viernes, 4 de octubre de 2013

Comunicado Oficial de la Asociación Cultural Ademán



Comunicado de la Asociación Cultural Ademán

Como en pasadas ocasiones, la librería Beta Imperial de  Sevilla nos había cedido sus instalaciones para un acto literario. Tras recibir algunas amenazas a través de redes sociales de elementos en buena parte anónimos de ultra izquierda, el departamento de relaciones públicas de dicha librería ha decidió unilateralmente suspender la presentación del libro “El último José Antonio” escrito por el Catedrático de Historia, Francisco Torres, y publicado por el Editorial Barbarroja. De lo cual esta Asociación se entera por la prensa dos días antes del acto, con numerosos gastos de organización desembolsados. En respuesta a la Asociación Cultural ADEMÁN, promotora del acto, la librería argumenta que el acto ha tomado un cariz político.

Ante esta decisión, ADEMÁN, hace público lo siguiente:

1.- El pasado 29 de Abril esta misma Asociación, con la misma librería y en la misma sala, presentó el libro “El fracaso de la Monarquía” de D. Javier Castro-Villacañas (Ed. Planeta) sin que la Librería considerase en esa ocasión que se trataba de un acto político. Ver enlace: http://laclavecultural.blogspot.com.es/2013/04/exito-de-la-presentacion-de-el-fracaso.html

2.- Hoy mismo, la misma Librería y en la misma sala presentaba el libro El hombre que mató a Queipo de Llano, de José Luis Castro Lombilla, que tampoco ha considerado un acto político, siendo una novela de marcado cariz político y donde se hace, figuradamente, apología del magnicidio.

3.- La censura de Librería Beta es el resultado de una mínima campaña en redes sociales en la que un promotor “Anónimo” recogió 44 firmas (sic), unas reales y otras correspondientes a nombres figurados.

4.- Es la segunda vez que la ciudad de Sevilla se muestra públicamente como ejemplo de censura cultural. La primera vez fue consecuencia de la prohibición del acto de homenaje literario a Agustín de Foxá por la concejal comunista, Josefa Medrano, que acabó con el procesamiento de ésta.

Por todo lo anterior, hemos pedido a Librerías Beta que reconsidere su decisión al tiempo que nos preguntamos si el siguiente paso es que los mismos promotores virtuales de la prohibición, decidan también los libros que debe comercializar esta empresa y los que deben ser retirados de la venta.

Lamentamos profundamente que la vida cultural y literaria sevillana se vea mediatizada por chantajes y coacciones de elementos radicales antidemocráticos que enrarecen la convivencia ciudadana.
Javier Compás
Presidente A. C. Ademán

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Fiebre bajo cero. Los cuadernos de Rusia de Ridruejo.

Fiebre bajo cero

CUADERNOS DE RUSIA
Cuadernos de Rusia. Diario 1941-1942
Dionisio Ridruejo
Fórcola, 2013
ISBN: 978-84-15174-76-9
448 páginas
24,50 €
Edición de Xosé M. Núñez Seixas
Prólogo de Jordi Gracia


Antonio Rivero Taravillo
Alfredo Valenzuela, que los había leído, no cesaba de ponderarlos. Ahora acaban de ser recuperados por Fórcola en edición de Xosé M. Núñez Seixas y prologados por Jordi Gracia estos Cuadernos de Rusia. Diario 1941-1942 de Dionisio Ridruejo. Lo digo ya de antemano: el bueno de Valenzuela se quedó corto. Se suman así a las recientes biografías del autor y a la novación de sus Casi unas memorias al calor del centenario de su nacimiento (en 1912). Con tono más épico y melodramático, las vicisitudes de otros que experimentaron la misma campaña se hallan también en la última novela de Juan Manuel de Prada: Me hallará la muerte.
Los datos históricos son como sigue: en 1941, la España de Franco aparejó una división de voluntarios, en su mayor parte falangistas, para luchar al lado de los alemanes en el frente del Este. Era una operación compleja, diseñada a varias bandas, que de un lado trataba de complacer a Hitler sin mostrar beligerancia oficial contra sus enemigos occidentales (de ahí el carácter de fuerza voluntaria), y de otro hacer que los más aguerridos camisas azules se desfogaran en el patio de recreo de Rusia para que, chicos díscolos, no rompieran la vajilla en casa. No hay que olvidar que la Falange había sido absorbida en 1937 en un ente híbrido que la arracimó con la Comunión Tradicionalista perdiendo unos y otros sus rasgos de identidad y que esto, si algunos lo aceptaron en el contexto del esfuerzo bélico para ganar la Guerra Civil, no dejaba de ser una monstruosidad (como un centauro de boina roja y camisa azul o, por rendir homenaje a Cunqueiro, cercano al falangismo un día, una sirena de añil cola y rostro ruborizado). A este ser irreal se opusieron, entre otros, el segundo jefe nacional de Falange Española de las JONS, Manuel Hedilla (con el resultado de una condena de muerte conmutada). Casi cinco decenas de miles de hombres integraron en total la División, sumando los refuerzos. Fueron numerosísimas las bajas entre muertos, heridos y prisioneros de guerra.
Ridruejo fue militante del partido que creó José Antonio Primo de Rivera y colaboró con algún verso en su himno, el Cara al sol. Escaló importantes posiciones en el llamado Movimiento y, sin embargo, decidió marchar a la División Azul, la 250 para el incontable Ejército alemán, como soldado raso (aunque se aprecia que, ya fuera por su débil constitución física, ya por su prestigio y posición políticas, recibió un trato de favor, especialmente patente en la evacuación a Berlín en condiciones podríamos decir que privilegiadas, si bien no creo que muchos envidien ingresar en un hospital pesando solo 39 kilos ). En cualquier caso, como el resto de sus camaradas tuvo que cortar, para comer y beber, con un hacha trozos de carne y barras de vino helados.
Curiosamente en tan señalado político (o no tanto, porque el furor ya se había atemperado), en los diarios que llevó Ridruejo durante la contienda, que no se publicaron durante su vida, y que revisó el año 43 en su confinamiento en Ronda tras alejarse del Régimen, está ausente “la plaga de la propaganda”, como él la llama, la retórica encendida que en España él mismo confiesa que ha llegado a ser asfixiante y halla, con bochorno que llega hasta Lituania, en unos periódicos atrasados que arriban de la patria. Y hagamos aquí una matización sobre el belicismo. Sería una falsedad decir que el escritor y sus camaradas fueron unos pacifistas cuando actuaron justamente al contrario, pero no se ve en estas páginas la bravuconería que desde el Miles gloriosus de Plauto para acá tiñe al soldado, a menudo con tonos ridículos cuando no con laureles espurios. Aquí hay unos hombres que hacen lo que creen que tienen que hacer, y punto, pero no se hallará fanatismo ni regodeo en la violencia.
Este es el ánimo de Ridruejo en julio de 1941 cuando se embarca en esta aventura, resumido en una palabra cuya sombra planea sobre varias insatisfacciones: “Decepción. Insuficiencia de mi tarea política (que nada puede); poquedad de mi obra literaria, adulada por otros pero nada satisfactoria para mí; atasco de otras muchas direcciones de mi vida…” Antes de que acabe el mes reconoce que, atendiendo a razones prácticas, los divisionarios son el precio que España tiene que pagar por la neutralidad. Y añade: “Lo que también nos desazona porque la mayor parte de nosotros no somos partidarios de esa neutralidad o al menos estamos pesarosos de saber que es forzosa.”
El autor gusta de anotar paradojas, como cuando describe a un compañero de armas como “jocosamente serio” y poseedor de “un humor de perros de mucho efecto cómico”. O como cuando dice que su madrina de guerra (la condesa de Mayalde) es “brusca, cordialísima”. Descubre que hay un campo de mujeres trabajadoras polacas cerca de su unidad, y constata que a pesar de que a los divisionarios se les prohíbe el trato con ellas, “creo que algunos de los nuestros ya han quebrantado estas órdenes, no sé si por amor a las polacas o por desamor a las órdenes.” Habla, en fin, de la “mezcla de amor y de disgusto” que siente por España, “miserable y excelente”. En ello no se aleja del decir del propio José Antonio, tan contradictorio a veces y autor de esa frase unamuniana luego tan repetida de “Nosotros amamos a España porque no nos gusta”.
Lo amoroso, lo sexual, cosecha bastantes anotaciones, como cuando Ridruejo cuenta que a veces el enemigo utiliza a las mujeres para engatusar a los soldados y emboscarlos, haciéndolos desaparecer a renglón seguido. “Por eso nuestros advertidos guardias civiles cuando tropiezan con una mujer condescendiente prefieren dejarse de peligros tanto de comodidades y hacen el amor en plena calle”, explica.
Los judíos, “por no sé qué atávico rencor”, reconoce, producen entre los militares españoles repulsión, pero también pena, aunque sin revolverse contra ese heredado antisemitismo, galvanizado en la política racial alemana del momento, que pronto tendría consecuencias aún más terribles (todavía no había comenzado el exterminio de forma sistemática). Habla de la ira alemana contra la “raza elegida” y subraya que no es más que un episodio de una persecución mucho más antigua, pero cuyas razones se desmoronan ante el sufrimiento de los individuos obligados a trabajar como esclavos. “Si se comprende no se acepta. Ante estos pobres, temblorosos seres concretos, se hunde la razón de toda la teoría.” Y añade que solo tiene datos vagos sobre los métodos de la persecución, “pero por lo que vemos es excesiva.” Apunta que en diferentes lugares ha habido enfrentamientos, hasta llegar a las manos, entre españoles y alemanes por causa del maltrato a judíos y polacos, “especialmente por causa de niños y mujeres eventualmente objeto de alguna brutalidad. Esto me alegra. Cada cosa debe quedar en su sitio.” En Vilna observa: “Marchando por una calle estrecha estamos a punto de atropellar a un judío que se obstina en no subir a la acera. Luego sabemos que tienen prohibido el acceso a éstas y, en efecto, a todos los vemos caminar por la calzada aun a riesgo de ser alcanzados por uno de los mil vehículos locos que circulan por aquí.”
Y hablando de coches, colocan el camuflaje sobre su automóvil y no falta una referencia culta: “No se me ocurre, al pensar en el convoy enramado y avanzando, que esto pueda servir –aparte el gozo estético– para cosa de provecho. Pero acaso se trata de representar la escena shakespeariana de la selva andante marchando contra las tiendas de Macbeth-Stalin.” Hay entradas de una gran calidad literaria que acreditan al magnífico prosista que fue Ridruejo, así la del 21 de septiembre de 1941 que describe una noche de guardia. Y un dato contra los estereotipos que sorprenderá al lector menos avisado: “Parte de las largas noches y los breves días los paso ahora leyendo a Antonio Machado, cuyas poesías le acaba de prestar un teniente, militante del SEU desde fecha anterior al 18 de julio. Pero el lirismo no evita la monstruosidad de los sucesos: “Novgorod es una ciudad distinta, más bella, ahora que la nieve ha igualado con su blancura los negros escombros y el caserío.” Tras el entierro de unos caídos declara, siente: “Ya es esto territorio español injerto bajo la nieve”. No hay espacio aquí para reproducir la memorable escena de los cuerpos congelados que desarropará la primavera en las páginas 395-396, pero sí para destacar un rasgo de estilo que remite a otra campaña: a menudo emplea el presente, como César en De Bello Gallico.
Nos cuenta del trueque de productos con los campesinos, de la liberalidad sexual de estos, que fornican sin rebozo con naturales o extranjeros en medio de la isba; del idilio de algún soldado con una chica eslava conocida en una aldea que se le antoja a Ridruejo como de la Edad de Oro, “una edad de oro de una semana que ya es mucho para estos tiempos.” Porque la marcha se hace cada vez más pesada y dura, de hierro y plomo. Describe la pobreza que van encontrando por doquier (en una casa porque los muebles al modo occidental la hacen más fea) y repite los tópicos sobre la sumisión del pueblo ruso con algunas anécdotas que parecen casi imposibles.
Penurias, hambre, frío. Qué retrato del carácter nuestro a cada instante, como en estas líneas que marcan la diferencia entre los pertrechos de la Wehrmacht y los de la pobretona División: “Y algún gesto que recuerda al episodio del hidalgo toledano en el Lazarillo –de esos ejemplos de pudor y entrañada vanagloria sublime hay aquí a millares–: éste es un soldadito que pisa el hielo con unas botas destrozadas –cosa harto frecuente en los meses pasados– de entre cuyas punteras abiertas asoman los dedos. Un oficial alemán le interpela, asombrado de que así pueda seguir aguantando. Dignamente el soldado asegura que tiene otras botas nuevas de repuesto que reserva para mejores momentos. El alemán no entiende y finalmente exige le sean mostradas las botas. Resistencia en todos los tonos. Intervención de un oficial español. Las botas de repuesto no existen, naturalmente.”
Un día de octubre la División hace un centenar de prisioneros entre los que hay un comunista español. “Esta concreta captura ha causado una alegría que no me satisface. En ella late aún el rencor banderizo de nuestra guerra civil, que ya debía haber dado paso a rencores más legítimos y a más amplias ilusiones.” Va corriendo la sangre, o mejor dicho, congelándose, sólida. “Sólo se oyen disparos aislados que deben de ser el máximo de silencio y tranquilidad aquí posibles”, consigna en su cuaderno. Los partisanos los hostigan con camuflaje blanco, capa hasta el suelo y capucha, y un divisionario tiene ánimos para quejarse de este modo aun cómico: “Lo que menos gracia tiene es que vengan unos cabrones vestidos de novia y se lo lleven a uno”.
El libro pierde pulso cuando el diarista se aleja del frente y reposa en Berlín, como si la paz diera páginas insulsas sin la sal del riesgo en el rancho. Luego regresará al frente y volverá a enfermar, llegando a mediar más de sesenta grados centígrados entre su fiebre y la temperatura ambiente. Su principal interés reside en que el testigo que narra y padece es un gran escritor, con aguzadas dotes de observación y siempre sincero y hasta “metepata” si se quiere, como cuando comenta a José Luis Sáenz de Heredia en presencia de un ayudante de Franco que la realización de la película Raza es buena, pero el guión malo y absurdo (sin saber que el dictador es ese mismo guionista deficiente). Intercalados en el texto hay poemas de Ridruejo que posteriormente integrarían los Cuadernos de Rusia (que no están entre lo mejor de su obra).
Núñez Seixas ha hecho un excelente trabajo de edición. Son pocas las inexactitudes de su excelente estudio y de sus numerosas y esforzadas notas, pero las hay: ni Marichu de la Mora fue jamás secretaria de José Antonio (después de la muerte del fundador lo sería de la Sección Femenina) ni Escorial fue suplemento de Arriba (en todo caso lo sería ). Hay mucho pormenor terrible en esas notas: por ejemplo, cuando se nos dice que el suboficial Armando Muñoz-Calero se trajo de su experiencia como cirujano en el frente datos empíricos para una monografía de ciencia médica: Congelaciones (1945).
[Publicado en Clarín, número 106]


