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jueves, 10 de mayo de 2012

Álvaro Cunqueiro y la familia de Merlín (Juan Ángel Juristo en www.cuartopoder.es)

Alvaro Cunqueiro y la familia de Merlín
JUAN ÁNGEL JURISTO | 28 de abril de 2012

En la presentación de la recopilación de artículos y cuentos de Alvaro Cunqueiro, 'De Santos y Milagros', se dieron cita (de izda. a dcha.) el poeta Pere Gimferrer, el profesor Xosé Antonio López Silva (autor del hallazgo de los inéditos), el presidente de la Xunta, Núñez Feijóo; el escritor y exministro de Cultura, César Antonio Molina, y Borja Baselga, presidente de la Fundación Banco de Santander. / Efe
Comenzaré por una confesión: considero, consideré siempre, a Álvaro Cunqueiro como uno de los escritores españoles más importantes del siglo XX. Esa calificación me ha llevado, con los años, a valorar de una manera más discreta y comprensiva las razones que me llevaron, desde mi juventud, a la fascinación por su obra y figura. Resulta que somos hijos espurios de nuestros prejuicios y nuestra astucia, y desde luego, ¿cómo no gustar de una literatura que se mostraba en el lado opuesto de lo que mi generación rechazó con pasión; el realismo chato y decimonónico que se llevaba antes de la explosión del boom latinoamericano, complementado por el socialrrealismo más plano aún si cabe de la oposición franquista? De ahí que gentes como Cunqueiro o Joan Perucho, o Juan Eduardo Cirlot, o Pere Calders, o Josep Plá, de tan distinto pelaje y condición, algunos de ellos encantadores gentes de derechas, cuando no abiertamente reaccionarios,  poseyeran una cualidad común, la de estar representando una excelencia en lo literario que chocaba frontalmente con el ambiente opresivo que se respiraba en los cenáculos literarios, ignorantes de lo mejor que se estaba realizando en Europa y los Estados Unidos. Fueron nuestro respiradero y, ya digo, Álvaro Cunqueiro estaba entre ellos, en lugar destacado, claro. Por si fuera poco, y como parte intrínseca de su personalidad, como si fuera un personaje de sus narraciones, artículos o novelas, la leyenda que le acompañó de los avatares de su vida, de cómo se apropió del coche de Ramón Serrano Súñer pocas horas antes de que éste lo necesitara debido a la presencia de un alto jerarca nazi en Madrid, o la invención del Premio Mark Twain que se sacó del magín para sablear un traje, acrecentada por mil anécdotas menos fabulosas y comprobadas por los biógrafos, como la retirada de su condición de periodista que sufrió por haber querido estafar a la Embajada de Francia cobrando unos encargos que nunca llegó a realizar. Todo esto le hizo un personaje único en su momento. Lo que no sabíamos entonces es que lo sería también en un futuro, una vez salido del purgatorio en que una generación posterior lo metió debido a su militancia falangista.


Cubierta de la obra de Álvaro Cunqueiro.

La Fundación Banco Santander acaba de editar un libro delicioso de Álvaro Cunqueiro. Se le ha puesto el atinado título de De Santos y Milagros y consta de 138 artículos y 7 cuentos inéditos en torno a gentes que fueron proclives a la santidad y a la vida milagrosa. Hay títulos que lo dicen todo. Los artículos provienen de diarios y publicaciones como Faro de Vigo, La Vanguardia, ABC, La Voz de España, Aire Azul, Misión y Catolicismo. De esta última publicación son los siete cuentos inéditos, que se les habían escapado hasta ahora a los especialistas y que se han revelado de una importancia capital para entender la posterior evolución en la obra de Cunqueiro, cuando dio entidad a gentes como Fanto Fantini, siete cuentos que fueron escritos después de 1944, una vez le retiraron el carnet de prensa y que publicó bajo el pseudónimo de Álvaro Labrada, siete cuentos de una imaginación espectacular, comparables a los que escribió posteriormente, donde se mezclan los ambientes exóticos, totalmente inventados y que tan bien se le daban, unos ambientes que tanto daban si eran hindúes o chinos pues incidían en algo del que él fue un maestro: revivir el imaginario colectivo de un pueblo. En esto actuó como Merlín, o Simbad, o Ulises, tres personajes de la Antigüedad real o inventada, que fueron maestros de la fábula y la imaginación exaltada. Siete cuentos, en fin, descubiertos por el profesor y filólogo Xosé Antonio López Silva, que es el encargado, además, de la edición de este libro y autor de un estudio preliminar bastante clarificador. Por su parte, César Antonio Molina, que conoció a Cunqueiro y lo ha estudiado y editado con cierta profundidad, es el responsable del prólogo, donde se contextualiza estos escritos dentro del panorama general de la obra de Cunqueiro. De esta manera, lo que en principio podría tomarse como una publicación hagiográfica de santos, santas, sobre todo santas,  y sus milagros, se inscribe dentro de una galería de retratos de raigambre mágica, mistérica, vale decir, de la familia de Merlín, una manera de burlar, esta vez de forma elegante, la férrea ortodoxia de la Iglesia. Y en esto de burlar ortodoxias Cunqueiro siempre fue un mago. Aquí se da cumplida muestra de ello.
Pere Gimferrer, que presentó el libro en la Biblioteca Nacional, con asistencia del Presidente de la Xunta, Alberto Nuñez Feijoo, incidió en la condición profundamente solitaria de este escritor,  “que no tuvo antecedentes ni consecuentes” e hizo un juego de palabras muy bello que explica, además, la particular fascinación que despierta el personaje: “Cunqueiro no hizo realismo mágico sino magia de las palabras”.  Y hasta tal punto es así, fue así, que leyendo estas páginas de santos uno comienza a sentir la invasión de cierta calidez de claro origen gozoso. La verdad es que la vida de los santos, cuando está bien escrita, pertenece a la galería de retratos literarios de clara excelencia. La prueba está en las hagiografías del padre Rivadeneyra, que en nuestra tradición representa lo más acendrado de la misma. Pocas veces he leído retratos literarios tan mórbidos como los que nos presenta Rivedeneyra, algunos que para sí hubiera querido el Marqués de Sade, y la verdad es que los escritos por Cunqueiro son más finos, están rellenos de una madeja más imaginativa que los del jesuita, también más amable. Al fin y al cabo el escritor gallego siempre pensó que los santos eran magos, condición inexcusable de la inteligencia de la imaginación, y de ahí que lo mórbido tuviera su lugar justo, pero no más, y desde luego no lo más importante. Molina recalca la identidad de Cunqueiro con la del poeta irlandés y Premio Nobel  Edward Butler Yeats y la recalca en lo que tiene de identificación con el inconsciente popular. En cierto sentido es verdad y estás páginas pertenecen tanto al imaginario católico, como a la invención del propio autor, pero también a la de su pueblo gallego. Esto habría que recalcarlo al querer dar cuenta de este libro. A mí, de todas maneras, me interesa destacar algo que creo tiene mucha mayor importancia: la de la calidad literaria de estos artículos, tan intensa como la de sus novelas o sus crónicas. Cunqueiro fue de los pocos que dignificaron el oficio elevándolo a la categoría de literatura fantástica: una de las pruebas es este libro. Aunque hable de santos y milagros, o quizá por ello.

