus tres familiares, pero su padre ha sido encarcelado.
    Como alférez provisional, Mingote hace la campaña de Cataluña. Le llegan noticias de que su madre y su hermana están en Barcelona, en el piso de su tío Samuel Barrachina, en la calle Muntaner (su padre permanece en la cárcel en Valencia). Y Mingote emprende la conquista de Barcelona. Su abuelo, que era carlista, no se movió de Sitges; era un sabio respetado por todo el mundo, seguía con su cuello de pajarita, sombrero, bastón, y había sido maestro de veinte generaciones de sitjetanos. Pero su tío Samuel sí era político, de derechas, y se fue.
    Cuando llega a Barcelona Antonio Mingote es ya un bravo alférez provisional de la Quinta de Navarra, del Cuarto Batallón de Infantería del Regimiento de Zamora número 29, lo cual recordaba siempre con mucho cariño. La tropa para en el Tibidabo y al final de la calle Montaner, que está en cuesta, vivía su madre, a la que no veía desde hacía tres años, y probablemente su hermana.
    Mingote le implora a su superior, apellidado Trapero: «Mi comandante, tengo que bajar a esa calle». Trapero le pregunta si está loco. Mingote insiste: «Bajo, veo a mi madre y me vuelvo...» Le dio tanto la lata a Trapero, que al final cedió. «Mi comandante, no se enterará», le promete. Antonio Mingote toma a su asistente, Miguel Flores, asturiano, grande, alto, de su quinta y edad, y baja decidida y marcialmente por la calle Muntaner.
    La gente le mira extrañada, en silencio, por su uniforme e insignias que no le son familiares. Mingote llega a la casa de su tío Samuel, llama, sale una señora, le pregunta por Doña Carmen Barrachina, y le informa que se ha ido a Sitges tres días antes. Devuelve Barcelona y retorna al Tibidabo. Esa fue su guerra. Mingote portaba un pistolón que había sido de un comandante rojo, una zamarra de cuero, y una boina con estrella.

    ...y devolución de Barcelona

    El joven alferez regresa y le notifica a Trapero: «¡Ya he devuelto Barcelona!» Y repiquetea: «Comandante, ahora yo le pido permiso para ir a Sitges porque mi madre está en Sitges». Trapero transige a regañadientes. Mingote se acurruca en el remolque de un camión hasta un puente, y de allí cuarenta kilómetros, casi una maratón, hasta Sitges.
    Soldado en Salamina. Es de noche, llovizna, la carretera abotargada de charcas y ni un alma a la redonda, en plena Guerra Civil, sitiada Barcelona. Ni un guardia, ni una patrulla. Mingote y su asistente amanecen en la localidad costera. Asoma un sereno y Mingote pesquisa: «Oiga, ¿dónde está la casa de don Esteban Barrachina?» (su abuelo). Y el sereno le notifica: «Esta mañana le hemos enterrado».
    Mingote se desploma por la pérdida de una persona esencial en su vida. Luego se enteró de que, como don Esteban había sido carlista, Franco hizo tenientes a todos los veteranos de la guerra carlista; unos requetés le llevaron una boina roja a su abuelo con las estrellas de teniente, se la puso, fue a una misa de campaña, hacía frío, llovía, se enfrió y don Esteban se murió.
    Mingote persiste, llega a la casa de su tío Samuel, un caserón con una puerta grande de madera, aporrea la aldaba, y se escucha una voz desde dentro: «¡Mi hijo!, mi hijo». Era su madre la que gritaba emocionada, bajó, le abrió, y se fundieron en el abrazo del alma. Mingote vuelve al batallón, que había tomado Barcelona. Cuando se incorpora se había producido un encontronazo con muchas bajas. Y de ahí hasta la frontera, con Montserrat en lontananza. La Prensa alaba la magistral operación de la toma de Barcelona; Mingote, que la conquistó como un hombre solo, sonríe escéptico.
    Con la paz tras el marasmo de la tragedia, Mingote se traslada a Zaragoza y se incorpora a la familia, que ya vive allí. Tiempos difíciles. Se matricula en la Facultad de Filosofía y Letras, donde estudia dos cursos. Ingresa en la Academia de Transformación de Infantería, en Guadalajara, y se transforma en militar profesional.
    Los ratos de claro en claro los aprovecha para escribir novelas policiacas, con el pseudónimo de Anthony Mask, como «Ojos de esmeralda», que sitúa en Nueva York; y del Oeste, «Los revólveres hablan de sus cosas». Cuando le destinan brevemente a Guipúzcoa mantiene relaciones con una joven de Tolosa. Pasean y hacen manitas; él sobre el caballo y ella a lomos de una bicicleta. Dadas las dificultades para culminar un amor tan raro, se devuelven los regalos.

