sábado, 14 de enero de 2017

LO QUE ESCONDÍAN SUS OJOS (Por RAFAEL ZARAGOZA PELAYO Grupo de Estudios Historia Actual de la Universidad de Cádiz en ABC publicado el 13 de Enero de 2017))


 

En España, por fortuna, hace tiempo que hemos recuperado la libertad, pero la verdad histórica sigue ausente. A partir de los años 60, los perdedores de la Guerra Civil ganaron la guerra de la propaganda.

(Rafael Zaragoza)

La miniserie que Telecinco ha emitido recientemente, «Lo que escondían sus ojos», ha enrabietado a los habituales antifranquistas retrospectivos. Sin ir más lejos, Cristina Almeida declaraba hace poco en «la Secta» que no se puede tolerar que se emita una serie que idealiza a Serrano Súñer (mano derecha de Franco del 38 al 42), así como a la vida social y cultural de aquellos años 40.
Sin entrar en la hemiplejía moral de ésos que al mismo tiempo elogian la legión de películas que ensalzan al totalitario Frente Popular, llama la atención su ignorancia sobre los años 40, concebidos sólo como una época de militares y curas, y sin vida cultural. No es así.
La serie narraba los amores prohibidos entre Serrano Súñer y la marquesa de Llanzol, con la que tiene una hija secreta, la muy estilosa e inteligente Carmen Díez de Rivera, la llamada musa de la Transición. Carmen se enamora sin saberlo del hijo de Serrano, su hermanastro, hasta que es advertida y se marcha de misionera. Como amiga del Rey y Suárez, a su regreso, influye en la legalización del PC. Con el tiempo se afilia al PSOE. Muere muy joven, a los 57.
Pero no pretendo centrarme en la miniserie, sino responder a los falsos tópicos que como reacción a su emisión se han repetido sobre la política germanófila del régimen y la supuesta aridez cultural de los años 40.
Hay que recordar que el brillante Ramón Serrano Súñer encabezó a un solvente equipo de intelectuales y políticos falangistas que, ante la presión alemana, consiguió dar largas a la entrada de España en la Guerra Mundial. Sólo tras el ataque de Hitler a Rusia, y quizás para compensar esa negativa, enviaron allí a los voluntarios de la División Azul. Algunos de estos falangistas, en el transcurso de pocos años, se opondrían a Franco.
Cabe señalar que el primer falangismo fue un movimiento nuevo, vivido con tanto romanticismo como la izquierda vivió su utopía. En aquellos años no se conocía en qué iba a desembocar el fascismo, cosa que se sabía ya del comunismo, en vigor desde 1917 en Rusia. No entramos en lo que luego sería la violencia falangista, surgida como reacción a la revolucionaria, en especial de las JJ. SS. Desde luego, la Falange fue un movimiento antidemocrático, pero tal como lo fue la izquierda socialista y comunista. Como se ha visto recientemente en los documentos de ABC, el único intento de derrocar al caudillo con fines democráticos que hubo fue el de Don Juan.
Pero volvamos a los aspectos culturales de esa época, falsamente limitados al exilio. Es verdad que el estado franquista arrasó la disidencia. Pero la creatividad empezó a germinar desde muy pronto, eso sí, en medio de grandes dificultades. Ya en el año 40 se publica la revista «Escorial», dirigida por Laín Entralgo y Dionisio Ridruejo, que supuso un esfuerzo por reanudar la convivencia.
La propia Falange reunió a una gran pléyade de intelectuales, como Ridruejo, Sánchez Mazas (padre de los S. Ferlosio), A. de Foxá, Michelena, Miquelarena, José María Alfaro (los anteriores redactaron el «Cara al sol» junto a José Antonio), Tovar, Vivanco, L. Rosales, Torrente Ballester, Samuel Ros, Víctor de la Serna, G. Serrano, A. Cunqueiro, Edgar Neville, etc. El propio José Antonio presidió la tertulia «La Ballena Alegre», y se rodeó de su famosa corte literaria. Según Trapiello, fue amigo de Federico García Lorca, para disgusto de Ian Gibson.
El supuesto «páramo cultural» español de antes del 55 fue rebatido muy especialmente por Julián Marías (nada sospechoso de franquismo) en el año 76, en su artículo «La vegetación del páramo», donde se da cuenta de la frondosidad cultural de aquella España. Julián Marías demuestra que los grandes autores del 98, y de las generaciones siguientes, comienzan muy pronto a escribir: Menéndez Pidal, Azorín, Pío Baroja, Ortega y Gasset, Zubiri, Morente, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, V. Aleixandre, Mihura y Marañón.
Sin entrar en otros terrenos artísticos o científicos, también muy productivos, Marías menciona un nuevo brote de poesía tras la Guerra Civil, como Celaya, L. Panero, Rosales, Buosoño, Ridruejo y Blas de Otero. También en esos años escriben nada menos que Cela, I. Agustí, C. Laforet, Gironella, M. Delibes, Aldecoa, José Luis Sampedro, Buero Vallejo, Laín Entralgo, Menéndez Pelayo, F. Chueca, Díez del Corral, J. A. Maravall, Lapesa, Díaz Plaja, y el propio Julián Marías. Yo añadiría nombres como los de M. Machado, J. M. Pemán, E. D´Ors, J. Camba y el mejor prosista catalán del siglo XX, Josep Plá.
En Cádiz también tuvimos la revista «Platero», de F. Quiñones, y «Postismo», de Carlos Edmundo de Ory. ¿Hay un panorama cultural remotamente parecido a esto en la actualidad?


En España, por fortuna, hace tiempo que hemos recuperado la libertad, pero la verdad histórica sigue ausente. A partir de los años 60, los perdedores de la Guerra Civil ganaron la guerra de la propaganda e hicieron desaparecer a muchos de estos autores de los medios de comunicación y de los manuales, al margen de su calidad literaria. En otras palabras, se fue sustituyendo el relato franquista por otra «verdad histórica» igual de deformada y tendenciosa. Y desgraciadamente, en ésas seguimos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada