sábado, 31 de mayo de 2014

¡Que vienen los rojos!

JUAN MANUEL DE PRADA (ABC).

Tal vez vengan los rojos, como gritan los demócratas con mando en plaza y tertulieta; pero fueron ellos quienes los trajeron, aplaudiendo la injusticia social
ANDAN los demócratas con mando en plaza y tertulieta espantados con el ascenso del gallardo mancebo de la coleta, Pablo Iglesias; y se desgañitan, aspaventeros: «¡Que vienen los rojos!». Yo recomendaría a mis lectores que, cada vez que escuchen a alguien ponerse jeremíaco ante la llegada de los rojos, le aticen un capón en el colodrillo (o, en su defecto, apaguen la pantalla catódica a través de la que suelta sus sandeces). Pues estos que ahora plañen ante el avance del mancebo de la coleta son los mismos que aplaudían cada vez que se aprobaban leyes laborales que igualaban a los trabajadores españoles con los de la República Popular China, que es el país más rojo del mundo. Pero, por lo que se ve, la alarma de los demócratas con mando en plaza y tertulia sólo se dispara cuando los partidos que se reparten el poder empiezan a padecer sangría de votos, y no cuando los trabajadores padecen sangría de sueldos (que es lo que en verdad provoca el ascenso de los rojos). No hay cosa más hilarante que un demócrata alertándonos sobre la llegada del comunismo; pues, como nos advertía Agustín de Foxá, «querer combatir el comunismo con la democracia es como ir a cazar a un león llevando como perro a una leona preñada de león; pues ella lleva en su entraña al comunismo».
La democracia española se dedicó a halagar y engolosinar a los jóvenes y no tan jóvenes, vendiéndoles un estado de bienestar sempiterno, una inagotable olimpiada de derechos (sobre todo de cintura para abajo) y universidades de garrafón para todo quisque. Este sedicente paraíso democrático ya lo había atisbado Jardiel Poncela en el genial prólogo de La tournée de Dios: «La humanidad, desatada e impúdica, sin concepto ya del deber, engreída, soberbia y fatua, llena de altiveces, dispuesta a no resignarse, frívola y frenética, olvidada de la serenidad y la sencillez, ambiciosa y triste, reclamándole a la vida mucho más de lo que la vida puede dar (…), corre enloquecida hacia la definitiva bancarrota». Y la bancarrota tenía que llegar, tarde o temprano: el estado de bienestar se reveló a la postre lleno de aire, como esas tripas que entonan borborigmos; los derechos de cintura para abajo acabaron en pajilla low cost ante la pantalla del ordenata; y el valor de los títulos universitarios se igualó con el del papel higiénico. Y, claro, los jóvenes y no tan jóvenes a los que se había pretendido halagar y engolosinar se pillaron un cabreo de órdago; pues no en vano previamente habían sido esclavizados por los materialismos más tristes y envilecedores.
Pero cuando conviertes a un hombre en un animal, lo más lógico es que luego él solito se torne alimaña. Para salir de la bancarrota, nuestros gobernantes antepusieron el salvamento de la plutocracia a la justicia social; donde volvió a demostrarse, como nos enseñase Castellani, que todas las libertades no son sino engañabobos para distraer la atención de los incautos de la libertad omnímoda del dinero para multiplicarse y llenar los bolsillos de unos pocos. Esos jóvenes y no tan jóvenes, víctimas de engaños e injusticias sociales, sedientos de venganza y deseosos de encontrar culpables se toparon entonces con el mancebo de la coleta, que no hizo sino dar expresión política a su ira.
Tal vez vengan los rojos, como gritan, desgañitados, los demócratas con mando en plazo y tertulieta; pero fueron ellos quienes los trajeron, aplaudiendo la injusticia social… ¡y hasta utilizando como sparring en sus saraos televisivos al mancebo de la coleta, que luego les salió respondón! Sólo resta preguntarnos si existe algún otro modo de combatir la injusticia social que no sea el comunismo y su metodología del odio. Trataremos de responder a esta pregunta en algún artículo próximo.

lunes, 26 de mayo de 2014

Presentación de las memorias de Aqulino Duque


HOMENAJE LITERARIO A MERCEDES SALISACHS


lunes, 12 de mayo de 2014

LA LEPROSA SALISACHS por Juan Manuel de Prada

Por ser muy religiosa, la leprosa Salisachs fue ninguneada en la república de las letras

HACE un par de días, coincidiendo con el fallecimiento de su madre, José María Juncadella refería a los lectores de ABC una anécdota oprobiosa. Invitada por el Instituto Cervantes de Nueva York, una personalidad de las letras iberoamericanas quiso disertar sobre la obra de Mercedes Salisachs; el Ministerio de Cultura fue consultado (¿por qué y por quién?) y la respuesta fue tajante: «De esta señora no queremos saber nada, es de derechas y además muy religiosa». Ocurría esto hace unos pocos años, durante la etapa zapateril (aunque sospecho que también podría ocurrir hoy mismo). Si en España quedara un ápice de honor, el ministro Wert y el académico García de la Concha ya tendrían que haber iniciado una investigación interna para determinar, en primer lugar, si la afirmación del señor Juncadella es veraz; y, si lo fuere, tendrían que iniciar un proceso sancionador que inhabilitase para el desempeño de funciones públicas a toda la gentuza que participó en aquella ignominia, despojando de sus cargos a quienes todavía los mantengan e impidiendo que quienes ya no los mantienen vuelvan a beneficiarse de los presupuestos públicos en toda su piojosa vida. Pero España es un país sin honor, donde se permite que la gentuza más sectaria pueda pavonearse impunemente, mientras una escritora abnegada y venerable que ha brindado lo mejor de sí a los lectores durante casi setenta años es condenada al ostracismo.
La excusa que aquella gentuza empleó en su día para impedir que se pronunciara una conferencia sobre la obra de Salisachs es la misma que –de forma tácita o declarada– se ha esgrimido (con gobiernos de izquierdas y de derechas) para impedir que Salisachs recibiera un solo premio literario oficial en su vejez. El Ministerio de Cultura, que es algo así como una versión encopetada de la beneficencia pública, reparte cada año –a modo de sopa boba– una pedrea de premios entre los plumíferos más bodriosos; y luego está el premio gordo, que infama la memoria de Cervantes con un repertorio de pelmazos jeroglíficos, tanto autóctonos como transoceánicos, que provoca mareos. Sin embargo, la escritora más longeva de España nunca recibió ninguno de estos premios oficiales, ni siquiera una pedrea modesta; y no fue porque escribiera mejor o peor, ni siquiera –me atrevería a añadir– porque fuese de derechas, sino porque era muy religiosa. Y a todos los chupópteros que maman del presupuesto público jamás les tembló el pulso por excluirla, porque ser «muy religioso» en la república española de las letras es como ser leproso en época deJesucristo.
Por ser muy religiosa, la leprosa Salisachs fue ninguneada en la república de las letras e ignorada en los premios oficiales; de tan enconado modo que sus paisanos catalanes no tuvieron sino que sumarse al veto centralista. Pero toda esta patulea que maneja el cotarro cultural, por muchos premios que haya quitado a Mercedes Salisachs, no pudo quitarle aquel entusiasmo sagrado que desafiaba las injurias de la edad, aquella manera que tenía de amar su oficio como la propia vida, con abnegación y júbilo, con esa felicidad monda y lironda que no pone reparos ni condiciones, que se dona y se gasta hasta el último aliento. Y tampoco podrán quitarle la única gloria verdadera, que es la gloria del cielo, mientras que ellos –sanguijuelas del presupuesto, garrapatas del sectarismo, sabandijas literarias que, como los eunucos, sabéis cómo se hace pero no podéis hacerlo, por falta de cojones y de talento– os vais a pudrir por los siglos de los siglos, olvidados de Dios y de los hombres, en el décimo círculo del infierno, que Dante no osó hollar, viéndolo concurrido por gentuza tan hedionda y excrementicia.