    La vida, qué esplendor

    1944. Mingote llega a Madrid, vive en una calle de genios —Blasco de Garay—, dibuja y escribe cuentos mientras cuida de su madre, inmovilizada por una embolia. Y se lanza a la aventura alada de La Codorniz. A finales de 1946, un compañero de pensión, amigo del alma codornicesca Álvaro de Laiglesia, le lleva a la redacción a presentarle junto a sus dibujos. Es admitido.
    La Codorniz dejó en ridículo y en evidencia todas las cursilerías, la ranciedad y lo viejo que quería ponerse de moda. Fue la otra generación del 27. La madre de Antonio Mingote muere en abril de 1947. Un año después publica «Las palmeras de cartón», novela ilustrada por Goñi, para él uno de los grandes dibujantes. Estrena una revista musical, y le dice adiós al Ejército y a las armas, que no gastó.
    Tertulias de café —Varela, Comercial, Gijón...—, y charlas interminables con Carlos Clarimón, Rafael Azcona, Manuel Alcántara sobre el esplendor de la vida. Lo raro era vivir, y mientras hablaban Antonio dibujaba en la mesa del café usando como pincel una servilleta de papel enrollada, empapada en los restos de la taza. Era un dibujante como una catedral.
    La incorporación de Antonio Mingote a ABC se produce en 1953. Torcuato es el primero de los Luca de Tena a quien debía tanto agradecimiento. El segundo en su cronología sentimental será el padre, Juan Ignacio; el tercero, don Guillermo, el inolvidable patrón. Publica un chiste diario: más de 24.000 dibujos. Nadie se desprendió tan generosamente de tanto talento en vida.
    En 1955, Antonio Mingote se casa por vez primera y el 29 de noviembre nace su hijo Carlos. El genio dirige con magistral pulso «Don José», y un artículo suyo reforzado con chistes en la revista y en ABC hiere la sensibilidad de unos comerciantes de comestibles. Le denuncian por injurias, se sienta en el banquillo, le piden un millón de pesetas de multa y el destierro, recauda doce pesetas de sus admiradores, le defiende Luis Zarraluqui, le absuelven, apelan los comerciantes al Supremo, llegan a una entente cordial, Mingote dice que no tenía ánimo de injuriar, los tenderos le regalan un jamón, y Santas Pascuas.
    Nuestro héroe peregrina con el jabugo a aguas de Almería, donde queda decimotercero en el Campeonato de Andalucía de Pesca Submarina; en la báscula presenta un mero de cinco kilos, tres doradas, un salmonete y una señora entrada en carnes que se bañaba por ahí. La buena mujer es rechazada por el jurado y Mingote pierde el premio y la licencia. Le ganamos para el humor.
    Antonio conocería a su alma, su orden, su maravillosa compañera Isabel Vigiola en casa de Edgar Neville, de quien era secretaria. Un día, Isabel llamó a Antonio para felicitarle por un chiste muy divertido en ABC. Él estaba casado, y ella tenía novio. Antonio se separa, se hacen amigos, pero no hay flechazo. Año y medio después de separarse, a Antonio le operan de vesícula. Tono le dice a Isabel que Mingote está muy grave, y a su novio le sienta muy mal que llame a Antonio, que se ponga al teléfono y hable con ella.
    «Yo creo que ahí ya debía haber algo por parte de él. Cuando acabé con mi novio y le cuento a Antonio mis penas, me dice: ¿Por qué no me ayudas? Él tenía un follón descomunal de papeles. Y por las tardes le ordenaba su despacho», recuerda Isabel, su orden, su alma. A los cuatro meses descubren que están enamorados, y se casan en 1966. Isabel le abre cartas a Antonio que él tenía sin desprecintar desde 1955.
    Mingote se quejaba del orden de Isabel, pero ella siempre le decía que si no se hubiera enamorado de él jamás habría sido su secretaria. ¡Porque como jefe no se le podía aguantar de desordenado, de desigual, de arbitrario!, le susurraba. Un buen día Antonio le dice a Isabel que no tienen dinero para comer. Isabel abre un cajón y halla 50.000 pesetas, él no se acordaba de que las guardaba. Y ha seguido sin saber lo que valen las cosas. No llevaba suelto en el bolsillo. Genio y Mingote.
    Guionista de cine —como «Vota a Gundisalvo», personaje político extraído de sus chistes, ¿y a usted qué más le da?—, en 1974 estrena su comedia musical «El oso y el madrileño» con notable éxito, y Narciso Ibáñez Serrador le encarga para televisión «Ese señor de negro», conducida por Antonio Mercero. Mingote dirigirá su propia película, rodada en súper 8 en Marbella, con los grandes de la comedia: «La vuelta al mundo en ochenta espías». El filme es joya de coleccionista, alguna matahari lo debe poseer.
    La dirección de «Don José» le reporta a Mingote la amistad de Tono, dibujante fabuloso, humorista rompedor no apreciado en lo que tuvo de innovador junto con Mihura. Y gracias a Mingote nace una generación de nuevos creadores —Ballesta, Puig Rosado, Abelenda, Máximo, Madrigal, Cebrián...—. La amistad era sagrada para él: Ildefonso Manuel-Gil, Luis Sánchez Pollack, Tip, Alfonso Ussía... y así más de un millón de amigos... Mingote fue un hombre libre.
    En la radio, Antonio preside el «Debate sobre el Estado de la Nación», bajo la dirección de su amigo Luis del Olmo, que hoy llora su pérdida destrozado. Antonio iluminó el Quijote —el sueño de su vida— con 600 dibujos que son puro prodigio; Cervantes era, para él,padre de todo el humor español, aunque al manco le negaran el pan y la sal por ser humorista. Lo crucificaron... Y en España el humor es despreciado. Si los cursis que se hacen los trascendentes pudieran hacerlo prohibirían el humor, sospechaba. Sería como prohibir el amor. La vida es libertad, humor y amor.
    Es elegido académico en enero de 1987. Juan Rof Carballo le dijo que le habían nombrado no porque fuera «listo» sino para que, dada sus amistad con el alcalde, consiguiera plaza de aparcamiento para los insignes doctos. Esa noche, Mingote cenó al lado del edil Juan Barranco, le contó la historia y a la mañana siguiente los del Ayuntamiento ya estaban poniendo la señal de VADO en la RAE. El día que ingresó llovía a mares, y el todo Madrid, desde marquesas de pitiminí a pobres de portal, daban la vuelta al viejo caserón de la calle Felipe IV. A Mingote le encomendaron la tesorería, y multiplicó las codornices y los panes académicos.
    Era un artista en falsificar cuadros; tenía todo el Prado en su casa y, créanme, nos daba gato por Meninas y nosotros, pobres paletos desarrapados, ni nos enteraríamos. Descreía Mingote del fanatismo patriótico, «que es la lepra», y denunciaba al nacionalismo como el obstáculo principal para que España no sea una nación cómoda, simpática, alegre y cordial.
    De solo pensar que con su lápiz de dibujante podía convocar el levantamiento de millones de piadosos creyentes, musulmanes, fervorosos, adversos al cerdo y abstemios declarados, Mingote se sentía tan «ridículamente poderoso» que se ponía a llorar «abrumado».
    Al marqués de Daroca una vez le dio quijotesca. Se subió a una mula, se armó con un taco de billar, irrumpió en el Casino de Peralejo, donde jugaban a las cartas y al dominó unos lugareños, y al grito de «¡Atrás, follones!» los desalojó del recinto. Don Mingote de la Mancha no volvió a probar el anís. Historió a la gente en una sublime epopeya que nació en Blanco y Negro, y talló poesía (de la experiencia): «Soy un vate de domingo», se autorretrataba Mingote, un Dios que quería a todo el mundo, un extraterrestre por el que hoy romperemos nuestros garrotes de trogloditas. Hay días en los que a uno no se le ocurre nada que escribir. Ni que decir.

