sábado, 3 de agosto de 2013

Lágrimas por San Lorenzo


A ella, que me ha dado tanto, tantas cosas (sobre todo la vida, pero además, un apellido difícil de transcribir e incluso, generosamente, sus mejores secretos en el sutil arte de la cocina.)



En Andalucía el mes de agosto es la canícula; el viento de África que se cuela por el Estrecho,  el aire caliente del levante que levanta la tierra y que seca los barbechos. Durante el día el cielo amenaza, es implacable. Pero al atardecer se torna próximo, parece más acogedor, el cielo que protege de Bowles. Para entonces suceden acontecimientos extraños. Entonces —sé que no deja de ser una impresión— parece como si el firmamento, hasta entonces ignorado y lejano, se situase de pronto más cerca de nosotros. La noches ahora son más claras, y parece que las estrellas titilan de otro modo, más limpias y brillantes. Es entonces también cuando una fuerza misteriosa e infalible, o no sé qué ocultas leyes cósmicas, hace que algunos de estos astros eternos que habitan el universo, o miles de sus partículas, comiencen a desprenderse del cielo y vuelen en la lejanía con un fulgor poderoso, como si unas gotas blancas surgieran desde la bóveda celeste, como si el cielo, el universo entero, desparramara sobre el infinito un llanto luminoso y triste. Por eso desde siempre, al menos en el Sur, la tradición, o el pueblo —una y otra cosa vienen a ser aquí lo mismo—, pondría nombre a aquel suceso extraño e insondable nombrándolo como las lágrimas de San Lorenzo, como si fuese el mismo santo el que se hiciese notar de este modo, enseñando su dolor, cuando llegaba la ineludible cita del día diez.
                   Cuando era pequeño, tendría ocho años o así, el verano se convertía en el mejor refugio para mis sueños y aventuras. Pero también llegaba el tedio, inevitable, y entonces no sé que oscuros pensamientos, seguramente fruto del ocio y de la holganza, me llevaban a sospechar que algo misterioso tenía que ocurrir cuando se acercaba el día diez de aquel mes. Yo también creía sentir esa sensación de proximidad del cielo, como si el mismo universo fuese una neblina densa y acogedora que me envolviera al anochecer. Y creo recordar que durante aquellos días calurosos —aquí abajo aún más calurosos— andaba callado y serio, entregado a reflexiones que ahora se me figuran demasiado graves y profundas para esa edad. Ahora, cuando recuerdo todo esto, pienso que toda aquella turbación y aquel silencio tendría que obedecer al secreto influjo del firmamento, que por San Lorenzo aprisionaba la tierra, dejando caer, después de ese abrazo suave, ese llanto inmenso que fluía en forma de nubes, de luces o de estrellas que parecían incendiar la eternidad.
                   Hay cosas que no se olvidan nunca. Como aquel misterio de las estrellas que todavía me sobrecoge, como aquellos veranos interminables, esas vacaciones de la infancia en la ciudad calurosa que a pesar de su aparente desorden también tenían sus normas y sus horarios. Por las mañanas marchábamos los niños a la piscina que había junto al río—la playa verde y apócrifa de nuestros veraneos urbanos—, la mañana entera desfogándonos entre juegos, carreras y zambullidas en ese mar de pega.         Después, el regreso al mediodía a través del barrio, a esa hora un territorio desolado y desierto, cobijándonos en nuestra marcha bajo la sombra fresca de los edificios, y aún así, perseguidos por el aire tórrido y alquitranado que exhalaba el asfalto. Y luego, la casa fresca al llegar, las persianas echadas desde primera hora, una suave penumbra que inundaba aquel espacio y lo preservaba del calor. Todo parecía descansar en un silencio clamoroso y solemne.
