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sábado, 25 de octubre de 2014

Otra barbaridad a cargo de la maldita Ley de Memoria Histórica.


lunes, 10 de febrero de 2014

Vuelven los falangistas

José Carlos Mainer reescribe "Falange y literatura"

 Por Peio H. Riaño

El servicio de propaganda de Stalin tuvo a sus ingenieros del alma como Máximo Gorki para que contaran la canalización del país; España también tuvo cantarines del dogma que crearon una imagen del pasado a su medida, entre 1920 y 1956. La lista de autores que destacaron la frustración de las ambiciones colonialistas nacionales y el desarrollo del antisemitismo es larga y áspera. Ahí están Álvaro Cunqueiro, Agustín de Foxá, Ernesto Giménez Caballero, Eugenio d’Ors, Dionisio Ridruejo, Gonzalo Torrente Ballester, Rafael Sánchez Mazas o Víctor de la Serna, de un total de 25 escritores que dedicaron su creación al fascismo de entretenimiento: “Frente al homo oeconomicus del marxismo, nosotros afirmamos que el hombre vive de todo menos de pan… A las masas, como a las mujeres, hay que ofrecerles fiestas, guerras, pasiones, botines, torbellinos, indecibles embriagueces”, escribió Giménez Caballero en Los secretos de la Falange.

Son los elegidos por José-Carlos Mainer, catedrático emérito de la Universidad de Zaragoza e historiador de la literatura, que en 1971, con valentía, publicó Falange y literatura y ahora, más de 40 años después, reescribe por encargo de la editorial RBA. La nueva redacción ha hecho de la idea original un nuevo libro, mucho más extenso, “más maduro y matizado”, porque no ha dejado ni una línea sin ampliar.
Cuatro décadas más tarde Mainer se reconoce como otra persona, aunque siga pensando lo mismo y señalando a los mismos. Reconoce que era difícil que el libro perdiera su “impertinencia autosuficiente”, pero ha tratado de corregir “la mezcla indigesta de la benevolencia con respecto al falangismo, en nombre de la buena fe de algunos falangistas y de un análisis demasiado convencional de los intereses de los otros vencedores de la Guerra Civil”.
 

Matizando la historia

El libro de 1971, además de corregir la disculpa a los falangistas, ha rebajado los términos que usaba en materia virulenta. “No pienso de manera distinta de la de entonces, pero cada línea ha dado para tres o cuatro nuevas líneas más. He modificado adjetivos, valoraciones, y han crecido las conjunciones adversativas “sin embargo” y “pero”. Es posible que antes el libro fuera impertinente y serio, yo ahora soy más sardónico”, reconoce el autor en un encuentro con periodistas.

En el caso español, el fascismo cultural tuvo una línea política identificable aunque de escasa consistencia y discutible unidad. “Logró ambas a favor de la guerra civil y de la incorporación del fascismo como un referente simbólico fundamental de la dictadura de Franco y compartió con el integrismo católico una cómoda hegemonía hasta 1945”. Sin embargo, con la caída del Eje, explica el autor que sólo perduró como “culto subalterno y como una nutrida nómina de beneficiarios de la frondosa administración del Estado, de las mutualidades y de los sindicatos verticales, todo aquello que adoptó pronto el vago nombre de Movimiento Nacional”.

La segunda oportunidad, en democracia ya,  de Falange y literatura, descubre un libro de análisis literario, de historia de las ideas y, por qué no, de examen psicológico. Con hallazgos que con los años, y la desaparición de las obras referidas, se toca el cielo de la vergüenza ajena, como en el caso de Felipe Ximénez de Sandoval (1903-1978), que es autor de Camisa azul (1940), novela de la que extractamos este cantar: “Joaquín, el enlace del capitán, el de la barba rizada y blonda que envidio Víctor, se acerca a la chabola. Su cantar es siempre el mismo, y de día y de noche lo lleva y lo trae en sus labios. Indudablemente es el aire que respira: Con la camisa azul y postinera,/ con el yugo y las flechas por blasón,/ en el cinto una repleta cartuchera,/ sobre el hombro un flamante mosquetón”.

