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lunes, 6 de junio de 2011

Tercera de ABC en recuerdo a Pedro Laín





Recordando a Pedro Laín Entralgo




«Recordar a Pedro Laín Entralgo significa evocar a uno de nuestros pensadores que más voluntad puso en emplear el conocimiento y la razón para comprender y reconciliar al ser humano y, más específicamente, a aquella porción de humanidad que llamamos España»





Día 06/06/2011




HOY se cumplen diez años del fallecimiento de Pedro Laín Entralgo. Posiblemente los esfuerzos que se inviertan en conmemorarle sean escasos o inexistentes. Sin embargo, Laín fue una de las primeras figuras intelectuales españolas del siglo pasado. En su novela Leyenda del cesar visionario, Francisco Umbral convirtió a Laín en uno de sus personajes, siempre reunido en torno a la tertulia de intelectuales falangistas que trabajaron en Burgos durante la guerra civil como propagandistas del bando franquista. Laín y los «laines», como Dionisio Ridruejo o Gonzalo Torrente Ballester, entre otros: jóvenes intelectuales llamados a ocupar un lugar de excepción en el panorama cultural de la posguerra. Pero al menos Laín, Ridruejo y Torrente Ballester recorrieron un camino que les condujo desde su inicial y plena adhesión al régimen, pasando por una etapa intermedia de distanciamiento hasta ofrecer su apoyo expreso a la transición democrática, no sin antes interponer un sincero y muy doloroso ejercicio previo de arrepentimiento público por su posicionamiento político de juventud. El mismo Laín escribió con ese propósito unas memorias de título esclarecedor: Descargo de conciencia(1976). Allí se revelará que la caricatura de los «laines» compuesta por Umbral en la novela antes citada resultó enormemente injusta.

Catedrático de Medicina, ensayista, crítico literario, autor de varios dramas, miembro de las Reales Academias de Medicina, Historia y de la Lengua Española (de la que fuera presidente), además de rector la Universidad Complutense, Laín fue tejiendo a lo largo de su vida una obra inmensa, más propia de un sabio que de un genio, cierto, aunque no por eso menos valiosa. Dada la diversidad de temas abordados en sus estudios no cabe sintetizarlos en una mera nota conmemorativa, ni tampoco es el lugar idóneo para hacerlo. En cambio, sí es posible y oportuno apuntar los principales atributos de la actitud ejemplarísima con la que Laín afrontó su vida. Dos condiciones indujeron esa actitud. La primera una curiosidad intelectual y una acumulación de conocimientos verdaderamente desbordantes. De un lado, Laín procuró mantenerse al día sobre los avances producidos en las ciencias naturales en una época en que éstas ya progresaban a ritmo de vértigo. Por otra parte, su sensibilidad humanista le orientó igualmente al estudio de la literatura, de la historia política y de la ciencia (sus aportaciones a la historia de la medicina serían mundialmente reconocidas) y más profundamente aún al cultivo de la filosofía, recibiendo una intensa influencia de los autores de la generación del 98 y de la fenomenología y el existencialismo, de Unamuno y Ortega, y sobre todo de su gran amigo Xavier Zubiri.

La segunda condición que determinó el pensamiento de Laín fue un patriotismo que podría llamarse trágico. Visto desde la distancia que da el tiempo es posible que se dejara cautivar por la idea de una España bronca destinada al enfrentamiento permanente de sus hijos: tierra de Caín y Abel, viejo mito de nuestro pasado que ha sido denunciado, entre otros, por el historiador Fernando García de Cortázar. No obstante, ¿qué otra idea podía encajar mejor con la personal vivencia de Laín de una guerra civil en la que tomó parte y de una dictadura a la que inicialmente respaldó como intelectual orgánico pero a la que no tardó en abandonar por oponerse a persistir en el clima de enfrentamiento entre las «dos Españas»? No es de extrañar entonces que quien oficiara simultáneamente de médico y patriota diagnosticara a su país una enfermedad fratricidaque habría venido impidiendo un estado de convivencia serena y satisfecha.

