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jueves, 22 de septiembre de 2011

"¡Rusia es culpable!"

 Dentro del revival generalizado y el reconocimiento a la gesta divisionaria por parte de los medios libres, resaltamos este artículo de Libertad Digital dónde, desenmascarando el libelo de Martinez Reverte, Jorge Vilches traza un sincero resumen del origen de la División Azul.

 SERRANO SÚÑER Y LA DIVISIÓN AZUL

"¡Rusia es culpable!"

Por Jorge Vilches

Buscando lecturas para el verano encontré el libro de Jorge Martínez Reverte titulado La División Azul. Rusia, 1941-1944 (RBA, 2011). Eché un vistazo a la parte dedicada a las relaciones de Franco con Hitler, y al papel y motivaciones de Serrano Súñer en la creación de la División Azul. Me decepcionó; no por las opiniones vertidas –que uno ya está curado de espanto–, sino por la superficialidad de la interpretación y la ausencia de base documental.
No sé cómo es el resto del libro, la verdad, porque perdí todo interés y dediqué mi tiempo a otro. Sea como fuere, Serrano Súñer es el personaje clave en este asunto, su gran apuesta para hacerse con el poder en el régimen naciente.
El 3 de junio de 1940 Franco envió a Hitler una carta ofreciéndole el concurso de España en la guerra. "No necesito decirle –escribía el dictador español– cuán grande es mi deseo de no permanecer lejano a sus preocupaciones, y cuánta sería mi satisfacción por rendirle en cualquier ocasión los servicios que le parezcan más valiosos". Pero el Führer no estaba dispuesto a aceptar las condiciones materiales y territoriales que el Caudillo exigía para entrar en guerra. Churchill deshizo el dilema amenazando a Franco con cortarle el suministro económico y petrolífero; a un Franco que temía el potencial de la Armada británica. La Alemania nazi se veía impotente para derrotar a Inglaterra a corto plazo, y en pocos meses, de junio a septiembre, Franco cambió de opinión: era mejor esperar, contemporizar con unos y otros, que precipitarse en una guerra que se aventuraba más larga y dura de lo que la exitosa Blitzkrieg había hecho creer. Además, no todo el Ejército, que era la institución que contenía el hambre de poder del partido de Serrano Súñer, veía conveniente la entrada de España en la contienda. La clave era ganar tiempo, como había hecho Stalin al firmar el acuerdo germano-soviético en agosto de 1939.
Fue precisamente con ocasión de la ruptura de dicho acuerdo –con el paso de tres millones de soldados alemanes por la frontera rusa a las tres de la mañana del 22 de junio de 1941– que el gobierno español vio la ocasión de saldar la deuda con Hitler. La víspera del ataque, Ramón Serrano Súñer, ministro de la Gobernación y cuñado de Franco, se reunió con dos de sus hombres de confianza, Manuel Mora Figueroa – gobernador civil de Madrid– y Dionisio Ridruejo, en el hotel Ritz de Madrid. Serrano tenía información privilegiada gracias, en parte, a su relación con el embajador alemán, Eberhard von Storher. De aquella reunión surgió el proyecto de crear un cuerpo expedicionario de voluntarios para ir a luchar a Rusia. La idea no era original; ya se había escuchado en otros círculos.
En cuanto Serrano fue informado de que se había iniciado la Operación Barbarroja –la invasión de la URSS– marchó a El Pardo para hablar con Franco. El dictador aceptó su plan, y Serrano se dirigió a la embajada alemana para comunicar la decisión. Al gobierno de Hitler la oferta le pareció insuficiente, pues se hablaba de voluntarios civiles, no militares, y no era, por tanto, la entrada de España en la guerra. A pesar de esto, el Consejo de Ministros, presidido por Franco, aprobó el 23 de junio el envío de una división.
No fue una decisión fácil. El general Varela, ministro del Ejército, que en 1942 sufrió una atentado falangista en la bilbaína basílica de Begoña, quiso que la división estuviera compuesta por militares. Serrano lo discutió acaloradamente, no sólo porque le restaba protagonismo, sino porque pensaba que, dado el potencial de la Wehrmacht, no habría combates para cuando llegara el contingente español. Tuvo que ser Franco el que pusiera punto final a la pelea: el envío de una unidad regular del ejército supondría un mayor grado de implicación en el conflicto, lo que crearía problemas con Gran Bretaña y Estados Unidos, países a los que se temía. El acuerdo fue enviar una división de infantería conformada por voluntarios pero mandada por jefes y oficiales del ejército. Ridruejo, en Los cuadernos de Rusia, cuenta que en aquella reunión de ministros la polémica saltó también con el nombre: Varela la llamó División Española de Voluntarios, y Arrese, ministro secretario general de FET y de las JONS, División Azul. "Me parece un nombre algo ridículo –apuntó Ridruejo–, pero tendrá éxito". Así fue.
