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domingo, 1 de enero de 2017

Presentación del libro La vida por José Antonio, del profesor e historiador Francisco Torres

La Sala Cultural La Revuelta de Sevilla, acogió la noche del pasado jueves 29 de Diciembre, la presentación del nuevo libro del catedrático de Historia, Francisco Torres, La vida por José Antonio. Entre la represión y el olvido.
El Club de Debate Melchor de Jovellanos, dentro de sus habituales actividades culturales en la citada sala La Revuelta, invitó al profesor Torres a disertar sobre su nueva obra, cuyo lanzamiento coincide con el 80 aniversario del fusilamiento del fundador de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera. Para la organización de este acto, se contó también con la ayuda de la Asociación Cultural Ademán y la Asociación Cultural Fernando III.

La Revuelta se llenó para escuchar al murciano Francisco Torres que, apoyado por imágenes sacadas de su libro, algunas exclusivas, cedidas para la obra, habló sobre las circunstancias que rodearon es estallido de la Guerra Civil el 18 de Julio de 1936 en la provincia de Alicante, en cuya prisión se encontraban detenidos los hermanos Primo de Rivera, Miguel y el mismo José Antonio, junto con otros numerosos falangistas. En su relato, tan ameno como las páginas de su libro, Torres también habló de la militancia falangista en la provincia alicantina, los planes realizados para colaborar en el Alzamiento y liberar a su Jefe, José Antonio y el martirio de más de doscientos falangistas asesinados en la retaguardia del bando republicano en la zona.
La exposición del profesor Francisco Torres, fue seguida por el público con un absoluto silencio y, a veces, con palpable emoción, dados los casos expuestos por el autor del libro, de muertes de, en muchos casos, personas muy jóvenes, asesinadas por sus ideas políticas, en este sentido, Torres hizo hincapié en algunos artículos de la actual Ley de Memoria Histórica, cuya letra ampararía el recuerdo y la reparación de estas muertes, pero cuyo espíritu solo se ocupa del bando republicano, obviando (“Entre la represión y el olvido”) los numerosos asesinatos cometidos en chekas, “paseos” y sacas de centros de detención, sin garantías procesales ningunas.


Francisco Torres, especialista en la Historia de España del siglo XX, ha publicado libros de éxito, siempre con rigurosos estudios basados en documentos históricos cuando no en fuentes directas y protagonistas de la misma Historia. Así, entre los más recientes, están sus Soldados de Hierro. Los soldados voluntarios de la División Azul (Editorial Actas, 2014) o El último José Antonio (2013), este último, narración pormenorizada y ampliamente documentada, sobre el encarcelamiento y muerte de José Antonio, publicado por Editorial Barbarroja, la misma que edita el libro presentado.

miércoles, 4 de mayo de 2016

'De los nuestros, de toda la vida'.


(Josele Sánchez)

'De los nuestros, de toda la vida'. Esta frase fue un salvoconducto, un aval para la supervivencia en los años previos y posteriores a nuestra última Guerra Civil. Con ella unos salvaban a otros cuando venían los comisarios políticos a pedir a los mandatarios locales la lista de señalados en los pueblos de España. 
Sin informática y con los archivos parroquiales mitad quemados mitad destruidos, se rompían partidas bautismales para acreditar un ateísmo militante o se construían matrimonios que no pasaron del noviazgo para garantizar una pensión mínima a una joven viuda o a mujeres que parieron póstumamente hijos putativos. Aunque ahora sólo parezca que España es un país en continua revancha de los herederos ideológicos de los vencidos contra los 'otros', en verdad hubo otra guerra civil en la que cupo la protección mutua; el salvarse los unos a los otros con exacta reciprocidad cuando la suerte cambió de lado. 
Esta es, en buena medida, la Guerra Civil que dibuja 'La consagración de la primavera', la novela que acaba de publicar Josele Sánchez en Editorial Esparta.


Es así como dando un quiebro a la habitual novela histórica guerracivilista hipotecada con delatores, mezquinos, héroes cuestionables y arquetipos de buenos y malos completamente previsibles sin el derecho al desarrollo de los personajes conforme lo hace la novela. Es así como la novela de Josele Sánchez pone a la lealtad en el centro de una trama con magníficos pulsos de acción que se teje sobre el bastidor general de la música y la conocida pieza musical de Igor Stravinsky.
Si puede sostenerse que sin el odio en la trama no se entiende la novela histórica guerracivilista  convencional española, hay que afirmar que éste no tiene cabida alguna en la obra de Sánchez en la que sí hay un espacio para protagonistas corales habitualmente proscritos como José Antonio Primo de Rivera. Una aparición que se inscribe en la línea de Juan Manuel de Prada ('Las máscaras del héroe' y 'Me hallará la muerte'), Eduardo Mendoza ('Riña de Gatos'), Ignacio del Valle (trilogía del Teniente Andrade llevada al cine en 'Silencio en la Nieve') o Javier Compás ('La playa de los alemanes'). 

Es indudable que junto a quienes mentían ante los comisarios políticos ávidos de fusilables con el este es 'de los nuestros, de toda la vida', también hubo delatores que excavaban con su lengua tumbas en cunetas, ensanchaban las checas o engordaban los expedientes de depuración. La Historia de la Humanidad es un larguísimo relato de pequeños héroes y villanos, pero no de arquetipos sectarios de unos y otros como llenan la casi totalidad de la novela guerracivilista. 'La consagración de la primavera' es una muy buena excepción.


lunes, 9 de septiembre de 2013

El último José Antonio en Sevilla.

martes, 3 de septiembre de 2013

Regás se descubre ante la falangista feminista.


Por Rosa Regás.Rosa Regás

Mercedes Fórmica o la ideológica contradicción


En el verano de 1953, en pleno franquismo, la prensa española se hizo eco de un terrible acontecimiento, la muerte de una mujer a manos de su marido, con un texto explicativo, "Mujer apuñalada por su marido", pero sin crítica ni al marido asesino, ni a la justicia, ni a la situación de la mujer que tuvo que aguantar los malos tratos que recibía habitualmente que la llevarían a la muerte ya que no podía permitirse abandonar el hogar que según la ley la habría dejado sin hijos, casa ni bienes. El 7 de noviembre de ese mismo año Luis Calvo,  director de  ABC, se atrevió a publicar un artículo de Mercedes Fórmica que había sido detenido por la censura y que ella había enviado al diario. Llevaba por título "El domicilio conyugal" y lo escribió al conocer las doce puñaladas  que recibió Antonia Pernia Obrador de su esposo y la situación de violencia en la que se había visto obligada a vivir hasta que le llegó la muerte.


