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lunes, 25 de agosto de 2014

EL LARGO VIAJE DE UN GRAN VASCO.

Bengoechea irrumpe en la poesía española como una hierba entre dos adoquines, y esos adoquines eran nada menos que Blas de Otero y Gabriel Celaya

Aquilino Duque. (Diario ABC)

EL Domingo de Resurrección de 2007 asistí al ya tradicional Pregón Taurino de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla en el Teatro Lope de Vega, también llamado «de la Exposición», a cargo esta vez del entonces Defensor del Pueblo don Enrique Múgica Herzog. Confieso que fui menos por oír al orador que por aplaudir a un hombre de bien, es decir, a un patriota, en unos momentos en que una clase política vil y una «ciudadanía» que allá se anda con ella, consideran de mal gusto amar y defender a la patria que las vio nacer. Esa hombría de bien de Múgica culminó para mí cuando cerró su perorata con unos versos y un recuerdo del poeta vizcaíno Javier de Bengoechea. Alguna vez he dicho que yo tengo una memoria de elefante para los favores que se me hacen, y yo no puedo olvidar el favor que hace ya muchos años me hizo Javier de Bengoechea cuando en términos para mí muy honrosos se ocupó de una de mis primeras novelas en uno de l os principales diarios nacionales.
Todas estas cosas se me vinieron a la memoria cuando oí mencionar su nombre al f i nal del Pregón Taurino y no perdí un segundo en tratar de ponerme al habla con Tabaco y Oro, que así fue Javier por la fiesta nacional, título por cierto de uno de sus libros de poesía. Premio de esos esfuerzos fue el envío por Javier y su hija Mila del volumen de su Poesía Completa, «A lo largo del viaje», editado por la Universidad del País Vasco. Los dos primeros libros recogidos en ese volumen están además traducidos al vascuence por un italiano benemérito, proeza para mí tan admirable como la de aquel amigo mío que se entretuvo en poner la tabla de logaritmos en números romanos.
Bengoechea irrumpe en la poesía española como diría Michelet, comme une herbe entre deux pavés, como una hierba entre dos adoquines, y esos adoquines eran nada menos que Blas de Otero y Gabriel Celaya, los dos colosos de la poesía española de trasguerra. Ya era mérito que aquella hierba juvenil alcanzara una lozanía propia entre aquellas potencias poéticas entre las que le tocó estar situada y con las que siempre tuvo una cordial relación de amistad y admiración. Excombatiente como ellos del Ejército nacional, pronto vio que la victoria no transformaba a España en el paraíso terrestre y, con más mesura que ellos y con menos eco por tanto, no dejó de dar testimonio del descontento generacional. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos. Sus dos primeros libros se inscriben en la estética del grupo Garcilaso. Predomina en las formas el soneto, una estrofa con la que Bengoechea llegará a hacer auténticos juegos malabares, según va pasando del lirismo renacentista a la variedad temática del barroco. Buen conocedor de sus clásicos, hay en él ecos del Marqués de Santillana en la letrilla «Pie para el retrato de una niña rubia…» y del Ridruejo de los «Sonetos a la piedra» en los sonetos «La luna» y «La veleta». Bengoechea dialoga mucho con los muertos: Quevedo, Unamuno, Hernández, Blas de Otero…y aprueba con notas brillantes las asignaturas poéticas de trasguerra: el amor, la angustia existencial y la fe, sobre la que tiene versos definitivos: « El misterio es seguro. Existe. ¡Mira! / Tapa mis oj os y me deja ci ego. / Cierra mi boca con su t acto oscuro. / Es la mano de Dios. Y yo la beso.»
Gran aficionado a la fiesta nacional y a la pintura universal, hace de aquélla una metáfora de la historia patria y toma a la otra como pretexto para sentar cátedra de ideas estéticas. En su reflexión taurina sobre la realidad nacional abundan los golpes de pecho y los «descargos de conciencia » , de rigor también en unos tiempos en los que el inconformismo era un i mperativo moral e i ntelectual. En ese inconformismo sigue, aunque guardando l as distancias, a Celaya y Otero, y digo lo de las distancias porque de lo contrario no hubiera escrito en una imprecación a los poetas sociales: «las buenas intenciones / nunca han salvado a un libro, ni aun de caballería.»
Hoy que por desgracia comprobamos la bondad de aquellas intenciones de los poetas sociales, hay sin embargo que destacar en ellos lo que su antólogo José Luis Cano denominó «el tema de España». Yo creo que fue ese tema, o esa retórica, lo más noble que tuvo Bengoechea en común con los poetas sociales. Gran vasco. Español —son sus palabras—, Bengoechea vive en una recatada / Bilbao interior sitiada / por el vasco neanderthal. Por eso hoy, que no sólo Bilbao, sino toda España está a merced del «vasco neanderthal», no puedo leer sin emoción versos como aquellos en los que Javier de Bengoechea dice sin rodeos: «Digo tu nombre: España…/ España, España, España, / y una vez, y otra, y otra, / toquemos a rebato / para que Dios nos oiga.»