Serrano Súñer y Himmler, en Berlin.Enseguida se organizó una demostración de apoyo popular, para lo cual se utilizó a la prensa azul, a Radio Nacional de España y al SEU, la única asociación de estudiantes permitida, dominada por falangistas. Los días 23 y 24 de junio de 1941 las cabeceras de los periódicos, siguiendo las directrices de Prensa y Propaganda, establecieron paralelismos entre la guerra civil y la campaña contra Rusia. El diario Arriba, órgano del Partido, reprodujo las declaraciones de Serrano a la prensa alemana: "La beligerancia moral –decía, señalando la postura que hasta entonces mantenía Franco– tiene que completarse, y se completará con una presencia física en el campo de batalla". Y su editorial, titulado "Guerra por la causa de Europa", decía que la intervención de España en Rusia sería "la batalla preferida: la de la defensa y la de la venganza".
Las manifestaciones las organizó el SEU. En Madrid fue en la Facultad de Derecho, entonces situada en la céntrica calle de San Bernardo. Desde allí se movilizó a los acólitos, fueran falangistas o simplemente anticomunistas, y se elaboraron las pancartas con lemas como "Voluntarios falangistas contra Rusia", "Contra Rusia" o "Devolvamos a Rusia la visita que nos hizo en 1936". En torno a mediodía del 24 de junio, los manifestantes se concentraron en la plaza del Callao. Allí estaban, además del SEU, las delegaciones del Partido, el Frente de Juventudes, la Sección Femenina y algunas organizaciones más. Subieron por la Gran Vía –entonces Avenida de José Antonio– para acabar en la calle de Alcalá, frente al edificio de la Secretaría General del Partido. Era un acto para mayor gloria de Serrano Súñer, que esperaba en el balcón a los manifestantes, vestido con el uniforme blanco de la Junta Política y la camisa azul falangista.
La ambición de Serrano Súñer era inmensa por aquel entonces. Su deseo era la fascistización del Estado, como en Alemania e Italia, y que el Partido, organización que él controlaba, se hiciera con el poder. El poderío alemán y la "cruzada" antibolchevique lo beneficiaban. Hizo entonces el discurso que todos los falangistas esperaban, y que nadie del régimen podría criticar. La URSS y el PCE eran los culpables de la guerra civil, y debían pagar por ello. Era la ocasión para la venganza.
Camaradas: no es hora de discursos. Pero sí de que la Falange dicte en estos momentos su sentencia condenatoria: ¡Rusia es culpable! Culpable de la muerte de José Antonio, nuestro fundador. Y de la muerte de tantos camaradas y tantos soldados caídos en aquella guerra por la agresión del comunismo ruso. El exterminio de Rusia es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa.
Un comunismo, claro, que había que sustituir por el fascismo, que era, a su entender, el "porvenir" europeo. Los manifestantes respondieron con gritos de "¡Muera el comunismo!", "¡Viva Franco!" y "¡Muera la Rusia soviética!". El acto pareció terminar con el Cara al sol, pero los estudiantes del SEU se acercaron a la embajada británica con pancartas a favor de Alemania y Hitler y apedrearon las ventanas del edificio. El embajador, Samuel Hoare, llamó a Serrano Súñer. Discutieron acaloradamente, y tuvo entonces lugar una anécdota muy conocida. Serrano le preguntó si le enviaba más guardias para asegurar la embajada, a lo que Hoare contestó:
No, no me mande más guardias; mándeme menos estudiantes.
Falange organizó la recluta para la División Azul. Arrese emitió la circular para la apertura de los banderines de enganche siguiendo el discurso de Serrano Súñer:
Rusia quiso destruir a España, y la destruyó en buena parte (...). Tenemos que vengar a España y tenemos que estar presentes en la tarea de salvar a Europa.
Finlandia se había unido al ataque contra la URSS tildando su venganza de "cruzada" –no en vano habían sufrido y repelido una invasión soviética–, y se sumaron también Rumanía, Eslovaquia, Italia y Hungría, y luego otros. Las jefaturas provinciales del Partido en manos falangistas apelaron al revanchismo contra los rusos, a la "cruzada" para salvar la civilización europea. Se tomó como la prolongación de la guerra civil.
La campaña de propaganda fue intensa: sólo se publicaban los partes alemanes de guerra –sesgados, naturalmente– y las noticias de adhesiones de otros países. Sin embargo, el cansancio de la sociedad española frustró las expectativas de Serrano Súñer y los suyos. Se precisaban más de 17.000 efectivos para 1941, pero el enganche no fue tan masivo y sí muy desigual, según provincias. Franco y sus generales enseguida se dieron cuenta, y pronto comenzó la recluta de soldados. En el contingente de julio de 1941 las milicias del Partido aportaron 9.154 efectivos, y el Ejército contribuyó con 7.292 hombres. Los datos oficiales se ocultaron, y no se conocieron hasta marzo de 1973.
Franco supo manejarse entre falangistas y militares. La elección del general Muñoz Grandes fue un acierto para la expedición –muy dura e ingrata, incluso cuando volvieron a España–, que se convirtió en algo muy distinto de lo que había pensado Serrano Súñer –una victoria sin batallas– cuando lanzó aquello de "Rusia es culpable".