sábado, 19 de abril de 2014

En la muerte de Gabriel García Márquez



“Ella se quitó los lentes sin sorpresa, con un dominio absoluto, y lo encandiló con su risa solar”. No recuerdo el año exacto en que leí El amor en los tiempos del cólera, si sé que, desde que la leí cada vez que me preguntan cuál es mi novela favorita, lo más probable es que la cite como tal, a mí sí que me encandiló la prosa jugosa y entera, redonda en la boca, de García Márquez, la riqueza de vocabulario, como un depósito rebosante de palabras, siempre bien puestas, en su sitio y en su ritmo.
Ha muerto Gabriel García Márquez, escritor, no diré más, no quiero juzgar al hombre, que no me era simpático, como tampoco me lo son Picasso o Alberti. ¿Qué importa lo que yo piense de él? Importa que, como el caudaloso y pausado río Magdalena de la citada novela, la creatividad de Gabo fue también rica y plena, llena de inmensas páginas que quedan después del hombre.
Javier Compás

lunes, 14 de abril de 2014

Presentación en Sevilla de: Soldados de Hierro. Los voluntaios de la División Azul.


"Aún hay prejuicios con Edgar Neville"



Entrevista Pepe Viyuela

Pepe Viyuela: "Aún hay prejuicios con Edgar Neville"

  • Entrevista con el actor, que pone a punto en el Teatro Fernán Gómez de Madrid una de las comedias más libérrimas del versátil autor de la 'otra' Generación del 27



Su Chema de Aída ha dado a Pepe Viyuela (Logroño, 1963) el Ondas a Mejor Actor y una gran popularidad. Sin embargo, a pesar de los ocho años que lleva inmerso en la serie, el actor nunca ha dejado por mucho tiempo los escenarios. Tras sus éxitos con El pisito, de Azcona, o Los habitantes de la casa deshabitada, de Jardiel Poncela, vuelve a otro humorista de la otra Generación del 27, Edgar Neville, y rescata en el Teatro Fernán Gómez de Madrid su comedia más exitosa: El baile.

¿Ya era hora de reponer a Neville?
La verdad es que Neville era un desconocido para mí hasta El baile. Y cada vez le admiro más como intelectual y como personaje, porque tuvo una trayectoria vital increíble: aristócrata, discípulo de Gómez de la Serna, amigo de Lorca, trabajó en Hollywood, dirigió filmes geniales aquí...
De su repertorio, ¿por qué se decidió por El baile?
Sencillamente, la leí y me encantó. Además, era abordable desde el punto de vista de producción. Lo que sí quisimos hacer es traerla a nuestros días y retocamos un poco el tercer acto, que creíamos que había quedado algo flojo. Curiosamente, hablamos con la viuda de Mingote, que fue secretaria de Neville, y ella estaba de acuerdo en que fallaba eso. Así que nos quedamos muy contentos.

Aún así, es muy moderno lo que planteaba en plena censura: dos amigos comparten una mujer durante toda su vida...
Sí, de un modo quizás algo ingenuo plantea la convivencia de dos hombres con una mujer, algo impensable para la época. Ambos tienen como pasión la entomología, y yo creo que esto es como un experimento. Como si ellos fueran bichos. Plantean, ¿es este ménage à trois posible en nuestra sociedad? Hablan de un amor generoso, en el que no hay exclusividad. Se dicen: "Si yo la amo, ¿por qué tú no?". Vamos a ser amigos a pesar de que tú seas un pelmazo para mí. En el fondo, es algo muy profundo, porque al final prevalece el amor y la amistad en el tiempo. Ese compartir los hace mejores. Es normal que la obra fuera un gran éxito. Estuvo en cartel siete años y se estrenó en Londres y Rusia. Es el mayor éxito de Neville.