 Mercedes Fórmica fue la primera mujer que desde el régimen dictatorial del General Franco intentó que se transformaran las leyes machistas que convertían a la mujer en una esclava de las costumbres,  la sociedad, la religión y el omnímodo poder de sus maridos o padres.
Mujeres de la Sección Femenina durante la guerra civil
Yo no conocía la historia de esta mujer singular y creo que recordarla hoy no me convierte en admiradora del régimen al que ella eligió obedecer y servir. Fue, incluso así, una mujer singular y  su vida no fue un modelo de lo que fueron, y son aún, las vidas de las personas amantes de formas de gobierno excesivamente autoritarias, antidemocráticas y que han llegado al poder por un golpe de estado y una sangrienta guerra civil. Había nacido en 1916 en Cádiz de familia acomodada pero tuvo una madre que lejos de dedicarla al culto de sí misma, del hogar y a la convicción de que había nacido  para vivir a las órdenes de su futuro marido, la hizo estudiar bachillerato, prepararse para entrar en la universidad e ingresar en la Facultad de Derecho de Sevilla en 1931, el mismo año en que en España se instauró la República. Así que tuvo como profesores a muchos expertos formados en la Institución Libre de Enseñanza, lo que no le impidió tener que ir a clase acompañada de una "doña" para evitar críticas de su entorno social, ya que era la única alumna del curso. Tampoco era muy habitual en su ambiente que sus padres se divorciaran dos años después, ni que ya licenciada decidiera irse a vivir a Madrid sola. Pero no todo fueron puertas abiertas al pensamiento libre. Ya en Madrid se afilió a  Falange Española, tal era la admiración que sentía por José Antonio Primo de Rivera, hijo del que había sido dictador en tiempos de Alfonso XIII, quien la nombró delegada del SEU femenino en 1936 y miembro de la dirección del partido.

Mercedes Fórmica 1916-2002
Mercedes Fórmica
 Otro rasgo peculiar en su biografía es que se casó con  Eduardo Llosent y Marañón editor en Sevilla de la revista Mediodía donde conoció y fue muy amigo de poetas de la generación del 27 como Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Dámaso Alonso o Rafael Alberti.

 Aunque al ganar la guerra Franco debió cambiar de ideología cultural al menos porque fue nombrado Director del Museo de Arte Moderno de Málaga.
Acabada la guerra Mercedes se doctoró en Filosofía y letras y en 1945 publicó su primera novela, Bodoque a la que siguieron biografías de mujeres de la Historia de España, textos autobiográficos como La infancia, Visto y vivido y Escucho el silencio, y otras novelas:  A instancia de parte o Collar de ámbar, que fueron bien tratadas por la crítica y lo siguen siendo entre la poca gente que la conoce, porque la historia la ha juzgado más por su ideología que por su talento y porque también ella es fruto de la maldición franquista que dejó a los derrotados sin futuro y a los vencedores sin pasado, un pasado que todavía hoy no hemos recuperado.

                                   
Pero lo que más me interesa destacar es la lucha por los derechos de la mujer o relacionados con ellos, inexistentes o borrosos aún en la época en que ella vivió pero firmes en su forma de de estar enraizados en su interior. Fue ella quien logró que en los textos jurídicos de la época franquista se sustituyera "casa del marido" por "hogar conyugal" lo que contribuyó también a que tras la separación conyugal la mujer pudiera disfrutar de la casa donde habían vivido ambos cónyuges. Eliminó asimismo la degradante figura del "depósito de la mujer", un derecho que tenía el marido de depositar a su mujer en la casa de los padres o en un convento, y ayudó a que se limitaran los poderes casi absolutos del marido para administrar y vender los bienes matrimoniales, igual que el derecho a las viudas que volvían a casarse a mantener la patria potestad sobre sus hijos. Mercedes puso su grano de arena a que en 1981, cuando ya ella comenzaba a sentir los efectos de la larga enfermedad que la llevaría a la muerte en 2002, se  promulgara la ley que reconocía la plena igualdad de la mujer en el matrimonio. Poco fue este grano de arena, pero difícil era y sin embargo ella no se detuvo hasta que la vejez y la enfermedad  la derribaron. O tal vez dejó de luchar con la llegada de la democracia que había de conseguir aquello por lo que ella se desvivió, a la que, en cambio, nunca pareció comprender ni aceptar, ni mucho menos defender.
 
Curiosamente y a pesar de su dilatada y esforzada lucha, ni en la Falange ni en su propio ambiente estuvieron bien vistas las gestiones que hizo en favor de los derechos de la mujer y en las reformas que impulsó, hasta el punto que la llamaban "la reformica". Un chiste malo con su apellido.
   
Si se contempla  la espesa legislación contraria a la libertad de la mujer que el franquismo elaboró y mantuvo con la ayuda de la iglesia católica, de la burguesía y de los poderes fácticos que habían apoyado el golpe de estado, hay que reconocer que no fue mucho lo que consiguió Mercedes Fórmica, pero hubo muy pocas mujeres que lo intentaron como lo hizo ella, unas porque no podían otras porque no creían en ello. Pero a mí me gusta tener el convencimiento de que  algo debió de ayudar el hecho de que su madre no la tratara como las bien pensantes mujeres de la época trataban a sus hijas, y que tener una carrera universitaria y una forma de ganarse la vida animó su autonomía de pensamiento y acción y su coraje para enfrentarse, aunque solo fuera formalmente, a la ideología del régimen que ella misma defendió.
  

comedor social de la sección femenina
Tal vez moriremos sin ver realizado aquello por lo que hemos luchado -lo más probable- pero algo habremos conseguido si hemos sabido ser el eslabón entre el pasado y el futuro, la memoria y la esperanza, la esclavitud y el bienestar social. Quizá éste haya sido también el objetivo de Mercedes Fórmica, una mujer que no tuvo más visión que la de la injusticia a la que estaba sometida la condición femenina, cuya lucha para intentar recomponerla  vivió con tal intensidad que, quiero creer, le impidió darse cuenta del infierno ideológico en el que había elegido vivir.






Publicado en el blog de el diario El Mundo, "Ellas"
 http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/ellas/2013/09/03/mercedes-formica-o-la-ideologica.html

Más información en:

http://www.abc.es/hemeroteca/historico-24-04-2002/abc/Cultura/muere-mercedes-formica-pionera-en-la-lucha-por-los-derechos-de-la-mujer_94259.html

http://www.fnff.es/Mercedes_Formica_defensora_de_la_Mujer_590_c.htm


http://www.nodulo.org/ec/2012/n120p09.htm


jueves, 29 de agosto de 2013

Pancho Cossío, el pintor de la Falange.

Pancho Cossío

jose antonioPor Adaucto Pérez.

“…porque él pintó lo que hasta él no era:/la evidencia real  de la pintura”

Sobre el nacimiento de Pancho Cossío  son dos los posibles años que figuran en sus biografías: 1894 (partida de bautismo, literalmente “…que dijeron haber nacido el 20 de Octubre de 1894”)) o 1889 que es la que comúnmente se atribuye al pintor. Sobre su vida y obra existe un excelente texto de Juan Antonio Gaya Nuño recomendado ya desde aquí.

Cuando en 1895 el guerrillero cubano negro Quintín Banderas tomó la localidad de Pinar del Río   su actitud fue altamente compasiva, según las normas salvajes de aquella guerra civil (¿hay otras?) con el alcalde y su familia. Se atribuye la magnanimidad de no cortarles el cuello, práctica habitual de Banderas, al hecho de que el mandatario municipal, Genaro Gutiérrez,  se había adelantado en la concesión de libertad a sus esclavos negros y ese hecho le procuró la salida  de él, su mujer  y de sus seis hijos rumbo a España, abandonando el negocio de almacenamiento de hojas de tabaco en que se sustentaba la economía familiar. 