D A lo largo de su muy longeva trayectoria intelectual Laín daría sucesivas explicaciones a la citada enfermedad fratricida de los españoles, conectando cada una de ellas con una de las tres necesidades y potencias humanas a las que dedicó gran parte de sus reflexiones filosóficas: las necesidades de creer, esperar y amar. Así, Laín comenzó por interpretar que el problema de España era una cuestión de creencias, aquéllas que ponían en conflicto a los españoles, impidiéndoles reconocerse como herederos de una cultura común y como miembros de una sola nación. Esta posición se tradujo, por parte del Laín propagandista, escritor y académico en un intenso y sostenido esfuerzo por reivindicar la obra y las ideas de numerosos autores a los que el régimen franquista había condenado como enemigos de España. En segundo lugar, cuando más tarde abandonó sus disquisiciones en torno a las esencias de la patria, tan deudoras de su etapa falangista, Laín pasó a contemplar el problema español partiendo de un diagnóstico distinto. Si España es conflictiva —dirá entonces— debe serlo por una variedad de factores que inducen división de opiniones y proyectos políticos. Algunos de esos factores sería de tipo histórico e ideológico, otros serían de índole socioeconómicos y, por último, estarían también los relacionados con los tradicionales conflictos regionalistas y nacionalistas. Pretender disolver esas divisiones imponiendo una concepción única y esencialista de España comienza a parecerle a Laín un ejercicio tan absurdo como vano. La desunión sólo podría solventarse partiendo de una idea menos metafísica de nación, como la que había dado ya Ortega: nación como proyecto sugestivo de vida en común. Únicamente un proyecto colectivo que ilusionara a los españoles podría aunar sus voluntades y contribuir a su reconciliación, pensará Laín. Ahora bien, si el fracaso de convivencia que supuso la guerra civil había sido fuente de desilusión su superación demandaría una nueva actitud

hacia el futuro, una actitud esperanzada. La respuesta al problema de España, por tanto, había de conectarse con otro de los principales temas antropológicos abordados por Laín, especialmente en uno de sus ensayos más hermosos, La espera y la esperanza(1956). Y la esperanza para España la va a fundar Laín sobre las mismas bases en las que ya insistieran los regeneracionistas, Ramón y Cajal y, otra vez, Ortega: un proyecto de integración nacional y de integración en Europa, de asimilación de lo mejor de la cultura occidental como su tensión hacia la libertad y el cultivo del conocimiento científico (para el cual se pedirá un superior esfuerzo).

Finalmente, Laín comenzará a ocuparse en el estudio de las relaciones humanas, analizadas con profundidad en otros dos libros fundamentales: Teoría y realidad del otro (1961) y Sobre la amistad(1972). Según su punto de vista, en España se habría resuelto mal el problema del Otro, de ahí la frecuente caída en sectarismos de diversa índole y ese «macabro deporte», tan frecuente entre españoles, consistente en «lanzar los propios muertos contra el rostro del adversario». Pero Laín reflexionaría sobre la amistad para poner de manifiesto que aquélla (la forma más deseable y productiva de trato humano) resulta factible incluso entre individuos o grupos que discrepan entre sí por su condición social, su ideología o su origen. La falsa oposición entre amistad y discrepancia se corresponde con la conocida dialéctica «amigo-enemigo» a la que el jurista alemán Carl Schmitt quiso reducir toda relación política: en esencia el mismo tipo de dialéctica que había propiciado la conversión de la guerra civil en un «habito psicosocial», toda una mentalidad «guerracivilista» que debía ser arrumbada si de verdad se pretendía alcanzar la concordia sustraída. Aunque no por primera vez, Laín pronunciaría estos juicios en 1978, año de nacimiento de la actual Constitución.

En suma, recordar a Pedro Laín Entralgo significa evocar a uno de nuestros pensadores que más voluntad puso en emplear el conocimiento y la razón para comprender y reconciliar al ser humano y, más específicamente, a aquella porción de humanidad que llamamos España. O como ha señalado el profesor Diego Gracia: «Uno de los españoles del siglo XX que con más ahínco ha empeñado su vida en la tarea de unir e integrar ideas, personas, corazones». Quien pone estas líneas aún se acuerda cómo hasta sus últimos días, abrumado por los dolores de la vejez, Laín siguió ejercitando aquella tarea, tan ardua como necesaria.

LUIS DE LA CORTE IBÁÑEZ ES PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE MADRID

lunes, 31 de enero de 2011

EL PESO DEL PESIMISMO

Acompañado por Fernando García de Cortázar, Rafael Núñez presenta El peso del pesimismo, sobre el mito del fracaso de España .
El doctor en Historia y columnista de EL IMPARCIAL Rafael Núñez Florencio ha impartido este miércoles una conferencia en el Centro Cultural del Círculo de Lectores de Madrid, donde ha presentado su libro "El peso del pesimismo", acompañado por Fernando García de Cortázar.
EL IMPARCIAL / Fotos: Manuel Engo
26-01-2011

Como actitud personal ante la vida, el pesimismo aparece en casi todas las comunidades humanas. Pero como gesto cultural o moda intelectual, ha estado en unas etapas más en boga que en otras. Hay movimientos, como el Barroco, que no pueden entenderse sin esa visión negativa del universo. El pesimismo contemporáneo cuenta con una ilustre nómina de propagandistas, de Schopenhauer a Cioran, pasando por Spengler o Heidegger. En España, el lastre de las actitudes pesimistas ha condicionado el siglo XX, del 98 al desencanto.

