jueves, 13 de marzo de 2014

Dionisio Ridruejo llega al teatro

La "cabalgada" democrática del franquista Dionisio Ridruejo llega al teatro

lainformacion.com
miércoles, 12/03/14 

El dramaturgo Ignacio Amestoy glosó hace tres décadas la figura de Dionisio Ridruejo, poeta falangista y jefe de Propaganda de Franco que acabó siendo uno de los primeros políticos de la Transición, una "cabalgada" hacia la democracia que llega ahora como espejo para políticos y "teatro comprometido".
 

Madrid, 12 mar.- El dramaturgo Ignacio Amestoy glosó hace tres décadas la figura de Dionisio Ridruejo, poeta falangista y jefe de Propaganda de Franco que acabó siendo uno de los primeros políticos de la Transición, una "cabalgada" hacia la democracia que llega ahora como espejo para políticos y "teatro comprometido".
Amestoy (Bilbao, 1947) ha explicado hoy en la presentación de la obra "Dionisio Ridruejo. Una pasión española", dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente y que se representará en el madrileño Teatro Valle-Inclán, del 14 de marzo al 13 de abril, que la figura de Ridruejo le interesó como medio de "prospección" de la historia de España.
"Tenemos una sociedad civil muy débil, eso se refleja en la educación: no conocemos nuestra propia historia y recuperar el conocimiento de personajes como Ridruejo nos puede vertebrar como país", ha añadido Amestoy, que ha recordado también que "no se puede explicar la historia de los vascos sin España", un tema al que ha dedicado una decena de sus 22 obras teatrales, como "Ederra".
El poeta, que creyó en la bondad de la Falange, a cuyo himno aportó los versos "volverán banderas victoriosas/ al paso alegre de la paz", quien formó parte de la División Azul, quien ya en 1956 fue detenido por apoyar a movimientos estudiantiles y en 1962 asistió al Contubernio de Munich de la oposición a Franco, es un ejemplo de que la "conversión" es posible, ha apuntado Amestoy.
La acción de la obra, en la que el dramaturgo ha querido fundir "el teatro ritual y el documental", tiene lugar el 28 y 29 de junio de 1975 en una residencia militar en la que un coronel del ejército español se entera de que su admirado compañero Ridruejo acaba de morir.
Tres momentos históricos se integran "en esencia" en ese apartado documental: el mitin que Ridruejo dio en Valencia en 1940 ante doscientas mil personas; la carta que dirigió a Franco a su vuelta de la División Azul en 1942, en la que se quejaba del alejamiento del Régimen de los valores falangistas; y el discurso que pronunció para anunciar la Unión Social Demócrata Española, en 1974.
Una formación política que contó con el apoyo de figuras como Juan Benet, Antonio Buero Vallejo y Francisco Fernández Ordóñez, ha recordado Amestoy, para quien, de haber vivido, tal vez Ridruejo hubiese sido "la persona adecuada en la decisión del Rey para encabezar un gobierno democrático" en la Transición.
Pérez de la Fuente vuelve a la que fue su casa -dirigió entre 1996 y 2004 el Centro Dramático Nacional, del que depende el Teatro Valle Inclán- con este ejemplo de "teatro comprometido" en un momento en el que "muchos políticos son capaces de defender a sus jefes en cualquier circunstancia", ha dicho.
"La primera vez que cantamos el 'Cara al sol' en los ensayos hubo un escalofrío general", ha añadido Pérez de la Fuente, para quien la obra llega en un momento ideal para que los políticos la vean y "se den cuenta de que se puede cambiar de rumbo, cuando el camino no es el adecuado".
La "dificultad" de llevar al texto toda esa carga documental se hace sin el personaje de Ridruejo sobre las tablas y pivota sobre la trama "ritual" de cinco militares, interpretados por Ernesto Arias (coronel Arenas) Jesús Hierónides (comandante Castro), Paco Lahoz (general Castillo), Nerea Moreno (enfermera) y Daniel Muriel (capitán Alonso).
Arias, que interpreta al personaje principal, el coronel Arenas, ha dicho sentirse "deslumbrado" por la figura de Ridruejo, que "abandonó el franquismo", cuando se dio cuanta de que "se había olvidado el bienestar del pueblo", y prefirió "seguir los dictados de la conciencia antes que a Franco, igual que ahora se sigue al partido con la obediencia debida".
En el coronel Arenas se ejemplifica también "a toda esa gente sometida por las dictaduras que desean libertad y justicia, pero no se ven con fuerzas para luchar contra ellas", ha añadido Amestoy.
Daniel Muriel, que interpreta a un joven capitán de la Unión Militar Democrática, ha explicado a Efe que esta función es "muy necesaria" y también "interesante" para los más jóvenes, porque refleja a "una figura heroica e íntegra".
"Conocemos a Gooebels y no a Ridruejo, que fue la mano derecha de Franco. No somos nada generosos con nuestra propia historia, porque tal vez nos avergüence un poco y deban pasar unos años hasta que se estudie plenamente en lo colegios", ha añadido Muriel.
El director del Centro Dramático Nacional, Ernesto Caballero, ha dicho que "Dionisio Ridruejo. Una pasión española" cuadra con el creciente interés del público "sobre lo que hemos sido y lo que queremos ser" y ha situado la obra en un terreno de "reflexión" propio de la dramaturgia, ya que, a su juicio, "el teatro falla cuando se hace para convencidos".
(Agencia EFE)

lunes, 10 de marzo de 2014

El toreo, de esmoquin. Por Antonio Burgos

Antonio Burgos 



El toreo, de esmoquin
 El 11 de diciembre de 1944 los intelectuales españoles rindieron un homenaje a quien entonces era el máximo héroe popular. Un torero. Manuel Rodríguez "Manolete". Como una figura de El Greco vestida de luces, que recibía a los toros por alto con el laconismo militar de aquel estilo: como un saludo a la romana con la muleta. El homenaje consistió en una cena de gala en el restaurante Lhardy de Madrid. Historia sobre la Historia. En el restaurante histórico, media Historia del Toreo en el siglo XX y los autores de la mejor prosa que se escribía en una España de postguerra no tan triste como ahora la pintan, pues para ellos era el paso alegre de la paz en una primavera que volvía a reír. De aquella cena de gala hay una foto famosa. En torno a Manolete están Cela, Pemán, Víctor de la Serna, Agustín de Foxá, Adriano del Valle, Pedro Mourlane Michelena, Rafael García Serrano... Al fondo de la foto parece que resuena el arte mayor, la Poesía rendida ante el Toreo, como una premonición de los alejandrinos que Agustín de Foxá habría de escribir tras lo de Linares: "Yo saludo al torero más valiente del ruedo./Yo saludo en ti a Córdoba, olivares y ermitas,/que le dio esa elegancia de califa sin trono,/de Almanzor que no vuelve, que es desdén y nobleza." 
Y como una costumbre de etiqueta que ya sólo se mantiene en la cena de los Cavia en la Casa de ABC, todos los escritores que aparecen en esa fotografía visten riguroso esmoquin, con blanca camisa de pechera dura y corbata de lazo. Todos, menos uno. Todos menos Manolete. Manolete va de uniforme. Manolete va con el uniforme del cuerpo al que pertenece. Va vestido de torero. ¡Y qué torero! Manolete va con su traje corto campero, con su camisa de chorreras con botonadura de piedras preciosas. Y sin corbata. Ni de lazo ni de nudo. Sin corbata, como los hombres del campo andaluz cuando van al pueblo para el día de la Patrona. Con el botón del cuello de la camisa muy abrochado. Pero chorreando señorío y torería. Derramando la misma "elegancia de califa sin trono" con que Agustín de Foxá habría de recordarlo desde aquella noche.

