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lunes, 10 de marzo de 2014

El toreo, de esmoquin. Por Antonio Burgos

Antonio Burgos 



El toreo, de esmoquin
 El 11 de diciembre de 1944 los intelectuales españoles rindieron un homenaje a quien entonces era el máximo héroe popular. Un torero. Manuel Rodríguez "Manolete". Como una figura de El Greco vestida de luces, que recibía a los toros por alto con el laconismo militar de aquel estilo: como un saludo a la romana con la muleta. El homenaje consistió en una cena de gala en el restaurante Lhardy de Madrid. Historia sobre la Historia. En el restaurante histórico, media Historia del Toreo en el siglo XX y los autores de la mejor prosa que se escribía en una España de postguerra no tan triste como ahora la pintan, pues para ellos era el paso alegre de la paz en una primavera que volvía a reír. De aquella cena de gala hay una foto famosa. En torno a Manolete están Cela, Pemán, Víctor de la Serna, Agustín de Foxá, Adriano del Valle, Pedro Mourlane Michelena, Rafael García Serrano... Al fondo de la foto parece que resuena el arte mayor, la Poesía rendida ante el Toreo, como una premonición de los alejandrinos que Agustín de Foxá habría de escribir tras lo de Linares: "Yo saludo al torero más valiente del ruedo./Yo saludo en ti a Córdoba, olivares y ermitas,/que le dio esa elegancia de califa sin trono,/de Almanzor que no vuelve, que es desdén y nobleza." 
Y como una costumbre de etiqueta que ya sólo se mantiene en la cena de los Cavia en la Casa de ABC, todos los escritores que aparecen en esa fotografía visten riguroso esmoquin, con blanca camisa de pechera dura y corbata de lazo. Todos, menos uno. Todos menos Manolete. Manolete va de uniforme. Manolete va con el uniforme del cuerpo al que pertenece. Va vestido de torero. ¡Y qué torero! Manolete va con su traje corto campero, con su camisa de chorreras con botonadura de piedras preciosas. Y sin corbata. Ni de lazo ni de nudo. Sin corbata, como los hombres del campo andaluz cuando van al pueblo para el día de la Patrona. Con el botón del cuello de la camisa muy abrochado. Pero chorreando señorío y torería. Derramando la misma "elegancia de califa sin trono" con que Agustín de Foxá habría de recordarlo desde aquella noche.

Yo me he acordado ahora de aquella fotografía del homenaje de los intelectuales a Manolete en Lhardy. Con ocasión de algo que me tiene perplejo: la moda de que los toreros presenten su temporada, como si fuera un modelo nuevo de coche o el premio Planeta. Hasta ahora, en el toreo, ni las figuras sabían cómo se iba a presentar para ellos la temporada. Dependía de cómo arrancaran en Castellón, en Valencia, o luego en Sevilla y en San Isidro. Los toros traían cortijos en sus lomos... o teléfonos que no sonaban en casa del apoderado. Según. Ahora no.

Ahora las figuras no sólo saben cómo se les presenta la temporada, sino que encima te la presentan: "Aquí mi remporada, aquí la afición". ¿La afición? La afición huye de las plazas ante este toreo de diseño asistido por ordenador. Sin alma. Sin torería. Sin paladar.

Así que el uno presenta su temporada en el Círculo de Bellas Artes (que no es mal sitio, ahí tiene que estar el toreo, entre las Bellas Artes) y el otro presenta su temporada taurina como si fuera un disco de David Bisbal: con un festorro en el Joy Eslava, ¡arsa pilili! Y la presenta vestido de esmoquin. Todo el famoserío y el canallerío al uso madridí está allí en la fiesta vestido de particular, pero el torero presentante va de esmoquin. ¿Es acaso un intelectual que le va a rendir homenaje a Manolete con retraso? No, es el triste símbolo de cómo está el toreo.

Los toreros antes se vestían de toreros y se casaban de corto y con botos camperos. Ahora se casan de chaqué y organizando desfiles de máscaras con chisteras. Y presentan su temporada de esmoquin. Al toreo le han quitado el traje corto y lo han vestido de esmoquin y de chaqué. Y encima quieren que se llenen las plazas. ¡Tequiyá con el cuento del esmoquin!