    viernes, 28 de octubre de 2011

    El espíritu de reconciliación de la transición fue azul mahón

     Pedro Laín Entralgo, primer antecedente de la Transición

    Antonio Papell
    lainentralgo.jpg
    Pedro Laín Entralgo (1908-2001) fue un ilustre médico que destacó en otros muchos campos humanistas, la historia, la filosofía y la lingüística. Llegó a dirigir La Real Academia, además de pertenecer a las de Medicina e Historia.
    Políticamente, Laín fue un antecedente temprano y quizás el más significativo del espíritu de reconciliación de la Transición después de la guerra civil 1936-39. Falangista, había luchado en el bando de los vencedores y en 1941 fundó junto a Dionisio Ridruejo la revista 'Escorial', que representó el ala más liberal de aquella ideología totalitaria.
    Ocupó la cátedra de Historia de la Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, de la que fue rector durante el tiempo en que Ruiz-Giménez fue ministro de Educación, dimitiendo de su cargo tras los sucesos de 1956 que originaron la caída de éste.

    Ruptura con el franquismo

    Su relevancia intelectual desde el punto de vista político de contestación al régimen franquista arrancó con la publicación en 1949 de un ensayo titulado 'España como problema', que recibió una rápida respuesta dentro del propio régimen: 'España sin problema' de Rafael Calvo Serer.
    El libro de Laín mostraba el desengaño de cierta parte de los intelectuales afines al régimen (como él mismo, Dionisio Ridruejo, etc.); y el segundo exhibía la aceptación sin complejos del concepto orteguiano-joseantoniano de España como "unidad de destino en lo Universal", que inspiraba la educación nacionalcatólica, imperialista y clerical.

    Ridruejo

    Aquella polémica llevó a la crisis de 1956, con una huelga universitaria que fue duramente reprimida y en que por primera vez fueron a las barricadas los hijos de los vencedores y de los vencidos. En aquellos hechos, en que participaron algunos comunistas del interior (Javier Pradera, Fernando Sánchez Dragó), se produjo la fractura ya irremisible del régimen y el propio Ridruejo fue encarcelado.
    Aquel debate sobre el ser de España tomó altura y llegó lógicamente al exilio republicano con las aportaciones de Claudio Sánchez Albornoz ('España, un enigma histórico', Buenos Aires, 1957), que sostenía la tesis de que las raíces de la identidad española habían de buscarse en la herencia romana y visigoda, y Américo Castro ('La realidad histórica de España', México, 1954, y 'Origen, ser y existir de los españoles', 1959), más cercano al campo de la literatura y la historia de la cultura, que proponía el surgimiento de la identidad española como una mezcla de influencias de "judíos, moros y cristianos".
    Laín, Ridruejo, Rosales, Torrente y otros

    Un grupo de intelectuales

    Laín, que en sus últimos años llevo una intensísima vida académica, fue una autoridad en la antropología filosófica, disciplina sobre la que escribió decisivos ensayos influidos por Zubiri y por Ortega. Sin embargo, su figura egregia fue sobre todo un referente de reconciliación entre las dos Españas, como exponente intelectual, junto a Ridruejo, de la reacción de los vencedores frente a quienes quisieron consolidar la victoria sin reconciliación. En realidad, Laín fue el intelectual más distinguido del grupo elitista que formó Ridruejo, jerarca falangista, a su alrededor, y en el que figuraron, entre otros, Gonzalo Torrente Ballester, Xavier de Salas, Juan Ramón Masoliver, José María Fontana, Samuel Ros, Román Escohotado, Carlos Sentís, Antonio de Obregón, Martínez Barbeito, Edgar Neville, Luis Escobar, Manuel Augusto García Viñolas, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco, etc.

    domingo, 10 de julio de 2011

    Jardiel Poncela en América

    'A 40 KMS DEL PACÍFICO Y 30 DE CHARLES CHAPLIN'

    Jardiel Poncela en América
    Por Alejandro García Ingrisano
     
    Contratado por la Fox, Enrique Jardiel Poncela (o Ponsella, como se resignó a que le llamaran) acudió en los años treinta a Hollywood para trabajar de guionista. A 40 kms del Pacífico y 30 de Charles Chaplin –Los Ángeles, para que nos entendamos– es la crónica de la peripecia americana del genial escritor español.
    Jardiel aprovecha el viaje a California para hablar de las estrellas –las cósmicas– con guapas señoritas, escribir poesía, maravillarse ante la profusión de automóviles en los Estados Unidos (uno por cada seis habitantes. A principios de los 60, cuando Foxá se pasea por la otra orilla, hace la misma observación: entonces los norteamericanos salen a coche por tres habitantes) y disfrutar de innumerables fiestas que acaban muy pronto por la mañana. De todo, menos aprender inglés. Y es que no hay frase en este idioma que esté correctamente escrita en el libro, tampoco en el prólogo de su hija, que consigue cometer faltas en la traducción de dos de tres novelas de su padre.

    Perdonados estos detalles, que a alguno podrán descentrar, la edición es divertida, llena de fotografías, recortes y dibujos; y con esa escritura jardeliana que no comete ese contemporáneo error de confundir ingenio con falta de hondura.

    Un tren atraviesa de pronto una calle. ¿No mata a nadie? Sí; todos los días mata a ocho o diez personas; pero, pasando ese tren por en medio de la ciudad, las verduras llegan cinco minutos antes.

    Ecos de escritores que en España apenas existen y que desde luego no se leen. De Mihura, de Edgar Neville, de Wenceslao Fernández Flórez... Sólo Jardiel parece estar recibiendo la atención editorial que merece, y al menos por eso hay que congratularse.

    En su viaje a California, Jardiel pasa por París, El Havre, el transatlántico, Nueva York y Chicago. En la travesía, Jardiel anota:

    Miss Joërgen me dice que su marido no la comprende.

    (Esto significa que le va a engañar en cuanto pueda).

    Pero el marido no deja ni a sol ni a sombra a su mujer.

    (Lo que significa que, en realidad, la comprende perfectamente).