Yo me he acordado ahora de aquella fotografía del homenaje de los intelectuales a Manolete en Lhardy. Con ocasión de algo que me tiene perplejo: la moda de que los toreros presenten su temporada, como si fuera un modelo nuevo de coche o el premio Planeta. Hasta ahora, en el toreo, ni las figuras sabían cómo se iba a presentar para ellos la temporada. Dependía de cómo arrancaran en Castellón, en Valencia, o luego en Sevilla y en San Isidro. Los toros traían cortijos en sus lomos... o teléfonos que no sonaban en casa del apoderado. Según. Ahora no.

Ahora las figuras no sólo saben cómo se les presenta la temporada, sino que encima te la presentan: "Aquí mi remporada, aquí la afición". ¿La afición? La afición huye de las plazas ante este toreo de diseño asistido por ordenador. Sin alma. Sin torería. Sin paladar.

Así que el uno presenta su temporada en el Círculo de Bellas Artes (que no es mal sitio, ahí tiene que estar el toreo, entre las Bellas Artes) y el otro presenta su temporada taurina como si fuera un disco de David Bisbal: con un festorro en el Joy Eslava, ¡arsa pilili! Y la presenta vestido de esmoquin. Todo el famoserío y el canallerío al uso madridí está allí en la fiesta vestido de particular, pero el torero presentante va de esmoquin. ¿Es acaso un intelectual que le va a rendir homenaje a Manolete con retraso? No, es el triste símbolo de cómo está el toreo.

Los toreros antes se vestían de toreros y se casaban de corto y con botos camperos. Ahora se casan de chaqué y organizando desfiles de máscaras con chisteras. Y presentan su temporada de esmoquin. Al toreo le han quitado el traje corto y lo han vestido de esmoquin y de chaqué. Y encima quieren que se llenen las plazas. ¡Tequiyá con el cuento del esmoquin!



Artículo publicado en ABC el día  9 de Marzo de 2014

domingo, 9 de marzo de 2014

Cubistas en el Museo de Sevilla.

Desde el 7 de Marzo hasta el próximo 29 de Junio, en la sala de exposiciones temporales del Museo de Bellas Artes de Sevilla, permanecerá la muestra Colección Cubista de Telefónica, una cita ineludible no sólo para todo aficionado a la pintura, sino para cualquier persona con un mínimo de inquietus cultural. Por primera vez en Sevilla se realiza una exposición pictórica de una de las étapas más importantes de las vanguardias de la primera mitad del siglo XX, por lo cual hay que felicitar a su actual directora, Valme Muñoz Rubio, quién no tiene ciertamente una tarea fácil, pues es una misión importantísima llevar una nave tan valiosa para el Arte y lidiar con la dificultad añadida del cruce de administraciones, nacional y autonómica, en la gestión del Museo.
La exposición sobre el cubismo, aunque carece de obras de los considerados sus dos fundadores, George Braque y Pablo Picasso, si cuenta con algunos de sus principales representantes, para mí, su mejor exponente, el español Juan Gris, y una artísta que debería tener mayor reconocimiento en la Historia del Arte, María Blanchard. Destacar también el eco en pintores hispanos que recogen la influencia del movimiento, como el onubense Vázquez Díaz, que nos recuerda en el caserio que muestra en su obra expuesta, los volúmenes premonitorios de Cézanne, o los increibles cubiertos de la naturaleza muerta del brasileño Vicente Do Rego Monteiro, que flotan en un cromatismo casi mágico que nos transporta al misticismo de los austeros bodegones de Zurbarán.
Javier Compás

sábado, 8 de marzo de 2014

Leopoldo María Panero, punto y final

El escritor Antonio Rivero Taravillo nos recuerda a Leopoldo María Panero, recientemente fallecido.

Ha muerto Leopoldo María Panero. Ha sido una semana luctuosa para la poesía española dentro de un comienzo de año particularmente fúnebre en lo que hace a la escrita en nuestra lengua, pues se ha llevado, con guadaña afilada a cada poco, a Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Fernando Ortiz y Félix Grande. Ana María Moix, antigua amiga de correrías, moría pocos días antes que él, de forma que de repente el grupo incluido en la influyente antología de José María Castellet (también recientemente fallecido) Nueve novísimos poetas españoles ha tenido dos bajas (con la de Manuel Vázquez Montalbán, un tercio ya de aquella nómina).
         Pero además de a los novísimos, también pertenecía el recién desaparecido a otro grupo de poetas: el de su propia familia. Poeta fue su hermano Juan Luis (muerto hace pocos meses), y poetas su padre, Leopoldo, sobre el que luego volveré más detenidamente, y su tío Juan, fallecido en 1937 en accidente de carretera y que los lectores de Luis Rosales, amigo suyo, recordarán porque el granadino lo lleva a hombros de su memoria emocionada hasta los versículos de La casa encendida. A este Juan, cuyo único libro publicado en vida (Cantos del ofrecimiento) se lo editó Manuel Altolaguirre en sus ediciones Héroe en mayo de 1936, le dedicó su hermano Leopoldo, padre del difunto de hoy, el poema “Adolescente en sombras” en 1938.
         Pero pasemos a quien fue -antes de que los hijos empezaran a publicar, y prácticamente olvidado ya el malogrado Juan- “el poeta Panero”: Leopoldo, amigo de César Vallejo o Cernuda, con quien cruzó un mensaje Aleixandre para quedar e ir junto a Cernuda a la celebración de la llegada de la República en abril de 1931, ese instante de promesas, y que algunas simpatías izquierdistas tendría cuando fue acusado por los nacionales al estallar la guerra de recolectar dinero para Socorro Rojo. Es sabido que fue encarcelado y que solo la mediación de Unamuno y, en última instancia, Carmen Polo, pariente lejana de la familia, hizo posible que fuera puesto en libertad. Luego, como otros, al parecer se afilió a Falange; pero de ahí a poder afirmar que fuera falangista por convicción dista mucho.
         Cierto que, como Montes, Alfaro, Manuel Machado, Cunqueiro o Gerardo Diego participó en la famosa Corona de sonetos en homenaje a José Antonio Primo de Rivera. Y que desempeñó un puesto señalado en el Instituto de España en Londres, ciudad donde su primo Pablo de Azcárate dirigía el otro Instituto Español (el republicano). En Londres conoció a T. S. Eliot, cuya complicidad quiso granjearse con buenos caldos españoles pertenecientes a la bodega de la legación, y también allí retomó la amistad con Cernuda, lo que no impidió que reprochara a este con una furibunda salida de tono el haber escrito el poema “La familia”, donde no quedaba bien parada la institución. De ese contacto con el poeta sevillano, salvado el incidente, quedaron el imposible idilio que su esposa, Felicidad Blanc, creyó que hubo entre ella misma y Cernuda y alguna evocación, en verso o prosa, de su hijo mayor: Juan Luis.
         Al tercero en discordia, Michi, le cupo el dudoso honor de vivir como el que más la Movida madrileña y de irse puliendo la rica biblioteca paterna, que Andrés Trapiello (leonés también y una de las personas que más sabe sobre la familia) recuerda haber visto íntegra así como, penosamente, durante su proceso de desintegración. Lo cuenta en desoladoras estampas de su Salón de pasos perdidos.


