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sábado, 31 de mayo de 2014

¡Que vienen los rojos!

JUAN MANUEL DE PRADA (ABC).

Tal vez vengan los rojos, como gritan los demócratas con mando en plaza y tertulieta; pero fueron ellos quienes los trajeron, aplaudiendo la injusticia social
ANDAN los demócratas con mando en plaza y tertulieta espantados con el ascenso del gallardo mancebo de la coleta, Pablo Iglesias; y se desgañitan, aspaventeros: «¡Que vienen los rojos!». Yo recomendaría a mis lectores que, cada vez que escuchen a alguien ponerse jeremíaco ante la llegada de los rojos, le aticen un capón en el colodrillo (o, en su defecto, apaguen la pantalla catódica a través de la que suelta sus sandeces). Pues estos que ahora plañen ante el avance del mancebo de la coleta son los mismos que aplaudían cada vez que se aprobaban leyes laborales que igualaban a los trabajadores españoles con los de la República Popular China, que es el país más rojo del mundo. Pero, por lo que se ve, la alarma de los demócratas con mando en plaza y tertulia sólo se dispara cuando los partidos que se reparten el poder empiezan a padecer sangría de votos, y no cuando los trabajadores padecen sangría de sueldos (que es lo que en verdad provoca el ascenso de los rojos). No hay cosa más hilarante que un demócrata alertándonos sobre la llegada del comunismo; pues, como nos advertía Agustín de Foxá, «querer combatir el comunismo con la democracia es como ir a cazar a un león llevando como perro a una leona preñada de león; pues ella lleva en su entraña al comunismo».
La democracia española se dedicó a halagar y engolosinar a los jóvenes y no tan jóvenes, vendiéndoles un estado de bienestar sempiterno, una inagotable olimpiada de derechos (sobre todo de cintura para abajo) y universidades de garrafón para todo quisque. Este sedicente paraíso democrático ya lo había atisbado Jardiel Poncela en el genial prólogo de La tournée de Dios: «La humanidad, desatada e impúdica, sin concepto ya del deber, engreída, soberbia y fatua, llena de altiveces, dispuesta a no resignarse, frívola y frenética, olvidada de la serenidad y la sencillez, ambiciosa y triste, reclamándole a la vida mucho más de lo que la vida puede dar (…), corre enloquecida hacia la definitiva bancarrota». Y la bancarrota tenía que llegar, tarde o temprano: el estado de bienestar se reveló a la postre lleno de aire, como esas tripas que entonan borborigmos; los derechos de cintura para abajo acabaron en pajilla low cost ante la pantalla del ordenata; y el valor de los títulos universitarios se igualó con el del papel higiénico. Y, claro, los jóvenes y no tan jóvenes a los que se había pretendido halagar y engolosinar se pillaron un cabreo de órdago; pues no en vano previamente habían sido esclavizados por los materialismos más tristes y envilecedores.
Pero cuando conviertes a un hombre en un animal, lo más lógico es que luego él solito se torne alimaña. Para salir de la bancarrota, nuestros gobernantes antepusieron el salvamento de la plutocracia a la justicia social; donde volvió a demostrarse, como nos enseñase Castellani, que todas las libertades no son sino engañabobos para distraer la atención de los incautos de la libertad omnímoda del dinero para multiplicarse y llenar los bolsillos de unos pocos. Esos jóvenes y no tan jóvenes, víctimas de engaños e injusticias sociales, sedientos de venganza y deseosos de encontrar culpables se toparon entonces con el mancebo de la coleta, que no hizo sino dar expresión política a su ira.
Tal vez vengan los rojos, como gritan, desgañitados, los demócratas con mando en plazo y tertulieta; pero fueron ellos quienes los trajeron, aplaudiendo la injusticia social… ¡y hasta utilizando como sparring en sus saraos televisivos al mancebo de la coleta, que luego les salió respondón! Sólo resta preguntarnos si existe algún otro modo de combatir la injusticia social que no sea el comunismo y su metodología del odio. Trataremos de responder a esta pregunta en algún artículo próximo.

