jueves, 15 de julio de 2010

La paguita de Cáritas


José Manuel Cansino
15 de julio 2010
La Tribuna (Diario de Sevilla)

LA Conferencia Episcopal Española ha publicado recientemente las conclusiones de un informe que cuantifica lo que la Iglesia católica ahorra al Estado.

Si el objetivo era influir en la conciencia de los contribuyentes españoles promoviendo que se marcase la casilla de la asignación tributaria a la Iglesia, el informe quizás llegó un poco tarde porque eran muchos los que ya habían liquidado (pagado) su impuesto sobre la renta.

Pero aunque un poco tarde, el informe -elaborado con cifras oficiales- corrobora un hecho significativo. El hecho no es otro que -convicciones religiosas a un lado- la Iglesia católica española presta servicios esenciales -básicamente educación y asistencia sanitaria- a buena parte de la sociedad y lo hace a un coste inferior al del sistema público.

En el caso concreto de la Educación, esto se traduce en un ahorro anual al Estado de 4.148 millones de euros.

También en asistencia sanitaria, el análisis de costes -pionero en Andalucía- que permite informar a los pacientes hospitalizados en centros públicos del coste de su estancia sirve para llegar a conclusiones similares, habida cuenta de la presencia de órdenes religiosas en este sector, como la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios y, principalmente fuera de España, la Orden de Malta.

Lo anterior obliga a numerosas instituciones religiosas a tener que captar fondos adicionales de sus benefactores a riesgo de verse abocadas a un colapso financiero.

De alguna manera, es como si a los demandantes de la enseñanza o sanidad concertadas se les obligase a pagar impuestos dos veces, pese a estar ejercitando un derecho constitucional y fundamental como son la elección de centro educativo y la asistencia sanitaria.

La prestación de servicios esenciales mediante en modelo de conciertos entre el sector público y el privado no es, pese a algunas opiniones interesadas, un modelo de gestión que beneficia a las élites económicas. Se trata sólo una alianza que facilita eficazmente el acceso universal a la Educación y la asistencia sanitaria de los ciudadanos españoles.

En similares términos, resulta significativo que en otra de las caras más visibles de la acción social de la Iglesia, los comedores, roperos y albergues, no se discrimine entre beneficiarios por razón de credo, caso de tenerlo, realidad esta que, aunque a la sociedad española le resulte conocida, no encuentra un parangón de reciprocidad en otras confesiones monoteístas. En estos casos, el auxilio material al infiel resulta proscrito.

Las cifras que están detrás de este Documento hablan por sí solas. Sólo entre 2008 y 2009, el número de personas atendidas por Cáritas en España pasó de 400.000 a 600.000. Para conocer con más detalle esta realidad, resultan de gran ayuda los informes del Observatorio de la Realidad Social que promueve la propia Cáritas.

Con todo, en relación con el informe de la Conferencia Episcopal, aún permanecen dos cuestiones que no pueden soslayarse.

La primera es que la moral inspirada en el mandato de Mateo 6, 3 "cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha" acaba ocultando gran parte de la acción social de los católicos que, por esta razón, resulta de cuantificación imposible.

La segunda, y no menos importante, radica en que servicios como el acompañamiento a personas que se encuentran solas, a enfermos sin familiares, las donaciones de ropa, comida y alojamiento no pasan por el mercado, no se valoran con un precio y, por tanto, resultan todas de muy difícil cuantificación monetaria. Por esta razón, el conjunto de estas acciones también quedan excluidas del informe.

Las creencias religiosas no se explican ni sólo ni principalmente por sus posibles beneficios asistenciales. Pero, así las cosas, coincidimos con quien afirma que cuando el Estado promueve, enseña, o incluso impone formas de indiferencia ética, priva a sus ciudadanos de la fuerza moral indispensable para comprometerse con las necesidades de sus semejantes.

He aquí la paradoja que supone un prolífico desarrollo en España de una legislación con una clara orientación anticatólica e incluso cristofóbica -en la acertada definición de Joseph Weiler-, a pesar de la importancia social de su labor.

Es difícil objetar que en una situación dramática para miles de personas como la que nuestra nación soporta la labor de la Iglesia católica resulta imprescindible para un Estado con vocación de atender, particularmente, a quienes como denunciaba Tomás de Aquino, están en situación de necesidad extrema.

Una necesidad en la que se encuentran aquellos a los que, agotadas todas las prestaciones públicas, sólo les queda la paguita de Cáritas.

lunes, 12 de julio de 2010

GONZALO, EL ESPEJO DE UNA REALIDAD. Por Eduardo López Pascual


Las gentes como yo mismo, crecido al amparo de un espíritu animado en el Frente de Juventudes, años 40 al 60, del siglo pasado, superábamos etapas de vida y formación leyendo entre otros a autores de la talla de Gonzalo Torrente Ballester, ese escritor de rostro decidido quizá por su vocación irredenta de marino, y de un compromiso auténtico con su mundo y su época que le hizo recorrer un camino desde su galleguismo primero, sus simpatías ácratas que él apuntaría en sus vivencias asturianas, en sus trabajos en El Carbayón, y ese descubrimiento activo y consciente de su afiliación falangista, movido tal vez por la ratio de una inquietud literaria que sintiera en torno al grupo de la Pamplona Azul, de la revista Jerarquía y de hombres como Ángel María Pascual, o el mismo Fermín Yzurdiaga, con quién colaboró con convicción y decisión; allí publica su Razón y Ser...., y El viaje del joven Tobías, que yo pienso, siembra las primeras reservas al Estado nuevo.
Pero Gonzalo, que quiere ser escritor, tal vez antes que ejercer de su currículo académico, en 1937 ya ha conectado con los poetas más representativos del movimiento intelectual de la Falange como Ridruejo, Rosales o Vivanco, entre otros, de forma que acaba involucrándose en la regeneración del 36 y viene a formar parte de los escritores más independientes y objetivos de la andadura literaria surgida después de la guerra. Adscrito a las redacciones de “Arriba”, periódico oficial de la Falange o mejor dicho, del Movimiento, y de Radio Nacional de España, pronto se hace presente su conciencia crítica cuando, por ejemplo, escribe 1.943 su novela “Javier Merino”, que de manera tan torpe como ineficaz, censura la política de entonces. Puede que desde ese acto, Gonzalo Torrente Ballester, que como dicen los hermanos Carbajosa, entra en esa llamada Corte Literaria de José Antonio, empezara a sentirse incómodo dentro de un sistema que le coarta su sentido de libertad, su facultad de expresión, y no obstante como tantos otros intelectuales nacidos o surgidos desde su condición falangista, intenta con su aportación equilibrar una deriva que no compartirán tampoco Ridruejo, Tovar, Laín, escribiendo en la Revista Vértice, o Escorial, donde sigue dejando constancia de la excepcionalidad de su trabajo.
Su afiliación a la Falange, desde julio del 36, no le impide, sino al contrario, movido precisamente por ese sentimiento de renovación absoluta para el mundo en que vive, contar a través de su maravillosa exposición las realidades de una sociedad aun inquieta, injusta, descomprometida, y así aparecen sus guiones cinematográficos tan directos “Surcos”, o “Rebeldía”, que vienen a confirmar su sensibilidad social y su despego ante situaciones perversas en la España de Franco. De todas formas, Torrente Ballester, es todavía un referente en nuestro país, y desde ese contexto, puede escribir una carta protesta sobre los tristes sucesos de la Huelga de mineros en el norte, que deviene en su despido de “Arriba” y Radio nacional de España, obligándole a trabajos menores de traducción y supervivencia. A pesar de todo, sigue escribiendo en programas e instituciones afines al mundo azul, y ya una vez regresado a su mundo académico, y recibido numerosos galardones literarios, deja sobre 1965 una obra de extraordinaria belleza didáctica como es “Aprendiz de hombre”, dedicada a los planes de Estudios Medios y editada por Doncel, que le ponen de nuevo a la vista de nuevas generaciones de jóvenes, que estudian en sus páginas las normas de una generosa y leal convivencia.
En ese sentido, y también como no, en el de su reconocimiento como intelectual y escritor, la lejanía adoptada finalmente por Gonzalo Torrente Ballester, y su desafección a unas políticas concretas, ante una realidad estatal que se desmenuzaba por su propia incompetencia, y su torpeza, además claro está, de sus lamentables equivocaciones, nos trae la realidad de una conducta personal, la suya, que yo entiendo como en lucha permanente entre conciencia y apariencia, frente a una estructura anquilosada y ajena a los principios originales, que determinaron que personas como Gonzalo Torrente Ballester, abandonara ya decepcionado, toda afinidad azul. Cuando más tarde se le otorgaron premios de literatura, el Nacional, el Cervantes, de la Academia, etc. Gonzalo ya estaba perdido para la Falange, al menos la Falange-organización que naturalmente, había depuesto de sus principios. Naturalmente, yo me quedo con el Torrente Ballester de mi juventud, pero dentro de mí nace una fortísima rebelión por tanta estulticia; dejaré en mi mesilla de noche, otra vez, “La saga/fuga de J. B.”, y dormiré, creo, pensándolo como un testimonio más de lo que se pudo hacer. Y no se hizo. Por cierto, también habría que recordar que en este año se cumple su primer centenario, pero eso ya se sabe que importa según quien lo promueva.

sábado, 10 de julio de 2010

Aula de cultura de ABC


El próximo miércoles 14 de julio a las 20:30h en el Hotel Alfonso XIII, dentro del ciclo de conferencias del Aula de cultura de ABC que dirige el escritor Fernando Iwasaki, se presentará el último libro del editor-escritor Abelardo Linares, titulado "Y ningún otro cielo".
La entrada es libre hasta completar aforo.

Aula de cultura de ABC


La condición humana

TRIBUNA: ANDRÉS TRAPIELLO (El País) 10/07/2010
De no haber titulado Benjamín Prado su artículo Rafael Alberti: a la caza del poeta rojo (EL PAÍS, 2 de julio de 2010), es poco probable que se hubiese concebido este, escrito en solitario, como ha escrito uno todo lo suyo, y no en jauría.
El supuesto del artículo de Benjamín Prado es el siguiente: a su entender, un contubernio de escritores -entre los que me incluye-, familiares del poeta, editores e instituciones han iniciado el acoso y derribo de Rafael Alberti, mediante, según Prado, mentiras, manipulaciones, insidias y malas artes, y pasa a enumerar algunas de estas, de un modo, si se me permite decir, atropellado: ¿qué tiene uno que ver con la viuda de Alberti, con su editor o con la fundación que lleva su nombre?
La propaganda, una forma de la retórica como decía Juan de Mairena, trata de crear interesadamente simetrías, buenos y malos, rojos y azules, blanco y negro, sin salirse, a ser posible, de los tótum revolútum que tanto favorecen sus propósitos. De modo que al hablar de la "caza de un poeta rojo" da a entender que únicamente se le persigue por rojo y que se le persigue en manada, sin pararse a pensar que acaso también haya sido blindado durante tanto tiempo solo por rojo y en comandita.
Entre los indicios que enumera Prado para fundamentar tal supuesto está el de cierta fotografía publicada en la última y reciente edición de Las armas y las letras. Se ve en ella a Alberti, en 1936, vestido de miliciano, con arreos militares y una condecoración. Alberti ha dedicado de su puño y letra esa foto casi 30 años después, en 1965, "A Luba y Ehrenburg en la belle époque". Justifica Prado tal dedicatoria afirmando que en realidad Alberti no está llamando belle époque a la Guerra Civil, sino a su juventud pasada, y su hipótesis podría pasar por razonable si no concurrieran otros cien testimonios que a Prado le conviene eludir, empezando por el de la mujer del poeta, María Teresa León, que también habló en sus memorias de "los mejores años de nuestra vida" al referirse a los de la guerra. Y la verdad es que, conociendo la vida que llevaron entonces, nadie lo pone en duda: jamás volverían a ser más requeridos, agasajados, fotografiados, celebrados. En todos estos años como lector de literatura de la Guerra Civil no he encontrado a nadie que hablara con esa frivolidad de la guerra, si exceptuamos, claro, a Hemingway, para quien esta, vista desde la retaguardia, fue, como sabemos, una especie de safari más o menos pintoresco en un país semiafricano.
En realidad, Prado se muestra perplejo porque no alcanza a comprender bien las razones por las cuales alguien como Alberti, que fue, como él dice, "unsímbolo de la República, del Partido Comunista y de la Transición" está siendo cuestionado. Dejando a un lado si fue más o menos símbolo de la República que Clara Campoamor o Chaves Nogales, o más o menos símbolo de la Transición que González, Suárez o Fraga Iribarne, el propio Prado tiene muchas de las claves para salir de su perplejidad.
A pesar de haber cruzado en mi vida solamente media docena de veces la palabra con él, Las armas y las letras le deben uno de sus pasajes a mi modo de ver más importantes. Me lo refirió él mismo, y a él, el propio Alberti, que lo había hurtado de sus propias arboledas perdidas, con ser un hecho trascendental para conocer las diferencias de Alberti con Miguel Hernández durante la guerra y la suerte que este corrió tras ella, así como los resortes del poder orgánico. Se comprende que Alberti jamás escribiera de esa penosa historia, que incluía un puñetazo de María Teresa León a Miguel Hernández en la sede de la Alianza de Intelectuales en los primeros meses de la guerra, después de que este escribiera en una pizarra un "aquí hay mucho hijo de puta y mucha puta", y que significó la ruptura entre el poeta oriolano y "la pareja de moda": se contara como se contara, ni Alberti ni su mujer podrían en absoluto salir airosos de ella. Pero le resulta a uno difícil comprender la razón por la cual Benjamín Prado, íntimo de Alberti, quisiera contársela a un extraño, como lo era yo para él, en una de las pocas veces que nos hemos visto. Pensé entonces que lo había hecho como uno de esos personajes atribulados que "filtran" alguna noticia, convencidos de la importancia de la misma, pero también de los inconvenientes que les acarrearía hacerlo personalmente. Así lo entendí, y hasta donde yo sé esa historia se hizo pública por primera vez en 2002, en la segunda edición de Las armas y las letras y al poco en uno de mis artículos del Magazine de La Vanguardia. Prado, naturalmente, no la desmintió, incluso empezó a hacerla circular él mismo, según pude saber.
El Alberti de 1999 seguramente no era muy diferente del de 1936, pero el tiempo ha ido haciendo su trabajo, y sabemos hoy pormenores que no se conocían hace 20, 30, 70 años, y que arrojan luz sobre zonas oscuras del pasado. Los testimonios de desafección que ha creído encontrar Prado en ese libro mío ni siquiera son míos, ni se deben, como asegura para desactivarla, a mi "manifiesta antipatía por Alberti", sino de gentes que lo conocían bien: Juan Ramón Jiménez, Cansinos-Assens, Josephine Herbst, Koltsov o Morla Lynch, por citar sólo unas pocas personas de izquierda o liberales y muy distintas entre sí, que lo señalan como alguien que se sirvió de la guerra en la retaguardia en beneficio propio, y algunos mencionan de modo explícito sus "monos planchados", sus ansias de notoriedad, sus trapacerías, su amor por el lujo, las casas buenas y las comidas copiosas en un Madrid hambriento y bombardeado, en fin, todo lo opuesto de quienes, como Miguel Hernández, tasaron su vida en lo que pesaba una bala en las trincheras, o una lenteja en las cárceles franquistas. Lo dijo bien claro Juan Ramón: "Nosotros ¡los intelectuales! Etcétera. Debemos ayudar al Gobierno y al pueblo: no ellos a nosotros". Todos son testimonios valiosos, pero algunos solo los hemos conocido recientemente, incluidos los dos del propio Prado. Es descabellado, pues, hablar de la "caza al poeta rojo" (¿qué tienen que ver ciertas conductas con el ser o no rojo?: al contrario, pocos escritores de la guerra concitan en mi libro tantas simpatías y tanta admiración como Miguel Hernández o Herrera Petere), y sí de un hombre víctima a menudo de un tiempo en el que el culto a la personalidad era una mixtificación que alcanzaba a políticos como Stalin o Hitler y a poetas que aspiraban a apropiarse del discurso de la república, desoyendo las sabias advertencias de Platón. Y desde luego que mi antipatía, como la llama Prado, no es anterior a, sino consecuencia de ver la distancia que media entre las ideas que algunas personas tuvieron del hombre nuevo que preconizaban y la triste condición humana. Al margen de sus valores literarios y hablando solamente, al menos en mi caso, de los años de la guerra y de su poesía de guerra, esa de la que Gaya, que sufrió el exilio tanto como Alberti, decía que "es mejor no hablar". Que después Alberti fuese justo merecedor del premio Lenin (¿o era el premio Stalin?) o que se mostrara sinceramente consternado por la desaparición de la Unión Soviética, jamás lo he puesto en duda.
Y, por supuesto, todos estamos de acuerdo con Prado: los pies de barro del ídolo los descubren a menudo sus propios fieles y devotos, que por oscuras razones acaban circulando sobre ellos especies penosas como la conocida de la Alianza de Intelectuales, y que les fueron confiadas en una intimidad que traicionaron, junto con otras que, al menos en algún caso, habría sido mejor no haber conocido. Pero esa es ya, sí, otra historia.
Andrés Trapiello es escritor.

viernes, 9 de julio de 2010

MERCEDES FÓRMICA: «UNA VOZ EN EL SILENCIO»


José Mª García de Tuñón Aza
Revista Altar Mayor número 136

«Mercedes Fórmica ha logrado atraer hacia el tema de la capacidad jurídica de la mujer, la atención de muchos de nuestros mejores profesionales del Derecho. Pero ha logrado todavía más y ha sido el despertar con ese mismo tema la atención de los no profesionales, de los hombres y las mujeres en general, es decir, de lo que se llama atención pública», escribía hace años el brillante jurista Antonio Garrigues . Sin embargo, a pesar de estas palabras elogiosas de lo que había hecho por la mujer Mercedes Fórmica, mucho tiempo después, en abril de 1997, Natalia Figueroa la entrevistaba y lamentaba que las feministas de aquella época jamás se referían a ella cuando había sido una reformista del Código Civil, y una buena escritora. Por eso solía decir: «Me silenciaron. ¿De buena o de mala fe? No lo sé. Lo cierto es que desde que murió Franco hasta hoy, las personas que han tratado el Derecho privado no han nombrado aquella reforma. Como si no hubiese existido» . Cinco años más tarde, con motivo de su fallecimiento, Natalia Figueroa, que nunca se refiere al pasado falangista de Mercedes Fórmica, volvió a escribir: «Olvidada incomprensiblemente por el movimiento feminista, las mujeres españolas le deben muchos de sus derechos» . Efectivamente, en aquellos días casi ningún periódico recordó la reforma que logró de muchos artículos del Código Civil, del Código Penal, del Código de Comercio y de la Ley de Enjuiciamiento; incluso la mayoría llegaron a silenciar su muerte. El Abc, por ejemplo, de la que fue colaboradora durante muchos años, da la noticia dedicándole media página, pero ninguno de sus columnistas, ni colaboradores más habituales, le dedica una sola línea. Posiblemente esta falta de interés por su labor en el campo del Derecho y de escritora, se debe, como escribió Enrique de Aguinaga en una carta que se publicó más tarde, a que «Mercedes Fórmica fue joseantoniana, desde el mitin fundacional (29 de octubre de 1933) que oyó por radio. Estuvo en la primera afiliación del SEU, participó en el Primer Consejo Nacional, fue elegida delegada de Derecho y, luego, designada por José Antonio delegada nacional del SEU femenino y, como tal, miembro de la Junta Política de la Falange. Y de ahí para adelante...» .
Esta joven, que despertó el interés de los hombres y las mujeres, como decía Antonio Garrigues, aunque después fuera olvidada, nació en Cádiz en 1916 sin que ninguno de sus biógrafos nos señale el día ni el mes. A los siete años, por traslado profesional de su padre, la familia se va a vivir a Sevilla donde crece dentro de una sociedad distinta a la de Cádiz porque estaba «cerrada a la defensiva, con gran inseguridad en sus clases medias altas» . Su madre hace que estudie el bachillerato en el colegio de Santa Victoria de Córdoba, regido por escolapias, y más tarde en el Valle de Sevilla. En 1931 acude a una academia para ir preparando su ingreso en la universidad y que hace en el curso siguiente matriculándose en Derecho y Filosofía y Letras. Su progenitora se preocupaba de la educación de sus hijas, quería enseñarles el camino de la independencia y de la libertad. Si algún día habrían de casarse que fuera por amor y no por conveniencia de tipo económico: «Mi madre sufría la indefensión de la mujer educada a la antigua», solía decir.
El 14 de abril, fecha de la proclamación de la II República, toda la familia se encontraba en Sevilla donde su padre dirigía la compañía de Gas y Electricidad. Era el año también en que Mercedes se preparaba para ir a la universidad. Cuando su madre confió a una amiga que quería que sus hijas estudiasen una carrera, ésta quedó perpleja e intentó disuadirla, «asegurándole que, si pisábamos la universidad nunca nos casaríamos en Sevilla» . Las chicas estudiantes ocupaban entonces, frente a la sociedad, una situación ambigua, «mezcla de prostitutas y cómicas» . La llegada de la República coincidió asimismo con que las ideas políticas para Mercedes eran algo así como un poco rudimentarias; aunque su familia era toda monárquica sin que llegara nunca a ser importante ni palaciega.
El tiempo pasaba y llegó la hora de ingresar en la universidad. En ese momento se da cuenta de que su vida sufre un cambio profundo. En el momento de pisar el alma máter comprendió su falta de preparación para pasar de repente de un colegio de monjas y una academia, al mundo de la pura ciencia. Las artes plásticas, la música y otras materias le resultaban extrañas, en contraste con la formación humanista que traía del bachiller. Su falta de base literaria también le resultaba notable. Ignoraba la obra y hasta la existencia de Juan Ramón Jiménez y los hermanos Machado. Algunos catedráticos pertenecían a la nueva hornada republicana y procedían de la Institución Libre de Enseñanza. Un día es testigo del desorden y de la agitación profesional promovida por una huelga organizada por la Federación Universitaria de Estudiantes (FUE), vinculada a grupos de la izquierda española, para decretar la desaparición del Centro Católico ya que consideraban a los estudiantes relacionados con él como «elementos desestabilizadores del régimen» . A raíz de este acontecimiento le proponen el ingreso en el grupo católico que no vacila en aceptar; sin embargo muy poco a poco se apagó ese entusiasmo. El presidente de los Estudiantes Católicos, Pedro Gamero del Castillo, dispuso no tomar represalias; sólo una protesta simbólica, absteniéndose de entrar en clase. La FUE esta actitud terminó tomándola a pitorreo quemando a continuación el Centro Católico. «Como lo de ofrecer la mejilla derecha –dice Mercedes Fórmica– si te golpean la izquierda no era lo mío, decidí quedarme fuera de cualquier asociación» .
En 1933 se producía la separación de sus padres. Su madre no consintió el divorcio «amistoso», aquella ley contraria a los débiles, y por eso se vio obligada a vivir en Madrid con sus hijas, hecho vital para entender su posterior interés por la suerte de las mujeres separadas. También su madre tuvo que marchar con el dolor de la separación de su hijo al que sólo podría ver en el periodo vacacional. Llegada la primera vacación de verano, no se cumplió lo pactado porque por el bien del menor se aplazaba la visita por haber sido enviado por su padre a Munich a perfeccionar el alemán. Hecho éste que influiría mucho en el ánimo de Mercedes y su opinión más tarde a un cambio legislativo de algo que ella interpretaba como una gran injusticia. Mientras tanto su vida transcurría en Madrid con sus estudios y de vez en cuando alguna visita a casa de alguna amiga. En una de ellas, un día del mes de octubre, conoció a José Antonio cuya existencia ignoraba. Pocos días después pudo escuchar las palabras que pronunció en el teatro de la Comedia. Desde ese momento –dice Mercedes Fórmica–, la aparición de José Antonio en la vida política, «produjo el acuerdo tácito entre izquierdas y derechas para declararle una guerra a muerte. Con esta particularidad: en los ataques de las primeras latió un cierto respeto, no así en las segundas, que dieron suelta a su mal humor con fáciles ironías» . El fundador de Falange era para ella un hombre joven, inteligente, valeroso, fue temido, rechazado y ridiculizado por su propia clase social, que nunca le perdonó sus constantes referencias a la injusticia, el analfabetismo, la falta de cultura, las viviendas miserables, el hambre endémico de las zonas rurales, sin mas recurso que el trabajo «de temporada». La urgencia y necesidad de la reforma agraria. Confundir el pensamiento de José Antonio con los intereses de la extrema derecha es algo que llega a pudrir la sangre. Fue la extrema derecha quien le condenó a muerte civil, en espera de la muerte física, que a su juicio merecía .
Una mañana decide rellenar la ficha para afiliarse al Sindicato Español Universitario. Desde entonces su vida se limitó, junto con sus estudios universitarios, a participar en actividades de Falange siendo nombrada al poco tiempo delegada del SEU de la Facultad de Derecho, por el propio José Antonio. Este gesto del líder falangista cambiaba lo que de él decían sus adversarios políticos cuando se referían a su antifeminismo, y que aún hoy dicen algunos historiadores. Por eso es interesante reproducir lo que sobre el particular escribió Mercedes Fórmica:
Sobre el supuesto antifeminismo de José Antonio y la tesis, tan difundida, de querer a la mujer en casa, poco menos que con la «pata quebrada», debo decir que no es cierto. Forma parte del proceso de «interpretación» a que fue sometido su pensamiento. Como buen español, sentía recelo hacia la mujer pedante, agresiva, desaforada, llena de odio hacia el varón. Desde el primer momento contó con las universitarias y las nombró para cargos de responsabilidad. En lo que a mí respecta, no vio a la sufragista encolerizada, sino a una joven preocupada por los problemas de España, que amaba su cultura e intentaba abrirse camino, con una carrera, en el mundo del trabajo .
El primer Consejo Nacional del SEU tuvo lugar el 11 de abril de 1935, durante las vacaciones de primavera. Fue en un piso destartalado de la Cuesta de Santo Domingo bajo la presidencia de José Antonio quien pidió que los afiliados al Sindicato fueran, profesionalmente, los mejores. Los congregados, que debatieron varias ponencias, estuvieron reunidos durante cinco días sin que llegara a faltar la policía de Gil Robles que irrumpió en el local y después de cachear a todos los presentes se llevó detenidos a varios. Al final del Consejo se formó la Junta Consultiva presidida por José Manuel Fanjul, del SEU madrileño, y en la que también estaba Mercedes Fórmica, que aportó su feminismo al Consejo con una ponencia sobre la urgencia de crear la «Bolsa de libro de texto» proponiendo que los estudiantes que hubiesen terminado el curso, donasen los libros utilizados a un fondo común, lo que permitiría conceder préstamos a los estudiantes sin recursos. Propició también el aumento del número de becas y las instalaciones de comedores y residencias, ideas que más tarde llevó a la práctica el SEU. Fue asimismo elegida para representar a la Facultad de Derecho y una vez terminado el Consejo se fotografiaron todos junto a José Antonio. Foto que publicamos en este trabajo y que según Mercedes «durante cuarenta años, la identidad de la muchacha que aparece a la izquierda del jefe de Falange fue silenciada. Fallecido el general Franco, la fotografía resurgió, esta vez con mi nombre y apellidos» .
Una gripe mal curada trajo como consecuencia que no pudiera soportar un invierno más el clima frío de Madrid. Le convenía uno más suave, pero antes tuvo que convencer a su padre para que aceptase que, junto a su madre y hermanas, pudiera residir en Málaga temporalmente hasta que recobrase del todo la salud. Ya instalada en esta ciudad, José Antonio la nombró en febrero de 1936, delegada nacional del SEU femenino, y, como tal, miembro de la Junta Política del partido, si bien nunca llegaron a reunirse por la pronta detención del líder falangista en el mes de marzo siguiente.
El comienzo de la guerra cogió a Mercedes en Málaga que se mantendría fiel a la República. A través de Tánger, después de embarcar en aquella ciudad a últimos de septiembre gracias al consulado uruguayo que les facilitó la salida, consigue, con su familia, llegar a Sevilla después de haber pasado una semana en la hoy ciudad marroquí que en entonces se encontraba bajo la protección de varios países. Paseando un día por una de las calles sevillanas, se encontró vestido de falangista con quien antes había injuriado a José Antonio. Sin ninguna mala intención le dice:
–¿Tú con camisa azul?–.
El interesado palideció.
–Ahora tenemos que ser todos falangistas .
Poco después, Mercedes se lo comenta a un amigo quien le contestó que su reacción era del todo lógica porque lo había pasado muy mal y si alguien descubre que injurió a José Antonio, puede pasarlo peor. Llamó al interesado y le dijo que quedara tranquilo que jamás mencionaría el incidente. «Así sucedió, y todavía vive, en excelente salud y fortuna. Cumpliendo mi promesa no escribo su nombre» . La delación no entraba en la cabeza de los auténticos joseantonianos, «y menos todavía –dice Mercedes– en los que habíamos sufrido la experiencia de la zona republicana, ávidos de paz, de convivencia, de diálogo» . A los pocos días se dirigió al cuartel de Queipo de Llano porque estaba interesada por la suerte de un antiguo profesor llamado Luis Rufilanchas. Al entrar su sorpresa no tuvo límites cuando la recibió el pasante del abogado que había intervenido en la separación de sus padres. Fingió no conocerla cuando le preguntó por el profesor, llegando a contestarle:
–¿Cómo se atreve a pedir la vida de un «rojo», vistiendo esa camisa? –me increpó.
–El señor Rufilanchas no es un asesino, y si hay que avalarlo, yo misma lo haré. En cuanto a este uniforme, no se preocupe. No seré yo quien lo deshonre.
Quedó lívido y entró en un despacho, tal vez a consultar alguna ficha. Volvió para decirme:
–Lo fusilamos en La Coruña, hace un mes.
–Lo habrá fusilado usted. En esa fecha yo me encontraba en Málaga .
Después de leer lo que acaba de contarnos Mercedes Fórmica no queda más remedio que pensar que había llegado la hora de los «conversos» que tanto habrían de perjudicar a Falange. Por esta razón, cuando comenzó a circular la noticia del fusilamiento de José Antonio, se planteó en ella una seria duda, llegando, incluso, a pensar que Falange debía disolverse. Nadie, pensaba, debía aprovechar unas ideas, en trance de formación, para desvirtuarlas luego, ya que estaba segura de que los que detentaban el poder no creían en ellas, sobre todo detrás de la unificación que para ella significó la puntilla. Por eso los recién llegados y conversos se erigieron en representantes de algo que no sentían, siendo la intolerancia su nota distintiva. La comprensión fue practicada, desde el principio, por los escasos supervivientes, hombres y mujeres de la Falange auténtica. Ellos dieron cobijo a los vencidos en las redacciones de Arriba, Escorial, Medina, Clavileño, o centros como el Instituto de Estudios Políticos.
El diálogo que parece descubierto tras la muerte de Franco, lo intentó José Antonio en 1936, cuando se ofreció a negociar un gobierno de coalición que evitara la guerra civil.
La película Morir en Madrid, que vi por vez primera en Zurich, en 1966, silencia a los grupos minoritarios y desinteresados de la primera época, identificándolos con la masa amorfa, surgida cuando el asesinato de José Antonio se había consumado. Treinta años después, González Bueno, ministro del primer gobierno de Franco y permanente «camisa azul», se jactaba, en un hotel de Santander, de haber ideado el exterminio de la Falange joseantoniana, con la fórmula de la unificación.
Se salvó la Sección Femenina, gracias a la presencia en ella, de Pilar Primo de Rivera. Sus cualidades –tenacidad, sentido del deber, sacrificio y total desprendimiento económico–, reflejadas en las afiliadas, hicieron del grupo algo ejemplar que, un día, será estudiado con justicia .
En unas declaraciones que años más tarde hace a la escritora Rosario Ruiz Franco, le dice:
Franco no era falangista y entonces comprendí que aquello iba a ser lo que fue, un albondigón en el que hubo muchos conversos que para salvarse hicieron méritos muy crueles. Antes de la contienda los seguidores de José Antonio éramos poquísimos, quizás unos dos mil en toda España, y tal vez ni siquiera llegaron a ese número, y en la zona franquista sólo había quedado una minoría, quizá cien o doscientos. Los que estaban en Madrid y Barcelona, murieron fusilados .
Durante la guerra colabora estrechamente con la Sección Femenina. Se abren los primeros hogares para ayudar a los más necesitados. En la admisión de niños tuvieron preferencia los hijos de los vencidos –el hogar que digirió la falangista Carmen Werner recibió a los hijos de los asesinos de su familia–. Por otro lado, mientras Málaga conseguía logros muy positivos, gracias a la labor de la Sección Femenina dirigida por verdaderas joseantonianas –Mercedes cita los nombres de Nena Hurtado, Carmen Werner, Teresa Loring, Syra Manteola, María Amalia Bolín, Maruja y Coral Parga–, «la burguesía sevillana contemplaba con prevención la reforma agraria del programa de FE» .
Aunque sus biógrafos dicen que contrae matrimonio con Eduardo Llosent en el año 1939, esta fecha no es la correcta ya que el enlace tuvo lugar el 20 de diciembre de 1937 en la capilla de Nuestra Señora de la Antigua, de la Santa Iglesia Catedral de Sevilla, bendiciendo la unión el párroco de San Vicente Mártir, José Rodríguez Sayago. En Sevilla sigue el nuevo matrimonio hasta finalizar la guerra cuando se trasladan a Madrid donde Eugenio d’Ors, director general de Bellas Artes, nombra a Eduardo Llosent director del Museo de Arte Moderno. La capital de España no era en aquellos años el desierto intelectual que todavía algunos nos pintan: Dámaso Alonso, d’Ors, Cela, Torrente Ballester, Pedro Laín, Antonio Tovar, Alfaro, García Nieto, etc, no faltaban a las tertulias que tenían lugar en los cafés y casas particulares. En lo que respecta a Mercedes y su marido, frecuentaban otras tertulias donde acudían Sánchez Mazas, Eugenio Montes, González Ruano, Edgar Neville, Sebastián Miranda, Pilar Regoyos, Natividad Zaro, Mary Navascues, Conchita Montes, etc. Otras veces salían con Luis Felipe Vivanco, Luis Rosales y Leopoldo Panero. En el verano de 1939, se representó, en el paseo de las Estatuas del Retiro, La cena del rey Baltasar, de Calderón de la Barca. Por otro lado, la extraordinaria labor desarrollada en el teatro por María Guerrero trajo como consecuencia la reposición de obras de autores como Benavente, Marquina, José María Pemán, Agustín de Foxá, Buero Vallejo, Joaquín Calvo-Sotelo, etc.
En 1940 se publica la revista de cultura y letras Escorial que dirigía Dionisio Ridruejo y en cuyo primer número aparecen las firmas de Eugenio Montes, Ramón Menéndez Pidal, Adriano del Valle, Juan Panero, José María Alfaro, Luis Felipe Vivanco, Pedro Laín Entralgo, etc. En esta misma revista publicaría Mercedes, años después, la novela titulada Bodoque, donde narraba las reacciones de un niño frente a un acontecimiento superior a sus fuerzas y que años más tarde, en 1958, no entró en la votación del Premio Café Gijón, por estar publicada al menos parcialmente. A principios de 1944, Pilar Primo de Rivera le propuso la dirección del semanario Medina donde colaboraron personas procedentes de campos políticos opuestos a Falange. Algo que también sucedió en otros medios como el diario Arriba, con Echarri, Cebrián, Azcoaga, etc.
Estando de embajador en Argentina José María de Areilza, decidió llevar a aquel país muestras de la cultura española, tanto en el terreno de las artes plásticas, como de la literatura, la música y el teatro. Eduardo Llosent, como director del Museo de Arte Moderno, se responsabilizó de las artes plásticas y con él embarcó Mercedes en Cádiz, en agosto de 1947, rumbo a Argentina siendo entonces presidente Juan Domingo Perón. Después de pasar algo más de tres meses en aquellas tierras, con enorme éxito de toda la representación española, de nuevo pusieron rumbo a España a últimos de diciembre. Ya en Madrid, Mercedes se dispuso a poner en práctica el proyecto que le había rondado a lo largo de la travesía. Las finanzas de su marido no iban muy bien y decidió examinarse de las pocas asignaturas que le faltaban para terminar la carrera y así poder ayudar con su trabajo. La guerra y después su colaboración en la Sección Femenina, hizo que perdiera muchos años de estudios.
En 1948 termina la carrera de Derecho con el propósito de ingresar en el Cuerpo Diplomático, pero descartó estas oposiciones porque la obligarían a residir lejos de su marido. Optó más tarde por las oposiciones de Abogado de Estado o Notarías, pero se encontró que en todas, incluida la del Cuerpo Diplomático, uno de los requisitos que se pedían para opositar era «ser varón». Tal estado de cosas sublevó a Mercedes que recordaba cómo «José Antonio, cuyo nombre tanto se aireaba, nunca fue contrario a las universitarias» . Pidió entonces el alta en el Colegio de Abogados e intentó entrar en algún bufete de abogados sin conseguirlo, pero su vocación por la carrera la impulsaron a seguir adelante hasta conseguir que la realidad por la que pasaba la mujer, en muchos casos, pudiera cambiarse porque no estaba dispuesta que le vedasen el camino que había elegido. Necesitaba ganar algún dinero y por esta razón aceptó la dirección de la revista Feria donde llegaron a colaborar, entre otros, Leopoldo Panero y Luis Rosales. Sin embargo, esta nueva aventura no duró mucho tiempo porque, privada la revista de medios económicos, desapareció con sus valiosos colaboradores. A través de algunos amigos consiguió la asesoría de una empresa y un trabajo en el Instituto de Estudios Políticos.
Coincidiendo con todo esto, recibió una carta de Pilar Primo de Rivera donde le pedía redactase una ponencia para el Congreso Hispano-Americano-Filipino que tendría lugar en 1951. Aceptó la invitación y como Delegada Nacional del SEU que había sido, sintió la responsabilidad de resolver la injusticia laboral de la mujer. Buscó colaboradoras, todas ellas universitarias, que habían obtenido el título antes de la guerra: María de la Mora y Sofía Morales, Periodistas; Carmen Llorca, Josefina Aráez y Pilar Villar, Filosofía y Letras; Carmen Segura, Ingeniero Industrial; Matilde Ucelay –que pertenecía al grupo de los vencidos– y María Ontañón, Arquitectos; Mercedes Maza, Médico; y Carmen Werner, Licenciada en Pedagogía. El trabajo de la ponencia avanzaba y consumía buena parte de su tiempo; Mercedes Fórmica sabía que los beneficios que se lograsen nunca los disfrutaría. Serían las jóvenes universitarias las que los aprovecharan. A pesar de tanto trabajo todavía encontró tiempo para escribir la novela Monte de Sancha, finalista del Premio Ciudad de Barcelona, publicándose más tarde la crítica que le hace el académico Fernández Almagro:
Con Monte de Sancha hace Mercedes Fórmica acto de gentil presencia en el campo de nuestra novela. Bien señala el título la localización de este relato que nos sitúa en tierra malagueña, concretamente en la florida altura que domina la muelle fronda de la Caleta y el popular hervor del Perchel. Ese contraste entra por mucho, real y simbólicamente, en la novela: de un fondo social y político que, en principio significó, sin duda, la principal dificultad que la autora se propuso con el deportivo propósito de vencerla. Es Málaga, en la época roja, la ciudad que presta todo su ambiente, en cruzadas ráfagas de cosmopolitismo y casticismo, con luces de sacrificio y sombras de crimen, a la novela de Mercedes Fórmica. La autora hace ver lo que aquella angustiosa realidad representaba, y, en función de la verdad vivida, se mueven los personajes, sin que en momento alguno la libre ficción novelesca parezca alegato en pro de determinada tesis… .
Algunos años después, el escritor catalán Sebastián Juan Arbó escribe un artículo en la prensa sobre la producción literaria a la que, según él, «se ha aludido muy raramente». En este artículo, que tituló Reflexiones al margen de los premios, hace una crítica breve a varias novelas y en lo que a la de Suárez Carreño, Premio Nadal 1949, respecta, le acusa que la suya, Las últimas horas, parece que tiene prisa en terminarla. «Es una novela –dice Arbó– de la que puede decirse que acaba en punta, en una punta alargada y un tanto monstruosa con relación al resto del libro». Idéntica acusación hace a nuestra autora, de la que dice: «En el mismo defecto, aunque agravado, incurre, a mi entender, Mercedes Fórmica en su Monte de Sancha, espléndida novela al principio, que acaba en pura zarzuela con los amores del escultor y la dama. Ana Matute fue testigo de mi entusiasmo en la primera parte de esta obra y mi decepción después» . Por otro lado, cuando un año antes en una entrevista la preguntaron a Ana Matute, Premio Planeta 1954, a cuál novelista prefería, no dudó en contestar: «A Mercedes Fórmica» . Publicó también la novela La ciudad perdida que fue seleccionada para el Premio Nadal y que más tarde una productora hispano-italiana llevó al cine: Era la aventura de un terrorista que entra en España clandestinamente y ha de cumplir en Madrid una siniestra misión. Asimismo hicieron una adaptación para el teatro. También, en esta ocasión, Fernández Almagro hace una crítica a esta novela que da comienza con estas palabras:
Un poco después de salir a luz Monte de Sancha, aparece otra novela de Mercedes Fórmica, La ciudad perdida, y quien conozca estas dos obras atestiguará, de seguro, la ampliación de horizonte que significa la segunda respecto a la primera, y no precisamente por el asunto, sino por el modo de desarrollarlo, con técnica tan exigente y comprometida que la autora se crea sus propias dificultades por el gusto de vencerlas. Después de todo, el espíritu deportivo tan característico, en su línea, de este tiempo, es una manifestación más del eterno anhelo de superación sin el cual la obra artística perdería todo aliento .
El alta en el Colegio de Abogados, como era su caso, obligaba a realizar el «turno de oficio» cuando las circunstancias lo demandaran. La vigencia de la pena de muerte le atormentaba cuando tenía que afrontar algún caso castigado con ella. Un día la prensa publicó la agresión de una mujer a manos de su marido que le había asestado varias puñaladas. Un joven periodista quiso averiguar más detalles del suceso y se entrevistó con la mujer que le confesó que no era la primera vez que recibía malos tratos. Cuando el periodista le preguntó que cómo lo consentía, la mujer le respondió: «Intenté separarme, pero el abogado a quien consulté me dijo que lo perdía todo. Hijos, casa, mis pocos bienes» . Aunque hoy parezca mentira, la mujer decía verdad. Esta injusticia le hizo pensar a Mercedes que algo había que hacer para reparar uno de los mayores atropellos que en aquellos años sufría la mujer casada. Fue entonces cuando se le ocurrió denunciar aquella absurda ley, que dejaba indefensa a la mujer ante la separación, con la publicación de un artículo que, previamente, estuvo tres meses congelado por la censura; lo tituló El domicilio conyugal, alcanzando enorme éxito, incluso fuera de España, y que por su interés reproducimos en su totalidad:
En un hospital madrileño agoniza una mujer, víctima de doce cuchilladas. La noticia, extraída de entre los que pregonan el discutido Premio Nóbel, el nuevo estatuto de Trieste, el repugnante asesinato de Bobby Greenlease, o la catástrofe de Cestona, pasa inadvertida, cuando no por vulgar, deja de ser aleccionadora, ya que al ahondarse en las razones que llevaron a este final sangriento se pone en claro que la muerte de la desgraciada mujer la provocó la convivencia, una convivencia, que por humanidad, debió de ser evitada. La historia es realista, amarga. Un marido que se niega a entregar a su esposa el producto de su trabajo para mantener a la familia, compuesta por los padres y tres hijos; una esposa, que, a fin de sacar adelante a esa misma familia, se afana en tareas agotadoras, de la mañana a la noche. A menudo, ruega al marido que cumpla con su obligación de jefe de la casa. El marido se limita a golpearla, límite bastante suave en un hombre que llegará hasta el parricidio. De estos golpes existe constancia abundante en la Comisaría del distrito. Se me dirá, por el público ingenuo, que antes de dejarse matar, esta mujer pudo separarse legalmente de su marido, invocando la causa segunda del artículo 105 del Código Civil. Un grave obstáculo, sin embargo, se lo impedía: la escasez de vivienda.
Nuestro Código Civil, tan injusto con la mujer en la mayoría de las instituciones, no podía hacer una excepción con la esposa, y la casada que se ve en el trance de pedir la separación; aun en aquellos supuestos en que su inocencia está comprobada, ha de pasar por el previo depósito, que en este caso habrá de ser realizado fuera del domicilio conyugal, y ya el proceso de separación en marcha, el juez le entregará, o no le entregará, los hijos, los bienes muebles, fijará una pensión alimenticia, pero lo que ningún magistrado sentenciará –entre otras razones porque carece de facultades para ello– es que sea la esposa la que permanezca en el domicilio común y sea el marido culpable el que lo abandone. En otra época, la medida, aunque injusta, planteaba problemas secundarios; hoy esta parcialidad lleva a las doce cuchilladas. Qué duda cabe que en estos tiempos, en que el desequilibrio entre habitantes y habitación ha planteado un problema de gobierno y ha dado vida a una ley tan revolucionaria como la de los Arrendamientos Urbanos, pocas mujeres se arriesgarán a dejar su casa para lanzarse a la aventura de vivir debajo de un puente, o en un cuarto de renta nueva e inaccesible. La mujer que se encuentra en esta situación se resigna, y aguanta hasta el límite, que, como en el supuesto que nos ocupa, es la propia vida.
La defensa de la familia cristiana, imprescindible para el logro de una paz duradera, se consigue con la convivencia pacífica, equitativa, en la que cada cónyuge lleve su carga y cumpla con su deber. Es contraproducente para este logro el ejemplo a los hijos de la repetida mala conducta del más fuerte, que lo es sólo porque le mantiene una ley arbitraria. Los señores jueces deberían tener facultades para otorgar la titularidad del domicilio conyugal al cónyuge inocente, en este caso a la esposa, ya que, en definitiva, el domicilio conyugal es la casa de la familia y no «la casa del marido», como dice la ley. La familia ganaría en moralidad y buenos ejemplos, y los hijos varones conocerían a tiempo que su mala conducta futura no se verá salvaguardada por el Código Civil, aliado a circunstancias de momento, escasez de vivienda en este caso. Los buenos padres, que por lo general son también los buenos maridos, adquirirían la certeza de que sus hijas quedaban liberadas de una suerte dura. Esa mujer, que a la publicación de esas líneas quizá ya no sea, representa algo más que la protagonista de un suceso de sangre, representa un símbolo: el de la buena esposa, excelente madre de familia, a la que una injusticia de la ley llevó al inútil sacrificio de su vida. No permitamos que su caso se repita. Hora es ya de prevenir, en lugar de lamentarse, de escoger el camino del diálogo y no de la violencia, cuando se pretende implantar una reforma justa. En apoyo de mi teoría diré que en el Congreso de Abogados celebrado en Madrid el pasado año se puso de manifiesto la necesidad de reformar la ley en este sentido, y como detalle digno de tenerse en cuenta, señalaré que fueron los abogados sacerdotes, a los que sus circunstancias hacía imparciales, los que se pronunciaron a favor de esta reforma .
El artículo tuvo enorme éxito no sólo en España sino fuera de nuestras fronteras. Un amigo suyo le remitió un recorte del periódico The New York Times quien a través de su corresponsal en Madrid publicó una larga referencia del escrito. Por otro lado, en un trabajo dedicado al mundo femenino, la revista Holiday hizo un reportaje fotográfico de aquellas mujeres que más habían destacado en sus respectivos países. Robert Capa, director de la misma, pidió a la fotógrafa Inge Morath que en España fotografiara a Mercedes Fórmica: «Tú irás a España. Tienes que ver a una mujer extraordinaria. Se llama Mercedes Fórmica, es abogado, y defiende a las mujeres que no se pueden separar de sus maridos» . Igualmente «recogieron la noticia el Daily Telegraph y la importante revista gráfica Time, que le dedicó una página el 7 de diciembre rematada con esta frase escuchada a un madrileño: «Creo que empieza un gran torbellino. Gracias a Dios mi mujer no lee los periódicos» . Otra prensa europea comentó también la noticia; incluso el semanario de la CNT dedicó palabras de elogio al artículo lo mismo que la que fue militante del PSUC, Lidia Falcón, quien escribió que «los artículos de Mercedes Fórmica recorrieron todo el país en pro de los derechos de la mujer. Se celebran inmediatamente cursillos y congresos convocados por la Academia de Jurisprudencia sobre el tema La mujer ante la ley. Durante cinco largos años se debate y se debate entre las irónicas respuestas de los que ven en la campaña un resurgimiento del loco y apolillado feminismo. Pero las cuchilladas no cuajan con el nuevo feminismo norteamericano, y a pesar de la resistencia de los tradicionalistas, el 24 de abril de 1958 se promulga una ley por la que se varían sesenta y seis artículos del Código Civil» .
El Abc se benefició del éxito alcanzado por la abogada. Días después el periódico abrió una encuesta en torno a la reforma de la legislación denunciada dando también cabida en sus columnas a expertos juristas a la vez que a su redacción llegaban a diario cartas adhiriéndose a las reivindicaciones femeninas propuestas por Mercedes Fórmica. Al mismo tiempo publicó un editorial destacando el eco que tuvo el artículo y el planteamiento del problema de la capacidad legal de la mujer española añadiendo que la situación concreta que denunciaba su colaboradora «no es sino una de tantas manifestaciones de una característica de nuestro Derecho Civil que fue objeto de estudio en el primer Congreso Nacional de Justicia y Derecho…» .
A la encuesta realizada por el periódico se sumaron prestigiosos hombres de leyes como el catedrático Ursicino Álvarez para quien «la situación de la mujer es un problema que ha preocupado en todos los tiempos y en todos los pueblos». El que fue decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Central, Eloy Montero, siempre estimó «duro en demasía lo que dispone la Ley de enjuiciamiento Civil en su artículo 1887, o sea, que los hijos mayores de tres años pasen automáticamente al padre cuando se decreta la separación provisional de los cónyuges, a tenor del artículo 68 del Código Civil». El profesor de Derecho Civil, Antonio Hernández Gil, ha dicho que «es posible introducir en nuestro sistema legal algunos importantes perfeccionamientos en lo relativo a la condición jurídica de la mujer y especialmente de la mujer casada». Para Jaime Guasp, decano de la Facultad de Derecho de Madrid, «el problema de la condición jurídica de la mujer, que Mercedes Fórmica ha aireado tan oportunamente, haciendo brillante honor a la doble calidad de su profesión y de su sexo, merece, desde luego, una atención pública superior hasta la que ahora ha disfrutado». José Valenzuela, catedrático de Derecho Administrativo, aunque el tema no era de su especialidad, no dejó de dar su opinión: «Es de extrañar que siendo la familia para el Derecho Civil una sociedad y para la Iglesia una relación de compañerismo (“Compañera te doy y no sierva”), el Código Civil se aleje de la característica de voluntariedad que suponen estas relaciones, puesto que después de constituido el matrimonio establece un sistema rígido con prerrogativas de poder a favor del marido». En la encuesta también intervinieron otros ilustres letrados como Joaquín Garrigues, José María Ruiz Gallardón, Ramón Serrano Suñer, Juan Vallet de Goytesolo… y Antonio Garrigues que cerró la encuesta añadiendo para terminar «que lo que todas las opiniones han coincidido es que si al argumento de la capacidad de la mujer hubiera que darle un nombre propio, este nombre bien podría ser el de Mercedes Fórmica».