domingo, 9 de octubre de 2011

SOCIEDAD GU

Gu en vascuence significa nosotros, y es el nombre que se dieron a sí mismo un grupo de vascos que formó el germen falangista en ese verde rincón de España allá por los convulsos tiempos de la IIª República. La Sociedad Gu fue una asociación de carácter cultural, gastronomía incluida, que, como pasó en otros lugares de España fueron un núcleo vanguardista que trajo a nuestro país innovaciones artísticas y culturales suponiendo una punta de lanza de la modernidad en aquella España casi decimonónica. Junto a esas inquietudes culturales, la modernidad de su pensamiento, de sus ideales, de buscar una regeneración de la sociedad y el afán de llevar al pueblo a un estado de bienestar que, lamentablemente, no llegaría hasta veinte o treinta años después y tras una cruenta guerra civil, pero fueron germen, semilla, que fructificó años después en forma de hospitales sociales, de universidades laborales, de barrios de pisos nuevos para las clases trabajadoras. Un movimiento nuevo frente a las injusticias del liberalismo capitalista y frente a la deshumanización del marxismo.

Pero todo ello sería a costa de la sangre de muchos de sus jóvenes idealistas, entre ellos, el alma fundamental de la Sociedad Gu, el arquitecto donostiarra José Manuel Aizpurúa, nacido en 1902 y, como su Jefe, asesinado en los primeros meses de la contienda civil, fue fusilado en Ondarreta el 6 de Septiembre de 1936, tres días antes de que las tropas nacionales entrasen en San Sebastián.

Aizpurúa estudió en Madrid donde conoció a personajes como Dalí, Buñuel y García Lorca, con el que trabó una estrecha amistad, precisamente con el poeta granadino protagonizó una muy relevante anécdota, que no por repetida deja de ser fundamental para entender el talante de muchos intelectuales de aquel momento, la cuenta el también el poeta Gabriel Celaya en su libro “Poesía y Verdad”, publicado en 1979: "Aquel 8 de marzo de 1936 a que me vengo refiriendo, último día en que disfruté de Federico…, él me citó por teléfono en el Hotel Biarritz de San Sebastián, donde paraba. Mi sorpresa, cuando llegué allí, fue que Federico había citado también a José Manuel Aizpúrua. Faltó poco para que rasgara mis vestiduras porque siempre he pecado de violento y entonces, además, era joven. Compréndanlo. José Manuel Aizpúrua era un arquitecto muy avanzado e inteligente. A su iniciativa se debió que en una ciudad tan obtusa como mí San Sebastián se montaran exposiciones con Picasso, Miró, Picabia, Max Ernst, etc. Era, además, todo hay que decirlo, un gran propulsor de la nueva poesía, y, en general, como se decía en aquellos tiempos "un vanguardista. Pero también era el fundador de la Falange de San Sebastián, y yo le había negado el saludo, aunque nos conocíamos desde niños".