Reescribir el pasado

A Mainer no le gusta emplear la expresión memoria histórica, pero reconoce que esta antología puede contribuir a ella porque es un libro de historia. “Aceptaré en este sentido que es un libro de memoria histórica”. Como historiador sabe que conquistar el poder político no es dominar el presente de un pueblo, también es conquistar su pasado. “El fascismo quiso siempre venir de muy atrás, de las profundidades del espíritu de las naciones donde se hallaban los yacimientos de su autenticidad. Su nacionalismo tuvo siempre una naturaleza fundamentalista e imperativa”, escribe sobre la apropiación del pasado para construir un nuevo porvenir.

Nadie se llevó a engaños en 1971 y nadie lo hará en 2013: el libro es un análisis del falangismo hecho desde la izquierda para desvelar que aquellos escritores no eran de segundo orden. Mainer rescata de todos ellos el gusto literario de Dionisio Ridruejo y de Sánchez Mazas. El miembro fundador de la falange e inventor del “¡Arriba España!”, y padre de Chicho y Rafael Sánchez Ferlosio, escribió la novela póstuma Rosa Krüger, de la que Mainer recuerda que es un libro que “nos fascinó a todos”, pero no cabe duda de que “es un libro absolutamente fascista”.

De Ernesto Jiménez Caballero no tiene más que una muy mala opinión. Dice de él que siempre tendió al desvarío y que fue el inventor del fascismo español. Tampoco acepta el historiador de la literatura a aquellos escritores que han tratado de borrar sus propias huellas, dice. “No acepto que Gonzalo Torrente Ballester tratara de hacer ver que Javier Mariño no es una novela fascista. ¡Si no hay una novela fascista en la historia de la literatura española más que La fiel infantería y Javier Mariño!”.
 

Mainer afirma que los perdedores de la guerra ganaron la batalla de la cultura. “La cultura que se presenta como franquista careció de respetabilidad. Tuvieron estos escritores un estigma posterior al franquismo propio de quienes cometieron errores vitales y, a pesar de lo cual, tuvieron a mediados de los setenta un cierto renacer. Cela no es un escritor falangista, pero es un escritor del régimen, no nos engañemos”.

¿Sobre qué escribiría hoy un autor de 25 años que quisiera revisar la escena literaria? El hsitoriador piensa, asegura que él ya no tiene edad pero esboza una sugerente idea: “Una mirada sobre los años setenta y ochenta de la Transición. A lo mejor escribiría sobre ello, porque es la distancia cronológica que a mí me separaba cuando escribí el libro del falangismo”.


Publicado en:

 http://www.elconfidencial.com/cultura/2013-10-09/vuelven-los-falangistas_39292/

Ganaron la guerra, perdieron la historia de literatura

Falange y literatura  

por  Juan Bonilla


Rafael Sánchez Mazas lee 'Rosa Kruger' a los refugiados de la Embajada chilena, en 1936.


Finales de los 20, comienzos de los 30. En España nace una nueva fuerza política: la juventud. Se claman cosas como: un joven puede ser comunista o fascista, lo que no puede es servir a la clase media. Se escriben frases del tipo: la juventud española ha de saludar a la República, sin duda, para enseguida ponerse a la tarea de conquistarla, para hacerla viril, joven, violenta. En unos años, unos se pegarán con los otros, pero de momento, ahí están, en La Gaceta Literaria de Giménez Caballero, el comunista César Arconada y el fascista Ledesma Ramos. Giménez Caballero es el vanguardista 24 horas al día que va a Roma y se cae del caballo veloz de las vanguardias y se enamora de las camisas negras de Mussolini y de la nueva arquitectura fascista (Terragni había conseguido una obra maestra con la Casa del Fascio). De repente, su producción enérgica de los 20, llena de disparate y velocidad, con títulos como  Hércules jugando a los dados y Yo, inspector de alcantarillas, se vuelve dramáticamente pomposa. Primero le dedica un libro a Azaña, proponiéndole que sea nuestro duce. No hay quien se lo crea. Luego estruja sus convicciones en Genio de España. También escribe una estética fascista titulada Arte y Estado y busca correspondencias españolas con la Italia que tando admira: ellos tienen a Croce, nosotros a Unamuno, ellos a Marinetti, nosotros a Gómez de la Serna; ellos a Papini, nosotros a Baroja... y así. En las calles ya no son tan amigos. Alberti entraba en La Gaceta Literaria y, para cachondearse de Giménez Caballero, le saludaba a la romana. Santa Marina iba a rendir homenaje al rojo Alejandro Casona por el éxito de su Nuestra Natacha. Pablo Neruda firmaba en el banquete que se le ofrecía a Foxá por la publicación de El toro, la muerte y el agua. Poco después, se acabaron las gracietas y los compadreos.

