Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Tovar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Tovar. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de febrero de 2014

Falange y literatura

José Carlos Mainer
RBA. Barcelona, 2013. 528 páginas, 23 euros
RAFAEL NUÑEZ FLORENCIO | 15/11/2013 |

Dionisio Ridruejo y Pedro laín Entralgo

José Carlos Mainer
La primera edición de Falange y Literatura apareció en 1971, en la extinta editorial Labor y en una colección literaria que dirigía Francisco Rico. Aun tratándose básicamente de una antología, con un esclarecedor estudio preliminar, tuvo un gran impacto en su momento y durante muchos años constituyó una referencia insoslayable no sólo para los estudiosos de la literatura española entre los años veinte y el decenio de los sesenta, grosso modo, sino para todos los que se interesaban por la cultura, la ideología y hasta por la política del primer franquismo. Su autor era entonces un joven y poco conocido profesor de Literatura que, con el tiempo, se iba a convertir en una autoridad en la historia literaria de España de los dos últimos siglos, José-Carlos Mainer (Zaragoza, 1944).

Responsable, en efecto, de una de las más sólidas y extensas producciones bibliográficas sobre las letras hispanas recientes, Mainer ha sabido combinar en sus trabajos una erudición impresionante con una gran capacidad divulgadora, del mismo modo que sus análisis literarios, lejos de limitarse a los aspectos técnicos o formales de las obras, siempre han dibujado con precisión el contexto social y político en el que se mueven sus autores.

De todo ello es buena muestra este libro, una engañosa segunda edición que no puede ser más oportuna. Decimos engañosa porque este volumen, tanto en su amplia (casi 200 páginas) y espléndida introducción como en su contenido, es más un ejemplar de nuevo cuño que una mera adaptación del que vio la luz hace más de cuarenta años. El mismo autor reconoce en una nota preliminar que la nueva redacción es mucho más extensa y que “no ha dejado línea sin ampliación ni dogmatismo sin atenuante”. El esquema, eso sí, sigue siendo el mismo: un cuidadoso análisis previo y una certera selección de textos. La alusión que hemos hecho a su oportunidad no necesita glosa alguna, pues se comprenderá que el tomo primigenio era prácticamente inencontrable, más allá de algunas bibliotecas y librerías de viejo.

Pero es que además, como bien puede barruntarse, la bibliografía sobre el tema en estas últimas cuatro décadas ha sido copiosa (Carbajosa, Mechthild, Jordi Gracia, Martínez Cachero, Trapiello…) Mainer no sólo recoge en su documentado estudio preliminar esas aportaciones sino que hace una relación bibliográfica actualizada y comentada. Los ocho epígrafes que vertebran la antología propiamente dicha (desde 'los precursores' al 'humor y la fantasía', pasando por las 'memorias generacionales', la 'guerra y los héroes'” o los 'caminos para el arte') tienen a su vez, cada uno de ellos, unas breves páginas de presentación.

En consonancia con lo que antes se decía sobre el enfoque pluridisciplinar de Mainer, conviene también dejar claro que en estas densas páginas va a encontrar el lector mucho más de lo que dice el título. Aquí no solo aparecen la Falange y los falangistas sino otros muchos autores (conservadores, católicos, integristas, simples franquistas) que buscaron su lugar bajo el sol de un régimen autoritario y dogmático pero hasta cierto punto ecléctico. Por haber, hubo hasta quienes (Laín Entralgo) aspiraron a presentarse como herederos o continuadores de una tradición anterior (en particular el 98 y Ortega). Y tampoco se habla solo de literatura en sentido estricto, sino de empresas literarias y culturales, de diarios y revistas, de ensayo, filosofía y política. Dar cuenta de ese abigarrado panorama es imposible en esta breve nota. De la elitista Escuela Romana del Pirineo a la popular La Ametralladora, cupo casi de todo, como el belicismo exaltado de García Serrano o Ximénez de Sandoval, la alta cultura de Escorial, la brocha gorda de Tomás Borrás, las excentricidades de Giménez Caballero, el terror rojo según Foxá, la ambigüedad de Eugenio d'Ors o el refinamiento de Antonio Tovar, Luis Rosales o Luis Felipe Vivanco. 

Rafael Sánchez Mazas lee 'Rosa Kruger' a los refugiados de la Embajada chilena, en 1936.