Resulta extraño que Neville haya caído en el olvido, igual que otros humoristas de éxito de su época como López Rubio. Decía Cercas que ganaron la guerra, pero perdieron la Historia de la Literatura. ¿Está de acuerdo?
Absolutamente. De hecho, lo corroboro. Llevo tres años moviendo esta función de Neville y aún hay prejuicios con él. Me dicen: "Siendo de izquierdas, ¿cómo montas a Neville?". ¡Pues por eso mismo! No voy de abanderado de la reconciliación ni nada así, pero creo que ahí está una clave. Más allá de ser de izquierdas o derechas, está la estupidez. Me parece un error que los chicos jóvenes no conozcan a este hombre, que por otro lado tuvo una vida muy libre. Le tocó un bando y ya está.

lunes, 7 de abril de 2014

La revolución traicionada

La revolución traicionada Publicada en el año del centenario de Octavio Paz, la primera novela de Antonio Rivero Taravillo recrea la enigmática peripecia de un miliciano homenajeado por el escritor mexicano.

Ignacio F. Garmendia | Diario de Sevilla.

Los huesos olvidados. Antonio Rivero Taravillo. Espuela de Plata. Sevilla, 2014. 204 págs. 18 euros.

Pese a su evolución posterior y aunque nunca llegó a traspasar la categoría de "compañero de viaje", es sabido que Octavio Paz apoyó con fervor la causa republicana, estuvo muy próximo a los comunistas y fue uno de los más jóvenes participantes en el Congreso de Escritores Antifascistas que celebró sus sesiones en Valencia durante el verano de 1937. Por esa época escribió poemas inequívocos como ¡No pasarán! o Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón, reunidos en un libro del mismo año que le publicó Altolaguirre, Bajo tu clara sombra y otros poemas sobre España. Del segundo de los poemas citados nace esta novela, primera del ensayista, traductor y poeta Antonio Rivero Taravillo, donde se recrea la historia de un miliciano poumista que no murió del modo que se dijo que había muerto. El propio Paz lo había explicado en una glosa añadida a la cuarta edición de Libertad bajo palabra (1979) y su primera mujer, la también escritora Elena Garro -a quien llamaban despectivamente la Pacecita- se refirió al episodio en sus amargas y tardías Memorias de España 1937 (1992), verdadero ajuste de cuentas donde recordaba los ya lejanos días en los que convivió con los no siempre afables ni respetuosos miembros de la intelligentsia republicana.

Ambos autores, entonces recién casados, aparecen como personajes de Los huesos olvidados, pero el fantasmal protagonista de la novela es ese miliciano, de apellido Bosch, que había compartido con Paz los tiempos de la primera juventud -cuando ambos, todavía en México, se dedicaban al activismo libertario- y la noticia de cuya muerte leyó aquel, impresionado, antes de venir a España. Para imaginar el más que probable fin de aquel hijo de catalanes -el verso de Paz, "Has muerto entre los tuyos, por los tuyos", se revelaría involuntariamente profético-, Rivero echa mano del clásico recurso a una indagación que décadas después trata de arrojar luz sobre hechos silenciados o de los que apenas queda memoria, y lo hace a través de un personaje de ficción, la profesora Encarna Expósito, que descubrió por una carta que era hija de Bosch y desde entonces vive obsesionada con reconstruir su peripecia. Por la novela aparecen muchos otros personajes reales, pero son los envejecidos Paz y Garro los únicos que llegan a encontrarse -por separado y en el presente de los años noventa- con una investigadora que se ve obligada a suplir con evocaciones generales su falta de datos precisos.