viernes, 23 de marzo de 2012

Antonio Tovar, un euskaltzale de Valladolid

Como anticipo de la novedad editorial que pronto estará en las librerías -Antonio Tovar, el filólogo que encontró el camino de la paz- de J.A. Alvaro Ocáriz, rescatamos este interesante artículo del autor publicado en la web vascongada Euskonews.

Antonio Tovar, un euskaltzale de Valladolid

José Andrés ÁLVARO OCARIZ, Filólogo, investigador y lingüista

Se cumple este año el centenario del nacimiento de este vallisoletano universal que amó nuestra cultura y nuestra lengua.
Es difícil resumir la vida de alguien como don Antonio Tovar en unas breves líneas. Cuando yo era estudiante recuerdo que me hablaron de Tovar como quien le dio trabajo a un Luis Michelena que había sido condenado a muerte, que impulsó los estudios de vasco en Salamanca y que escribió varios libros, algunos de los cuales leí.
Han pasado bastantes años desde entonces, casi veinte, y al llegar al centenario de su nacimiento, una entidad cultural de Gipuzkoa con la que tengo el placer de colaborar, el Ateneo Guipuzcoano, me encargó que preparase una conferencia para conmemorar tal evento. Consulté hemerotecas. Hablé a través del correo electrónico con una sobrina y dos hijos suyos y he ido descubriendo a alguien que, como indicaba en el título de este artículo, era todo un maestro.
Antonio Tovar
Antonio Tovar.
Fotografía: Cedida por la familia de Antonio Tovar
Un maestro es una persona que sabe más que sus alumnos y que quiere, o debería querer, que sus alumnos y discípulos llegaran a disfrutar de su conocimiento como disfruta un buen maestro cuando descubre nuevos aspectos de la realidad y no los guarda para sí mismo, sino que está deseando ponerlos en conocimiento de los demás, compartirlos.
Y así era Tovar. Y así lo recuerdan quienes estuvieron cerca de él en vida y siguen llevándolo cerca de sus corazones. Su sobrina, Paloma Arnáiz Tovar, me decía:
Lo que más le definía, para mí, es que era enormemente modesto (nunca alardeaba de lo que sabía) más bien escuchaba lo que le contabas tú. Recuerdo su despacho lleno de papeles en el que pasaba horas y horas. Sus méritos los conocíamos por lo que nos decía mi madre, nunca porque él aparentase nada. Lo cual, con los años, he visto que es enormemente meritorio y poco habitual.
Cuando falleció, fueron muchas las muestras de dolor y voy a seleccionar tres de ellas. Dos del mundo de la política y una perteneciente a un compañero de trabajo en la Real Academia. La primera es del entonces ministro de Cultura, Javier Solana, quien lo definía así:
Tovar era un intelectual de primera magnitud, un investigador espléndido de la filología, un gran maestro y, sobre todo, un hombre de bien.
Ramón Serrano Suñer, quien fue ministro de Interior, de Gobernación y de Asuntos Exteriores de los primeros gobiernos de Franco dijo:
Tovar era ante todo una gran persona, pero también un sabio en su especialidad, gramático y lingüista. Al igual que Dionisio Ridruejo fue colaborador mío y siempre les cito a los dos entre los más distinguidos y queridos de aquel grupo donde trabajábamos con ilusión, esperanza y desesperanza. Su pérdida es para mí un gran dolor. De él destacaría, además de su saber, su extraordinaria modestia, su sencillez, su bondad y su lealtad de amigo por encima de circunstancias y aventuras políticas.
Rafael Lapesa, compañero suyo en la Real Academia, expresó:
Antonio Tovar era uno de los lingüistas más sabedores que ha tenido España.
Su conocimiento de lenguas era extraordinario, dominaba las lenguas clásicas, conocía las lenguas indoeuropeas y el vasco y era uno de los pocos españoles que, después de nuestros misioneros, había trabajado directamente sobre lenguas indígenas americanas. Aparte de esto, era un humanista ejemplar que dejó una excelente Vida de Sócrates, entre otras obras. El impulso que dio a los estudios humanísticos, sobre todo de humanidades clásicas, en la Universidad de Salamanca y en los años 40 y 50, fue decisivo para la formación de una brillante escuela de latinistas y helenistas españoles. En la Real Academia será insustituible por la variedad y profundidad de su saber. Era, además, un nobilísimo ejemplar de humanidad, impulsivo, generoso e infatigable en el trabajo y amigo cordial.
Intelectual de primera magnitud, bueno, leal, modesto, sencillo, generoso, sabio, humanista, infatigable en el trabajo y todo un maestro. Así era el hombre que escribió más de 400 libros (algunos en colaboración con su mujer, Consuelo Larrucea, que no solo fue esposa y madre sino que, también, quedó pronto contagiada por el espíritu de trabajo de su marido y fue compañera de vida y de trabajo), que conocía más de cincuenta lenguas de las que dominaba unas doce, que fue nombrado doctor «honoris causa» por cuatro universidades (Munich, Buenos Aires, Sevilla y Dublín), que recibió diversas condecoraciones y premios en su vida; la Gran Cruz de la Orden de Cisneros, la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, el Premio Goethe por “su labor de acercamiento entre los pueblos, su aproximación de la cultura de la Grecia clásica y sus investigaciones lingüísticas en una gama de lenguas célticas, sudamericanas, latín y griego, y por su defensa de la libertad de investigación y de cátedra en su país, prefiriendo el exilio a la adaptación”. Y el I Premio Castilla y León de Ciencias Sociales y Comunicación por su extraordinaria aportación, reconocida internacionalmente, a la lingüística, la historia de la lengua y a la historia de las ideas.