lunes, 12 de mayo de 2014

LA LEPROSA SALISACHS por Juan Manuel de Prada

Por ser muy religiosa, la leprosa Salisachs fue ninguneada en la república de las letras

HACE un par de días, coincidiendo con el fallecimiento de su madre, José María Juncadella refería a los lectores de ABC una anécdota oprobiosa. Invitada por el Instituto Cervantes de Nueva York, una personalidad de las letras iberoamericanas quiso disertar sobre la obra de Mercedes Salisachs; el Ministerio de Cultura fue consultado (¿por qué y por quién?) y la respuesta fue tajante: «De esta señora no queremos saber nada, es de derechas y además muy religiosa». Ocurría esto hace unos pocos años, durante la etapa zapateril (aunque sospecho que también podría ocurrir hoy mismo). Si en España quedara un ápice de honor, el ministro Wert y el académico García de la Concha ya tendrían que haber iniciado una investigación interna para determinar, en primer lugar, si la afirmación del señor Juncadella es veraz; y, si lo fuere, tendrían que iniciar un proceso sancionador que inhabilitase para el desempeño de funciones públicas a toda la gentuza que participó en aquella ignominia, despojando de sus cargos a quienes todavía los mantengan e impidiendo que quienes ya no los mantienen vuelvan a beneficiarse de los presupuestos públicos en toda su piojosa vida. Pero España es un país sin honor, donde se permite que la gentuza más sectaria pueda pavonearse impunemente, mientras una escritora abnegada y venerable que ha brindado lo mejor de sí a los lectores durante casi setenta años es condenada al ostracismo.
La excusa que aquella gentuza empleó en su día para impedir que se pronunciara una conferencia sobre la obra de Salisachs es la misma que –de forma tácita o declarada– se ha esgrimido (con gobiernos de izquierdas y de derechas) para impedir que Salisachs recibiera un solo premio literario oficial en su vejez. El Ministerio de Cultura, que es algo así como una versión encopetada de la beneficencia pública, reparte cada año –a modo de sopa boba– una pedrea de premios entre los plumíferos más bodriosos; y luego está el premio gordo, que infama la memoria de Cervantes con un repertorio de pelmazos jeroglíficos, tanto autóctonos como transoceánicos, que provoca mareos. Sin embargo, la escritora más longeva de España nunca recibió ninguno de estos premios oficiales, ni siquiera una pedrea modesta; y no fue porque escribiera mejor o peor, ni siquiera –me atrevería a añadir– porque fuese de derechas, sino porque era muy religiosa. Y a todos los chupópteros que maman del presupuesto público jamás les tembló el pulso por excluirla, porque ser «muy religioso» en la república española de las letras es como ser leproso en época deJesucristo.
Por ser muy religiosa, la leprosa Salisachs fue ninguneada en la república de las letras e ignorada en los premios oficiales; de tan enconado modo que sus paisanos catalanes no tuvieron sino que sumarse al veto centralista. Pero toda esta patulea que maneja el cotarro cultural, por muchos premios que haya quitado a Mercedes Salisachs, no pudo quitarle aquel entusiasmo sagrado que desafiaba las injurias de la edad, aquella manera que tenía de amar su oficio como la propia vida, con abnegación y júbilo, con esa felicidad monda y lironda que no pone reparos ni condiciones, que se dona y se gasta hasta el último aliento. Y tampoco podrán quitarle la única gloria verdadera, que es la gloria del cielo, mientras que ellos –sanguijuelas del presupuesto, garrapatas del sectarismo, sabandijas literarias que, como los eunucos, sabéis cómo se hace pero no podéis hacerlo, por falta de cojones y de talento– os vais a pudrir por los siglos de los siglos, olvidados de Dios y de los hombres, en el décimo círculo del infierno, que Dante no osó hollar, viéndolo concurrido por gentuza tan hedionda y excrementicia.