http://historia.libertaddigital.com/rusia-es-culpable-1276239379.html

lunes, 28 de marzo de 2011

Libro sobre la División Azul

Jesús Martínez Tessier, padre de Jorge M. Reverte, autor del libro, y su camarada Joaquín de Alba.


MANUEL DE LA FUENTE / MADRID


«Alemania, Italia, Rumanía y Finlandia declararon la guerra a Rusia», titulaba ABC a toda página el 24 de junio de 1941. Apenas cuarenta y ocho horas antes, Hitler había decidido atacar a su ex aliado Stalin. Las dos alimañas se las iban a ver cara a cara. Poseedores de información privilegiada, tres jerarcas y nombres muy propios del régimen de Franco, Ramón Serrano Suñer, Manuel Mora y Dionisio Ridruejo almuerzan en el Ritz madrileño. Conocen casi antes que nadie la noticia y deciden obrar en consecuencia. Es hora de ponerse del lado de la Alemania nazi, devolverle los favores prestados y comenzar una nueva cruzada contra el comunismo. Puesto al corriente, el Dictador da su aprobación. España no entrará en guerra pero mandará soldados para apoyar a los alemanes. A miles de kilómetros, Hitler se da por enterado, por satisfecho y acepta las noticias que llegan de Madrid. Ha nacido la División Azul (la 250 de la Wehrmacht), cuyo primer contingente marchará hacia el este de Europa tan solo tres semanas después, el 13 de julio. Al final de la guerra habían participado en ella cuarenta y cinco mil voluntarios de los que casi cinco mil murieron. Dieciocho mil compatriotas formaron parte de la primera leva, bajo el mando del general Muñoz Grandes. Jorge M. Reverte, hijo de divisionario (Jesús M. Tessier), ha seguido los pasos de estos hombres que se dejaron la juventud cuando no la vida sobre la helada estepa soviética, en «La División Azul. Rusia, 1941-1944» (Ed. RBA), casi 600 páginas repletas de documentación, de testimonios de primera mano, de pequeñas batallas y gigantescos sufrimientos. Una pista que no siempre se ha de perseguir en el campo de batalla. Lejos de las trincheras se libraban otras luchas, diplomáticas, de espionaje y políticas, consectores del Régimen enfrentados entre sí, hazañas bélicas (la terrible de-fensa de Krasni-Bor) y hazañas del corazón como «Los Cuadernos de Rusia», testimonio literario de aquellos meses terribles frente al General Invierno del propio Dionisio Ridruejo. Suculento botín Aquella velada en el Ritz bullía desde hacía tiempo en mentes preclaras del Régimen. «Prácticamente toda la clase dirigente franquista estaba convencida en ese momento de que no se podía desperdiciar la ocasión de estar al lado de Alemania —explica Jorge. M. Reverte—. Quizá, incluso, Franco era el más cauto, pero los nazis aparecían como los que serían los vencedores de la guerra, y los dirigentes franquistas pensaban en un suculento botín: el África francesa, el Orandesado, e incluso Gibraltar, algo así como un regreso al pasado imperial de España». Quizá cueste creerlo, pero la División Azul tuvo más orígenes, aparte del idealismo de muchos de sus miembros. «Otro de los hilos que manejó muy bien Franco —continúa Reverte— fue el de los falangistas radicales y pronazis, que consideraban que el Régimen era blando, que no evolucionaba como esperaban y que hasta se planteaban si no ya un golpe de Estado sí un golpe de timón. Al general le vino muy bien que estos falangistas se fueran lejos, a Rusia, que se desfogaran e incluso que desaparecieran y con ellos su oposición». Aquellos primeros voluntarios provenían, como señala el autor, de «los sectores más revolucionarios del falangismo, casi todos del SEU de Madrid, pero con el tiempo la presencia nacional-católica también se haría mucho más fuerte». Muchos voluntarios creían de buena fe en lo que hacían, aunque hubo también quien fue por el sueldo («no era malo el que daban los alemanes»), gente que quería hacerse perdonar, pero sobre todo personas «que no tenían ni idea de lo que se iban a encontrar, que estaban convencidos de que a los tres meses estarían desfilando por Moscú y se encontraron con una marcha a pie de mil kilómetros, una guerra terrible y unas condiciones meteorológicas terroríficas». Una historia repleta de amargura sobre la tierra de Dostoievski y Tolstoi (temperaturas gélidas, ejecuciones sumarias, asesinatos en masa de judíos), ante la desconfianza alemana: «Fueron bien recibidos, pero en muchos aspectos era un ejército lamentable que generó desconfianza entre la Wehrmacht. A los españoles, para ganarse su respeto, sólo les quedaba el valor. Y hubo mandos que retrasaron una retirada o alargaron una batalla solamente para que ese valor quedara certificado». Hombres y nombres como los de Cabo, Masip, Patiño, Salamanca, Soriano, Palacios, Linares, Sánchez Fraile... compatriotas que se dieron de bruces con el horror y el terror. Como otros miles de sus camaradas, españoles entre el fuego cruzado de Stalin y Hitler, dos fieras enloquecidas. Españoles como Jesús M. Tessier, padre de Reverte: «Tardé mucho en que me contara algo, guardaba dentro de sí un dolor muy serio, un recuerdo espantoso», rememora el escritor.