En el marco español esa semilla hipercrítica, que raya en ocasiones en el nihilismo, fructifica en efecto con especial vigor. Estaba el terreno abonado para ello. La característica hispana será que ese talante reprobatorio se dirigirá contra el propio país, su cultura, su historia y sus habitantes hasta conformar un negativismo exacerbado. No es, como se dice a veces, consecuencia del 98. Basta fijarse como había arraigado desde mucho antes como verdad incontrovertible la noción de decadencia. En 1854 el Cánovas historiador presentaba la decadencia española como asunto colosal, sin parangón en la historia universal. No era extraño por tanto, sino congruente con ello, que el Cánovas gobernante considerara que los españoles simplemente eran... “los que no podían ser otra cosa”.

Es cierto que la pérdida de Cuba y sobre todo la humillante derrota ante los Estados Unidos intensificará esa falta de autoestima colectiva, pero a menudo se asimila impropiamente como “literatura del desastre” planteamientos que son anteriores. Baste consignar en este sentido el dato de que “Los males de la patria”, de Lucas Mallada, una obra que pasa por ser clave del regeneracionismo, aparece en 1890. Pero en todo caso es incuestionable que en las primeras décadas del siglo XX, se extiende como una epidemia intelectual la lamentación, el fatalismo y hasta un cierto masoquismo nacional (que puede representar muy bien la figura de Joaquín Costa).

De este modo, la nación “sin pulso” (Silvela), agonizante (Maragall), absurda (Ganivet), sumida en el marasmo (Unamuno), tristísima (Azorín), cainita (Machado) y mezquina (Baroja), llega a la sima de su declive. Ortega recogerá el testigo y diagnosticará contundentemente en España invertebrada “que de 1580 hasta el día cuanto en España acontece es decadencia y desintegración”.

Si la historia de España entera es, como afirma el filósofo, la historia de una decadencia interminable, todos los acontecimientos terminan ahormados a ese diagnóstico, que acaba siendo una profecía que se autocumple. En cierto sentido no era necesario esforzarse mucho para sostener esta percepción de las cosas: la nueva aventura colonial de España, esta vez en suelo africano, se salda con una serie de reveses que, en consonancia con la predisposición descrita, se viven como una sucesión de “desastres”, del Barranco del Lobo a Annual. Así las cosas, al español consciente que todavía se resistía a suicidarse, sólo le quedaba la mueca siniestra de la burla implacable. “España es una deformación grotesca de la civilización europea” dice Valle-Inclán en Luces de Bohemia. Aquí sólo cabe el esperpento: reír para no llorar.

España pobre, seca, árida, desolada: hasta en el análisis del medio físico se cargan las tintas y se derrama una sensibilidad plañidera. En contraste con el locus amoenus de la cultura clásica y de nuestros vecinos transpirenaicos -agua, árboles, cultivos, frescura, verdor- aquí sólo hay planicies polvorientas, montañas ásperas, calor infernal o frío extremo. Cielo inclemente y tierra avara son las coordenadas en las que se dibuja la indigencia del campesino español. Castilla en escombros titula su análisis Julio Senador. Con razón aquí no hay tradición de pintura de paisaje: el español nunca ha creído que merezca la pena nada de lo que le rodea. Y cuando al fin, siguiendo la estela de Haes y Beruete, los lienzos reflejan la realidad española, el resultado es la España sombría de Zuloaga o el país sórdido de Gutiérrez-Solana.

Al fin y al cabo, ése es también el espacio quijotesco. Se mantiene y acentúa así una tradición, cuyo punto de partida es la novela cervantina reinterpretada ahora en clave nacional: el hidalgo es España entera, que ha perdido la razón y que se destroza inútilmente luchando contra molinos y gigantes en un mundo cada vez más ajeno a sus cuitas e ideales. La interpretación se hace tan recurrente que se convierte en un tópico que luego repetirán incansablemente los visitantes extranjeros. Don Quijote sustituye a Carmen como representación del “alma española”, desde Dos Passos a Kazantzakis.