    Ya en los Estados Unidos, Jardiel nos ofrece una mirada sincera, como de paleto consciente de serlo, capaz de ver en los estadounidenses tanto su energía como su ingenuidad. Nos dibuja Nueva York, "la ciudad menos parecida a Madrid que más se parece a Madrid", con una mezcla de admiración e indiferencia, como el que lee la noticia de un avión de pasajeros supersónico y tiene el buen gusto de no emocionarse demasiado.

    La evocación que hace del Hollywood de los años treinta no es, desde luego, paradigmática. Al contrario, la prosa es puro Jardiel, y el libro está mucho más indicado para los admiradores de su escritura que para alguien interesado en la época y el lugar, a quien podría gustar más Some Time in the Sun, la obra de Tom Dardis acerca de la inmersión de grandes escritores –Fitzgerald, Faulkner, Nathanael West– en el mundo del cine. A 40 kms del Pacífico y 30 de Charles Chaplin contiene observaciones geniales a propósito de aspectos muy concretos de la experiencia hollywoodiense, sobre todo de la tropa española que trabajó allí y que luego se pasaría por los estudios Joinville de París, antecediendo a la pléyade de artistas del celuloide que hoy en día cruzan el Charco.

    Se agradece esta visión particular, pues cuanto más universales son las observaciones de Jardiel, menos interesantes nos parecen, por ser lugares comunes. Creador de un universo propio que se ríe del nuestro, siempre nos quedaremos con sus anuncios inventados, imposibles de ver en nuestro mundo pero que no existirían sin él.

    "Tacos de billar automáticos: para ser campeón usted no necesita saber jugar".

    "Thompson, la mejor ametralladora para casos de huelga".

    "Por cuatro dólares sabrá usted el día y la hora de su muerte: garantizamos puntualidad".

    Y así, jugando en la frontera entre lo casi real y lo demasiado real, se nos muestra un autor que no por proferir extravagantes burlas está hablando de entes ficticios: se ríe de nosotros.
    ENRIQUE JARDIEL PONCELA: A 40 KMS DEL PACÍFICO Y 30 DE CHARLES CHAPLIN. Rey Lear (Madrid), 2011, 168 páginas.

    miércoles, 8 de junio de 2011

    "La Codorniz" de aniversario.




    ANTONIO ASTORGA
    Día 07/06/2011



    ANTONIO MINGOTE





    En un Madrid gris marengo circa 1941, de hambre y olor a repollo en el tragaluz de la escalera, de estraperlo y libros prohibidos que se leían en la trastienda de los cafés; en una España de tedio plateresco y tópico mediopensionista, un puñado de seráficos estaban a punto de arrancarle a muñonazos la sonrisa a la ametralladora de la vida. Era domingo, y el calor derretía las meninges. El 8 de junio de 1941, con un simple ave gallinácea de papel, humor puntiagudo, ironía en espolón, pico de oro, dichosos serafines pusieron en jaque a la mesnada bienpensante. Mihura, Tono, Herreros, Neville, De Laiglesia, Jardiel, Fernández Flórez, Perdiguero, Halcón, Borrás, Aznar, Miquelarena, Marqueríe, Ros, Calvo Sotelo, López Rubio, Delgado, De Vega, Serny, Picó, Lázaro, primera alineación galáctica, y luego Mingote y muchísimos otros... (hasta su último vuelo, en 1978)... bienhechores y filántropos de nuestra salud mental lucharon contra la cursilería, se burlaron del encorsetamiento que se imponía a la infancia, enseñaron lo que de inútil y vulgar hay en los sentimentalismos al uso.
    En la portada príncipe (se vendieron 35.000 ejemplares a 50 céntimos), Antonio de Lara Tonodibuja un pretendido ser humano encarnado en un trapecio isósceles con sombrero, una señora muy hinchada, unos círculos con ojos, que eran supuestos niños, y dos pequeñas codornices en el suelo. Al fondo, la foto real de un camión. Y un pie «intolerable» para el «respetable público», o sea, aquellos señores para quienes lo intolerable era lo que ellos no toleraban. La señora oronda le espeta al señor:


    «—Caramba, don Jerónimo, está usted muy cambiado.
    —Es que yo no soy don Jerónimo.
    —Pues más a mi favor.»


    Tópicos patrióticos, religiosos, literarios, históricos, lo que Wenceslao Fernández Flórez, desde su bosque animado, llamó las infinitas garambainas que se ponen en octavas reales, fueron picoteados a discreción. Como recuerda Don Mingote de la Mancha, si los censores hubieran sido tipos inteligentes y no fanáticos del dogmatismo y la decencia, le habrían puesto un férreo cepo a aquella inocente y bienquerida ave literaria, una Cordorniz, bendita sea, que caricaturizaba lo que el preboste de turno consideraba respetable e intangible. Los herrumbrosos censores se perdían en tapar escotes y alargar faldas sin pensar en la labor de prodigiosa derrumbe de esta genial generación de dinamiteros coñones.
    Enrique Herreros, autor de 807 portadas y 45 contras de los 1898 números de La Codorniz, dibuja a un viajero asomado a la ventanilla del tren, que se dirige al jefe de estación parado en el andén:


    «—Yo viajo para instruirme. ¿Me quiere usted decir cuántas son 21 por 13?»
    Y suma y sigue el gran Herreros: un viajero jamelgo aparece sentado encima del cabezón de un señor mío con bigote, y se justifica:
    «—Perdone que me haya sentado aquí; pero como no había ningún sombrero puesto...»
    Un caballero pide en la ventanilla larriana del «Vuelva usted mañana»: «—Deme un billete para Vigo.
    -¿Ida y vuelta?
    -No. Vuelta nada más. No me voy».
    Y un tipo valleinclanesco con sombrero le pregunta al jefe de estación:
    «—¿Me deja ir a Burgos sin pagar? Le prometo que vuelvo en seguida».


    Cuenta Antonio Mingote que los socios de muchos casinos padecieron serios trastornos oyendo a los jóvenes comentar La Codorniz. Así, un distinguido pedagogo de Tejeruela de la Empastación murió de congestión fulminante. Antes confesó en una carta: «No se culpe a nadie de mi muerte. Ha sido Herreros».
    Aquellos humoristas, según López Rubio «la otra generación del 27», fueron los primeros hombres de la historia en contemplar en su totalidad las pantorrillas de las mujeres bailando el charlestón, evoca Mingote. Y se encontraron de repente el sombrío mundo de posguerra. La transición del viejo humor de chascarrillo al nuevo codornicesco no fue un salto circense de trapecio a trapecio. Fue un malabar de ingenio. La Codornizno glorificó a nadie, ni publicó consignas ni impartió doctrinas. Tuvo un éxito feraz entre una enorme minoría de jóvenes ansiosos por respirar un aire limpio de farfolla rimbombante.