Un recuerdo que a buen seguro late todavía en algún pequeño rincón de España. Como en Consuegra, Toledo, donde, como informaba ayer una esquela en ABC, murió Afrodisio de la Cruz Verbo, ex combatiente de la División Azul. Compañía de Esquiadores. Eran doscientos, apenas una docena sobrevivió.

El poeta que le cantó las 40 al General De director general de Propaganda del régimen franquista y convencido soldado de la División Azul, el poeta Dionisio Ridruejo pasó a ser un perseguido y uno de los más firmes opositores de la Dictadura, lo que le valió el destierro y la cárcel. En «Los cuadernos de Rusia» plasmó sus impresiones sobre aquellos terribles meses de guerra


El primer muerto


Pero me escucho el corazón, existo,

la sangre oye la sangre y no la extraña

algo vive por mí de lo que has muerto

cuando tu cuerpo extraño se anonada.

Ya cargo sobre mí, con tu silencio,

nuestro hogar de esperanza.

El mundo es frágil y el vivir apenas.

Volvamos al combate camarada.

DIONISIO RIDRUEJO DE «LOS CUADERNOS DE RUSIA»

sábado, 29 de enero de 2011

EMBAJADORES EN EL INFIERNO

LOS TESOROS DE LA CRIPTA (ABCD Artes y Letras, 29-1-11)


El 2 de abril de 1954 atracaba en el puerto de Barcelona, entre arrebatadas muestras de alborozo, el «Semíramis», un buque procedente de Odessa en el que viajaban 229 combatientes de la División Azul, supervivientes de más de once años de crudelísimo cautiverio en los campos de trabajo soviéticos. La repatriación de estos supervivientes del gulag fue glosada por Torcuato Luca de Tena en una serie de vibrantes crónicas publicadas en ABC, que serían la semilla de un libro magistral, Embajador en el infierno, publicado al año siguiente (y galardonado con el Premio Nacional de Literatura), en el que Luca de Tena narraba la estremecedora peripecia de aquellos sufridos soldados, sin duda alguna el episodio más heroico de nuestra historia militar reciente, al hilo de los recuerdos del capitán Teodoro Palacios, apresado por el Ejército Rojo en la batalla de Krasny Bor, en febrero de 1943, la más sangrienta de todas las operaciones militares en las que participó la División Azul. El enorme éxito de Embajador en el infierno animó a Torcuato Luca de Tena a probar su adaptación cinematográfica.