Así era don Antonio Tovar, un vallisoletano hijo de Antonio Tovar Núñez, y doña Anselma Llorente Llorente. Este matrimonio tuvo cuatro hijos: Antonio, José, María y Rosa. Su padre trabajaba como notario en diversos lugares del Estado, entre ellos en Elorrio, donde el joven Antonio se familiarizó con el euskera.
Koldo Mitxelena, Pedro Saiz, Antonio Tovar Llorente, Luis Villasante, Marcelino Oreja
De izquierda a derecha: Koldo Mitxelena, Pedro Saiz, Antonio Tovar Llorente, Luis Villasante, Marcelino Oreja. 4 de diciembre de 1981.
Fotografía: Cedida por la familia de Antonio Tovar
Licenciado en Derecho y en Historia y doctor en Filosofía y Letras, tras ser presidente de la Federación Universitaria Escolar, sindicato izquierdista de estudiantes, se afilió a Falange tal vez movido por la idea de la revolución y cambio social que propugnaba. Fue nombrado primer director de Radio Nacional, Director General de Enseñanza Técnica y Profesional y Subsecretario de Prensa y Propaganda. Acompañó a Serrano Suñer en sus viajes por Alemania e Italia y formó parte del séquito de Franco en su entrevista con Hitler en Hendaya.
En 1941 abandonó los cargos políticos, aprobó las oposiciones y obtuvo la cátedra de Lengua y Literatura latina de la Universidad de Salamanca, de la que fue rector durante cinco años.
Allí puso en marcha la Cátedra Manuel de Larramendi, dio trabajo a un joven Luis Michelena y escribió en 1950 su obra titulada “La lengua vasca”.
Tovar dijo en una ocasión:
Mi curiosidad por las lenguas ya me había inclinado hacia el vascuence, el gran misterio, pero fue por los tiempos en que, en plena guerra civil, trabajé en Burgos, cuando hube de comenzar a plantearme de veras una cuestión que como todas las importantes, tenía sus implicaciones políticas (...). En la revisión de nuestra historia reciente a que nos entregábamos algunos cuando la guerra civil iba tocando a su fin, el tema de la pluralidad de lenguas entraba también, y los que por educación no éramos centralistas, sentíamos la inquietud del destino de lenguas que representan una tradición y una cultura propias, como el catalán, o algo aborigen y no conquistado todavía por el latín de los romanos, como el vasco. Desde que comencé en 1938 en Burgos comprándome una gramática de Zamarripa y un diccionario de Azcue, he aprendido algo de vascuence, y he podido completar así el conocimiento de las lenguas peninsulares (...).
Nunca dueño de ningún resorte de mando en esta delicada cuestión, el problema para mí no ha salido de la esfera teórica, pero siempre con el afán de llevarlo a un terreno de pura verdad, ya que he creído que el estudio objetivo y sin partidismo puede hacer luz que suprima toda coacción en esfera social tan íntima como es la de la lengua. Había que quitar de un lado el “veneno” que falseaba la Historia, y de otro, había que reconocer la legitimidad, el arraigo y los derechos de la lengua allí donde está, en su casa; más en su casa que ninguna otra. El mejor trato de esa preocupación no son los artículos y libros que he podido dedicar a temas de la lengua vasca, sino el haber contribuido, yo creo, a colocar los estudios vascos en España en un terreno de normalidad (...).
Cuando por los días del fin de la guerra civil uno se acercaba a la lengua vasca, había que romper de un lado con el supuesto, confesado o no, del asimilismo centralista; por el otro, con esta desfiguración de la realidad. Los viejos maestros vieron en mi curiosidad de principiante la posibilidad de una esperanza, y don Julio de Urquijo, que consideraba imposible reanudar la publicación de su prestigiosa “Revista Internacional de Estudios Vascos”, apoyó los no fáciles comienzos del “Boletín de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País”, y con su beneplácito se comenzó este periódico en los días inciertos de 1945.