Sitting Bull, quien inspiró uno de los mejores poemas
de Leopoldo María Panero

 Nos queda, pues, Leopoldo María (el que ya tampoco nos queda tras el colapso multiorgánico), el más alocado ya desde la imagen que nos ofreció de sí mismo en esa película terrible de Jaime Chávarri, El desencanto (1976), donde viuda y huérfanos parecían solicitar, “repaso” al padre mediante, una fe de vida para los tiempos nuevos democráticos, una suerte de limpieza de sangre  o sangrado aplicada la sanguijuela directamente al corazón: es decir, al padre.
         Los diarios e Internet abundan estos días en necrológicas de Leopoldo María Panero: todas resaltan su condición de fumador de grifa, de loco, de homosexual que hizo uso de chaperos miserables (no tenía el dinero de Jaime Gil de Biedma), de principal consumidor de Coca-Cola de toda España que seguro que ahora, ido él, entra en números rojos). De su poesía, sin embargo, se dice poco. Porque es poco lo que se lee. A grandes rasgos se puede afirmar que comenzó siendo un excelente poeta transgresor y que luego la escritura de versos y otras líneas se convirtió en una especie de terapia que tal vez sus editores debían de haber racionado más, seleccionándola. Así se fundó Carnaby Street está entre lo mejor suyo.
         Muchos lo vieron por última vez hace año y medio en Cosmopoética, donde dio una vez más el espectáculo que tantos sin piedad deseaban ver entrando y saliendo de la sala de la Filmoteca durante una proyección de esa obra cinematográfica por la que muchos lo conocieron; o interrumpiendo una vez y otra a los compañeros en una mesa redonda, pacientemente atendido por el catedrático y editor de su poesía Túa Blesa y por la amiga que esos días se ganó el cielo junto con la admiración –era además guapa– de los asistentes.
         Desvariaba. Antiguos amigos lo rehuían, como el poeta loco inglés John Clare se lamentaba en un poema que él vertió muy libremente pero desde la íntima identificación con el enajenado. Se reía con unas carcajadas como no las hay en el infierno. A mí, con ese acento entre cheli y algo batasuno (este último timbre se le pegaría como una enfermedad infecciosa en el manicomio de Mondragón) me preguntó en el restaurante en que parábamos a la hora de la cena si yo era policía. 
       Cada vez que muere alguien se ciñe un punto al final de su biografía como un botón negro que la cierra. Los sucesivos muertos en la familia van, paradójicamnete, señalando un camino de puntos suspensivos: el linaje continúa. Pero la muerte de Leopoldo María Panero, el último de los tres hermanos, el eslabón final, si oxidado y roto, de esa cadena, lo que señala es un solitario y ya jamás continuado punto y final.
Antonio Rivero Taravillo.

lunes, 3 de marzo de 2014

La Gastronomía con mayúsculas y sin cuentos

 Arte de resucitar 

Pla se presenta como inesperado profeta de
la 'slow food' en 'Lo que hemos comido', uno de los mejores libros
dedicados a la gastronomía en España.
Manuel Gregorio González | Actualizado 20.01.2014 - 12:52


zoom
Josep Pla i Casadevall (1897 - 1981), fotografiado por Català Roca.
Lo que hemos comido. Josep Pla. Trad. P. Gómez Carrizo. Austral. Barcelona, 2013. 352 páginas. 8,95 euros.

Una
de las grandes virtudes de Josep Pla, no muy común en España, es la
voluntad de precisión. Una precisión, por otra parte, trufada de
sencillez, de inteligencia, de un humor fino, no exento de socarronería,
que alcanza su ápice literario en la capacidad de adjetivar. Pla
adjetiva admirablemente. Y cuando uno lo lee, como en este excelente
vademécum de la cocina mediterránea, sabe que cada adjetivo lleva detrás
una meditación, y que en dicha meditación hay grandes porciones de
sabiduría, pudorosamente veladas. El gran Vázquez Montalbán, en el
prólogo que abre este volumen, dibuja a un Pla en la encrucijada
tecnocrática de los 60/70, cuando los congeladores hicieron su aparición
y las viejas formas de cocinar se vieron ensombrecidas por la urgencia
electrodoméstica. Ese Pla nostálgico, meditabundo, también se nos
presenta como un inesperado profeta de la slow food y las
virtudes de la cocina autóctona. ¿Qué pensaría Pla del éxito actual de
los programas de cocina y del prestigio alquímico de su paisano Adrià?
Como diría Cunqueiro, otro gran aficionado a la ciencia de las marmitas,
"nin se sabe". Sí cabe suponer, no obstante, que la exótica
proliferación de restaurantes de autor, y el triunfo de la cocina estética, quizá no fueran de su agrado.

España, que no tiene una gran literatura gastronómica, tiene sin embargo tres libros memorables dedicados a estos asuntos: La casa de Lúculo de Julio Camba, La cocina cristiana de Occidente de Álvaro Cunqueiro y este Lo que hemos comido,
que Pla escribe por insistencia -por la mucha insistencia, según
declara el autor- del historiador Vicens Vives. En la presente edición,
extractada por Vázquez Montalbán, se prescinden de reiteraciones y
piezas que han perdido actualidad. No obstante, el resultado es óptimo y
el aficionado a Pla, así como a la re coquinaria de Marco
Apicio, hallará en estas páginas motivos de satisfacción y asuntos para
el debate. Como recuerda Montalbán, el magisterio de Pla propició el
gran articulismo gastronómico de Nestor Luján, Joan Perucho y Xabier
Domingo. A esto cabría añadirle la obra del propio Vázquez Montalbán,
cuyo Carvalho, además de espía en excedencia y marxista descreído, es un
meritorio intelectual de los fogones; un intelectual epicúreo, que
divagaba en la alta noche de Vallvidrera sobre la conveniencia o no del
sofrito con cebolla para la consistencia y la perfección del arroz. Para
Pla, como para Montalbán, y por supuesto para Camba y Cunqueiro,
gallegos ambos, la cocina es una cuestión de precisión. Y más
cumplidamente, de perfección. Ahí se solventa no sólo el gozo del
paladar de quien se sienta a los manteles; se solventa, más allá de esta
fulguración momentánea, el rigor y la fidelidad a la vasta herencia
recibida. "La mesa -escribe Pla en las Formas de la pasta- es un
lugar de diálogo. Las conversaciones de mesa son la civilización misma,
la pura esencia de la manifestación personal". Bien es verdad que
mientras Camba atiende a una cocina cosmopolita, explicada con
rigurosidad y humor; mientras Cunqueiro trae al folio la gran cocina
europea, los cocineros de la Francia clásica, como Carême, historiados
con su erudición inagotable, lírica y fantasiosa; Pla se ciñe a su país
del Ampurdán, deteniéndose en la perfección del guisante, en el momento
exacto de la sardina, en la escudella y carn d'olla, en la
consistencia del sofrito, en la carne de caza, en asuntos sencillos y
cruciales, en definitiva, no sin comparar los logros autóctonos con
otras cocinas que él frecuentó en su juventud viajera.

