jueves, 10 de octubre de 2013
sábado, 5 de octubre de 2013
GRAN EXITO DE LA LIBERTAD FRENTE A LA COACCION
Presentación en librería Beta de El Último José Antonio
A pesar de las amenazas y coacciones de la extrema izquierda sevillana, que obligaron a los responsables de la librería Beta de Sierpes a prohibir la presentación del libro en su salón principal como estaba anunciado, y en medio de una fuerte presencia policial; pudo presentarse el libro en plena calle Sierpes con una masiva afluencia de público que no pararon de corear la palabra libertad.
Más de 100 ejemplares del libro se vendieron dentro y fuera del local de Beta que, a pesar de censurar el acto, no se privó de agotar todas sus existencias dándose la paradoja que el autor, Paco Torres, firmó numerosos ejemplares dentro de la librería.
Desde aquí mandamos un agradecimiento a las decenas de personas que se sumaron al acto saturando la calle Sierpes de gritos de libertad frente a la violencia de los intolerantes.
A pesar de las amenazas y coacciones de la extrema izquierda sevillana, que obligaron a los responsables de la librería Beta de Sierpes a prohibir la presentación del libro en su salón principal como estaba anunciado, y en medio de una fuerte presencia policial; pudo presentarse el libro en plena calle Sierpes con una masiva afluencia de público que no pararon de corear la palabra libertad.
| M.A. Vázquez editor del libro |
| Paco Torres firmando ejemplares dentro de la Beta |
| Alocución a los asistentes |
Más de 100 ejemplares del libro se vendieron dentro y fuera del local de Beta que, a pesar de censurar el acto, no se privó de agotar todas sus existencias dándose la paradoja que el autor, Paco Torres, firmó numerosos ejemplares dentro de la librería.
Desde aquí mandamos un agradecimiento a las decenas de personas que se sumaron al acto saturando la calle Sierpes de gritos de libertad frente a la violencia de los intolerantes.
viernes, 4 de octubre de 2013
Comunicado Oficial de la Asociación Cultural Ademán
Comunicado de la
Asociación Cultural Ademán
Como en pasadas
ocasiones, la librería Beta Imperial de
Sevilla nos había cedido sus instalaciones para un acto literario. Tras
recibir algunas amenazas a través de redes sociales de elementos en buena parte
anónimos de ultra izquierda, el departamento de relaciones públicas de dicha
librería ha decidió unilateralmente suspender la presentación del libro “El
último José Antonio” escrito por el Catedrático de Historia, Francisco Torres,
y publicado por el Editorial Barbarroja. De lo cual esta Asociación se entera
por la prensa dos días antes del acto, con numerosos gastos de organización
desembolsados. En respuesta a la Asociación Cultural ADEMÁN, promotora
del acto, la librería argumenta que el acto ha tomado un cariz político.
Ante esta decisión, ADEMÁN, hace público lo siguiente:
1.- El pasado 29 de Abril esta misma Asociación, con
la misma librería y en la misma sala, presentó el libro “El fracaso de la
Monarquía” de D. Javier Castro-Villacañas (Ed. Planeta) sin que la Librería
considerase en esa ocasión que se trataba de un acto político. Ver enlace: http://laclavecultural.blogspot.com.es/2013/04/exito-de-la-presentacion-de-el-fracaso.html
2.- Hoy mismo, la
misma Librería y en la misma sala presentaba el libro El hombre que mató a
Queipo de Llano, de José Luis Castro Lombilla, que tampoco ha considerado
un acto político, siendo una novela de marcado cariz político y donde se hace,
figuradamente, apología del magnicidio.
3.- La censura de
Librería Beta es el resultado de una mínima campaña en redes sociales en la que
un promotor “Anónimo” recogió 44 firmas (sic), unas reales y otras correspondientes
a nombres figurados.
4.- Es la segunda vez
que la ciudad de Sevilla se muestra públicamente como ejemplo de censura
cultural. La primera vez fue consecuencia de la prohibición del acto de
homenaje literario a Agustín de Foxá por la concejal comunista, Josefa Medrano,
que acabó con el procesamiento de ésta.
Por todo lo anterior,
hemos pedido a Librerías Beta que reconsidere su decisión al tiempo que nos
preguntamos si el siguiente paso es que los mismos promotores virtuales de la
prohibición, decidan también los libros que debe comercializar esta empresa y
los que deben ser retirados de la venta.
Lamentamos
profundamente que la vida cultural y literaria sevillana se vea mediatizada por
chantajes y coacciones de elementos radicales antidemocráticos que enrarecen la
convivencia ciudadana.
Javier Compás
Presidente A. C.
Ademán
miércoles, 25 de septiembre de 2013
Fiebre bajo cero. Los cuadernos de Rusia de Ridruejo.
Fiebre bajo cero

Cuadernos de Rusia. Diario 1941-1942
Dionisio Ridruejo
Fórcola, 2013
ISBN: 978-84-15174-76-9
448 páginas
24,50 €
Edición de Xosé M. Núñez Seixas
Prólogo de Jordi Gracia
Antonio Rivero Taravillo
Alfredo Valenzuela, que los había leído, no cesaba de ponderarlos. Ahora acaban de ser recuperados por Fórcola en edición de Xosé M. Núñez Seixas y prologados por Jordi Gracia estos Cuadernos de Rusia. Diario 1941-1942 de Dionisio Ridruejo. Lo digo ya de antemano: el bueno de Valenzuela se quedó corto. Se suman así a las recientes biografías del autor y a la novación de sus Casi unas memorias al calor del centenario de su nacimiento (en 1912). Con tono más épico y melodramático, las vicisitudes de otros que experimentaron la misma campaña se hallan también en la última novela de Juan Manuel de Prada: Me hallará la muerte.
Los datos históricos son como sigue: en 1941, la España de Franco aparejó una división de voluntarios, en su mayor parte falangistas, para luchar al lado de los alemanes en el frente del Este. Era una operación compleja, diseñada a varias bandas, que de un lado trataba de complacer a Hitler sin mostrar beligerancia oficial contra sus enemigos occidentales (de ahí el carácter de fuerza voluntaria), y de otro hacer que los más aguerridos camisas azules se desfogaran en el patio de recreo de Rusia para que, chicos díscolos, no rompieran la vajilla en casa. No hay que olvidar que la Falange había sido absorbida en 1937 en un ente híbrido que la arracimó con la Comunión Tradicionalista perdiendo unos y otros sus rasgos de identidad y que esto, si algunos lo aceptaron en el contexto del esfuerzo bélico para ganar la Guerra Civil, no dejaba de ser una monstruosidad (como un centauro de boina roja y camisa azul o, por rendir homenaje a Cunqueiro, cercano al falangismo un día, una sirena de añil cola y rostro ruborizado). A este ser irreal se opusieron, entre otros, el segundo jefe nacional de Falange Española de las JONS, Manuel Hedilla (con el resultado de una condena de muerte conmutada). Casi cinco decenas de miles de hombres integraron en total la División, sumando los refuerzos. Fueron numerosísimas las bajas entre muertos, heridos y prisioneros de guerra.
Ridruejo fue militante del partido que creó José Antonio Primo de Rivera y colaboró con algún verso en su himno, el Cara al sol. Escaló importantes posiciones en el llamado Movimiento y, sin embargo, decidió marchar a la División Azul, la 250 para el incontable Ejército alemán, como soldado raso (aunque se aprecia que, ya fuera por su débil constitución física, ya por su prestigio y posición políticas, recibió un trato de favor, especialmente patente en la evacuación a Berlín en condiciones podríamos decir que privilegiadas, si bien no creo que muchos envidien ingresar en un hospital pesando solo 39 kilos ). En cualquier caso, como el resto de sus camaradas tuvo que cortar, para comer y beber, con un hacha trozos de carne y barras de vino helados.
Curiosamente en tan señalado político (o no tanto, porque el furor ya se había atemperado), en los diarios que llevó Ridruejo durante la contienda, que no se publicaron durante su vida, y que revisó el año 43 en su confinamiento en Ronda tras alejarse del Régimen, está ausente “la plaga de la propaganda”, como él la llama, la retórica encendida que en España él mismo confiesa que ha llegado a ser asfixiante y halla, con bochorno que llega hasta Lituania, en unos periódicos atrasados que arriban de la patria. Y hagamos aquí una matización sobre el belicismo. Sería una falsedad decir que el escritor y sus camaradas fueron unos pacifistas cuando actuaron justamente al contrario, pero no se ve en estas páginas la bravuconería que desde el Miles gloriosus de Plauto para acá tiñe al soldado, a menudo con tonos ridículos cuando no con laureles espurios. Aquí hay unos hombres que hacen lo que creen que tienen que hacer, y punto, pero no se hallará fanatismo ni regodeo en la violencia.
Este es el ánimo de Ridruejo en julio de 1941 cuando se embarca en esta aventura, resumido en una palabra cuya sombra planea sobre varias insatisfacciones: “Decepción. Insuficiencia de mi tarea política (que nada puede); poquedad de mi obra literaria, adulada por otros pero nada satisfactoria para mí; atasco de otras muchas direcciones de mi vida…” Antes de que acabe el mes reconoce que, atendiendo a razones prácticas, los divisionarios son el precio que España tiene que pagar por la neutralidad. Y añade: “Lo que también nos desazona porque la mayor parte de nosotros no somos partidarios de esa neutralidad o al menos estamos pesarosos de saber que es forzosa.”
El autor gusta de anotar paradojas, como cuando describe a un compañero de armas como “jocosamente serio” y poseedor de “un humor de perros de mucho efecto cómico”. O como cuando dice que su madrina de guerra (la condesa de Mayalde) es “brusca, cordialísima”. Descubre que hay un campo de mujeres trabajadoras polacas cerca de su unidad, y constata que a pesar de que a los divisionarios se les prohíbe el trato con ellas, “creo que algunos de los nuestros ya han quebrantado estas órdenes, no sé si por amor a las polacas o por desamor a las órdenes.” Habla, en fin, de la “mezcla de amor y de disgusto” que siente por España, “miserable y excelente”. En ello no se aleja del decir del propio José Antonio, tan contradictorio a veces y autor de esa frase unamuniana luego tan repetida de “Nosotros amamos a España porque no nos gusta”.
Lo amoroso, lo sexual, cosecha bastantes anotaciones, como cuando Ridruejo cuenta que a veces el enemigo utiliza a las mujeres para engatusar a los soldados y emboscarlos, haciéndolos desaparecer a renglón seguido. “Por eso nuestros advertidos guardias civiles cuando tropiezan con una mujer condescendiente prefieren dejarse de peligros tanto de comodidades y hacen el amor en plena calle”, explica.