Todo aquel ambiente previo a la Guerra Civil está muy bien definido en Las armas y las letras, el imprescindible libro de Andrés Trapiello, que crece en cada nueva edición y cuyo tema es precisamente qué hicieron todos los actores de nuestra vida cultural durante la guerra civil, lo que lleva inevitablemente al autor a dedicar unas cuantas líneas a contar qué hacían antes del estallido de la guerra y en qué posición quedaron cuando la guerra acabó. Por supuesto en ese libro abundan los falangistas. Para José Antonio, como se sabe, la literatura era un hobby: escribió sonetos y una novela adolescente que lo acompañó a la cárcel y acabó en manos de Indalecio Prieto. Le gustaba rodearse de escritores, regentó una tertulia en La Ballena Alegre.
 Quiere la leyenda que Falange se quisiera un movimiento poético, muy al modo futurista de Marinetti, que llegó a fundar el Partido Futurista, que luego acabó zambullido en el partido fascista de Mussolini. Poetas había, sin duda, pero no tenían nada de vanguardistas. El más vanguardista de los brotes del fascismo en España fue Giménez Caballero, que le tenía una antipatía natural a José Antonio y no tragaba apenas al lugarteniente de éste, Rafael Sánchez Mazas. Tanto Mazas como Foxá eran más escritores de la nostalgia burguesa y, aunque el primero escribió un libro incendiario titulado España-Vaticano en el que venía a decir que la mejor manera de no dejar que el Vaticano le dictase nada a España era conseguir que España se lo dictase todo al Vaticano, no parece que, literariamente, en lo que escribían, calase mucho las convicciones vanguardistas de la primera hora de Falange. Esas convicciones sí que resplandecen aún en la última  novela vanguardista de aquella hora: Hermes en la vía pública, del excelente Antonio de Obregón, autor además de otra exquisitez titulada Efectos navales y de un buenísimo libro ultraísta titulado El campo. La ciudad. El cielo.

Una cosa diferencia, literariamente, a falangismo y comunismo: el comunismo podía inyectarse en los poemas, hacer de ellos una vía (libros de Alberti, de Plá Beltrán); el falangismo, raramente (sólo tenemos los patéticos Poemas de la Falange eterna de Federico de Urrutia, otros libros de autores falangistas no son libros falangistas, así los de Dionisio Ridruejo o Vivanco o de Luis Rosales, quizá sólo cabría que mencionar Altura, de José María Castroviejo). ¿Hubo pues una literatura falangista? Sin duda, la hubo, una de sus muestras más altas es Javier Mariño de Torrente Ballester, que fue repudiada por la Iglesia y las autoridades franquistas, cuando el falangismo fue desviado de intenciones revolucionarias para convertirse en mero espejismo utilizado por el franquismo. En Javier Mariño, Torrente se las arregla para retratar el nacimiento de una fe. Otras obras narrativas, de mucha menor importancia y potencia, pueden ser la novela  lírica de García Serrano Eugenio o la proclamación de la primavera (título que homenajea por cierto al de un comunista como Sénder, que escribió años antes Proclamación de la sonrisa), Leoncio Pancorbo de José María Alfaro y Camisa azul del ex vanguardista Ximénez Sandoval.

Otros camisas azules supieron refugiarse en otras vías, nostalgias como Sánchez Mazas o Foxá, o fantasías como Cunqueiro y Angel María Pascual. Giménez Caballero, ambicioso como él solo, disparató todavía más que en sus años de vanguardia: lo acabaron mandando de embajador a Paraguay. Pero si hay un libro donde mejor se expresa todo ese "pensamiento fascista" que caló tanto en un sector de la juventud intelectual de los años 30, ese libro es, como bien apunta José Carlos Mainer, Vida de Sócrates de Antonio Tovar.