Quiere
esto decir que la cocina, en Pla, en un oficio conservador. Y ello por
lo que decíamos al principio. Cuando Pla escribe estas páginas,
instigado por Jaume Vicens Vives, la cocina industrial, y el auge del
electrodoméstico, han facilitado un cambio drástico en los procesos
culinarios. Dichos cambios están íntimamente relacionados con el tiempo:
el tiempo de elaboración, más breve y menos eficaz, y el tiempo de la
sazón de los productos, la rueda de las estaciones, que los congeladores
ignoran. Dice Pla en la Cocina de primavera: guisantes y habas,
que "la cocina es el arte de resucitar los cadáveres, no el de
rematarlos". Y este juicio es el que, sumariamente, le aplica a los
modernos adelantos de la industria alimentaria. Sin el respeto a los
tiempos, a las calidades, al carácter propio de cada producto, la cocina
le parece, sobre monocorde, fatigosa e insulsa. Sin embargo, la cocina
debe ser una fiesta; una fiesta lenta, ceremoniosa y frugal.

Una fiesta en la que se olvide, por un momento, que "la única cosa real, en esta
vida, es la soledad total".


Arte de resucitar

"En 35 años la única versión de la guerra civil ha sido la de la izquierda"

Sonsoles Fernández de Córdoba

"En 35 años la única versión de la guerra civil ha sido la de la izquierda"

La escritora presenta hoy su primera novela, 'En la soledad y en la guerra', con la intervención en el acto de Luis María Anson, de la Real Academia Española.


FERNANDO DÍAZ DE QUIJANO | 08/10/2013 

Sonsoles Fernández de Córdoba.

En los últimos años se han publicado incontables novelas ambientadas en la Guerra Civil, siempre desde la perspectiva del bando republicano. La abogada y ganadera Sonsoles Fernández de Córdoba (Madrid, 1952) se ha atrevido a contradecir esta tendencia en su primera novela, En la soledad y en la guerra (Libros Libres), con un enfoque abiertamente de derechas y mucha documentación, procedente en parte de su archivo familiar. Así, la autora reconstruye unos hechos que hoy apenas tienen eco en nuestra literatura, al relatar la pesadilla de una familia de tradición castrense y monárquica atrapada en el Madrid republicano.

La novela es, ante todo, un homenaje al estamento militar, sin importar la ideología. No en vano, el personaje más importante de la novela, que mantiene un romance imposible con Isabel, la protagonista, es Joaquín Pérez Salas, un comandante de Artillería de la República que jugó un papel fundamental en el campo de batalla y antepuso sus principios a cualquier consigna política. Su independencia moral le costó ser menospreciado por su propio bando y al acabar la guerra fue fusilado por negarse a renunciar a sus ideales republicanos.

Pregunta.- Detrás de la novela se ve que hay mucha documentación y un tono autobiográfico. ¿Qué documentos ha consultado para recrear los hechos históricos que relata?
Respuesta.- El drama de la Guerra Civil me ha interesado siempre muchísimo, pero sólo lo conocía en sus términos generales, y algunos hechos y anécdotas por el testimonio oral de familiares. En los últimos años, he leído prácticamente todos los testimonios escritos de los protagonistas más relevantes de la guerra, y quizás más aún del bando republicano que del nacional, además de consultar el punto de vista de los historiadores. También,  la documentación familiar me permitió conocer situaciones y aspectos que son, en general, desconocidos.

P.- ¿Es la historia de su familia?
R.- No estrictamente, aunque multitud de sucesos y anécdotas sí lo son, incorporados a los  personajes de la obra, que unos sí son familiares y otros son ficción.

P.- Hay en la novela un claro homenaje a los militares de uno y otro bando, como “gente de honor”. ¿Qué representa para usted el estamento militar?
R.- Yo procedo de una familia militar, es lo que he visto toda mi vida. Valoro enormemente  sus principios, las normas que rigen su comportamiento: la lealtad, el espíritu de sacrificio y de servicio, el honor, el valor, el amor a España... Todas esas cosas que hoy día son términos en desuso. Me gustan igual estén en un bando o en otro, o en la Royal Navy. Para mí los militares representan lo mejor de nuestra sociedad y me encanta rendirles un homenaje a través de esta novela. Se lo merecen.

P.- De la novela se desprende que la guerra no podía dar lugar al Estado que querían los militares de un bando ni de otro... Ni una monarquía parlamentaria, ni una república de ley y orden. ¿Es así?
R.- Si hubiera ganado el bando republicano, se habría llegado a un régimen comunista con entera seguridad, porque era la facción que detentaba el poder en ese bando a través de su supremacía absoluta en los Ejércitos. Y más aún habiendo ganado la guerra por la ayuda de la Unión Soviética. España se habría  convertido en un país satélite más de la URSS, como ocurrió con otros países tras la Segunda Guerra Mundial. En el supuesto de victoria de los nacionales, creo que las cosas podrían haber sido de otra manera. Tras un período de normalización y de reparación de daños, necesario para olvidar y distanciarse de la guerra, se podría haber iniciado un proceso de evolución hacia una monarquía parlamentaria. Los monárquicos lo intentaron, pero Franco y Falange no lo permitieron.

P.- ¿Cómo dio con el personaje de Joaquín Pérez Salas? ¿Era en la vida real tan honorable como usted lo retrata? ¿Cómo le ha tratado la Historia?
R.- Sobre todo a través de los testimonios escritos de compañeros suyos militares, también de algún político, de su hermano Jesús y otros testigos, que son algunos de los hechos que se relatan, sin una sola concesión a la imaginación. Sólo, por supuesto, en lo relativo a la historia de amor con la protagonista, que es todo ello ficción. Y creo que fue tan honorable, tan valiente y buen militar como le retrataron sus compañeros republicanos, pues también lo afirmaban militares y civiles del otro bando como Queipo de Llano, Joaquín Arrarás o Rafael García Serrano. Era además una buena persona, y lo demostró ayudando y librando de la muerte a multitud de personas del bando nacional. Los testimonios de mucha gente después de la guerra así lo avalaron. Dentro del ámbito republicano, y a pesar de ser el mejor jefe de Artillería de su ejército, los historiadores no le prestaron ninguna atención porque no era comunista. Se caracterizó por su claro enfrentamiento con los comunistas y con los comisarios políticos porque no permitía ni el proselitismo ni la política en sus unidades, y además les resultaba “sospechoso” porque evitaba represalias y asesinatos. La Historia no le ha hecho ninguna justicia porque no coincidía con la línea ideológica marcada por los que la han manejado, crean opinión y elaboran a sus propios héroes o villanos.

P.- ¿Con esta novela ha pretendido “compensar” el exceso de novelas que proliferan en la actualidad sobre la Guerra Civil con un enfoque de izquierdas? ¿Es un modo de decir que no todo fue “blanco o negro”?
R.- No, esta novela no pretende compensar nada, pretende contar realidades, verdades que hoy día no se conocen. Y está contada claramente desde la visión de unos personajes de derechas. Pero con la crítica a los errores de su propio bando no se trata de decir que no todo fue “blanco o negro”, se trata de contar la verdad y reconocer los errores de su lado. No se trata de hacer algo “políticamente correcto”. Y de otra parte, es imposible compensar nada con esta novela porque en los últimos 35 años no ha habido más que una versión: la de la izquierda.