Después del estudio tuvo lugar un caso de separación matrimonial cuya vista de apelación recogió en Abc Josefina Carabias. A la misma, la periodista acudió en compañía de Mercedes y al salir de la Audiencia se dirigieron directamente a casa de la abogada para seguir charlando. Cuando la empleada del hogar les abre la puerta, al parecer con cara de susto, Josefina Carabias recogió ese momento, escribiendo el siguiente relato:
–Señora –dijo–, ahí en el despacho, está la mujer de las doce puñaladas. Acaba de salir del hospital.
Allí estaba, en efecto, la víctima cuyo caso sangriento determinó toda esta polémica alrededor del domicilio conyugal. ¡Daba pena verla!
–Vengo a ver qué me aconseja usted que haga, señorita. Mi marido está en la calle. Le han puesto en libertad. Si se le ocurre ir a casa entrará aunque yo no le abra. Tiene derecho, la casa sigue siendo suya…
Nos quedamos de piedra. A pesar de los ríos de tinta que se han vertido, a pesar de lo todo que se ha hablado… ¡el hombre de las doce puñaladas sigue siendo el dueño del domicilio conyugal! La mujer no tiene más remedio que vivir a su lado o irse, con sus hijos, debajo de un puente .
Alguna prensa española entra en la polémica que destapó el artículo y también sus comentarios posteriores por parte de muchos profesionales del Derecho. Ciertos artículos publicados en esa prensa llevaban la firma de su autor, pero otros se publicaron de manera anónima sacando la cuestión de quicio y llegando, incluso, a la peregrina conclusión de que la encuesta referente a la situación de la mujer en el Derecho positivo español había sido inspirada por un ánimo antifamiliar y anticristiano. Ante estos comentarios para abordar el problema de la capacidad de la mujer casada, Mercedes escribe un largo artículo respondiendo a semejantes formas de ver las cosas. Ella, que nadie puede tachar de anticatólica, termina su colaboración con estas palabras:
Los profesionales del derecho estarán de acuerdo conmigo en que presentada una demanda de separación por la esposa inocente, el primer acto del esposo culpable consiste en la ocultación de los bienes, en el alzamiento o enajenación de los gananciales, en disfrazar o menospreciar sus ingresos por trabajo o rentas, todo ello con la consiguiente disminución de la pensión alimenticia. Estas medidas, dictadas por el rencor a la mujer, recaen, en definitiva, sobre los hijos –lo que queda de la Institución Familiar–, que sufren en carne propia las consecuencias de una situación que no crearon.
Qué duda cabe que no existe nada más hermoso que los matrimonios en armonía, los hijos felices en la compañía de sus padres. Pero no añadamos más miseria a la desgracia de los que no pudieron conseguir tales bienes y tendámosles la mano, haciéndolo con generosidad y con verdadero espíritu cristiano. Que mucho se esgrimió el cristianismo en estos días, pero pocos recuerdan que fue Jesús el que elevó la categoría de la mujer, y que, en definitiva, el Derecho romano que nos rige contiene muchos excesos inspirados por el paganismo .
Pero la actividad de Mercedes no para ahí. Se dedica a dar charlas. El 10 de febrero de 1954, en el Circulo Medina de la Sección Femenina, pronuncia una conferencia bajo el título La situación jurídica de la mujer española, que tiene un enorme éxito. Con el mismo título da otra en Barcelona donde, además, en La Vanguardia Española le hacen una entrevista que comienza con esta entradilla: «Mercedes Fórmica, abogada en ejercicio, del Colegio de Madrid, escritora, novelista, autora de Bodoque, Monte de Sancha, La ciudad perdida, El miedo (Inédita esta última), defensora de los derechos de la mujer, disertará hoy en Conferencia Club, sobre este tema» . Al día siguiente el mismo periódico le dedicada una reseña elogiosa, destacando las felicitaciones que había recibido del numeroso público que había acudido a escucharla. Al mes siguiente, el mismo periódico recoge la estancia en Barcelona de la escritora Simson, colaboradora del Herald Tribune, que manifestó que iba a enviar a ese periódico la entrevista mantenida con Mercedes Fórmica sobre los derechos de la mujer porque «esto interesa mucho en Norteamérica» . En 1955 publicó la novela A instancia de parte con la que ganó el Premio Cid y que volvería a ser reeditada con el texto revisado por su autora en 1990. En ella confluyen unos matrimonios rotos donde el máximo beneficiario será el hombre que sabe será siempre el ganador e intentará sacar por ello la máxima rentabilidad que las circunstancias le permiten.
Como consecuencia de la campaña creada por la abogada, en el mes de julio de 1956, en el Juzgado de Primera Instancia nº 3 de Madrid, se emitió una sentencia en la que el magistrado resolvió que la esposa siguiera viviendo en el domicilio conyugal debiendo abandonarlo el marido. Esta sentencia animó a muchas mujeres que se dirigieron a la prensa exponiendo se precaria situación en la que quedaron después de una sentencia contraria a ellas. Una de estas cartas fue firmada por una mujer que no sólo quedó sin hogar sino que cuando fue a pedir trabajo le dijeron que su marido tenía el deber de mantenerla y que por ese motivo no se lo daban. A los pocos días, Mercedes le contesta desde las columnas del Abc con un largo escrito que finalizaba así:
Cuando la ley sea más cristiana que romana –es decir, pagana–, entonces sí, entonces, mi admirada y admirable doña Emilia Cabello y Rodrigo, esposa española, depositada en casa extraña, viviendo de la caridad ajena, podrá hablarse «de una ley injusta» y «de una ley posterior equitativa»”.
Mientras este paso no se dé, las circunstancias no habrán cambiado, y las mujeres españolas continuarán como hasta hoy, y los ejemplos como el suyo se multiplicarán .
Escribe mucho sobre temas muy diversos relacionados con la mujer. Le preocupan, sobre todo y principalmente, los padres adoptantes que opinan sobre la destrucción de las partidas literales de nacimiento y bautismo de los hijos adoptivos. Se interesa por esta materia y pide a los juristas que expongan sus puntos de vista, pero considerando más el aspecto humano de la cuestión que el simple problema legal. Para ella lo más importante aún es que los legisladores, teniendo en cuenta este aspecto humano, rectificaran las disposiciones que estaban en vigor en aquel momento y las adaptaran a las realidades actuales. Este nuevo planteamiento que hace sobre los hijos adoptivos vuelve a producir una serie de cartas en la prensa tanto de juristas como de padres adoptantes. Al final, el abogado Joaquín Arce, conocedor de los problemas relacionados con la adopción por su contacto diario con el tema a través de su conexión tanto con los adoptantes como con los adoptivos, envía un valioso trabajo que Mercedes reproduce en el Abc, y del que recogemos solamente sus expresiones finales:
Los niños –no lo olvidemos– admiten la verdad, cualquiera que se ésta, mejor que el engaño o la simulación, reaccionando ante ella con gran capacidad.
Si estamos persuadidos, como debemos estarlo, que la paternidad adoptiva es verdadera paternidad que crea en gran medida la personalidad del hijo, modela su temperamento e imprime su propio sello dada la gran capacidad mimética receptiva del niño y todo eso lo hace mediante la entrega del amor, máxima oferta de que es capaz el hombre: si estamos convencidos de esto –repito– no debe constituir problema que el menor conozca que su origen tiene una causa distinta a la de su vida .
Separada de su marido Eduardo Llosent, contrae segundas nupcias en 1962 con José María G. de Careaga y Urquijo que fue alcalde de Bilbao y que falleció el 4 de enero de 1971.
En 1972 publica la novela histórica La hija de don Juan de Austria, con prólogo de Julio Caro Baroja, y con la que al año siguiente ganó el Premio Fastenrath de la Real Academia Española; interviniendo como jurado: José María Pemán, Pedro Laín Entralgo y Gerardo Diego. Esta obra fue recibida por la crítica como una definitiva contribución al estudio del siglo XVI español. Años más tarde fue objeto de una polémica entre su autora y Antonio Gala porque le acusaba de plagio, en relación con un guión de éste para un programa de Televisión. Mercedes pedía que al menos Gala admitiera que había hecho una adaptación. De esta novela hizo una excelente crítica el Premio Nacional de Literatura 1949, Pedro Rocamora, quien, entre otras cosas, escribió:
Y esto es lo que ha hecho Mercedes Fórmica. De un tema casi folletinesco ha sabido construir un trabajo de investigación. El lector se halla ante un texto tratado con absoluto rigor documental. No hay en él lugar para lo fantástico. Pero no importa. Porque Mercedes Fórmica ha sabido reflejar el contraluz de unos años en los que la realidad se funde con la fantasía. En ese momento España conserva todo su lastre medieval, a la vez que se está forjando el estilo de vida del renacimiento.
Lo que ha hecho Mercedes Fórmica, con ánimo resuelto, es adentrarse en el transfondo del reinado de Felipe II para mostrarnos el perfil de un personaje que amó ilusionadamente y al que el rigor del Monarca cortó las alas de su pasión de mujer. La España de Felipe II fue inquisitorial, despiadada, dura y a la vez imaginativa y soñadora. En ella la vida de Ana de Austria equivale al conflicto psicológico de una mujer marcada por un trágico destino. Vivió en una época cargada de contradicciones. En una España de frailes, de brujas y de santos, de ascetas y de barraganas, de fe y de hipocresía, de religiosidad y de lujuria… .
Le seguiría otra novela histórica publicada en 1979, titulada María de Mendoza. Solución a un enigma amoroso. En 1987 publicó La infancia que con la novela Collar de Ámbar publicada en 1989 termina su obra literaria. Sin embargo, ella seguía con sus colaboraciones en la prensa. Este mismo año publica un largo artículo titulado La situación jurídica de la mujer española; y más tarde acudió a los cursos de la Complutense en El Escorial para relatar su lucha por los derechos de la mujer. Todavía escribiría un artículo que tituló La propiedad limitada, cuando se enteró que una pobre viuda de 82 años le había quedado de paga 2.083 pesetas en 1998; y La hermana desconocida de la princesa de Éboli. Tampoco hemos de olvidar la trilogía de sus memorias que comenzó a publicar en 1982 con el título Visto y vivido; siguiendo un segundo tomo, Escucho el silencio, que se publica en 1984; para finalizar con el tercero titulado, Espejo roto y espejuelos, editado en 1998.
Mercedes Fórmica falleció en Málaga el 22 de abril de 2002, víctima de la enfermedad de Alzhaimer. Esta escritora y abogada ejerció siempre su profesión enfrentándose a la situación jurídica de la mujer en España, aunque las feministas la ignoraron, y la ignoran, porque fue falangista poniéndole además el sello de fascista sin que nadie se molestara en averiguar si lo era o no. Que también escribió que José Antonio era un hombre de Derecho, no un hombre de derechas; y que ante la muerte que ya presentía no muy lejana, dijo que tenía fe y que para ella la religión le había aportado la esperanza y la explicación del objetivo de su vida.