También fui yo de los animadores a otro proyecto que sirvió para reanudar en España los estudios vascos: el homenaje a don Julio de Urquijo e Ybarra, iniciado en los últimos años de la vida de este patricio. También cuando tuve alguna influencia en la educación pública —de 1951 a 1956—, conseguí del entonces ministro la creación de una cátedra de vascuence en una Universidad. Con una modestísima dotación comenzó a funcionar en Salamanca una Cátedra Larramendi, en memoria del jesuita guipuzcoano que imprimiera en las prensas salmantinas su “Impossible vencido”, la primera gramática de la lengua vasca. Publicamos varios trabajos de especialistas españoles y extranjeros, se dieron conferencias, y durante meses yo tenía cada curso la satisfacción de atraer a las clases a estudiantes diversos, entre ellos vascos que hablaban su lengua, pero que desconocían la historia, literatura, dialectos, y los descubrían gozosos, mientras me ayudaban a leer textos. Aunque para mí el vascuence es un problema histórico, un enigma que da luz sobre la oscuridad de los orígenes de España y de todo el occidente de Europa, no dejo de ver que también es un problema de futuro. Pues la pervivencia de la lengua vasca es también la de un trozo de tradición, de mi tradición propia de español total. Tradición por este lado más profunda y misteriosa que la que tenemos en la lengua de Cervantes, que continúa en forma moderna la de la lengua de Virgilio, una lengua que hace dos mil años era aquí ajena.
Antonio Tovar junto a Caro Baroja
Antonio Tovar junto a Caro Baroja.
Fotografía: Cedida por la familia de Antonio Tovar
En 1956 decidió dimitir de su cargo e ir a trabajar a la Universidad de Tucumán, en Argentina, donde investigó sobre las lenguas precolombinas editando el libro titulado «Catálogo de las lenguas de América del Sur», obra que él calificaba como la Guía telefónica de las lenguas americanas. De esta época es también “El euskera y sus parientes”.
De Argentina viaja a los Estados Unidos, donde trabaja en la Universidad de Illinois, ocupando la cátedra de lenguas clásicas entre 1963 y 1965. En este último año ganó la cátedra de latín en la Universidad de Madrid, lo que le permitió volver a España.
A poco de llegar se encontró con la revuelta estudiantil que culminó con la manifestación encabezada por Tierno Galván, Aranguren, García Calvo y Montero Díaz.
Cuando se produjo la expulsión de la Universidad de éstos (los tres primeros definitivamente y Montero Díaz temporalmente) dimitió en solidaridad y volvió a los Estados Unidos, hasta 1967, cuando fue llamado para ocupar la cátedra de Lingüística Comparada en la Universidad de Tubinga (Alemania Federal), en la que impartió clases hasta 1979.
Mientras se encuentra en Alemania es elegido miembro de la Real Academia. Su candidatura fue presentada por Laín Entralgo, Gómez Moreno y Sánchez Cantón. Ocuparía el sillón «J». El 31 de marzo de 1968 ingresó en dicha institución con un discurso sobre el tema «Latín de Hispania: aspectos léxicos de la romanización».
En diciembre de 1976, la Universidad Complutense solicita contratar a Tovar y ocupó la cátedra de Filología Clásica hasta su jubilación en 1981. Al año siguiente recibiría la Medalla de Oro de Filología de dicha Universidad.
Su compromiso con la paz y la libertad le hace firmar un escrito en diciembre del 70 para pedir la liberación del cónsul alemán en San Sebastián, que había sido secuestrado por ETA.
De la década de los 80 es su “Mitología e ideología de la lengua vasca”.
En mayo del 81, forma parte de una coordinadora que pone en marcha una campaña por la libertad, la democracia y la constitución, con debates sobre el proceso de los golpistas y el compromiso con la libertad. En noviembre de ese mismo año se convoca una manifestación en Madrid por la paz, el desarme y la libertad. El manifiesto de dicha manifestación está encabezado por Tovar. En octubre del 83 firma el manifiesto contra el asesinato del capitán Alberto Martín Barrios a manos de la organización terrorista ETA.
El 14 de diciembre de 1985 falleció en el Hospital Clínico de Madrid, donde había ingresado diez días antes para ser intervenido de un cáncer de próstata. El viernes 13 entró en coma y el sábado, a primeras horas de la madrugada, un derrame cerebral le produjo la muerte. Federico Sopeña, con quien compartió las sesiones del Consejo Nacional de la Música y, lo más importante, una amistad a lo largo de toda la vida, ofició el miércoles 18 de diciembre una misa de réquiem por su alma en el madrileño Monasterio de la Encarnación.
Fue una manera de decir adiós a un hombre que, sobre su labor docente, había dejado dicho:
Me divierto dando clase. Satisfago plenamente mi vocación.
La posibilidad de intervenir directamente en las vidas de otros hombres, dirigiéndolas y orientándolas hacia lo que nos parece mejor, la ilusión de dirigir a nuestros compatriotas y gobernar el suelo en que hemos nacido, es una tentación fuerte.
Las ilusiones docentes estaban indisolublemente ligadas a enseñar lo que he aprendido a las nuevas generaciones de mis compatriotas, o de gentes de nuestra lengua.
Fue una manera de decir adiós a un hombre que dejó una profunda huella por su cercanía, su laboriosidad, su compromiso, su generosidad, su humildad, su bondad. A un hombre que fue, en definitiva, todo un maestro.