Los judíos, “por no sé qué atávico rencor”, reconoce, producen entre los militares españoles repulsión, pero también pena, aunque sin revolverse contra ese heredado antisemitismo, galvanizado en la política racial alemana del momento, que pronto tendría consecuencias aún más terribles (todavía no había comenzado el exterminio de forma sistemática). Habla de la ira alemana contra la “raza elegida” y subraya que no es más que un episodio de una persecución mucho más antigua, pero cuyas razones se desmoronan ante el sufrimiento de los individuos obligados a trabajar como esclavos. “Si se comprende no se acepta. Ante estos pobres, temblorosos seres concretos, se hunde la razón de toda la teoría.” Y añade que solo tiene datos vagos sobre los métodos de la persecución, “pero por lo que vemos es excesiva.” Apunta que en diferentes lugares ha habido enfrentamientos, hasta llegar a las manos, entre españoles y alemanes por causa del maltrato a judíos y polacos, “especialmente por causa de niños y mujeres eventualmente objeto de alguna brutalidad. Esto me alegra. Cada cosa debe quedar en su sitio.” En Vilna observa: “Marchando por una calle estrecha estamos a punto de atropellar a un judío que se obstina en no subir a la acera. Luego sabemos que tienen prohibido el acceso a éstas y, en efecto, a todos los vemos caminar por la calzada aun a riesgo de ser alcanzados por uno de los mil vehículos locos que circulan por aquí.”
Y hablando de coches, colocan el camuflaje sobre su automóvil y no falta una referencia culta: “No se me ocurre, al pensar en el convoy enramado y avanzando, que esto pueda servir –aparte el gozo estético– para cosa de provecho. Pero acaso se trata de representar la escena shakespeariana de la selva andante marchando contra las tiendas de Macbeth-Stalin.” Hay entradas de una gran calidad literaria que acreditan al magnífico prosista que fue Ridruejo, así la del 21 de septiembre de 1941 que describe una noche de guardia. Y un dato contra los estereotipos que sorprenderá al lector menos avisado: “Parte de las largas noches y los breves días los paso ahora leyendo a Antonio Machado”, cuyas poesías le acaba de prestar un teniente, militante del SEU desde fecha anterior al 18 de julio. Pero el lirismo no evita la monstruosidad de los sucesos: “Novgorod es una ciudad distinta, más bella, ahora que la nieve ha igualado con su blancura los negros escombros y el caserío.” Tras el entierro de unos caídos declara, siente: “Ya es esto territorio español injerto bajo la nieve”. No hay espacio aquí para reproducir la memorable escena de los cuerpos congelados que desarropará la primavera en las páginas 395-396, pero sí para destacar un rasgo de estilo que remite a otra campaña: a menudo emplea el presente, como César en De Bello Gallico.
Nos cuenta del trueque de productos con los campesinos, de la liberalidad sexual de estos, que fornican sin rebozo con naturales o extranjeros en medio de la isba; del idilio de algún soldado con una chica eslava conocida en una aldea que se le antoja a Ridruejo como de la Edad de Oro, “una edad de oro de una semana que ya es mucho para estos tiempos.” Porque la marcha se hace cada vez más pesada y dura, de hierro y plomo. Describe la pobreza que van encontrando por doquier (en una casa porque los muebles al modo occidental la hacen más fea) y repite los tópicos sobre la sumisión del pueblo ruso con algunas anécdotas que parecen casi imposibles.
Penurias, hambre, frío. Qué retrato del carácter nuestro a cada instante, como en estas líneas que marcan la diferencia entre los pertrechos de la Wehrmacht y los de la pobretona División: “Y algún gesto que recuerda al episodio del hidalgo toledano en el Lazarillo –de esos ejemplos de pudor y entrañada vanagloria sublime hay aquí a millares–: éste es un soldadito que pisa el hielo con unas botas destrozadas –cosa harto frecuente en los meses pasados– de entre cuyas punteras abiertas asoman los dedos. Un oficial alemán le interpela, asombrado de que así pueda seguir aguantando. Dignamente el soldado asegura que tiene otras botas nuevas de repuesto que reserva para mejores momentos. El alemán no entiende y finalmente exige le sean mostradas las botas. Resistencia en todos los tonos. Intervención de un oficial español. Las botas de repuesto no existen, naturalmente.”
Un día de octubre la División hace un centenar de prisioneros entre los que hay un comunista español. “Esta concreta captura ha causado una alegría que no me satisface. En ella late aún el rencor banderizo de nuestra guerra civil, que ya debía haber dado paso a rencores más legítimos y a más amplias ilusiones.” Va corriendo la sangre, o mejor dicho, congelándose, sólida. “Sólo se oyen disparos aislados que deben de ser el máximo de silencio y tranquilidad aquí posibles”, consigna en su cuaderno. Los partisanos los hostigan con camuflaje blanco, capa hasta el suelo y capucha, y un divisionario tiene ánimos para quejarse de este modo aun cómico: “Lo que menos gracia tiene es que vengan unos cabrones vestidos de novia y se lo lleven a uno”.
El libro pierde pulso cuando el diarista se aleja del frente y reposa en Berlín, como si la paz diera páginas insulsas sin la sal del riesgo en el rancho. Luego regresará al frente y volverá a enfermar, llegando a mediar más de sesenta grados centígrados entre su fiebre y la temperatura ambiente. Su principal interés reside en que el testigo que narra y padece es un gran escritor, con aguzadas dotes de observación y siempre sincero y hasta “metepata” si se quiere, como cuando comenta a José Luis Sáenz de Heredia en presencia de un ayudante de Franco que la realización de la película Raza es buena, pero el guión malo y absurdo (sin saber que el dictador es ese mismo guionista deficiente). Intercalados en el texto hay poemas de Ridruejo que posteriormente integrarían los Cuadernos de Rusia (que no están entre lo mejor de su obra).
Núñez Seixas ha hecho un excelente trabajo de edición. Son pocas las inexactitudes de su excelente estudio y de sus numerosas y esforzadas notas, pero las hay: ni Marichu de la Mora fue jamás secretaria de José Antonio (después de la muerte del fundador lo sería de la Sección Femenina) ni Escorial fue suplemento de Arriba (en todo caso lo sería Sí). Hay mucho pormenor terrible en esas notas: por ejemplo, cuando se nos dice que el suboficial Armando Muñoz-Calero se trajo de su experiencia como cirujano en el frente datos empíricos para una monografía de ciencia médica: Congelaciones (1945).