  Se dieron también, naturalmente, trayectorias disímiles, desde los que tuvieron que acomodar su 'idealismo' fascista de primera hora a las exigencias del régimen hasta los que se pasaron a la oposición democrática o protagonizaron una aparatosa disidencia (Dionisio Ridruejo). De todo ello y de mucho más da cuenta Mainer en este volumen muy recomendable.

jueves, 6 de junio de 2013

Antonio Tovar, el filólogo que encontró la paz.


El pasado miércoles 5 de junio tuvo lugar la presentación del libro de José Andrés Álvaro Ocáriz “Antonio Tovar, el filólogo que encontró el lenguaje de la paz”, en el Ateneo de Madrid.

En primer lugar tomó la palabra Juan Ramón Sánchez Carballido, que agradeció expresamente la colaboración decisiva de la Asociación Cultural Ademán de Sevilla en la celebración de este acto.

Por petición expresa del autor, Carballido centró su intervención en el pensamiento político de Tovar para establecer las coordenadas de su falangismo inicial y, en la medida de lo posible, proponer las claves que permiten atisbar la coherencia interna de su discurso, no siempre evidente a tenor de su reposicionamiento ideológico ulterior.

En su opinión, coincidente con la del biógrafo, Tovar mantuvo en todo momento su fidelidad a un principio claramente asociado a la influencia de José Antonio Primo de Rivera: el hombre como eje y centro del sistema político y económico. Una fidelidad que no decayó en Tovar tras su decepción con el régimen de Franco y su clara toma de conciencia de que la Revolución que predicaba la Falange había sido definitivamente traicionada.

 A continuación, José Andrés Álvaro Ocáriz desglosó el contenido de los diferentes capítulos de su libro, abundando en las ideas anteriormente expuestas y profundizando en el perfil intelectual y académico de Antonio Tovar.

Ocáriz destacó las extraordinarias aportaciones del homenajeado en el campo de la Filología, procedentes de su conocimiento de unas cincuenta lenguas clásicas y modernas, europeas y precolombinas. Una sabiduría que quedaría repartida en más de cuatrocientas obras y lo convertirían en uno de los intelectuales más apreciados de su generación.

El biógrafo sorprendió a parte del auditorio dando a conocer cómo la primera cátedra de enseñanza universitaria del vascuence se estableció en España,  en mitad del franquismo y a despecho de la actual propaganda oficial, a instancias del falangista Tovar, que había aprendido la lengua en su adolescencia y a cuyo estudio había dedicado ya dos influyentes volúmenes. 

Mención especial mereció la iniciativa de la revista Escorial. Editada entre noviembre de 1940 y febrero de 1950, con el decisivo impulso de Tovar y otros falangistas, la publicación pretendió ser un lugar de reencuentro intelectual tras la guerra dado que la mitad de la cultura española se hallaba por entonces en el exilio. Pío Baroja, Azorín, Menéndez Pidal o Gregorio Marañón se reivindicaron en sus páginas, dándose a conocer algunos nombres fundamentales de la cultura de posguerra, como Xavier Zubiri. Todos ellos, acompañados por las firmas más brillantes del falangismo intelectual: Dionisio Ridruejo, Laín Entralgo, Torrente Ballester, Panero y el propio Tovar.

Tras repasar su extraordinaria gestión como Rector de la Universidad de Salamanca, coincidiendo con su setecientos aniversario; sus estudios y reconocimientos en el extranjero (Tovar fue Premio Goethe); su labor en la Real Academia Española o sus activismo político durante los primeros años de la democracia, Ocáriz terminó su intervención citando a algunas personalidades relevantes que dedicaron palabras de elogio a Tovar en honor a su honestidad y bonhomía. Personalidades que atraviesan todo el espectro ideológico desde las posiciones de Serrano Súñer a las de Tierno Galván.  

El acto, que fue presentado y moderado por Victoria Caro, Secretaria adjunta de la Agrupación de Retórica y Elocuencia, finalizó con un breve turno de palabra entre los asistentes.