"Federico le hablaba a José Manuel, me hablaba a mí, y los dos le contestábamos, pero no conseguía que José Manuel y yo nos habláramos. ¿Por qué? Porque la guerra civil estaba ya latente. Pero Federico no lo entendía: "Los dos sois amigos míos". Era inútil. Había algo que no marchaba (…) Aquel día cuando se marchó Aizpúrua, Federico me dijo algo terrible que nunca me he atrevido a contar. Terrible pero a la vez hermoso porque demuestra con que inocencia caminó hacia su muerte… Me preguntaba Federico por qué yo no había querido saludar a José Manuel Aizpúrua, y por qué, entre los dos, le habíamos creado una situación absurdamente tensa. Yo trataba de explicárselo con frenesí, quizá con sectarismo, y él, incidiendo en lo humano, trataba de explicarme que Aizpúrua era un buen chico, que tenía una gran sensibilidad, que era uy inteligente, que admiraba mis poemas, etc. Hasta que al fin, ante mí cada vez más violenta cerrazón, reaccionó, o quizá quiso que abriera los ojos de sorpresa, con la confesión de lo terrible:

-Es como José Antonio Primo de Rivera. Otro buen chico. ¿Sabes que todos los viernes ceno con él? Pues te lo digo. Solemos ir juntos en un taxi con las cortinillas bajadas, porque ni a él le conviene que le vean conmigo ni a mí me convine que me vean con él.

Federico se reía. Creía que aquello no era más que una travesura de niños. No veía nada detrás."


Aizpurúa fue el mejor representante del racionalismo arquitectónico con inspiración en Le Corbusier.

En el seno de la Sociedad Gu conoció José Antonio a Picasso, que debatieron cordialmente, como Pío Baroja con Rafael Sánchez Mazas, de ello nos dejo testimonio el arquitecto Eduardo Olasagasti. La obra del pintor malagueño, y la del cubista Juan Gris, fueron presentadas por Aizpurúa. En 1930 organizaron una exposición de arquitectura y pintura moderna en San Sebastian. También organizaron veladas de jazz. Vanguardia cultural en la España del momento.

José Manuel Aizpurúa, que pertenecía a la Junta Nacional de Falange, diseñó la cabecera del periódico falangista Arriba por encargo directo de José Antonio. La humanidad, el racionalismo y la modernidad de Aizpurúa no son más que el reflejo de la modernidad e innovación que supone el movimiento en el que creía, lejos de las visiones que califican de contradictoria su praxis profesional, tan avanzada, con lo reaccionario de sus creencias políticas, unas y otras están en perfecta armonía, esas críticas, hechas desde la visión contemporánea pervertidora de la realidad histórica del momento, no entienden la novedad de las ideas renovadoras que, frente a las doctrinas decimonónicas manoseadas y corrompidas, frente al marxismo deshumanizador y apátrida y frente al capitalismo burgués, explotador y clasista, supone un sistema nuevo, superador de las desigualdades, igualitario, pero valorando al hombre y a la nación en la que se articula su sociedad, depositaria del legado, bueno y malo, de los antepasados.

En la Sociedad de Artistas Ibéricos, creada en 1931, aparece su nombre, como socio fundador, junto al del gran pintor Vázquez Díaz o junto al del poeta, de quién ya comentamos su amistad personal, Federico García Lorca. En 1930 se creó GATEPAC, Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea, donde participaban, además del donostiarra, los famosos arquitectos catalanes José Luis Sert o Antonio Bonet, fueron una referencia para los movimientos arquitectónicos españoles de los años 50 y 60, los miembros del GATEPAC también militaron en ambos bandos de la Guerra Civil.

Javier Compás