jueves, 22 de septiembre de 2011

"¡Rusia es culpable!"

 Dentro del revival generalizado y el reconocimiento a la gesta divisionaria por parte de los medios libres, resaltamos este artículo de Libertad Digital dónde, desenmascarando el libelo de Martinez Reverte, Jorge Vilches traza un sincero resumen del origen de la División Azul.

 SERRANO SÚÑER Y LA DIVISIÓN AZUL

"¡Rusia es culpable!"

Por Jorge Vilches

Buscando lecturas para el verano encontré el libro de Jorge Martínez Reverte titulado La División Azul. Rusia, 1941-1944 (RBA, 2011). Eché un vistazo a la parte dedicada a las relaciones de Franco con Hitler, y al papel y motivaciones de Serrano Súñer en la creación de la División Azul. Me decepcionó; no por las opiniones vertidas –que uno ya está curado de espanto–, sino por la superficialidad de la interpretación y la ausencia de base documental.
No sé cómo es el resto del libro, la verdad, porque perdí todo interés y dediqué mi tiempo a otro. Sea como fuere, Serrano Súñer es el personaje clave en este asunto, su gran apuesta para hacerse con el poder en el régimen naciente.
El 3 de junio de 1940 Franco envió a Hitler una carta ofreciéndole el concurso de España en la guerra. "No necesito decirle –escribía el dictador español– cuán grande es mi deseo de no permanecer lejano a sus preocupaciones, y cuánta sería mi satisfacción por rendirle en cualquier ocasión los servicios que le parezcan más valiosos". Pero el Führer no estaba dispuesto a aceptar las condiciones materiales y territoriales que el Caudillo exigía para entrar en guerra. Churchill deshizo el dilema amenazando a Franco con cortarle el suministro económico y petrolífero; a un Franco que temía el potencial de la Armada británica. La Alemania nazi se veía impotente para derrotar a Inglaterra a corto plazo, y en pocos meses, de junio a septiembre, Franco cambió de opinión: era mejor esperar, contemporizar con unos y otros, que precipitarse en una guerra que se aventuraba más larga y dura de lo que la exitosa Blitzkrieg había hecho creer. Además, no todo el Ejército, que era la institución que contenía el hambre de poder del partido de Serrano Súñer, veía conveniente la entrada de España en la contienda. La clave era ganar tiempo, como había hecho Stalin al firmar el acuerdo germano-soviético en agosto de 1939.
Fue precisamente con ocasión de la ruptura de dicho acuerdo –con el paso de tres millones de soldados alemanes por la frontera rusa a las tres de la mañana del 22 de junio de 1941– que el gobierno español vio la ocasión de saldar la deuda con Hitler. La víspera del ataque, Ramón Serrano Súñer, ministro de la Gobernación y cuñado de Franco, se reunió con dos de sus hombres de confianza, Manuel Mora Figueroa – gobernador civil de Madrid– y Dionisio Ridruejo, en el hotel Ritz de Madrid. Serrano tenía información privilegiada gracias, en parte, a su relación con el embajador alemán, Eberhard von Storher. De aquella reunión surgió el proyecto de crear un cuerpo expedicionario de voluntarios para ir a luchar a Rusia. La idea no era original; ya se había escuchado en otros círculos.
En cuanto Serrano fue informado de que se había iniciado la Operación Barbarroja –la invasión de la URSS– marchó a El Pardo para hablar con Franco. El dictador aceptó su plan, y Serrano se dirigió a la embajada alemana para comunicar la decisión. Al gobierno de Hitler la oferta le pareció insuficiente, pues se hablaba de voluntarios civiles, no militares, y no era, por tanto, la entrada de España en la guerra. A pesar de esto, el Consejo de Ministros, presidido por Franco, aprobó el 23 de junio el envío de una división.
No fue una decisión fácil. El general Varela, ministro del Ejército, que en 1942 sufrió una atentado falangista en la bilbaína basílica de Begoña, quiso que la división estuviera compuesta por militares. Serrano lo discutió acaloradamente, no sólo porque le restaba protagonismo, sino porque pensaba que, dado el potencial de la Wehrmacht, no habría combates para cuando llegara el contingente español. Tuvo que ser Franco el que pusiera punto final a la pelea: el envío de una unidad regular del ejército supondría un mayor grado de implicación en el conflicto, lo que crearía problemas con Gran Bretaña y Estados Unidos, países a los que se temía. El acuerdo fue enviar una división de infantería conformada por voluntarios pero mandada por jefes y oficiales del ejército. Ridruejo, en Los cuadernos de Rusia, cuenta que en aquella reunión de ministros la polémica saltó también con el nombre: Varela la llamó División Española de Voluntarios, y Arrese, ministro secretario general de FET y de las JONS, División Azul. "Me parece un nombre algo ridículo –apuntó Ridruejo–, pero tendrá éxito". Así fue.
