sábado, 4 de enero de 2014

Regalar libros

Antonio Rivero Taravillo
Publicado en El Mundo 3/1/14

Es cierto que no todos los libros mejoran a quienes los leen. Ahí están los escritos de los tiranos, que son más bien una justificación de sus atrocidades y porque se ponen a sí mismos en ridículo dudo que haya que prohibirlos. El Estado de Baviera sigue negándose a que se reedite Mi lucha, de Hitler, cuando una lectura desprejuiciada no puede sino alejar al lector de aquellos postulados fanáticos. También están los libros de las sectas y las religiones nocivas (habrá quien diga que lo son todas pero sin embargo se acoja a algún autor ateo no menos perjudicial). Recuerdo ahora que un autor de obras de ciencia ficción devino profeta de una pamplina que tiene gran predicamento entre los actores desnortados. De la bondad de la tal «religión» salí de dudas cuando una tarde que diluviaba un seguidor suyo apostado en un portal me quiso vender su biblia y para cobijarme entré en su tabuco; como no accediera, el apóstol aquel me sonrió de una manera que no era en absoluto beatífica, sino la expresión de que se alegraba de que, al abandonar su cuchitril propagandístico, volviera yo al aguacero y me pusiera como una sopa.
Pero una cosa hay que conceder a los volúmenes vendidos en librerías: que, por malos que sean, si se venden mucho pueden contribuir a que el establecimiento siga abierto y que, con el beneficio que generan unos cuantos títulos puedan seguir ocupando su lugar en el estante aquellos más minoritarios y de calidad superior sin los cuales la oferta cultural se empobrecería.
En Sevilla sigue habiendo, además de las grandes superficies, muy buenas librerías. Pienso en Palas, en Céfiro, en Birlibirloque, en la Extra Vagante, en Reguera, y me pongo elegíaco con Al-Andalus, que va a cerrar. Aquí, donde se lee menos que en otros lugares, el libro como regalo supone un importante repunte en la facturación, cada vez más anémica. Por eso es bueno regalar libros, para que las ventas de estos días permitan que las librerías se mantengan abiertas todo el año. En esto el libro digital aún no ha podido hacer sombra al de papel. Entregar un volumen envuelto para regalo es algo irreemplazable. Y un acto de amor, porque obliga a ponerse en el lugar del otro, a pensar en sus intereses.
Frente a la pantalla que todo lo iguala y para la que, además, solo están disponibles los grandes éxitos de la narrativa pero rara vez los ensayos y la poesía, opongamos las ediciones cuidadas, la variedad, la riqueza. Una riqueza que, paradójicamente, cuesta muy poco dinero.

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