Se establecieron en su región de origen, en Renedo, en el Valle de Cabuérniga. A los cinco años, Francisco Cossío sufría un percance, su madre, en un desgraciado accidente que le pesaría de por vida, le provocaba una rotura que dejaría como secuela una fuerte cojera, compañera inseparable y distintiva durante toda su vida (“el cojo de la bicicleta”). Junto a esta invalidez,  estrabismo y  joroba que crearon para el arte hispano un Toulouse Lautrec ibérico, genial también. Trasladada la familia a la capital cántabra recibió clases de pintura, comenzó y abandonó los estudios de Comercio y fue directivo del Racing de Santander. Con 20 años de edad  (cuatro más, cuatro menos,) en 1914 se trasladaba a Madrid a la calle Barquillo y comenzaba a estudiar con el gran maestro Cecilio Plá. Simultaneaba su trabajo en el estudio de la calle de Fernando el Santo con exposiciones  y se relacionaba con un círculo de amigos  intelectuales que ya apuntaban como era el caso de Gerardo Diego. Esta amistad llevó a encasillar a Cossío dentro del movimiento ultraísta en donde junto a Diego se encontraban Juan Larrea o Vicente Huidobro o Jorge Luis Borges y que era el lugar  del péndulo oscilante de la cultura, ahora en contra del modernismo de Rubén Darío. Pero esa adjudicación no satisfizo al completo a Cossío : 

 “Mi clasificación por la tendencia en que milito es la de postimpreionista. Una vez lo digo para siempre. A los susodichos que me llaman ultraísta y otras cosas, y a muchos más que si no me lo llaman, sería lógico que me lo llamasen, les continuaré diciendo que se asomen a los Pirineos y desde allí contemplen el panorama estético de Europa y  entonces comprenderán  y por último amarán muchas cosas que hoy son arcanos para ellos…Ruego que no se nos tome por iconoclastas. No lo somos. Solamente somos hombres que honradamente intentamos crear un nuevo valor estético por insignificante que sea. Para conseguirlo seguiremos trabajando aunque los perros ladren.”

De sus andanzas con las vanguardias, con aquella tropa de la Residencia de Estudiantes, de la bohemia parisina y del surrealismo quedó constancia con su participación en dos películas de Luis Buñuel ; en    Un perro andaluz -1929-(en donde podemos verle desde el  16´ 29´´ hasta el  17´52´´) http://www.youtube.com/watch?v=371P8O3hf_8

Y en La edad de oro-1930- (en donde podemos volverle a ver desde el  4´ 21´´ al 7´57´´) http://www.youtube.com/watch?v=Fcm5fODZgg0 . Con anterioridad, en 1926, tuvo un paso muy fugaz por el film Carmen, del belga  Jacques Feyder y con Raquel Meller de protagonista.

Participó en el Salón de Otoño de París de 1925 y recibió los apreciados elogios del crítico René Jean. En 1929 en Cahiers d´Art el galerista y crítico  Cristhian Zervos señalaría que para Cossío “…una bella pintura consiste en formas comunes expresadas con medios muy sobrios”, es en  ese año  cuando comienza su fase de “las formas ovales”. De su paleta decía “Waldemar George” (Waldemar Jarocinsky): “Pinta el viento, el cielo, el viento marino y el movimiento de las olas. Los verdes glaucos de reflejos metálicos y los blancos lechosos, opacos, que constituyen la base de su paleta, engendran una armonía de la más rara calidad”. Pintura que se condensa en una “atmósfera sorda” en expresión del hispanista y crítico de arte Jean  Cassou. No se contagió de cubismo ni de surrealismo;  en cuanto al primero hay quien quiere ver reflejos de los ritmos curvos  de Braque en su pintura y poco más; en cuanto a lo segundo  aunque admiraba a Dalí o a Miró pero no discurrió su quehacer por la senda de estos pintores.

Su estancia en Paris, el ambiente cultural en el que está inmerso le condujeron a posiciones políticas cercanas a la izquierda radical,  pero con su vuelta a España en 1931  entenderá que la vanguardia, lo nuevo, lo moderno no está ahí, sino en los núcleos favorables a la revolución nacional, una postura en donde  la relación mantenida  con Eugenio Montes no puede ser olvidada. Comienzan unos años  en los que su producción pictórica se achica,  son los que coinciden con su participación política y, luego, con la guerra. ¿Correlación o causalidad? Ahí queda la pregunta junto a la tarea iconoclasta, destructora- que la hubo- contra algunas de las obras del “pintor fascista” durante la España en llamas.  Tras contactar con Ledesma Ramos fue encargado en 1932 de la creación de las JONS en Santander, a donde trasladó  la idea del jefe consista para que, en el núcleo inicial de la formación política,  fueran la mayoría deportistas. Cossío junto con Manuel Yllera y jóvenes procedentes de los legionarios de España de Albiñana formarán, entre el mes de Agosto y Septiembre de 1932, el primitivo núcleo de las JONS con 32 militantes..  

En el  primer triunviro provincial  están Cossío, Yllera y Guillermo de la Llama. En varias ocasiones Pancho Cossío será el orador político en las reuniones que se establecieron en aquella provincia. De sus andanzas políticas cuenta José María Alfaro que en las charlas de La Ballena Alegre resonaban, en las escaleras del Café Lyon, los golpes de su bastón y de su  bota de cojo Asistió también a los problemas internos de FE de las JONS y en Marzo del 35 el divorcio entre el mando provincial santanderino  y un gran número de militantes va a llevar, de la mano de José Antonio, a Manuel Hedilla a ser responsable de la Falange de Santander con el apoyo de Cossío : “Lo que afirmaba Hedilla en sus intervenciones como orador se veía que era patrimonio de su espíritu. El verbo sencillo y tajante estaba acorde con el hombre”.   Quien será el II Jefe Nacional de FE de las JONS relata que, por encargo de José Antonio, Pancho Cossío poco antes del 18 de Julio  recibió la misión de volver a atraerse a Ledesma Ramos.   Estallada la guerra civil, Cossío se esconde hasta la liberación de Santander por las tropas nacionales en el verano del 37; había evitado su detención -y  posiblemente salvado la vida gracias- al hueco que su madre, primorosamente, realizó en un colchón. Posteriormente,  miembro del Partido único se verá  sometido a expediente disciplinario y  su vida política entró en vía muerta, no así  su fidelidad ideológica mantenida hasta su muerte. El gusto estético que el franquismo va a crear no iba  por los derroteros elegidos por Cossío ,  el régimen se conducirá por el  camino academista y lo que podría haber sido una brecha en la creación de un arte falangista autónomo, diferente, no tendrá desarrollo.  

Su participación en la revista Escorial, de la mano de Dionisio Ridruejo, será frustrante, acabaría en pocos meses y con gran disgusto para el pintor falangista: “Allí en la revista Escorial hice amistad con un grupo de hombres que después fueron los más funestos de mi vida. Esa fue mi primera siembra de amistad en mi cuarta etapa madrileña y esa fue la cosecha recogida”.  

Su pintura  se compone de  grandes masas planas de color. Hay quien ve en sus barcos características  “fantasmáticas” o “turnerianas”  y en la de objetos y/ o retratos son características unas  motas blancas que pueden interpretarse como la manifestación del pintor para resaltar  el carácter virtual que es la representación en  lienzo. En cuanto a los temas: barcos, pescadores, toreros, niños con cometas, bodegones, naturalezas muertas (así llamadas por error en la traducción) y portentosos retratos como el de su madre, el de José Antonio Primo de Rivera, el de Ledesma Ramos o el de algún otro político. A esta “galería azul”, de indudable simpatía  ideológica, habría que añadir el excelente Flecha con espigas, una de las más soberbias realizaciones de Cossío. Sobre este género pictórico, el del retrato,  la postura del pintor era concluyente,  el interés residía cuando se producía una real intimidad entre el pintor y el modelo y bien claro quedó en casos donde el modelo, por importante que fuera, carecía de empatía con el retratista.   