Serrano Súñer y Himmler, en Berlin.Enseguida se organizó una demostración de apoyo popular, para lo cual se utilizó a la prensa azul, a Radio Nacional de España y al SEU, la única asociación de estudiantes permitida, dominada por falangistas. Los días 23 y 24 de junio de 1941 las cabeceras de los periódicos, siguiendo las directrices de Prensa y Propaganda, establecieron paralelismos entre la guerra civil y la campaña contra Rusia. El diario Arriba, órgano del Partido, reprodujo las declaraciones de Serrano a la prensa alemana: "La beligerancia moral –decía, señalando la postura que hasta entonces mantenía Franco– tiene que completarse, y se completará con una presencia física en el campo de batalla". Y su editorial, titulado "Guerra por la causa de Europa", decía que la intervención de España en Rusia sería "la batalla preferida: la de la defensa y la de la venganza".
Las manifestaciones las organizó el SEU. En Madrid fue en la Facultad de Derecho, entonces situada en la céntrica calle de San Bernardo. Desde allí se movilizó a los acólitos, fueran falangistas o simplemente anticomunistas, y se elaboraron las pancartas con lemas como "Voluntarios falangistas contra Rusia", "Contra Rusia" o "Devolvamos a Rusia la visita que nos hizo en 1936". En torno a mediodía del 24 de junio, los manifestantes se concentraron en la plaza del Callao. Allí estaban, además del SEU, las delegaciones del Partido, el Frente de Juventudes, la Sección Femenina y algunas organizaciones más. Subieron por la Gran Vía –entonces Avenida de José Antonio– para acabar en la calle de Alcalá, frente al edificio de la Secretaría General del Partido. Era un acto para mayor gloria de Serrano Súñer, que esperaba en el balcón a los manifestantes, vestido con el uniforme blanco de la Junta Política y la camisa azul falangista.
La ambición de Serrano Súñer era inmensa por aquel entonces. Su deseo era la fascistización del Estado, como en Alemania e Italia, y que el Partido, organización que él controlaba, se hiciera con el poder. El poderío alemán y la "cruzada" antibolchevique lo beneficiaban. Hizo entonces el discurso que todos los falangistas esperaban, y que nadie del régimen podría criticar. La URSS y el PCE eran los culpables de la guerra civil, y debían pagar por ello. Era la ocasión para la venganza.
Camaradas: no es hora de discursos. Pero sí de que la Falange dicte en estos momentos su sentencia condenatoria: ¡Rusia es culpable! Culpable de la muerte de José Antonio, nuestro fundador. Y de la muerte de tantos camaradas y tantos soldados caídos en aquella guerra por la agresión del comunismo ruso. El exterminio de Rusia es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa.
Un comunismo, claro, que había que sustituir por el fascismo, que era, a su entender, el "porvenir" europeo. Los manifestantes respondieron con gritos de "¡Muera el comunismo!", "¡Viva Franco!" y "¡Muera la Rusia soviética!". El acto pareció terminar con el Cara al sol, pero los estudiantes del SEU se acercaron a la embajada británica con pancartas a favor de Alemania y Hitler y apedrearon las ventanas del edificio. El embajador, Samuel Hoare, llamó a Serrano Súñer. Discutieron acaloradamente, y tuvo entonces lugar una anécdota muy conocida. Serrano le preguntó si le enviaba más guardias para asegurar la embajada, a lo que Hoare contestó:
No, no me mande más guardias; mándeme menos estudiantes.
Falange organizó la recluta para la División Azul. Arrese emitió la circular para la apertura de los banderines de enganche siguiendo el discurso de Serrano Súñer:
Rusia quiso destruir a España, y la destruyó en buena parte (...). Tenemos que vengar a España y tenemos que estar presentes en la tarea de salvar a Europa.
Finlandia se había unido al ataque contra la URSS tildando su venganza de "cruzada" –no en vano habían sufrido y repelido una invasión soviética–, y se sumaron también Rumanía, Eslovaquia, Italia y Hungría, y luego otros. Las jefaturas provinciales del Partido en manos falangistas apelaron al revanchismo contra los rusos, a la "cruzada" para salvar la civilización europea. Se tomó como la prolongación de la guerra civil.
La campaña de propaganda fue intensa: sólo se publicaban los partes alemanes de guerra –sesgados, naturalmente– y las noticias de adhesiones de otros países. Sin embargo, el cansancio de la sociedad española frustró las expectativas de Serrano Súñer y los suyos. Se precisaban más de 17.000 efectivos para 1941, pero el enganche no fue tan masivo y sí muy desigual, según provincias. Franco y sus generales enseguida se dieron cuenta, y pronto comenzó la recluta de soldados. En el contingente de julio de 1941 las milicias del Partido aportaron 9.154 efectivos, y el Ejército contribuyó con 7.292 hombres. Los datos oficiales se ocultaron, y no se conocieron hasta marzo de 1973.
Franco supo manejarse entre falangistas y militares. La elección del general Muñoz Grandes fue un acierto para la expedición –muy dura e ingrata, incluso cuando volvieron a España–, que se convirtió en algo muy distinto de lo que había pensado Serrano Súñer –una victoria sin batallas– cuando lanzó aquello de "Rusia es culpable".






