Mostrando entradas con la etiqueta Kiko Méndez Monasterio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Kiko Méndez Monasterio. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de enero de 2013

Poetas con pistolas

"Mientras el primero aportaba versos al ‘Cara al sol’, el segundo componía odas a Stalin. Toda su obra está salpicada por las circunstancias y su posicionamiento político."

  por Kiko Méndez-Monasterio


 Para Agustín de Foxá los versos de Rafael Alberti, de Cernuda, de Miguel Hernández, es decir de casi todo el 27, “son poemas de laboratorio, sin fuerza ni hermosura, equívocos, cobardes, llorones”. Por eso declina la invitación de Luis Buñuel para asistir al estreno de la Edad de Oro, esa tarde prefirió acudir a un mitin de José Antonio. Con esa elección, al abismo estético se une la confrontación política.
Desde entonces, las figuras de Foxá y de Alberti están condicionadas por el tiempo fratricida que vivieron. El primero contribuyó con algunos versos al himno falangista –“Cara al sol con la camisa nueva, que tú bordaste en rojo ayer”–; el segundo prefería dedicarle poemas a Stalin –“Padre y maestro y camarada”–.

Agustín de Foxá: mucho más que anécdotas
Para hacerse una imagen adecuada de él, nada mejor que su autorretrato: “Gordo; con mucha niñez aún palpitante en el recuerdo. Poético pero glotón. Con el corazón en el pasado y la cabeza en el futuro. Bastante simpático, abúlico, viajero, desaliñado en el vestir, partidario del amor, taurófilo, madrileño con sangre catalana”.
Nació en Madrid casi con el siglo, en 1903. Además de conde de Foxá y marqués de Armendáriz fue periodista, diplomático, autor teatral, académico y poeta. Sólo escribió una novela, pero es legado suficiente como para considerarlo uno de los mejores prosistas de la pasada centuria. Ahora no tiene el hueco debido en el mausoleo cultural porque nunca le han perdonado su orgullo reaccionario, su cuna aristocrática, su versátil talento y su vinculación con la Falange.
Cincuenta años después de su muerte, además de las polémicas por la necia censura con la que pretenden silenciarle, queda de Foxá su Madrid, de Corte a checa, una novela maestra por la fuerza de su estilo, como La educación sentimental, de Flaubert, pero que además se puede leer como libro de aventuras, como crónica intelectual de la época o incluso, a pesar de ser un enemigo declarado del romanticismo, como continuación de Las memorias de ultratumba de Chautebrieand, por ese guiño melancólico de quienes han conocido la dulzura de vivir del antiguo régimen.
Él contaba que logró salir de aquel Madrid chequista gracias a que se comió, mano a mano con el secretario de un ministro, los últimos cochinillos de la ciudad. Le dieron un puesto como representante de la República en Bucarest, y allí acudió, previo paso por la zona nacional, claro, para ponerse al servicio del gobierno de Burgos.
Llegó la paz aquí y la guerra al resto de Europa, y todavía, prisionero de su ingenio, se metió en líos tan gordos como él mismo llegaría a ser: diplomático en la Italia de Mussolini, fue declarado persona non grata por el Régimen: unos dicen que a causa de sus bromas inadecuadas hacia el conde Ciano; otros que por decirle a la embajadora alemana, delante de varios jerarcas fascistas, que el Reich demostraba gran valor al elegir a sus aliados. Y es que, además de su novela, su teatro, sus artículos y sus poemas, a Foxá le sobreviven sus anécdotas, tan innumerables como sus apariciones en sociedad, porque no hay quien le haya conocido y no cuente de él alguna ocurrencia genial. Eso sí, imposibles de contrastar.
Fue en Chile, dando una conferencia en la que afirmaba que en España aún se moría por honor, donde un exaltado le interrumpió diciendo que allí sólo se moría por la democracia. “Ya –contestó rapidísimo el conde–, pero eso es como morir por el sistema métrico decimal”. En España, en una tertulia, algún pelota institucional tuvo la osadía de decir que el Espíritu Santo inspiraba los discursos del Caudillo. “Mañana mismo me hago de Tiro al pichón”, apostilló Foxá.
Tenía de diplomático la carrera y la condición, pero la incontinencia de su vivísimo ingenio creó más de un problema, como cuando en una cena oficial una dama norteamericana se quejaba de que en España se criticaba mucho a los EE UU, pero gustaban mucho más los dólares. “Señora –respondió el conde–, también nos gusta el jamón y no por ello nos revolcamos con los cerdos”.
Renegar no renegó nunca, pero ya instalado en la figura de epicúreo senador romano, miraría con cierta condescendencia su etapa más juvenil: “Todas las revoluciones han tenido como lema una trilogía: libertad, igualdad, fraternidad, fue de la Revolución francesa; en mis años mozos yo me adherí a la trilogía falangista que hablaba de patria, pan y justicia. Ahora, instalado en mi madurez proclamo otra: café, copa y puro”.
Murió en 1959 sin haber pronunciado el discurso de ingreso en la Real Academia. Para la ocasión hubiese servido su mejor poema, Melancolía de Desaparecer: 


“Y pensar que después de que yo me muera,
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas. (...) 
Y pensar que no puedo en mi egoísmo
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja,
que he de marchar yo solo hacia el abismo
y que la luna brillará lo mismo
y ya no la veré desde mi caja.”

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Jose Antonio vuelve por Navidad de la mano del Jose María Zavala

 


El José Antonio de Zavala     por Kiko Méndez Monasterio



02 DIC 2011 |

Al principio fue un chaval de treinta años defendiendo contra todos la memoria digna de su padre.

Al final, o sea ahora, es un proscrito del pensamiento y de la historia, y su tumba el objeto de debate de unos expertos grises que discuten si es conveniente profanarla.

Entre lo uno y lo otro, José Antonio Primo de Rivera ha sido en España casi todo: brillante diputado, capitán de juventudes, la portada de esos libros de FEN, y más que nada poesía, versos que prometían primaveras sonrientes en un siglo que era invierno, y que sólo torcía el gesto para esbozar muecas de odio o de desprecio. Resulta imprescindible tanto para la parafernalia de un régimen como para entender literatura grandísima del ayer - Agustín de Foxá, Dionisio Ridruejo, Sánchez Silva, Rafael Sánchez Mazas, García Serrano...- y hasta es el protagonista de un soneto escondido del mayor de los Machado. 

José Antonio ha sido mito, excusa, ausencia, estilo, sangre, quizá un peso excesivo para un hombre al que sólo dejaron vivir treinta y tres años, porque también fue involuntario mártir de una cruzada que ya no es cruzada, sólo guerra fraticida ahora que el embalaje de su pensamiento y su obra se ha quedado en el lado demonizado de la historia, al menos de esta historia pueril y maniquea construida por el complejo, la ideología y la ignorancia.

Con todo, todavía inspira sana curiosidad ese joven marqués al que los terratenientes llamaban bolchevique y que fusilaron los socialistas. Por eso es pertinente el último título de José María Zavala “La pasión de José Antonio”, un libro que sirve para profundizar, recordar o descubrir a una figura tan utilizada como incomprendida. Zavala merece la pena porque es toda una referencia en la divulgación histórica, y ha sabido acercarse al personaje con una rarísima higiene intelectual, que sobresale entre tantos oportunistas de la memoria, esos que se disputan los restos desabridos de un banquete sucio.





http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/cultura/jose-antonio-zavala-20111202