En este contexto la guerra civil se presenta para muchos observadores extranjeros -y no pocos españoles lo terminarán asumiendo así- como la tragedia a la que está abocado un pueblo como éste, brutal, primitivo, fanático. Cela, por ejemplo, hará de estos mimbres la materia de algunas de sus obras más reconocidas (San Camilo 1936, Pascual Duarte). Sin llegar a esos extremos, el propio Azaña en La velada en Benicarló había inaugurado el análisis de la guerra civil como un inmenso fracaso colectivo. Por esa senda caminarán luego muchos, tanto dentro del país (Laín Entralgo) como en el exilio (el Max Aub del Laberinto mágico).

La noción de fracaso, con todo lo que ello implica, vendrá a la postre a sustituir al antes omnipresente concepto de decadencia. Se impone una vez más una interpretación esencialista, según la cual los reveses de España no son casuales, sino el resultado de un mal profundo, llámesele como se le quiera llamar. Así, María Zambrano dirá que “inteligencia” y España son términos antitéticos. Otros se fijarán en el “fondo atávico” del español para dictaminar que éste es un pueblo nacido para la muerte, que hace de la sangre derramada su “fiesta nacional”: es la resurrección de la España negra, con Franco ahora como nuevo Torquemada y el nacionalcatolicismo como nueva Inquisición. Así al menos se lamentan los poetas: tierra anegada en sangre (Miguel Hernández), las “llagas de España” (Rafael Alberti), España madrastra (Cernuda), país del rencor (León Felipe), vieja y seca España (José Hierro).

En teoría, la consecución de un régimen democrático vendría a poner punto final a tal estado de cosas. En el terreno que aquí se considera, el paradigma de la normalidad sustituye a las nociones de inferioridad, fracaso y excepcionalidad. No hay que olvidar empero que en el ámbito ideológico las cosas no son tan lineales y sencillas. Es sintomático que el estado de ánimo más característico de la transición a la democracia no fuera la euforia, ni siquiera la satisfacción por los logros alcanzados, sino el llamado “desencanto”. Y es que no se pueden dar muchos pasos en una determinada dirección y luego intentar dar la vuelta, como si nada hubiera pasado. En conjunto, puede decirse que los españoles sólo aceptaron sin ambages un balance favorable de la transición cuando ésta adquirió categorías de modélica en la estimación foránea. Aun así, el rasgo más destacado de nuestros días es la enésima revisión (negativa) de ese tránsito en términos de olvido, traición y vergonzoso “pacto de silencio”.

Pese a que se ha llegado a una innegable equiparación con nuestros vecinos europeos en todos los aspectos, la historiografía española sigue recurriendo insistentemente a los términos de postración, amargura y desengaño como estigmas que acompañan nuestra trayectoria reciente. Una de las obras históricas más aclamadas y citadas en los últimos tiempos, consagrada al estudio del nacionalismo español del XIX, lleva el revelador título de Mater dolorosa. En la más reciente historia general de España, en el volumen dedicado al liberalismo, Josep Fontana ofrecía como síntesis del período esta demoledora sentencia: “Todo cuanto existe en España es contrario a la existencia de la libertad”. Bajo el título de “La España de los desengañados”, Ricardo García Cárcel -un historiador no precisamente pesimista en sus tomas de posición habituales-, hacía un repaso de la historia hispana de los últimos siglos, concluyendo que el desengaño es la médula espinal de nuestro devenir, desde Saavedra Fajardo, pasando por Jovellanos, siguiendo por Larra, continuando con el 98 y culminando con la guerra civil.

El valor de la cita estriba en que proviene, como las anteriores, de reputados historiadores de hoy mismo, no de trasnochados regeneracionistas del siglo anterior. Hoy mismo, en efecto, siguen publicándose artículos, comentarios y análisis de la misma índole. A veces, basta sólo con citar el título: “¿Otro 98?” (Andrés Ibáñez), “Otra vez dolor de España” (Manuel Ramírez), España, historia de un fracaso (Fernando de Orbaneja). En este último libro se citan elogiosamente unos fragmentos de El corazón helado, novela de gran éxito de Almudena Grandes: “Este país está mal hecho y hay que volver a hacerlo entero, de arriba abajo”. Y, más adelante: “Este país no ha hecho más que degenerar..., no es un país civilizado”. Y es que, como dice agudamente el antes citado Ibáñez, en nuestro idioma no existe un adjetivo para decir que algo tiene éxito (“exitoso” es palabra rara y bastante forzada), y las palabras positivas (ilusionarse, soñar, progresar) se prestan con facilidad a la burla o el desdén.