P.- Dentro del bando nacional, se ensalza a los monárquicos y se reniega de los falangistas, a quien se describe como bestias. ¿Qué opinión tiene de las distintas facciones que conformaban el bando nacional?
R.- Los falangistas -de ideario fascista- no sacaron ni un solo escaño en las elecciones de 1936, por tanto su peso entre la gente de derechas era totalmente irrelevante. La mayoría de la derecha estaba formada por votantes de la CEDA, partido republicano de derechas, por el Bloque Nacional, partido monárquico de derechas, y por los Tradicionalistas, que reclamaban el trono para Alfonso Carlos de Borbón. Ante la presión del Frente Popular y de los desmanes que se cometían, la respuesta violenta fue la de los falangistas. Y como no podía ser de otra forma, a medida que la violencia se agudizaba, las posiciones se giraban hacia los extremos. Durante toda la guerra la política activa fue la de Falange y los Tradicionalistas. Además, Franco disolvió -mediante el Decreto de Unificación- todos los demás partidos, que representaban precisamente la derecha liberal-conservadora, y no quedaron más que dos partidos legales: Falange y los Tradicionalistas, que impusieron su ideología. Parte de la gente de derechas compartió su ideas, otros no.

P.- Con el personaje de Joaquín Pérez Salas, que representa un ejemplo de integridad moral, o Consuelo, la miliciana de CNT que salva la vida a las protagonistas, parece que ha querido “equilibrar” de algún modo la balanza del bien y del mal en su novela.
R.- No, en absoluto. El personaje de Joaquín Pérez Salas es precisamente el que me invita a escribir este relato y a contar su historia, por ser tan estupendo y tan desconocido. No había ninguna intención: era su historia, la de un buen militar republicano. Por otra parte, y en mi empeño de contar verdades, el personaje de Consuelo -nombre figurado- es absolutamente real. Se enamoró de un familiar y eso le salvó la vida a varias mujeres de mi familia. Todos mis familiares lo saben porque nos lo contaron repetidas veces, así como que esos mismos familiares a los que protegió fueron las únicas personas que, en su momento, testificaron a su favor, por ese motivo. Me costó mucho contar ese episodio por varias razones, pero entre otras la de que, precisamente, podía parecer que se trataba de “equilibrar”. Pero como trataba de contar verdades, allá fue.

P.- ¿Quién tuvo más culpa del terror que se vivió en Madrid, ¿los milicianos o los gobernantes de la República?
R.- De los hechos violentos en sí  al comienzo de la revolución, tanto en Madrid como en otras ciudades, la culpa fue de los milicianos. Pero del  origen y de las causas de esa violencia, la culpa fue de los gobernantes de la República. Unos, los representantes del PSOE, PC Y CNT, por acción, porque  desde 1934 animaban a la violencia física contra la gente derechas, llegando incluso a su “eliminación”. Otros, por omisión: los Partidos Republicanos, que en la alternativa entre mantener el orden y la ley o dejar hacer su política revolucionaria al resto de los partidos del Frente Popular, optaron por éstos y no hicieron nada para evitar la violencia y la revolución.

P.- ¿Publica esta novela sin complejos por el qué dirán? ¿No le preocupa contradecir la opinión mayoritaria que hoy se tiene de la guerra civil?
R.- No sólo no me preocupa, sino que estoy encantada de contradecir la opinión mayoritaria, formada por el desconocimiento absoluto que la mayoría de la gente tiene  de lo que aquello fue y de sus causas.


Publicado en El Cultural.

domingo, 16 de febrero de 2014

Memoria histórica: "Bajo un manto de estrellas" La película

“Bajo un manto de estrellas”: una historia de amor

El guión se basa en la causa de beatificación y en un diario escrito por un superviviente

Dominicos, 16 de febrero de 2014 a las 08:06

El martirio nos hace libres, libres frente al poder, al mundo, a las presiones para renegar de nuestra fe, libres para sacrificar nuestra propia vida y ser asociados totalmente al sacrificio de Cristo en la Cruz
Bajo un manto de estrellas/>

Bajo un manto de estrellas

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Las puertas del cine Palafox de Madrid se abrieron el pasado jueves 13 de febrero para acoger a los 250 invitados al preestreno de la película del director Óscar Parra de Carrizosa, "Bajo un manto de estrellas" que relata la historia de amor y perdón de una comunidad de frailes dominicos martirizados en Almagro en 1936.
Después de haber podido ver algunos adelantos de la película en fotografías, vídeos, entrevistas al director y actores, los asistentes al preestreno estaban expectantes. Los actores era la primera vez que veían la película completa después del rodaje y querían ver el resultado de un duro trabajo. Y los demás invitados ya tenían ganas de conocer la historia de esos frailes dominicos de Almagro que, junto con otros muchos frailes, hermanas y laicos dominicos y miles de religiosos, sacerdotes y laicos católicos, fueron martirizados en el siglo XX en España.
El director presentó la película agradeciendo la ayuda de Gema G. Regal, coguionista; de los asesores históricos/religiosos P. Jorge López Teulón (uno de los mayores especialistas en la persecución religiosa del siglo XX España) y fr. José Antonio Martínez Puche (que cuidó hasta el detalle el lenguaje, la música, la liturgia, las costumbres de los dominicos en ese tiempo); a los dominicos, en especial fr. Baldomero, por facilitar el rodaje en el convento de Almagro; y por supuesto los actores que han formado parte de la producción, y todo el equipo que la ha hecho posible.
La película, con palabras de fr. José Antonio Martínez Puche: «ofrece una historia de amor, a Dios y a los hombres.... Una historia de amor, que condujo a la comunidad de dominicos de Almagro a una pasión de vejaciones, violencia, sufrimientos físicos y espirituales, hasta el signo de amor más grande: derramar su sangre y dar su vida por Cristo, perdonando a sus verdugos».


El guión ha sido preparado por el mismo director Óscar Parra y su novia Gema Regal, basándose en la causa de beatificación de los mártires, una obra de fr. Luis Alonso Getino sobre los Mártires dominicos, y un diario escrito por un superviviente, un niño de 11 años que estuvo retenido junto con los frailes y que iba anotando lo que sucedía cada día, con la inocencia propia de su edad, carente de cualquier matiz político, impresionado por la actitud de los frailes ante la cercanía de su muerte.
La película se centra, precisamente, en la vivencia de cada uno de los dominicos durante esos días. No eran héroes, tenían sus miedos, dudas, lloraban, pero tenían muy claro que nadie les iba a hacer renegar de su fe en Cristo, por quien habían dejado todo para servirle a Él y a los hombres. Perdonando siempre, sin comprender esa violencia cuando no habían hecho nada malo, sin rencor alguno hacia sus verdugos. De hecho los frailes en todo momento se dirigen a los milicianos por sus nombres, incluso con sus motes, como habían hecho siempre pues se trataba de gente del pueblo, sus vecinos, a quienes conocían perfectamente. De ahí la extrañeza de un fraile cuando El Jaro (interpretado por Pablo Vega), a cuya familia había ayudado tantas veces la comunidad, se muestra dispuesto a participar en la matanza: "Pero Jaro, ¿tú también vas a venir a matarnos?" le dice, con tristeza uno de los dominicos.