         El ajetreo de mi madre durante esa mañana debería de habernos hecho sospechar que algo especial habría de ocurrir cuando mi hermana y yo regresáramos de la piscina. No obstante, a nuestra llegada nos sorprendió la mesa, que ese día se hallaba dispuesta de otro modo, otro mantel, otra vajilla, como cuando las fiestas de Navidad. No tardaríamos en saber de qué se trataba: nos disponíamos a celebrar la nostalgia de una fiesta que nos parecía muy lejana, y, por eso mismo, suficientemente atractiva y misteriosa. Ese día, así había sido el año pasado, y también el anterior y el otro, y así hasta dónde éramos capaces de recordar, nuestra madre pondría sobre la mesa la cazuela de pollo al chilindrón, un manjar insustituible, casi sagrado, un sabor y un aroma que todavía me resultan inconfundibles; y después, el postre más apetecible y exótico que nos cabía imaginar, el melocotón macerado en vino. Lo del vino —el clarete que yo había bajado a comprar esa mañana al Bar Rocío— nos gustaba especialmente, tenía su rito y también su morbosidad, sobre todo por lo que suponía de pequeña transgresión a las normas establecidas.
         Tras esta pequeña celebración, en realidad un breve y aislado recuerdo familiar a un acontecimiento entrañable que estaba teniendo lugar a muchos kilómetros de distancia, nuestros padres nos mandaban a la penumbra de la siesta fastidiosa. Mientras marchábamos a nuestras habitaciones, quejosos y remolones como siempre, ya sabíamos que nuestra madre se entregaría un año más, en esa dulce duermevela del cuartito de estar, al recuerdo de muchas cosas y de muchos tiempos.
         Y entonces yo, al poco, salía de mi dormitorio escapándome de la siesta, que ese día tampoco dormiría, para asistir de nuevo a la magia y al ensueño que a esa hora temprana de la tarde le venía a nuestra madre. Llegaba hasta el cuarto de estar, furtivo y silencioso como sólo saben serlo los niños en trance de aventuras, abriendo levemente la puerta para presenciar este momento único en que a ella se le encendería la mirada con este revoltijo de recuerdos. Así, a través del brillo de unos ojos ligeramente tristes, llegué a descubrir una ciudad pequeña y remota por la que me sentía extrañamente atraído, que en realidad no recordaba demasiado bien, y que ahora sabía que andaba alegre y festiva.
         Vi que sus ojos se volvían más claros y acuosos, y que la misma mirada se perdía en busca de un recuerdo que de algún modo la acercase a todo aquello. Y contemplando esta expresión serena y nostálgica tuve que saber que en la otra punta de España, para mí entonces muy lejos, había una ciudad que ese día había despertado oliendo a albahaca. Ella nos lo había contado muchas veces, pero sólo ahora conseguía imaginármela de pequeña, una niña rubia y escuchimizada, una infancia feliz de gigantes y cabezudos, la procesión que entra en la Iglesia, los danzantes que dan los últimos saltos, los que más cuestan, la música dulce que retumba en las viejas paredes del templo y que arranca las últimas emociones de la mañana. Por su cabeza pasaría todo eso. Y el abuelo, también el abuelo Sebastián, que ya no estaba. En ese instante ella lo echaría de menos como nunca hubiese imaginado, con su risa abierta y sus bromas, y sus paseos por la huerta, y sus partidas de guiñote, y también su guitarra y su copita de coñac después de comer. Yo sabía que era esto lo que le tenía que pasar, porque entonces la mirada se le empañaba del todo y mi madre dejaba escapar unas lágrimas casi imperceptibles, y lloraba un poquito, como el cielo haría después por la noche. El cielo o san Lorenzo, a lo mejor san Lorenzo; a lo mejor es el santo el que llora. Nunca lo sabremos.