http://www.criticoestado.es/fiebre-bajo-cero/

lunes, 9 de septiembre de 2013

El último José Antonio en Sevilla.

martes, 3 de septiembre de 2013

Regás se descubre ante la falangista feminista.


Por Rosa Regás.Rosa Regás

Mercedes Fórmica o la ideológica contradicción


En el verano de 1953, en pleno franquismo, la prensa española se hizo eco de un terrible acontecimiento, la muerte de una mujer a manos de su marido, con un texto explicativo, "Mujer apuñalada por su marido", pero sin crítica ni al marido asesino, ni a la justicia, ni a la situación de la mujer que tuvo que aguantar los malos tratos que recibía habitualmente que la llevarían a la muerte ya que no podía permitirse abandonar el hogar que según la ley la habría dejado sin hijos, casa ni bienes. El 7 de noviembre de ese mismo año Luis Calvo,  director de  ABC, se atrevió a publicar un artículo de Mercedes Fórmica que había sido detenido por la censura y que ella había enviado al diario. Llevaba por título "El domicilio conyugal" y lo escribió al conocer las doce puñaladas  que recibió Antonia Pernia Obrador de su esposo y la situación de violencia en la que se había visto obligada a vivir hasta que le llegó la muerte.


 Mercedes Fórmica fue la primera mujer que desde el régimen dictatorial del General Franco intentó que se transformaran las leyes machistas que convertían a la mujer en una esclava de las costumbres,  la sociedad, la religión y el omnímodo poder de sus maridos o padres.
Mujeres de la Sección Femenina durante la guerra civil
Yo no conocía la historia de esta mujer singular y creo que recordarla hoy no me convierte en admiradora del régimen al que ella eligió obedecer y servir. Fue, incluso así, una mujer singular y  su vida no fue un modelo de lo que fueron, y son aún, las vidas de las personas amantes de formas de gobierno excesivamente autoritarias, antidemocráticas y que han llegado al poder por un golpe de estado y una sangrienta guerra civil. Había nacido en 1916 en Cádiz de familia acomodada pero tuvo una madre que lejos de dedicarla al culto de sí misma, del hogar y a la convicción de que había nacido  para vivir a las órdenes de su futuro marido, la hizo estudiar bachillerato, prepararse para entrar en la universidad e ingresar en la Facultad de Derecho de Sevilla en 1931, el mismo año en que en España se instauró la República. Así que tuvo como profesores a muchos expertos formados en la Institución Libre de Enseñanza, lo que no le impidió tener que ir a clase acompañada de una "doña" para evitar críticas de su entorno social, ya que era la única alumna del curso. Tampoco era muy habitual en su ambiente que sus padres se divorciaran dos años después, ni que ya licenciada decidiera irse a vivir a Madrid sola. Pero no todo fueron puertas abiertas al pensamiento libre. Ya en Madrid se afilió a  Falange Española, tal era la admiración que sentía por José Antonio Primo de Rivera, hijo del que había sido dictador en tiempos de Alfonso XIII, quien la nombró delegada del SEU femenino en 1936 y miembro de la dirección del partido.

Mercedes Fórmica 1916-2002
Mercedes Fórmica
 Otro rasgo peculiar en su biografía es que se casó con  Eduardo Llosent y Marañón editor en Sevilla de la revista Mediodía donde conoció y fue muy amigo de poetas de la generación del 27 como Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Dámaso Alonso o Rafael Alberti.

 Aunque al ganar la guerra Franco debió cambiar de ideología cultural al menos porque fue nombrado Director del Museo de Arte Moderno de Málaga.
Acabada la guerra Mercedes se doctoró en Filosofía y letras y en 1945 publicó su primera novela, Bodoque a la que siguieron biografías de mujeres de la Historia de España, textos autobiográficos como La infancia, Visto y vivido y Escucho el silencio, y otras novelas:  A instancia de parte o Collar de ámbar, que fueron bien tratadas por la crítica y lo siguen siendo entre la poca gente que la conoce, porque la historia la ha juzgado más por su ideología que por su talento y porque también ella es fruto de la maldición franquista que dejó a los derrotados sin futuro y a los vencedores sin pasado, un pasado que todavía hoy no hemos recuperado.