Los milicianos y el alcalde se muestran confusos, con sus propias luchas interiores, con distintos perfiles: el que se lava las manos, sin importarle lo que les suceda a los frailes; el manipulador, que actúa manejando a los demás para conseguir lo que quiere, pero dejando a los otros el "trabajo sucio"; el analfabeto, el ignorante que se siente poderoso con un arma en la mano; el que se siente obligado a demostrar que está del lado de los milicianos para defender a su familia; y el que se niega a ejercer la violencia sobre los religiosos, pues ninguna revolución puede construirse sobre la sangre de inocentes.
Uno de los momentos de mayor intensidad se desarrolla en la habitación en la que estuvieron detenidos durante varios días: por la noche, la comunidad en torno a la luz de unas velas, en que los jóvenes frailes confiesan que, aunque tienen el apoyo de la fe, están asustados, no entienden por qué les quieren matar... En ese instante, el Maestro de Estudiantes, en una gran interpretación de Sergio Raboso, les habla del sentido del martirio e intenta tranquilizarlos: "El martirio es el sacrificio supremo del amor que el mismo Señor consumó en la Cruz... El martirio nos hace libres, libres frente al poder, al mundo, a las presiones para renegar de nuestra fe, libres para sacrificar nuestra propia vida y ser asociados totalmente al sacrificio de Cristo en la Cruz".
La película está plagada de escenas cargadas de una gran emotividad: la comunión de los frailes, uno a uno, conscientes que iba a ser la última vez que tomasen el cuerpo de Cristo; la Salve, tras recibir una paliza, cantada con más intensidad y fuerza que nunca; las dos "procesiones", saliendo del convento hacia su cautiverio, y la última, camino del martirio...
El dramatismo de la escena final hizo que el silencio reinara en la sala durante unos minutos, retrasando los aplausos que merecían el director, actores y todo el equipo, que acabaron sonando con fuerza una vez que se encendieron las luces de la sala. Todos los que habían hecho posible la película se pusieron en pie recibiendo una ovación durante unos minutos.
Tras la película, tuvimos la oportunidad de conversar con los actores de la película, quienes coincidían en expresar su gratitud al director Óscar, y a todo el equipo, con quienes se ha creado una gran amistad, y lo que les había supuesto esta película en su crecimiento profesional, humano y espiritual. Algunos reconocían que les había impresionado el rodar la película en el mismo lugar en el que se desarrollaron los acontecimientos, muy cerca de la sepultura de los frailes.


Hay que reconocer y agradecer la valentía de Óscar Parra de Carrizosa al afrontar la aventura del rodaje de una película religiosa, de un tema tan delicado como es el de los mártires del siglo XX en España, que él ha sido capaz de relatar de manera muy correcta. El mayor regalo para Óscar, como él mismo reconocía, es que la película ayude a orar, a aumentar la fe y a transmitirla a los demás.
Desde ayer, 14 de febrero, se proyecta en una treintena de salas de cine de toda España, a las que se irán sumando alguna más a lo largo de los próximos días.

Más información:

Especial sobre la película en Dominicos.org : http://www.dominicos.org/grandes-figuras/martires/almagro-bajo-un-manto-de-estrellas
Página oficial de la película: http://bajounmantodeestrellas.com/
Bajo un manto de estrellas. Película, historia y holocausto de los mártires dominicos de Almagro (1936), libro preparado por fr. José Antonio Martínez Puche y editado por Edibesa. http://www.edibesa.com/ficha/?i=1834

lunes, 10 de febrero de 2014

Vuelven los falangistas

José Carlos Mainer reescribe "Falange y literatura"

 Por Peio H. Riaño

El servicio de propaganda de Stalin tuvo a sus ingenieros del alma como Máximo Gorki para que contaran la canalización del país; España también tuvo cantarines del dogma que crearon una imagen del pasado a su medida, entre 1920 y 1956. La lista de autores que destacaron la frustración de las ambiciones colonialistas nacionales y el desarrollo del antisemitismo es larga y áspera. Ahí están Álvaro Cunqueiro, Agustín de Foxá, Ernesto Giménez Caballero, Eugenio d’Ors, Dionisio Ridruejo, Gonzalo Torrente Ballester, Rafael Sánchez Mazas o Víctor de la Serna, de un total de 25 escritores que dedicaron su creación al fascismo de entretenimiento: “Frente al homo oeconomicus del marxismo, nosotros afirmamos que el hombre vive de todo menos de pan… A las masas, como a las mujeres, hay que ofrecerles fiestas, guerras, pasiones, botines, torbellinos, indecibles embriagueces”, escribió Giménez Caballero en Los secretos de la Falange.

Son los elegidos por José-Carlos Mainer, catedrático emérito de la Universidad de Zaragoza e historiador de la literatura, que en 1971, con valentía, publicó Falange y literatura y ahora, más de 40 años después, reescribe por encargo de la editorial RBA. La nueva redacción ha hecho de la idea original un nuevo libro, mucho más extenso, “más maduro y matizado”, porque no ha dejado ni una línea sin ampliar.
Cuatro décadas más tarde Mainer se reconoce como otra persona, aunque siga pensando lo mismo y señalando a los mismos. Reconoce que era difícil que el libro perdiera su “impertinencia autosuficiente”, pero ha tratado de corregir “la mezcla indigesta de la benevolencia con respecto al falangismo, en nombre de la buena fe de algunos falangistas y de un análisis demasiado convencional de los intereses de los otros vencedores de la Guerra Civil”.
 

Matizando la historia

El libro de 1971, además de corregir la disculpa a los falangistas, ha rebajado los términos que usaba en materia virulenta. “No pienso de manera distinta de la de entonces, pero cada línea ha dado para tres o cuatro nuevas líneas más. He modificado adjetivos, valoraciones, y han crecido las conjunciones adversativas “sin embargo” y “pero”. Es posible que antes el libro fuera impertinente y serio, yo ahora soy más sardónico”, reconoce el autor en un encuentro con periodistas.

En el caso español, el fascismo cultural tuvo una línea política identificable aunque de escasa consistencia y discutible unidad. “Logró ambas a favor de la guerra civil y de la incorporación del fascismo como un referente simbólico fundamental de la dictadura de Franco y compartió con el integrismo católico una cómoda hegemonía hasta 1945”. Sin embargo, con la caída del Eje, explica el autor que sólo perduró como “culto subalterno y como una nutrida nómina de beneficiarios de la frondosa administración del Estado, de las mutualidades y de los sindicatos verticales, todo aquello que adoptó pronto el vago nombre de Movimiento Nacional”.

La segunda oportunidad, en democracia ya,  de Falange y literatura, descubre un libro de análisis literario, de historia de las ideas y, por qué no, de examen psicológico. Con hallazgos que con los años, y la desaparición de las obras referidas, se toca el cielo de la vergüenza ajena, como en el caso de Felipe Ximénez de Sandoval (1903-1978), que es autor de Camisa azul (1940), novela de la que extractamos este cantar: “Joaquín, el enlace del capitán, el de la barba rizada y blonda que envidio Víctor, se acerca a la chabola. Su cantar es siempre el mismo, y de día y de noche lo lleva y lo trae en sus labios. Indudablemente es el aire que respira: Con la camisa azul y postinera,/ con el yugo y las flechas por blasón,/ en el cinto una repleta cartuchera,/ sobre el hombro un flamante mosquetón”.

Reescribir el pasado

A Mainer no le gusta emplear la expresión memoria histórica, pero reconoce que esta antología puede contribuir a ella porque es un libro de historia. “Aceptaré en este sentido que es un libro de memoria histórica”. Como historiador sabe que conquistar el poder político no es dominar el presente de un pueblo, también es conquistar su pasado. “El fascismo quiso siempre venir de muy atrás, de las profundidades del espíritu de las naciones donde se hallaban los yacimientos de su autenticidad. Su nacionalismo tuvo siempre una naturaleza fundamentalista e imperativa”, escribe sobre la apropiación del pasado para construir un nuevo porvenir.