Tras un arranque convencional, Los huesos olvidados gana en intensidad conforme avanza y brilla más en la recreación histórica que en el desarrollo de la trama, más un hilo conductor que permite la narración de los hechos que una construcción con vida propia. Al margen de su constancia en la búsqueda o de detalles aislados, el personaje de la investigadora no adquiere entidad hasta la tercera parte de la novela, pues la segunda funciona como un excurso que rompe el relato de la pesquisa para rememorar directamente los llamados "sucesos de mayo" del 37, que en realidad se prolongaron hasta junio con la detención y asesinato de Andreu Nin y la disolución del POUM al que pertenecían Bosh y otros revolucionarios -acusados de trotskistas- no adscritos a la disciplina soviética. El crudo enfrentamiento en el bando republicano tuvo como consecuencia el control casi exclusivo del poder por los comunistas, entregados a la línea que marcaban los comisarios políticos de Stalin y sus esbirros -"simiescos", por las iniciales- del Servicio de Información Militar, entre quienes medraban los "sacripantes del Partido" (Cernuda) y los "tristes obispos bolcheviques" (Vallejo). La tercera parte, que incluye guiños metaliterarios al modo en que se han contado los hechos y reflexiones sobre el alcance de lo narrado, retoma la exploración para cerrar un relato que partió de una anécdota y pese a ello logra trazar un verosímil panorama de conjunto.

La novela se relaciona en efecto con Homenaje a Cataluña de Orwell y Enterrar a los muertos de Martínez de Pisón, donde este seguía el rastro de José Robles -desaparecido como Nin, como Bosch, como tantos otros-, pero lo que en el primero era autobiografía y en el segundo una quest o inquisición en primera persona, aquí toma una forma híbrida, con partes "de cuento y de testimonio" que no llegan a ensamblarse o a fluir entrelazadas. Tanto por el mencionado trabajo de recreación, sin embargo, como por el indudable interés de la historia, también por la familiaridad con el contexto literario de esos años y por la invitación explícita a recuperar todas las memorias, incluida la que es "incómoda para unos y para otros", Los huesos olvidados no merece pasar desapercibida entre las demasiadas novelas rutinarias o prescindibles que se han dedicado a los años de la Guerra Civil, frente a las que esta de Rivero destaca por su mirada limpia y su absoluta falta de sectarismo.

HABILIDADES por Fernando Iwasaki

¿De qué sirve la habilidad para calentar cuando no se tienen los conocimientos para cocinar? 

6 abr. 2014ABC (Sevilla)FERNANDO IWASAKI www.fernandoiwasaki.com


LOS resultados del último informe PISA han vuelto a deparar un pésimo resultado para el educando español, aunque en este caso la materia evaluada se me antoja de un valor discutible, pues se supone que las «habilidades» de los jóvenes españoles están (otra vez) por debajo de la media europea. ¿A quién se le ocurre creer que si estamos mal en conocimientos podríamos estar mejor en habilidades? Entiendo las «habilidades» y las «competencias» como una suerte de «gestión» y —por lo tanto— donde no hay conocimientos no hay nada que gestionar.
Se supone que la «habilidad» para comunicarse es estupenda, pero el desparpajo, la extroversión y la simpatía no sirven para nada cuando los mensajes son huecos, anodinos e intrascendentes. Algunas de las jóvenes estrellas de la política nacional dizque son buenos comunicadores, pero sus discursos son un conjunto de naderías, lugares comunes y fórmulas retóricas que no trasmiten ninguna sustancia intelectual, aunque la puesta en escena parezca convincente. Hoy por hoy, tener «habilidad» para comunicar es ser un persuasivo muñeco de ventrílocuo, porque muy pocos elaboran sus mensajes y la mayoría se conforma con repetir como loros lo que les enseñan otros.

Me consta que muchos jóvenes son muy competentes con las nuevas tecnologías, pero casi nadie lee los manuales elaborados por los fabricantes. ¿Para qué coger el mapa de una ciudad si los GPS de los coches y los móviles sirven para llegar hasta los destinos finales en cualquier lugar del mundo? Conozco jóvenes que cuando viajan están más pendientes de las pantallas de sus móviles que de las ciudades que visitan. ¿Cómo se orientarían sin los artilugios digitales? Los conocimientos podrían ser las referencias a través de las cuales construir los mapas de los territorios que uno se dispone a descubrir.
En realidad, no me preocupa que un joven sea incapaz de desarrollar las nuevas «habilidades» que hacen falta para triunfar en el mundo contemporáneo, porque lo que me apena de verdad es lo complicado que resulta encontrar jóvenes menores de 30 años que sepan preparar un cocido, unas lentejas, una alboronía o unas papas con chocos. ¿De qué sirve la habilidad para calentar cuando no se tienen los conocimientos para cocinar? Por no hablar de que esos mismos conocimientos sirven para saber apreciar la buena mesa y reconocer las deudas de la gastronomía con la pintura, la historia y la literatura.

