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lunes, 19 de julio de 2010

División Azul


Día 19/07/2010
RECORDABA el sábado, en una espléndida Tercera, el comandante general don Juan Chicharro Ortega a los voluntarios de la División Azul, entre los que se contaron su propio padre y hasta tres tíos suyos, dos de los cuales perecieron en acciones de combate. Tiene razón don Juan Chicharro cuando resalta las virtudes heroicas de aquellos valientes; virtudes que, con frecuencia, llegaron más allá de lo que exigían las ordenanzas militares, hasta hacerse sobrehumanas. En los últimos meses, he leído infinidad de libros sobre la División Azul, quizá la última gran aventura acometida por el genio español; y estoy francamente conmovido por la gallardía de aquellos «guripas», que al ardor en el combate sumaban la magnanimidad hacia el enemigo, llegando a protagonizar episodios ímprobos de abnegación y sacrificio que a cualquier español bien nacido deberían llenar de orgullo.
Aquellos españoles que se alistaron en la División Azul fueron a combatir el régimen comunista soviético, al que consideraban —con razón—responsable de la situación social que había conducido a los españoles a la Guerra Civil; y responsable, sobre todo, de que esa Guerra Civil se prolongase encarnizadamente durante tres años. Apenas encontramos entre los divisionarios españoles signos de adhesión al régimen hitleriano; y, al contrario, enseguida descubrimos la infinita repugnancia que les provoca el trato vejatorio que los conquistadores germanos dispensan a los pueblos sometidos. El divisionario español, por temperamento y por credo, se rebela contra el antisemitismo nazi; y, en su avance a pie hasta el frente confraterniza primero con los polacos (con quienes comparte una misma fe) y después con los rusos, en quienes descubre rasgos de carácter muy semejantes a los españoles. Tales muestras de humanidad fueron reprobadas repetidamente por el mando alemán, al que horrorizaban la indisciplina y el desaseo de las tropas españolas; pero que, llegada la hora del combate, hubo de reconocer que nuestros divisionarios se batían con un denuedo insuperable, como quedó probado en repetidas ocasiones.
En febrero de 1943, con el frente ya rectificado y las tropas alemanas en franco retroceso, la División Azul hubo de hacer frente a un enemigo infinitamente superior que pugnaba por arrebatar el control de la línea férrea que conducía a la ciudad de Leningrado. En la batalla de Krasny Bor (la más cruenta librada por los divisionarios, y tal vez la más cruenta librada por tropas españolas en todo el siglo XX, con excepción de la batalla del Ebro) murieron más de dos mil españoles; y varios centenares cayeron en manos del Ejército Rojo, inciando así un calvario que se prolongaría durante más de diez años por los pavorosos campos de prisioneros estalinistas. De aquella aventura en los límites de la resistencia humana rindió cuenta un director de este periódico, Torcuato Luca de Tena, en un libro magistral y emocionante, Embajador en el infierno, donde narra las penurias soportadas por aquellos héroes, comandados por el capitán Palacios, que a su regreso a España sería condecorado con la Laureada. Invito a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan a leer este libro grandioso, que acaba de ser reeditado por Homo Legens: es una forma humilde de honrar a aquellos compatriotas generosos e inolvidables, orgullo de cualquier español bien nacido.

sábado, 17 de julio de 2010

La División española de voluntarios en Rusia


Día 17/07/2010
Tercera de ABC

Leo con gran satisfacción que el Ministerio de Defensa afirma que los hechos que protagonizaron un elevado número de españoles durante la segunda guerra mundial, encuadrados en lo que se conoció como la División Azul, tendrán cabida honrosa en el nuevo Museo del Ejército que se va a instalar en el Alcázar de Toledo. Es obvio que se podrá estar de acuerdo o no con los ideales que empujaron a tantos jóvenes a luchar allí, pero no lo hubiera sido el no reconocer la valentía y arrojo con el que lucharon en una de las epopeyas más grandes de la historia de España y de nuestro Ejército. También lo fue la que personificaron tantos otros en bandos contrarios. Todos eran españoles y todos lucharon y murieron por sus ideales y todosdeben ser recordados. Es la historia de nuestro Ejército con sus luces y sus sombras observadas éstas desde la perspectiva que cada uno quiera tomar, pero con el común denominador de la nobleza en la defensa de sus creencias. Escribo estas líneas, empujado por el impulso sentido ante las noticias que hablaban de la posible no presencia de la División Azul en el nuevo Museo del Ejército.
Mi padre, Juan y otros tres hermanos José, Luis y Antonio Chicharro Lamamié de Clairac se alistaron en 1941 en la División Azul para ir a luchar en defensa de sus ideales contra lo que entonces era la Rusia soviética de Stalin. Dos de ellos, Luis y Antonio, allí quedaron para siempre sumándose a otros dos hermanos que ya habían caído en la guerra de España; el primero de ellos, Luis, piloto de la denominada Escuadrilla Azul, falleció en combate aéreo, y el segundo, Antonio, soldado de la Cia. antitanques divisionaria, en combate cuerpo a cuerpo con fuerzas muy superiores en la defensa de la posición de Urdanik. Los otros dos, Juan y José, continuaron a la finalización de la campaña en el Ejército alcanzando ambos el Generalato. José fue General de División y mi padre Juan fue ascendido al final de su vida a General honorario precisamente por hechos acaecidos en la campaña de Rusia como bien glosó en el momento de imponerle la faja de General el entonces Jefe del Estado Mayor del Ejército, teniente general Pardo de Santayana.
De los dos supervivientes conocí de primera mano la dureza de los combates que allí libró la División Azul ante fuerzas muy superiores en número, que no en calidad; en unas circunstancias difícilmente imaginables.
Los hombres de la División colocaron el nombre de las armas españolas en un lugar sin parangón cercano a la gloria. No me estoy inventando nada. La bibliografía sobre estos hechos es enorme y no sólo la española afín, sino la que puede leerse de numerosos historiadores extranjeros.
Allí murieron en combate 5.000 españoles y más de 17.000 resultaron heridos. Estos son hechos irrefutables que de ningún modo pueden quedar en el olvido.
Pero hay más. Y es algo a lo que quiero referirme, pues es necesario que se sepa, que al igual que sucede ahora cuando son fuerzas españolas las que combaten o participan en operaciones en el exterior, la particular idiosincrasia del soldado español hace que su fiereza en el combate presente una faceta excepcionalmente humanitaria cuando del trato con la población civil o prisioneros se trate. En el frente de la División Azul fueron numerosísimos los prisioneros hechos al enemigo, quienes una vez en poder de los españoles supieron lo que es el trato digno al enemigo vencido; hasta el punto que es bien sabido que el mando alemán reprobó en numerosas ocasiones al mando español por las atenciones habidas con el prisionero ruso.
Y es en este contexto cuando quiero relatar que mi padre, retirado ya del Ejército, en los últimos años de su vida y siendo Presidente de la Hermandad de la División Azul, no tuvo otra obsesión que volver a la tierra donde luchó cuando tenía 17 años para encontrar los cuerpos de sus dos hermanos fallecidos en combate y darles sepultura. Volvió allí 53 años después y en su recorrido por lo que fue el frente de la División Azul tuvo la fortuna de reencontrarse con los ya ancianos rusos que conoció durante la época de la contienda, no sólo con los que se encontraban entonces en el territorio ocupado sino también con aquéllos con quienes combatió frente a frente y a los que Stalin no permitió su regreso a sus lugares de origen 53 años después; los entonces enemigos se encontraron cara a cara.
¿Qué sucedió? Pues simplemente que la confraternización fue la tónica normal . Hay vídeos que tengo en mi poder de estas «xuntanzas» de viejos combatientes —rusos y españoles— que se enfrentaron 53 años atrás con extremada crudeza pero que sabedores de la locura de lo que fue aquéllo estaban dispuestos a todo porque no se repitiera más. Menuda lección para la nuevas generaciones y en especial para aquéllos que no conocen lo que es la guerra y sus efectos.
¿ Puede alguien pensar que hechos así podrían haberse dado de no haber sido los entonces divisionarios, amén de los mejores guerreros, un ejemplo de nobleza y caballerosidad?
No, no merecen estos hombres que su gesta sea obviada y es por éso que leí con gran alegría la falsedad de las noticias que hablaban que el Museo del Ejército les podía olvidar.
En cualquier caso, yo, responsable de la preparación moral de mis hombres, no dejaré nunca, cuando de autoestimularme se refiera, de recordar al General Muñoz Grandes cuando, con temperaturas gélidas y despreciando los tiros, se acercaba a los llamados «guripas» para charlar con ellos y compartir cigarrillos; no dejaré nunca, cuando de implementar liderazgo entre mis capitanes se refiera, de recordar al Capitán Ordás, que al mando de su compañía atravesó las aguas heladas del río Ilmen con 200 hombres para acudir en socorro de una posición alemana aislada; no dejaré nunca, cuando de animar al heroísmo se trate entre mis tenientes, de recordar al Teniente Galiana Garmilla, quien con desprecio de su vida cruzó las líneas soviéticas en apoyo de unidades españolas sitiadas; no dejaré nunca, cuando de animar al sacrificio y al cumplimiento de las órdenes recibidas se refiera entre mis suboficiales y soldados, de recordar las penalidades de un sinfín de defensas numantinas cuerpo a cuerpo a más de 40º bajo cero que soportaron con estoicismo legendario.
Las ideas son discutibles y opinables —faltaría más— pero el heroísmo, el sacrificio, la valentía, el honor y tantas otras virtudes militares que allí se derrocharon son de TODOS. Sí, ya sé por qué escribo estas líneas; me lo está pidiendo mi padre desde el cielo.
JUAN CHICHARRO ORTEGA ES COMANDANTE GENERAL DE LA INFANTERÍA DE MARINA