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lunes, 10 de febrero de 2014

Falange y literatura

José Carlos Mainer
RBA. Barcelona, 2013. 528 páginas, 23 euros
RAFAEL NUÑEZ FLORENCIO | 15/11/2013 |

Dionisio Ridruejo y Pedro laín Entralgo

José Carlos Mainer
La primera edición de Falange y Literatura apareció en 1971, en la extinta editorial Labor y en una colección literaria que dirigía Francisco Rico. Aun tratándose básicamente de una antología, con un esclarecedor estudio preliminar, tuvo un gran impacto en su momento y durante muchos años constituyó una referencia insoslayable no sólo para los estudiosos de la literatura española entre los años veinte y el decenio de los sesenta, grosso modo, sino para todos los que se interesaban por la cultura, la ideología y hasta por la política del primer franquismo. Su autor era entonces un joven y poco conocido profesor de Literatura que, con el tiempo, se iba a convertir en una autoridad en la historia literaria de España de los dos últimos siglos, José-Carlos Mainer (Zaragoza, 1944).

Responsable, en efecto, de una de las más sólidas y extensas producciones bibliográficas sobre las letras hispanas recientes, Mainer ha sabido combinar en sus trabajos una erudición impresionante con una gran capacidad divulgadora, del mismo modo que sus análisis literarios, lejos de limitarse a los aspectos técnicos o formales de las obras, siempre han dibujado con precisión el contexto social y político en el que se mueven sus autores.

De todo ello es buena muestra este libro, una engañosa segunda edición que no puede ser más oportuna. Decimos engañosa porque este volumen, tanto en su amplia (casi 200 páginas) y espléndida introducción como en su contenido, es más un ejemplar de nuevo cuño que una mera adaptación del que vio la luz hace más de cuarenta años. El mismo autor reconoce en una nota preliminar que la nueva redacción es mucho más extensa y que “no ha dejado línea sin ampliación ni dogmatismo sin atenuante”. El esquema, eso sí, sigue siendo el mismo: un cuidadoso análisis previo y una certera selección de textos. La alusión que hemos hecho a su oportunidad no necesita glosa alguna, pues se comprenderá que el tomo primigenio era prácticamente inencontrable, más allá de algunas bibliotecas y librerías de viejo.

Pero es que además, como bien puede barruntarse, la bibliografía sobre el tema en estas últimas cuatro décadas ha sido copiosa (Carbajosa, Mechthild, Jordi Gracia, Martínez Cachero, Trapiello…) Mainer no sólo recoge en su documentado estudio preliminar esas aportaciones sino que hace una relación bibliográfica actualizada y comentada. Los ocho epígrafes que vertebran la antología propiamente dicha (desde 'los precursores' al 'humor y la fantasía', pasando por las 'memorias generacionales', la 'guerra y los héroes'” o los 'caminos para el arte') tienen a su vez, cada uno de ellos, unas breves páginas de presentación.

En consonancia con lo que antes se decía sobre el enfoque pluridisciplinar de Mainer, conviene también dejar claro que en estas densas páginas va a encontrar el lector mucho más de lo que dice el título. Aquí no solo aparecen la Falange y los falangistas sino otros muchos autores (conservadores, católicos, integristas, simples franquistas) que buscaron su lugar bajo el sol de un régimen autoritario y dogmático pero hasta cierto punto ecléctico. Por haber, hubo hasta quienes (Laín Entralgo) aspiraron a presentarse como herederos o continuadores de una tradición anterior (en particular el 98 y Ortega). Y tampoco se habla solo de literatura en sentido estricto, sino de empresas literarias y culturales, de diarios y revistas, de ensayo, filosofía y política. Dar cuenta de ese abigarrado panorama es imposible en esta breve nota. De la elitista Escuela Romana del Pirineo a la popular La Ametralladora, cupo casi de todo, como el belicismo exaltado de García Serrano o Ximénez de Sandoval, la alta cultura de Escorial, la brocha gorda de Tomás Borrás, las excentricidades de Giménez Caballero, el terror rojo según Foxá, la ambigüedad de Eugenio d'Ors o el refinamiento de Antonio Tovar, Luis Rosales o Luis Felipe Vivanco. 

