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domingo, 10 de julio de 2011

Cuando no me hallo en las manos versos propios, busco a los poetas que saben pronunciármelo casi todo con los suyos

ANTONIO GARCÍA BARBEITO


ABC

Es una verdad en alejandrino: en verano, me alquilan el alma los poetas. Incluso algunos de los que ya me la alquilan todo el año, como es el caso. Y cuando no me hallo en las manos versos propios, busco a los poetas que saben pronunciármelo casi todo con los suyos. Tengo ahora dos libros a los que voy, en los que me meto, sobre los que me echo. Si por un lado le agradezco a la Colección Literaria de Cajasol la antología que con «La tristeza de volver» firma Joaquín Caro Romero, nunca le agradeceré bastante a mi querido y admirado poeta y editor Javier Sánchez Menéndez todo el tiempo que ha metido, desde su Isla de Siltolá, en ese «Reloj de arena» de Aquilino Duque. Da gloria leer a un Caro Romero apenas veinteañero, «Te huelo y no te encuentro en tu vestido. / Viento de decepción, carne de ausencia», y los pocos más de veinte de Aquilino, «A mí me están consumiendo / como veintidós carbones / veintidós años que tengo». ¿Quién no sigue?

A veces los leo juntos, digo un poema de uno y otro poema del otro. Y me voy con ese Caro Romero siempre sensual, sugerente, con los carbones de su edad quemándole también, como a Aquilino. El fetichismo poético de Caro Romero ha sido nuestro alguna vez, y quizá siga siéndolo: «…Si abriese el ropero, haría / sacrilegio con tus prendas…» Porque «…cuando tú no estás, estoy / sacudiéndome la niebla / de un sueño que nunca duerme, / pero tampoco despierta». No tuvo que cumplir los treinta Aquilino para enviarnos desde Stratford-Upon-Avon un telegrama de la primavera en endecasílabos: «Para llegar a hoy, a estos lugares, / a este sol de las seis, a estos jardines, / ha habido que amar mucho a los jazmines / y hasta la muerte oler los azahares…»
Dos sevillanos nunca suficientemente leídos, siempre dejándonos su mejor cosecha, tan a la mano. Uno y otro hablan de un mismo tiempo; belleza de Aquilino hablando de «El último viaje de Antonio Machado»: «…Así sabrás quién iba entre tanto fugitivo, / y si amas a España, y si buscas su gloria, / pide para tus sienes no el laurel: el olivo. / Ven a hablarnos de paz, pero no de victoria.» Y Joaquín, «…Pero en la lista de horrores / lo que no dicen los libros / es que antes de amanecer, / cuando la sangre iba al río, / a la Virgen salvadora de Gonzalo y de Francisco, / desde la vieja muralla / la despertaban los tiros». Y el amor. Aquilino: «Duermo dentro de ti porque quisiera, / más que soñarte a ti, soñar tu sueño». Y Joaquín: «…Te planto / donde falta un poema, donde faltas / tú, donde faltas tú, donde yo falto». ¿Quién no les alquila el alma?

domingo, 18 de julio de 2010

Y es Julio


ANTONIO GARCÍA BARBEITO
Abc de Sevilla
Día 18/07/2010 - 01.01h
Aquello de haber tenido un maestro que tuvo mando en la tropa durante la guerra, Cangui, nos dio a los niños de entonces una idea aproximada de lo que sería la mili, que el colegio tenía un aire castrense, quizá inevitable, por las consignas de arriba. De hecho, cuando llegué de recluta al Copero, en aquel patio me sentí como en el del colegio, que lo primero fue una voz de «¡Formen!», después, «¡Alinéense!», y como final, otro diario escolar: «Fulanito de tal…» «¡Presente!» Faltaba la diaria leche en polvo del recreo y el queso americano y amarillo de los sábados. Sin embargo, fíjate, Cangui, no recuerdo haber cantado el «Cara al sol», aunque quizá sea cosa de la desmemoria. Lo que sí recuerdo es que el maestro —como contaban los soldados que los trataban a ellos— nos hablaba de usted. Imponía, Cangui, ver al maestro, un hombre cuarentón, alto y con voz grave, hablarle de usted a un chiquillo de cinco o seis años. Imponía. Cuasi tanto como imponía, sobre la negra pizarra del fondo, la foto de Franco.
Entonces, Cangui, la historia de España estaba llena de victorias en todos los frentes. No perdíamos nunca, según contaban los libros. Lo raro es que ningún niño preguntará por qué si habíamos ganado siempre, arrastrábamos tanta miseria. Más tarde, cuando las clases empezaron a ser mixtas, una maestra les decía a los niños que Franco había ganado la guerra rezando, que en vez de irse a pegar tiros, como hacían los rojos, se encerraba en su habitación a rezarle a Dios. Y se quedaba tan tranquila. Ya ves, Cangui. Pero te hablo de aquella escuela sin uniformes donde la tabla de multiplicar trataba de hacer méritos para entrar en la lírica popular, junto a los límites de España. Escuela cantada, como el catecismo, que tan de carrerilla decíamos en grupo al rezar-cantar el credo «…Y desde allí / ha de venir / a juzgar a los vivos y a los muertos…» Ni gregoriano ni oración habitual, una casi canto, casi rezo. Y ningún símbolo más. Te digo esto, Cangui, porque a los escolares de la democracia y la libertad, quieren diferenciarlos con el escudo de la Junta en el uniforme. Esto es como el Rasca de la Once, rasca y gana, o pierde, o, mejor, sigue como antes. Llevan dentro un militar que no ganó la guerra, un rojo que ha perdido el color como tela de intemperie, un, en el fondo, sueño de conquista. Será que es julio, pero siempre hay en el aire del sur un amago de vuelta a otros tiempos que llamaban odiosos. ¿Sabes, Cangui? Prefiero aquel tiempo.
Porque todo esto lo hacían sin esconder que era un Régimen.