http://historia.libertaddigital.com/rusia-es-culpable-1276239379.html

sábado, 4 de junio de 2011

ONÉSIMO REDONDO. LOS ALBORES DE LA FALANGE


Onésimo Redondo
Los albores de la Falange
Luis Miguel Villegas
Prólogo de Alfonso López Gradolí
Ediciones Barbarroja, 2011
Madrid
Formato: 15 x 21 cm
328 págs.
P.V.P.: 18’00 €

De la época de la falsificación de la Falange (entiéndase el franquismo) nos viene la costumbre, triste costumbre, de que para exaltar la figura de José Antonio Primo de Rivera, se ningunea la de los otros iniciadores del movimiento nacionalsindicalista: Onésimo Redondo, Ramiro Ledesma y Julio Ruiz de Alda. Al régimen del general Franco, y más concretamente a Ramón Serrano Suñer y a sus adláteres, les convino la exaltación, hasta el paroxismo de un José Antonio deformado y manipulado a conveniencia de sus bastardos intereses. Fabricaron a un José Antonio a su menguada estatura y ocultaron al verdadero revolucionario. Dieron culto al mitin del Teatro de la Comedia y olvidaron la evolución revolucionaria de Primo de Rivera, que se explicita en el mitin del Cine Madrid, por ejemplo. Y olvidaron interesadamente, también, la importancia que en esta evolución tuvieron sus compañeros

[Luis Miguel Villegas]


miércoles, 27 de abril de 2011

NUEVO LIBRO DE ALFONSO ARTESEROS


A lo largo de muchos años, Alfonso Arteseros, director del programa España en la memoria de Intereconomía TV, ha entrevistado y grabado a los principales protagonistas de la historia reciente de nuestro país. Su gran archivo fílmico es para España como un álbum de fotos para una familia. Y por fin ha escrito un libro en el que recopila sus recuerdos y vivencias personales con personajes como Serrano Suñer, el general Líster, el ciclista Bahamontes, Rafael Alberti, Miguel Gila, Rosa Chacel, Juanita Reina, José Luis Coll y un infinito etcétera. Ilustradas con numerosas imágenes, estas páginas son el mejor testimonio de nuestro siglo XX.


«He pasado muchas, muchísimas horas mano a mano frente a personas importantes, entrañables, que ya no están con nosotros. Ellos no están, pero quedan sus imágenes, sus palabras, algo que ya no podrá ser alterado, que es definitivo. Para mí, un tesoro, pues esa memoria vívida es la memoria de todos, la verdadera memoria de España, la que nos toca el corazón y nos habla de los rostros que vimos de verdad y las cosas que sucedieron cada día realmente. No es una historia de datos, cifras, documentos. Nuestra historia verdadera es de carne y hueso, de penas y alegrías, muchas estrecheces y algún que otro banquete inesperado».


Título: España en mi memoria
Autor: Alfonso Arteseros
Editorial: Alfaguara
Colección: Historia del siglo XX
Páginas: 448
Encuadernación: Rústica

lunes, 28 de marzo de 2011

Libro sobre la División Azul

Jesús Martínez Tessier, padre de Jorge M. Reverte, autor del libro, y su camarada Joaquín de Alba.