El libro de Mainer, Falange y Literatura, se publicó en 1971. Abrió caminos y deparó dos grandes estudios: La corte literaria de José Antonio de Mónica y Pablo Carbajosa y Vanguardistas de camisa azul de Mitchit Albert. Ahora RBA lo reedita, o mejor dicho, edita una reelaboración de aquel ensayo seguido de una antología de textos literarios falangistas. Curiosamente en la edición original, el estudio era un andamio, resultaba más importante la antología que le seguía: ahora sucede al contrario, el estudio es magistral, está lleno de detalle y economía, la antología es casi un apéndice, una ilustración parasitaria del gran ensayo que las precede.
Constelación de Giménez Caballero.


Estudia Mainer las raíces orteguianas de la ideología falangista, el modo en que esa ideología juvenil y revolucionaria acabó desactivándose cuando los jóvenes -alguno no era tan joven al comenzar toda esta danza- dejaron de serlo y se ganó la guerra. Se detiene en una figura tan compleja e interesante como la de Dionisio Ridruejo, decepcionado enseguida de volver de Rusia, capaz de escribirle una carta a Franco diciéndole cómo se estaban traicionando los principios revolucionarios. Está, en fin, lleno de pistas y sabiduría, además de estar escrito con excelente prosa: un ejemplo de maestría crítica. Mainer publicó su Falange y Literatura con 25 años.

Ahora, 42 años después, aquel mítico tomo de cubierta azul mahón que salía en una España en la que los intelectuales miraban con mucha suspicacia cualquier intento de regalarle atención a los escritores falangistas, se ha convertido en un tocho que importa no sólo porque  importa, sino también porque generó algunos rescates inapelables, como el de Sánchez Mazas, autor de una de las mejores novelas de su época, Rosa Krüger. El editor de esa novela fue Andrés Trapiello que, memorablemente, sentenció acerca de algunos de los protagonistas del libro de Mainer, que "ganaron la guerra pero perdieron la Historia de la Literatura".

Publicada en :

 http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/bibliotecaenllamas/2013/10/31/falange-y-literatura.html

martes, 15 de octubre de 2013

Rafael G. Serrano. La pluma afilada.

LA PLUMA MÁS AFILADA
Verano de sol y de toros, en un pueblo dorado de un mundo que murió
Pascual Tamburri Bariain
Rafael García Serrano es uno de los autores malditos pero inevitables de la prosa española del siglo XX. Vanguardista y castigado por sus ideas, muchos le deben mucho.

PLUMA AFILADA Y OLVIDADA
Rafael García Serrano. Las vacas de Olite (y otros asuntos de toros). Toros de Iberia (6 historias de toros). Homo Legens, Madrid, 2012. 206 pp. 20,00 €.
UN NUEVO GÉNERO
VV.AA. Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo. Edición de Irene Andrés-Suárez. Cátedra Letras Hispánicas, Madrid, 2012. 528 pp. 13,20 €.
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Si la hiperbrevedad y la narratividad son rasgos definitivos del ´cuarto género narrativo´, o sea el microrrelato, es innegable que su creador más leído en Italia fue Giovanni Guareschi y en la generación siguiente lo ha sido en España Rafael García Serrano. Pero así como podemos discutir con los eruditos sobre qué es y no es un microrrelato, es difícil negar que la crítica literaria ha sido en Europa Occidental bastante más que sectaria durante los últimos 70 años; lo que hizo del autor de Don Camillo un autor de éxito entre los lectores y un paria para la cultura oficial. Y andando en tiempo lo mismo habría de pasar –aquí tenemos la prueba- con el autor de Eugenio: considerando el estilo y los rasgos de Rafael García Serrano, cómo la estimable antología de Cátedra, una iniciativa seguramente necesaria que reúne a setenta y tres escritores fundamentalmente del siglo XX, excluye precisamente a todo su entorno intelectual, cultural, periodístico, humano y, oh, político. No porque le falte calidad, hiperbrevedad o narratividad, sino porque es de temer que para los gustos de este tiempo de crisis y decadencia a él y a sus amigos les faltasen otras cosas.