domingo, 26 de mayo de 2013

Salamanca

Manuel Martín Ferrand
XLSemanal. ABC


El café Novelty (Plaza Mayor, 2. Salamanca) es, como tantos otros en España, algo más que un café. Se trata de un lugar de encuentro y convivencia. Fue fundado en 1905. En sus veladores, Dionisio Ridruejo fundó en 1936 Radio Nacional de España y por sus salones pasaron todos los intelectuales de su tiempo. Aquí mantenía su tertulia salmantina Miguel de Unamuno, a quien solía acompañar José Ortega y Gasset, Antonio Tovar, Pedro Laín Entralgo y tantos otros que la desmemoria nacional ha dejado en el olvido. Después de la Guerra Civil, el café tuvo que cambiar de nombre para convertirse, en aras de la "ortodoxia", en Café Nacional. Pasados los años sesenta, volvió a ser Novelty y fue lugar acostumbrado por Francisco Umbral y, sobre todo, por Miguel Delibes. El hecho gastronómico del Novelty lo protagoniza Agustín de Foxá. Foxá es otro nombre postergado entre nosotros, pero fue - además de diplomático - uno de los grandes escritores de su tiempo. Su novela Madrid, de corte a checa es una de las más notables entre los millares que se han escrito sobre la guerra que todavía seguimos sufriendo. Foxá escribió en el Novelty (1938) toda la novela y, en pleno furor creativo, apenas salía del local. Como contó después en sus artículos de periódico se alimentaba  con pepitos de ternera que, con amor, le preparaban los propietarios del café que hoy vuelve a ser el ombligo de la Plaza Mayor más hermosa del mundo. Foxá era un gastrónomo  fino y frecuentador de los restaurantes de toda Europa, por los que transitó en su trabajo para Exteriores. En 1956 La Real Academia Española lo eligió académico, pero no llegó a pronunciar su discurso de ingreso. Quizá no tuvo el soporte de los pepitos del Novelty. 

sábado, 25 de mayo de 2013

Libro sobre Antonio Tovar


Con la colaboración de la Asociación Cultural Ademán se presentará en el Ateneo de Madrid el libro de José Andrés Álvaro, El filólogo que encontró el idioma de la Paz, sobre el intelectual falangista Antonio Tovar. La presentación del autor correrá a cargo de Juan Ramón Sánchez Carballido, presidente de la Asociación Gallos de Marzo.

viernes, 23 de marzo de 2012

Antonio Tovar, un euskaltzale de Valladolid

Como anticipo de la novedad editorial que pronto estará en las librerías -Antonio Tovar, el filólogo que encontró el camino de la paz- de J.A. Alvaro Ocáriz, rescatamos este interesante artículo del autor publicado en la web vascongada Euskonews.