Nadie se llevó a engaños en 1971 y nadie lo hará en 2013: el libro es un análisis del falangismo hecho desde la izquierda para desvelar que aquellos escritores no eran de segundo orden. Mainer rescata de todos ellos el gusto literario de Dionisio Ridruejo y de Sánchez Mazas. El miembro fundador de la falange e inventor del “¡Arriba España!”, y padre de Chicho y Rafael Sánchez Ferlosio, escribió la novela póstuma Rosa Krüger, de la que Mainer recuerda que es un libro que “nos fascinó a todos”, pero no cabe duda de que “es un libro absolutamente fascista”.

De Ernesto Jiménez Caballero no tiene más que una muy mala opinión. Dice de él que siempre tendió al desvarío y que fue el inventor del fascismo español. Tampoco acepta el historiador de la literatura a aquellos escritores que han tratado de borrar sus propias huellas, dice. “No acepto que Gonzalo Torrente Ballester tratara de hacer ver que Javier Mariño no es una novela fascista. ¡Si no hay una novela fascista en la historia de la literatura española más que La fiel infantería y Javier Mariño!”.
 

Mainer afirma que los perdedores de la guerra ganaron la batalla de la cultura. “La cultura que se presenta como franquista careció de respetabilidad. Tuvieron estos escritores un estigma posterior al franquismo propio de quienes cometieron errores vitales y, a pesar de lo cual, tuvieron a mediados de los setenta un cierto renacer. Cela no es un escritor falangista, pero es un escritor del régimen, no nos engañemos”.

¿Sobre qué escribiría hoy un autor de 25 años que quisiera revisar la escena literaria? El hsitoriador piensa, asegura que él ya no tiene edad pero esboza una sugerente idea: “Una mirada sobre los años setenta y ochenta de la Transición. A lo mejor escribiría sobre ello, porque es la distancia cronológica que a mí me separaba cuando escribí el libro del falangismo”.


Publicado en:

 http://www.elconfidencial.com/cultura/2013-10-09/vuelven-los-falangistas_39292/

Ganaron la guerra, perdieron la historia de literatura

Falange y literatura  

por  Juan Bonilla


Rafael Sánchez Mazas lee 'Rosa Kruger' a los refugiados de la Embajada chilena, en 1936.


Finales de los 20, comienzos de los 30. En España nace una nueva fuerza política: la juventud. Se claman cosas como: un joven puede ser comunista o fascista, lo que no puede es servir a la clase media. Se escriben frases del tipo: la juventud española ha de saludar a la República, sin duda, para enseguida ponerse a la tarea de conquistarla, para hacerla viril, joven, violenta. En unos años, unos se pegarán con los otros, pero de momento, ahí están, en La Gaceta Literaria de Giménez Caballero, el comunista César Arconada y el fascista Ledesma Ramos. Giménez Caballero es el vanguardista 24 horas al día que va a Roma y se cae del caballo veloz de las vanguardias y se enamora de las camisas negras de Mussolini y de la nueva arquitectura fascista (Terragni había conseguido una obra maestra con la Casa del Fascio). De repente, su producción enérgica de los 20, llena de disparate y velocidad, con títulos como  Hércules jugando a los dados y Yo, inspector de alcantarillas, se vuelve dramáticamente pomposa. Primero le dedica un libro a Azaña, proponiéndole que sea nuestro duce. No hay quien se lo crea. Luego estruja sus convicciones en Genio de España. También escribe una estética fascista titulada Arte y Estado y busca correspondencias españolas con la Italia que tando admira: ellos tienen a Croce, nosotros a Unamuno, ellos a Marinetti, nosotros a Gómez de la Serna; ellos a Papini, nosotros a Baroja... y así. En las calles ya no son tan amigos. Alberti entraba en La Gaceta Literaria y, para cachondearse de Giménez Caballero, le saludaba a la romana. Santa Marina iba a rendir homenaje al rojo Alejandro Casona por el éxito de su Nuestra Natacha. Pablo Neruda firmaba en el banquete que se le ofrecía a Foxá por la publicación de El toro, la muerte y el agua. Poco después, se acabaron las gracietas y los compadreos.

Todo aquel ambiente previo a la Guerra Civil está muy bien definido en Las armas y las letras, el imprescindible libro de Andrés Trapiello, que crece en cada nueva edición y cuyo tema es precisamente qué hicieron todos los actores de nuestra vida cultural durante la guerra civil, lo que lleva inevitablemente al autor a dedicar unas cuantas líneas a contar qué hacían antes del estallido de la guerra y en qué posición quedaron cuando la guerra acabó. Por supuesto en ese libro abundan los falangistas. Para José Antonio, como se sabe, la literatura era un hobby: escribió sonetos y una novela adolescente que lo acompañó a la cárcel y acabó en manos de Indalecio Prieto. Le gustaba rodearse de escritores, regentó una tertulia en La Ballena Alegre.
 Quiere la leyenda que Falange se quisiera un movimiento poético, muy al modo futurista de Marinetti, que llegó a fundar el Partido Futurista, que luego acabó zambullido en el partido fascista de Mussolini. Poetas había, sin duda, pero no tenían nada de vanguardistas. El más vanguardista de los brotes del fascismo en España fue Giménez Caballero, que le tenía una antipatía natural a José Antonio y no tragaba apenas al lugarteniente de éste, Rafael Sánchez Mazas. Tanto Mazas como Foxá eran más escritores de la nostalgia burguesa y, aunque el primero escribió un libro incendiario titulado España-Vaticano en el que venía a decir que la mejor manera de no dejar que el Vaticano le dictase nada a España era conseguir que España se lo dictase todo al Vaticano, no parece que, literariamente, en lo que escribían, calase mucho las convicciones vanguardistas de la primera hora de Falange. Esas convicciones sí que resplandecen aún en la última  novela vanguardista de aquella hora: Hermes en la vía pública, del excelente Antonio de Obregón, autor además de otra exquisitez titulada Efectos navales y de un buenísimo libro ultraísta titulado El campo. La ciudad. El cielo.

Una cosa diferencia, literariamente, a falangismo y comunismo: el comunismo podía inyectarse en los poemas, hacer de ellos una vía (libros de Alberti, de Plá Beltrán); el falangismo, raramente (sólo tenemos los patéticos Poemas de la Falange eterna de Federico de Urrutia, otros libros de autores falangistas no son libros falangistas, así los de Dionisio Ridruejo o Vivanco o de Luis Rosales, quizá sólo cabría que mencionar Altura, de José María Castroviejo). ¿Hubo pues una literatura falangista? Sin duda, la hubo, una de sus muestras más altas es Javier Mariño de Torrente Ballester, que fue repudiada por la Iglesia y las autoridades franquistas, cuando el falangismo fue desviado de intenciones revolucionarias para convertirse en mero espejismo utilizado por el franquismo. En Javier Mariño, Torrente se las arregla para retratar el nacimiento de una fe. Otras obras narrativas, de mucha menor importancia y potencia, pueden ser la novela  lírica de García Serrano Eugenio o la proclamación de la primavera (título que homenajea por cierto al de un comunista como Sénder, que escribió años antes Proclamación de la sonrisa), Leoncio Pancorbo de José María Alfaro y Camisa azul del ex vanguardista Ximénez Sandoval.