martes, 15 de enero de 2013

Desde Rusia con amor, por Antonio R. Taravillo




Desde Rusia con amor


Me hallará la muerte

Juan Manuel de Prada

Destino, 2012. Colección "Áncora & Delfín"

ISBN: 978-84-233-3921-1

592 páginas

22,50 €





Antonio Rivero Taravillo

El de Juan Manuel de Prada es un caso curioso. Estando dotado como muy pocos novelistas de su generación, su abierta confesionalidad, su señalada pertenencia a una ideología -más reaccionaria que conservadora-, le resta el aplauso crítico y aún de buena parte del público. A ese desapego contribuye en parte él mismo mediante el despliegue de un estilo apabullante, en el que un amplísimo léxico, rescatado en sus maestros y aliado con un regusto arcaizante, se vuelve a veces excesivo. Esto sucede, como veremos, en no pocas páginas de Me hallará la muerte, la novela con la que se confirma en el género y que, con Las máscaras del héroe es, a mi juicio, la mejor suya. Como en la primera, aparece en el telón de fondo la atractiva figura de José Antonio Primo de Rivera, ya no visto por los ojos acanallados de Pedro Luis de Gálvez sino ahora a través de algunos seguidores suyos. A nadie se le escapará que el título procede del tercer verso del Cara al sol, el himno falangista, una suerte de "renga" en la que intervinieron varios escritores próximos a José Antonio (esta estrofa, en concreto, fue obra del propio hijo del dictador, más Agustín de Foxá y José María Alfaro), y como comprobará el lector de la novela de Prada se trata de un lema nada gratuitamente escogido, a tenor de la trama.

La obra, como la Galia de César, se halla dividida en tres partes o actos de un drama en el que intervienen varias ideas motrices, a saber: si es posible alcanzar un bien mediante la realización de un mal o incluso de muchos; el juego de las identidades y los fingimientos; la lealtad a los ideales y la transacción vergonzante con lo práctico, haciendo dejación de los escrúpulos.

Reúne muchos registros la novela, esta amplia novela moral, desde los rasgos picarescos de la pareja protagonista de la primera parte, que se desarrolla en el Madrid de la posguerra, al relato bélico de la segunda (con pasajes que remiten a las narraciones también ambientadas en el Frente del Este del recién desaparecido Sven Hassel) o al folletín o la novela bizantina que se despliega, con lances de contrabando y crímenes, tesoros escondidos y 'quêtes' en su región más extensa, desarrollada cronológicamente a mediados de los años cincuenta.

Creo que no hay autor de prosa que escriba ahora en España con una capacidad como la de Prada para forjar el símil, tender la comparación y mostrar la epifanía de la metáfora. Sucede, sin embargo, que a veces se sobrepasa, como llevado por un prurito de iluminar con no menos de una frase brillante cada párrafo. Y está, además, el lastre de ciertas reiteraciones que parecen decir: “una vez recuperada esta palabra infrecuente, voy a emplearla a discreción, como para amortizarla”. Lo que sucede es que entonces el autor deja de ser discreto y se permite el abuso, lo mismo de voces que en esas comparaciones que continuamente está elaborando con pasmosa facilidad. Ahí está la recurrencia de “tiparraco”, “ricacho”, “bofia”, “tabuco”, o el dichoso “corazón autónomo” que es la mancha en el rostro de uno de los personajes, el falangista Cifuentes, junto con el también alistado en la División Azul Mendoza, islas de integridad en esta historia… Pero son leves manchas en una prosa llena de enjundia, que se manifiesta sin desmayo, como cuando al referirse al Palacio de Invierno de Leningrado (la antigua San Petersburgo) escribe: “aún conservaba su aire augusto y solemne, como una marquesa arruinada que se abanica los sofocos con las papeletas de desahucio”. Destellos expresivos como este los hay a puñados.