A muchos españoles les sigue pasando que sólo se encuentran cómodos cuando despotrican de “este país”, cuyo mero nombre les repele más que a Drácula las ristras de ajos. Aquí no se juzga la pertinencia de tales actitudes, sino que se constata su existencia como factor fundamental que determina percepciones y actitudes. Una determinada visión de la realidad termina también siendo un elemento real con el que hay que contar. La percepción de los hechos se convierte a su vez en hecho insoslayable. La crítica desesperanzada no es sólo una valoración, es un ingrediente con peso específico que configura la circunstancia histórica. Y, en definitiva, todo ello tiene un precio. Como en su día escribió Julián Marías, el pesimismo sobre España en su conjunto, la inveterada interpretación de nuestra historia como un rosario de errores, lleva al desaliento, propicia las impresiones de fracaso, inferioridad y desorden. De ahí, en última instancia, se nutre la desconfianza en el porvenir.

Desde el siglo XVII, el pesimismo ha sido más determinante que las posiciones contrarias en la cultura española. Sea por el substrato católico -valle de lágrimas-, la trayectoria histórica -el temprano esplendor-, nuestra excentricidad respecto al núcleo europeo o por otras causas (o todas ellas juntas), los efectos han sido -y siguen siendo- una concepción doliente de la vida, una desengañada visión del mundo y una negativa consideración de nuestra convivencia.

domingo, 22 de agosto de 2010

Leer España por Francisco Robles

Francisco Robles
Día 21/08/2010 - 23.31h
El mismo público que muestra su indignación por la prohibición de las corridas de toros en Cataluña fue el que guardó un indiferente silencio ante la desaparición de la Literatura Española de los planes de estudio de esas comunidades que son más autónomas que otras. Al arrinconar la obra de los clásicos españoles, el nacionalismo sectario empezó a forjar esas nuevas generaciones se han quedado ancladas en el bucle melancólico del nacionalismo, en la mediocridad de unos escritores regionalistas cuya obra sólo es útil para trenzar la propaganda que sirve de alimento ideológico a los cachorros de la causa.
«Leer España» es un hermoso libro de Fernando García de Cortázar donde se recorre nuestra milenaria historia a través de los poetas, novelistas y ensayistas que la han escrito en sus textos literarios. Porque España no solamente se ama o se odia, se crea o se destruye. España también se escribe en los epigramas sarcásticos de Marcial o en los textos sobrios de Séneca y Lucano. España es romana cuando se lee en latín y musulmana cuando Al Motamid se lamenta por la pérdida del reino taifa de Sevilla en su exilio marroquí. España se lee en el castellano alfonsí de las cantigas y en los sonetos italianizantes de Garcilaso, en la prosa limpia y llana de Cervantes y en los claroscuros de Quevedo.
Para leer España hay que liberarse de trincheras y prejuicios. Tan España es Azaña como Ortega, Alberti como Rosales, Manuel como Antonio Machado. Quien no lea a España en sus escritores será un analfabeto español, o viceversa. ¿No llama Dámaso Alonso analfabetos líricos a los que saben leer poesía? Pues eso mismo es lo que pretenden los nacionalistas periféricos y egoístas: crear una generación de analfabetos de lo español. Por un lado se eliminan los mil y un matices que puedan aportar Baroja, Unamuno, Cernuda, Delibes, Cela o Muñoz Molina, y por el otro se reduce lo español a la imagen kitsch, cutre y rancia que se destila en los alambicados alambiques del nacionalismo más retorcido y carca. Así se matan dos pájaros sin disparar un tiro mientras los polluelos permanecen en el nido del terruño.
Los nacionalistas han conseguido apartar el cáliz de España, como pedía César Vallejo en un sentido más trágico y menos demagógico, para que los jóvenes no puedan beber el vino que vendía Lázaro de Tormes ni el sabroso mosto de granadas que paladeaba San Juan de la Cruz. Así se consigue agrandar la obra de un racista furibundo e iletrado como Sabino Arana, por poner un ejemplo. Una obra, por cierto, que sus herederos ideológicos esconden para que no salgan a la luz sus barbaridades xenófobas, homófobas y racistas. Justo lo contrario que hace García de Cortázar al iluminar la historia de España con textos que nacieron en todos sus rincones, en todas las lenguas que aquí se hablan y se hablaron. Versos y prosas que responden a todas las visiones del mundo que uno se pueda imaginar. Eso es España. La España que algunos quieren arrumbar en el baúl de los tópicos. La España que García de Cortázar ha hilvanado con los textos que la han escrito. La España escrita que debemos leer para curarnos del nacionalismo excluyente, esa forma de analfabetismo.