DEMOCRACIA, LIBERTAD, LIBRE ALBEDRÍO


 -->Emilio Álvarez Frías
(Revista Altar Mayor número 136)
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Probablemente la mayoría de los españoles están en la creencia de que viven en un país en el que reina una democracia a prueba de toda duda. Pues están equivocados. Nuestra democracia, la de España, no aguanta el más mínimo examen, catea, como les debiera suceder a la mayoría de nuestros estudiantes si se les sometiera a una prueba digna para la titulación que esperan alcanzar.
Si intentamos adentrarnos en señalar los rasgos que caracterizan una democracia, podríamos decir que aquí y ahora las dos acepciones que nos da la RAE son: 1. Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno; y 2. Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado. Nada más. Si deseamos saber algo más, e intentamos buscar en el María Moliner, sólo vemos que hace referencia al ejercicio de voto para elegir a los representantes.
Pero de democracia se puede escribir más, mucho más. es obvio que, al respecto, se han publicado infinidad de volúmenes desde el tiempo más arcaico; el hombre viene aplicando el ejercicio de esa disciplina desde que se juntaran varios individuos formando la familia, y un paso más adelante, cuando nace la primera tribu; y ese mismo hombre, que somos todos, viene estudiando desde muchos siglos atrás cuanto se comprende en la palabra, buscando nuevas aplicaciones e interpretaciones, para acoplarlas a sus necesidades; y, también, la utiliza para acomodar a sus caprichos, ideas y ambiciones, la forma de cómo ha de ejercer los derechos el pueblo con relación a la gobernación del estado, y cómo los hombres pueden decidir en relación con el destino de la nación, lo que es una falacia. Y este último es el caso de la mayoría de las ocasiones en las que se hace uso del derecho democrático en relación al ejercicio de la política, a la gestión de una institución, de una asociación, etc. Porque al pedir la representación no se suele habla con honestidad, no se plantean las auténticas intenciones que guían al peticionario a desear ser elegido; no se obra con deseo de entrega y servicio a favor de la comunidad, cualquiera sea el tipo de ésta. Probablemente resulte excesivo generalizar, pues, es seguro, hay personas que obran con honradez, pero no parece posible hacer una lista muy larga. No olvidemos lo que dijera el Cristo a los hijos de Zebedeo para que tomaran nota: «Aquel que quisiere hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor; y aquel que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo» (Mt 20,26-27). Hoy no es ese el camino habitual que se sigue.
No hay que cavilar demasiado para llegar a la conclusión de que en todo ello tiene un papel fundamental la libertad, palabra que tiene su punto de apoyo cardinal en el cristianismo, pues no en vano Jesús de Nazaret lo predicó durante su vida pública, ofreciendo al hombre el don del libre albedrío frente a los planteamientos de la sociedad de su tiempo.
Volvamos de nuevo al diccionario de la RAE, en su actualización al momento presente, para adentrarnos en la palabra libertad, en cuyo vocablo no es parco como sí lo es en otras ocasiones, y en él encontramos las siguientes acepciones relacionadas con nuestra reflexión: 1. Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos; 5. Facultad que se disfruta en las naciones bien gobernadas de hacer y decir cuanto no se oponga a las leyes ni a las buenas costumbres; (de conciencia) Facultad de profesar cualquier religión sin ser inquietado por la autoridad pública; (de cultos) Derecho de practicar públicamente los actos de la religión que cada uno profesa; (de imprenta) Facultad de imprimir cuanto se quiera sin previa censura, con sujeción a las leyes; (de pensamiento) Derecho de manifestar, defender y propagar las opiniones propias. En este rosario de sentidos de la palabra libertad que nos ofrece la RAE podemos comprobar fácilmente si en una nación, en una comunidad se da verdaderamente la libertad imprescindible para que el hombre pueda ejercer el libre albedrío que recibió en el momento del nacimiento por expreso deseo del Dios Creador, que nos hizo libres para la práctica de la vida con la limitación que impone la libertad de los otros, a la que no podemos robar el más mínimo espacio. Y esa facultad del libre albedrío no se puede negar, ni recortar, ni limitar al hombre, pues está ínsita en él.
Es evidente que aparece en el instante mismo en el que Dios crea al hombre y lo situó en el huerto del Edén, al que dotó de todo tipo de árboles de los que podía tomar para comer excepto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Le dejó libertad de acción aunque si incumplía su prohibición sería castigado. Ya, pues, Dios permitió al hombre elegir sus acciones y comportamientos. Esto, en tiempos posteriores es refrendado por las doctrinas filosóficas que sostienen que el hombre tiene la facultad de elegir y tomar sus propias decisiones; la ética supone que los individuos pueden ser responsables de sus propias acciones; la psicología considera que la mente controla algunas de las acciones del cuerpo, algunas de las cuales son conscientes; en el ámbito científico se especula con que el libre albedrío se puede percibir en las acciones del cuerpo, incluyendo al cerebro, no siendo determinados enteramente por la causalidad física. Es, pues, un tema que ha sido considerado, a lo largo de la historia, tanto por la filosofía como por la ciencia y, naturalmente, por la teología.
En la filosofía hindú encontramos, en Diálogos con el Gurú, de Chandrashekhara Bharati Swaminah, que «destino es el resultado del ejercicio pasado de tu libre albedrío. Al ejercitar tu libre albedrío en el pasado, tú trajiste el destino resultante. Al ejercitar tu libre albedrío en el presente, quiero que elimines tu pasado si te duele, o añadirlo si lo encuentras agradable. En cualquier caso bien sea para adquirir más felicidad o reducir la miseria, tú tienes que ejercitar tu libre albedrío en el presente».
En esa línea, la filosofía budista insiste, según enseñó Thanissano Bhikkhu: «Las enseñanzas de Buda sobre el Karma son interesantes porque es una combinación de causalidad y libre albedrío. Si las cosas fuesen totalmente causadas no habría manera para desarrollar una habilidad –tus acciones serían totalmente predeterminadas–. Si no hubiera causalidad, todas las habilidades serían inútiles porque las cosas estarían constantemente cambiando sin rima o razón entre ellas. Pero es precisamente por la existencia de un elemento de causalidad y otro de libre albedrío, que tú puedes desarrollar habilidades en tu vida».
Veamos la doctrina del judaísmo a través de Maimónides en Hishne Torá, Teshuva 5:5: «Dios y sus temperamentos son uno, y la existencia de Dios está más allá de la comprensión del hombre […]. No tenemos las capacidades de comprender cómo El Sagrado, Bendito Sea, conoce todos los eventos y su creación. [Sin embargo] se sabe sin duda que la gente hace lo que quiere sin El Sagrado, Bendito Sea, forzándolos a hacer algo […]. Es dicho por esto que un hombre es juzgado de acuerdo con sus acciones».
No se sustrae el Islam a entrar en esta materia, y así, la voz de quienes imparten sus enseñanzas, manifiesta: «Dios es omnisciente y omnipotente; lo ha sabido todo por la eternidad. Pero aún, hay tradición de libre albedrío para que el hombre reconozca la responsabilidad de sus acciones, la cual ha sido extraída del Corán. Así está escrito en el Corán: ”Nadie cargará el peso de otro”. El libre albedrío es la base sobre la cual uno puede ser castigado o recompensado en la vida posterior».
El cristianismo, a través de la gracia, desarrolla toda la esencia del libre albedrío. San Agustín expone que el hombre posee el libre albedrío que le fue revelado por Dios pues no servirían de nada los preceptos divinos si el hombre no tuviera libertad para cumplirlos. Y diferencia el libre albedrío de la verdadera libertad, considerando al primero como la posibilidad de elegir voluntariamente el bien o el mal, opción que tiende siempre hacia el polo negativo, y la libertad como gracia divina que nos empuja a hacer exclusivamente el bien. En el tratado Del libre albedrío, señala, en sus diálogos con Pelagio: «Pero lo que te pregunto ahora es si sabes que Dios nos ha dado esta libertad que poseemos, y de la que nos viene la facultad de pecar». «Evidentemente, si […] el hombre es en sí un bien y no puede obrar rectamente sino cuando quiere, síguese que por necesidad ha de gozar de libre albedrío. […] Y no porque el libre albedrío sea el origen del pecado, por eso se ha de creer que nos lo ha dado Dios para pecar. Hay, pues, una razón suficiente de habérnoslo dado, y es que sin él no podríamos vivir rectamente». «Por otra parte, si el hombre careciese del libre albedrío de la voluntad, ¿cómo podría darse aquel bien que sublima a la misma justicia, y que consiste en condenar los pecados y en premiar las buenas acciones?».
Santo Tomás insiste en la gracia, y así manifiesta que lo que mueve al creyente a creer es su propio querer creer, su propia voluntad, y ello como un acto de la bondad de Dios: la gracia. E intenta reunir tanto la legitimidad del acto de fe indicando que en último término tiene su origen en Dios, como la responsabilidad de cada persona en su salvación y en su creencia en Dios al considerar que la gracia puede estar presente pero depende de la bondad o maldad de cada uno que se manifieste o no. En Suma Teológica podemos hallar el resumen de esas consideraciones: «Creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia». «Nuestros actos son meritorios en cuanto que proceden del libre albedrío movido por la gracia de Dios. De ahí que todo acto humano, si está bajo el libre albedrío y es referido a Dios, puede ser meritorio».
Christoph Bockstorfer lo ve claro a través de la representación de Jesús en la Cruz: a su lado hay dos ladrones, uno a cada lado, a punto de morir. Uno pidió a Jesús el perdón, el otro, al borde de la muerte, decide burlarse de Él: uno y otro eligieron libremente la vida y la muerte eterna.
Y san Pablo, en su Epístola a los romanos (9,21), lo concreta con un ejemplo, como era costumbre en su tiempo: «¿Es que el alfarero no es dueño de hacer de una misma masa una vasija para usos nobles y otras para usos despreciables?».
Probablemente estemos en mejores condiciones en este momento para meditar si vivimos en la auténtica democracia que ha de emanar de la libertad que debe disfrutar el hombre para poder ejercer el derecho que le asiste con el fin de poder expresar cómo entiende han de ser llevados a cabo los actos que han de regir su nación, su vida, su comportamiento en y con la sociedad.
Porque en el ejercicio de la democracia deben estar presentes todas las visiones que se puedan tener de cómo vivir en libertad. Y por ende, si existe limitación de comportamiento siempre que restringe el de los demás; si no se puede hacer valer el derecho de conciencia; si se coerciona el ejercicio de la religión; si se impone un sistema de enseñanza lesivo para la buena formación de los alumnos; si se cierran instituciones porque no son del agrado del poder; si se suprimen de las normas que han de regir la convivencia entre las gentes los principios morales y éticos; si la muerte se impone sobre el derecho a nacer o sobre el fin natural por agotamiento de la vida corporal; si se manipulan las mentes y las conciencias para que las personas elijan caminos desviados; si se exigen obligaciones forzadamente impidiendo la propia elección y decisión; si se demoniza el pensamiento individual porque tropieza con el establecido por el poder, o se coacciona a los individuos para que expongan los principios que subyacen en ese pensamiento, o las manifestaciones de cualquier tipo que de ello pueda derivarse; si se obstaculiza o coarta la publicación de la obra intelectual de unos mientras se difunde la obra mediocre de los próximos al poder… Si surgen estos escollos no se puede asegurar que el libre albedrío se ejerza con garantías, y por ende cabe certificar que no se dan los signos de que exista una verdadera democracia.
Por ello, es posible asegurar que, en España, como en no pocos otros países del mundo, no existe auténtica democracia; y los españoles, como los naturales de esos otros países, están equivocados en cuanto a la creencia de que su devenir transcurre en democracia y plena libertad. Están engañados.

domingo, 4 de julio de 2010

CULTURA DEL AQUELARRE


Conozco Benamahoma, precioso pueblo de la sierra de Cádiz, lleno de cuestas, casitas encaladas con acogedoras chimeneas y unos magníficos desayunos de pan de pueblo con manteca de lomo, con su zurrapa, como debe de ser. Allí, en ese enclave de paz y belleza, un alcalde de esos al que el apelativo de cateto le viene al pelo, de esos mindundis de partido que quieren ser más zapateristas que Zapatero, ha tenido la ocurrencia de, en la noche de San Juan, organizar una especie de aquelarre en la plaza de toros del pueblo, con hogueras incluidas y la contratación, a expensas de los dineros de los contribuyentes, de una bruja, no sabemos si la famosa bruja Lola de la tele, para realizar un “rito de purificación” del citado coso taurino, lugar testigo de aquellas muertes que, en uno y otro bando de nuestra terrible Guerra Civil, asolaron el suelo de España.
El esperpento se realizó al amparo de la no menos delirante ley de la Memoria Histórica, ahora más que nunca memoria histérica, aunque el mismo Movimiento para la Recuperación de la Memoria Histórica lo haya criticado.
Joaquín Ramón Gómez, que así se llama el alumbrado alcalde de la pedanía, también ha sido criticado por los vecinos de la localidad y por sus propios compañeros del partido solcialista, todo lo cual ha motivado, al fin un rasgo de coherencia en todo este despropósito, su dimisión que ha sido aceptada por la alcaldesa de Grazalema, también del PSOE, municipio al que está adscrita la pedanía de Benamahoma.
La intención, al parecer, era purificar la plaza de toros de los malos espíritus que, presuntamente, quedaron por allí desde los tristes sucesos de la guerra. No deja de ser curioso que un ayuntamiento gobernado por el PSOE, pues suponemos que un acto así debe de ser votado en un pleno municipal y no obra de un solo individuo, realice una celebración de carácter tan espiritual cuando es un partido tan abiertamente laicista, claro que a lo mejor las únicas celebraciones que molestan a los socialistas son las católicas y no estas pantomimas chirigoteras de presuntas purificaciones de espíritus, conjuros de brujas y aquelarres paganos del solsticio de verano.
Más le hubiera valido al alcalde emplear sus energías y el dinero de los contribuyentes en promocionar verdaderas iniciativas culturales en el bello marco de su precioso pueblo, como potenciar sus fiestas de moros y cristianos, que llevan al pueblo la algarabía de la pólvora, el colorido de las banderitas de colores, la alegría de las casetas, y, por cierto, la concurridísima procesión de San Antonio Abad, llevado en andas por costaleros, patrón de la localidad, así como fiestas taurinas en el “maldito” coso, aunque quizás, a tan espiritual alcalde, ni le guste la procesión del Santo, ni las luchas entre los fanáticos católicos y los tolerantes moros, ni los festejos taurinos en su acogedora y encalada plaza de toros.


Javier Compás

sábado, 3 de julio de 2010

EN EL CENTENARIO DE TORRENTE BALLESTER


Entre la universalidad y la modernidad cervantinas


Darío VILLANUEVA Publicado en El Cultural el 11/06/2010


Por atenernos a alguna referencia objetiva en este terreno movedizo de las famas literarias póstumas, vayamos a la encuesta que la revista Leer encargó en 2005 a Sigma Dos sobre las mejores novelas españolas del Siglo XX. Dos títulos de Torrente aparecen reseñados allí: la trilogía Los gozos y la sombras en el puesto décimo de las obras más sobresalientes por su argumento, y La saga/fuga de J. B. como la quinta más innovadora, la undécima por el estilo, y la octava en una valoración absoluta. Es de destacar también que esa misma posición le atribuyen los encuestados entre nuestras novelas que, literalmente, “tienen y tendrán más proyección en el futuro y serán más leídas en los siglos venideros”.
Torrente y Borges en Sevilla
La favorable acogida de La saga/fuga de J.B. proporcionó a Torrente Ballester un amplio número de lectores y la atención de la crítica que merecía, pero desnaturalizó, en cierto modo, el auténtico perfil del escritor al producirse tal positiva recepción en fecha tardía, casi treinta años después de la publicación de Javier Mariño. La novela de 1972 no constituye, sin embargo, una sorpresa; resulta de una evolución, prolongada a lo largo de medio siglo, que ahora nos parece extraordinariamente coherente. Esa trabazón se ha visto favorecida, sin duda, por la presencia desde un principio en el universo literario del autor de un número reducido de elementos sustanciales, y a ella contribuye también el carácter eminentemente reflexivo de quien practicó la crítica y conocía los entresijos de la teoría literaria. Pero hay algo más cuya importancia nunca se ponderará bastante: una absoluta independencia de las modas, las escuelas y, sobre todo, de un público al que por lo general se da en suponer mucho menos perspicaz de lo que en realidad es. El resultado fue un sistema narrativo complejo que impone al lector la aceptación de un pacto exigente y siguió triunfando con Fragmentos de Apocalipsis (1977), La isla de los jacintos cortados (1980), Quizá nos lleve el viento al infinito (1984) y La rosa de los vientos (1985). El que dicha aceptación se produjera, al fin, precisamente en los primeros años 70 del pasado siglo puede explicarse por el curso de la literatura posterior a la guerra civil, pero la personalidad novelística de Torrente sólo cobra sus auténticos perfiles vista en su conjunto.

La saga/fuga de J.B. tuvo éxito desde el mismo momento de su aparición porque vino a colmar las expectativas de aquellos lectores que no se resignaban a aceptar como único pacto narrativo posible la disciplina escasamente gratificante impuesta por la novela experimental. Propone, por el contrario, una mezcla estimulante de imaginación e ironía. Imaginación que produce narratividad y hace atractiva la lectura: a través de los múltiples episodios y personajes de esa saga o leyenda mítica de la capital de una hipotética quinta provincia gallega cuya existencia no reconoce el poder central, el destinatario encuentra respuestas en español peninsular al “horizonte de expectativas” paradójicamente nuevo que habían abierto ante él narradores que vinieron de la otra orilla del Atlántico y fueron encuadrados en el llamado “realismo mágico”.

Y digo “paradójicamente nuevo” porque en definitiva no se trata sino del resurgir del “romance” como fórmula narrativa opuesta a la “novela” en la teoría literaria anglosajona, distinción que ya está a este respecto fijada desde 1785 por Clara Reeve en The Progress of Romance. Añádase a todo lo dicho, en La saga/fuga de J.B., la ironía que, mediante una artificiosa composición a la que hace referencia el título de la obra, ridiculiza las gratuitas complicaciones estructurales de tantas novelas que se nos caían de las manos. Mas la ironía de Torrente tiene, en el conjunto de su obra, una trascendencia mayor sobre lo que es la pura ironía intelectual que también lo caracterizaba como escritor (y en parte, como persona). Me refiero a su percepción sistemática de lo maravilloso en lo real y de lo real en lo maravilloso. Nuestro autor definió en cierta ocasión a su Ferrol natal como “una ciudad lógica en un entorno mágico”, y su afortunada frase mira a ese dualismo que está presente, incluso, en su libro autobiográfico de 1982, entreverado de fantasía, que se titula Dafne y ensueños.

Porque entre los novelistas españoles contemporáneos es difícil encontrar a otro que lo supere en la reivindicación práctica, pero también teórica, del magisterio de Cervantes. Desde el exilio académico José F. Montesinos no se cansó de denunciar que, paradójicamente, después de El Quijote la novela se le había caído literalmente de las manos a nuestra Literatura, ni de estudiar asimismo cómo la gran tradición novelística inglesa había de originarse en el estudio de autores nuestros, fundamentalmente Cervantes y los de la picaresca. Eso mismo es lo que había defendido cien años antes Pérez Galdós en el prólogo a su traducción del Picwick, en el que contrapone la genuina estirpe cervantina de un Charles Dickens a la influencia nefasta del folletín postromántico francés.

Torrente Ballester atinó a reavivar en España esa misma tradición, que es salvoconducto de universalidad y de modernidad. Con ello fortaleció, entre nosotros, las posibilidades de una novela libre, él que en Los cuadernos de un vate vago se confiesa entregado a la experiencia de “la imaginación en libertad”. Una novela en libertad, añado yo, no sometida al imperio de lo real y a la urgencia del documento, ni a la tiranía de la manipulación formalista sin sentido trascendente. Una novela concebida a la vez como juego y como revelación, lúdica y lúcida, que nos descubre paso a paso, placenteramente, nuestra propia naturaleza y la de todo lo que nos rodea.

No hace falta, pues, dárselas de profeta para augurarle larga vida a la novela del escritor gallego si esta fórmula sigue teniendo vigencia para los lectores, como de hecho la ha tenido sin solución de continuidad desde El Ingenioso Hidalgo, cuya segunda parte está ya muy cerca de cumplir también su cuarto centenario.

viernes, 2 de julio de 2010

EN PIE, DIVINA LEGIÓN. Novela de Ramón de España


Álvaro Cortina Madrid
Ramón de España. EL MUNDO
"Estamos rodeados de moralistas que viven como Dios. Estoy harto de pepitos grillos. Los que crecimos detestando la derecha, con la izquierda nos hemos llevado un montón de bofetadas. Ahora la izquierda es inanidad e incompetencia", explica a ELMUNDO.es Ramón de España. Estas palabras tienen una marca generacional, como su última novela, de elocuente título: 'El millonario comunista' (editorial Duomo).
"El tema central es una vuelta de tuerca contra la memoria histórica". Palabra del autor. De España es tierno con sus personajes (quizá porque algo tienen de él) y al mismo tiempo les sacude con saña. Acción: Barcelona, un productor de 'cine de calidad' (o 'cine cultural', o 'cine de autor' si se quiere) llamado Víctor Gálvez de nombre (el millonario del título), quiere rodar una película 'Para la libertad'. Quiere contar su pasado (comunista y falseado) en tiempos de Franco.
"Si ves al señor capitalista del puro de los cuadros de George Grosz, sabes a lo que te expones. Pero la figura del progre antifranquista es la que de verdad me tiene muy harto. Gente que son parte del problema y no de la solución". Gente (insistimos) de la generación de R.d.E.: los viejos heroísmos, las viejas cárceles. "Es que con el pasado a la gente en este país se le ha ido la olla. Ha habido una guerra de esquelas, una memoria histérica más que histórica".
'El millonario comunista' es la novena de las narraciones largas del autor, que la integra en un cuerpo conjunto de sátira nacional, social, de costumbres. "El mío es un humor bastante fatalista, y siempre he tenido a gala reírme de mí mismo también. Pero es una vía (la comedia y la tragicomedia) que sigue una tradición". El autor (también director de cine) cita títulos de Berlanga para confirmar lo dicho. Y, de hecho, su libro manifiesta una cinefilia aguda.
Estamos hablando de una ficción en la que un productor mueve a un director, Dupont, 'de culto' a llevar a escena su memoria histérica particular. Pero se extiende De España a otras gentes y a otros ámbitos. Así, por ejemplo, el periodismo cultural. Óscar Ortiz, el columnista y novelista fracasado tiene un papel central. Él inventa el título del libro y él ataca al pobre Gálvez (pues a pesar de la aversión, le da pena), aunque tampoco él se salva. De España considera que ni él mismo se salva de su befa. Puede ser, miren.
Este proyecto de novelas espera ir derribando (hasta la décima, que cerrará el conjunto) los bolos de toda la tipología social española. Ahora toca a la guerra de esquelas, con un estilo rápido, que se bebe. Y un fondo (personal y generacional) bastante cabreado, que sólo se digiere riendo. O suspirando. Suspiros de España, en fin.