Algunas variantes se incorporaron al guión de la película, comenzando por el propio título, que con su plural abarcador trataba de reconocer la abnegación callada de tantos divisionarios que resistieron el trato bestial que les dispensaron sus carceleros y también los cantos de sirena que les prometían un alivio en su cautiverio a cambio de la deslealtad. Para la dirección se pensó primeramente en José Luis Sáenz de Heredia, que declinó la oferta, tal vez por evitar convertirse en diana de un fuego cruzado entre falangistas (que pretendían que las alusiones a la Falange fueran omnipresentes en la película) y oficialistas (que exigían que se redujesen al máximo, para que el tono anticomunista de la historia fuese más provechoso al Régimen, que por aquellas fechas acababa de ser reconocido por la ONU y respaldado por la visita de Eisenhower a España). Así fue como se contrató a José María Forqué (1923-1995), que a la sazón acababa de codirigir con José Antonio Nieves Conde La legión del silencio y que ya contaba con cuatro largometrajes en su ejecutoria, aunque ninguno de ellos hubiese gozado de excesivo aplauso.

Con Embajadores en el infierno, sin embargo, Forqué se convertiría en uno de los directores más cotizados de la época; y su prestigio se afirmaría después con obras como el poderoso drama social Amanecer en Puerta Oscura (1957), premiado en Berlín, los policiales De espaldas a la puerta (1959) o Accidente 703 (1962) y, sobre todo, con las comedias Maribel y la extraña familia (1960) o Atraco a las tres (1962). Y es que Forqué era un cineasta de una intuición y limpidez narrativas fuera de lo común, con un sentido de la puesta en escena adelantado a su tiempo; y con un dominio virtuoso del cine coral.

Cúspides de emoción

Embajadores en el infierno se beneficia de un plantel de actores soberbio (con especial mención al apuesto Antonio Vilar, que encarna al capitán Adrados, y al atormentado Luis Peña, que interpreta al traidor Alvar, un trasunto de César Ástor, comunista y desertor de la División Azul), y de unos decorados asombrosos de Ramiro Gómez, que reconstruyó con gran verosimilitud los barracones y alambradas de los campos de trabajo soviéticos en Burguete (Navarra). Pero si por algo destaca Embajadores en el infierno es por la temperatura dramática, que logra mantener sin desfallecimiento hasta su desenlace, con cúspides de emoción en secuencias como aquella del comienzo en que el capitán Adrados, viendo que sus soldados flaquean cuando sus captores los interrogan sobre sus creencias religiosas, se proclama «católico, apostólico, romano», o aquella otra en que pronuncia un alegato de defensa ante el remedo de tribunal que lo acusa de sedición. El tramo último de la película, desde que los divisionarios embarcan en el «Semíramis» hasta que son recibidos en el puerto de Barcelona (aquí Forqué intercala imágenes del NODO), y muy especialmente cuando escuchan por radio los mensajes de sus familiares, resulta conmovedor y catártico, más allá de afinidades o discrepancias ideológicas. Forqué recuerda que, en el día del estreno, «al llegar al final, se hizo un gran silencio; y la sala se llenó de pañuelos porque la gente lloraba. Parecía aquello un campo nevado». Nevado como la estepa rusa; pero más hospitalario y benefactor.

Embajadores en el infierno fue examinada con lupa por las autoridades franquistas, que al parecer llegaron a incluso a prohibir su estreno preventivamente. Forqué cuenta que, para su dictamen definitivo, acudieron a una proyección José Luis Arrese, ministro Secretario General del Movimiento, Agustín Muñoz Grandes, general al mando de la División Azul y a la sazón ministro del Ejército, y Gabriel Arias-Salgado, ministro de Información, que unos años antes había mantenido agrias fricciones con Torcuato Luca de Tena; y que, al final de la misma, uno de los tres rezongó: «La cabronada es que la película es muy buena». Tenía más razón que un santo; la cabronada es que, medio siglo más tarde, siga sin reconocerse (por razones antípodas, pero igualmente cerriles) tal evidencia.