    El «no huevo de Colón»


    Cierto comentarista, que pontificaba con el paño de la frivolidad en el púlpito, lanzó la especia picante de que la revista publicó el dibujo de un huevo a toda página con el título: «El huevo de Colón», y en el número siguiente otro huevo igual: «El otro huevo de Colón, lo que le valió a la revista el cierre de no recuerdo cuántos meses», añadió. No es raro que ese sesudo comentarista, que pontificaba desde la rutina, no lo recuerde, aclara Mingote, puesto que «eso del huevo de Colón, como tantas otras cosas soeces o vulgares de humorismo barato de hoja de calendario que se atribuyen a La Codorniz, no se publicó jamás».
    El pájaro de papel cumplió, sin desfallecer y con éxito, con la misión de destruir el tópico y la rutina. Fue una revolución que, como decía su himno, tenía un pico en la nariz. La Codorniz, bendita sea. Palabra de Mingote.

    jueves, 24 de junio de 2010

    EN EL MISMO ESPACIO, EN OTROS TIEMPOS.


    Es curioso como los bucles de la vida atan lazos en torno a hechos que les ocurrieron a diferentes personas en tiempos lejanos, en épocas distintas. Viene esto a cuento de la lectura de un artículo sobre la condesa alemana Mechthild Von Hese Podewils – Dürniz y su relación amorosa con el escritor falangista Dionisio Ridruejo.
    Ambos se conocieron en la embajada española en Berlín, el poeta falangista estaba convaleciente de sus heridas en el frente ruso mientras combatía con la División Azul, ella, bella aristócrata de preciosos ojos azules, según nos confiesa el propio
    Dionisio Ridruejo y Hexe en Sotogrande.

    Ridruejo en sus “Cuadernos de Rusia”, también quedó prendada del español. Ridruejo, recuperado, volvió al frente, pero su delicada salud no le permitió seguir en el infierno blanco de Rusia durante mucho tiempo y fue repatriado a España.
    Hexe, apodo infantil de la vida familiar de la condesa y como la nombraría Dionisio, consiguió venir a España como espía alemana gracias a su amistad con el almirante Canaris, que moriría después como uno de los implicados en la operación Walkiria, complot de oficiales alemanes para matar a Hitler.
    Ridruejo, tras su vuelta del frente ruso, quedó absolutamente decepcionado con el giro que había tomado la política del gobierno de Franco, y así se lo hizo saber al Caudillo en un escrito que le costó el destierro de Madrid.
    El poeta fue a parar a Ronda, la bella ciudad de la serranía malagueña, y allí vivió su amor con Hexe, entre las románticas paredes del hotel Reina Victoria.
    Dicho hotel fue construido en 1906 y llama la atención por su estilo de arquitectura más propia del centro de Europa que del corazón de Andalucía, sus puntiagudos tejados de pizarra negra y sus contraventanas de madera pintadas de verde, nos evocan, junto con su bonita entrada de piedra, paisajes alpinos, o un pabellón de caza bavaro. Lo rodean preciosos jardines que acentúan el carácter romántico del sitio, así como un interior que, aunque remozado, guarda ese acogedor y, un tanto decadente, estilo campestre británico en muebles y tapicerías.
    En ese mismo hotel se alojó Rainer María Rilke, el poeta que, aunque nacido en Praga, supone una de las cumbres de la poesía en lengua alemana. En Noviembre de 1912 inició un viaje por España, visitando Toledo, Córdoba, Sevilla, permaneciendo durante dos meses en Ronda, donde trabajó en la Sexta de las Elegías de Duino, una de sus obras maestras, que no completó hasta 1922.
    La condesa Mechthild Von Hese Podewils – Dürniz, conoció, a través de Ridruejo, a todo su círculo de intelectuales y escritores falangistas, a Edgar Neville, Antonio Tovar, Pedro Laín

    Monumento a Rilke en el Hotel Reina Victoria de Ronda.
    Entralgo y a Gonzalo Torrente Ballester, con quien traduciría al español, y aquí aparece uno de esos bucles de la Historia a los que me refería al principio, la obra de Rainer María Rilke, escritos que el poeta escribió en el hotel de Ronda, donde su traductora vivió sus días románticos con el hombre de su vida, Dionisio Ridruejo.
    Hexe falleció recientemente en su casa de Sotogrande, playa a la que acudía desde Ronda, a escasos ochenta kilómetros de allí, con Ridruejo, y donde regresó para vivir después de una intensa vida que la llevó por medio mundo, tras huir de España ayudada por Ramón Serrano Suñer a Colombia, y pasar por varios matrimonios.
    Hace pocos años, sin conocer aún la historia de Hexe entonces, pasé unos días en Ronda, era otoño, se acercaba la Navidad, la encantadora ciudad malagueña estaba clara y fría, pero bella. Me alojé en el hotel Reina Victoria, en una pequeña pero muy acogedora habitación decorada en tonos burdeos y crema, con una antigua chimenea de cerámica blanca en un rincón que acentuaba increíblemente el aire romántico de la estancia.
    En el frío serrano de finales de otoño, los agudos tejados negros del hotel y los salones de cálidas tapicerías y antiguos muebles me trasladaban a reposadas escenas de otra época, la calma, el silencio, los rincones de mullidos sillones orejeros, los grabados con imágenes de cacería, la escalera alfombrada con su pasamanos de barnizada madera, las paredes enteladas de floridos estampados, las lámparas de latón con sus pantallas de seda propiciando suaves luces indirectas.
    Todo hace comprender que allí era posible ese imposible amor entre el castellano viejo, católico y caballero falangista y la dulce dama alemana, aristocrática y amante de la vida.
    Y era posible que un poeta de la vieja Praga, anduviera por sus jardines inspirándose para sus mejores poesías y mirara, desde los ventanales de su habitación, las lomas cubiertas de olivos y viñedos que yo ahora contemplaba.
    Desde mi habitación, tras los cristales de la vieja ventana de palilleria verde, miro, con infinita paz en el alma, los abetos, los pinos, los caminos de tierra bordeados de boj y las rosas, amarillas y rojas, del jardín.