Peca a veces de maniqueísmo, incluso cuando lo denuncia: un traidor llamado Camacho monta entre los divisionarios prisioneros un “Grupo Artístico Español” que representaba “farsas teatrales” “protagonizadas por capitalistas sacamantecas y obispos inquisitoriales en proterva alianza por la opresión del proletariado y la desfloración de tiernas doncellas” (aquí, tal vez Prada esté pensando más que en aquellas “piezas repescadas del repertorio de alguna de las compañías que recorrían el frente republicano durante la Guerra Civil” simplemente en el cine español de las últimas décadas, más algunas series televisivas que cojeaban del mismo pie).

Hay homenajes a las obras de otros escritores, como ese Madrid, “ciudad que era un cementerio con un millón de muertos”, en eco manifiesto de Dámaso Alonso. Pero lo que en verdad hay es un constante aroma shakespeareano, que brota en varias alusiones a Macbeth y, aunque no se la cite, a La comedia de los errores, con la que comparte el tema de la confusión, del pasar uno por otro, en un elaborado enredo.

Prada ha sabido reflejar muy bien la España de los casi tres lustros que abarca la novela: los fogosos camisas viejas falangistas; los acomodaticios arrimados al Movimiento; los alistados a la División Azul, en los que había muchos idealistas pero también otros poco menos que indigentes y -como en la Legión- tipos que querían dejar atrás un pasado (así, el Antonio Expósito protagonista); los blandos democristianos; los chupópteros del régimen que también querían hacerse olvidar su pasado de flirteos con el Eje; las “mujeres del partido”, los herederos del estraperlo y la riqueza turbia.

La novela está muy bien construida, con minuciosa atención al detalle, al ensamblaje de piezas, para que ninguna quede huérfana al final de la composición del rompecabezas. Salvo por esas indulgencias que el mismo Juan Manuel de Prada se concede, es una novela espléndidamente escrita y, no obstante, entretenida, comercial, de suspense, de amor y deseo, de guerra, culpa e infortunios. Tiene su tesis religiosa, sí, pero no es necesario frecuentar las iglesias para disfrutarla: basta ser amigo de librerías y bibliotecas.

Artículo publicado en el blog Crítico Estado

lunes, 19 de noviembre de 2012

PRADA ATRAPADO AL FINAL POR SU OBSESIÓN: LA FALANGE


“Volvían con camisas viejas y zurcidas de remiendos, pero la muerte, finalmente, no los había llevado, como a tantos otros que hacían guardia sobre los luceros, impasible el ademán, esperando la resurrección de la carne...”

De Prada hace ya mucho, ese tiempo lejano de afrentas literarias, aún a la sombra de Umbral del que desertó pese a llevarse su “fondo de comercio literario” (en definitiva, un modo casi industrial de hacer metáforas que escandalizaban y de adjetivos truculentos). Así apareció, en el mercado literario, su Coños, ese libro que no se atrevían a pedir en las librerías los casados llenos de escrúpulos e inhibiciones. El más que conservador Ricardo Senabre lo santificaba, y lo pregonaba, y lo exaltaba hasta límites indecorosos, desde su púlpito de cátedra en Salamanca y sobre todo desde su página abierta en el ABC cultural. Fue una obra sin duda bella, distinta, literariamente rompedora aunque le hubiera precedido en esa transgresión el Senos de Gómez de la Serna, aunque éste fuera mucho más edulcorado.

Luego nos llegaron sus relatos de patinadores y silencios en fangos literarios, preludio en alguna zona de la que luego fue la obra en la que ya me desmarqué del autor: Las máscaras del héroe. Ya Prada se comenzó a aproximar frente a frente a José Antonio (siempre José Antonio Frente a frente), algo de él le había dejado embaucado, acojonado (como habría dicho García Serrano) aunque en ese entonces y en esa novela quiso mostrar su acritud y su lejanía, y hasta su chanza (increíble, inverosímil esa escena de José Antonio vestido de smoking con copa de cócktail en la balconada de ABC enconándose con las masas proletarias; ya sé que es literatura, ficción, pero la literatura requiere una realidad que aunque ficcionalizada sea auténtica, y por ende, verosímil).