Juan Manuel de Prada

embajadores en el infierno. José María Forqué. Protagonizada por Antonio Vilar y Rubén rojo. España, 1956

sábado, 13 de marzo de 2010

Luis E. Togores revisa la polémica figura del militar. Una biografía atribuye al general Yagüe un papel secundario en la represión de Badajoz

La Razón
Su nombre era Juan Yagüe, pero él lo llamaba «Juanito» en los días en que se llevaban bien y no lo había desterrado a San Lorenzo o Burgos, y «Yagüe», cuando estaban de malas y a encontronazos que, por lo que se ve, era la mayoría de las veces. «Se enfrentaba a Franco cuando nadie se atrevía y lo hacía a lo legionario, vamos, con mucha pelea y a gritos. Su relación fue muy tormentosa». Luis E. Togores, secretario académico del Instituto CEU de Estudios históricos, revisa la figura del general en la biografía «Yagüe» (La esfera de los libros) después de haberse acercado a otros militares como Millán Astray y Muñoz Grandes.


El hombre y el general

Una semblanza que ha reconstruido, sin rehuir ningún punto, a través de las 20.000 cartas, diarios privados, informes confidenciales, planos, fotografías y hojas de servicio que todavía conserva en el archivo privado de la familia del militar. «Durante las batallas era muy duro con los hombres y consigo mismo. Fue el mejor militar táctico de la Guerra Civil española, que era el que combate en la batalla, y no es porque lo diga yo, así lo consideraban los alemanes. Según se desprende de la correspondencia que he consultado, atendió a las peticiones que recibía de muchos republicanos y nacionales que le pedían ayuda.



Él contestaba casi siempre y les ayudaba cuando podía. Un aspecto olvidado es que predicó la reconciliación nacional en unos momentos en los que francamente no debía resultar fácil», comenta Togores. El nombre de Yagüe está vinculado con el paso de sus columnas por Badajoz, una batalla y unos hechos que dejaron detrás de él una leyenda que todavía arrastra: «Es uno de los hitos de la represión nacional. Por supuesto existió, pero las cifras aproximadas son entre 1.500 y 2.000 personas.

¿El papel de Yagüe? Fue secundario. Cuando tomó Badajoz es cierto que represalió a los milicianos a los que sorprendió con armas. Pero acabó ahí. Al día siguiente salió hacia Madrid. Los fusilamientos a los que se alude se producen a continuación, cuando él no estaba. No fue cometida por militares, sino por guardias civiles y falangistas que se habían librado de la muerte por poco y que deseaban vengar a los compañeros que había matado el Frente Popular. Querían pasarles factura por eso».



El papel de Yagüe en Asturias y en la sublevación del 18 de julio fue clave, como su participación en la batalla del Ebro. Pero si hay algo legendario, son sus desavenencias con Franco: «Discutieron por las operaciones. Por ejemplo, Yagüe decía que había que pasar del Alcázar de Toledo y entrar en Madrid. Que en la capital había que entrar por lo que es hoy Plaza de Castilla y no por la universitaria y predijo que le atacarían en el Ebro, como sucedió, algo que no creía Franco. De hecho fue él quien resistió el ataque hasta que recibió los refuerzos».

El capítulo de las conspiraciones es tan interesante como los sucesos anteriores: «Yagüe quería entrar en la Segunda Guerra Mundial con Alemania. Gracias a Dios no entramos. Creía que el Eje ganaría. Para eso se alió con los seguidores de Don Juan y con los nazis para derrocar a Franco y poner otra persona al frente de España. No salió porque los alemanes no se decidieron y al final pesó más España. A nadie le gustaba la idea de ser una especie de colonia de Alemania».



-Una polémica entre generales
¿Fue Franco un buen estratega? ¿Quiénes eran mejores generales? ¿Los nacionales o los republicanos? Luis Togores parece que circunscribe su opinión a los hechos más que a cualquier ideología. «Son buenos los que ganan la guerra, creo yo. Dicen que Vicente Rojo era el mejor militar del conflicto, pero la verdad es que no ganó ninguna batalla. Siempre tuvo la iniciativa, sin embargo, después venía el fracaso y la derrota. ¿Dónde está su inteligencia militar entonces? Un oficial debe ceñirse a los recursos que tiene. Los nacionales, en este caso, cruzaron con 18.000 hombres y sobre la marcha formaron otro ejército de un millón. La República fue incapaz de eso».



TÍTULO: «Yagüe»
AUTOR: Luis E. Togores
EDITORIAL: La esfera de los libros
PRECIO: 23,50 euros