miércoles, 20 de julio de 2011

Reseña de La cocina cristiana de Occidente de Álvaro Cunqueiro en Diario de Sevilla


Arte de los fogones 

Manuel Gregorio González 

Centenario de Álvaro Cunqueiro. Cuando se cumplen cien años de su nacimiento y 30 de su muerte, la Biblioteca Castro y Tusquests reeditan sus grandes obras. El escritor de Mondoñedo (Lugo), dueño de una prosa de gran singularidad, destacó por el carácter alegre de su imaginación.


El escritor gallego, en una de las tabernas de típicas de la zona.
 
La cocina cristiana de Occidente. Álvaro Cunqueiro. Tusquets Editores. Barcelona, 2011. 288 páginas. 9,95 euros.

Puesta aparte la marquesa de Parabere, hija de un cónsul frances, son pocos los autores españoles que se han dedicado al asunto de los fogones, a la literatura coquinaria, y en suma, a la glosa gastronómica de las cocinas patrias. Si exceptuamos a Pla y su Cuadern gris, al Julio Camba de La casa de Lúculo, a los saberes periodísticos de Nestor Luján y Xabier Domingo, más la erudición melancólica de Pepe Carvalho, el personaje de Montalbán, que arrojaba sus libros predilectos a la chimenea de Vallvidrera, alta ya la madrugada, mientras descorchaba botellas de un blanco helado... Si exceptuamos esta sucinta nómina de escritores, repito, sólo nos queda la limpia magistratura de Cunqueiro; magisterio que no se ciñe únicamente a la escrupulosa ciencia de las marmitas, sino que debe su más noble primacía a la prosa excepcional, de una alegría nostálgica, pregnante y erudita, que el autor mindoniense desplegó en cada uno de los textos (y fueron muchos), que dedicó al noble arte de comer, asunto éste que ya en sus días Cunqueiro creyó en peligro, a consecuencia de la industrialización y robotización que entonces asomaban su esplendor metálico, allá por los 60.


Sea como fuere, en La cocina cristiana de Occidente, libro capital de las letras cunquerianas, lo que se recoge no es, en ningún caso, un simple vademécum de recetas, hoy tan al uso, sino el vasto precipitado histórico: hombres y armas, leyes y costumbres, las invenciones y los sueños de una hora del mundo, en el que el hombre dio lo mejor de sí ante la mesa y los manteles. Al contrario que el Carvalho de Montalban, que había heredado del Romanticismo aquella dolorosa escisión entre vida y cultura que abrumó a Baudelaire (Carvalho, preparando un arroz con bogavante mientras arroja al fuego algún volumen de Gramsci), en la escritura gastronómica de Cunqueiro lo que se expresa, lo que se data, lo que se celebra cordialmente, es la superabundancia vital y cultural que la cocina resume, quizá como ninguna otra de las artes humanas. En la cocina, dice Álvaro Cunqueiro al comenzar de este libro, el hombre civilizado "puso más imaginación que en el amor, o que en la guerra". Y es esta íntima relación entre la cultura y los fogones, tan obvia por otra parte, la que fundamenta estas estampas y divagaciones, de altísima invención literaria, y donde al Calvados que bebió Chateubriand, errante por las landas de Bretaña, cuyas soledades acogieron a los conjurados legitimistas en los días de la Revolución, venía a unírsele el Malvasía de Chipre, al que fueron tan aficionados los señores de la Sublime Puerta, o el barrilito de ostras que el doctor Johnson, formidable polemista del XVIII, se embaulaba por las tabernas de Londres mientras discutía sobre libre albedrío y denigraba a los escoceses (su propio biógrafo y amigo, James Boswell, era nativo de Edimburgo, lo cual nunca le impidió despreciar en público a los compatriotas de William Wallace). 

 En fin, en Cunqueiro está, sobre el impulso gastronómico, sobre la curiosidad y la gula, la necesidad de contar la inagotable invención humana. En alguno de sus artículos se definió con las tres ces, carnívoro, cartesiano y católico, que señalan ya la idea de Europa, de sus saberes y logros, en la que militó este excelente escritor imaginativo, que se encuentra entre los grandes del XX. Para Cunqueiro, la cocina era y es la más singular de las artes civilizatorias, y la expresión palpable, comestible, aromada, sutil, de una cultura y un siglo. En su artíulo De gorros de cocinero, hablando de Carême, cocinero de Talleyrand, cuenta que aquél no quiso quitarse el gorro ante Alejandro de Rusia. Y el Zar, preguntando quién era aquel insolente, fue respondido de inmediato por el embajador de Francia: "¡La cocina, majestad!". A lo que Cunqueiro añade más abajo: "Sí, era toda la cocina; en aquella cabeza racionalista y neoclásica estaba el Cosmos, el buen orden". Así, en el Chateauneuf-du-Pape, en un pollo Villeroy, en la honesta cochura de una empanada de lamprea, en las especiadas sopas de la Hansa, aptas para la marinería hiperbórea, lo que Cunqueiro adivina no es tanto la perfección de un plato, y su necesaria ejecución conforme a lo debido, como la cantidad de ingenio, de voluntad, de alegre fantasía, que el hombre puso al ordenar y aprovechar las ruinas de este viejo Paraíso Original, ganado ya por la melancolía.

Nuevo nº de Altar Mayor


Correspondiente a los meses de Julio y Agosto, acaba de ver la luz el nº 142 de la Revista Altar Mayor editada por la Hermandad del Valle de los Caídos.
Bajo la dirección de Emílio Álvarez Frías, el nuevo número incluye un editorial del director ("Los indignados") y un escogido elenco de firmas destacadas como las del historiador asturiano José María García de Tuñón ("La melancolía de María Teresa León"), del periodista José Javier Esparza ("Teoría del fútbol"), del montañista César Pérez de Tudela ("La Guardía Civil de la montaña") o de Francisco Caballero ("Anecdorario del Cara al Sol").
Los interesados en recibir un ejemplar pueden solicitarlo a secretaria@hermandaddelvalle.org

martes, 19 de julio de 2011

18 reflexiones de Julio. Por Romualdo Maestre (ABC de Sevilla, 18-7-11)