            En todo caso, hasta esa escena ya digo que inverosímil y opaca del José Antonio con smoking y chulería y todo eso en el paseo de la Castellana de Madrid, me entusiasmó como lector adictivo de todo lo que se refiriera a ese tiempo del que todo el mundo contaba mentiras o escribía con auténtica bellaquería. Luego me alejé de su obra, de la de Prada, claro, y tras el desengaño final de una obra que yo siempre estimé apalabrada con Planeta para un premio, La Tormenta, ya sólo lo seguí alguna que otra vez en prensa cuando iba a casa de mi padre (suscriptor del ABC como sevillano que se precie) con sus colaboraciones extrañas, y yo seguía buscando a veces sus ocurrentes adjetivos, esa herencia de Umbral, pero nada más.

            Hace unas noches mi amigo y conmilitón en ciertas aventuras culturales (decir camarada está mal visto, creo que ya ni la utilizan los compinches de Sánchez Gordillo cuando asaltan y roban supermercados y asustan y acojonan vivas a las chicas de la caja, estos comunistas anclados en lo soviético pero al estilo Chicago, en plan mafioso, lo que nos faltaba por ver), pues este conmilitón –qué coño, camarada- me habló de una última publicación de Prada con un título sugerente: Me hallará la muerte, ya era la tercera vez que se le amputaba al Cara al sol un verso para intitular una obra literaria. Pues este buen amigo, el profesor Cansino, me lanzó sin proponérselo al día siguiente a la librería más cercana a mi casa, la del buen profesor socialista que cuando escribe destroza a las casas del pueblo y los que viven de ellas, qué pena que no hubiera más gente así, profesores así, me refiero.

            Y sigo el consejo del camarada Cansino, ya ni conmilitón ni leches. Y el libro, tomazo de más de quinientas páginas, me va persiguiendo esta semana de viajes. Paro en una venta y mientras como un pepito de ternera leo el tomazo, y el sonsonete de la tele de fondo, mientras Rajoy nos sonríe con sus estafas y Griñán nos engaña con sus mentiras; con el libro a mano siempre, hasta ese café solo en Aguilar de la Frontera (ya sé que es una ordinariez, pero es inevitable echar mano del libro mientras uno disfruta de un cortado aunque sea de máquina); llego a casa y sigo con el libro, me duermo con él, ya son las tantas, menos mal que mañana es sábado.

            Y poco a poco me va deslumbrando lo que voy leyendo. No soy técnico en la materia, ni crítico literario, ni nada que se le parezca. Sólo puedo decir que, en cuanto a la forma, observo al Prada de siempre, con metáforas que ya no me impresionan como a Senabre en ese tiempo. La trama es buena, folletinesca obviamente, que si no, no se entenderían sus más de 500 páginas para vender a granel entre multitud de gente para sacar dinero y que haya negocio.

            Hasta allí todo bien. Pero lo inesperado es comprobar como ese autor que antaño se permitía mofarse de alguna manera de José Antonio (o zaherirle o menospreciarle), y su cocktail en la mano, y su smoking y todo eso, chulo ante las hordas proletarias por La Castellana mientras le increpaban; pues ese mismo José Antonio (ya ni chulo ni bravucón) pasa a ser ahora el referente de toda la novela, el ídolo al que se remitirá el autor muchas veces. En ese entonces del Prada neófito con la pluma, los falangistas eran señoritos chulos y pendencieros (tenía el legado de Umbral aún muy cerca) y ahora hay buenos falangistas, falangistas auténticos, héroes que lloran, héroes que tienen que vivir un destino muy duro, que jamás imaginaron. Por encima del magnífico protagonista central que elige Prada, un pobre golfo desgraciado que ni siquiera es falangista, están otros que ni mucho menos son secundarios, complementan al actor principal hasta hacer posible la fábula. Para mí son la clave de la novela. Con sus grandezas, sus errores y sus miserias.