José Manuel Sánchez del Águila Ballabriga

El 61 de Vila Real de Santo Antonio

Romualdo Maestre
Esta es la historia de los que no tienen historia. De los que patean las calles y si acaso pisan alfombras son las de su casa y poco más. Nada de relumbrón, gente como usted y como yo, de los que formamos un pueblo, una patria, una nación. En este caso en Vila Real de Santo Antonio, allá donde acaba la crisis de España para empezar la de Portugal. Gente que va y viene. Proyectos humanos de pocos años, en vías de desarrollo, siempre sonrientes, ajenos completamente a lo que decidan sobre nosotros en Bruselas o en el Fondo Monetario Internacional. O más talluditos, casi más preocupados por cómo cotiza hoy la corvina en la plaza de abastos que por la prima de riesgo o el diferencial alemán. O muy mayores ya, que apenas arrastran los pies de su efímero mañana, prodigios de sabiduría acumulada con los años, montañas de neuronas en lucha permanente por sobrevivir. Y toda esta secuencia ocurrió delante de una casa, en una calle empedrada de pequeños adoquines blanquinegros que le dan ese aire de gran ciudad venida a menos, con el marchamo de las glorias pasadas, cuando era el único punto de entrada más cercano para sortear el Guadiana por el sur. Esa preciosa vivienda de una sola planta es una más de las múltiples que conservan su encanto decimonónico a pesar del desarrollismo, que también lo hubo, en este puerto de barcos y personas trazado a escuadra y cartabón; antaño comercio de bronces y algodones del mejor nudo portugués, toallas y albornoces al peso cuando la peseta era fuerte frente al escudo, hoy las dos monedas engullidas, remedo decadente de dos imperios que atemorizaron al mundo con sus naves y arcabuces. Ahora también tienen sus chinerías-todo-a-euro, cuyos artículos emanan un ligero olor a petróleo, como de producto barato, mal hecho y hombre máquina sin vacaciones de 30 días, incluso sin vacaciones.
Una calle es lo que tiene. El teatro gratuito del que la observa. La representación del imaginario particular. Las vidas paralelas que se pueden trazar con sólo pensar por qué están esas personas ahí y no en otro lado. El devenir de lo cotidiano, el paseo a alguna o ninguna parte, el hábito de ir siempre por los mismos sitios pensando que atajamos algo cuando en realidad andamos lo mismo. Un vial hecho a la medida del hombre para que se pueda comunicar aunque esté solo o haya perdido sus contactos y amistades en este mundo cada vez más globalizado, donde empezamos a sorprendernos de que nos sorprendamos por algo.
Bastó una cámara digital para retratar las células humanas que recorren las arterias de una ciudad en un día cualquiera de una calle peatonal cualquiera, sin más importancia que la que nosotros le quedamos dar. Y disparos, muchos disparos. De los que no hacen apenas daño. Un par de horas sentado en la mesa de un restaurante y aquí tienen un pequeño mosaico de la sociedad actual, cristales alineados uno detrás de otro para formar ese caleidoscopio tan variable y voluble de las relaciones entre los hombres, de lo que son capaces de hacer y emprender. Ah, la calle se llama Jornal do Algarve. Eso que existirá mientras haya algo que contar, sea o no interesante.

miércoles, 24 de julio de 2013

La Junta de Castilla y León 'secuestra' el archivo de Yagüe

TEMEN POR SU FUTURO
La Junta de Castilla y León 'secuestra' el archivo de Yagüe 
FERNANDO PAZ
 