Rafael Sánchez Mazas lee 'Rosa Kruger' a los refugiados de la Embajada chilena, en 1936.

  Se dieron también, naturalmente, trayectorias disímiles, desde los que tuvieron que acomodar su 'idealismo' fascista de primera hora a las exigencias del régimen hasta los que se pasaron a la oposición democrática o protagonizaron una aparatosa disidencia (Dionisio Ridruejo). De todo ello y de mucho más da cuenta Mainer en este volumen muy recomendable.

domingo, 6 de febrero de 2011

Nuestros célines



Abc de Sevilla Día 06/02/2011
En uno de sus artículos más brillantes —«Los réprobos» (El País, 30.01.11)— Mario Vargas Llosa puso el dedo en la llaga de la incoherencia del gobierno francés, que denuesta a Louis-Ferdinand Céline por antisemita mientras celebra que Polanski ya no tenga que comparecer ante los tribunales americanos por violación y pederastia. Vargas Llosa dejaba claro cuánto le repugnaban las ideas pro-nazis de Céline, mas sin dejar de reconocer su genialidad como novelista. Y como aquel artículo era irreprochable desde la primera hasta la última palabra, otros escritores y columnistas españoles se han apuntado con entusiasmo a la defensa de la memoria del autor de «Viaje al fin de la noche». Uno celebra el reconocimiento del talento a pesar de las discrepancias ideológicas, pero me pregunto si en las letras españolas no existirá más de un caso como el de Louis-Ferdinand Céline.
Pienso en Alvaro Cunqueiro —el único escritor español que resiste la comparación con Borges—, preterido por su pasado falangista. Pienso en Wenceslao Fernández-Flórez, maestro del humorismo y narrador extraordinario, de quien apenas se habla por culpa de su amistad con Franco. Pienso en Leopoldo Panero —amigo y discípulo de César Vallejo— ridiculizado por Neruda y por su propia familia. Pienso en Tomás Borrás —autor de «Checas de Madrid» (1940)— cuyo nombre todavía es anatema. Pienso en Enrique Jardiel Poncela, un autor desopilante que tocó todos los palos, arrumbado entre los autores menores por culpa de sus ideas. Pienso en Rafael Sánchez Mazas —autor de «La vida nueva de Pedrito de Andía» (1951)— cuyo rescate literario le costó a Javier Cercas más de un menosprecio. Pienso en Agustín de Foxá, quien gracias a la prohibición de un homenaje literario orquestada por el ayuntamiento de Sevilla, disfruta hoy de un «revival» editorial. Y pienso —por supuesto— en César González Ruano, sin duda el más parecido al peor Céline, pero que sigue siendo el mejor articulista español de todos los tiempos.
Es decir, que constato que desde España es más sencillo criticar la política cultural francesa, en lugar de predicar con el ejemplo dentro de nuestras propias fronteras. Ninguno de los autores convocados tuvo que exiliarse, pero eso no los convierte en autores menores o mediocres; de la misma forma que no todo escritor por su condición de exiliado fuera sublime, genial y memorable. De hecho, se podía ser franquista y decente, de la misma forma que los hubo exiliados y canallas. Bastaría con repasar la biografía de Miguel Hernández para constatar cómo se portaron con el poeta pastor, tanto sus correligionarios republicanos como los poetas falangistas.
A mí me alegra que una discusión surgida a propósito de la memoria de Louis-Ferdinand Céline promueva una discusión nacional, pero para no quedarnos en una mera pirueta retórica, deberíamos buscar a nuestros Célines e intentar un desagravio a la manera de «Reivindicación del Conde don Julián» (1976) de Juan Goytisolo, donde tengan cabida los genios más miserables de nuestras letras, sin distinción de ideologías.