Mostrando entradas con la etiqueta Azorín. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Azorín. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de abril de 2012

Letras efímeras de Gómez Marín

Por su indudable interés , reproducimos a continuación esta interesante columna de Jose Antonio Gómez Marín en El Mundo, el día 13 de Febrero de 2012.

El escritor onubense J.A. Gómez Marín

Letras efímeras

Escucho al profesor Rogelio Reyes, uno de los talentos más ecuánimes entre los conocedores de nuestra literatura, airear la figura medio olvidada de Pemán antes las damas de la ejemplar Asociación “Julia Rómula”. Sencillamente, sin recortar perfiles incómodos, sin exageraciones ni encogimientos, expone la memoria en trance de perderse de quien fuera tal vez el más brillante articulista de toda una época, y se lamenta de ese olvido que él extiende, con razón, a otros varios sepultados por esas “razones de la fama” que, como sabía por experiencia Quevedo, mucho tienen de razón política, citando ante todo a Azorín, el auténtico renovador de la prosa española y uno de los críticos literarios más finos que hemos tenido, cuya “Castilla” cumple el año próximo, si no me equivoco, un siglo como paradigma del retrato al natural de un país y de una cultura. Nada más dañino para la memoria literaria que el prejuicio político, como acaba de demostrarse hasta el ridículo en Sevilla con la prohibición municipal de un acto para recordar a Agustín de Foxá, a cuya prosa le han encasquetado una camisa azul los hijos y nietos de los intransigentes que antes se había ocupado de vestir con ella a escritores tan finos como Eugenio Montes, Muñoz Rojas, y ya puestos a sabios sin comparación posible como don Marcelino Menéndez y Pelayo. Este es un país tan raro que en él puede ocurrir que se ensaye la ruina de un monumento historiográfico como el de Menéndez Pidal bajo el solo dictado de “castellanista” o, del otro lado, que se menosprecie el talento de un Clarín o de un Pérez de Ayala, convictos ambos de un presunto anticlericalismo que, quienes los hemos estudiado, sabemos bien que hay que mirar con lupa antes de aceptarlo como tal. Quemamos a calzón quitado nuestras generaciones al tiempo que conservamos en el formol del convencionalismo más banal prestigios desmesurados. A Pemán mismo lo liquida hoy la desmemoria sólo por su relación con la dictadura, por más que a nadie se le ocurra descalificar a nadie por lo contrario. Admiramos, faltaría más, a quien escribió una oda a Líster, el carnicero que remataba a sus propios heridos para no dejarlos en la retaguardia. Valle-Inclán diría que “así es la España” y, en efecto, así es.
Volviendo a Pemán, querido Rogelio, la verdad es que hoy lo tendría más difícil en medio de esta ruidosa barahúnda que atruena el templo desde el peristilo, como lo tendrían más difícil los maestros que escribían sus extensas reflexiones en “El Sol” y otros periódicos frente al rifirrafe tertuliano. España es carne política, maestro, caldereta ideológica con la que los jayanes se confirman, cucharada y paso atrás.

jueves, 24 de junio de 2010

RUTAS PARISINAS DEL INSTITUTO CERVANTES


Juan Pedro Quiñonero.

ABC, 24-06-2010


El Instituto Cervantes ha tenido la excelente idea de crear unas Rutas Cervantes, con el fin de «recordar las huellas de las culturas de España y America latina en París». Al día de hoy, paradójicamente, están ausentes en tal proyecto todos los patriarcas de la cultura española que pasaron por París: Arozín, Baroja, Ramón Gómez de la Serna, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Salvador de Madariaga, José Bergamín, Max Aub, Eugenio d’Ors, Josep Pla, Mercè Rodoreda, entre un larguísmo etcétera.El Cervantes anuncia que algún día llegarán todas esas rutas, pero que no se podía arrancar con la huella de todo lo hispano, en un programa que está previsto ampliar a otras ciudades.
El proyecto anuncia el recuerdo inmediato o muy próximo de Gabriel García Márquez, Salvador Dalí, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Enrique Vila Matas, Balenciaga, Julio Cortazar, Octavio Paz, Diego Rivera, Isaac Albéniz, Luis Buñuel, Miquel Barceló, Alfredo Bryce-Echenique, María Casares, Óscar Domínguez, Juan Goytisoo...
El Cervantes anuncia su proyecto de este modo: «A las estancias de cada uno de ellos se les dedica una ruta diseñada por expertos con datos, anécdotas y relatos, ilustrada con fotografías, documentos y vídeos». Se trata de una idea magnífica. Buena parte de la cultura española contemporánea es sencillamente incomprensible sin el diálogo de los grandes creadores con París.
La novela, la poesía y la prosa española contemporáneas nacen, como es sabido, con el Modernismo la Generación del 98 y la Generación del 27. Todos los grandes maestros pasaron por París. Todos ellos están ausentes. No hay huella en las Rutas Cervantes de Rubén Darío, Azorín, Baroja, Ramón Gómez de la Serna, Jorge Guillén, Pedro Salinas...
Toda nuestra poesía contemporánea pasa por el diálogo entre España, París, y las Américas, con Rubén Darío, que no está recordado. La obra fundacional de Azorín y Baroja está íntimamente asociada a París. Nuestro periodismo moderno comienza con
«El bombardeo de París», el libro de crónicas de Azorín, corresponsal de guerra de ABC. El mismo Azorín consagró a París libros, ensayos, artículos, muy numerosos. Baroja consagra a París libro tras libro.
Las vanguardias llegan a España, en bastante medida, a través de los viajes a París de Ramón Gómez de la Serna, de quién Valery Larbaud dijo, en París, precisamente, que había realizado en castellano una revolución semejante a las de Joyce o Proust.
Es igualmente ejemplar el caso de varios maestros de la Generación del 27, Gerardo Diego, Jorge Guillén o Pedro Salinas. El viaje y la estancia en París es capital para ellos. Guillén y Salinas fueron profesores en la Sorbona. Guillén hasta ejerció de corresponsal literario. ¿Cómo olvidar a Madariaga, que fue embajador de España en momentos cruciales...?
En el caso de la lengua y cultura catalana, no es un secreto la importancia excepcional de París en la obra de Eugenio d’Ors, Rodoreda y Josep Pla, que llegó a confesar, en varias ocasiones que, de no vivir en su pueblo, no le hubiese importado instalarse en alguna recoleta plaza parisina, en la que se cruzan los fantasmas de Azorín, Baroja, Julio Camba o César González Ruano, entre tantos otros olvidados.