Para  José Hierro las características de su españolidad se cimentaban en una trilogía:-Tonos terrosos y grises;  una actitud más ética que estética y la materia pictórica. Pintor magistral de la distancia corta, no encontraría la misma proyección en los grandes lienzos que, para la iglesia de Santa Teresa y San José de los carmelitas de la Plaza de España, realizó. Sin quitarle mérito a la Apoteosis histórica de Santa Teresa y a la Apoteosis mística del Carmelo, el resultado es que no es lo mismo.

¿Qué opinaba él de su pintura? Que la hacía “un viejo hidalgo de Cantabria venido a bohemio pintor”.  ¿Cuáles habían sido para él sus influencias, sus maestros? Observemos la claridad definitoria que  daba, porque en cuatro patas asentaba al completo  el edificio de su pintura: “La transparencia de mi manera creo que es veneciana; de mi admiración  hacia los maestros flamencos me viene la gravedad y la densidad grasa de mis óleos; su gracia y su abstracción, la modernidad ,en suma, de París, indudablemente. Y todo ello sobre una temperamental sobriedad española”.

El 16 de Enero de 1970 en la Clínica Vistahermosa de Alicante, en la habitación 217 y acompañado de su hermana de sus sobrinos, de su ahijada y del luchador Saludes moría Pancho Cossio. Su cadáver fue trasladado a su casa estudio en su residencia del edificio Ulises en la Albufereta de la capital alicantina (y sobre esto algún familiar de pintor residente en Alicante y que lee estas páginas algo podría decir y contar, desde aquí le convoco).   Juan Francisco María Gutiérrez Cossío, o sea, Francisco Gutiérrez Cossío, o sea,  Pancho Cossío tuvo sus últimas panorámicas vitales  en la Sierra de Aitana o en el Mar Mediterráneo,  que son los horizontes respectivos de ambos lugares, aunque no fue su luz la que acompañó su producción. Trasladado, luego, su cuerpo a Santander, camaradas   falangistas le acompañaron y dieron sepultura. A su muerte, su amigo Gerardo Diego le dedicaría este soneto

Éste, que ya no veis, amigo ido
Aquí está-expuesto, íntegro,  valiente-
En cada copo, en cada nada ausente
Transfigurada en velo acontecido

Pintó, sí, como hay Dios y a Él le pido
Que le deje seguir pintando en mente
Polifemo al trasluz de inmensa frente
Arrebatado al ansia y al sentido.

Pintó la santidad del irse a pique
Y el naipe y el sorbete y la venera
Y la madre en su nieve de hermosura

Nadie remede su frontal tabique
porque él pintó lo que hasta él no era:
La evidencia real de la Pintura.

miércoles, 10 de julio de 2013

El mejor corredor de los Sanfermines fue...

Plaza del Castillo


Un jovencísimo Rafael García Serrano


De “bronco y valioso narrador navarro”, lo califica José Carlos Mainer en Falange y literatura. Y en su imprescindible Las armas y las letras Andrés Trapiello recuerda sus “novelas vigorosas” y lo retrata, se ve que con indisimulada antipatía, de esta guisa: “Su temperamento, de naturaleza rifeña, es harto brusco, y su prosa, cuajada de casticismos, tiene esa impronta tan falangista, quizá navarra al estilo de José María Iribarren, que es envolver besos en coces, interjectada cada cinco líneas por un par de tacos, que suenan siempre, en medio de la página, como petardo pedregoso y extravagante, lo que García Serrano compensa con arrobamientos de corte lírico, todo lo cual convierte su prosa en algo alucinante, efusivo y personal.”
Estos días, con los encierros de Pamplona empitonando la calles Estafeta de la tele, me he acordado de él, que escribió la gran novela sobre ellos y todo lo que los rodea, o habrá que decir lo que los rodeaba, que han pasado bastantes décadas desde su publicación y más de los acontecimientos que recrea. A un escritor rojo hay que medirlo por su escritura; a uno azul, por lo mismo. Que los haya habido más de la primera cuerda no debe hacer olvidar a los de la segunda, que además tienen en contra a la opinión hoy dominante.
Hay aspectos de Rafael García Serrano que me lo acercan a Ford. Si la trilogía de la Caballería americana tiene su correlato en la trilogía (bien que sin intención unitaria) sobre la Guerra Civil que el navarro llamaba “ópera Carrasclás” (Eugenio o proclamación de la primavera, La fiel infantería y esta Plaza del Castillo), su humanidad, su empatía con el otro le hacen sentir, con Ford, que el enemigo es alguien a quien se combate, no a quien se odia. En Plaza del Castillo, los jóvenes pamplonicas como García Serrano se unen al rebelde general Mola no solo para salvar España, con frase solemne y levatisca, sino también “porque se van todos los amigos” en una escena que me recuerda a otra de las más hermosas que despliega Misión de audaces: aquella magistral en la que el hibernoamericano, que donde ponía el parche ponía la bala, retrata a los cadetes del Sur marchando al frente como casi en un juego (que acabaría en tragedia, como en España, después, pasada la euforia de las primeras descargas, y no solo de fusilería sino de adrenalina).
Y hablando de otro yanqui, el Fiesta de Hemingway no es superior a Plaza del Castillo, que forma en ese pequeño batallón de novelas que ostentan nombres de plazas en sus títulos, como La plaza del Diamante de Mercè Rodoreda o Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin. Escrita en 1951, la acción cubre desde las vísperas de los Sanfermines de 1936 hasta el día posterior al alzamiento. Se ha señalado que su estructura es coral, predecesora en ello de La colmena. Reproduce caracteres, tipos, ambientes, tiene la llave de lo local y grita no como un guiri: ¡Gora San Fermín!
Escritor de rompe y rasga, destructor de moldes en que encajan como un guante los perezosos que todo lo ven blanco o negro, falangista que tuvo problemas con la censura durante el régimen de Franco, Rafael García Serrano fue el tipo que una mañana temprano llevó a sus dos hijos a misa a rezar por un hombre que acababa de morir tiroteado defendiendo sus ideas. Un héroe, les dijo. No, no era José Antonio Primo de Rivera sino Ernesto Ché Guevara.
Antonio Rivero Taravillo 
 http://fuegoconnieve.blogspot.com.es/2013/07/plaza-del-castillo.html

jueves, 6 de junio de 2013

Antonio Tovar, el filólogo que encontró la paz.


El pasado miércoles 5 de junio tuvo lugar la presentación del libro de José Andrés Álvaro Ocáriz “Antonio Tovar, el filólogo que encontró el lenguaje de la paz”, en el Ateneo de Madrid.

En primer lugar tomó la palabra Juan Ramón Sánchez Carballido, que agradeció expresamente la colaboración decisiva de la Asociación Cultural Ademán de Sevilla en la celebración de este acto.

Por petición expresa del autor, Carballido centró su intervención en el pensamiento político de Tovar para establecer las coordenadas de su falangismo inicial y, en la medida de lo posible, proponer las claves que permiten atisbar la coherencia interna de su discurso, no siempre evidente a tenor de su reposicionamiento ideológico ulterior.

En su opinión, coincidente con la del biógrafo, Tovar mantuvo en todo momento su fidelidad a un principio claramente asociado a la influencia de José Antonio Primo de Rivera: el hombre como eje y centro del sistema político y económico. Una fidelidad que no decayó en Tovar tras su decepción con el régimen de Franco y su clara toma de conciencia de que la Revolución que predicaba la Falange había sido definitivamente traicionada.