                                   
Pero lo que más me interesa destacar es la lucha por los derechos de la mujer o relacionados con ellos, inexistentes o borrosos aún en la época en que ella vivió pero firmes en su forma de de estar enraizados en su interior. Fue ella quien logró que en los textos jurídicos de la época franquista se sustituyera "casa del marido" por "hogar conyugal" lo que contribuyó también a que tras la separación conyugal la mujer pudiera disfrutar de la casa donde habían vivido ambos cónyuges. Eliminó asimismo la degradante figura del "depósito de la mujer", un derecho que tenía el marido de depositar a su mujer en la casa de los padres o en un convento, y ayudó a que se limitaran los poderes casi absolutos del marido para administrar y vender los bienes matrimoniales, igual que el derecho a las viudas que volvían a casarse a mantener la patria potestad sobre sus hijos. Mercedes puso su grano de arena a que en 1981, cuando ya ella comenzaba a sentir los efectos de la larga enfermedad que la llevaría a la muerte en 2002, se  promulgara la ley que reconocía la plena igualdad de la mujer en el matrimonio. Poco fue este grano de arena, pero difícil era y sin embargo ella no se detuvo hasta que la vejez y la enfermedad  la derribaron. O tal vez dejó de luchar con la llegada de la democracia que había de conseguir aquello por lo que ella se desvivió, a la que, en cambio, nunca pareció comprender ni aceptar, ni mucho menos defender.
 
Curiosamente y a pesar de su dilatada y esforzada lucha, ni en la Falange ni en su propio ambiente estuvieron bien vistas las gestiones que hizo en favor de los derechos de la mujer y en las reformas que impulsó, hasta el punto que la llamaban "la reformica". Un chiste malo con su apellido.
   
Si se contempla  la espesa legislación contraria a la libertad de la mujer que el franquismo elaboró y mantuvo con la ayuda de la iglesia católica, de la burguesía y de los poderes fácticos que habían apoyado el golpe de estado, hay que reconocer que no fue mucho lo que consiguió Mercedes Fórmica, pero hubo muy pocas mujeres que lo intentaron como lo hizo ella, unas porque no podían otras porque no creían en ello. Pero a mí me gusta tener el convencimiento de que  algo debió de ayudar el hecho de que su madre no la tratara como las bien pensantes mujeres de la época trataban a sus hijas, y que tener una carrera universitaria y una forma de ganarse la vida animó su autonomía de pensamiento y acción y su coraje para enfrentarse, aunque solo fuera formalmente, a la ideología del régimen que ella misma defendió.
  

comedor social de la sección femenina
Tal vez moriremos sin ver realizado aquello por lo que hemos luchado -lo más probable- pero algo habremos conseguido si hemos sabido ser el eslabón entre el pasado y el futuro, la memoria y la esperanza, la esclavitud y el bienestar social. Quizá éste haya sido también el objetivo de Mercedes Fórmica, una mujer que no tuvo más visión que la de la injusticia a la que estaba sometida la condición femenina, cuya lucha para intentar recomponerla  vivió con tal intensidad que, quiero creer, le impidió darse cuenta del infierno ideológico en el que había elegido vivir.






Publicado en el blog de el diario El Mundo, "Ellas"
 http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/ellas/2013/09/03/mercedes-formica-o-la-ideologica.html

Más información en:

http://www.abc.es/hemeroteca/historico-24-04-2002/abc/Cultura/muere-mercedes-formica-pionera-en-la-lucha-por-los-derechos-de-la-mujer_94259.html

http://www.fnff.es/Mercedes_Formica_defensora_de_la_Mujer_590_c.htm


http://www.nodulo.org/ec/2012/n120p09.htm


lunes, 2 de septiembre de 2013

A Eusebio Pérez no lo callan: regresa "El Anteojo".

 EL ANTEOJO
La voz más libre e independiente de la radio sevillana, silenciada después de 25 años en COPE, relanza de nuevo su bitácora. 
Desde aquí animamos al prestigioso periodista sevillano en esta singladura porque su voz es ejemplo de libertad e independencia en un panorama donde escasean dichos valores.

Eusebio Pérez Fernández


 Recomendamos seguir asiduamente sus interesantes contenidos y redifundirlos a través de las redes sociales.


Reedición de "El Blocao"



[+] compra este libro
EL BLOCAO
Novela de la guerra marroquí
José Díaz Fernández
Colección: Viento Simún   ISBN: 9788415374497
Fecha de lanzamiento: 20/05/2013
Formato: 16 x 24   Encuadernación: rústica con solapas
Número de páginas: 112   Precio: 16.00 euros
Edición: 
Una nueva edición de esta obra maestra de la literatura española de la primera mitad del siglo veinte. Incluye numerosas fotografías de época del archivo ABC.

Cuando en 1928 se publicó El blocao, novela de la guerra marroquí, de inmediato se convirtió un acontecimiento literario. Una novela que en realidad es una colección de relatos hilvanados entre sí por un escenario común, el del ejercito español en el norte de África, que tan bien conocían los españoles de aquella época, pues había sido el lugar de una matanza sin precedentes, el desastre de Annual (junio de 1921).  Dice José Esteban en su prólogo:

«Desde el momento de su aparición logra un éxito casi sin precedentes. Se traduce al francés, al alemán y al inglés. Quizá le ayudó el  ambiente pacifista de moda entonces en toda Europa, cansada de las guerras.
Entre nosotros, alcanza en pocos meses tres ediciones y tanto vanguardistas como novelistas sociales saben ver en ella lo que tiene de síntesis de ambas corrientes, lo que le da un valor y unas características especiales. (…)
En la corta vida literaria de su autor, El blocao constituye su gran y casi única obra narrativa. Escrita en un impecable e inimitable estilo, me atrevería a afirmar que es una de las obras mejor escritas de nuestra literatura y, por tanto, una pequeña obra maestra.»

jueves, 29 de agosto de 2013

Pancho Cossío, el pintor de la Falange.

Pancho Cossío

jose antonioPor Adaucto Pérez.