La pedagogía contemporánea le da un valor enorme a las «habilidades» y las «competencias», y aquí reconozco que uno proviene de un mundo abolido y quizá cancelado, donde los conocimientos eran lo más importante. Todavía nadie ha dicho alto y claro que la «habilidad» y la «competencia» consisten en hacer mucho sabiendo poco, así que sería de agradecer que alguien nos sacara del error o que fuera totalmente sincero, pues lo del PISA ya es deprimente.


miércoles, 2 de abril de 2014

Los Neorrepublicanos, por Alfonso Lazo


A DISTANCIA

Los neorrepublicanos

 

CRECEN LAS BANDERAS republicanas en los mítines del PSOE poszapaterista y en las manifestaciones callejeras. Ellos no lo saben, pero su republicanismo no viene de la Segunda República, viene directamente de la Falange: hijos y nietos de falangistas, si no antiguos falangistas ellos mismos, cualquier día los veremos entonando un viejo himno: «No más reyes de estirpe extranjera, / ni más pueblo sin pan que comer. / El trabajo será para todos / un derecho más bien que un deber»; que no es un himno anarquista, ni el canto de La Internacional, sino el himno de las JONS de los años 30.
Falange Española de las JONS tomó de otros partidos fascistas el llamado «principio del caudillaje», incompatible con la monarquía hereditaria. Los falangistas sentían odio y repulsa hacia los Borbones a quienes responsabilizaban de la decadencia de España; pero desaparecido el fascismo de Europa, y con él la teoría del caudillaje, optaron por alguna clase de republicanismo autoritario. En 1956, una revista andaluza del Frente de Juventudes, cuyo director ocupó con el tiempo puesto importante en el PSOE, sostenía que la «república presidencialista» era lo más acorde con los principios joseantonianos. En los campamentos del Frente de Juventudes miles y miles de muchachos fueron educados en el desprecio por la monarquía. Una educación emotiva de argumentos primitivos idénticos a los que manejan los neorepublicanos de hoy: que si los Borbones mujeriegos, que si los gastos de la casa real (como si el Eliseo fuera gratis), que si la inutilidad de la corona (como si los presidentes de Alemania y Austria gozarán de algún poder), que si el rey mató un elefante...

En julio de 1947 las Cortes franquistas aprobaron la Ley de Sucesión: a la muerte del caudillo vitalicio la corona sería restaurada en algún príncipe Borbón. Los jóvenes de Falange entraron entonces en rebeldía; las centurias falangistas llegaron a darle la espalda a Franco durante una concentración en El Escorial; y cierto 20 noviembre, en la penumbra de la basílica del Valle de los Caídos, presente el dictador y sus ministros, alguien gritó desde las filas uniformadas de azul: ¡Franco, traidor! Cuando a finales de los años 50 Sevilla tuvo un gobernador monárquico (Nicolás Salas ha escrito acertadamente sobre el asunto), la Falange sevillana le hizo la vida difícil acusándolo de proteger a los seguidores de don Juan, padre de nuestro actual rey. Por toda España los jóvenes falangistas pegaban carteles antimonárquicos. Cosas que tenían que dejar un poso.

A finales de abril del año pasado, en Sevilla y bajo el patrocinio de la Asociación Cultural Ademán (cuyo nombre lo dice todo a quienes recuerden la letra del 'Cara al sol'), Javier Castro-Villacañas presentó su libro El fracaso de la monarquía. En los años 60 hubo un escritor falangista, Demetrio Castro Villacañas, muy conocido por sus virulentos artículos antimonárquicos; ignoro si es pariente de Javier.