Ignorado quizá por el público académico y el público editor, valga el oxímoron, Rafael García Serrano enamoró al público lector –en prensa, en ficción y en todo tipo de prosa- desde que era poco más que un adolescente. Pocos como él en su siglo han contado historias, más breves y brevísimas que largas, y lo han hecho tocando todos los palos de la narrativa, desde lo puramente onírico hasta lo político, desde lo folklórico hasta lo futurista. Siempre con un gusto por la historia y con otro, no menor y casi nunca disimulado, por el humor. Relato menor o microrrelato, lo cierto es que contar la prosa de aquel siglo sin su presencia es un desafío que roza lo improbable.

Lo que hace Homo Legens es recuperar para el lector de la generación de los nietos, castigado por el silencio, el olvido y la mentira, dos piezas importantes si no centrales de la prosa del navarro. Por un lado, Las vacas de Olite nos lleva a los recuerdos festivos de García Serrano en la ciudad del castillo, en casa y compañía de Juan José Ochoa. Olite, que lleva unos cuantos años regodeándose en la invención de memorias y desmemorias de una Edad Media ideal a gusto de horteras, iletrados y maestros locales, fue protagonista para García Serrano y fue patria de Ochoa, y las dos cosas las ha olvidado y las ignora. Pocas ciudades habrán merecido tanto amor adolescente como el que García Serrano demostró por Olite hasta el último día y la última línea; y pocos amores tan ignorados, despreciados y maltratados por los ediles y los ilustres locales que han negado hasta hoy, y para vergüenza de ellos que no de él, hasta una calle al escritor pamplonés. Menos mal que existen los libros, para poder hacer memoria y en su momento enderezarla, porque como tuviésemos que confiar a la lealtad de los olitejos la memoria de Rafael García Serrano mal iríamos.

García Serrano, marcado por la experiencia de la Vieja Guardia y de la Guerra Civil, enamorado de Olite siendo adolescente y de Italia siendo joven (qué mejor combinación por lo demás), nunca dejó de escribir, pero pese a su erudición y su amenidad Los toros de Ibera recibieron el mismo castigo en vida y póstumo que toda la obra del navarro: la marginación y el intento de olvido que sólo por su simpatía ha podido vencer y remontar poco a poco. Lo de menos son los toros, aunque aquí sean lo más. El que se acerque a estas páginas se va a divertir, se va a entretener, va a aprender y antes que nada va a aprender a escribir. Por lo demás, todos los que hemos leído a Rafael García Serrano, desde el Eugenio a Quinto Centenario y desde Jerarquía y el Arriba España a El Alcázar no sólo sabemos que merece éste y cualquier homenaje que se le quiera dar, es que además fue en vida y sigue siendo hoy un maestro de ese uso breve, afilado, incisivo, hiriente y extremadamente eficaz de la pluma al que otros han dado en llamar, oh sorpresa, microrrelato.

Lo que más bien tenemos que preguntarnos es qué hemos hecho con nuestra literatura en particular y con nuestra cultura en general como para que en una antología del microrrelato español contemporáneo en lengua castellana estén Alfonso Sastre, Espido Freire, Pablo Antoñana y José Bergamín, alegremente, y el olvido sea el único testimonio de Luys de Santamarina, Rafael Sánchez Mazas, Ernesto Giménez Caballero, Dionisio Ridruejo, Ángel María Pascual, Agustín de Foxá, Fernando Vizcaíno Casas o Rafael García Serrano. Todos ellos precursores del microrrelato, narradores brillantes, personajes innovadores y plumas afiladas cada uno a su manera, y sin embargo segregados de la versión oficiosamente correcta de la cultura española. Algo nos ha pasado, si sus obras no se reeditan por las editoriales más pomposas, si no se les elige para las antologías pese a haber sido y seguir siendo de los más leídos y de calidad más contrastada. Algo nos ha pasado, y tiene que pasar, hasta que esas "dos Españas" que sobreviven avinagradas en la literatura y por culpa de los críticos, los docentes y, ay, los malos escritores de hoy, desaparezcan y dejen paso a una sola España con una sola literatura, con o sin este nuevo género pero indudablemente con Rafael García Serrano.


 
 
 
 
http://www.elsemanaldigital.com/verano-de-sol-y-de-toros-en-un-pueblo-dorado-de-un-mundo-que-murio-131060.htm