“…porque él pintó lo que hasta él no era:/la evidencia real  de la pintura”

Sobre el nacimiento de Pancho Cossío  son dos los posibles años que figuran en sus biografías: 1894 (partida de bautismo, literalmente “…que dijeron haber nacido el 20 de Octubre de 1894”)) o 1889 que es la que comúnmente se atribuye al pintor. Sobre su vida y obra existe un excelente texto de Juan Antonio Gaya Nuño recomendado ya desde aquí.

Cuando en 1895 el guerrillero cubano negro Quintín Banderas tomó la localidad de Pinar del Río   su actitud fue altamente compasiva, según las normas salvajes de aquella guerra civil (¿hay otras?) con el alcalde y su familia. Se atribuye la magnanimidad de no cortarles el cuello, práctica habitual de Banderas, al hecho de que el mandatario municipal, Genaro Gutiérrez,  se había adelantado en la concesión de libertad a sus esclavos negros y ese hecho le procuró la salida  de él, su mujer  y de sus seis hijos rumbo a España, abandonando el negocio de almacenamiento de hojas de tabaco en que se sustentaba la economía familiar. 

Se establecieron en su región de origen, en Renedo, en el Valle de Cabuérniga. A los cinco años, Francisco Cossío sufría un percance, su madre, en un desgraciado accidente que le pesaría de por vida, le provocaba una rotura que dejaría como secuela una fuerte cojera, compañera inseparable y distintiva durante toda su vida (“el cojo de la bicicleta”). Junto a esta invalidez,  estrabismo y  joroba que crearon para el arte hispano un Toulouse Lautrec ibérico, genial también. Trasladada la familia a la capital cántabra recibió clases de pintura, comenzó y abandonó los estudios de Comercio y fue directivo del Racing de Santander. Con 20 años de edad  (cuatro más, cuatro menos,) en 1914 se trasladaba a Madrid a la calle Barquillo y comenzaba a estudiar con el gran maestro Cecilio Plá. Simultaneaba su trabajo en el estudio de la calle de Fernando el Santo con exposiciones  y se relacionaba con un círculo de amigos  intelectuales que ya apuntaban como era el caso de Gerardo Diego. Esta amistad llevó a encasillar a Cossío dentro del movimiento ultraísta en donde junto a Diego se encontraban Juan Larrea o Vicente Huidobro o Jorge Luis Borges y que era el lugar  del péndulo oscilante de la cultura, ahora en contra del modernismo de Rubén Darío. Pero esa adjudicación no satisfizo al completo a Cossío : 

 “Mi clasificación por la tendencia en que milito es la de postimpreionista. Una vez lo digo para siempre. A los susodichos que me llaman ultraísta y otras cosas, y a muchos más que si no me lo llaman, sería lógico que me lo llamasen, les continuaré diciendo que se asomen a los Pirineos y desde allí contemplen el panorama estético de Europa y  entonces comprenderán  y por último amarán muchas cosas que hoy son arcanos para ellos…Ruego que no se nos tome por iconoclastas. No lo somos. Solamente somos hombres que honradamente intentamos crear un nuevo valor estético por insignificante que sea. Para conseguirlo seguiremos trabajando aunque los perros ladren.”

De sus andanzas con las vanguardias, con aquella tropa de la Residencia de Estudiantes, de la bohemia parisina y del surrealismo quedó constancia con su participación en dos películas de Luis Buñuel ; en    Un perro andaluz -1929-(en donde podemos verle desde el  16´ 29´´ hasta el  17´52´´) http://www.youtube.com/watch?v=371P8O3hf_8

Y en La edad de oro-1930- (en donde podemos volverle a ver desde el  4´ 21´´ al 7´57´´) http://www.youtube.com/watch?v=Fcm5fODZgg0 . Con anterioridad, en 1926, tuvo un paso muy fugaz por el film Carmen, del belga  Jacques Feyder y con Raquel Meller de protagonista.

Participó en el Salón de Otoño de París de 1925 y recibió los apreciados elogios del crítico René Jean. En 1929 en Cahiers d´Art el galerista y crítico  Cristhian Zervos señalaría que para Cossío “…una bella pintura consiste en formas comunes expresadas con medios muy sobrios”, es en  ese año  cuando comienza su fase de “las formas ovales”. De su paleta decía “Waldemar George” (Waldemar Jarocinsky): “Pinta el viento, el cielo, el viento marino y el movimiento de las olas. Los verdes glaucos de reflejos metálicos y los blancos lechosos, opacos, que constituyen la base de su paleta, engendran una armonía de la más rara calidad”. Pintura que se condensa en una “atmósfera sorda” en expresión del hispanista y crítico de arte Jean  Cassou. No se contagió de cubismo ni de surrealismo;  en cuanto al primero hay quien quiere ver reflejos de los ritmos curvos  de Braque en su pintura y poco más; en cuanto a lo segundo  aunque admiraba a Dalí o a Miró pero no discurrió su quehacer por la senda de estos pintores.

Su estancia en Paris, el ambiente cultural en el que está inmerso le condujeron a posiciones políticas cercanas a la izquierda radical,  pero con su vuelta a España en 1931  entenderá que la vanguardia, lo nuevo, lo moderno no está ahí, sino en los núcleos favorables a la revolución nacional, una postura en donde  la relación mantenida  con Eugenio Montes no puede ser olvidada. Comienzan unos años  en los que su producción pictórica se achica,  son los que coinciden con su participación política y, luego, con la guerra. ¿Correlación o causalidad? Ahí queda la pregunta junto a la tarea iconoclasta, destructora- que la hubo- contra algunas de las obras del “pintor fascista” durante la España en llamas.  Tras contactar con Ledesma Ramos fue encargado en 1932 de la creación de las JONS en Santander, a donde trasladó  la idea del jefe consista para que, en el núcleo inicial de la formación política,  fueran la mayoría deportistas. Cossío junto con Manuel Yllera y jóvenes procedentes de los legionarios de España de Albiñana formarán, entre el mes de Agosto y Septiembre de 1932, el primitivo núcleo de las JONS con 32 militantes..  