Una. Los nacidos en el tardofranquismo de los años 60 recibimos más lecciones de amor a España que de rencor. Dos. Nos enseñaron, de forma muy superficial, el pensamiento de José Antonio Primo de Rivera, pero también que había socialistas como Indalecio Prieto que amaban con todo su corazón a España porque no le gustaba. Tres. En aquella época ya empezaban a diluirse los blancos y los negros en una serie matizada de grises, donde ni todos eran facinerosos sedientos de sangre ni por el contrario angelitos de la caridad con fines humanistas (que cada uno arrime su bando al ascua que más le convenga). Cuatro. La Guerra Civil, por tanto, para mi generación, acabó en tablas, los perdedores fueron todos los españoles enfrentados en una lucha fratricida y los vencedores los que querían olvidar a toda costa las barbaridades cometidas en las dos mitades.Cinco. El desarrollismo económico propiciaba el cultivo de forma espontánea de la desmemoria histórica. Los españoles estaban más preocupados por las primeras televisiones a color o por el nuevo modelo de simca mil, que por los últimos análisis de la batalla del Ebro. Seis. La transición democrática fue el principio del punto y final, el entierro por tiempo indefinido del hacha de guerra, el perdón definitivo entre dos enemigos irreconciliables. Ya no se haría bandera de los desmanes del contrario. Siete. Nadie se opuso a que los familiares desenterraran a sus muertos de las cunetas para darles la digna sepultura que consideraran oportuna. Ocho. Por mucho esfuerzo que se quiso hacer de pasar capítulo, los hechos seguían estando muy cerca y la pasión difícil de olvidar. El cine y la literatura se encargaron de explotar este filón. Nueve. Desafortunadamente, la izquierda vio esto como una oportunidad para reescribir la historia. Lo hizo de forma sectaria. Contando medias verdades y callando lo que le interesaba. Diez. Era lo mismo que había hecho el régimen anterior pero con una propaganda más sibilina. Once. Lo más curioso es que esto tuvo más predicamento en los nietos que en los mismos protagonistas supervivientes. Doce. Enseguida el PSOE de Zapatero lo explotó como ariete contra la derecha, creía que podía ser una buena estrategia para que no se hablara de otros temas más cruciales, como la crisis. Trece. El PP no ha entrado al trapo con el tema. Están en otra onda. Catorce. El hartazgo de los buenos buenísmos de los republicanos y los malos malísimos del bando nacional, puede crear justo el efecto contrario. Quince. Empieza a darse un caldo de cultivo muy apropiado para una extrema derecha. Dieciséis. Ésta no perjudica al centro sino que roba votos por la izquierda, entre las capas más desfavorecidas. Diecisiete. Si tienen alguna duda, que miren a Europa. Dieciocho. Constato que a nuestros hijos, los bisnietos por fin de la Guerra Civil, les importa ésta lo mismo que a nosotros las contiendas carlistas, una higa.


lunes, 18 de julio de 2011

Noticias de la Guerra III

LA AMETRALLA AMETRALLADORA (1937-1939)

La importancia de La Ametralladora en el sector de la prensa española de humor no se debe tanto a su duración en el mercado como a su condición de fermento del que después habría de transformarse en el semanario humorístico más significativo de su siglo: La Codorniz.
La Ametralladora pertenece al grupo de publicaciones bélicas aparecidas durante la guerra civil, cuyo propósito, en principio, era denigrar al máximo al bando contrario. Por eso se subtituló "Semanario de los Soldados".
Nació el 25 de enero de 1937 en Salamanca, editada por la Delegación del Estado para Prensa y Propaganda de la zona nacionalista, con el nombre de La Trinchera, pero al coincidir el nombre con otra del bando opuesto, cambió a La Ametralladora a partir del tercer número. Desapareció el 21 de mayo de 1939.
LADORA (1937-1939)

La importancia de La Ametralladora en el sector de la prensa española de humor no se debe tanto a su duración en el mercado como a su condición de fermento del que después habría de transformarse en el semanario humorístico más significativo de su siglo: La Codorniz.
La Ametralladora pertenece al grupo de publicaciones bélicas aparecidas durante la guerra civil, cuyo propósito, en principio, era denigrar al máximo al bando contrario. Por eso se subtituló "Semanario de los Soldados".
Nació el 25 de enero de 1937 en Salamanca, editada por la Delegación del Estado para Prensa y Propaganda de la zona nacionalista, con el nombre de La Trinchera, pero al coincidir el nombre con otra del bando opuesto, cambió a La Ametralladora a partir del tercer número. Desapareció el 21 de mayo de 1939.
Los primeros números constaban de 8 páginas, pero pasaron sucesivamente a 16 y luego a 20 a partir del vigésimo noveno. Su formato era de 42,5 x 28 (gran folio) y se vendió a 15 céntimos y después a 25, siendo gratis para los soldados. Portada y contraportada estaban ilustradas a color, a cuatro tintas.
En sus comienzos no se distinguió de otras publicaciones del género belicopropagandístico: agresiones exageradas a lo dañino, fétido y viscoso del enemigo, loas a la bandera, himnos, canciones y proclamas de Franco, propaganda de los triunfos propios, etcétera.
Miguel Mihura, nuevo director de La Ametralladora
Pero a partir del mes de noviembre del 37 pasa a dirigirla Miguel Mihura y se produce un cambio fundamental: el humor agresivo e insultante empieza a ceder paso a ese otro humorismo nuevo de irradiación vanguardista que ya había tenido un antecedente con Ramón Gómez de la Serna, Jardiel Poncela, Edgar Neville, Tono y el propio Mihura en semanarios como Buen Humor y Gutiérrez.
Además los tres últimos serán puntales de La Ametralladora, a los que se agregarán Enrique Herreros y un jovencísimo Álvaro de Laiglesia.
Progresivamente se va implantando un humor blanco, insospechado en una revista de ese cariz, hasta el punto de que en el verano de 1938 alguna autoridad denuncia que "ciertas secciones en el periódico de los combatientes van a deformar, no sólo el gusto moral de nuestros soldados, sino toda su psicología honrada y simple" .
Aparecen las famosas "tonerías" o cosas de Tono que también inicia sus "fotos con pie" en las que el texto contrasta con la imagen por absurdo; surgen los cuentos idiotas de Mihura, los teatritos y dramas despendolados, los sonetos del Vate Pérez (Edgar Neville), las "bonitas canciones de La Ametralladora"(en las que la letra sirve de pie a fotografías incongruentes elegidas con mucha inteligencia, y que luego emigrarán a La Codorniz), y algunas columnas como "Las charlas de doña Merenguitos", que se trasplantarán al Don Venerando de Ángeles Villarta (1953).

Noticias sobre la Guerra II

Continuando con la serie sobre la contienda fratricida, encontramos este artículo en La Razón firmado por Oscar González.

 La guerra, al fin
Castillo mató a Sáenz de Heredia. El teniente de la Guardia de Asalto es asesinado después. Y en venganza, la siguiente muerte es la de Calvo Sotelo. Es el principio del desastre

La guerra, al fin
17 Julio 11 - - 
Óscar GONZÁLEZ
Viene bien meditar las palabras de Paul Valéry: «…Ha llegado el día en el que la civilización aplasta al civilizado; ella misma se derrumba allí donde la inteligencia engendra estupidez y también brutalidad». El poeta francés habla de la guerra, de todas las guerras, también de la nuestra, aquella que con inusitada rabia se desató entre hermanos en 1936, conduciéndonos hacia el «abismo de nuestras miserias».
Calvo-Sotelo
La violencia vivida tras las elecciones desembocó en el asesinato de José Calvo Sotelo, el 13 de julio de 1936. Asesinato del líder de la oposición, amenazado por políticos, a manos de guardias de asalto y guardias civiles; algo que horrorizó a la opinión pública mucho más que cualquier otro asesinato ocurrido desde febrero.
Pero, ¿dónde comenzó la «espiral» de odio? ¿Dónde ubicar el principio de la brutalidad y el fin de la inteligencia? La calle tuvo la palabra, al ritmo de la agitación de unos y otros («aúllan y piden sangre los hunos y los hotros», lamentará amargamente Unamuno). Horas antes del brutal magnicidio, la noche del 12 de julio, había sido asesinado José Castillo, teniente de la Guardia de Asalto e instructor de milicias socialistas. Pero, ¿por qué Castillo? Según parece, el 16 de abril había intervenido durante el entierro de Anastasio de los Reyes, alférez de la Guardia Civil, fallecido dos días antes en un tiroteo durante la celebración del 5º Aniversario de la República. Los guardias de asalto dirigidos por Castillo se enfrentaron a la comitiva fúnebre, que pretendía pasar por delante del Congreso. Aquél disparó su arma, matando al falangista Andrés Sáenz de Heredia, primo de José Antonio Primo de Rivera.
Teniente Castillo
Castillo quedaba así fatalmente señalado.
La noticia del asesinato del teniente recorrió Madrid. Sus compañeros, la mayoría pertenecientes a la izquierdista UMRA (Unión Militar Republicana Antifascista), acudieron a la capilla ardiente con un solo pensamiento: venganza. Decidieron asesinar a un líder de la derecha. La muerte de Calvo Sotelo ejerció de catalizador, aceleró los preparativos del golpe y limó (serias) diferencias entre sus participantes. Las disputas y divergencias políticas y militares se desvanecieron entre los partidarios de la conspiración.
Franco cambia de parecer
Así, Franco decidió lanzarse a la acción. El 23 de junio había escrito una carta a Casares Quiroga manifestándole su preocupación por el ambiente reinante y, de manera implícita, recordándole que como primer ministro tenía el inexcusable deber de hacer cumplir la ley. Todavía el 14 de julio, Franco seguía negándose a participar en la insurrección. Cambió de parecer 24 horas después.
A su vez, tras la muerte del diputado monárquico, Mola llegó a un acuerdo con los carlistas navarros. Es evidente que éstos serían una inmejorable fuerza de choque durante las primeras horas del levantamiento.
Manuel Fal-Conde
Pero las negociaciones con los carlistas, a través de Manuel Fal Conde, secretario general de Comunión Tradicionalista, habían sido especialmente tensas y difíciles, hasta tal punto que antes del 13 de julio estaban abocadas al fracaso, ya que los tradicionalistas jamás iban a aceptar luchar bajo la bandera republicana ni una dictadura posterior que abogará por la separación Iglesia-Estado (algo esencial en el programa de Mola). Tanta era la divergencia, que Javier Lizarza, jefe del Requeté navarro, cursó el 12 de julio la orden de no secundar ningún movimiento «que no fuera exclusivamente nuestro».
Sólo el 15 de julio ordenó la Junta Suprema Carlista sumarse a la rebelión militar, y no sin exigir condiciones. Las relaciones con la Falange fueron más sencillas, aunque a finales de junio, desde la cárcel de Alicante, José Antonio Primo de Rivera recomendaba a sus seguidores estar atentos pero sin fiarse de quienes les invitaran a conspirar, aunque fueran militares, pues «los proyectos políticos de los militares no suelen estar adornados por el acierto».
Los apoyos de última hora no ocultan las enormes dificultades de Mola para aunar voluntades en torno a la conspiración: falangistas, tradicionalistas, miembros de la UME (Unión Militar Española), republicanos decepcionados, conservadores católicos que asistían con inquietud y pánico a la violencia desplegada por la izquierda revolucionaria y a la pasividad del Gobierno, en manos de republicanos jacobinos.
Mola sabía que el golpe conllevaría un enfrentamiento armado de grandes dimensiones porque los múltiples contactos mantenidos le habían convencido de que el pronunciamiento no triunfaría sólo con la actuación del ejército; además, éste distaba mucho de estar unido. El «Director» encontró muy pocos apoyos entre los generales de División. De las ochos divisiones orgánicas, tan sólo la 5ª, mandada por el general Miguel Cabanellas –republicano convencido, al igual que Mola–, se adhirió de manera decidida al proyecto golpista.
Casares Quiroga reacciona
Además, Mola era consciente de su fracaso en el intento de reagrupar bajo un mismo proyecto republicano a las diferentes fuerzas cívico-militares. Su pesimismo se percibía en sus últimas instrucciones y, especialmente, en una carta dirigida a Fal Conde el 9 de julio.
Casares Quiroga estaba al tanto del «ruido de sables». Percibió la extensión y las debilidades de la conspiración, especialmente la falta de apoyos en las principales ciudades, Madrid, Sevilla, Barcelona y Valencia. Casares se aseguró la lealtad de los mandos superiores de las guarniciones y de los cuerpos de orden público. La actuación de éstos fue determinante en las ciudades donde el golpe fracasó. Pero el político gallego se confió, creyendo siempre que acabaría con la conspiración igual que se frustró la «Sanjurjada» de agosto de 1932. Nada más lejos de la realidad.
Aquel 14 de julio, Mola decide no demorar más el golpe y cursa órdenes para que los levantamientos se escalonen entre los días 18, 19 y 20 del mismo mes. En las cabeceras de división y en las ciudades con guarnición se declarará el estado de guerra y desde ese momento la autoridad superior será la militar.
Entre las cuatro y las cinco de la tarde del día 17, en Melilla, el coronel Darío Gazapo desencadena el golpe de manera fortuita. Una vez neutralizada la resistencia, los sublevados cablegrafían a Franco, que responde apelando a la «fe ciega en el triunfo», despidiéndose con un «Viva España con honor». Marruecos, Canarias, Sevilla, Zaragoza, Burgos, Valladolid y Pamplona, entre otras, se unen a la sublevación «republicana» orquestada por Mola (la bandera monárquica sólo ondeó en Pamplona y Burgos). Casares es superado por los acontecimientos y Martínez Barrio telefonea a Mola para conseguir su fidelidad a la República. La respuesta del militar fue firme: «Ni ás abrazos de Vergara ni más pactos de Zanjón». La Guerra Civil había comenzado.


Autopsia de Calvo Sotelo
El asesinato de José Calvo Sotelo

El líder de los monárquicos, ante el avance del socialismo revolucionario y el declive de la figura de Gil Robles y la CEDA, se enfrentó y conspiró contra la República, defendiendo una suerte de tradicionalismo monárquico semejante al carlista. Tras el asesinato del teniente Castillo, será secuestrado y asesinado a la  1,30 horas del 13 de julio, cuando era conducido al cuartel de Pontejos por Fernando Condés, al mando de un grupo de guardias civiles y guardias de asalto.
Fernando Condés
Dos tiros en la nuca disparados por Luis Cuenca, escolta de Indalecio Prieto, acabaron con su vida. También Condés gozaba de la confianza del líder socialista.

Noticias sobre la Guerra I

Dada la efemérides, subimos a este blog algunos artículos y anotaciones sobre la Guerra Civil Española.
Comenzamos por este texto de Jordi Gracia en El País reseñando el libro:    
"Modernismo y fascismo. La sensación de comienzo bajo Mussolini y Hitler". Roger Griffin.

La modernidad del fascismo

JORDI GRACIA 09/07/2011
El movimiento moderno nutrió las primeras expresiones del fascismo en Europa, según el lúcido y documentado estudio de Roger Griffin
Algunos libros contienen en su interior una auténtica bomba de relojería. La que quiero desentrañar tiene su origen veinte años atrás, cuando en 1991 aparecía un libro de Roger Griffin titulado The Nature of Fascism (todavía no traducido). Con atrevimiento proponía una lectura fecunda y matizada del fenómeno fascista como ideología y movimiento moderno, en particular en Italia y Alemania. En 2007 la bomba de relojería se ha hecho definitivamente letal en un nuevo y superior libro del mismo Roger Griffin y con un título ya directamente delictivo: Modernism and Fascism. The Sense of a Beginning under Mussolini and Hitler, bien traducido por Jaime Blasco Castiñeyra en Akal (con alguna decisión discutible) y en la colección que dirige Elena Hernández Sandoica.


 Giménez Caballero y José Antonio, Dionisio Ridruejo y Sánchez Mazas emiten destellos distintos enfocados así
Es un formidable trabajo académico, de ambición, densidad y precisión conceptual infrecuentísima, tanto en España como fuera de España. Aquí me conformo con reflexionar en voz alta sobre las consecuencias implícitas que para los estudios sobre la cultura española fascista prefranquista y franquista puede tener la apelación a la modernidad alternativa que vertebra el libro completo. Por decirlo de acuerdo con la interpretación sinóptica que prefiere el autor: se trata de comprender el modernismo también como respuesta integral a la sensación de decadencia o anomia propia de la Modernidad (al menos entre 1850 y 1945) y por tanto el fascismo como respuesta movilizadora y de futuro, no sólo o ni siquiera reaccionaria o conservadora, frente a esa misma experiencia de crisis y tiempos degradados.
El argumentario teórico es necesariamente rico porque está concebido desde lo que el autor llama una "narratividad reflexiva" cuya base es la propuesta de discusión y ensamblaje, de mezcla y selección de las aportaciones teóricas y políticas clásicas y recientes. Por eso el recorrido del libro siempre está pautado por la mejor y más convincente literatura académica sobre modernismo, modernidad y fascismo, desde Frank Kermode a Enzo Traverso, desde George Mosse a Emilio Gentile, aunque nunca desestime las fuentes primarias. Pero el uso de ellas es especialmente inteligente, selectivo y desprejuiciado: las microbiografías se alternan con la perspectiva macro y no relata cada paso de la fascinación nazi de Jünger o de Albert Speer sino los momentos conceptualmente cruciales para su argumentación. Tampoco aducirá toda la oratoria de Hitler o Mussolini, pero sí aquellos momentos decisivos para comprender los pivotes éticos, estéticos, ideológicos y políticos de cada uno de ellos.
Se lee ese material de arte, ideología o política a la luz de una noción de modernismo mucho más fiel a la entidad revolucionaria y visionaria, incluso mitopoética y antropológica del fenómeno. Es tan vasto como capaz de arrastrar a multitudes de ciudadanos de Italia y Alemania, a menudo formados, cultos y con plena buena conciencia sobre el acierto de su opción modernista por el fascismo: reparaban así el mal moderno (la Modernidad), su falta de orden metafísico, su enfangamiento nihilista y su subversión radical de los valores tras Nietzsche, Freud, el futurismo de Marinetti o el mismísimo Baudelaire, que también sale.
Es fácil deducir que el libro es una fiesta incesante y de vasto alcance interpretativo y hasta metodológico (en favor de la aptitud de la historiografía para las interpretaciones de síntesis y multidisciplinares). Se nutre de un manejo exhaustivo y brillante de las obras ajenas de los últimos veinte años sobre los repuntes esotéricos o el movimiento moderno de la arquitectura, la música popular o el jazz, desde la alta literatura modernista de Kafka, Hermann Broch o Walter Benjamin o el filonazismo de Ernst Jünger y Heidegger hasta la identificación más intuitiva pero indispensable de los distintos arquetipos psicosociales. Todo actúa complementariamente en la demolición refundadora a la que aspira el fascismo como promesa modernista de futuro multitudinariamente jaleada en la Europa de entreguerras.
Para el lector que piense en España mientras lee sobre Alemania e Italia, la fertilidad del enfoque es incuestionable y viene a ser algo así como la cristalización conceptual de lo que buena parte de la nueva historiografía (y parte de la anterior) viene haciendo desde hace años: releer las relaciones entre modernismo (en el sentido continental, es decir, nuestro modernismo más las vanguardias) y fascismo como producto de la modernidad. Esto es, revisar sin incurrir en revisionismo tarado alguno. La pulsión humana que confía en una redención total tiene que ver con la dimensión afectiva y emocional, pero también ética e ideológica de quienes aspiraron a difundir un nuevo hombre y un nuevo tiempo. Así se trascendía el sentimiento de final de época que estaba viviendo la Europa de entreguerras, primero con el cataclismo de la Primera Guerra Mundial y después con el crash de 1929. Nuestros Giménez Caballero y José Antonio, nuestros Dionisio Ridruejo y Sánchez Mazas emiten destellos distintos enfocados así, aunque sigan siendo eminencias muy débiles del fascismo europeo y ninguno de ellos emparentable (con la excepción de Giménez Caballero) a la vocación mesiánica y redentorista que incubó el fascismo como motor modernista de superación de la crisis de la Modernidad.
Modernismo y fascismo. La sensación de comienzo bajo Mussolini y Hitler. Roger Griffin. Prólogo de Stanley G. Payne. Traducción de Jaime Blasco Castiñeyra. Akal. Madrid, 2010. 567 páginas. 55 euros.

viernes, 15 de julio de 2011

A Facundo Cabral In Memoriam

Como homenaje al asesinado poeta argentino Facundo Cabral, reproducimos el siguiente artículo de Josele Sánchez.
Josele Sánchez es Licenciado en Periodismo, Licenciado en Ciencias Empresariales, Máster en Dirección de Empresas por la Universidad Politécnica de Madrid y Máster en Marketing Farmacéutico por EADA Business School.  Autor de la novela "La Consagración de la Primavera" ha publicado poesía "Llanto de Juventud", "Hijo de la luna", "Desde tu lucero", "72 horas sin tí" y "Copa, café y puro" También es autor de un cuento infantil "El País donde no existía el cielo" y del libro de ensayo "Marketing de Tercera Vía". Fue ganador del concurso literario Fuerzas Armadas por su obra "Viva la muerte". Ha publicado cerca de trescientos artículos, siendo colaborador habitual de medios de comunicación de España y América Latina. Articulista políticamente "incorrecto", defensor de una alternativa "altermundista" y de ruptura con el neoliberalismo.


A facundo Cabral “in memoriam”
“El día que yo me muera
no habrá que usar la balanza
pues pa velar a un cantor
con una vida honda alcanza”
(Facundo Cabral)
Descubrí a Facundo Cabral hace muchos años, a finales de los setenta cuando adolescente. Frecuentaba, entonces, las tertulias literarias de los viernes a la noche en los bajos llenos de humo y de sueños de la vieja Cervecería Madrid de Valencia hoy reconvertida en pub de pijos a los que con sólo mirarlos uno sabe a quién votan. La Tertulia se llamaba “La ballena Alegre” rememorando la que disfrutaba el Madrid de la preguerra con Agustín de Foxá, Sánchez Mazas, Giménez Caballero y José Antonio. En las mesas de madera repletas de versos grabados a navaja aprendí quién era Benedtti, y Neruda, conocí los versos de López Gradolí, los de Darío Cervera, los de Antonio Carlos González, los de Miguel Argaya, los de Eduardo López Pascual cuya amistad, desde entonces, me ha acompañado. Allí recitábamos al Federico del “Romacero Gitano” y al otro Federico de “Poeta en Nueva York”, a Alberti, a Gil de Biedma, a los dos Machados, a Luys Santamarina y a José Hierro. Allí, en esas reuniones de jóvenes hambrientos de poesía y de ansias por cambiar el mundo que siempre terminaban a altas horas de la madrugada con excesos de optimismo y de mistela en el cuerpo, junto a camaradas entonces inseparables y de los que el tiempo trajo la nada… Salvador Mauri, Pablo Fernández, Manolo Bleda, Eva de la Asunción (probablemente la primera mujer de la que me enamoré y con la que soñaba un día poder casarme) y otros tantos tuve la ocasión de escuchar, por vez primera a Facundo Cabral. Creo que fue el bueno de Vicente Martínez Parra quien trajo una cinta que nos hizo escuchar en un viejo cassette, de esos que se colgaban en bandolera, la grabación de un programa de radio que creo recordar que se titulaba “Jazmines en el ojal” y en el que otro de los grandes, Alberto Cortés, repasaba los mejores cantautores en español. Así conocía a Facundo Cabaral con su poema- canción “El Ferrocarril”. Contaba Cabral que se dedicó a la música tras conocer a Simón, un vagabundo que le recitó el Sermón de la Montaña y le demostró la existencia de Dios. Después de aquella noche recuerdo que en otros tantos viernes de tertulias literarias acabábamos cantando abrazados y haciendo eses al caminar por las mágicas calles del Barrio del Carmen los versos de Cabrál “No soy de aquí ni soy de allá no tengo edad ni porvenir y ser feliz es mi color de identidad” y cuando conseguía que fuera Eva quien andaba cantando a mi lado, tan borracha de alcohol y de utopías como yo, creía tocar el mismo cielo con mis manos. Cabral era un tipo único, un poeta espiritual de versos soeces y callejeros, un cantor heredero de Jorge Cafrune, de José Larralde y de Atahualpa Yupanqui, el auténtico bardo ajeno a la comercialización y a los convencionalismos. Ayer lo mataron en una Guatemala en plenos comicios electorales y todo parece indicar que se trata de un golpe de efecto de la ultraderecha que ve cómo la izquierda transformadora va ganando, uno tras otro, todos los combates electorales de América Latina. Tan sólo estas líneas como gratitud a Facundo Cabral y como homenaje.  

lunes, 11 de julio de 2011

LOS DEBATES DE LA CLAVE CULTURAL (I) Prada

Aprovechando las largas horas del estío, inauguramos esta nueva sección de debates. Abrimos con esta columna de Juan Manuel de Prada esperando vuestras aportaciones al debate en forma de comentarios. Leed el texto y animaros a enriquecerlo con vuestras opiniones. 

 Columnas / EL ÁNGULO OSCURO                    

Salarios y productividad   

Ligar salarios y productividad es radicalmente anticristiano. Para León XIII, esto suponía un «gran crimen»
Desde que en España se declarase la crisis económica, empezó a proclamarse, a modo de mantra o ensalmo, que había que flexibilizar el mercado laboral», que la contratación «exigía reformas estructurales», que la competitividad laboral exigía «quitar rigideces». Poco a poco fuimos descubriendo que «flexibilizar el mercado laboral» significaba abaratar el despido, que las «reformas estructurales» consistían en recortar salarios, que «quitar rigideces» se resumía en vulnerar las garantías de los trabajadores. Se abarató el despido, se recortaron los salarios y se vulneraron las garantías de los trabajadores, como si tal cosa; y cuando ya parecía que los mantras o ensalmos habían cumplido su tarea de reducir al trabajador a un guiñapo, los artífices del desmán lanzaron otra consigna, para reducir el guiñapo a fosfatina: «Hay que ligar salarios y productividad». Creo que fue la teutona Merkel quien la puso de moda; pero de inmediato la empezaron a corear los plutócratas, los periodistas de pesebre, los politiquillos de diestra y siniestra: así hasta que la consigna se convirtió en una suerte de dogma económico inatacable.
D Varios lectores me preguntan si, conforme a la doctrina de la Iglesia, es lícito ligar salarios y productividad. Como nos recordaba León XIII en su encíclica Rerum Novarum, es una injusticia crasa que atenta contra la dignidad de los trabajadores, por abusar de ellos «como de cosas de lucro y no estimarlas en más que cuanto sus nervios y músculos puedan dar de sí». Y como Pío XI, cuarenta años más tarde, establecía explícitamente: «Se equivocan de medio a medio quienes no vacilan en divulgar el principio según el cual el valor del trabajo y su remuneración debe fijarse en lo que se tase el valor del fruto por él producido» (Quadragesimo Anno, 68). Para que el trabajo pueda ser valorado justamente y remunerado equitativamente, es preciso, afirmaba Pío XI, que el salario «alcance a cubrir el sustento del obrero y el de su familia, ajustándose a las cargas familiares, de modo que, aumentando éstas, aumente también aquél». También es preciso, por supuesto, tener en consideración «las condiciones de la empresa y del empresario, pues sería injusto exigir unos salarios tan elevados que la empresa no los podría soportar, sin la ruina propia y la consiguiente de todos los obreros»; y aquí Pío XI añadía una observación actualísima, que incumbe a los gobiernos y a los mercados: «Y cuando los ingresos no son lo suficientemente elevados para poder atender a la equitativa remuneración de los obreros, porque las empresas se ven gravadas por cargas injustas o forzadas a vender los productos del trabajo a un precio no remunerador, quienes de tal modo las agobian son reos de un grave delito, ya que privan de su justo salario a los obreros, que, obligados por la necesidad, se ven compelidos a aceptar otro menor que el justo». Y es preciso, concluía Pío XI, que la cuantía del salario se acomode al «bien común», de tal modo que exista «una justa proporción entre los salarios y los precios a los que se venden los diversos productos agrícolas, industriales,
etcétera. Si tales proporciones se guardan de una manera conveniente, los diversos ramos de la producción se complementarán y ensamblarán, aportándose, a manera de miembros, ayuda y perfección mutua».
Esta es la doctrina de la Iglesia sobre el salario justo y debido. Ligar salarios y productividad es, pues, radicalmente anticristiano. «Y defraudar a alguien en el salario debido —nos recuerda León XIII— es un gran crimen y un fraude que clama al cielo».

domingo, 10 de julio de 2011

La economía fingida, la economía irreal

Diario de Sevilla, 10 de julio de 2011 León/Lasa
HASTA hace relativamente poco tiempo -y algunos ya peinamos canas- la base económica de un país, su sostén productivo, se apoyaba fundamentalmente en aquello que se denominaba en las clases de Economía como los sectores primarios y secundarios: agricultura e industria. Fabricábamos coches o tuberías, cosechábamos trigo o maíz. Y los vendíamos, dentro o fuera de nuestras fronteras. Eso, lo tangible, está pasando a la historia. Últimamente me ha dado -otra manía más- por escudriñar en todo aquello que compro, ya sean camisas, zapatillas de deporte, radios o televisores, su origen, el made in. Ni por casualidad encuentro un made in Spain. Porque, según se nos dice, hemos pasado a ser una economía de servicios, que es lo cool. Total, que fabriquen ellos mientras nosotros nos dedicamos a consumir y a especular. O así ha sido hasta hace poco. Porque de la noche a la mañana, de forma abrupta, allá por 2007, en algún momento despertamos de este sueño. Y la realidad con la que nos topamos es bien sencilla: hemos vivido durante años (el Estado, pero sobre todo las familias) por encima de nuestras posibilidades; estamos endeudados hasta las cejas; no somos competitivos en casi nada (salvo en sol y playa); y no volveremos a ver otro boom inmobiliario... Nos quedan años de sufrimiento y de purgar los excesos con una resaca tremenda. En mayor o menor medida todos hemos participado en este desmadre.

Todo esto -con un prosa que huye del alarde inútil y que se esfuerza por explicar con claridad asuntos que algunos se empeñan en convertir en oscuros- se expone en el libro La Economía Fingida, recientemente editado por Paréntesis y cuyo autor, José Manuel Cansino, es profesor de la materia en la Universidad de Sevilla. El subtítulo de la obra -Cómo hemos llegado a esta crisis y pistas para salir de ella- nos indica cuál es el propósito de la misma. En ella se nos intenta aclarar por qué se desató el tsunami financiero cuando nadie fue capaz de predecirlo; en qué consiste una calificación AAA; qué significado tiene el acrónimo MBS (mortgage backet security); o qué eran las hipotecas ninja. Para mí, el capítulo más interesante quizá sea el que trata del traslado de la crisis financiera a la economía llamada real y que resume en pocas líneas que, al final, no se puede vender humo eternamente, ni tampoco tulipanes holandeses. No sé si las lecciones del libro (y las de la vida real) nos servirán para el futuro. Pero me conformaría con que fuéramos capaces de asumir que no se puede gastar indefinidamente más de lo que se ingresa, y que toda economía fingida o evanescente, sin base, termina derrumbándose más pronto que tarde.

Rivero Taravillo en el Aula de Cultura ABC

LA OTRA MEMORIA

Entre 1936 y 1939 en España hubo una guerra civil, una guerra en la que se combatía por implantar sobre el mismo territorio modelos de estado y sociedad antagónicos e incompatibles. Una guerra que además no surgía de la nada, sino que se había ido incubando en los cinco turbulentos años de la Segunda República y, muy especialmente, a partir del fracasado golpe de estado socialista de octubre de 1934. Durante varios años los discursos de algunos líderes políticos habían hecho hincapié en la necesidad de la victoria, y no de la concordia, de la imposición de sus ideologías, y no del diálogo. Cuando en julio de 1936 se llegó finalmente a la confrontación armada el nivel de movilización política de la sociedad española era alto, y muchos fueron a la guerra con entusiasmo, con el deseo de acabar de una vez con una situación de enfrentamiento endémico y conseguir imponer sus criterios sobre el odiado enemigo.
La guerra civil fue, por tanto, una guerra cruel, una guerra donde en ocasiones se buscaba no sólo la derrota sino también el exterminio del adversario, y por ello nos hallamos ante un conflicto donde las víctimas de la represión fueron tantas o más que las caídas en los combates.

Alfonso Bullón de Mendoza


Luis E. Togores (coords.)




Dicotomía que nos mata

Enrique de Aguinaga.

Dos veces, por lo menos, estuvo presente Ortega en el pleno de constitución del Ayuntamiento (día 11). Ortega es José Ortega y Gasset (1883-1955), filósofo y Medalla de Oro de Madrid (1936)

La primera, en el discurso del portavoz de Unión, Progreso y Democracia, David Ortega, que tuvo una firmeza y una prudencia. La firmeza: proponer la resonante superación de la dicotomía izquierda-derecha. La prudencia: apoyar la propuesta en la aminoración de una cita de Ortega y Gasset: entender la política española como una dicotomía de izquierdas y derechas supone una forma de hemiplejia moral (prólogo de La rebelión de las masas, 1930)

El texto de Ortega y Gasset dice más: Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas formas que el hombre puede elegir para ser un imbécil; ambas, en efecto, son formas de hemiplejia moral. Además la persistencia de esos calificativos contribuye no poco a falsificar más aun la realidad del presente… ya que hoy las derechas prometen revoluciones y las izquierdas proponen tiranías.

Tengo anotados otros rechazos de la dicotomía: Miguel de Unamuno, Salvador de Madariaga, Julián Marías, José Antonio Primo de Rivera, Vicente Enrique y Tarancón, Francisco Ayala o Felipe González, para quien la dicotomía es una estúpida clasificación digna de los fundamentalismos ideológicos que han destruido este siglo (El País, 1999).
Francisco Umbral, colaborador de ABC (1993) dejó escrito que derecha/izquierda están condenadas a matarse o a entenderse. Crece ahora una demanda de tal entendimiento, que los alemanes llaman Grosse Koalition y que debería cerrar el guerracivilismo exterminador, surgido con el siglo XIX (trágala) y encumbrado en el siglo XX por el presidente del Partido Socialista Obrero Español, Francisco Largo Caballero, según demuestra Pío Moa, origen de la guerra civil por antonomasia (Ediciones Encuentro, Madrid, 1999) y, por ende, de la democracia totalitaria, según definición reciente de Aquilino Duque.

Para mas detalles, véase Par delà droite et gauche, de Arnaud Imatz (Godefroy de Bouillon, Paris, 1996)



Cuando no me hallo en las manos versos propios, busco a los poetas que saben pronunciármelo casi todo con los suyos

ANTONIO GARCÍA BARBEITO


ABC

Es una verdad en alejandrino: en verano, me alquilan el alma los poetas. Incluso algunos de los que ya me la alquilan todo el año, como es el caso. Y cuando no me hallo en las manos versos propios, busco a los poetas que saben pronunciármelo casi todo con los suyos. Tengo ahora dos libros a los que voy, en los que me meto, sobre los que me echo. Si por un lado le agradezco a la Colección Literaria de Cajasol la antología que con «La tristeza de volver» firma Joaquín Caro Romero, nunca le agradeceré bastante a mi querido y admirado poeta y editor Javier Sánchez Menéndez todo el tiempo que ha metido, desde su Isla de Siltolá, en ese «Reloj de arena» de Aquilino Duque. Da gloria leer a un Caro Romero apenas veinteañero, «Te huelo y no te encuentro en tu vestido. / Viento de decepción, carne de ausencia», y los pocos más de veinte de Aquilino, «A mí me están consumiendo / como veintidós carbones / veintidós años que tengo». ¿Quién no sigue?

A veces los leo juntos, digo un poema de uno y otro poema del otro. Y me voy con ese Caro Romero siempre sensual, sugerente, con los carbones de su edad quemándole también, como a Aquilino. El fetichismo poético de Caro Romero ha sido nuestro alguna vez, y quizá siga siéndolo: «…Si abriese el ropero, haría / sacrilegio con tus prendas…» Porque «…cuando tú no estás, estoy / sacudiéndome la niebla / de un sueño que nunca duerme, / pero tampoco despierta». No tuvo que cumplir los treinta Aquilino para enviarnos desde Stratford-Upon-Avon un telegrama de la primavera en endecasílabos: «Para llegar a hoy, a estos lugares, / a este sol de las seis, a estos jardines, / ha habido que amar mucho a los jazmines / y hasta la muerte oler los azahares…»
Dos sevillanos nunca suficientemente leídos, siempre dejándonos su mejor cosecha, tan a la mano. Uno y otro hablan de un mismo tiempo; belleza de Aquilino hablando de «El último viaje de Antonio Machado»: «…Así sabrás quién iba entre tanto fugitivo, / y si amas a España, y si buscas su gloria, / pide para tus sienes no el laurel: el olivo. / Ven a hablarnos de paz, pero no de victoria.» Y Joaquín, «…Pero en la lista de horrores / lo que no dicen los libros / es que antes de amanecer, / cuando la sangre iba al río, / a la Virgen salvadora de Gonzalo y de Francisco, / desde la vieja muralla / la despertaban los tiros». Y el amor. Aquilino: «Duermo dentro de ti porque quisiera, / más que soñarte a ti, soñar tu sueño». Y Joaquín: «…Te planto / donde falta un poema, donde faltas / tú, donde faltas tú, donde yo falto». ¿Quién no les alquila el alma?

Jardiel Poncela en América

'A 40 KMS DEL PACÍFICO Y 30 DE CHARLES CHAPLIN'

Jardiel Poncela en América
Por Alejandro García Ingrisano
 
Contratado por la Fox, Enrique Jardiel Poncela (o Ponsella, como se resignó a que le llamaran) acudió en los años treinta a Hollywood para trabajar de guionista. A 40 kms del Pacífico y 30 de Charles Chaplin –Los Ángeles, para que nos entendamos– es la crónica de la peripecia americana del genial escritor español.
Jardiel aprovecha el viaje a California para hablar de las estrellas –las cósmicas– con guapas señoritas, escribir poesía, maravillarse ante la profusión de automóviles en los Estados Unidos (uno por cada seis habitantes. A principios de los 60, cuando Foxá se pasea por la otra orilla, hace la misma observación: entonces los norteamericanos salen a coche por tres habitantes) y disfrutar de innumerables fiestas que acaban muy pronto por la mañana. De todo, menos aprender inglés. Y es que no hay frase en este idioma que esté correctamente escrita en el libro, tampoco en el prólogo de su hija, que consigue cometer faltas en la traducción de dos de tres novelas de su padre.

Perdonados estos detalles, que a alguno podrán descentrar, la edición es divertida, llena de fotografías, recortes y dibujos; y con esa escritura jardeliana que no comete ese contemporáneo error de confundir ingenio con falta de hondura.

Un tren atraviesa de pronto una calle. ¿No mata a nadie? Sí; todos los días mata a ocho o diez personas; pero, pasando ese tren por en medio de la ciudad, las verduras llegan cinco minutos antes.

Ecos de escritores que en España apenas existen y que desde luego no se leen. De Mihura, de Edgar Neville, de Wenceslao Fernández Flórez... Sólo Jardiel parece estar recibiendo la atención editorial que merece, y al menos por eso hay que congratularse.

En su viaje a California, Jardiel pasa por París, El Havre, el transatlántico, Nueva York y Chicago. En la travesía, Jardiel anota:

Miss Joërgen me dice que su marido no la comprende.

(Esto significa que le va a engañar en cuanto pueda).

Pero el marido no deja ni a sol ni a sombra a su mujer.

(Lo que significa que, en realidad, la comprende perfectamente).

Ya en los Estados Unidos, Jardiel nos ofrece una mirada sincera, como de paleto consciente de serlo, capaz de ver en los estadounidenses tanto su energía como su ingenuidad. Nos dibuja Nueva York, "la ciudad menos parecida a Madrid que más se parece a Madrid", con una mezcla de admiración e indiferencia, como el que lee la noticia de un avión de pasajeros supersónico y tiene el buen gusto de no emocionarse demasiado.

La evocación que hace del Hollywood de los años treinta no es, desde luego, paradigmática. Al contrario, la prosa es puro Jardiel, y el libro está mucho más indicado para los admiradores de su escritura que para alguien interesado en la época y el lugar, a quien podría gustar más Some Time in the Sun, la obra de Tom Dardis acerca de la inmersión de grandes escritores –Fitzgerald, Faulkner, Nathanael West– en el mundo del cine. A 40 kms del Pacífico y 30 de Charles Chaplin contiene observaciones geniales a propósito de aspectos muy concretos de la experiencia hollywoodiense, sobre todo de la tropa española que trabajó allí y que luego se pasaría por los estudios Joinville de París, antecediendo a la pléyade de artistas del celuloide que hoy en día cruzan el Charco.

Se agradece esta visión particular, pues cuanto más universales son las observaciones de Jardiel, menos interesantes nos parecen, por ser lugares comunes. Creador de un universo propio que se ríe del nuestro, siempre nos quedaremos con sus anuncios inventados, imposibles de ver en nuestro mundo pero que no existirían sin él.

"Tacos de billar automáticos: para ser campeón usted no necesita saber jugar".

"Thompson, la mejor ametralladora para casos de huelga".

"Por cuatro dólares sabrá usted el día y la hora de su muerte: garantizamos puntualidad".

Y así, jugando en la frontera entre lo casi real y lo demasiado real, se nos muestra un autor que no por proferir extravagantes burlas está hablando de entes ficticios: se ríe de nosotros.
ENRIQUE JARDIEL PONCELA: A 40 KMS DEL PACÍFICO Y 30 DE CHARLES CHAPLIN. Rey Lear (Madrid), 2011, 168 páginas.

martes, 5 de julio de 2011

“La economía fingida” de José Manuel Cansino (por Euleón)

La Economía Fingida (2011) de Jose Manuel Cansino Muñoz-Repiso
Editorial Paréntesis

Viene siendo habitual, en estos días de incertidumbre, la aparición recurrente de libros de tono aclaratorio sobre las raíces de la crisis económica que nos asola. Obedece este hecho, según mi criterio, al aserto más o menos jocoso según el cual el economista es aquel individuo cuya profesión consiste en predecir el pasado. La mayoría de estos manuales de aparición coyuntural y oportunista dicen escasamente más de lo notorio, por sufrido, y aportan poca o ninguna solución al aprieto. En resumen, fotografían el suceso avisando de lo que puede acontecer cuando ya ha ocurrido la barahúnda sin remedio.
Sin embargo La Economía Fingida no sólo retrata la génesis primaria de la situación con una prosa clara y de una fluidez vertiginosa sino que, sin renunciar a un ápice de rigor, ilustra al lector con soplos de fino humor cotidiano. Por momentos el escritor alecciona con narraciones de costumbrismo cercano su teoría para recordar que está hablando de algo que nos afecta a diario. La situación de los financieros más alejados de nuestras fronteras tiene su repercusión en el bolsillo del más anónimo de nuestros convecinos. Ahí estriba la diferencia de L.E.F.; es un retrato sobre un espejo en el que el lector, al fondo del mismo, puede percibir su propia y acostumbrada situación.
Dosificando la verborrea financiera al uso para aliviar el peso de su lectura, Cansino, esboza un perfil frío y cercano a la vez. Un retrato en el que arrincona la propia opinión para arrojar al público la realidad de unos hechos sobre los que el lector más avispado vislumbrará una formidable bóveda de conflictos financieros férreamente entretejidos bajo la que subyace la sorprendente realidad de la anulación práctica de la soberanía de los pueblos, en virtud de unos intereses económicos cuya madeja el profesor Cansino llega a desentrañar brillantemente. Disecciona con puntualidad el economista sevillano la degradación de la sociedad española que ha fingido una situación insostenible demasiado tiempo y que la ha postrado en el escenario actual. Cansino, hombre joven pero de profundas y arraigadas convicciones, no cede un pelo al metálico discurso ultraliberal al uso que abandona al socaire de la incertidumbre a las masa más desvalida. Más bien, apunta al retorno de valores perdidos como la Educación -que no la simple formación- la austeridad y la integridad de los administradores públicos, la racionalización del mercado de las energías y sobre todo el reintegro de España a una gobierno racional y eficaz, modelo actualmente dislocado en un maremágnum de administraciones repetidas y disgregantes.
La lectura de este libro mantiene la fe en que los valores individuales del hombre, trabajo, austeridad, educación… son el armamento moral para superar contextos de zozobra como los que vivimos.
Una lectura obligada, no tanto para entender el origen de la situación actual ,como para asimilar que los remedios no deben sobrevenirnos impuestos (toquemos madera ante esta palabra) con varas mágicas y sí con la esperanza depositada en los valores que hicieron al hombre dueño de su designio en la tierra.

Euleón

lunes, 4 de julio de 2011

Otro que fue ministro

  •  Por su interés, reproducimos este artículo de La Gaceta.

    Rafael Sánchez-Mazas

    Otro que fue ministro

    20-06-2011
    Estos días toca hablar de buenos escritores que se comprometieron con la políticaHay temas impuestos por la actualidad, inevitables, y estos días toca hablar de buenos escritores que se comprometieron con la política, y que incluso acabaron ministros. El mejor ejemplo, sin duda, es Rafael Sánchez-Mazas. Formaba junto a Agustín de Foxá la mejor aristocracia de eso que llamaron la corte literaria de José Antonio.


    Eran los tiempos en los que el falangismo se asemejaba más a un movimiento poético que a una algarada revolucionaria, cuando en el Madrid de las tertulias compartían café los intelectuales de izquierda y de derecha, sin creer ya nadie en esa distinción que parecía disolverse con la democracia, en un siglo entregado a lo totalitario. Los escritores se insultaban de mesa a mesa, y lo hacían con cierta elegancia y un indisimulable aprecio, porque la política no pasaba de ser un jeroglífico intelectual.
    La miopía histórica se acuerda ya sólo de Rafael Sánchez Mazas para encuadrarlo en la Falange, en la que participó con entusiasmo y para la que compuso una oración destinada a sus caídos, cuando los enfrentamientos se trasladaron del lance de tertulia al plomo callejero. Y a punto estuvieron los suyos de tener que entonarla por él mismo, esa oración, que se salvó muy milagrosamente de un fusilamiento en masa.

    Estudió Derecho sin entusiasmo, más enredado en sus primeros y aplaudidos versos, para luego dedicarse al periodismo con maestría. Además de prensa, escribió novelas como Rosa Kruger o La vida nueva de Pedrito de Andía, y sus sonetos –impresionante el creado ante el retrato de la condesa de Noailles– podrían pertenecer al mejor de nuestros siglos.
    Llegó a ser ministro sin cartera, pero abandonó el gobierno por propia voluntad, aunque ello le significase cierta penuria económica. Al poco heredó una fortuna, circunstancia que atrajo los aguijones de Foxá: “Antes eras un escritor y un ministro; ahora no eres más que un millonario”. No hay constancia de la réplica, pero debió de ser brillante: se dice que Rafael era un conversador excepcional.
Agustín de Foxá



http://www.intereconomia.com/noticias-opinion/otro-que-fue-ministro-20110620