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lunes, 9 de julio de 2012

En la hora del adiós a Gustavo Pérez Puig

GUSTAVO PEREZ PUIG

Por Lorenzo García.
Por estas fechas (verano de 1971), ahora se cumplen cuarenta y un años,  atravesé las lomas de la Casa de Campo madrileña en aquel venerable autobús japonés  del PMM, hacia los estudios centrales de  TVE, enclavados en el famoso Prado del Rey, junto al regimiento de redes y transmisiones. (Mas tarde supe que desde allí se controlaban los movimientos de los submarinos del Estrecho).
Había permanecido  casi cuatro años en la nueva escuela oficial de RTV (gracias al dinamismo cultural de Manuel Fraga) que quiso ser lo que había representado la venerable  Escuela Oficial  de Cine de Sáenz de Heredia. Al menos estuvieron ubicadas en le mismo edificio de la Dehesa de la Villa. Dado mi modesto currículo, tuve la inmensa suerte de ser destinado como programador a la Dirección de la Segunda Cadena, primero en la sección  de programas “específicos y varios” (como adjunto a  Manene) e inmediatamente al departamento de dramáticos. Eran los últimos meses de la gestión de Adolfo Suarez como Director general de RTVE.
En aquel entonces  conocí a Gustavo y fue precisamente durante la grabación aquel año de la obra  para  tv y teatro destinada a Estudio1: Doce  hombres sin piedad. Conservo el libreto original con la traducción de Mara Recatero y la adaptación de Gustavo. Era la época en que estaban en la producción de la Primera  Cadena: Fortunato Bernal, Pepe Borras y Salvador Augusti. José María Rincón (gran experto teatral que se sabía El Quijote de memoria) elegía autores  y supervisaba los guiones. En esa etapa yo le ayudaba en esa labor. Por aquel Departamento  pasaban entonces  las mejores plumas españolas  sin distinción ideológica alguna: Buero Vallejo, Tono, López  Sancho, Rafael García Serrano, López Yubero, Antonio Gala, López Rubio, Víctor Ruiz Iriarte, Álvaro de Laiglesia, Antonio Paso, Armiñan, Jaime Salón,  Isaac Montero, Juan Tébar, Marcial Suarez…
También estaban allí los realizadores de prestigio (entonces no eran de plantilla), dotados  de marchamo creativo y progresista (Paco Abad, G. Vergel, Pedro Amalio López , Alfredo Castellón, Pilar Miró….). Gustavo no estaba en ese grupo de élite social comunista. Él procedía de la cantera del teatro universitario (TEU, cuyo primer director madrileño fue MODESTO HIGUERAS y mas tarde JOSE TAMAYO en Granada) .Gustavo  dirigió el T.P.U. –Teatro Popular Universitario-.   Todos ellos al amparo  del SEU (SINDICATO oficial  de los estudiantes FALANGISTAS) y cuya cosecha minoritaria se realizaba en los inolvidables Colegios Mayores.
Allí se montaron y exhibieron piezas modernas y conflictivas  de ALFONSO SASTRE: Escuadra hacia la muerte (Teatro María Guerrero.1953), Cargamento de sueños (TPU. 1948), Muerte en el barrio (TEU de CM Franco.1959). Se montó a Mihura, Jardiel, Ibsen, Ionesco,  O’Neill, Miller, Dürrenmatt… y por supuesto a los clásicos españoles y universales: Lope, Zorrilla, Calderón, Cervantes, Tirso, Valle,  Séneca, Eurípides, Shakespeare, Chejov, Gogol…
Juan Guerrero  Zamora, Eugenio García Toledano, Juan Tébar, JA Páramo, Azpilicueta, Carlos Vélez… procedían de esa  magnífica cantera universitaria. Luis Escobar (encargado por Ridruejo del Teatro durante la Guerra Civil)  sería uno de los primeros padrinos de aquella innovación cultural  universitaria.
Gustavo nunca se declaraba falangista, aunque si firmó el proyecto de la Plataforma 2002 dedicada a dignificar la memoria del centenario de JOSE ANTONIO y se enorgullecía de sus premios y galardones en el teatro universitario del SEU. Era un hombre de derechas (Jardiel y Mihura fueron sus iconos en el teatro moderno, Muñoz Seca también) aunque siempre fue respetado por todos, amigos y enemigos. Creó empresas teatrales y dirigió el Teatro Español de Madrid.
Adolfo Suarez fue su gran amigo y su realizador oficial hasta que dimitió de presidente de Gobierno. En TVE siempre tuvo grandes amigos (también algunos enemigos de la izquierda más sectaria) y  en la etapa de UCD  ocupó cargos y siempre  dirigió decenas de programas importantes. Su talento, simpatía y capacidad de persuasión fueron excepcionales.
Para mi, su mejor producción  televisiva fue la adaptación que realizó  en 1971 de la obra Doce  hombres sin piedad de Reginald Rose. De planificación muy similar  a la versión de 1953 de S.  Lumet (pidió una copia de la versión americana)  pero  superior en planificación, ya que  logró aquí reunir el reparto mas importante de la historia de la televisión en España: RODERO, BODALO, ISMAEL MERLO, JESUS PUENTE, PRENDES, ANTONIO CASAL, SANCHO GRACIA, PEDRO OSINAGA, CARLOS LEMOS, FERNANDO DELGADO, MANOLO ALEXANDRE Y RAFAEL ALONSO.
BODALO y OSINAGA  en  Doce  hombres sin piedad
Personalmente mantuve un trato muy cordial con Gustavo. Hace unos doce años (jubilado ya él de TVE)  tuve con él  un  último fugaz  y cariñoso contacto en un acto del CEU y me invitó a ver uno de sus mejores montajes dirigido por su esposa, Mara Recatero, en su etapa de director del teatro Español (1990-2003): Cyrano de  Bergerac.
Gustavo fue un innovador, buscaba el éxito y la rentabilidad de  sus montajes. Su fórmula era aparentemente sencilla: elección de  buenos textos, excelentes actores y buen humor.
Arriba te encontrarás, sin duda,  con  tu elenco de actores y  autores  favoritos. ¡ Hasta siempre amigo y compañero!.

miércoles, 8 de junio de 2011

"La Codorniz" de aniversario.




ANTONIO ASTORGA
Día 07/06/2011



ANTONIO MINGOTE





En un Madrid gris marengo circa 1941, de hambre y olor a repollo en el tragaluz de la escalera, de estraperlo y libros prohibidos que se leían en la trastienda de los cafés; en una España de tedio plateresco y tópico mediopensionista, un puñado de seráficos estaban a punto de arrancarle a muñonazos la sonrisa a la ametralladora de la vida. Era domingo, y el calor derretía las meninges. El 8 de junio de 1941, con un simple ave gallinácea de papel, humor puntiagudo, ironía en espolón, pico de oro, dichosos serafines pusieron en jaque a la mesnada bienpensante. Mihura, Tono, Herreros, Neville, De Laiglesia, Jardiel, Fernández Flórez, Perdiguero, Halcón, Borrás, Aznar, Miquelarena, Marqueríe, Ros, Calvo Sotelo, López Rubio, Delgado, De Vega, Serny, Picó, Lázaro, primera alineación galáctica, y luego Mingote y muchísimos otros... (hasta su último vuelo, en 1978)... bienhechores y filántropos de nuestra salud mental lucharon contra la cursilería, se burlaron del encorsetamiento que se imponía a la infancia, enseñaron lo que de inútil y vulgar hay en los sentimentalismos al uso.
En la portada príncipe (se vendieron 35.000 ejemplares a 50 céntimos), Antonio de Lara Tonodibuja un pretendido ser humano encarnado en un trapecio isósceles con sombrero, una señora muy hinchada, unos círculos con ojos, que eran supuestos niños, y dos pequeñas codornices en el suelo. Al fondo, la foto real de un camión. Y un pie «intolerable» para el «respetable público», o sea, aquellos señores para quienes lo intolerable era lo que ellos no toleraban. La señora oronda le espeta al señor:


«—Caramba, don Jerónimo, está usted muy cambiado.
—Es que yo no soy don Jerónimo.
—Pues más a mi favor.»


Tópicos patrióticos, religiosos, literarios, históricos, lo que Wenceslao Fernández Flórez, desde su bosque animado, llamó las infinitas garambainas que se ponen en octavas reales, fueron picoteados a discreción. Como recuerda Don Mingote de la Mancha, si los censores hubieran sido tipos inteligentes y no fanáticos del dogmatismo y la decencia, le habrían puesto un férreo cepo a aquella inocente y bienquerida ave literaria, una Cordorniz, bendita sea, que caricaturizaba lo que el preboste de turno consideraba respetable e intangible. Los herrumbrosos censores se perdían en tapar escotes y alargar faldas sin pensar en la labor de prodigiosa derrumbe de esta genial generación de dinamiteros coñones.
Enrique Herreros, autor de 807 portadas y 45 contras de los 1898 números de La Codorniz, dibuja a un viajero asomado a la ventanilla del tren, que se dirige al jefe de estación parado en el andén:


«—Yo viajo para instruirme. ¿Me quiere usted decir cuántas son 21 por 13?»
Y suma y sigue el gran Herreros: un viajero jamelgo aparece sentado encima del cabezón de un señor mío con bigote, y se justifica:
«—Perdone que me haya sentado aquí; pero como no había ningún sombrero puesto...»
Un caballero pide en la ventanilla larriana del «Vuelva usted mañana»: «—Deme un billete para Vigo.
-¿Ida y vuelta?
-No. Vuelta nada más. No me voy».
Y un tipo valleinclanesco con sombrero le pregunta al jefe de estación:
«—¿Me deja ir a Burgos sin pagar? Le prometo que vuelvo en seguida».


Cuenta Antonio Mingote que los socios de muchos casinos padecieron serios trastornos oyendo a los jóvenes comentar La Codorniz. Así, un distinguido pedagogo de Tejeruela de la Empastación murió de congestión fulminante. Antes confesó en una carta: «No se culpe a nadie de mi muerte. Ha sido Herreros».
Aquellos humoristas, según López Rubio «la otra generación del 27», fueron los primeros hombres de la historia en contemplar en su totalidad las pantorrillas de las mujeres bailando el charlestón, evoca Mingote. Y se encontraron de repente el sombrío mundo de posguerra. La transición del viejo humor de chascarrillo al nuevo codornicesco no fue un salto circense de trapecio a trapecio. Fue un malabar de ingenio. La Codornizno glorificó a nadie, ni publicó consignas ni impartió doctrinas. Tuvo un éxito feraz entre una enorme minoría de jóvenes ansiosos por respirar un aire limpio de farfolla rimbombante.


El «no huevo de Colón»


Cierto comentarista, que pontificaba con el paño de la frivolidad en el púlpito, lanzó la especia picante de que la revista publicó el dibujo de un huevo a toda página con el título: «El huevo de Colón», y en el número siguiente otro huevo igual: «El otro huevo de Colón, lo que le valió a la revista el cierre de no recuerdo cuántos meses», añadió. No es raro que ese sesudo comentarista, que pontificaba desde la rutina, no lo recuerde, aclara Mingote, puesto que «eso del huevo de Colón, como tantas otras cosas soeces o vulgares de humorismo barato de hoja de calendario que se atribuyen a La Codorniz, no se publicó jamás».
El pájaro de papel cumplió, sin desfallecer y con éxito, con la misión de destruir el tópico y la rutina. Fue una revolución que, como decía su himno, tenía un pico en la nariz. La Codorniz, bendita sea. Palabra de Mingote.

domingo, 28 de febrero de 2010

España alegre y faldicorta (Javier Compás)