Decía don Ramón Carande, y lo recoge Aquilino Duque en su último libro, que «los españoles tenemos el gobierno que nos merecemos, pero que en cambio nuestro Rey es un regalo inmerecido». Carande también había sido un tiempo falangista, pero hasta su muerte con casi cien años fue hombre de extrema lucidez.

viernes, 28 de marzo de 2014

CRONICA DEL HOMENAJE A BLAS DE LEZO EN SEVILLA

HOMENAJE A BLAS DE LEZO Y OLAVARRIETA EN SEVILLA

 

“… dile a mis hijos que morí como un buen vasco, amando y defendiendo la integridad de España y del Imperio. Gracias por todo lo que me has dado mujer (…) Fuego, fuego, ¡Fuego!” 

  y así como reza la lápida en el monumento al Almirante Blas de Lezo (1689-1741) arrancó el homenaje que en Sevilla se tributó al gran marino vasco. Un tributo en el que aún falta por sumarse el Ayuntamiento hispalense que sigue sin responder ni acusar recibo de la petición que en ese sentido le hizo llegar la Asociación de Caballeros Mutilados de los ejércitos acompañada de innumerables adhesiones de relevantes personalidades del mundo de las artes, la cultura y la Defensa.
 


También en esta ocasión el salón del centro Cultural de los Ejércitos de Sevilla fue un punto de encuentro para la gente de la cultura, la Universidad y del ámbito militar de la capital. La novedad vino de la mano de la destacada presencia del cuerpo diplomático en la ciudad representado por su Decano y del cónsul de Colombia. 
 
Otra nota alentadora fue la elevadísima asistencia de jóvenes a los que la figura de Blas de Lezo le había sido tan robada como lo había sido de la Enciclopedia Británica, obra en la que no es infrecuente el silencio ante las batallas perdidas por los británicos como la que protagonizó este almirante español.

Don Juan María del Pino, presidente del Foro Sevilla Nuestra

 El acto fue presentado por Juan María del Pino que hacía de anfitrión al autor de la novela “El héroe del Caribe” (Ed. LibrosLibres) y a la Asociación Cultural Blas de Lezo representada por su secretario, Julio de Santa Ana.
Junto al cuerpo consular se encontraba el presidente de Ademán, Javier Compás, y los representantes de las asociaciones Fernando III y Foro Sevilla Nuestra. 
Las tres asociaciones se habían adherido al acto y los asistentes llenaban un salón que se quedó pequeño para homenajear a este español tan grande en sus hazañas como desconocido para la Historia. El Ayuntamiento de Sevilla, igual que lo han hecho ya otros municipios y comunidades puede contribuir a paliar este injusto olvido rotulándole la calle que hace tiempo se le pidió.











viernes, 21 de marzo de 2014

Una nueva revista de poesía en Sevilla siempre es una buena noticia


La historia de la literatura del último siglo es inseparable de la de las revistas que fueron aportando nuevas voces y aglutinando movimientos. Sevilla ha tenido algunas emblemáticas, como GreciaMediodía o, más recientemente, Renacimiento.
Recuperando esa tradición en un momento en que tantas han desaparecido, el CICUS (Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla) pone en marcha Estación Poesía, una revista cuatrimestral en papel (también disponible en la red) en la que poetas, traductores y críticos sevillanos, sean de la comunidad académica o no, compartirán espacio con los mejores autores del panorama poético español e internacional.
Dirigida por el escritor Antonio Rivero Taravillo, en este primer número colaboran, entre muchos otros, Felipe Benítez Reyes, Piedad Bonnett, Juan Lamillar, Erika Martínez y Jesús Aguado, además de una larga lista de poetas que, pertenecientes a generaciones distintas y estéticas diversas, tienen como denominador común la excelencia.

