viernes, 14 de diciembre de 2012

Eugenio D'Ors. Un catalán olvidado (José María García de Tuñón en diarioya.es)





(José María García de Tuñón Aza)

Había estado leyendo hacía unos días a Eugenio d’Ors. Leí un libro que se publicó en Buenos aires en el año 1941 con el título, «Introducción a la vida evangélica. Cartas a una soledad», donde, quien lo haya leído recordará que hace alusión, en la primera página, a la frase de Santa Teresa, «Sólo Dios basta», y que d’Órs añade: «No, no es cierto que sólo Dios baste. Así piensan erróneamente los deístas. Tal vez los protestantes. Pero, éstos la proclamación de su recelosa exclusividad la compensan al menos con un cultivo apasionado de la presencia real de Cristo; y ello, hasta evaporar en su representación, la condición histórica. ¿Cabrá, sin embargo, apropiarse personalmente al Hijo mejor que el Padre?». Bien, ahora no trato de escribir ninguna crítica al libro pues después de tantos años de su edición me imagino que se habrán publicado muchas. Sólo quiero referirme a unas palabras que su biógrafo, Antonino González, ha escrito en su obra «Eugenio d’Ors. El arte y la vida» publicado hace un par de años. Opina Antonino González que sobre la figura de d’Ors «estamos asistiendo en los últimos tiempos a un creciente interés por su pensamiento de lo que es prueba la avalancha de reediciones de sus obras en diversas editoriales están llevando a cabo». Si bien hay que respetar todas las opiniones, creo que el autor de estas letras exagera un poco. Habría que preguntar cuántos estudiantes conocen a este también poeta, esto es, un creador, como muy bien lo califica el doctor en Filosofía, mi buen amigo el catalán Manuel Parra Celaya. Sería mejor decir, creo, que d’Ors está en el recuerdo de algunos y en el olvido de los más. Incluso su pasado falangista todavía cuenta para tenerlo relegado. O si se quiere, un escritor que está mal «plantado», en la cultura de hoy, a pesar de ser el autor de «La Bien Plantada» que es, entre otras cosas y como dice meu bon amic, «el símbolo de esa elegancia que guió toda su obra».


(Eugenio D'Ors dibujado por Ramón Casas)

 Se podían añadir más comentarios o puntos de vista sobre el silencio a que se ha sometido la obra de Eugenio d’Ors. Por ello,  no me resisto a añadir ni pasar por alto lo que un día  Pablo d’Ors, nieto del filósofo y poeta, escribía en el suplemento cultural Blanco y Negro del diario ABC, en el que hace referencia a que quizá fuera él como una reliquia del pasado, una especie de caballero medieval, obcecado, como don Quijote, .por defender un nombre y un ideal, un castillo, una idea, Ser d’Ors era para él eso; un horizonte, una consigna, una fortaleza. No es casual que lo considerase así. Ha habido demasiados ataques para que no lo considerase así. Por de pronto el nombre de su abuelo, Eugenio  –el ingenio de esta corte, ya caduca– , había sido sistemáticamente borrado de las enciclopedias y de los manuales escolares y universitarios de lengua y literatura españolas. También, como es natural, el de su obra, casi infinita. Y sublime. Se tomó la molestia de cotejar muchos de esos manuales colegiales, los que van desde la época así llamada nacional-católica hasta los de actualidad. Y comprobó con pesar cómo las muchas páginas dedicadas a su abuelo pasaban a ser pocas, y cómo pocas se degradaban hasta convertirse en muchas líneas, pero de una sola página, y cómo esas muchas líneas, ¡ay!, se transformaban en pocas, y esas pocas en tres, dos, una, ninguna. Y terminaba con estas duras palabras: «Nada. Eugenio d’Ors ya no existe en la mayoría de las historias de la literatura. Ni siquiera los catalanes, la puerta española hacia Europa, le mencionan. Los catalanes son los peores de todos, interesados, oportunistas, frívolos con avaricia, y por eso los odio con todo el odio que cabe en mi alma catalana, que es mucho».
                                                                            

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