Hemos recordado frecuentemente, en los últimos tiempos, al autor de “Madrid de Corte a Cheka”, Agustín de Foxá, el cual, por cierto, ha visto reeditada varias de sus obras y agotadas en muchas librerias su gran novela sobre el Madrid rojo, a raíz de la censura ejercida por el Ayuntamiento de Sevilla contra un homenaje que se le quería tributar por el cincuentenario de su muerte. Amigo de Foxá, también escritor y, principalmente, dramaturgo y cineasta, fue Edgar Neville.
Neville, muestra muchos paralelismos con el Conde de Foxá.
Nacido en Madrid en 1899, también fue título nobiliario, Conde de Berlanga del Duero y compartió con Foxá carrera diplomática y también vistió la camisa azul de Falange Española.
Pero no queda ahí sus semejanzas, si además consideramos su inclinación a coleccionar kilos en su generosa anatomía, muestra también Neville un carácter de arrolladora simpatía, extrovertido y dicharachero, amante de la buena vida y muy inclinado a disfrutar de los placeres y lujos que la misma pueda ofrecerle.
Pero más allá de estas similitudes, existen unas más profundas razones para emparejar a estos amigos. Foxá escribió quizás la mejor novela que sobre el Madrid de la Guerra Civil ha visto la luz en la literatura española, de igual manera, Edgar Neville, compuso una historia que tomó cuerpo de película cinematográfica, que también marca un hito en la visión de aquellos terribles momentos.
Su película “Frente de Madrid” no es solo el testimonio excepcional de las duras condiciones en que se libraron los enfrentamientos en la Ciudad Universitaria entre las tropa republicanas y las tropas nacionales, sino un primer y desgarrador llamamiento a la necesaria reconciliación nacional que debería producirse cuando llegara la paz.
El final de la película, censurado por cierto, mostraba el abrazo postrero, en la trinchera, del protagonista y del miliciano enemigo, hermano español, unidos fraternalmente en el trágico final. Una guerra que, para él, había salvado a España, uniendo a sus hijos para siempre, lamentablemente esa unión cada vez parece más en peligro ante la deriva actual de la política española.
No sería la última vez que Neville abogará por la reconciliación nacional. Junto con los camaradas Dionisio Ridruejo y Pedro Laín Entralgo, confiaba en la recuperación del cuerpo de Antonio Machado tras la guerra, cuya obra se había conservado en las bibliotecas del bando franquista.
Edgar Neville llega a pedir desde sus artículos en las páginas de ABC, otra similitud con Foxá, un monumento a los caídos de ambos lados. Actitud acorde con su talante, con esa añoranza de una España donde convivían literatos de opuestas ideologías, amigos suyos fueron, en efecto, Pablo Neruda, Rafael Alberti y José Bergamín, en aquel Madrid de preguerra donde el fundador de Falange Española, José Antonio, tomaba café junto a Federico García Lorca, donde Alberti colaboraba con la revista literaria de Ernesto Giménez Caballero.
Neville añoraba aquel Madrid, como demuestra en su relato “F.A.I.”, sin odios, sin exasperaciones, en el que la gente sonreía. Visión que evocaría en películas como “Mi calle” y que se vería truncada con la llegada del Frente Popular al poder. Lo aclara en el retrato que en su relato “F.A.I.” hace de uno de sus protagonistas, un antiguo y respetable republicano, que observa como el nuevo régimen, tan esperado y que tantas esperanzas de regeneración despertó en tantos españoles, incluidos el propio Neville, degenera en corrupción, violencia, separatismo, y, al fin, revolución bolchevique, el protagonista pasa a creer en el partido al que se afilió Neville, Falange Española, donde están resumidas las aspiraciones que tenían los que creían en la República. Ese mismo personaje declara: “esto no es una guerra civil ni una guerra política; es un caso de justicias y ladrones, son las personas decentes de un país que se sublevan contra los asesinos y los ladrones; eso es todo”.
Edgar Neville estuvo trabajando en Hollywood antes de la guerra, allí conoció y trabó amistad con Douglas Fairbanks, Mary Pickford, Stan Laurel y Oliver Hardy, los famosos el Gordo y el Flaco, y, sobre todo con Charlie Chaplin, con quien mantuvo una amistad muy duradera en el tiempo a pesar de las divergencias ideológicas de ambos.
Además de las citadas “Frente de Madrid” y “Mi calle”, realizó interesantes películas como “La vida en un hilo”, “La torre de los siete jorobados” o “Domingo de Carnaval”, un homenaje a la España del pintor Gutiérrez Solana.
En 1962 portó en sus hombros el féretro de Ramón Gómez de la Serna, en cuya tertulia del café de Pombo se había integrado tras su vuelta de la guerra de África, donde había servido en el regimiento de Húsares en, un ya lejano, 1921.
En 1922 conoce y traba amistad con Lorca, para quien reclamaría un homenaje desde ABC en 1966, y con Ortega y Gasset.
En 1923 inicia su colaboración con la revista Buen Humor, Neville será uno de los protagonistas de la renovación del humor español junto con amigos y colegas como Tono, Miguel Mihura, Jardiel Poncela, con los que conformará la llamada “la otra Generación del 27”.
Edgar Neville creía en una España alegre, donde sus gentes, lejos de las luchas de clases, conviviesen en armonía, fue republicano, pero ante el desengaño de los partidos políticos de la época, encontró sus anhelos en Falange Española, donde vio un proyecto serio y genuinamente español de un afán común para todos de una patria mejor, y bajo las ordenes de Dionisio Ridruejo, colaboró en ese proyecto durante la guerra recorriendo el frente realizando labores de propaganda en radio, cine y publicaciones periódicas.
Con la paz se puso a trabajar por la cultura española y por la reconciliación de sus gentes, y no dejó de sentirse un poco desengañado, como otros buenos camaradas, con el desarrollo del nuevo régimen político. No le gustaba la España estrecha, intolerante y mojigata.
En los últimos años de su vida sigue publicando artículos, escribe poesía y pinta. Atrás deja una amplía filmografía, con películas de ficción y documentales, una carrera teatral de éxito y varios libros de relatos y novelas.
Edgar Neville fallece el 23 de Abril de 1967, un día antes del cumpleaños de José Antonio.
Sevilla, 20 de Febrero de 2010.
Javier Compás Montero de Espinosa.