            Por eso para mí, esta es la novela de los falangistas auténticos que jamás desertaron de su fe. La División Azul es uno de los telones de fondo y allí cuenta el autor todo el heroísmo de que fuimos capaces los españoles. Pero aquella guerra, y esa es otra clave que nos abre Prada para que la meditemos, fue la posibilidad de ese régimen (ya chupóptero, capitalista, corrupto, democristiano, del Opus, todo eso dice Prada o pone en boca de sus personajes) para quitarse de en medio a ese puñado de jóvenes idealistas y enloquecidos que a punto de morir en el frente, o tullidos tras alguna retirada, o de regreso en el Semiramis (ya tan tarde y todos se escondían menos Muñoz Grandes), soñaban con una España azul de justicia para todos que seguramente nunca encontraron. Esa España que aún nos falta. Para mí fue una novela tranxilium.

            Una cosa más: mi alegría tras leer tantas páginas fue que, al final, alguien tan hosco al principio con todos nuestros sueños y nuestra historia, había acabado entendiéndonos de una puta vez. Cosas que pasan, que a veces pasan, como esta vez.

            Sevilla, 18 de noviembre de 2012.
Fdo. José Manuel Sánchez del Águila Ballabriga    

viernes, 30 de marzo de 2012

Lágrimas en la lluvia

Este domingo, día 1 de abril, Lágrimas en la lluvia reanuda su emisión con un programa sobre la GUERRA CIVIL, pues no en vano, el día 1 de abril de 1939 se publicaba en Burgos el último parte de guerra. Y para ilustrar el tema de nuestra Guerra Civil, podremos ver la película Posición avanzada, drama bélico dirigido en 1965 por el director español Pedro Lazaga. En el reparto coral de Posición avanzada podemos destacar los nombres de Manolo Zarzo, Antonio Ferrandis, Manuel Tejada o Ángela Bravo.
En esta ocasión, nuestros presentadores, Juan Manuel de Prada y María Cárcaba, contarán con la compañía de los siguientes invitados:
-- Gonzalo Santonja, Catedrático de literatura Española en la Universidad Complutense y Director del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua. Premio Castilla y León de las Letras y Premio Nacional de Ensayo, es un profundo conocedor de la actuación de los intelectuales durante la Segunda República, la Guerra Civil, el exilio y el primer franquismo, como ha probado en títulos como De un ayer no tan lejano o Los signos de la noche.  Es también editor de Todo en el aire, una antología insólita de poesía sin enemigo publicada durante la Guerra Civil.
-- Alfonso Bullón de Mendoza, Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad CEU San Pablo y Director del Instituto CEU de Estudios Históricos. Académico correspondiente de la Real Academia de la Historia, de la Academia Portuguesa da Historia y de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, dirige la revista de estudios históricos "Aportes". Entre sus obras destacaremos La primera guerra carlista, Auge y ocaso de don Carlos, El Alcázar de Toledo (en colaboración con Luis Togores) o José Calvo Sotelo, de cuyas obras completas ha sido editor.
-- Miguel Ayuso, miembro del Cuerpo Jurídico Militar, Catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid y Doctor Honoris Causa de la Universidad de Udine. Presidente de la Unión Internacional de Juristas Católicos y del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, dirige la redacción de la revista "Verbo" y coordina el Seminario de Derecho Natural y Filosofía del Derecho de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Es, además, autor de veinte libros, entre ellos La constitución cristiana de los Estados, La política, oficio del alma o El Estado en su laberinto.
-- Ángel David Martín Rubio, Sacerdote. Licenciado en Historia en la Universidad de Extremadura y en Historia de la Iglesia en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, ha sido profesor en la Universidad San Pablo-CEU de Madrid, donde obtuvo el Doctorado. Actualmente es Canónigo Archivero de la Catedral de Coria y Profesor de Historia de la Iglesia y Teología en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas y en el Seminario de Cáceres. Entre sus obras merecen destacarse Paz, Piedad, Perdón... y Verdad: La represión en la guerra civil o Salvar la memoria: una reflexión sobre las víctimas de la Guerra Civil.
 