La hija del general lo donó en 2009 a la Junta para que estuviese a disposición de los historiadores y de los investigadores. Cuatro años después la familia no puede consultar el archivo y acusa a los políticos de incumplir el trato. La Junta de Castilla y León 'secuestra' el archivo de Yagüe
Hace más de sesenta años que un mal cáncer se llevó al general Juan Yagüe. A la familia le quedó apenas la paga prevista aunque luego viniera, por obra y gracia de Franco, el marquesado de San Leonardo, la localidad soriana de la que Yagüe era natural. Por entonces, el recuerdo del heroísmo de aquél conductor de hombres forzosamente habría de reconfortar a sus deudos; el que durante sus últimos años el general se hubiera volcado en la mejora de la suerte de los más humildes le granjeó, además, una justa fama de benefactor.
Pero Juan Yagüe no dejó tan sólo esa estela de cariño en las gentes que le trataron. El fallecimiento del general también supuso para la familia el legado de una gran cantidad de documentos, por los que nadie se preocupó durante décadas; simplemente estaban ahí. Hasta que un día, la hija menor, María Eugenia -apenas una adolescente escasamente consciente de lo que su padre podía significar para la historia cuando este murió- comenzó un duro trabajo de sistematización de su herencia documental.
Durante años, y con infinita paciencia, María Eugenia Yagüe fue construyendo el archivo de su padre pieza a pieza, para lo que apenas contó con la ayuda de nadie. Y no sólo eso: en su empeño de construir la memoria documental de su padre, de parte de su familia sólo recibiría recriminaciones crecientemente ásperas. Con el tiempo, el recuerdo del general Yagüe parecía haberse vuelto incómodo para los suyos. Estos, una vez culminada la ingente obra recopilatoria y clasificatoria de María Eugenia, reclamaron que el archivo fuese dividido entre los hermanos, absurdo propósito al que pusieron punto final varias sentencias judiciales que fallaron a favor de la unidad del archivo, tal y como la Fundación Yagüe, creada y sostenida por María Eugenia para preservar el legado del padre, defendió en todo momento.
El archivo del general es, indudablemente, de un gran valor histórico. Contiene miles de documentos de todo tipo, fotografías y mapas originales, anotaciones personales y un riquísimo epistolario. De modo que, una vez a salvo de las descabelladas pretensiones de división del mismo, María Eugenia decidió donarlo a la Junta de Castilla-León para que estuviese a disposición de los historiadores y de los investigadores, entregándolo a una administración de la que, a priori, no tenía ninguna razón para desconfiar. Lo que hizo el 7 de junio de 2009.
A la vista de lo que le está sucediendo en los últimos cuatro años, probablemente María Eugenia lamente en lo más hondo la decisión tomada de entregar el archivo de su padre a dicho organismo.
Pues ¿qué es lo que sucede exactamente con el archivo de Yagüe?
Para la donación del archivo, María Eugenia no impuso ninguna condición especial. El acuerdo al que se llegó con la administración incluía las cláusulas, habituales en estos casos, por las que la junta castellana se hacía cargo de entregar una copia a la fundación de todos los documentos que le eran cedidos. Además, se comprometía a digitalizar todo el archivo -algo habitual a estas alturas- y a que este se expusiera públicamente sin cortapisas, así como el que la fundación gozara de facilidades a la hora de consultar dicha documentación. Por lo demás, el archivo debería ser de acceso público, sin limitaciones, y permanecer en Soria o en Burgos.
Naturalmente, la Junta mostró su pleno acuerdo y el jefe del servicio de archivos y bibliotecas de la comunidad, Carlos Travesi, aseguró que la documentación quedaría ligada al Archivo Histórico burgalés, lo que a todo el mundo pareció una solución aceptable.
Pero una vez en manos de los políticos, todo cambió. Las atenciones prodigadas hasta ese momento se desvanecieron. Los miembros de la fundación se encontraron de pronto con que ya no podían ejercer ningún derecho sobre ese archivo: “desde el primer momento no hicieron más que ponernos todo género de trabas”. La situación se les escapó de las manos hasta el punto de que ”resulta increíble, pero no podemos siquiera consultar el archivo”. María Eugenia Yagüe concluye rotunda:
“Desde entonces, la Junta no ha cumplido una sola de sus promesas”
Y, como queriendo darle la razón, lo mismo ha sucedido con el traslado de los documentos. En una decisión que no ha sido explicada absolutamente por nadie, no sólo se mudó el archivo en su conjunto a Salamanca, sino que ni siquiera se han molestado en informar a la fundación que lleva su nombre de dicho traslado.
Se desconoce, además, quién es el responsable de esta decisión. Nadie se digna en dar una sola explicación, nadie contesta a las distintas requisiciones que se hacen una y otra vez. En noviembre de 2010 -hace ya casi tres años- María Eugenia envió una carta en este sentido a Virginia Arnáiz, jefa de gabinete del presidente de la Junta, Juan Vicente Herrera, carta de la que aún espera respuesta.

En la fundación, lógicamente, temen por el destino del archivo y por lo que, acaso, pudiera sucederle. “De momento” -explica María Eugenia- “nos consta que de la biblioteca faltan 166 libros”. La sensación de los miembros de la fundación es que “nos sentimos estafados y acosados”. María Eugenia no se recata al exponer su opinión: “Para mí, lo que ha hecho la Junta de Castilla León es un robo en toda regla y en mi caso, además, un engaño”. La indignación rebosa por los poros de la presidenta de la fundación Yagüe.


Por su parte, la fundación ha cumplido con creces la parte que le tocaba; tiene dispuestos desde hace tiempo más de 400 legajos para albergar los documentos originales una vez digitalizados, cumpliendo de este modo lo dispuesto por la ley. Pero esto, al parecer, no reza con los políticos, que siguen haciendo lo que les parece más oportuno o, sencillamente, ignorando el cumplimiento de las disposiciones legales.
 