Antonio Tovar, un euskaltzale de Valladolid

José Andrés ÁLVARO OCARIZ, Filólogo, investigador y lingüista

Se cumple este año el centenario del nacimiento de este vallisoletano universal que amó nuestra cultura y nuestra lengua.
Es difícil resumir la vida de alguien como don Antonio Tovar en unas breves líneas. Cuando yo era estudiante recuerdo que me hablaron de Tovar como quien le dio trabajo a un Luis Michelena que había sido condenado a muerte, que impulsó los estudios de vasco en Salamanca y que escribió varios libros, algunos de los cuales leí.
Han pasado bastantes años desde entonces, casi veinte, y al llegar al centenario de su nacimiento, una entidad cultural de Gipuzkoa con la que tengo el placer de colaborar, el Ateneo Guipuzcoano, me encargó que preparase una conferencia para conmemorar tal evento. Consulté hemerotecas. Hablé a través del correo electrónico con una sobrina y dos hijos suyos y he ido descubriendo a alguien que, como indicaba en el título de este artículo, era todo un maestro.
Antonio Tovar
Antonio Tovar.
Fotografía: Cedida por la familia de Antonio Tovar
Un maestro es una persona que sabe más que sus alumnos y que quiere, o debería querer, que sus alumnos y discípulos llegaran a disfrutar de su conocimiento como disfruta un buen maestro cuando descubre nuevos aspectos de la realidad y no los guarda para sí mismo, sino que está deseando ponerlos en conocimiento de los demás, compartirlos.
Y así era Tovar. Y así lo recuerdan quienes estuvieron cerca de él en vida y siguen llevándolo cerca de sus corazones. Su sobrina, Paloma Arnáiz Tovar, me decía:
Lo que más le definía, para mí, es que era enormemente modesto (nunca alardeaba de lo que sabía) más bien escuchaba lo que le contabas tú. Recuerdo su despacho lleno de papeles en el que pasaba horas y horas. Sus méritos los conocíamos por lo que nos decía mi madre, nunca porque él aparentase nada. Lo cual, con los años, he visto que es enormemente meritorio y poco habitual.
Cuando falleció, fueron muchas las muestras de dolor y voy a seleccionar tres de ellas. Dos del mundo de la política y una perteneciente a un compañero de trabajo en la Real Academia. La primera es del entonces ministro de Cultura, Javier Solana, quien lo definía así:
Tovar era un intelectual de primera magnitud, un investigador espléndido de la filología, un gran maestro y, sobre todo, un hombre de bien.
Ramón Serrano Suñer, quien fue ministro de Interior, de Gobernación y de Asuntos Exteriores de los primeros gobiernos de Franco dijo:
Tovar era ante todo una gran persona, pero también un sabio en su especialidad, gramático y lingüista. Al igual que Dionisio Ridruejo fue colaborador mío y siempre les cito a los dos entre los más distinguidos y queridos de aquel grupo donde trabajábamos con ilusión, esperanza y desesperanza. Su pérdida es para mí un gran dolor. De él destacaría, además de su saber, su extraordinaria modestia, su sencillez, su bondad y su lealtad de amigo por encima de circunstancias y aventuras políticas.
Rafael Lapesa, compañero suyo en la Real Academia, expresó:
Antonio Tovar era uno de los lingüistas más sabedores que ha tenido España.
Su conocimiento de lenguas era extraordinario, dominaba las lenguas clásicas, conocía las lenguas indoeuropeas y el vasco y era uno de los pocos españoles que, después de nuestros misioneros, había trabajado directamente sobre lenguas indígenas americanas. Aparte de esto, era un humanista ejemplar que dejó una excelente Vida de Sócrates, entre otras obras. El impulso que dio a los estudios humanísticos, sobre todo de humanidades clásicas, en la Universidad de Salamanca y en los años 40 y 50, fue decisivo para la formación de una brillante escuela de latinistas y helenistas españoles. En la Real Academia será insustituible por la variedad y profundidad de su saber. Era, además, un nobilísimo ejemplar de humanidad, impulsivo, generoso e infatigable en el trabajo y amigo cordial.
Intelectual de primera magnitud, bueno, leal, modesto, sencillo, generoso, sabio, humanista, infatigable en el trabajo y todo un maestro. Así era el hombre que escribió más de 400 libros (algunos en colaboración con su mujer, Consuelo Larrucea, que no solo fue esposa y madre sino que, también, quedó pronto contagiada por el espíritu de trabajo de su marido y fue compañera de vida y de trabajo), que conocía más de cincuenta lenguas de las que dominaba unas doce, que fue nombrado doctor «honoris causa» por cuatro universidades (Munich, Buenos Aires, Sevilla y Dublín), que recibió diversas condecoraciones y premios en su vida; la Gran Cruz de la Orden de Cisneros, la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, el Premio Goethe por “su labor de acercamiento entre los pueblos, su aproximación de la cultura de la Grecia clásica y sus investigaciones lingüísticas en una gama de lenguas célticas, sudamericanas, latín y griego, y por su defensa de la libertad de investigación y de cátedra en su país, prefiriendo el exilio a la adaptación”. Y el I Premio Castilla y León de Ciencias Sociales y Comunicación por su extraordinaria aportación, reconocida internacionalmente, a la lingüística, la historia de la lengua y a la historia de las ideas.