 A continuación, José Andrés Álvaro Ocáriz desglosó el contenido de los diferentes capítulos de su libro, abundando en las ideas anteriormente expuestas y profundizando en el perfil intelectual y académico de Antonio Tovar.

Ocáriz destacó las extraordinarias aportaciones del homenajeado en el campo de la Filología, procedentes de su conocimiento de unas cincuenta lenguas clásicas y modernas, europeas y precolombinas. Una sabiduría que quedaría repartida en más de cuatrocientas obras y lo convertirían en uno de los intelectuales más apreciados de su generación.

El biógrafo sorprendió a parte del auditorio dando a conocer cómo la primera cátedra de enseñanza universitaria del vascuence se estableció en España,  en mitad del franquismo y a despecho de la actual propaganda oficial, a instancias del falangista Tovar, que había aprendido la lengua en su adolescencia y a cuyo estudio había dedicado ya dos influyentes volúmenes. 

Mención especial mereció la iniciativa de la revista Escorial. Editada entre noviembre de 1940 y febrero de 1950, con el decisivo impulso de Tovar y otros falangistas, la publicación pretendió ser un lugar de reencuentro intelectual tras la guerra dado que la mitad de la cultura española se hallaba por entonces en el exilio. Pío Baroja, Azorín, Menéndez Pidal o Gregorio Marañón se reivindicaron en sus páginas, dándose a conocer algunos nombres fundamentales de la cultura de posguerra, como Xavier Zubiri. Todos ellos, acompañados por las firmas más brillantes del falangismo intelectual: Dionisio Ridruejo, Laín Entralgo, Torrente Ballester, Panero y el propio Tovar.

Tras repasar su extraordinaria gestión como Rector de la Universidad de Salamanca, coincidiendo con su setecientos aniversario; sus estudios y reconocimientos en el extranjero (Tovar fue Premio Goethe); su labor en la Real Academia Española o sus activismo político durante los primeros años de la democracia, Ocáriz terminó su intervención citando a algunas personalidades relevantes que dedicaron palabras de elogio a Tovar en honor a su honestidad y bonhomía. Personalidades que atraviesan todo el espectro ideológico desde las posiciones de Serrano Súñer a las de Tierno Galván.  

El acto, que fue presentado y moderado por Victoria Caro, Secretaria adjunta de la Agrupación de Retórica y Elocuencia, finalizó con un breve turno de palabra entre los asistentes.

martes, 19 de febrero de 2013

Un vietnamita debajo de José Antonio

Una curiosa historia que reproducimos desde La Información de Alicante

 

Un vietnamita debajo de José Antonio

11.02.2013 


Faltaba poco para que amaneciera el último día del invierno de 1945 cuando Carlos llegaba al cementerio de Alicante, cargando sobre el hombro derecho un saco en cuyo interior había un objeto pesado. Venía andando desde su casa, situada en el primer piso de un edificio de la calle Segura, cercano a la avenida Alfonso el Sabio. Allí se habían quedado durmiendo su esposa, Concha, y su hijo, nacido el año anterior.
Pocas horas antes, al inicio de aquella noche fría y húmeda, Carlos había entrado en el cementerio y, acompañado por un enterrador, se dirigió con ayuda de una linterna hacia el lugar que tantas veces venía visitando por las noches durante los últimos meses: cuadro doce del camposanto, fila segunda, tumba quinta.

Carlos Atienza Toledo tenía 28 años y había llegado desterrado a Alicante dos años antes. Durante la Guerra Civil había luchado en el bando republicano con el grado de comandante. Poco después de que el ejército franquista entrara en Madrid, Carlos fue encarcelado. También fueron encarcelados su esposa, sus suegros y sus cuñadas. Concha, sus dos hermanas y su madre habían sido condenadas a prisión por haber matado durante la guerra unos pollos que pertenecían a unos curas y con los que hicieron varias paellas. Ellas siempre negaron aquella acusación, que les acarreó no obstante dos años de prisión. Cuando fue detenida, Concha estaba embarazada. En la cárcel sufrió un aborto.
A Concha García le hubiera gustado ser enfermera, pero la guerra, paradójicamente, se lo impidió. Había conocido a Carlos en las Juventudes Socialistas y se casó con él en 1937, en plena guerra. En 1943, cuando su marido salió por fin de la cárcel y fue desterrado de la capital, le acompañó a Alicante, donde volvió a quedarse embarazada y tuvo un parto feliz. Ahora, ambos, madre e hijo, se habían quedado en casa mientras Carlos regresaba al cementerio.

Cuando al principio de la noche Carlos y el enterrador, ambos socialistas, llegaron a la tumba, hicieron que el haz blanquecino de la linterna la repasara para reconocerla y cerciorarse de que era la elegida. La cubría una plancha metálica con una forma parecida a la de un cuerpo. El sepulturero se puso en cuclillas para levantar dos de los ladrillos que conformaban el borde más apartado de la tumba. La linterna que portaba Carlos iluminó entonces el agujero que había quedado destapado. Éste se agachó también, le cedió la linterna a su compañero y metió ambas manos dentro del hueco. Al instante extrajo un saco de arpillera viejo y sucio, pero que contenía el secreto mejor guardado del comité socialista en Alicante: una multicopista portátil y con forma de maletín, similar a las que dos décadas más tarde empezaron a ser conocidas popularmente como vietnamitas, por ser utilizadas por el Viet Cong. 


Carlos había ido a su casa andando, cargando aquel saco tan valioso para él y para sus compañeros. Durante varias horas estuvo imprimiendo un nuevo boletín de cuatro páginas. Era el primer periódico clandestino de Alicante durante el franquismo. Los textos eran de Francisco Ferrándiz Alborz, maestro, periodista y escritor nacido en la localidad alicantina de Planes, y que fuera el último director de El Socialista antes de la llegada de la dictadura. La distribución se hacía por toda la provincia a cargo de muy pocas personas, todas de plena confianza del comité socialista. Una de estas personas era el propio Carlos, que como encofrador de Dragados y Construcciones viajaba por los pueblos con frecuencia. Otra era Concha, que lo distribuía en la capital alicantina y en Callosa de Segura con ayuda de unas amigas.
Una vez concluía la impresión, Carlos regresaba al cementerio antes de que amaneciera. Como esta noche. Uno de los vigilantes nocturnos, anarquista y colaborador fiable, le abrió la verja por la que Carlos penetró en el camposanto, cargando el pesado saco. Esta vez fue solo, ayudado de nuevo por la linterna que portaba en un bolsillo de su abrigo, hasta el lugar donde se hallaba aquella tumba que servía de escondrijo para su tesoro.

Casi seis años antes, el 4 de abril de 1939, sólo tres días después de la entrada en Alicante del ejército franquista, esta tumba, entonces fosa común, fue reabierta para reconocer los cadáveres que contenían. Eran cinco. Los cuatro primeros correspondían a dos falangistas y dos requetés originarios de Novelda. El quinto, el que estaba en el fondo, a tres metros de profundidad, fue reconocido como el de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange. Una vez concluida la exhumación, los falangistas trasladaron provisionalmente los restos de su fundador a un nicho; y luego, al cumplirse tres años de su fusilamiento, el 20 de noviembre, fue llevado en una larga peregrinación a Madrid. Pero el cadáver de José Antonio, según aseguraban quienes asistieron a aquel desenterramiento (Miguel Primo de Rivera y Pilar Millán Astray, entre otros), había dejado en la tierra del fondo de la fosa una huella de unos treinta centímetros, de la que muy pronto se hizo un molde y con éste una plancha metálica. Esta plancha se convirtió enseguida en una reliquia falangista, conocida como "La huella de José Antonio", una vez fue colocada solemnemente sobre la fosa, después de ser rellenada. Pero, entre la huella de José Antonio y la tierra con que fue cubierta la fosa, había quedado un hueco lo suficientemente holgado como para que sirviera de escondite para una multicopista portátil o vietnamita. Y allí dentro volvió a ocultar Carlos su tesoro.