[Publicado en Clarín, número 106]
http://www.criticoestado.es/fiebre-bajo-cero/
Publicado por
Asociación Cultural Ademan
en
18:57
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lunes, 9 de septiembre de 2013
martes, 3 de septiembre de 2013
Regás se descubre ante la falangista feminista.
Por Rosa Regás.

Mercedes Fórmica o la ideológica contradicción
En el verano de 1953, en pleno franquismo, la prensa española se hizo eco de un terrible acontecimiento, la muerte de una mujer a manos de su marido, con un texto explicativo, "Mujer apuñalada por su marido", pero sin crítica ni al marido asesino, ni a la justicia, ni a la situación de la mujer que tuvo que aguantar los malos tratos que recibía habitualmente que la llevarían a la muerte ya que no podía permitirse abandonar el hogar que según la ley la habría dejado sin hijos, casa ni bienes. El 7 de noviembre de ese mismo año Luis Calvo, director de ABC, se atrevió a publicar un artículo de Mercedes Fórmica que había sido detenido por la censura y que ella había enviado al diario. Llevaba por título "El domicilio conyugal" y lo escribió al conocer las doce puñaladas que recibió Antonia Pernia Obrador de su esposo y la situación de violencia en la que se había visto obligada a vivir hasta que le llegó la muerte.
| Mujeres de la Sección Femenina durante la guerra civil |
![]() |
| Mercedes Fórmica |
Aunque al ganar la guerra Franco debió cambiar de ideología cultural al menos porque fue nombrado Director del Museo de Arte Moderno de Málaga.
Acabada la guerra Mercedes se doctoró en Filosofía y letras y en 1945 publicó su primera novela, Bodoque a la que siguieron biografías de mujeres de la Historia de España, textos autobiográficos como La infancia, Visto y vivido y Escucho el silencio, y otras novelas: A instancia de parte o Collar de ámbar, que fueron bien tratadas por la crítica y lo siguen siendo entre la poca gente que la conoce, porque la historia la ha juzgado más por su ideología que por su talento y porque también ella es fruto de la maldición franquista que dejó a los derrotados sin futuro y a los vencedores sin pasado, un pasado que todavía hoy no hemos recuperado.

Pero lo que más me interesa destacar es la lucha por los derechos de la mujer o relacionados con ellos, inexistentes o borrosos aún en la época en que ella vivió pero firmes en su forma de de estar enraizados en su interior. Fue ella quien logró que en los textos jurídicos de la época franquista se sustituyera "casa del marido" por "hogar conyugal" lo que contribuyó también a que tras la separación conyugal la mujer pudiera disfrutar de la casa donde habían vivido ambos cónyuges. Eliminó asimismo la degradante figura del "depósito de la mujer", un derecho que tenía el marido de depositar a su mujer en la casa de los padres o en un convento, y ayudó a que se limitaran los poderes casi absolutos del marido para administrar y vender los bienes matrimoniales, igual que el derecho a las viudas que volvían a casarse a mantener la patria potestad sobre sus hijos. Mercedes puso su grano de arena a que en 1981, cuando ya ella comenzaba a sentir los efectos de la larga enfermedad que la llevaría a la muerte en 2002, se promulgara la ley que reconocía la plena igualdad de la mujer en el matrimonio. Poco fue este grano de arena, pero difícil era y sin embargo ella no se detuvo hasta que la vejez y la enfermedad la derribaron. O tal vez dejó de luchar con la llegada de la democracia que había de conseguir aquello por lo que ella se desvivió, a la que, en cambio, nunca pareció comprender ni aceptar, ni mucho menos defender.

Curiosamente y a pesar de su dilatada y esforzada lucha, ni en la Falange ni en su propio ambiente estuvieron bien vistas las gestiones que hizo en favor de los derechos de la mujer y en las reformas que impulsó, hasta el punto que la llamaban "la reformica". Un chiste malo con su apellido.

Si se contempla la espesa legislación contraria a la libertad de la mujer que el franquismo elaboró y mantuvo con la ayuda de la iglesia católica, de la burguesía y de los poderes fácticos que habían apoyado el golpe de estado, hay que reconocer que no fue mucho lo que consiguió Mercedes Fórmica, pero hubo muy pocas mujeres que lo intentaron como lo hizo ella, unas porque no podían otras porque no creían en ello. Pero a mí me gusta tener el convencimiento de que algo debió de ayudar el hecho de que su madre no la tratara como las bien pensantes mujeres de la época trataban a sus hijas, y que tener una carrera universitaria y una forma de ganarse la vida animó su autonomía de pensamiento y acción y su coraje para enfrentarse, aunque solo fuera formalmente, a la ideología del régimen que ella misma defendió.

![]() |
| comedor social de la sección femenina |
Publicado en el blog de el diario El Mundo, "Ellas"
http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/ellas/2013/09/03/mercedes-formica-o-la-ideologica.html
Más información en:
http://www.abc.es/hemeroteca/historico-24-04-2002/abc/Cultura/muere-mercedes-formica-pionera-en-la-lucha-por-los-derechos-de-la-mujer_94259.html
http://www.fnff.es/Mercedes_Formica_defensora_de_la_Mujer_590_c.htm
http://www.nodulo.org/ec/2012/n120p09.htm
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lunes, 2 de septiembre de 2013
A Eusebio Pérez no lo callan: regresa "El Anteojo".

La voz más libre e independiente de la radio sevillana, silenciada después de 25 años en COPE, relanza de nuevo su bitácora.