Otros camisas azules supieron refugiarse en otras vías, nostalgias como Sánchez Mazas o Foxá, o fantasías como Cunqueiro y Angel María Pascual. Giménez Caballero, ambicioso como él solo, disparató todavía más que en sus años de vanguardia: lo acabaron mandando de embajador a Paraguay. Pero si hay un libro donde mejor se expresa todo ese "pensamiento fascista" que caló tanto en un sector de la juventud intelectual de los años 30, ese libro es, como bien apunta José Carlos Mainer, Vida de Sócrates de Antonio Tovar.

El libro de Mainer, Falange y Literatura, se publicó en 1971. Abrió caminos y deparó dos grandes estudios: La corte literaria de José Antonio de Mónica y Pablo Carbajosa y Vanguardistas de camisa azul de Mitchit Albert. Ahora RBA lo reedita, o mejor dicho, edita una reelaboración de aquel ensayo seguido de una antología de textos literarios falangistas. Curiosamente en la edición original, el estudio era un andamio, resultaba más importante la antología que le seguía: ahora sucede al contrario, el estudio es magistral, está lleno de detalle y economía, la antología es casi un apéndice, una ilustración parasitaria del gran ensayo que las precede.
Constelación de Giménez Caballero.


Estudia Mainer las raíces orteguianas de la ideología falangista, el modo en que esa ideología juvenil y revolucionaria acabó desactivándose cuando los jóvenes -alguno no era tan joven al comenzar toda esta danza- dejaron de serlo y se ganó la guerra. Se detiene en una figura tan compleja e interesante como la de Dionisio Ridruejo, decepcionado enseguida de volver de Rusia, capaz de escribirle una carta a Franco diciéndole cómo se estaban traicionando los principios revolucionarios. Está, en fin, lleno de pistas y sabiduría, además de estar escrito con excelente prosa: un ejemplo de maestría crítica. Mainer publicó su Falange y Literatura con 25 años.

Ahora, 42 años después, aquel mítico tomo de cubierta azul mahón que salía en una España en la que los intelectuales miraban con mucha suspicacia cualquier intento de regalarle atención a los escritores falangistas, se ha convertido en un tocho que importa no sólo porque  importa, sino también porque generó algunos rescates inapelables, como el de Sánchez Mazas, autor de una de las mejores novelas de su época, Rosa Krüger. El editor de esa novela fue Andrés Trapiello que, memorablemente, sentenció acerca de algunos de los protagonistas del libro de Mainer, que "ganaron la guerra pero perdieron la Historia de la Literatura".

Publicada en :

 http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/bibliotecaenllamas/2013/10/31/falange-y-literatura.html

Falange y literatura

José Carlos Mainer
RBA. Barcelona, 2013. 528 páginas, 23 euros
RAFAEL NUÑEZ FLORENCIO | 15/11/2013 |

Dionisio Ridruejo y Pedro laín Entralgo

José Carlos Mainer
La primera edición de Falange y Literatura apareció en 1971, en la extinta editorial Labor y en una colección literaria que dirigía Francisco Rico. Aun tratándose básicamente de una antología, con un esclarecedor estudio preliminar, tuvo un gran impacto en su momento y durante muchos años constituyó una referencia insoslayable no sólo para los estudiosos de la literatura española entre los años veinte y el decenio de los sesenta, grosso modo, sino para todos los que se interesaban por la cultura, la ideología y hasta por la política del primer franquismo. Su autor era entonces un joven y poco conocido profesor de Literatura que, con el tiempo, se iba a convertir en una autoridad en la historia literaria de España de los dos últimos siglos, José-Carlos Mainer (Zaragoza, 1944).

Responsable, en efecto, de una de las más sólidas y extensas producciones bibliográficas sobre las letras hispanas recientes, Mainer ha sabido combinar en sus trabajos una erudición impresionante con una gran capacidad divulgadora, del mismo modo que sus análisis literarios, lejos de limitarse a los aspectos técnicos o formales de las obras, siempre han dibujado con precisión el contexto social y político en el que se mueven sus autores.

De todo ello es buena muestra este libro, una engañosa segunda edición que no puede ser más oportuna. Decimos engañosa porque este volumen, tanto en su amplia (casi 200 páginas) y espléndida introducción como en su contenido, es más un ejemplar de nuevo cuño que una mera adaptación del que vio la luz hace más de cuarenta años. El mismo autor reconoce en una nota preliminar que la nueva redacción es mucho más extensa y que “no ha dejado línea sin ampliación ni dogmatismo sin atenuante”. El esquema, eso sí, sigue siendo el mismo: un cuidadoso análisis previo y una certera selección de textos. La alusión que hemos hecho a su oportunidad no necesita glosa alguna, pues se comprenderá que el tomo primigenio era prácticamente inencontrable, más allá de algunas bibliotecas y librerías de viejo.

Pero es que además, como bien puede barruntarse, la bibliografía sobre el tema en estas últimas cuatro décadas ha sido copiosa (Carbajosa, Mechthild, Jordi Gracia, Martínez Cachero, Trapiello…) Mainer no sólo recoge en su documentado estudio preliminar esas aportaciones sino que hace una relación bibliográfica actualizada y comentada. Los ocho epígrafes que vertebran la antología propiamente dicha (desde 'los precursores' al 'humor y la fantasía', pasando por las 'memorias generacionales', la 'guerra y los héroes'” o los 'caminos para el arte') tienen a su vez, cada uno de ellos, unas breves páginas de presentación.

En consonancia con lo que antes se decía sobre el enfoque pluridisciplinar de Mainer, conviene también dejar claro que en estas densas páginas va a encontrar el lector mucho más de lo que dice el título. Aquí no solo aparecen la Falange y los falangistas sino otros muchos autores (conservadores, católicos, integristas, simples franquistas) que buscaron su lugar bajo el sol de un régimen autoritario y dogmático pero hasta cierto punto ecléctico. Por haber, hubo hasta quienes (Laín Entralgo) aspiraron a presentarse como herederos o continuadores de una tradición anterior (en particular el 98 y Ortega). Y tampoco se habla solo de literatura en sentido estricto, sino de empresas literarias y culturales, de diarios y revistas, de ensayo, filosofía y política. Dar cuenta de ese abigarrado panorama es imposible en esta breve nota. De la elitista Escuela Romana del Pirineo a la popular La Ametralladora, cupo casi de todo, como el belicismo exaltado de García Serrano o Ximénez de Sandoval, la alta cultura de Escorial, la brocha gorda de Tomás Borrás, las excentricidades de Giménez Caballero, el terror rojo según Foxá, la ambigüedad de Eugenio d'Ors o el refinamiento de Antonio Tovar, Luis Rosales o Luis Felipe Vivanco. 

Rafael Sánchez Mazas lee 'Rosa Kruger' a los refugiados de la Embajada chilena, en 1936.

  Se dieron también, naturalmente, trayectorias disímiles, desde los que tuvieron que acomodar su 'idealismo' fascista de primera hora a las exigencias del régimen hasta los que se pasaron a la oposición democrática o protagonizaron una aparatosa disidencia (Dionisio Ridruejo). De todo ello y de mucho más da cuenta Mainer en este volumen muy recomendable.