Tras una semana de ausencia, confiamos en que los espectadores de Lágrimas en la lluvia acudan todos al reencuentro con nuestro programa, que se empeña cada semana en ofrecernos unos contenidos de verdadero interés y una película apta para ver todos juntos en la tarde de domingo. La entrega de este día primero de abril y Domingo de Ramos, sin duda, no les defraudará.
Ya saben, en INTERECONOMÍA TV, el domingo a partir de las cuatro de la tarde.

lunes, 19 de julio de 2010

División Azul


Día 19/07/2010
RECORDABA el sábado, en una espléndida Tercera, el comandante general don Juan Chicharro Ortega a los voluntarios de la División Azul, entre los que se contaron su propio padre y hasta tres tíos suyos, dos de los cuales perecieron en acciones de combate. Tiene razón don Juan Chicharro cuando resalta las virtudes heroicas de aquellos valientes; virtudes que, con frecuencia, llegaron más allá de lo que exigían las ordenanzas militares, hasta hacerse sobrehumanas. En los últimos meses, he leído infinidad de libros sobre la División Azul, quizá la última gran aventura acometida por el genio español; y estoy francamente conmovido por la gallardía de aquellos «guripas», que al ardor en el combate sumaban la magnanimidad hacia el enemigo, llegando a protagonizar episodios ímprobos de abnegación y sacrificio que a cualquier español bien nacido deberían llenar de orgullo.
Aquellos españoles que se alistaron en la División Azul fueron a combatir el régimen comunista soviético, al que consideraban —con razón—responsable de la situación social que había conducido a los españoles a la Guerra Civil; y responsable, sobre todo, de que esa Guerra Civil se prolongase encarnizadamente durante tres años. Apenas encontramos entre los divisionarios españoles signos de adhesión al régimen hitleriano; y, al contrario, enseguida descubrimos la infinita repugnancia que les provoca el trato vejatorio que los conquistadores germanos dispensan a los pueblos sometidos. El divisionario español, por temperamento y por credo, se rebela contra el antisemitismo nazi; y, en su avance a pie hasta el frente confraterniza primero con los polacos (con quienes comparte una misma fe) y después con los rusos, en quienes descubre rasgos de carácter muy semejantes a los españoles. Tales muestras de humanidad fueron reprobadas repetidamente por el mando alemán, al que horrorizaban la indisciplina y el desaseo de las tropas españolas; pero que, llegada la hora del combate, hubo de reconocer que nuestros divisionarios se batían con un denuedo insuperable, como quedó probado en repetidas ocasiones.
En febrero de 1943, con el frente ya rectificado y las tropas alemanas en franco retroceso, la División Azul hubo de hacer frente a un enemigo infinitamente superior que pugnaba por arrebatar el control de la línea férrea que conducía a la ciudad de Leningrado. En la batalla de Krasny Bor (la más cruenta librada por los divisionarios, y tal vez la más cruenta librada por tropas españolas en todo el siglo XX, con excepción de la batalla del Ebro) murieron más de dos mil españoles; y varios centenares cayeron en manos del Ejército Rojo, inciando así un calvario que se prolongaría durante más de diez años por los pavorosos campos de prisioneros estalinistas. De aquella aventura en los límites de la resistencia humana rindió cuenta un director de este periódico, Torcuato Luca de Tena, en un libro magistral y emocionante, Embajador en el infierno, donde narra las penurias soportadas por aquellos héroes, comandados por el capitán Palacios, que a su regreso a España sería condecorado con la Laureada. Invito a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan a leer este libro grandioso, que acaba de ser reeditado por Homo Legens: es una forma humilde de honrar a aquellos compatriotas generosos e inolvidables, orgullo de cualquier español bien nacido.