En el  primer triunviro provincial  están Cossío, Yllera y Guillermo de la Llama. En varias ocasiones Pancho Cossío será el orador político en las reuniones que se establecieron en aquella provincia. De sus andanzas políticas cuenta José María Alfaro que en las charlas de La Ballena Alegre resonaban, en las escaleras del Café Lyon, los golpes de su bastón y de su  bota de cojo Asistió también a los problemas internos de FE de las JONS y en Marzo del 35 el divorcio entre el mando provincial santanderino  y un gran número de militantes va a llevar, de la mano de José Antonio, a Manuel Hedilla a ser responsable de la Falange de Santander con el apoyo de Cossío : “Lo que afirmaba Hedilla en sus intervenciones como orador se veía que era patrimonio de su espíritu. El verbo sencillo y tajante estaba acorde con el hombre”.   Quien será el II Jefe Nacional de FE de las JONS relata que, por encargo de José Antonio, Pancho Cossío poco antes del 18 de Julio  recibió la misión de volver a atraerse a Ledesma Ramos.   Estallada la guerra civil, Cossío se esconde hasta la liberación de Santander por las tropas nacionales en el verano del 37; había evitado su detención -y  posiblemente salvado la vida gracias- al hueco que su madre, primorosamente, realizó en un colchón. Posteriormente,  miembro del Partido único se verá  sometido a expediente disciplinario y  su vida política entró en vía muerta, no así  su fidelidad ideológica mantenida hasta su muerte. El gusto estético que el franquismo va a crear no iba  por los derroteros elegidos por Cossío ,  el régimen se conducirá por el  camino academista y lo que podría haber sido una brecha en la creación de un arte falangista autónomo, diferente, no tendrá desarrollo.  

Su participación en la revista Escorial, de la mano de Dionisio Ridruejo, será frustrante, acabaría en pocos meses y con gran disgusto para el pintor falangista: “Allí en la revista Escorial hice amistad con un grupo de hombres que después fueron los más funestos de mi vida. Esa fue mi primera siembra de amistad en mi cuarta etapa madrileña y esa fue la cosecha recogida”.  

Su pintura  se compone de  grandes masas planas de color. Hay quien ve en sus barcos características  “fantasmáticas” o “turnerianas”  y en la de objetos y/ o retratos son características unas  motas blancas que pueden interpretarse como la manifestación del pintor para resaltar  el carácter virtual que es la representación en  lienzo. En cuanto a los temas: barcos, pescadores, toreros, niños con cometas, bodegones, naturalezas muertas (así llamadas por error en la traducción) y portentosos retratos como el de su madre, el de José Antonio Primo de Rivera, el de Ledesma Ramos o el de algún otro político. A esta “galería azul”, de indudable simpatía  ideológica, habría que añadir el excelente Flecha con espigas, una de las más soberbias realizaciones de Cossío. Sobre este género pictórico, el del retrato,  la postura del pintor era concluyente,  el interés residía cuando se producía una real intimidad entre el pintor y el modelo y bien claro quedó en casos donde el modelo, por importante que fuera, carecía de empatía con el retratista.   

Para  José Hierro las características de su españolidad se cimentaban en una trilogía:-Tonos terrosos y grises;  una actitud más ética que estética y la materia pictórica. Pintor magistral de la distancia corta, no encontraría la misma proyección en los grandes lienzos que, para la iglesia de Santa Teresa y San José de los carmelitas de la Plaza de España, realizó. Sin quitarle mérito a la Apoteosis histórica de Santa Teresa y a la Apoteosis mística del Carmelo, el resultado es que no es lo mismo.

¿Qué opinaba él de su pintura? Que la hacía “un viejo hidalgo de Cantabria venido a bohemio pintor”.  ¿Cuáles habían sido para él sus influencias, sus maestros? Observemos la claridad definitoria que  daba, porque en cuatro patas asentaba al completo  el edificio de su pintura: “La transparencia de mi manera creo que es veneciana; de mi admiración  hacia los maestros flamencos me viene la gravedad y la densidad grasa de mis óleos; su gracia y su abstracción, la modernidad ,en suma, de París, indudablemente. Y todo ello sobre una temperamental sobriedad española”.

El 16 de Enero de 1970 en la Clínica Vistahermosa de Alicante, en la habitación 217 y acompañado de su hermana de sus sobrinos, de su ahijada y del luchador Saludes moría Pancho Cossio. Su cadáver fue trasladado a su casa estudio en su residencia del edificio Ulises en la Albufereta de la capital alicantina (y sobre esto algún familiar de pintor residente en Alicante y que lee estas páginas algo podría decir y contar, desde aquí le convoco).   Juan Francisco María Gutiérrez Cossío, o sea, Francisco Gutiérrez Cossío, o sea,  Pancho Cossío tuvo sus últimas panorámicas vitales  en la Sierra de Aitana o en el Mar Mediterráneo,  que son los horizontes respectivos de ambos lugares, aunque no fue su luz la que acompañó su producción. Trasladado, luego, su cuerpo a Santander, camaradas   falangistas le acompañaron y dieron sepultura. A su muerte, su amigo Gerardo Diego le dedicaría este soneto

Éste, que ya no veis, amigo ido
Aquí está-expuesto, íntegro,  valiente-
En cada copo, en cada nada ausente
Transfigurada en velo acontecido

Pintó, sí, como hay Dios y a Él le pido
Que le deje seguir pintando en mente
Polifemo al trasluz de inmensa frente
Arrebatado al ansia y al sentido.

Pintó la santidad del irse a pique
Y el naipe y el sorbete y la venera
Y la madre en su nieve de hermosura

Nadie remede su frontal tabique
porque él pintó lo que hasta él no era:
La evidencia real de la Pintura.

lunes, 26 de agosto de 2013

Los Guripas

Manuel M. Ferrand

LOS GURIPAS

¿No ofende también la presencia en Rota del buque insignia de la Flota del Reino Unido? Es una presencia autorizada que señala la precariedad de nuestra adhesión Atlántica