A comienzos de 1948, Carlos fue llamado a declarar por el "Tribunal de Represión de la Masonería y del Comunismo", que le instruía un nuevo proceso por sus actividades clandestinas. Esto precipitó su exilio a París. Poco después fueron a reunirse con él Concha y su hijo. Allí tuvieron una niña. Veinte años después, en 1968, Carlos y su familia se trasladaron a México, donde falleció Concha, en abril de 1972.
En el primer avión que despegó de México hacia España tras la muerte de Franco vino el hijo de Carlos y Concha, que también se llama Carlos. El viejo socialista regresó a su patria tres años después de la muerte del dictador.

Carlos Atienza Toledo falleció en Madrid en el año 2003. En el libro titulado "Palimpsesto sin regusto a magdalena", editado por Visión Libros el año pasado, el hijo de Carlos y Concha les hace un merecido homenaje. Entre las muchas vivencias y anécdotas que relata, está la de la multicopista escondida bajo la huella de José Antonio, una "microhistoria" alicantina (micro sólo por lo breve) apenas conocida pero muy representativa de la posguerra, aquí ampliada y recreada.

martes, 15 de enero de 2013

Desde Rusia con amor, por Antonio R. Taravillo




Desde Rusia con amor


Me hallará la muerte

Juan Manuel de Prada

Destino, 2012. Colección "Áncora & Delfín"

ISBN: 978-84-233-3921-1

592 páginas

22,50 €





Antonio Rivero Taravillo

El de Juan Manuel de Prada es un caso curioso. Estando dotado como muy pocos novelistas de su generación, su abierta confesionalidad, su señalada pertenencia a una ideología -más reaccionaria que conservadora-, le resta el aplauso crítico y aún de buena parte del público. A ese desapego contribuye en parte él mismo mediante el despliegue de un estilo apabullante, en el que un amplísimo léxico, rescatado en sus maestros y aliado con un regusto arcaizante, se vuelve a veces excesivo. Esto sucede, como veremos, en no pocas páginas de Me hallará la muerte, la novela con la que se confirma en el género y que, con Las máscaras del héroe es, a mi juicio, la mejor suya. Como en la primera, aparece en el telón de fondo la atractiva figura de José Antonio Primo de Rivera, ya no visto por los ojos acanallados de Pedro Luis de Gálvez sino ahora a través de algunos seguidores suyos. A nadie se le escapará que el título procede del tercer verso del Cara al sol, el himno falangista, una suerte de "renga" en la que intervinieron varios escritores próximos a José Antonio (esta estrofa, en concreto, fue obra del propio hijo del dictador, más Agustín de Foxá y José María Alfaro), y como comprobará el lector de la novela de Prada se trata de un lema nada gratuitamente escogido, a tenor de la trama.

La obra, como la Galia de César, se halla dividida en tres partes o actos de un drama en el que intervienen varias ideas motrices, a saber: si es posible alcanzar un bien mediante la realización de un mal o incluso de muchos; el juego de las identidades y los fingimientos; la lealtad a los ideales y la transacción vergonzante con lo práctico, haciendo dejación de los escrúpulos.

Reúne muchos registros la novela, esta amplia novela moral, desde los rasgos picarescos de la pareja protagonista de la primera parte, que se desarrolla en el Madrid de la posguerra, al relato bélico de la segunda (con pasajes que remiten a las narraciones también ambientadas en el Frente del Este del recién desaparecido Sven Hassel) o al folletín o la novela bizantina que se despliega, con lances de contrabando y crímenes, tesoros escondidos y 'quêtes' en su región más extensa, desarrollada cronológicamente a mediados de los años cincuenta.

Creo que no hay autor de prosa que escriba ahora en España con una capacidad como la de Prada para forjar el símil, tender la comparación y mostrar la epifanía de la metáfora. Sucede, sin embargo, que a veces se sobrepasa, como llevado por un prurito de iluminar con no menos de una frase brillante cada párrafo. Y está, además, el lastre de ciertas reiteraciones que parecen decir: “una vez recuperada esta palabra infrecuente, voy a emplearla a discreción, como para amortizarla”. Lo que sucede es que entonces el autor deja de ser discreto y se permite el abuso, lo mismo de voces que en esas comparaciones que continuamente está elaborando con pasmosa facilidad. Ahí está la recurrencia de “tiparraco”, “ricacho”, “bofia”, “tabuco”, o el dichoso “corazón autónomo” que es la mancha en el rostro de uno de los personajes, el falangista Cifuentes, junto con el también alistado en la División Azul Mendoza, islas de integridad en esta historia… Pero son leves manchas en una prosa llena de enjundia, que se manifiesta sin desmayo, como cuando al referirse al Palacio de Invierno de Leningrado (la antigua San Petersburgo) escribe: “aún conservaba su aire augusto y solemne, como una marquesa arruinada que se abanica los sofocos con las papeletas de desahucio”. Destellos expresivos como este los hay a puñados.

Peca a veces de maniqueísmo, incluso cuando lo denuncia: un traidor llamado Camacho monta entre los divisionarios prisioneros un “Grupo Artístico Español” que representaba “farsas teatrales” “protagonizadas por capitalistas sacamantecas y obispos inquisitoriales en proterva alianza por la opresión del proletariado y la desfloración de tiernas doncellas” (aquí, tal vez Prada esté pensando más que en aquellas “piezas repescadas del repertorio de alguna de las compañías que recorrían el frente republicano durante la Guerra Civil” simplemente en el cine español de las últimas décadas, más algunas series televisivas que cojeaban del mismo pie).

Hay homenajes a las obras de otros escritores, como ese Madrid, “ciudad que era un cementerio con un millón de muertos”, en eco manifiesto de Dámaso Alonso. Pero lo que en verdad hay es un constante aroma shakespeareano, que brota en varias alusiones a Macbeth y, aunque no se la cite, a La comedia de los errores, con la que comparte el tema de la confusión, del pasar uno por otro, en un elaborado enredo.

Prada ha sabido reflejar muy bien la España de los casi tres lustros que abarca la novela: los fogosos camisas viejas falangistas; los acomodaticios arrimados al Movimiento; los alistados a la División Azul, en los que había muchos idealistas pero también otros poco menos que indigentes y -como en la Legión- tipos que querían dejar atrás un pasado (así, el Antonio Expósito protagonista); los blandos democristianos; los chupópteros del régimen que también querían hacerse olvidar su pasado de flirteos con el Eje; las “mujeres del partido”, los herederos del estraperlo y la riqueza turbia.