Quizá por eso María Eugenia está considerando denunciar a la Junta de Castilla-León por la vía penal. En la fundación se tienen pocas dudas a la hora de definir qué es lo que está pasando. Mejor que nadie lo expresa María Eugenia: “La Junta ha secuestrado el archivo de mi padre”.

martes, 23 de julio de 2013

Juventudes por Ignacio Ruiz Quintano

 Juventudes

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Las juventudes las inventó Carmen Romero, cuando, bendita esposa, entonces, de Gonzalón, dijo en Cádiz aquello de “jóvenes y jóvenas”.

    Como dice mi ensayista, uno puede recorrer todos los tomos clásicos de filosofía sin encontrar una atención a lo que pensara gremialmente la “juventud”. Los estudiantes salen en las novelas picarescas, no en los tratados de Derecho público, cosa que no sabe don Juan Soler, el estricto corregidor de Getafe.

    –El Rencimiento o la Reforma se juegan entre humanistas y frailes cuarentones. La Ilustración, entre filósofos maduros. Y no se concibe una égloga pastoril-ideológica donde Salicio, en vez de llorar los desdenes de Galatea, llorara la ineficiencia de la Universidad.
    
Alfredo Valenzuela ha sacado a colación el caso de la joven novelista granadina Cristina Morales, que en su novela “Los combatientes” intercaló textos, sin citar la procedencia, del “Discurso a las juventudes de España” de Ramiro Ledesma Ramos, con el resultado de que críticos y reseñistas los han identificado como ideario del 15M.

    Morales, procedente de la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores, es licenciada en Derecho y Ciencias Políticas, y recibió por “Los combatientes” el premio Injuve de Narrativa 2012 que otorga el ministerio del ramo de la Igualdad, cuyas autoridades le pidieron que en el acto de entrega leyera uno de los párrafos de la novela pertenecientes a Ledesma Ramos (¡los que les gustaban!).
    
En ese momento –dijo Morales a Valenzuela– estuve a punto de desvelar la autoría de esas palabras, pero pensé que eso correspondía a los críticos y a los lectores.
    
Si algo tiene la juventud es tiempo.
    
Pero, “jóvenes y jóvenas”, nada sucedió hasta que un comentario anónimo en un suplemento cultural hizo saltar la liebre, que era un matacán, lo que lleva a la sospecha de que aquí, leer, lo que se dice leer, sólo leen… los fachas.
    
En “El Cultural” dicen que es el futuro (Morales, no los fachas).
Publicado el jueves, 11 de julio de 2013 en ABC
http://salmonetesyanonosquedan.blogspot.com.es/2013/07/juventudes.html 