Desde aquí animamos al prestigioso periodista sevillano en esta singladura porque su voz es ejemplo de libertad e independencia en un panorama donde escasean dichos valores.
![]() |
| Eusebio Pérez Fernández |
Recomendamos seguir asiduamente sus interesantes contenidos y redifundirlos a través de las redes sociales.
Reedición de "El Blocao"
|
jueves, 29 de agosto de 2013
Pancho Cossío, el pintor de la Falange.
Pancho Cossío
Por Adaucto Pérez.
“…porque él pintó lo que hasta él no era:/la evidencia real de la pintura”
Sobre el
nacimiento de Pancho Cossío son dos los posibles años que figuran en
sus biografías: 1894 (partida de bautismo, literalmente “…que dijeron haber nacido el 20 de Octubre de 1894”))
o 1889 que es la que comúnmente se atribuye al pintor. Sobre su vida y
obra existe un excelente texto de Juan Antonio Gaya Nuño recomendado ya
desde aquí.
Cuando en
1895 el guerrillero cubano negro Quintín Banderas tomó la localidad de
Pinar del Río su actitud fue altamente compasiva, según las normas
salvajes de aquella guerra civil (¿hay otras?) con el alcalde y su
familia. Se atribuye la magnanimidad de no cortarles el cuello, práctica
habitual de Banderas, al hecho de que el mandatario municipal, Genaro
Gutiérrez, se había adelantado en la concesión de libertad a sus
esclavos negros y ese hecho le procuró la salida de él, su mujer y de
sus seis hijos rumbo a España, abandonando el negocio de almacenamiento
de hojas de tabaco en que se sustentaba la economía familiar.
Se
establecieron en su región de origen, en Renedo, en el Valle de
Cabuérniga. A los cinco años, Francisco Cossío sufría un percance, su
madre, en un desgraciado accidente que le pesaría de por vida, le
provocaba una rotura que dejaría como secuela una fuerte cojera,
compañera inseparable y distintiva durante toda su vida (“el cojo de la
bicicleta”). Junto a esta invalidez, estrabismo y joroba que crearon
para el arte hispano un Toulouse Lautrec ibérico, genial también.
Trasladada la familia a la capital cántabra recibió clases de pintura,
comenzó y abandonó los estudios de Comercio y fue directivo del Racing
de Santander. Con 20 años de edad (cuatro más, cuatro menos,) en 1914
se trasladaba a Madrid a la calle Barquillo y comenzaba a estudiar con
el gran maestro Cecilio Plá. Simultaneaba su trabajo en el estudio de la
calle de Fernando el Santo con exposiciones y se relacionaba con un
círculo de amigos intelectuales que ya apuntaban como era el caso de
Gerardo Diego. Esta amistad llevó a encasillar a Cossío dentro del
movimiento ultraísta en donde junto a Diego se encontraban Juan Larrea o
Vicente Huidobro o Jorge Luis Borges y que era el lugar del péndulo
oscilante de la cultura, ahora en contra del modernismo de Rubén Darío.
Pero esa adjudicación no satisfizo al completo a Cossío :
“Mi
clasificación por la tendencia en que milito es la de postimpreionista.
Una vez lo digo para siempre. A los susodichos que me llaman ultraísta y
otras cosas, y a muchos más que si no me lo llaman, sería lógico que me
lo llamasen, les continuaré diciendo que se asomen a los Pirineos y
desde allí contemplen el panorama estético de Europa y entonces
comprenderán y por último amarán muchas cosas que hoy son arcanos para
ellos…Ruego que no se nos tome por iconoclastas. No lo somos. Solamente
somos hombres que honradamente intentamos crear un nuevo valor estético
por insignificante que sea. Para conseguirlo seguiremos trabajando
aunque los perros ladren.”
De sus
andanzas con las vanguardias, con aquella tropa de la Residencia de
Estudiantes, de la bohemia parisina y del surrealismo quedó constancia
con su participación en dos películas de Luis Buñuel ; en Un perro andaluz -1929-(en donde podemos verle desde el 16´ 29´´ hasta el 17´52´´) http://www.youtube.com/watch?v=371P8O3hf_8
Y en La edad de oro-1930- (en donde podemos volverle a ver desde el 4´ 21´´ al 7´57´´) http://www.youtube.com/watch?v=Fcm5fODZgg0 . Con anterioridad, en 1926, tuvo un paso muy fugaz por el film Carmen, del belga Jacques Feyder y con Raquel Meller de protagonista.
Participó en el Salón de Otoño de París de 1925 y recibió los apreciados elogios del crítico René Jean. En 1929 en Cahiers d´Art el galerista y crítico Cristhian Zervos señalaría que para Cossío “…una bella pintura consiste en formas comunes expresadas con medios muy sobrios”, es en ese año cuando comienza su fase de “las formas ovales”. De su paleta decía “Waldemar George” (Waldemar Jarocinsky): “Pinta
el viento, el cielo, el viento marino y el movimiento de las olas. Los
verdes glaucos de reflejos metálicos y los blancos lechosos, opacos, que
constituyen la base de su paleta, engendran una armonía de la más rara
calidad”. Pintura que se condensa en una “atmósfera sorda” en
expresión del hispanista y crítico de arte Jean Cassou. No se contagió
de cubismo ni de surrealismo; en cuanto al primero hay quien quiere
ver reflejos de los ritmos curvos de Braque en su pintura y poco más;
en cuanto a lo segundo aunque admiraba a Dalí o a Miró pero no
discurrió su quehacer por la senda de estos pintores.