La novela está muy bien construida, con minuciosa atención al detalle, al ensamblaje de piezas, para que ninguna quede huérfana al final de la composición del rompecabezas. Salvo por esas indulgencias que el mismo Juan Manuel de Prada se concede, es una novela espléndidamente escrita y, no obstante, entretenida, comercial, de suspense, de amor y deseo, de guerra, culpa e infortunios. Tiene su tesis religiosa, sí, pero no es necesario frecuentar las iglesias para disfrutarla: basta ser amigo de librerías y bibliotecas.

Artículo publicado en el blog Crítico Estado

martes, 20 de noviembre de 2012

Camisas viejas, descamisados nuevos

En el día del 76 aniversario del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera en Alicante, publicamos este artículo del insigne escritor sevillano Aquilino Duque.
A. C. Ademán.
De José Antonio a Dionisio Ridruejo: homenaje Por Aquilino Duque
Copiado de: El manifiesto.com
Yo no voy a repetir lo que ya escribí en su día sobre Dionisio, tanto en prosa como en verso, por no hablar de las cartas que le mandé, que fueron algunas, o de las conversaciones, que fueron bastantes. Cuando publicó Escrito en España, en Argentina si mal no recuerdo, me decía en Madrid que con aquel libro pretendía algo así como echarle un pulso al régimen. El régimen podía impedir la publicación de un libro, pero no su difusión, y de la difusión de escritos como el de Ridruejo fuimos muchos los que nos ocupamos por activa o por pasiva.
Lo que Ridruejo pretendía con aquellos escritos tan inofensivos era lo mismo que otros buscaban con la acción directa. Uno que fue cocinero antes que fraile, Pío Moa, no tiene empacho en confesar que el propósito de él y sus amigos era que el régimen que blasonaba de paternalista no tuviera más remedio que mostrarse represivo. Hay que decir que éstos consiguieron lo que no consiguió Ridruejo ni conseguimos los que le seguíamos, aunque fuera a distancia. El régimen que templaba gaitas con la disidencia teórica no se anduvo con contemplaciones a la hora de hacer frente a la subversión práctica y procuró dar al terrorismo su merecido, aunque sólo fuera por asegurar la libertad y la seguridad de los que no estaban por la labor, que eran la inmensa mayoría de la nación.
La pluma y la bomba
En aquellas calendas, yo ejercía la disidencia desde la barrera, es decir, desde Ginebra, como por otra parte mi compadre Valente (llevé a la pila a una hija suya en representación de Vicente Aleixandre), y desde allá escribíamos versos mortíferos que publicábamos en “el interior” sin mayores dificultades. Unos eran más mortíferos que otros, desde luego, y cuando a Valente le publicaron los de la Revista de Occidente su libro La memoria y los signos, incluyó en él una elegía al poeta brigadista John Cornford que no le gustó a Robles Piquer, entonces al frente de la Censura, aunque no la prohibió, y una especie de sátira de la no violencia que no le pareció bien a Aleixandre, que vivía en Madrid, ni tampoco a mí y eso que vivía en Ginebra.
Con tiempo y democracia, el terrorismo lograría en “el interior” la respetabilidad de que ya gozaba en las naciones “civilizadas” y la Historia les daría la razón a los poetas que habían procurado hacer con sus plumas lo que los terroristas con sus bombas. Nada más lógico pues que en una España así, en una España de valores invertidos, se permita un currinche del estado mayor de la envidia –Ortega dixit– tratar de loco a Dionisio o a José Antonio, qué más da.
En vísperas de una Feria del Libro, me llamaron de un diario sevillano para que recomendara un título cualquiera y, sin pensarlo dos veces, recomendé Canciones, del poeta jerezano José Mateos. Me dijeron que ése ya lo habían recomendado otros y repliqué que el mío era un voto más a su favor. No valió mi argumento, pues preferían que cada entrevistado recomendara un libro distinto. “Pues entonces voy a recomendar un libro que con toda seguridad nadie ha recomendado: las Obras completas de José Antonio Primo de Rivera”. – “Sí, desde luego que nadie ha recomendado ese título, y ¿nos puede decir en pocas palabras los motivos de su recomendación?” – “Pues porque su lectura haría mucho bien por la salud moral de un país que está muy necesitado de ella, y porque en ella aprenderían los españoles de hoy algo que no se encuentra por ninguna parte, a saber: limpieza de prosa y claridad de ideas.”
Un centenario sordo
Por los mismos días me encontré con un ingenuo que me preguntó si se celebraría con carácter oficial el entonces próximo centenario del nacimiento de José Antonio. José Antonio dio la vida por una España que conciliara la justicia social con el sentimiento nacional, y no tengo la impresión de que estén bien vistas esas cosas por unos políticos de ideas turbias y unos folicularios que, en la feria y fuera de ella, confunden la prosa con la broza.
Ese centenario se celebró por fin sin que muchos que habían hecho carrera con la camisa azul se rebajaran a participar en él, y eso explica que algunos que nunca vestimos camisa alguna, nos sumáramos a los que nunca cambiaron de camisa sin temor a que nadie nos tachara de oportunistas ni de aprovechados y sin otra finalidad que la de honrar con la mejor voluntad la memoria de uno de esos españoles que hacen bueno aquello de que “ser español es una de las pocas cosas serias que se puede ser en el mundo”. Fruto de aquellas jornadas nació un libro que salió adelante entre las reticencias de los medios de confusión escrita y audiovisual y la antipatía o el desdén de la clase política en general y de sus intelectuales orgánicos, tránsfugas en muchos casos de las filas de Falange.
Como botón de muestra, mencionaré al director del Ateneo madrileño, antiguo jefe de centuria, que mandó retirar el retrato de José Antonio, aunque también es justo congratularse de que un notorio ex falangista que culminó su carrera en la presidencia de un sindicato vertical no protestara cuando alguien exhumó un rancio artículo suyo en Arriba sobre su amada –y provechosa- camisa azul, bien guardada en el desván de sus recuerdos o en el armario de sus esqueletos. Espero que por lo menos se tenga en cuenta el valor moral de rendir homenaje a José Antonio en una España que, por activa y por pasiva, reniega de sí misma, y nadie más valeroso que Jaime Suárez que, contra viento y marea y sin el menor apoyo oficial, sacó aquel libro adelante.
Dice Chesterton que “no es casualidad que la palabra “homenaje” signifique en realidad hombría”. “Homenaje”, según Corominas, es palabra que data más o menos de 1140 y procede del occitano antiguo omenatge, que significaba “vasallaje”, el vasallaje que se rinde a la “hombría”, que viene de “hombre”, como omenatge viene de ome. Cuando homenajeamos a alguien nos declaramos en cierto modo sus vasallos, pero al mismo tiempo que nos inclinamos ante su hombría afirmamos la nuestra, no sólo porque reconocemos los méritos de alguien que nos es superior, sino porque al hacerlo de modo libre, nos rebelamos contra eso que llaman la “opinión pública”, por otro nombre “envidia igualitaria”. Sería ingenuo e indecente esperar por ello ningún tipo de reconocimiento.
La filosofía que hay detrás de este concepto del homenaje es la del anónimo Soneto a Cristo crucificado: No me tienes que dar porque te quiera. Con esa idea se ha hecho a lo largo de tres mil años esa España grande que seguirá existiendo cuando nadie se acuerde de los sayones beodos que hoy se juegan a los dados su sagrada inconsutilidad.