    Javier Compás

    viernes, 7 de mayo de 2010

    Andrés Trapiello: Alberti y su mujer eran las estrellas de la República


    El escritor publica una nueva edición de «Las armas y las letras» con material inédito de los intelectuales en la Guerra Civil.

    Actualizado Viernes , 07-05-10 a las 11 : 40
    Diecisiete años después de que Andrés Trapiello escribiera «Las Armas y las letras», ese libro en el que ahondaba en el papel de los intelectuales en la Guerra Civil, el escritor publica una nueva edición con importante material inédito y fotografías que ilustran a las claras la posición de autores como Alberti.
    Una fotografía de Alberti, enviada a Ehrenburg en 1965 y en cuya dedicatoria califica la guerra como «la belle époque»; otra de Octavio Paz levantando el puño; una carta de Edgar Nevillesobre el asesinato de Lorca; otra misiva de Torrente Ballesteren la que considera la guerra como «un deporte de hombres» y un manuscrito de Sánchez Mazassobre su cárcel y su ejecución son algunos de los documentos inéditos más destacados.
    «Lo curioso de Alberti es que veía la guerra como la 'belle époque' veinticinco años después de que ésta hubiera terminado, en plena dictadura franquista. Pero es que para el poeta y su mujer, María Teresa León, la guerra fue eso, una 'belle époque': eran las estrellas de la República, como un poder paralelo», afirmó hoy en una entrevista con Efe Andrés Trapiello.
    Una obra dedicada a la guerraTrapiello pertenece a la generación de los «hijos de la guerra» (su padre la ganó, pero «quedó marcado para siempre» por ella), y quiso escribir este libro, que ahora publica Destino en una excelente edición, para «tratar de entender mejor este fenómeno y ver dónde se producían las fisuras».
    Galardonado con numerosos premios, entre ellos el Nadal y el de la Crítica, Trapiello nunca compartió del todo la idea de que «los mejores escritores estaban del lado de la República y los peores, del lado de los nacionales».
    También veía que «los que habían ganado la guerra habían perdido los manuales de literatura», y que «la guerra de la propaganda estuvo en la República».
    Para aclarar todo esto se embarcó en «Las armas y las letras», que pronto se convirtió en libro de culto y que, por supuesto, suscitó polémicas. La voz de Francisco Ayala dejó clara la importancia de esta obra: «Trapiello rinde con su libro un gran servicio a nuestra historia intelectual al trazar el panorama objetivo, veraz y, a la vez, comprensivo y compasivo, de la república de las letras durante un período tan doloroso y tan turbio como el de la guerra civil española», escribió Ayala en El País.
    La tesis de que la guerra la hicieron «dos minorías muy violentas y revolucionarias», pero que había «una tercera España mayoritaria, más o menos pacífica, en la que estaban representadas todas las ideologías y que no quería participar en la guerra», era también otra de las aportaciones del libro de Trapiello.
    «Peor que ser un comunista o un fascista era ser liberal», aseguró hoy Trapiello, para añadir a renglón seguido que «muchos escritores fueron eliminados o borrados» durante la guerra y la posguerra.
    De ahí que la obra de Trapiello sirva también para destacar la importancia de escritores como Chaves Nogales, Clara Campoamor, Morla Lynch o de incluso el propio Juan Ramón Jiménez y su libro «España en guerra». «Nadie tenía interés en escuchar el discurso de la tercera España que ellos representaban. Eran testigos incómodos para las dos partes porque denunciaban los crímenes». La nueva edición de «Las armas y las letras» llega «a rincones que no llegaba la primera».
    Dura cosa es la guerraSi la foto de Alberti demuestra cómo el gran poeta vivió la guerra, también es elocuente la carta de Gonzalo Torrente Ballester, dirigida al poeta uruguayo Carlos Rodríguez Pinto. A sus 25 años y «bajo la influencia de Ortega y Gasset», aclara Trapiello, el futuro autor de «Los gozos y las sombras» afirma que la guerra «es un deporte de hombres».
    «Dura cosa es la guerra -y yo no fui a guerrear-. Dura y hermosa. La guerra -ésta, entre hermanos, sin química, pero profundamente religiosa- es un deporte de hombres. Yo, intelectual, un poco 'por encima' de ciertas cosas, siento hoy un tanto de reverencia por 'el héroe'», escribía Torrente Ballester en aquella misiva.
    El poeta Miguel Hernández vivió la guerra de forma muy distinta a la de Alberti. El distanciamiento entre ambos «refleja las dos caras del comunismo». El poeta alicantino creyó que «su obligación era llevar la literatura al frente, no permanecer en la retaguardia». Para Alberti, era «más importante la propaganda que el frente», indicó Trapiello.
    En el libro se recuerda el episodio «tristísimo» de cuando Alberti le ofreció a Miguel Hernández un avión para salvarlo y el autor de «El rayo que no cesa», «que era tan honesto y honrado como insensato y temerario, pensó que no le hacía falta».

    domingo, 28 de febrero de 2010

    España alegre y faldicorta (Javier Compás)



    Hemos recordado frecuentemente, en los últimos tiempos, al autor de “Madrid de Corte a Cheka”, Agustín de Foxá, el cual, por cierto, ha visto reeditada varias de sus obras y agotadas en muchas librerias su gran novela sobre el Madrid rojo, a raíz de la censura ejercida por el Ayuntamiento de Sevilla contra un homenaje que se le quería tributar por el cincuentenario de su muerte. Amigo de Foxá, también escritor y, principalmente, dramaturgo y cineasta, fue Edgar Neville.
    Neville, muestra muchos paralelismos con el Conde de Foxá.
    Nacido en Madrid en 1899, también fue título nobiliario, Conde de Berlanga del Duero y compartió con Foxá carrera diplomática y también vistió la camisa azul de Falange Española.
    Pero no queda ahí sus semejanzas, si además consideramos su inclinación a coleccionar kilos en su generosa anatomía, muestra también Neville un carácter de arrolladora simpatía, extrovertido y dicharachero, amante de la buena vida y muy inclinado a disfrutar de los placeres y lujos que la misma pueda ofrecerle.
    Pero más allá de estas similitudes, existen unas más profundas razones para emparejar a estos amigos. Foxá escribió quizás la mejor novela que sobre el Madrid de la Guerra Civil ha visto la luz en la literatura española, de igual manera, Edgar Neville, compuso una historia que tomó cuerpo de película cinematográfica, que también marca un hito en la visión de aquellos terribles momentos.
    Su película “Frente de Madrid” no es solo el testimonio excepcional de las duras condiciones en que se libraron los enfrentamientos en la Ciudad Universitaria entre las tropa republicanas y las tropas nacionales, sino un primer y desgarrador llamamiento a la necesaria reconciliación nacional que debería producirse cuando llegara la paz.
    El final de la película, censurado por cierto, mostraba el abrazo postrero, en la trinchera, del protagonista y del miliciano enemigo, hermano español, unidos fraternalmente en el trágico final. Una guerra que, para él, había salvado a España, uniendo a sus hijos para siempre, lamentablemente esa unión cada vez parece más en peligro ante la deriva actual de la política española.
    No sería la última vez que Neville abogará por la reconciliación nacional. Junto con los camaradas Dionisio Ridruejo y Pedro Laín Entralgo, confiaba en la recuperación del cuerpo de Antonio Machado tras la guerra, cuya obra se había conservado en las bibliotecas del bando franquista.
    Edgar Neville llega a pedir desde sus artículos en las páginas de ABC, otra similitud con Foxá, un monumento a los caídos de ambos lados. Actitud acorde con su talante, con esa añoranza de una España donde convivían literatos de opuestas ideologías, amigos suyos fueron, en efecto, Pablo Neruda, Rafael Alberti y José Bergamín, en aquel Madrid de preguerra donde el fundador de Falange Española, José Antonio, tomaba café junto a Federico García Lorca, donde Alberti colaboraba con la revista literaria de Ernesto Giménez Caballero.
    Neville añoraba aquel Madrid, como demuestra en su relato “F.A.I.”, sin odios, sin exasperaciones, en el que la gente sonreía. Visión que evocaría en películas como “Mi calle” y que se vería truncada con la llegada del Frente Popular al poder. Lo aclara en el retrato que en su relato “F.A.I.” hace de uno de sus protagonistas, un antiguo y respetable republicano, que observa como el nuevo régimen, tan esperado y que tantas esperanzas de regeneración despertó en tantos españoles, incluidos el propio Neville, degenera en corrupción, violencia, separatismo, y, al fin, revolución bolchevique, el protagonista pasa a creer en el partido al que se afilió Neville, Falange Española, donde están resumidas las aspiraciones que tenían los que creían en la República. Ese mismo personaje declara: “esto no es una guerra civil ni una guerra política; es un caso de justicias y ladrones, son las personas decentes de un país que se sublevan contra los asesinos y los ladrones; eso es todo”.
    Edgar Neville estuvo trabajando en Hollywood antes de la guerra, allí conoció y trabó amistad con Douglas Fairbanks, Mary Pickford, Stan Laurel y Oliver Hardy, los famosos el Gordo y el Flaco, y, sobre todo con Charlie Chaplin, con quien mantuvo una amistad muy duradera en el tiempo a pesar de las divergencias ideológicas de ambos.
    Además de las citadas “Frente de Madrid” y “Mi calle”, realizó interesantes películas como “La vida en un hilo”, “La torre de los siete jorobados” o “Domingo de Carnaval”, un homenaje a la España del pintor Gutiérrez Solana.
    En 1962 portó en sus hombros el féretro de Ramón Gómez de la Serna, en cuya tertulia del café de Pombo se había integrado tras su vuelta de la guerra de África, donde había servido en el regimiento de Húsares en, un ya lejano, 1921.
    En 1922 conoce y traba amistad con Lorca, para quien reclamaría un homenaje desde ABC en 1966, y con Ortega y Gasset.
    En 1923 inicia su colaboración con la revista Buen Humor, Neville será uno de los protagonistas de la renovación del humor español junto con amigos y colegas como Tono, Miguel Mihura, Jardiel Poncela, con los que conformará la llamada “la otra Generación del 27”.
    Edgar Neville creía en una España alegre, donde sus gentes, lejos de las luchas de clases, conviviesen en armonía, fue republicano, pero ante el desengaño de los partidos políticos de la época, encontró sus anhelos en Falange Española, donde vio un proyecto serio y genuinamente español de un afán común para todos de una patria mejor, y bajo las ordenes de Dionisio Ridruejo, colaboró en ese proyecto durante la guerra recorriendo el frente realizando labores de propaganda en radio, cine y publicaciones periódicas.
    Con la paz se puso a trabajar por la cultura española y por la reconciliación de sus gentes, y no dejó de sentirse un poco desengañado, como otros buenos camaradas, con el desarrollo del nuevo régimen político. No le gustaba la España estrecha, intolerante y mojigata.
    En los últimos años de su vida sigue publicando artículos, escribe poesía y pinta. Atrás deja una amplía filmografía, con películas de ficción y documentales, una carrera teatral de éxito y varios libros de relatos y novelas.
    Edgar Neville fallece el 23 de Abril de 1967, un día antes del cumpleaños de José Antonio.
    Sevilla, 20 de Febrero de 2010.
    Javier Compás Montero de Espinosa.

    Ha llegado la hora (Javier Compás)


    -->
    El último trimestre del año que acabamos de superar, y más que nunca esa palabra, superar, adquiere su sentido más literal, como digo, en esos últimos meses de 2009, ha tenido una importante repercusión un hecho que, si no hubiese sido por unas circunstancias excepcionales, hubiese pasado con más pena que gloria, por la vida socio cultural de Sevilla y no digamos del resto de España.
    Como la mayoría de los lectores sabrán, la Asociación Cultural Ademán de Sevilla, entidad fundada en 1981, organizó, dentro de sus actividades habituales de carácter cultural en la ciudad hispalense, un acto literario que pretendía ser un homenaje al escritor Agustín de Foxá al cumplirse el cincuenta aniversario de su muerte. Contó la Asociación Ademán, para la organización de dicho acto, con el apoyo de la también sevillana, Asociación Cultural Fernando III, ambas entidades no es la primera, ni la última vez, que han colaborado en la organización de un evento de este tipo.
    Dada la precariedad económica de ambas asociaciones, se solicitó para la celebración del citado homenaje literario un salón de uno de los centros cívicos que, al servicio de los ciudadanos, mantiene el Ayuntamiento de Sevilla en distintos distritos de la ciudad. Pues bien personados el día señalado y a la hora prevista en el centro cívico concedido por escrito por el área de Participación Ciudadana del Ayuntamiento de Sevilla, que dirige la comunista Josefa Medrano, se impidió, por parte de los empleados municipales, a organizadores, ponentes, los prestigiosos escritores Aquilino Duque y Antonio Rivero Taravillo, y al público en general, acceder al recinto previamente concedido, sin más explicaciones y sin la comparecencia de autoridad alguna que argumentara dicho despropósito.
    Afortunadamente, la benignidad del otoño sevillano, permitió la celebración del acto al aire libre, bajo los árboles del parque donde se encuentra el Centro Cívico Tejar del Mellizo, disfrutando los asistentes de las atinadas palabras de los dos ponentes.
    El desafuero tuvo inmediato eco en todos los medios de comunicación locales, en el mismo momento y en las semanas posteriores, pero el Ayuntamiento, lejos de rectificar tan totalitaria actitud de censura literaria, se empecinó en su cerrazón y tanto PSOE como Izquierda Unida, insistieron en justificar lo injustificable, ahondando en su desatino al argumentar, para defender su brutal censura, una demencial interpretación de la llamada ley de Memoria Histórica, ley que está sirviendo a la izquierda española para perpetrar los más increíbles esperpentos en pos de un ánimo revanchista que vuelve a levantar los dormidos odios de bandos antiguamente enfrentados en la sociedad española. El llamémosle asunto Foxá, ha acabado en los tribunales, pues ambas asociaciones culturales han demandado a varios de los responsables municipales por prevaricación e injurias.
    Antes de fin de año, en una cita celebrada en el mismo recinto, esta vez sin prohibición alguna, las mismas asociaciones culturales organizadoras del homenaje a Foxá, celebraron otro homenaje literario esta vez a la figura del poeta Leopoldo Panero en el centenario de su nacimiento.
    Toda esta introducción me ha servido para justificar la apertura de un espacio, una ventana abierta para airear la cerrada habitación de las brillantes plumas, que como Agustín de Foxá y el mismo Panero, han sido encerradas por la tiranía del poder establecido, de lo políticamente correcto, de los paniaguados del sistema que, llenos de rencor, injusticia e ignorancia, condenan a varias generaciones de extraordinarios protagonistas literarios de la cultura española del siglo XX por el mero hecho de aventurar, en su estulticia, que no coincidían con sus planteamientos políticos, cosa deleznable de por si, que se vuelve más sangrante cuando ni siquiera están informados de las verdaderas idiosincrasias de los desterrados al ostracismo del olvido.
    Desde aquí queremos reivindicar obras y autores, hechos y efemérides de grandes españoles que dieron a nuestras artes días de gloria y trabajos dignos de permanecer en los anaqueles de nuestra historia cultural más destacada.
    Ha llegado la hora de recuperar esos miembros amputados de nuestra cultura, está loco un pueblo que repudia a sus hijos más ilustres, no me extraña, en esta patria a la deriva, desenraizada de sus más característicos valores, dominada por sectas que repudian lo que desconocen, y que no quieren preocuparse de conocer, que solo quieren agradar a una masa de votantes adeptos, a los que se intenta mantener en la más frívola de las superficialidades, adoctrinados en la más supina ordinariez desde los controlados canales de televisión, adormecidos en una figurada sociedad de bienestar donde, ante la ficción de grandes masas de productos a disposición de todos, la mayoría acaba comprando subproductos en los bazares orientales, donde las marcas se imitan unas a otras y las grandes compañías multinacionales pactan los precios convirtiendo en falacia las supuestas beldades de la competencia comercial.
    Impostura que se traslada a todos los campos del vivir cotidiano, alimentos y ropa, transportes e infraestructuras y, como no, en siglas de partidos intercambiables entre ellos. Consumo y moral relajada son los nuevos opios del pueblo que, con la panza llena y atiborrado de canales de televisión y juegos virtuales, malvive para pagar a los bancos los desafueros del sistema capitalista.
    La recuperación de obras y personajes que dieron luz a nuestra cultura no será, por tanto, solo un ejercicio de justicia histórica, sino que quiere ser, además, una llamada a las nuevas generaciones para mostrarle un camino de retorno a la senda de nuestra verdadera civilización. Lejos de plasmar antiguos modelos clásicos, querremos fijarnos en espíritus jóvenes que, con afán revolucionario, quisieron cambiar un ambiente decadente en una nueva España, más justa y más libre, no un cerrado con olor a naftalina y muebles viejos, sino, como dijo José Antonio, “una España alegre y faldicorta”.
    Ocurrió en España después de la Guerra Civil y ocurre ahora, el sectarismo que todo lo oscurece. Ahora, que, de nuevo, Lorca sirve de coartada para la manipulación cultural e histórica, traemos aquí las palabras del escritor y cineasta falangista Edgar Neville: “La obra de Federico está por encima de los partidos y de las disensiones, es un bien nacional, como la obra de los Machado, de Juan Ramón o de Lope”. Así mismo, hemos de reseñar como Dionisio Ridruejo y Pedro Laín Entralgo, distinguidos falangistas ambos, consiguieron que las obras de Antonio Machado no fuesen desterradas de las librerías de la España Nacional durante la guerra.
    En definitiva, nos gustaría recuperar ese espíritu de convivencia ilustrada de pre-guerra, donde se compartían copas en los cafés de moda, donde menudeaban, incluso compartiendo espacios, tertulias de literatos que, si no coincidían en planteamientos políticos, si creían, cada uno desde sus posiciones, en la regeneración de España. Gente de vanguardia, de nuevos planteamientos, de apertura a nuevas formas, de intercambios intelectuales de carácter internacional.
    Es la hora de superar ese triste informe aparecido en prensa que dice que el 40% de los jóvenes españoles no lee ningún libro al año, que cerca de medio millón ni estudia ni busca trabajo, que la desesperanza está instalada en nuestra sangre más joven. No queremos viejas estatuas frías, queremos modelos que remuevan conciencias dormidas.
    Javier Compás