NUESTROS bachilleres andan escasos, también, de formación literaria y cultura humanística. Reciben «información a primera sangre » en el sentido con que los duelos de honor —ya extintos— trataban de justificar al ofendido y fortalecer al supuestamente ofensor. Personajes como Ernesto Giménez Caballero tienden a ser ninguneados en la enseñanza media. Quien, además de ser militante falangista de primera hora, fue compañero de estudios de Xavier Zubiri y compartió paz y pluma con Vicente Aleixandre, es uno de los muchos —demasiados— nombres perdidos entre los grandes creadores del primer tercio del siglo XX y de cuantos, ya en el XXI, han sido tachados de la lista. GC, como le gustaba firmarse, fue el gran explorador de las vanguardias artísticas. Su novela Yo, inspector de alcantarillas marca el hito inaugural de la narración surrealista nacional. Pero le han borrado de buena parte de las antologías las dos medias Españas. La una, la de sus más próximos en el amor al azul «que tú bordaste en rojo ayer»; y la otra, la del rojo más intenso y sin bordado alguno. Ambas por parecidas razones doctrinales del odio al talento tan propio y bipolar en esos años malditos de la Guerra Civil, su prólogo y su todavía inconcluso epílogo.
Ernesto G. Caballero
 Estaba pensando en el Centro Nacional de Inteligencia, una de las joyas falsas —de aserrín— con las que se adorna la Defensa española. El Centro ha superado el surrealismo de GC, que sirvió de anuncio al de Ramón Gómez de la Serna. Andan hoy los españoles que todavía tienen capacidad de atribularse atribulados porque unos guripas de Gibraltar lanzaron a sus aguas, y a las nuestras, más de cinco decenas de pilones de cemento armado con barras de hierro. No entraré ni en los motivos de Gibraltar, endebles, ni en las protestas de los españoles que faenan en el entorno de Algeciras para llevar unos chicharros a casa. Lo que me maravilla es que esa «agresión», si es que de ello se trata, genera sorpresas tan tardías, como las del resto de sucesos que por allí se concretan.
Supongo que Gibraltar, como los territorios unívocamente españoles del otro lado del Estrecho, son un asunto prioritario para el CNI. Podremos disgustarnos, y mucho, con la conducta de los vecinos de ese remanso de negocios sucios —contrabando, paraíso fiscal, blanqueo de dinero, juego sin impuestos…—, pero no tenemos derecho a sorpresa alguna mientras quede un solo «espía» de servicio en el entorno de la Roca o en la N-VI —La Coruña— a la salida de Madrid. ¿No ofende también la presencia en Rota del buque insignia de la Flota del Reino Unido? Es una presencia autorizada que convierte en difícil de entender nuestra bilateralidad defensiva con los EE.UU y, a mayor abundamiento, señala la precariedad de nuestra adhesión Atlántica.




Artículo publicado en ABC de Sevilla el día 22 de Agosto de 2013

sábado, 3 de agosto de 2013

Lágrimas por San Lorenzo


A ella, que me ha dado tanto, tantas cosas (sobre todo la vida, pero además, un apellido difícil de transcribir e incluso, generosamente, sus mejores secretos en el sutil arte de la cocina.)



En Andalucía el mes de agosto es la canícula; el viento de África que se cuela por el Estrecho,  el aire caliente del levante que levanta la tierra y que seca los barbechos. Durante el día el cielo amenaza, es implacable. Pero al atardecer se torna próximo, parece más acogedor, el cielo que protege de Bowles. Para entonces suceden acontecimientos extraños. Entonces —sé que no deja de ser una impresión— parece como si el firmamento, hasta entonces ignorado y lejano, se situase de pronto más cerca de nosotros. La noches ahora son más claras, y parece que las estrellas titilan de otro modo, más limpias y brillantes. Es entonces también cuando una fuerza misteriosa e infalible, o no sé qué ocultas leyes cósmicas, hace que algunos de estos astros eternos que habitan el universo, o miles de sus partículas, comiencen a desprenderse del cielo y vuelen en la lejanía con un fulgor poderoso, como si unas gotas blancas surgieran desde la bóveda celeste, como si el cielo, el universo entero, desparramara sobre el infinito un llanto luminoso y triste. Por eso desde siempre, al menos en el Sur, la tradición, o el pueblo —una y otra cosa vienen a ser aquí lo mismo—, pondría nombre a aquel suceso extraño e insondable nombrándolo como las lágrimas de San Lorenzo, como si fuese el mismo santo el que se hiciese notar de este modo, enseñando su dolor, cuando llegaba la ineludible cita del día diez.
                   Cuando era pequeño, tendría ocho años o así, el verano se convertía en el mejor refugio para mis sueños y aventuras. Pero también llegaba el tedio, inevitable, y entonces no sé que oscuros pensamientos, seguramente fruto del ocio y de la holganza, me llevaban a sospechar que algo misterioso tenía que ocurrir cuando se acercaba el día diez de aquel mes. Yo también creía sentir esa sensación de proximidad del cielo, como si el mismo universo fuese una neblina densa y acogedora que me envolviera al anochecer. Y creo recordar que durante aquellos días calurosos —aquí abajo aún más calurosos— andaba callado y serio, entregado a reflexiones que ahora se me figuran demasiado graves y profundas para esa edad. Ahora, cuando recuerdo todo esto, pienso que toda aquella turbación y aquel silencio tendría que obedecer al secreto influjo del firmamento, que por San Lorenzo aprisionaba la tierra, dejando caer, después de ese abrazo suave, ese llanto inmenso que fluía en forma de nubes, de luces o de estrellas que parecían incendiar la eternidad.
                   Hay cosas que no se olvidan nunca. Como aquel misterio de las estrellas que todavía me sobrecoge, como aquellos veranos interminables, esas vacaciones de la infancia en la ciudad calurosa que a pesar de su aparente desorden también tenían sus normas y sus horarios. Por las mañanas marchábamos los niños a la piscina que había junto al río—la playa verde y apócrifa de nuestros veraneos urbanos—, la mañana entera desfogándonos entre juegos, carreras y zambullidas en ese mar de pega.         Después, el regreso al mediodía a través del barrio, a esa hora un territorio desolado y desierto, cobijándonos en nuestra marcha bajo la sombra fresca de los edificios, y aún así, perseguidos por el aire tórrido y alquitranado que exhalaba el asfalto. Y luego, la casa fresca al llegar, las persianas echadas desde primera hora, una suave penumbra que inundaba aquel espacio y lo preservaba del calor. Todo parecía descansar en un silencio clamoroso y solemne.
         El ajetreo de mi madre durante esa mañana debería de habernos hecho sospechar que algo especial habría de ocurrir cuando mi hermana y yo regresáramos de la piscina. No obstante, a nuestra llegada nos sorprendió la mesa, que ese día se hallaba dispuesta de otro modo, otro mantel, otra vajilla, como cuando las fiestas de Navidad. No tardaríamos en saber de qué se trataba: nos disponíamos a celebrar la nostalgia de una fiesta que nos parecía muy lejana, y, por eso mismo, suficientemente atractiva y misteriosa. Ese día, así había sido el año pasado, y también el anterior y el otro, y así hasta dónde éramos capaces de recordar, nuestra madre pondría sobre la mesa la cazuela de pollo al chilindrón, un manjar insustituible, casi sagrado, un sabor y un aroma que todavía me resultan inconfundibles; y después, el postre más apetecible y exótico que nos cabía imaginar, el melocotón macerado en vino. Lo del vino —el clarete que yo había bajado a comprar esa mañana al Bar Rocío— nos gustaba especialmente, tenía su rito y también su morbosidad, sobre todo por lo que suponía de pequeña transgresión a las normas establecidas.
         Tras esta pequeña celebración, en realidad un breve y aislado recuerdo familiar a un acontecimiento entrañable que estaba teniendo lugar a muchos kilómetros de distancia, nuestros padres nos mandaban a la penumbra de la siesta fastidiosa. Mientras marchábamos a nuestras habitaciones, quejosos y remolones como siempre, ya sabíamos que nuestra madre se entregaría un año más, en esa dulce duermevela del cuartito de estar, al recuerdo de muchas cosas y de muchos tiempos.
         Y entonces yo, al poco, salía de mi dormitorio escapándome de la siesta, que ese día tampoco dormiría, para asistir de nuevo a la magia y al ensueño que a esa hora temprana de la tarde le venía a nuestra madre. Llegaba hasta el cuarto de estar, furtivo y silencioso como sólo saben serlo los niños en trance de aventuras, abriendo levemente la puerta para presenciar este momento único en que a ella se le encendería la mirada con este revoltijo de recuerdos. Así, a través del brillo de unos ojos ligeramente tristes, llegué a descubrir una ciudad pequeña y remota por la que me sentía extrañamente atraído, que en realidad no recordaba demasiado bien, y que ahora sabía que andaba alegre y festiva.
         Vi que sus ojos se volvían más claros y acuosos, y que la misma mirada se perdía en busca de un recuerdo que de algún modo la acercase a todo aquello. Y contemplando esta expresión serena y nostálgica tuve que saber que en la otra punta de España, para mí entonces muy lejos, había una ciudad que ese día había despertado oliendo a albahaca. Ella nos lo había contado muchas veces, pero sólo ahora conseguía imaginármela de pequeña, una niña rubia y escuchimizada, una infancia feliz de gigantes y cabezudos, la procesión que entra en la Iglesia, los danzantes que dan los últimos saltos, los que más cuestan, la música dulce que retumba en las viejas paredes del templo y que arranca las últimas emociones de la mañana. Por su cabeza pasaría todo eso. Y el abuelo, también el abuelo Sebastián, que ya no estaba. En ese instante ella lo echaría de menos como nunca hubiese imaginado, con su risa abierta y sus bromas, y sus paseos por la huerta, y sus partidas de guiñote, y también su guitarra y su copita de coñac después de comer. Yo sabía que era esto lo que le tenía que pasar, porque entonces la mirada se le empañaba del todo y mi madre dejaba escapar unas lágrimas casi imperceptibles, y lloraba un poquito, como el cielo haría después por la noche. El cielo o san Lorenzo, a lo mejor san Lorenzo; a lo mejor es el santo el que llora. Nunca lo sabremos.