Así era don Antonio Tovar, un vallisoletano hijo de Antonio Tovar Núñez, y doña Anselma Llorente Llorente. Este matrimonio tuvo cuatro hijos: Antonio, José, María y Rosa. Su padre trabajaba como notario en diversos lugares del Estado, entre ellos en Elorrio, donde el joven Antonio se familiarizó con el euskera.
Koldo Mitxelena, Pedro Saiz, Antonio Tovar Llorente, Luis Villasante, Marcelino Oreja
De izquierda a derecha: Koldo Mitxelena, Pedro Saiz, Antonio Tovar Llorente, Luis Villasante, Marcelino Oreja. 4 de diciembre de 1981.
Fotografía: Cedida por la familia de Antonio Tovar
Licenciado en Derecho y en Historia y doctor en Filosofía y Letras, tras ser presidente de la Federación Universitaria Escolar, sindicato izquierdista de estudiantes, se afilió a Falange tal vez movido por la idea de la revolución y cambio social que propugnaba. Fue nombrado primer director de Radio Nacional, Director General de Enseñanza Técnica y Profesional y Subsecretario de Prensa y Propaganda. Acompañó a Serrano Suñer en sus viajes por Alemania e Italia y formó parte del séquito de Franco en su entrevista con Hitler en Hendaya.
En 1941 abandonó los cargos políticos, aprobó las oposiciones y obtuvo la cátedra de Lengua y Literatura latina de la Universidad de Salamanca, de la que fue rector durante cinco años.
Allí puso en marcha la Cátedra Manuel de Larramendi, dio trabajo a un joven Luis Michelena y escribió en 1950 su obra titulada “La lengua vasca”.
Tovar dijo en una ocasión:
Mi curiosidad por las lenguas ya me había inclinado hacia el vascuence, el gran misterio, pero fue por los tiempos en que, en plena guerra civil, trabajé en Burgos, cuando hube de comenzar a plantearme de veras una cuestión que como todas las importantes, tenía sus implicaciones políticas (...). En la revisión de nuestra historia reciente a que nos entregábamos algunos cuando la guerra civil iba tocando a su fin, el tema de la pluralidad de lenguas entraba también, y los que por educación no éramos centralistas, sentíamos la inquietud del destino de lenguas que representan una tradición y una cultura propias, como el catalán, o algo aborigen y no conquistado todavía por el latín de los romanos, como el vasco. Desde que comencé en 1938 en Burgos comprándome una gramática de Zamarripa y un diccionario de Azcue, he aprendido algo de vascuence, y he podido completar así el conocimiento de las lenguas peninsulares (...).
Nunca dueño de ningún resorte de mando en esta delicada cuestión, el problema para mí no ha salido de la esfera teórica, pero siempre con el afán de llevarlo a un terreno de pura verdad, ya que he creído que el estudio objetivo y sin partidismo puede hacer luz que suprima toda coacción en esfera social tan íntima como es la de la lengua. Había que quitar de un lado el “veneno” que falseaba la Historia, y de otro, había que reconocer la legitimidad, el arraigo y los derechos de la lengua allí donde está, en su casa; más en su casa que ninguna otra. El mejor trato de esa preocupación no son los artículos y libros que he podido dedicar a temas de la lengua vasca, sino el haber contribuido, yo creo, a colocar los estudios vascos en España en un terreno de normalidad (...).
Cuando por los días del fin de la guerra civil uno se acercaba a la lengua vasca, había que romper de un lado con el supuesto, confesado o no, del asimilismo centralista; por el otro, con esta desfiguración de la realidad. Los viejos maestros vieron en mi curiosidad de principiante la posibilidad de una esperanza, y don Julio de Urquijo, que consideraba imposible reanudar la publicación de su prestigiosa “Revista Internacional de Estudios Vascos”, apoyó los no fáciles comienzos del “Boletín de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País”, y con su beneplácito se comenzó este periódico en los días inciertos de 1945.