miércoles, 19 de marzo de 2014

SOBRE OLAGÜE Y LA UNIVERSIDAD ACTUAL



Corría el año 2006 cuando en el transcurso de una mesa redonda sobre la Ley para la Recuperación de la Memoria Histórica, incluida en el programa de la X Universidad de Verano de la Fundación José Antonio, tuve que defender la figura del arabista Emilio González Ferrín de los ataques de un participante que le denostaba por poner en duda las interpretaciones historiográficas más extendidas sobre la conquista islámica de la Península Ibérica.
Como manifesté en aquella ocasión, González Ferrín, con quien había compartido un apasionante viaje a Marruecos al que he rendido reciente homenaje en mi novela Once nombres de mujer, no tenía otra culpa que la de suscribir la tesis enunciada por Ignacio Olagüe en su obra La Revolución islámica en Occidente.
Cabe recordar que Ignacio Olagüe (1903-1974), intelectual próximo al nacionalsindicalismo de primera hora, lanzó a fines de los años sesenta del siglo pasado una revolucionaria tesis por la que la invasión musulmana de la Península Ibérica en la Alta Edad Media no fue tal, sino un proceso combinado de aculturación y emigración, en el marco de la descomposición de la monarquía visigoda, desgarrada ideológicamente por la lucha entre un catolicismo trinitario y un arrianismo unitario que serviría de puente para la islamización de la población peninsular. 
En aquella mesa redonda, nunca imaginé que casi ocho años después sufriría en mis propias carnes públicas descalificaciones por el mismo “pecado” cometido por González Ferrín. 
Descalificaciones que han llegado a mis oídos gracias a una llamada del arqueólogo Luis Iglesias, que me puso sobre aviso de las durísimas páginas que me dedica el profesor de Historia Medieval de la Universidad de Huelva Alejandro García Sanjuán, en su estudio La conquista islámica de la Península Ibérica y la tergiversación del pasado.
El profesor García Sanjuán, a quien conocí personalmente cuando ambos éramos unos simples becarios de un extinto plan de formación del personal bibliotecario de la Universidad de Sevilla, se permite en su obra mi pública crucifixión, atribuyendo indebidamente una serie de propósitos a una reseña literaria que publiqué en la lejana fecha de enero de 2005 en la prestigiosa revista de fomento de la lectura Mercurio: Panorama de libros en Andalucía.
En las páginas de su ensayo, el profesor García Sanjuán, que en un colosal ejercicio de desmemoria afirma ignorar mi perfil profesional, me sitúa entre los partidarios del “negacionismo” propugnado por Olagüe, proclama con jactancia no haber leído una sola de mis publicaciones, me describe como “aficionado e indocumentado” y me acusa de ocultar la ideología política de Ernesto Giménez Caballero y Ramiro Ledesma Ramos, amigos de juventud de Ignacio Olagüe y a los que me refiero, según sus palabras, “con deleite”.
Debo decir, en honor a la verdad, que contrariamente a lo afirmado por García Sanjuán, jamás he hecho mía la tesis de Ignacio Olagüe, sobre cuya veracidad estoy lejos de poder opinar con rigor al no ser especialista en el período medieval. Debo aclarar al profesor García Sanjuán que la reseña que le ha servido  para lucirse a mi costa fue un encargo profesional para la promoción del libro de Olagüe, por lo que mis elogios al mismo, de los que no me desdigo en una sola coma por cierto, estuvieron siempre condicionados  por dicha finalidad, sin que hubiera por mi parte la menor intención de inmiscuirme en una polémica historiográfica propia de medievalistas.
No me gustaría cerrar este escrito sin informar al desmemoriado García Sanjuán que, contrariamente a la supuesta condición de aficionado e indocumentado que me atribuye, soy autor de diversos artículos de investigación sobre los períodos de la Dictadura de Primo de Rivera y la Segunda República, al alcance de cualquier especialista en dichas materias. En uno de ellos me refiero precisamente a Ledesma Ramos y Giménez Caballero, cuya ideología política es tan conocida que es irrisorio pensar que haya pretendido ocultarla y de quienes, efectivamente, escribo con deleite, ya que son personajes de una talla intelectual que ya quisieran para sí algunos investigadores universitarios de nuestros días que dedican parte de sus tesis a elucubraciones carentes del menor sentido.

Antonio Brea