José Manuel Sánchez del Águila Ballabriga

El 61 de Vila Real de Santo Antonio

Romualdo Maestre
Esta es la historia de los que no tienen historia. De los que patean las calles y si acaso pisan alfombras son las de su casa y poco más. Nada de relumbrón, gente como usted y como yo, de los que formamos un pueblo, una patria, una nación. En este caso en Vila Real de Santo Antonio, allá donde acaba la crisis de España para empezar la de Portugal. Gente que va y viene. Proyectos humanos de pocos años, en vías de desarrollo, siempre sonrientes, ajenos completamente a lo que decidan sobre nosotros en Bruselas o en el Fondo Monetario Internacional. O más talluditos, casi más preocupados por cómo cotiza hoy la corvina en la plaza de abastos que por la prima de riesgo o el diferencial alemán. O muy mayores ya, que apenas arrastran los pies de su efímero mañana, prodigios de sabiduría acumulada con los años, montañas de neuronas en lucha permanente por sobrevivir. Y toda esta secuencia ocurrió delante de una casa, en una calle empedrada de pequeños adoquines blanquinegros que le dan ese aire de gran ciudad venida a menos, con el marchamo de las glorias pasadas, cuando era el único punto de entrada más cercano para sortear el Guadiana por el sur. Esa preciosa vivienda de una sola planta es una más de las múltiples que conservan su encanto decimonónico a pesar del desarrollismo, que también lo hubo, en este puerto de barcos y personas trazado a escuadra y cartabón; antaño comercio de bronces y algodones del mejor nudo portugués, toallas y albornoces al peso cuando la peseta era fuerte frente al escudo, hoy las dos monedas engullidas, remedo decadente de dos imperios que atemorizaron al mundo con sus naves y arcabuces. Ahora también tienen sus chinerías-todo-a-euro, cuyos artículos emanan un ligero olor a petróleo, como de producto barato, mal hecho y hombre máquina sin vacaciones de 30 días, incluso sin vacaciones.
Una calle es lo que tiene. El teatro gratuito del que la observa. La representación del imaginario particular. Las vidas paralelas que se pueden trazar con sólo pensar por qué están esas personas ahí y no en otro lado. El devenir de lo cotidiano, el paseo a alguna o ninguna parte, el hábito de ir siempre por los mismos sitios pensando que atajamos algo cuando en realidad andamos lo mismo. Un vial hecho a la medida del hombre para que se pueda comunicar aunque esté solo o haya perdido sus contactos y amistades en este mundo cada vez más globalizado, donde empezamos a sorprendernos de que nos sorprendamos por algo.
Bastó una cámara digital para retratar las células humanas que recorren las arterias de una ciudad en un día cualquiera de una calle peatonal cualquiera, sin más importancia que la que nosotros le quedamos dar. Y disparos, muchos disparos. De los que no hacen apenas daño. Un par de horas sentado en la mesa de un restaurante y aquí tienen un pequeño mosaico de la sociedad actual, cristales alineados uno detrás de otro para formar ese caleidoscopio tan variable y voluble de las relaciones entre los hombres, de lo que son capaces de hacer y emprender. Ah, la calle se llama Jornal do Algarve. Eso que existirá mientras haya algo que contar, sea o no interesante.