MANUEL DE LA FUENTE / MADRID


«Alemania, Italia, Rumanía y Finlandia declararon la guerra a Rusia», titulaba ABC a toda página el 24 de junio de 1941. Apenas cuarenta y ocho horas antes, Hitler había decidido atacar a su ex aliado Stalin. Las dos alimañas se las iban a ver cara a cara. Poseedores de información privilegiada, tres jerarcas y nombres muy propios del régimen de Franco, Ramón Serrano Suñer, Manuel Mora y Dionisio Ridruejo almuerzan en el Ritz madrileño. Conocen casi antes que nadie la noticia y deciden obrar en consecuencia. Es hora de ponerse del lado de la Alemania nazi, devolverle los favores prestados y comenzar una nueva cruzada contra el comunismo. Puesto al corriente, el Dictador da su aprobación. España no entrará en guerra pero mandará soldados para apoyar a los alemanes. A miles de kilómetros, Hitler se da por enterado, por satisfecho y acepta las noticias que llegan de Madrid. Ha nacido la División Azul (la 250 de la Wehrmacht), cuyo primer contingente marchará hacia el este de Europa tan solo tres semanas después, el 13 de julio. Al final de la guerra habían participado en ella cuarenta y cinco mil voluntarios de los que casi cinco mil murieron. Dieciocho mil compatriotas formaron parte de la primera leva, bajo el mando del general Muñoz Grandes. Jorge M. Reverte, hijo de divisionario (Jesús M. Tessier), ha seguido los pasos de estos hombres que se dejaron la juventud cuando no la vida sobre la helada estepa soviética, en «La División Azul. Rusia, 1941-1944» (Ed. RBA), casi 600 páginas repletas de documentación, de testimonios de primera mano, de pequeñas batallas y gigantescos sufrimientos. Una pista que no siempre se ha de perseguir en el campo de batalla. Lejos de las trincheras se libraban otras luchas, diplomáticas, de espionaje y políticas, consectores del Régimen enfrentados entre sí, hazañas bélicas (la terrible de-fensa de Krasni-Bor) y hazañas del corazón como «Los Cuadernos de Rusia», testimonio literario de aquellos meses terribles frente al General Invierno del propio Dionisio Ridruejo. Suculento botín Aquella velada en el Ritz bullía desde hacía tiempo en mentes preclaras del Régimen. «Prácticamente toda la clase dirigente franquista estaba convencida en ese momento de que no se podía desperdiciar la ocasión de estar al lado de Alemania —explica Jorge. M. Reverte—. Quizá, incluso, Franco era el más cauto, pero los nazis aparecían como los que serían los vencedores de la guerra, y los dirigentes franquistas pensaban en un suculento botín: el África francesa, el Orandesado, e incluso Gibraltar, algo así como un regreso al pasado imperial de España». Quizá cueste creerlo, pero la División Azul tuvo más orígenes, aparte del idealismo de muchos de sus miembros. «Otro de los hilos que manejó muy bien Franco —continúa Reverte— fue el de los falangistas radicales y pronazis, que consideraban que el Régimen era blando, que no evolucionaba como esperaban y que hasta se planteaban si no ya un golpe de Estado sí un golpe de timón. Al general le vino muy bien que estos falangistas se fueran lejos, a Rusia, que se desfogaran e incluso que desaparecieran y con ellos su oposición». Aquellos primeros voluntarios provenían, como señala el autor, de «los sectores más revolucionarios del falangismo, casi todos del SEU de Madrid, pero con el tiempo la presencia nacional-católica también se haría mucho más fuerte». Muchos voluntarios creían de buena fe en lo que hacían, aunque hubo también quien fue por el sueldo («no era malo el que daban los alemanes»), gente que quería hacerse perdonar, pero sobre todo personas «que no tenían ni idea de lo que se iban a encontrar, que estaban convencidos de que a los tres meses estarían desfilando por Moscú y se encontraron con una marcha a pie de mil kilómetros, una guerra terrible y unas condiciones meteorológicas terroríficas». Una historia repleta de amargura sobre la tierra de Dostoievski y Tolstoi (temperaturas gélidas, ejecuciones sumarias, asesinatos en masa de judíos), ante la desconfianza alemana: «Fueron bien recibidos, pero en muchos aspectos era un ejército lamentable que generó desconfianza entre la Wehrmacht. A los españoles, para ganarse su respeto, sólo les quedaba el valor. Y hubo mandos que retrasaron una retirada o alargaron una batalla solamente para que ese valor quedara certificado». Hombres y nombres como los de Cabo, Masip, Patiño, Salamanca, Soriano, Palacios, Linares, Sánchez Fraile... compatriotas que se dieron de bruces con el horror y el terror. Como otros miles de sus camaradas, españoles entre el fuego cruzado de Stalin y Hitler, dos fieras enloquecidas. Españoles como Jesús M. Tessier, padre de Reverte: «Tardé mucho en que me contara algo, guardaba dentro de sí un dolor muy serio, un recuerdo espantoso», rememora el escritor.

Un recuerdo que a buen seguro late todavía en algún pequeño rincón de España. Como en Consuegra, Toledo, donde, como informaba ayer una esquela en ABC, murió Afrodisio de la Cruz Verbo, ex combatiente de la División Azul. Compañía de Esquiadores. Eran doscientos, apenas una docena sobrevivió.

El poeta que le cantó las 40 al General De director general de Propaganda del régimen franquista y convencido soldado de la División Azul, el poeta Dionisio Ridruejo pasó a ser un perseguido y uno de los más firmes opositores de la Dictadura, lo que le valió el destierro y la cárcel. En «Los cuadernos de Rusia» plasmó sus impresiones sobre aquellos terribles meses de guerra


El primer muerto


Pero me escucho el corazón, existo,

la sangre oye la sangre y no la extraña

algo vive por mí de lo que has muerto

cuando tu cuerpo extraño se anonada.

Ya cargo sobre mí, con tu silencio,

nuestro hogar de esperanza.

El mundo es frágil y el vivir apenas.

Volvamos al combate camarada.

DIONISIO RIDRUEJO DE «LOS CUADERNOS DE RUSIA»