También fui yo de los animadores a otro proyecto que sirvió para reanudar en España los estudios vascos: el homenaje a don Julio de Urquijo e Ybarra, iniciado en los últimos años de la vida de este patricio. También cuando tuve alguna influencia en la educación pública —de 1951 a 1956—, conseguí del entonces ministro la creación de una cátedra de vascuence en una Universidad. Con una modestísima dotación comenzó a funcionar en Salamanca una Cátedra Larramendi, en memoria del jesuita guipuzcoano que imprimiera en las prensas salmantinas su “Impossible vencido”, la primera gramática de la lengua vasca. Publicamos varios trabajos de especialistas españoles y extranjeros, se dieron conferencias, y durante meses yo tenía cada curso la satisfacción de atraer a las clases a estudiantes diversos, entre ellos vascos que hablaban su lengua, pero que desconocían la historia, literatura, dialectos, y los descubrían gozosos, mientras me ayudaban a leer textos. Aunque para mí el vascuence es un problema histórico, un enigma que da luz sobre la oscuridad de los orígenes de España y de todo el occidente de Europa, no dejo de ver que también es un problema de futuro. Pues la pervivencia de la lengua vasca es también la de un trozo de tradición, de mi tradición propia de español total. Tradición por este lado más profunda y misteriosa que la que tenemos en la lengua de Cervantes, que continúa en forma moderna la de la lengua de Virgilio, una lengua que hace dos mil años era aquí ajena.
Antonio Tovar junto a Caro Baroja
Antonio Tovar junto a Caro Baroja.
Fotografía: Cedida por la familia de Antonio Tovar
En 1956 decidió dimitir de su cargo e ir a trabajar a la Universidad de Tucumán, en Argentina, donde investigó sobre las lenguas precolombinas editando el libro titulado «Catálogo de las lenguas de América del Sur», obra que él calificaba como la Guía telefónica de las lenguas americanas. De esta época es también “El euskera y sus parientes”.
De Argentina viaja a los Estados Unidos, donde trabaja en la Universidad de Illinois, ocupando la cátedra de lenguas clásicas entre 1963 y 1965. En este último año ganó la cátedra de latín en la Universidad de Madrid, lo que le permitió volver a España.
A poco de llegar se encontró con la revuelta estudiantil que culminó con la manifestación encabezada por Tierno Galván, Aranguren, García Calvo y Montero Díaz.
Cuando se produjo la expulsión de la Universidad de éstos (los tres primeros definitivamente y Montero Díaz temporalmente) dimitió en solidaridad y volvió a los Estados Unidos, hasta 1967, cuando fue llamado para ocupar la cátedra de Lingüística Comparada en la Universidad de Tubinga (Alemania Federal), en la que impartió clases hasta 1979.
Mientras se encuentra en Alemania es elegido miembro de la Real Academia. Su candidatura fue presentada por Laín Entralgo, Gómez Moreno y Sánchez Cantón. Ocuparía el sillón «J». El 31 de marzo de 1968 ingresó en dicha institución con un discurso sobre el tema «Latín de Hispania: aspectos léxicos de la romanización».
En diciembre de 1976, la Universidad Complutense solicita contratar a Tovar y ocupó la cátedra de Filología Clásica hasta su jubilación en 1981. Al año siguiente recibiría la Medalla de Oro de Filología de dicha Universidad.
Su compromiso con la paz y la libertad le hace firmar un escrito en diciembre del 70 para pedir la liberación del cónsul alemán en San Sebastián, que había sido secuestrado por ETA.
De la década de los 80 es su “Mitología e ideología de la lengua vasca”.
En mayo del 81, forma parte de una coordinadora que pone en marcha una campaña por la libertad, la democracia y la constitución, con debates sobre el proceso de los golpistas y el compromiso con la libertad. En noviembre de ese mismo año se convoca una manifestación en Madrid por la paz, el desarme y la libertad. El manifiesto de dicha manifestación está encabezado por Tovar. En octubre del 83 firma el manifiesto contra el asesinato del capitán Alberto Martín Barrios a manos de la organización terrorista ETA.
El 14 de diciembre de 1985 falleció en el Hospital Clínico de Madrid, donde había ingresado diez días antes para ser intervenido de un cáncer de próstata. El viernes 13 entró en coma y el sábado, a primeras horas de la madrugada, un derrame cerebral le produjo la muerte. Federico Sopeña, con quien compartió las sesiones del Consejo Nacional de la Música y, lo más importante, una amistad a lo largo de toda la vida, ofició el miércoles 18 de diciembre una misa de réquiem por su alma en el madrileño Monasterio de la Encarnación.
Fue una manera de decir adiós a un hombre que, sobre su labor docente, había dejado dicho:
Me divierto dando clase. Satisfago plenamente mi vocación.
La posibilidad de intervenir directamente en las vidas de otros hombres, dirigiéndolas y orientándolas hacia lo que nos parece mejor, la ilusión de dirigir a nuestros compatriotas y gobernar el suelo en que hemos nacido, es una tentación fuerte.
Las ilusiones docentes estaban indisolublemente ligadas a enseñar lo que he aprendido a las nuevas generaciones de mis compatriotas, o de gentes de nuestra lengua.
Fue una manera de decir adiós a un hombre que dejó una profunda huella por su cercanía, su laboriosidad, su compromiso, su generosidad, su humildad, su bondad. A un hombre que fue, en definitiva, todo un maestro.

lunes, 12 de julio de 2010

GONZALO, EL ESPEJO DE UNA REALIDAD. Por Eduardo López Pascual


Las gentes como yo mismo, crecido al amparo de un espíritu animado en el Frente de Juventudes, años 40 al 60, del siglo pasado, superábamos etapas de vida y formación leyendo entre otros a autores de la talla de Gonzalo Torrente Ballester, ese escritor de rostro decidido quizá por su vocación irredenta de marino, y de un compromiso auténtico con su mundo y su época que le hizo recorrer un camino desde su galleguismo primero, sus simpatías ácratas que él apuntaría en sus vivencias asturianas, en sus trabajos en El Carbayón, y ese descubrimiento activo y consciente de su afiliación falangista, movido tal vez por la ratio de una inquietud literaria que sintiera en torno al grupo de la Pamplona Azul, de la revista Jerarquía y de hombres como Ángel María Pascual, o el mismo Fermín Yzurdiaga, con quién colaboró con convicción y decisión; allí publica su Razón y Ser...., y El viaje del joven Tobías, que yo pienso, siembra las primeras reservas al Estado nuevo.
Pero Gonzalo, que quiere ser escritor, tal vez antes que ejercer de su currículo académico, en 1937 ya ha conectado con los poetas más representativos del movimiento intelectual de la Falange como Ridruejo, Rosales o Vivanco, entre otros, de forma que acaba involucrándose en la regeneración del 36 y viene a formar parte de los escritores más independientes y objetivos de la andadura literaria surgida después de la guerra. Adscrito a las redacciones de “Arriba”, periódico oficial de la Falange o mejor dicho, del Movimiento, y de Radio Nacional de España, pronto se hace presente su conciencia crítica cuando, por ejemplo, escribe 1.943 su novela “Javier Merino”, que de manera tan torpe como ineficaz, censura la política de entonces. Puede que desde ese acto, Gonzalo Torrente Ballester, que como dicen los hermanos Carbajosa, entra en esa llamada Corte Literaria de José Antonio, empezara a sentirse incómodo dentro de un sistema que le coarta su sentido de libertad, su facultad de expresión, y no obstante como tantos otros intelectuales nacidos o surgidos desde su condición falangista, intenta con su aportación equilibrar una deriva que no compartirán tampoco Ridruejo, Tovar, Laín, escribiendo en la Revista Vértice, o Escorial, donde sigue dejando constancia de la excepcionalidad de su trabajo.
Su afiliación a la Falange, desde julio del 36, no le impide, sino al contrario, movido precisamente por ese sentimiento de renovación absoluta para el mundo en que vive, contar a través de su maravillosa exposición las realidades de una sociedad aun inquieta, injusta, descomprometida, y así aparecen sus guiones cinematográficos tan directos “Surcos”, o “Rebeldía”, que vienen a confirmar su sensibilidad social y su despego ante situaciones perversas en la España de Franco. De todas formas, Torrente Ballester, es todavía un referente en nuestro país, y desde ese contexto, puede escribir una carta protesta sobre los tristes sucesos de la Huelga de mineros en el norte, que deviene en su despido de “Arriba” y Radio nacional de España, obligándole a trabajos menores de traducción y supervivencia. A pesar de todo, sigue escribiendo en programas e instituciones afines al mundo azul, y ya una vez regresado a su mundo académico, y recibido numerosos galardones literarios, deja sobre 1965 una obra de extraordinaria belleza didáctica como es “Aprendiz de hombre”, dedicada a los planes de Estudios Medios y editada por Doncel, que le ponen de nuevo a la vista de nuevas generaciones de jóvenes, que estudian en sus páginas las normas de una generosa y leal convivencia.
En ese sentido, y también como no, en el de su reconocimiento como intelectual y escritor, la lejanía adoptada finalmente por Gonzalo Torrente Ballester, y su desafección a unas políticas concretas, ante una realidad estatal que se desmenuzaba por su propia incompetencia, y su torpeza, además claro está, de sus lamentables equivocaciones, nos trae la realidad de una conducta personal, la suya, que yo entiendo como en lucha permanente entre conciencia y apariencia, frente a una estructura anquilosada y ajena a los principios originales, que determinaron que personas como Gonzalo Torrente Ballester, abandonara ya decepcionado, toda afinidad azul. Cuando más tarde se le otorgaron premios de literatura, el Nacional, el Cervantes, de la Academia, etc. Gonzalo ya estaba perdido para la Falange, al menos la Falange-organización que naturalmente, había depuesto de sus principios. Naturalmente, yo me quedo con el Torrente Ballester de mi juventud, pero dentro de mí nace una fortísima rebelión por tanta estulticia; dejaré en mi mesilla de noche, otra vez, “La saga/fuga de J. B.”, y dormiré, creo, pensándolo como un testimonio más de lo que se pudo hacer. Y no se hizo. Por cierto, también habría que recordar que en este año se cumple su primer centenario, pero eso ya se sabe que importa según quien lo promueva.

jueves, 24 de junio de 2010

EN EL MISMO ESPACIO, EN OTROS TIEMPOS.


Es curioso como los bucles de la vida atan lazos en torno a hechos que les ocurrieron a diferentes personas en tiempos lejanos, en épocas distintas. Viene esto a cuento de la lectura de un artículo sobre la condesa alemana Mechthild Von Hese Podewils – Dürniz y su relación amorosa con el escritor falangista Dionisio Ridruejo.
Ambos se conocieron en la embajada española en Berlín, el poeta falangista estaba convaleciente de sus heridas en el frente ruso mientras combatía con la División Azul, ella, bella aristócrata de preciosos ojos azules, según nos confiesa el propio
Dionisio Ridruejo y Hexe en Sotogrande.

Ridruejo en sus “Cuadernos de Rusia”, también quedó prendada del español. Ridruejo, recuperado, volvió al frente, pero su delicada salud no le permitió seguir en el infierno blanco de Rusia durante mucho tiempo y fue repatriado a España.
Hexe, apodo infantil de la vida familiar de la condesa y como la nombraría Dionisio, consiguió venir a España como espía alemana gracias a su amistad con el almirante Canaris, que moriría después como uno de los implicados en la operación Walkiria, complot de oficiales alemanes para matar a Hitler.
Ridruejo, tras su vuelta del frente ruso, quedó absolutamente decepcionado con el giro que había tomado la política del gobierno de Franco, y así se lo hizo saber al Caudillo en un escrito que le costó el destierro de Madrid.
El poeta fue a parar a Ronda, la bella ciudad de la serranía malagueña, y allí vivió su amor con Hexe, entre las románticas paredes del hotel Reina Victoria.
Dicho hotel fue construido en 1906 y llama la atención por su estilo de arquitectura más propia del centro de Europa que del corazón de Andalucía, sus puntiagudos tejados de pizarra negra y sus contraventanas de madera pintadas de verde, nos evocan, junto con su bonita entrada de piedra, paisajes alpinos, o un pabellón de caza bavaro. Lo rodean preciosos jardines que acentúan el carácter romántico del sitio, así como un interior que, aunque remozado, guarda ese acogedor y, un tanto decadente, estilo campestre británico en muebles y tapicerías.
En ese mismo hotel se alojó Rainer María Rilke, el poeta que, aunque nacido en Praga, supone una de las cumbres de la poesía en lengua alemana. En Noviembre de 1912 inició un viaje por España, visitando Toledo, Córdoba, Sevilla, permaneciendo durante dos meses en Ronda, donde trabajó en la Sexta de las Elegías de Duino, una de sus obras maestras, que no completó hasta 1922.
La condesa Mechthild Von Hese Podewils – Dürniz, conoció, a través de Ridruejo, a todo su círculo de intelectuales y escritores falangistas, a Edgar Neville, Antonio Tovar, Pedro Laín

Monumento a Rilke en el Hotel Reina Victoria de Ronda.
Entralgo y a Gonzalo Torrente Ballester, con quien traduciría al español, y aquí aparece uno de esos bucles de la Historia a los que me refería al principio, la obra de Rainer María Rilke, escritos que el poeta escribió en el hotel de Ronda, donde su traductora vivió sus días románticos con el hombre de su vida, Dionisio Ridruejo.
Hexe falleció recientemente en su casa de Sotogrande, playa a la que acudía desde Ronda, a escasos ochenta kilómetros de allí, con Ridruejo, y donde regresó para vivir después de una intensa vida que la llevó por medio mundo, tras huir de España ayudada por Ramón Serrano Suñer a Colombia, y pasar por varios matrimonios.
Hace pocos años, sin conocer aún la historia de Hexe entonces, pasé unos días en Ronda, era otoño, se acercaba la Navidad, la encantadora ciudad malagueña estaba clara y fría, pero bella. Me alojé en el hotel Reina Victoria, en una pequeña pero muy acogedora habitación decorada en tonos burdeos y crema, con una antigua chimenea de cerámica blanca en un rincón que acentuaba increíblemente el aire romántico de la estancia.
En el frío serrano de finales de otoño, los agudos tejados negros del hotel y los salones de cálidas tapicerías y antiguos muebles me trasladaban a reposadas escenas de otra época, la calma, el silencio, los rincones de mullidos sillones orejeros, los grabados con imágenes de cacería, la escalera alfombrada con su pasamanos de barnizada madera, las paredes enteladas de floridos estampados, las lámparas de latón con sus pantallas de seda propiciando suaves luces indirectas.
Todo hace comprender que allí era posible ese imposible amor entre el castellano viejo, católico y caballero falangista y la dulce dama alemana, aristocrática y amante de la vida.
Y era posible que un poeta de la vieja Praga, anduviera por sus jardines inspirándose para sus mejores poesías y mirara, desde los ventanales de su habitación, las lomas cubiertas de olivos y viñedos que yo ahora contemplaba.
Desde mi habitación, tras los cristales de la vieja ventana de palilleria verde, miro, con infinita paz en el alma, los abetos, los pinos, los caminos de tierra bordeados de boj y las rosas, amarillas y rojas, del jardín.

Javier Compás