lunes, 22 de julio de 2013

El Carnavalero tatuado de Falange por Antonio Burgos



La España tatuada
Estas calores suelen descubrirnos dos cosas: que tenemos que recargar de gas el aire acondicionado del coche y que hay que ver la cantidad de tatuajes que se ha hecho la gente en España. Claro, se quitan los abrigos, dejan fuera los hombros, los brazos, las espaldas, las piernas, y nos aparecen todos los tatuajes. Los tatuajes eran en España cosa de marineros y de legionarios. Tenían como música de fondo el impresionante poema postmodernista de Rafael de León así titulado, "Tatuaje", al que le puso música el maestro Quiroga y voz imperecedera Concha Piquer: "Era hermoso y rubio como la cerveza,/ el pecho tatuado con un corazón,/ y en su voz amarga había la tristeza/ doliente y cansada del acordeón."Por cierto, reparen en esa imagen poética: "La tristeza doliente y cansada del acordeón". ¿Se puede escribir mejor ni poner en pie más hermosa imaginería lírica? Pero estábamos con el tatuaje de "Tatuaje". El marinero que llegó en un barco, de nombre extranjero y que se fue una tarde con rumbo ignorado sería ahora el menos atrevido de los tatuados de España. ¡Cuidado que sólo tatuarse un corazón! Y en el pecho, además, para que nadie lo vea. No sé las trazas que se dio sobre el manchado mostrador la amante de aquel marinero para que con esa birria de tatuaje su nombre de extranjero se le quedara escrito en la caricia de su piel. Ahora sería mucho más fácil. Bastaría con que el marinero en cuestión no se hubiera hecho tatuaje de mar, sino de tierra. Como los que llevan todos los canis, modelo Kiko Rivera. Brazos enteros, espaldas, piernas, enmarañados con tatuajes de monstruos, ángeles, demonios, máscaras, calaveras, estrellas, arabescos, hojarascas. Ni el más recargado retablo barroco tiene tanto "horror vacua" como el tatuado brazo, o espalda, o pierna de un cani, donde no queda centímetro libre de tinta.
Así hay tantos establecimientos que anuncian "Tatoo", en inglés. Ah, claro: el tatuaje debe de ser sólo el corazón del marinero del manchado mostrador de la Piquer o en ancla en el brazo de Popeye y estas decoraciones obsesivas deben de ser el "tatoo" famoso. No sólo es un negocio el de los tatuajes, sino que hay otra floreciente industria: la de quitar los tatuajes, que en algunos casos tiene que ser dificilísimo; más fácil sería que el Doctor Cavada les hiciera un trasplante de piel a los horteras del "Tatoo" que quitarles esos Ermitages a lo hortera y a lo choni que llevan por brazos, piernas, hombros, espalda, barriga, cuello, y me imagino que algunos hasta en el yamentiendes y algunas hasta justo encima del cestillo del carbón.
Yo, como voy por el plan antiguo, me quedo con los tatuajes a lo Rafael de León, breves y cargados de poesía. Me quedo con el egregio tatuaje, tan de la Marina de Su Majestad Británica, que Don Juan de Borbón lucía en su brazo, que era un retrato en sepia de aquellos años difíciles en que tuvo que dejar de ser guardiamarina en la Escuela Naval de la Real Isla de San Fernando para enrolarse en la Home Fleet inglesa. 
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El Quini
 Joaquin Fernadez Garaboa.jpgquiniportada_cadiz
O no lejos de San Fernando, me quedo con el legendario tatuaje del corista Joaquín Fernández Garaboa "El Quini". Tenía El Quini en su brazo otro retrato de época, otro trozo de Historia de España: cuando estaba en el frente de Rusia con la División Azul se hizo tatuar en el brazo el escudo de Falange.
-- ¿Vive todavía El Quini?
-- No, murió.
-- Menos mal, porque ahora, con la dichosa Memoria Histórica, de momento me lo iban a dejar manco, porque al ver el tatuaje del escudo de la Falange seguro que le cortaban el brazo...
Me quedo con el tatuaje del legionario de toda la vida. Estos descastados del "tatoo" no saben lo que es el "Amor de madre".

Antonio Burgos Belinchón
Publicado en ABC de Sevilla el día  21/7/13

lunes, 15 de julio de 2013

DESDE MI LUCERO en homenaje a Rafael García Serrano





DESDE MI LUCERO

Mirad que le he dado vueltas a todo esto pero aún no consigo entender por qué me hice falangista. Al menos no del todo. Sé que fue la voz clara y recia de José Antonio en La Comedia, cuando lo escuché asombrado y entusiasmado por la radio mientras tomaba unos chatos y unos pinchos en un barecito del Madrid en el que estudiaba, en la Corredera Alta, junto a otros estudiantes navarros. Yo, que era tan joven aún, que ni siquiera asistí a ese acto en el que se inauguraba un futuro en el que muy pocos creían, me uní con el pensamiento y el alma a esos nuevos camisas azules que pronto comenzaron a hablarnos de luceros, y de sueños nuevos, justicia y patria sobre todo, servicio, sacrificios, y un futuro inimaginable.
            Todo esto lo he contado, quizá más veces de las debidas, porque fui escritor (uno dijo una vez que un escritor arbitrario y vehemente, apasionado o irrazonable, “como todo escritor de raza”; pero no nos fiemos que aquel voceras era levantino o murciano, que ya no recuerdo, aunque más bien de la parte de Murcia, seguramente, pues tenía un raro apellido: Campmany); el caso es que fui escritor y no dejaba descansar la pluma ni en los malos tiempos, que vinieron, claro que vinieron, cuando muchas Itálicas fueron “destruidas fulminantemente”.
El caso es que hubo un día, “feliz entre los días”, en que ya embadurnado hasta los topes del falangismo más bravo y fiero que cabe imaginar, sí, pero también muy dulce y generoso como pocos podían suponer, un día en que acudí a la Plaza del Castillo al toque de aquella corneta por una vez melodiosa que nos convocaba a la mejor de las aventuras que pude haber vivido. Yo no me concentré allí para acudir a una guerra civil (que de lo de la guerra civil y de los muchos años que duró se encargaron los comunistas y demás ralea); yo acudí a esa plaza para compartir con los monárquicos con boina (los románticos requetés) un sueño que en ese entonces nos unía y que en ese preciso día de julio solamente era salvar a la Patria del desastre que se avecinaba. Luego paseé por ese otro desastre que fue la guerra y de la que el mismo escritor, ¿murciano?, dijo que fui un empedernido romántico, con mi macuto siempre a cuestas.
            Yo sobreviví a duras penas a aquellos terribles años de guerra. Hubo mucho odio, muchos fusilamientos con piquete o sin él, por libre. Y vino la paz que quería José Antonio. Lo que pasó es que a muchos de los que sobrevivimos a aquella barbaridad, luego, cuando regresó el enemigo a la poltrona sucia del poder de la mano o del guante de un Borbón, a muchos, como a mí, se nos fusiló “a salivazos”.
            Pasó todo eso y pasaron muchas otras cosas. Pero yo vine aquí para contar por qué me hice falangista y es fácil de explicar con lo que sigue. Sé que hace poco, en una revista literaria de Sevilla, publicada en Internet (puede ser La clave cultural), se habla de mí, de Rafael García Serrano, y se recuerda que un día marché con mis dos hijos a misa para rezar por un fusilado que no era José Antonio esta vez, que no era la luz a la que me aferré un día para siempre, hasta que llegó el invierno de mis días, pero que también murió tiroteado defendiendo sus ideas. Era el Che Guevara.
           
 Por eso aquel escritor, posiblemente murciano y de extraño apellido, quizá escribió sobre mí que para ser fanático a RGS “le sobraba la ternura y el amor y la comprensión hacia los que defendían las otras banderas”. 

José Manuel Sánchez del Águila Ballabriga

jueves, 11 de julio de 2013

Buitres



Rafael Sánchez Saus

 

  11.07.2013



Buitres, por Rafael Sánchez Saus

ESTA mañana, sobre la alomada cresta del Verdugo, señor del gaditano Prado del Rey, se acumulan los buitres. Sólo desagradable en tierra y en los reportajes de La 2, el buitre es bello y majestuoso en vuelo, un vagabundo de grandes espacios que juega con el levante a ver quién llega más alto y más lejos. Las culturas antiguas y tradicionales eran y son ajenas a la repulsión que en Occidente nos suscita: para los egipcios representaba nada menos que la idea de la madre, vaya usted a saber por qué; los persas -nos cuenta Cirlot en su famoso diccionario de símbolos- exponían sus cadáveres en altas torres para que los buitres los devorasen y, de ese modo, propiciar su renacimiento, que ya hay que creer. Finalmente, los hindúes ven en ellos fuerzas espirituales protectoras que sustituyen a los padres -es de esperar que sólo a algunos, modelo Bretón- y los hacen emblema de abnegación y consejo. Ellos sí que saben.
Rafael García Serrano

Con tan multiculturales precedentes, no resultaría extraño que en España el buitre fuera siendo liberado de los ignorantes prejuicios que lo estigmatizan y se pueda convertir, poco a poco, en uno de nuestros símbolos tutelares. Basta leer las páginas inmortales de Rafael García Serrano -escritor al que se ha hecho desaparecer de la memoria, como al amor de su vida, la Falange, a fuerza de desprecio y ocultación- sobre los sanfermines de 1936 en su novela Plaza del Castillo, para darse cuenta de que el toro, no la juerga asociada, ya no es lo que era en Navarra ni en parte alguna de las Españas. El águila es hoy ave nefanda entre nosotros, retirada cuando no torpemente picada de escudos y fachadas. En cuanto al león, alegórico durante siglos de la Monarquía hispánica, desapareció justamente como imagen suya cuando ésta dejó de tener el sentido universal y católico que la sustentaba.

La cosa precede al símbolo y lo hace comprensible. Los españoles conocían y reverenciaban a leones, águilas y toros antes de que pueblos y reyes coincidiesen en elevarlos a emblemas superiores de la nación. Los buitres que hoy recrean la vista en Prado del Rey sólo comparten nombre con los que, a la espera del festín de sus despojos, se han adueñado de la bolsa, el honor y la esperanza de España, pero no se necesita más para llevar a las piedras armeras lo que ya está grabado en el alma resignada de un pueblo que ha entregado la cuchara. 
Publicado en Diario de Sevilla
 http://www.diariodesevilla.es/article/opinion/1562543/buitres.html#.Ud5H8_UGWlk.gmail

miércoles, 10 de julio de 2013

El mejor corredor de los Sanfermines fue...

Plaza del Castillo


Un jovencísimo Rafael García Serrano


De “bronco y valioso narrador navarro”, lo califica José Carlos Mainer en Falange y literatura. Y en su imprescindible Las armas y las letras Andrés Trapiello recuerda sus “novelas vigorosas” y lo retrata, se ve que con indisimulada antipatía, de esta guisa: “Su temperamento, de naturaleza rifeña, es harto brusco, y su prosa, cuajada de casticismos, tiene esa impronta tan falangista, quizá navarra al estilo de José María Iribarren, que es envolver besos en coces, interjectada cada cinco líneas por un par de tacos, que suenan siempre, en medio de la página, como petardo pedregoso y extravagante, lo que García Serrano compensa con arrobamientos de corte lírico, todo lo cual convierte su prosa en algo alucinante, efusivo y personal.”
Estos días, con los encierros de Pamplona empitonando la calles Estafeta de la tele, me he acordado de él, que escribió la gran novela sobre ellos y todo lo que los rodea, o habrá que decir lo que los rodeaba, que han pasado bastantes décadas desde su publicación y más de los acontecimientos que recrea. A un escritor rojo hay que medirlo por su escritura; a uno azul, por lo mismo. Que los haya habido más de la primera cuerda no debe hacer olvidar a los de la segunda, que además tienen en contra a la opinión hoy dominante.
Hay aspectos de Rafael García Serrano que me lo acercan a Ford. Si la trilogía de la Caballería americana tiene su correlato en la trilogía (bien que sin intención unitaria) sobre la Guerra Civil que el navarro llamaba “ópera Carrasclás” (Eugenio o proclamación de la primavera, La fiel infantería y esta Plaza del Castillo), su humanidad, su empatía con el otro le hacen sentir, con Ford, que el enemigo es alguien a quien se combate, no a quien se odia. En Plaza del Castillo, los jóvenes pamplonicas como García Serrano se unen al rebelde general Mola no solo para salvar España, con frase solemne y levatisca, sino también “porque se van todos los amigos” en una escena que me recuerda a otra de las más hermosas que despliega Misión de audaces: aquella magistral en la que el hibernoamericano, que donde ponía el parche ponía la bala, retrata a los cadetes del Sur marchando al frente como casi en un juego (que acabaría en tragedia, como en España, después, pasada la euforia de las primeras descargas, y no solo de fusilería sino de adrenalina).
Y hablando de otro yanqui, el Fiesta de Hemingway no es superior a Plaza del Castillo, que forma en ese pequeño batallón de novelas que ostentan nombres de plazas en sus títulos, como La plaza del Diamante de Mercè Rodoreda o Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin. Escrita en 1951, la acción cubre desde las vísperas de los Sanfermines de 1936 hasta el día posterior al alzamiento. Se ha señalado que su estructura es coral, predecesora en ello de La colmena. Reproduce caracteres, tipos, ambientes, tiene la llave de lo local y grita no como un guiri: ¡Gora San Fermín!
Escritor de rompe y rasga, destructor de moldes en que encajan como un guante los perezosos que todo lo ven blanco o negro, falangista que tuvo problemas con la censura durante el régimen de Franco, Rafael García Serrano fue el tipo que una mañana temprano llevó a sus dos hijos a misa a rezar por un hombre que acababa de morir tiroteado defendiendo sus ideas. Un héroe, les dijo. No, no era José Antonio Primo de Rivera sino Ernesto Ché Guevara.
Antonio Rivero Taravillo 
 http://fuegoconnieve.blogspot.com.es/2013/07/plaza-del-castillo.html