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Premio nacional de literaturaAquilino Duque Gimeno, escritor español nacido en Sevilla el 6 de enero de 1931. Licenciado en derecho por la Universidad de Sevilla, amplió estudios en las Universidades de Cambridge (Trinity Hall) y la Southern Methodist University en Dallas, Tejas.
En 1975 fue distinguido con el Premio Nacional de Literatura de España. Anteriormente había obtenido el Premio Leopoldo Panero de poesía en 1968, el Premio Ciudad de Sevilla de novela en 1970 y el Premio Fastenrath de la Real Academia Española en 1972.

miércoles, 18 de julio de 2012

Lecturas al sol (IV)



En los prolegómenos de la guerra civil, un joven alto, de buena presencia y siempre impecablemente vestido comenzará a destacar con fuerza propia en el panorama político: José Antonio Primo de Rivera. Sus ideas, energía y carisma harán de él un líder en el que tantos se vieron reflejados y al que tantos amaron. Será precisamente a través de los enamorados ojos de Marián Acosta, la hija mayor de una distinguida familia madrileña, como veremos ascender a José Antonio de simple abogado a fundador de la Falange, así como su posterior encarcelamiento y muerte. Sin embargo, los estrechos vínculos de todos los miembros de la familia con José Antonio traerán trágicas consecuencias: el padre, don Antonio, un conocido defensor de la causa republicana, y José María, el vástago menor, serán cruelmente fusilados, mientras que Ignacio, un joven idealista que estará presente junto a Primo de Rivera en la gestación del partido, salvará la vida milagrosamente.
Amargado y resentido por la ejecución sumaria de su padre y hermano, por el cruel destino del país y por todo el sufrimiento generado, Ignacio solo encontrará consuelo en su hermana y en un joven y sacrificado sacerdote que le ayudará en su huida de España y que le hará recobrar la esperanza perdida en Dios: don Jose María Escrivá de Balaguer.

Volverá a reír la primavera es la historia de la familia Acosta y la de tantas otras familias españolas. En sus vicisitudes y sufrimientos veremos reflejado un gran fresco de la España en los años previos al estallido de la guerra, asistiremos a la ascensión y caída de una las personalidades más poderosas de la época y seremos testigos de una gran historia de amor solo sesgada por los dramáticos tintes del conflicto.

El autor

José Luis Olaizola

 

San Sebastián, 1927
José Luis Olaizola, natural de San Sebastián, ejerció la abogacía durante quince años. Su extensa carrera literaria ha sido reconocida con numerosos galardones, entre ellos el Premio Ateneo de Sevilla 1976 por su novela Planicio o el Premio Planeta 1983 por La guerra del general Escobar, considerada por Álvaro Mutis y Javier Cercas como la «mejor novela sobre la guerra civil española». En 1982 obtuvo el Premio Barco de Vapor por su novela Cucho, que traducida al francés ganó el Grand Prix de l'Académie des Lecteurs de París; en 1992 fue reconocido con el Prix Littéraire de Bourran, Burdeos, por su novela El cazador urbano, y en 1993 con el Premio de Prensa L´Oréal. La niña del arrozal, publicada por Ediciones Martínez Roca, obtuvo el  Premio Literario Troa «libros con valores».
Lleva publicados más de setenta libros de los más diversos géneros, de los que ha vendido más de dos millones de ejemplares. Desde hace treinta años se dedica profesionalmente a escribir libros y artículos, y a pronunciar conferencias.
Es fundador y presidente de la ONG Somos Uno, que lucha contra el drama de la prostitución infantil en Tailandia.

http://www.planetadelibros.com/volvera-a-reir-la-primavera-libro-67801.html

martes, 12 de junio de 2012

La Playa de los Alemanes sigue siendo un éxito de crítica y ventas

“LA PLAYA DE LOS ALEMANES”

Reproducimos la crónica publicada en Agora Hispánica sobre el éxito de ventas de Javier Compás
17 mayo, 2012
By Pedro Conde Soladana
Javier Compás
        
Este es el título de una novela que ha llegado a mis manos y que viene hacer justicia dentro de su trama a quienes, equivocados o no, son coherentes con sus ideas; a las que avalan con sus conductas de ciudadanos ejemplares y su amor a España. Es el reconocimiento de aquellos que contra viento y marea, contra la incomprensión de unos y la saña de otros, han mantenido la frente limpia y levantada, el brazo extendido y la mano abierta como símbolo de paz y el “azul mahón, neto y proletario” de su camisa, siempre remangada para la tarea de hacer grande a su Patria.

Doy las gracias a su autor, Javier Compás Montero de Espinosa, a quien no tengo el gusto de conocer, por elegir como protagonista de su obra a un joven, Enrique, que inicia su vida espiritual y formativa en el Opus Dei para acabar admirando y, finalmente, imbuyéndose de unas ideas, sembradas setenta y tantos años atrás, rubricadas con una manera de ser y estar ante la vida por unos hombres que fueron capaces de dar la suya por causa tan grandiosa. Con el ejemplo de un líder, José Antonio Primo de Rivera, que ha marcado y sigue marcando a fuego sobre las generaciones posteriores el código de honor de un caballero pleno de valores e ideales hispánicos.

La novela, de la editorial “Jirones de Azul”, muy bien escrita e interesante y, por ello muy amena, se construye sobre una trama de nazis y sus hijos, supervivientes de la II Guerra Mundial, a la búsqueda dentro de España, en la que viven refugiados, del Grial, el Sagrado Cáliz que usó Cristo en la Última Cena; suceso y empeño sobre el que tanto se ha escrito sin que ningún documento conocido haya podido descargarlo hasta hoy de su carácter de mito y leyenda.

Yo, que no soy gran lector de novela, la he leído dos veces. En ella se mezclan los personajes reales con sus nombres propios como el de Heinrich Himmler, Reichsfürer de las temidas SS alemanas, aficionado a los “estudios de ocultismo, afición compartida por el mismo Adolf Hitler”, y obsesionado por hallar el Grial cuya posesión le serviría a él y a lo suyos como señal inequívoca para restaurar el III Reich de los mil años con que soñó y alucinó su fundador , el propio Hitler.

Como curiosidad e intuición propia, de entre esos personajes que se citan en ella de pasada, está la identidad, que yo pondré con iniciales por si me equivoco, de J.M.C., Profesor Titular de Economía y otros cargos en al Universidad de Sevilla, y que en la novela aparece como Juan Miguel Muñoz, “joven profesor de Derecho Mercantil de la Universidad de Sevilla”.

En esta novela, no todo son intrigas tenebrosas, arreglos de cuentas, con muertes incluidas, entre nazis; también tiene cabida el amor del protagonista, el citado Enrique, hijo de un aristócrata pero falangista de primera hora y combatiente, además de en la Guerra Civil, en la División Azul como piloto de un Messercshmitstt Bf 109 y en grado de comandante del Ejército de Aire, resistiendo “hasta la última defensa de Berlín”.

Y donde hay nazis no podía faltar un judío, al que el novelista da el nombre de Elías Neiman, perteneciente al Centro Wiesenthal, organización dedicada a la caza de aquéllos. La llegada a España de éste vino a alterar la relativa y consentida seguridad con que esos nazis vivían en España.

La acción tiene sus principales escenarios en Andalucía y más extensamente en Sevilla que comparte el protagonismo del amor de Enrique por una muchacha con un pueblo situado en Las Merindades de Burgos; allí donde el conde Fernán González comenzó a gestar el condado independiente de Castilla. Del nombre de este pueblo, a su vez de renombre histórico, sabrá el lector cuando tenga el libro en sus manos.

Pedro Conde Soladana

LaPlaya de los Alemanes puede adquirirse por internet en la siguiente dirección: