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domingo, 10 de julio de 2011

Jardiel Poncela en América

'A 40 KMS DEL PACÍFICO Y 30 DE CHARLES CHAPLIN'

Jardiel Poncela en América
Por Alejandro García Ingrisano
 
Contratado por la Fox, Enrique Jardiel Poncela (o Ponsella, como se resignó a que le llamaran) acudió en los años treinta a Hollywood para trabajar de guionista. A 40 kms del Pacífico y 30 de Charles Chaplin –Los Ángeles, para que nos entendamos– es la crónica de la peripecia americana del genial escritor español.
Jardiel aprovecha el viaje a California para hablar de las estrellas –las cósmicas– con guapas señoritas, escribir poesía, maravillarse ante la profusión de automóviles en los Estados Unidos (uno por cada seis habitantes. A principios de los 60, cuando Foxá se pasea por la otra orilla, hace la misma observación: entonces los norteamericanos salen a coche por tres habitantes) y disfrutar de innumerables fiestas que acaban muy pronto por la mañana. De todo, menos aprender inglés. Y es que no hay frase en este idioma que esté correctamente escrita en el libro, tampoco en el prólogo de su hija, que consigue cometer faltas en la traducción de dos de tres novelas de su padre.

Perdonados estos detalles, que a alguno podrán descentrar, la edición es divertida, llena de fotografías, recortes y dibujos; y con esa escritura jardeliana que no comete ese contemporáneo error de confundir ingenio con falta de hondura.

Un tren atraviesa de pronto una calle. ¿No mata a nadie? Sí; todos los días mata a ocho o diez personas; pero, pasando ese tren por en medio de la ciudad, las verduras llegan cinco minutos antes.

Ecos de escritores que en España apenas existen y que desde luego no se leen. De Mihura, de Edgar Neville, de Wenceslao Fernández Flórez... Sólo Jardiel parece estar recibiendo la atención editorial que merece, y al menos por eso hay que congratularse.

En su viaje a California, Jardiel pasa por París, El Havre, el transatlántico, Nueva York y Chicago. En la travesía, Jardiel anota:

Miss Joërgen me dice que su marido no la comprende.

(Esto significa que le va a engañar en cuanto pueda).

Pero el marido no deja ni a sol ni a sombra a su mujer.

(Lo que significa que, en realidad, la comprende perfectamente).

Ya en los Estados Unidos, Jardiel nos ofrece una mirada sincera, como de paleto consciente de serlo, capaz de ver en los estadounidenses tanto su energía como su ingenuidad. Nos dibuja Nueva York, "la ciudad menos parecida a Madrid que más se parece a Madrid", con una mezcla de admiración e indiferencia, como el que lee la noticia de un avión de pasajeros supersónico y tiene el buen gusto de no emocionarse demasiado.

La evocación que hace del Hollywood de los años treinta no es, desde luego, paradigmática. Al contrario, la prosa es puro Jardiel, y el libro está mucho más indicado para los admiradores de su escritura que para alguien interesado en la época y el lugar, a quien podría gustar más Some Time in the Sun, la obra de Tom Dardis acerca de la inmersión de grandes escritores –Fitzgerald, Faulkner, Nathanael West– en el mundo del cine. A 40 kms del Pacífico y 30 de Charles Chaplin contiene observaciones geniales a propósito de aspectos muy concretos de la experiencia hollywoodiense, sobre todo de la tropa española que trabajó allí y que luego se pasaría por los estudios Joinville de París, antecediendo a la pléyade de artistas del celuloide que hoy en día cruzan el Charco.

Se agradece esta visión particular, pues cuanto más universales son las observaciones de Jardiel, menos interesantes nos parecen, por ser lugares comunes. Creador de un universo propio que se ríe del nuestro, siempre nos quedaremos con sus anuncios inventados, imposibles de ver en nuestro mundo pero que no existirían sin él.

"Tacos de billar automáticos: para ser campeón usted no necesita saber jugar".

"Thompson, la mejor ametralladora para casos de huelga".

"Por cuatro dólares sabrá usted el día y la hora de su muerte: garantizamos puntualidad".

Y así, jugando en la frontera entre lo casi real y lo demasiado real, se nos muestra un autor que no por proferir extravagantes burlas está hablando de entes ficticios: se ríe de nosotros.
ENRIQUE JARDIEL PONCELA: A 40 KMS DEL PACÍFICO Y 30 DE CHARLES CHAPLIN. Rey Lear (Madrid), 2011, 168 páginas.

miércoles, 8 de junio de 2011

"La Codorniz" de aniversario.




ANTONIO ASTORGA
Día 07/06/2011



ANTONIO MINGOTE





En un Madrid gris marengo circa 1941, de hambre y olor a repollo en el tragaluz de la escalera, de estraperlo y libros prohibidos que se leían en la trastienda de los cafés; en una España de tedio plateresco y tópico mediopensionista, un puñado de seráficos estaban a punto de arrancarle a muñonazos la sonrisa a la ametralladora de la vida. Era domingo, y el calor derretía las meninges. El 8 de junio de 1941, con un simple ave gallinácea de papel, humor puntiagudo, ironía en espolón, pico de oro, dichosos serafines pusieron en jaque a la mesnada bienpensante. Mihura, Tono, Herreros, Neville, De Laiglesia, Jardiel, Fernández Flórez, Perdiguero, Halcón, Borrás, Aznar, Miquelarena, Marqueríe, Ros, Calvo Sotelo, López Rubio, Delgado, De Vega, Serny, Picó, Lázaro, primera alineación galáctica, y luego Mingote y muchísimos otros... (hasta su último vuelo, en 1978)... bienhechores y filántropos de nuestra salud mental lucharon contra la cursilería, se burlaron del encorsetamiento que se imponía a la infancia, enseñaron lo que de inútil y vulgar hay en los sentimentalismos al uso.
En la portada príncipe (se vendieron 35.000 ejemplares a 50 céntimos), Antonio de Lara Tonodibuja un pretendido ser humano encarnado en un trapecio isósceles con sombrero, una señora muy hinchada, unos círculos con ojos, que eran supuestos niños, y dos pequeñas codornices en el suelo. Al fondo, la foto real de un camión. Y un pie «intolerable» para el «respetable público», o sea, aquellos señores para quienes lo intolerable era lo que ellos no toleraban. La señora oronda le espeta al señor:


«—Caramba, don Jerónimo, está usted muy cambiado.
—Es que yo no soy don Jerónimo.
—Pues más a mi favor.»


Tópicos patrióticos, religiosos, literarios, históricos, lo que Wenceslao Fernández Flórez, desde su bosque animado, llamó las infinitas garambainas que se ponen en octavas reales, fueron picoteados a discreción. Como recuerda Don Mingote de la Mancha, si los censores hubieran sido tipos inteligentes y no fanáticos del dogmatismo y la decencia, le habrían puesto un férreo cepo a aquella inocente y bienquerida ave literaria, una Cordorniz, bendita sea, que caricaturizaba lo que el preboste de turno consideraba respetable e intangible. Los herrumbrosos censores se perdían en tapar escotes y alargar faldas sin pensar en la labor de prodigiosa derrumbe de esta genial generación de dinamiteros coñones.
Enrique Herreros, autor de 807 portadas y 45 contras de los 1898 números de La Codorniz, dibuja a un viajero asomado a la ventanilla del tren, que se dirige al jefe de estación parado en el andén:


«—Yo viajo para instruirme. ¿Me quiere usted decir cuántas son 21 por 13?»
Y suma y sigue el gran Herreros: un viajero jamelgo aparece sentado encima del cabezón de un señor mío con bigote, y se justifica:
«—Perdone que me haya sentado aquí; pero como no había ningún sombrero puesto...»
Un caballero pide en la ventanilla larriana del «Vuelva usted mañana»: «—Deme un billete para Vigo.
-¿Ida y vuelta?
-No. Vuelta nada más. No me voy».
Y un tipo valleinclanesco con sombrero le pregunta al jefe de estación:
«—¿Me deja ir a Burgos sin pagar? Le prometo que vuelvo en seguida».


Cuenta Antonio Mingote que los socios de muchos casinos padecieron serios trastornos oyendo a los jóvenes comentar La Codorniz. Así, un distinguido pedagogo de Tejeruela de la Empastación murió de congestión fulminante. Antes confesó en una carta: «No se culpe a nadie de mi muerte. Ha sido Herreros».
Aquellos humoristas, según López Rubio «la otra generación del 27», fueron los primeros hombres de la historia en contemplar en su totalidad las pantorrillas de las mujeres bailando el charlestón, evoca Mingote. Y se encontraron de repente el sombrío mundo de posguerra. La transición del viejo humor de chascarrillo al nuevo codornicesco no fue un salto circense de trapecio a trapecio. Fue un malabar de ingenio. La Codornizno glorificó a nadie, ni publicó consignas ni impartió doctrinas. Tuvo un éxito feraz entre una enorme minoría de jóvenes ansiosos por respirar un aire limpio de farfolla rimbombante.


El «no huevo de Colón»


Cierto comentarista, que pontificaba con el paño de la frivolidad en el púlpito, lanzó la especia picante de que la revista publicó el dibujo de un huevo a toda página con el título: «El huevo de Colón», y en el número siguiente otro huevo igual: «El otro huevo de Colón, lo que le valió a la revista el cierre de no recuerdo cuántos meses», añadió. No es raro que ese sesudo comentarista, que pontificaba desde la rutina, no lo recuerde, aclara Mingote, puesto que «eso del huevo de Colón, como tantas otras cosas soeces o vulgares de humorismo barato de hoja de calendario que se atribuyen a La Codorniz, no se publicó jamás».
El pájaro de papel cumplió, sin desfallecer y con éxito, con la misión de destruir el tópico y la rutina. Fue una revolución que, como decía su himno, tenía un pico en la nariz. La Codorniz, bendita sea. Palabra de Mingote.

domingo, 28 de febrero de 2010

España alegre y faldicorta (Javier Compás)



Hemos recordado frecuentemente, en los últimos tiempos, al autor de “Madrid de Corte a Cheka”, Agustín de Foxá, el cual, por cierto, ha visto reeditada varias de sus obras y agotadas en muchas librerias su gran novela sobre el Madrid rojo, a raíz de la censura ejercida por el Ayuntamiento de Sevilla contra un homenaje que se le quería tributar por el cincuentenario de su muerte. Amigo de Foxá, también escritor y, principalmente, dramaturgo y cineasta, fue Edgar Neville.
Neville, muestra muchos paralelismos con el Conde de Foxá.
Nacido en Madrid en 1899, también fue título nobiliario, Conde de Berlanga del Duero y compartió con Foxá carrera diplomática y también vistió la camisa azul de Falange Española.
Pero no queda ahí sus semejanzas, si además consideramos su inclinación a coleccionar kilos en su generosa anatomía, muestra también Neville un carácter de arrolladora simpatía, extrovertido y dicharachero, amante de la buena vida y muy inclinado a disfrutar de los placeres y lujos que la misma pueda ofrecerle.
Pero más allá de estas similitudes, existen unas más profundas razones para emparejar a estos amigos. Foxá escribió quizás la mejor novela que sobre el Madrid de la Guerra Civil ha visto la luz en la literatura española, de igual manera, Edgar Neville, compuso una historia que tomó cuerpo de película cinematográfica, que también marca un hito en la visión de aquellos terribles momentos.
Su película “Frente de Madrid” no es solo el testimonio excepcional de las duras condiciones en que se libraron los enfrentamientos en la Ciudad Universitaria entre las tropa republicanas y las tropas nacionales, sino un primer y desgarrador llamamiento a la necesaria reconciliación nacional que debería producirse cuando llegara la paz.
El final de la película, censurado por cierto, mostraba el abrazo postrero, en la trinchera, del protagonista y del miliciano enemigo, hermano español, unidos fraternalmente en el trágico final. Una guerra que, para él, había salvado a España, uniendo a sus hijos para siempre, lamentablemente esa unión cada vez parece más en peligro ante la deriva actual de la política española.
No sería la última vez que Neville abogará por la reconciliación nacional. Junto con los camaradas Dionisio Ridruejo y Pedro Laín Entralgo, confiaba en la recuperación del cuerpo de Antonio Machado tras la guerra, cuya obra se había conservado en las bibliotecas del bando franquista.
Edgar Neville llega a pedir desde sus artículos en las páginas de ABC, otra similitud con Foxá, un monumento a los caídos de ambos lados. Actitud acorde con su talante, con esa añoranza de una España donde convivían literatos de opuestas ideologías, amigos suyos fueron, en efecto, Pablo Neruda, Rafael Alberti y José Bergamín, en aquel Madrid de preguerra donde el fundador de Falange Española, José Antonio, tomaba café junto a Federico García Lorca, donde Alberti colaboraba con la revista literaria de Ernesto Giménez Caballero.
Neville añoraba aquel Madrid, como demuestra en su relato “F.A.I.”, sin odios, sin exasperaciones, en el que la gente sonreía. Visión que evocaría en películas como “Mi calle” y que se vería truncada con la llegada del Frente Popular al poder. Lo aclara en el retrato que en su relato “F.A.I.” hace de uno de sus protagonistas, un antiguo y respetable republicano, que observa como el nuevo régimen, tan esperado y que tantas esperanzas de regeneración despertó en tantos españoles, incluidos el propio Neville, degenera en corrupción, violencia, separatismo, y, al fin, revolución bolchevique, el protagonista pasa a creer en el partido al que se afilió Neville, Falange Española, donde están resumidas las aspiraciones que tenían los que creían en la República. Ese mismo personaje declara: “esto no es una guerra civil ni una guerra política; es un caso de justicias y ladrones, son las personas decentes de un país que se sublevan contra los asesinos y los ladrones; eso es todo”.
Edgar Neville estuvo trabajando en Hollywood antes de la guerra, allí conoció y trabó amistad con Douglas Fairbanks, Mary Pickford, Stan Laurel y Oliver Hardy, los famosos el Gordo y el Flaco, y, sobre todo con Charlie Chaplin, con quien mantuvo una amistad muy duradera en el tiempo a pesar de las divergencias ideológicas de ambos.
Además de las citadas “Frente de Madrid” y “Mi calle”, realizó interesantes películas como “La vida en un hilo”, “La torre de los siete jorobados” o “Domingo de Carnaval”, un homenaje a la España del pintor Gutiérrez Solana.
En 1962 portó en sus hombros el féretro de Ramón Gómez de la Serna, en cuya tertulia del café de Pombo se había integrado tras su vuelta de la guerra de África, donde había servido en el regimiento de Húsares en, un ya lejano, 1921.
En 1922 conoce y traba amistad con Lorca, para quien reclamaría un homenaje desde ABC en 1966, y con Ortega y Gasset.
En 1923 inicia su colaboración con la revista Buen Humor, Neville será uno de los protagonistas de la renovación del humor español junto con amigos y colegas como Tono, Miguel Mihura, Jardiel Poncela, con los que conformará la llamada “la otra Generación del 27”.
Edgar Neville creía en una España alegre, donde sus gentes, lejos de las luchas de clases, conviviesen en armonía, fue republicano, pero ante el desengaño de los partidos políticos de la época, encontró sus anhelos en Falange Española, donde vio un proyecto serio y genuinamente español de un afán común para todos de una patria mejor, y bajo las ordenes de Dionisio Ridruejo, colaboró en ese proyecto durante la guerra recorriendo el frente realizando labores de propaganda en radio, cine y publicaciones periódicas.
Con la paz se puso a trabajar por la cultura española y por la reconciliación de sus gentes, y no dejó de sentirse un poco desengañado, como otros buenos camaradas, con el desarrollo del nuevo régimen político. No le gustaba la España estrecha, intolerante y mojigata.
En los últimos años de su vida sigue publicando artículos, escribe poesía y pinta. Atrás deja una amplía filmografía, con películas de ficción y documentales, una carrera teatral de éxito y varios libros de relatos y novelas.
Edgar Neville fallece el 23 de Abril de 1967, un día antes del cumpleaños de José Antonio.
Sevilla, 20 de Febrero de 2010.
Javier Compás Montero de Espinosa.