Su
estancia en Paris, el ambiente cultural en el que está inmerso le
condujeron a posiciones políticas cercanas a la izquierda radical, pero
con su vuelta a España en 1931 entenderá que la vanguardia, lo nuevo,
lo moderno no está ahí, sino en los núcleos favorables a la revolución
nacional, una postura en donde la relación mantenida con Eugenio
Montes no puede ser olvidada. Comienzan unos años en los que su
producción pictórica se achica, son los que coinciden con su
participación política y, luego, con la guerra. ¿Correlación o
causalidad? Ahí queda la pregunta junto a la tarea iconoclasta,
destructora- que la hubo- contra algunas de las obras del “pintor
fascista” durante la España en llamas. Tras contactar con Ledesma Ramos
fue encargado en 1932 de la creación de las JONS en Santander, a donde
trasladó la idea del jefe consista para que, en el núcleo inicial de la
formación política, fueran la mayoría deportistas. Cossío junto con
Manuel Yllera y jóvenes procedentes de los legionarios de España de
Albiñana formarán, entre el mes de Agosto y Septiembre de 1932, el
primitivo núcleo de las JONS con 32 militantes..
En el primer
triunviro provincial están Cossío, Yllera y Guillermo de la Llama. En
varias ocasiones Pancho Cossío será el orador político en las reuniones
que se establecieron en aquella provincia. De sus andanzas políticas
cuenta José María Alfaro que en las charlas de La Ballena Alegre
resonaban, en las escaleras del Café Lyon, los golpes de su bastón y de
su bota de cojo Asistió también a los problemas internos de FE de las
JONS y en Marzo del 35 el divorcio entre el mando provincial
santanderino y un gran número de militantes va a llevar, de la mano de
José Antonio, a Manuel Hedilla a ser responsable de la Falange de
Santander con el apoyo de Cossío : “Lo que afirmaba Hedilla en sus
intervenciones como orador se veía que era patrimonio de su espíritu. El
verbo sencillo y tajante estaba acorde con el hombre”. Quien será
el II Jefe Nacional de FE de las JONS relata que, por encargo de José
Antonio, Pancho Cossío poco antes del 18 de Julio recibió la misión de
volver a atraerse a Ledesma Ramos. Estallada la guerra civil, Cossío
se esconde hasta la liberación de Santander por las tropas nacionales en
el verano del 37; había evitado su detención -y posiblemente salvado
la vida gracias- al hueco que su madre, primorosamente, realizó en un
colchón. Posteriormente, miembro del Partido único se verá sometido a
expediente disciplinario y su vida política entró en vía muerta, no
así su fidelidad ideológica mantenida hasta su muerte. El gusto
estético que el franquismo va a crear no iba por los derroteros
elegidos por Cossío , el régimen se conducirá por el camino academista
y lo que podría haber sido una brecha en la creación de un arte
falangista autónomo, diferente, no tendrá desarrollo.
Su participación
en la revista Escorial, de la mano de Dionisio Ridruejo, será frustrante, acabaría en pocos meses y con gran disgusto para el pintor falangista: “Allí
en la revista Escorial hice amistad con un grupo de hombres que después
fueron los más funestos de mi vida. Esa fue mi primera siembra de
amistad en mi cuarta etapa madrileña y esa fue la cosecha recogida”.
Su
pintura se compone de grandes masas planas de color. Hay quien ve en
sus barcos características “fantasmáticas” o “turnerianas” y en la de
objetos y/ o retratos son características unas motas blancas que pueden
interpretarse como la manifestación del pintor para resaltar el
carácter virtual que es la representación en lienzo. En cuanto a los
temas: barcos, pescadores, toreros, niños con cometas, bodegones,
naturalezas muertas (así llamadas por error en la traducción) y
portentosos retratos como el de su madre, el de José Antonio Primo de Rivera, el de Ledesma Ramos o el de algún otro político. A esta “galería azul”, de indudable simpatía ideológica, habría que añadir el excelente Flecha con espigas,
una de las más soberbias realizaciones de Cossío. Sobre este género
pictórico, el del retrato, la postura del pintor era concluyente, el
interés residía cuando se producía una real intimidad entre el pintor y
el modelo y bien claro quedó en casos donde el modelo, por importante
que fuera, carecía de empatía con el retratista.
Para José Hierro las
características de su españolidad se cimentaban en una trilogía:-Tonos
terrosos y grises; una actitud más ética que estética y la materia
pictórica. Pintor magistral de la distancia corta, no encontraría la
misma proyección en los grandes lienzos que, para la iglesia de Santa
Teresa y San José de los carmelitas de la Plaza de España, realizó. Sin
quitarle mérito a la Apoteosis histórica de Santa Teresa y a la Apoteosis mística del Carmelo, el resultado es que no es lo mismo.
¿Qué opinaba él de su pintura? Que la hacía “un viejo hidalgo de Cantabria venido a bohemio pintor”.
¿Cuáles habían sido para él sus influencias, sus maestros? Observemos
la claridad definitoria que daba, porque en cuatro patas asentaba al
completo el edificio de su pintura: “La transparencia de mi manera
creo que es veneciana; de mi admiración hacia los maestros flamencos me
viene la gravedad y la densidad grasa de mis óleos; su gracia y su
abstracción, la modernidad ,en suma, de París, indudablemente. Y todo
ello sobre una temperamental sobriedad española”.
El 16 de
Enero de 1970 en la Clínica Vistahermosa de Alicante, en la habitación
217 y acompañado de su hermana de sus sobrinos, de su ahijada y del
luchador Saludes moría Pancho Cossio. Su cadáver fue trasladado a su
casa estudio en su residencia del edificio Ulises en la Albufereta de la
capital alicantina (y sobre esto algún familiar de pintor residente en
Alicante y que lee estas páginas algo podría decir y contar, desde aquí
le convoco). Juan Francisco María Gutiérrez Cossío, o sea, Francisco
Gutiérrez Cossío, o sea, Pancho Cossío tuvo sus últimas panorámicas
vitales en la Sierra de Aitana o en el Mar Mediterráneo, que son los
horizontes respectivos de ambos lugares, aunque no fue su luz la que
acompañó su producción. Trasladado, luego, su cuerpo a Santander,
camaradas falangistas le acompañaron y dieron sepultura. A su muerte,
su amigo Gerardo Diego le dedicaría este soneto
Éste, que ya no veis, amigo ido
Aquí está-expuesto, íntegro, valiente-
En cada copo, en cada nada ausente
Transfigurada en velo acontecido
Pintó, sí, como hay Dios y a Él le pido
Que le deje seguir pintando en mente
Polifemo al trasluz de inmensa frente
Arrebatado al ansia y al sentido.
Pintó la santidad del irse a pique
Y el naipe y el sorbete y la venera
Y la madre en su nieve de hermosura
Nadie remede su frontal tabique
porque él pintó lo que hasta él no era:
La evidencia real de la Pintura.
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11:55
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lunes, 26 de agosto de 2013
Los Guripas
| Manuel M. Ferrand |
LOS GURIPAS
¿No ofende también la presencia en Rota del buque insignia de la Flota del Reino Unido? Es una presencia autorizada que señala la precariedad de nuestra adhesión Atlántica
NUESTROS bachilleres andan escasos, también, de formación literaria y cultura humanística. Reciben «información a primera sangre » en el sentido con que los duelos de honor —ya extintos— trataban de justificar al ofendido y fortalecer al supuestamente ofensor. Personajes como Ernesto Giménez Caballero tienden a ser ninguneados en la enseñanza media. Quien, además de ser militante falangista de primera hora, fue compañero de estudios de Xavier Zubiri y compartió paz y pluma con Vicente Aleixandre, es uno de los muchos —demasiados— nombres perdidos entre los grandes creadores del primer tercio del siglo XX y de cuantos, ya en el XXI, han sido tachados de la lista. GC, como le gustaba firmarse, fue el gran explorador de las vanguardias artísticas. Su novela Yo, inspector de alcantarillas marca el hito inaugural de la narración surrealista nacional. Pero le han borrado de buena parte de las antologías las dos medias Españas. La una, la de sus más próximos en el amor al azul «que tú bordaste en rojo ayer»; y la otra, la del rojo más intenso y sin bordado alguno. Ambas por parecidas razones doctrinales del odio al talento tan propio y bipolar en esos años malditos de la Guerra Civil, su prólogo y su todavía inconcluso epílogo.| Ernesto G. Caballero |
Supongo que Gibraltar, como los territorios unívocamente españoles
del otro lado del Estrecho, son un asunto prioritario para el CNI.
Podremos disgustarnos, y mucho, con la conducta de los vecinos de ese
remanso de negocios sucios —contrabando, paraíso fiscal, blanqueo de
dinero, juego sin impuestos…—, pero no tenemos derecho a sorpresa alguna
mientras quede un solo «espía» de servicio en el entorno de la Roca o
en la N-VI —La Coruña— a la salida de Madrid. ¿No ofende también la
presencia en Rota del buque insignia de la Flota del Reino Unido? Es una
presencia autorizada que convierte en difícil de entender nuestra
bilateralidad defensiva con los EE.UU y, a mayor abundamiento, señala la
precariedad de nuestra adhesión Atlántica.
Artículo publicado en ABC de Sevilla el día 22 de Agosto de 2013
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Asociación Cultural Ademan
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11:24
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sábado, 3 de agosto de 2013
Lágrimas por San Lorenzo
A
ella, que me ha dado tanto, tantas cosas (sobre todo la vida, pero además, un
apellido difícil de transcribir e incluso, generosamente, sus mejores secretos
en el sutil arte de la cocina.)
En Andalucía el mes de agosto
es la canícula; el viento de África que se cuela por el Estrecho, el aire caliente del levante que levanta la
tierra y que seca los barbechos. Durante el día el cielo amenaza, es
implacable. Pero al atardecer se torna próximo, parece más acogedor, el cielo
que protege de Bowles. Para entonces suceden acontecimientos extraños. Entonces
—sé que no deja de ser una impresión— parece como si el firmamento, hasta
entonces ignorado y lejano, se situase de pronto más cerca de nosotros. La
noches ahora son más claras, y parece que las estrellas titilan de otro modo,
más limpias y brillantes. Es entonces también cuando una fuerza misteriosa e
infalible, o no sé qué ocultas leyes cósmicas, hace que algunos de estos astros
eternos que habitan el universo, o miles de sus partículas, comiencen a
desprenderse del cielo y vuelen en la lejanía con un fulgor poderoso, como si
unas gotas blancas surgieran desde la bóveda celeste, como si el cielo, el
universo entero, desparramara sobre el infinito un llanto luminoso y triste.
Por eso desde siempre, al menos en el Sur, la tradición, o el pueblo —una y
otra cosa vienen a ser aquí lo mismo—, pondría nombre a aquel suceso extraño e
insondable nombrándolo como las lágrimas de San Lorenzo, como
si fuese el mismo santo el que se hiciese notar de este modo, enseñando su
dolor, cuando llegaba la ineludible cita del día diez.
Cuando era pequeño, tendría
ocho años o así, el verano se convertía en el mejor refugio para mis sueños y
aventuras. Pero también llegaba el tedio, inevitable, y entonces no sé que
oscuros pensamientos, seguramente fruto del ocio y de la holganza, me llevaban
a sospechar que algo misterioso tenía que ocurrir cuando se acercaba el día
diez de aquel mes. Yo también creía sentir esa sensación de proximidad del
cielo, como si el mismo universo fuese una neblina densa y acogedora que me
envolviera al anochecer. Y creo recordar que durante aquellos días calurosos
—aquí abajo aún más calurosos— andaba callado y serio, entregado a reflexiones
que ahora se me figuran demasiado graves y profundas para esa edad. Ahora,
cuando recuerdo todo esto, pienso que toda aquella turbación y aquel silencio
tendría que obedecer al secreto influjo del firmamento, que por San Lorenzo
aprisionaba la tierra, dejando caer, después de ese abrazo suave, ese llanto
inmenso que fluía en forma de nubes, de luces o de estrellas que parecían
incendiar la eternidad.
Hay cosas que no se olvidan
nunca. Como aquel misterio de las estrellas que todavía me sobrecoge, como
aquellos veranos interminables, esas vacaciones de la infancia en la ciudad
calurosa que a pesar de su aparente desorden también tenían sus normas y sus
horarios. Por las mañanas marchábamos los niños a la piscina que había junto al
río—la playa verde y apócrifa de nuestros veraneos urbanos—, la mañana entera
desfogándonos entre juegos, carreras y zambullidas en ese mar de pega. Después, el regreso al mediodía a
través del barrio, a esa hora un territorio desolado y desierto, cobijándonos
en nuestra marcha bajo la sombra fresca de los edificios, y aún así,
perseguidos por el aire tórrido y alquitranado que exhalaba el asfalto. Y
luego, la casa fresca al llegar, las persianas echadas desde primera hora, una
suave penumbra que inundaba aquel espacio y lo preservaba del calor. Todo
parecía descansar en un silencio clamoroso y solemne.
El ajetreo de mi madre durante esa
mañana debería de habernos hecho sospechar que algo especial habría de ocurrir
cuando mi hermana y yo regresáramos de la piscina. No obstante, a nuestra
llegada nos sorprendió la mesa, que ese día se hallaba dispuesta de otro modo,
otro mantel, otra vajilla, como cuando las fiestas de Navidad. No tardaríamos
en saber de qué se trataba: nos disponíamos a celebrar la nostalgia de una
fiesta que nos parecía muy lejana, y, por eso mismo, suficientemente atractiva
y misteriosa. Ese día, así había sido el año pasado, y también el anterior y el
otro, y así hasta dónde éramos capaces de recordar, nuestra madre pondría sobre
la mesa la cazuela de pollo al chilindrón, un manjar insustituible, casi
sagrado, un sabor y un aroma que todavía me resultan inconfundibles; y después,
el postre más apetecible y exótico que nos cabía imaginar, el melocotón
macerado en vino. Lo del vino —el clarete que yo había bajado a comprar esa
mañana al Bar Rocío— nos gustaba especialmente, tenía su rito y también su
morbosidad, sobre todo por lo que suponía de pequeña transgresión a las normas
establecidas.
Tras esta pequeña celebración, en
realidad un breve y aislado recuerdo familiar a un acontecimiento entrañable
que estaba teniendo lugar a muchos kilómetros de distancia, nuestros padres nos
mandaban a la penumbra de la siesta fastidiosa. Mientras marchábamos a nuestras
habitaciones, quejosos y remolones como siempre, ya sabíamos que nuestra madre
se entregaría un año más, en esa dulce duermevela del cuartito de estar, al
recuerdo de muchas cosas y de muchos tiempos.
Y entonces yo, al poco, salía de mi
dormitorio escapándome de la siesta, que ese día tampoco dormiría, para asistir
de nuevo a la magia y al ensueño que a esa hora temprana de la tarde le venía a
nuestra madre. Llegaba hasta el cuarto de estar, furtivo y silencioso como sólo
saben serlo los niños en trance de aventuras, abriendo levemente la puerta para
presenciar este momento único en que a ella se le encendería la mirada con este
revoltijo de recuerdos. Así, a través del brillo de unos ojos ligeramente
tristes, llegué a descubrir una ciudad pequeña y remota por la que me sentía
extrañamente atraído, que en realidad no recordaba demasiado bien, y que ahora
sabía que andaba alegre y festiva.
Vi que sus ojos se volvían más claros y
acuosos, y que la misma mirada se perdía en busca de un recuerdo que de algún
modo la acercase a todo aquello. Y contemplando esta expresión serena y
nostálgica tuve que saber que en la otra punta de España, para mí entonces muy
lejos, había una ciudad que ese día había despertado oliendo a albahaca. Ella
nos lo había contado muchas veces, pero sólo ahora conseguía imaginármela de
pequeña, una niña rubia y escuchimizada, una infancia feliz de gigantes y
cabezudos, la procesión que entra en la Iglesia, los danzantes que dan los
últimos saltos, los que más cuestan, la música dulce que retumba en las viejas
paredes del templo y que arranca las últimas emociones de la mañana. Por su
cabeza pasaría todo eso. Y el abuelo, también el abuelo Sebastián, que ya no
estaba. En ese instante ella lo echaría de menos como nunca hubiese imaginado,
con su risa abierta y sus bromas, y sus paseos por la huerta, y sus partidas de
guiñote, y también su guitarra y su copita de coñac después de comer. Yo sabía
que era esto lo que le tenía que pasar, porque entonces la mirada se le
empañaba del todo y mi madre dejaba escapar unas lágrimas casi imperceptibles,
y lloraba un poquito, como el cielo haría después por la noche. El cielo o san
Lorenzo, a lo mejor san Lorenzo; a lo mejor es el santo el que llora. Nunca lo
sabremos.
José Manuel Sánchez del Águila Ballabriga
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