Artículo publicado en ABC el día  9 de Marzo de 2014

martes, 16 de abril de 2013

Agustín de Foxá, el conde maldito


  • Agustín  de Foxá, el conde malditoJOSE JAVIER ESPARZA
    Se pondrán como quieran los mandarines de la dictadura ideológica que padecemos, pero el hecho objetivo es que Foxá es uno de los grandes. Puede discutirse que como novelista o como poeta, por ejemplo, su obra no alcanzó la dimensión que él hubiese deseado (en parte por circunstancias ajenas y en parte por pereza propia).Sea como fuere, es indiscutible que en un género literario básico del siglo XX, como es el columnismo de periódico, Foxá ha sido uno de los grandes clásicos de nuestra literatura, como González Ruano. Y así lo proclamó, por ejemplo, otro maestro del género: Francisco Umbral. Pero vamos a ver quién era Foxá: qué hizo y por qué tiene que estar, de manera inexcusable, en cualquier biblioteca disiden El “Cara al sol”
    Agustín de Foxá es un hijo directo de la edad de plata de la literatura española. No andaremos descaminados si en su árbol genealógico subrayamos los nombres de Valle-Inclán y Ramón Gómez de la Serna. Eso en lo que concierne a su genealogía literaria, porque la otra, la biológica, también merece mención: Agustín de Foxá y Torroba, tercer conde de Foxá y cuarto marqués de Armendáriz, hijo de la nobleza madrileña (en la capital nació en 1903), educado en el Colegio del Pilar, encaminado a la carrera diplomática… Foxá era lo que entonces se llamaba “un señorito”. Un señorito, eso sí, dotado de una agudísima sensibilidad poética y una curiosidad estética sin límites. Y también, por cierto, de un hondo desdén hacia las necedades de la oligarquía.
    Foxá debutó muy pronto: aparte de los versos escolares en la revista del colegio, antes de los treinta años ya tenía un nombre como articulista en La Gaceta Literaria, que era el laboratorio de las vanguardias españolas en los años 20, en Héroe y en Mundial, entre otras revistas. En 1930 se estrena como articulista en ABC, medio para el que seguiría publicando durante toda su vida. Amigo del gran Edgar Neville, el joven conde traba también relación con Ramón Gómez de la Serna y María Zambrano. En ese momento, ya diplomático, es destinado a Sofía y a Bucarest. En 1933 aparece su primer libro de poemas, La niña del caracol, editado y prologado por otro gran nombre literario del momento: Manuel Altolaguirre.
    Nuestro autor, que ante todo es un literato, no carece de inquietudes políticas: nadie en la España de los años treinta carecía de ellas. De familia monárquica y convicciones conservadoras, su mundo afectivo está en los antípodas de la República proclamada en 1931. Sin embargo, no es un tradicionalista: por una parte, le atrae demasiado el mundo de las vanguardias y, por otra, ha aprendido a mirar con ojos muy críticos el mundo viejo, que estaba muriendo por sus propios méritos.
    Con esas hechuras, era inevitable que terminara acercándose a un movimiento que otro hijo de buena familia, José Antonio Primo de Rivera, está empezando a levantar con una combinación de conceptos políticos tradicionales y formas sociales renovadoras: Falange Española. Como Foxá, otros muchos escritores entran en la órbita joseantoniana: Rafael Sánchez Mazas, Dionisio Ridruejo, José María Alfaro, Jacinto Miquelarena, Pedro Mourlane Michelena… Con algunos de ellos escribió Foxá la letra del “Cara al sol”.
    Sus episodios nacionales
    Agustín de Foxá apenas participó en las convulsiones políticas de la preguerra: sus ocupaciones diplomáticas le mantenían alejado de ellas. La guerra le sorprende precisamente en el momento en que acaba de ser destinado al consulado español en Bombay. Finalmente no marcha a Bombay, sino a Bucarest. Allí se encuentra en una situación difícil: funcionario al servicio de un Gobierno que no ignora sus inclinaciones políticas, y en un clima de guerra civil. Finalmente logra abandonar Bucarest, vuelve a España y entra en la zona sublevada, poniéndose al servicio del gobierno de Franco. Pocos meses antes había publicado su segundo libro de poemas: El toro, la muerte y el agua, con prólogo de Manuel Machado.
    Es en ese ambiente de guerra civil cuando Foxá publica la novela que más fama le daría (y que la izquierda española no le ha perdonado aún): Madrid, de corte a checa, uno de los grandes libros sobre la guerra de 1936. Escrito, evidentemente, desde el lado de los sublevados, Foxá retrata aquí la irresponsable frivolidad de los monárquicos de 1931, las turbulencias de los años republicanos y la persecución roja en el Madrid del Frente Popular.
    La obra abunda en retratos de personajes de la época, pero es, sobre todo, una mirada tan estetizante como desolada al desgarro general de un país. Madrid, de corte a checa tenía que haber sido la primera de una serie de novelas, al estilo de los Episodios nacionales de Galdós. Foxá escribió otras dos: Misión en Bucarest y Salamanca, cuartel general. Sólo apareció, sin embargo, la primera de ellas, y eso después de la muerte del autor. La tercera, la salmantina, nunca se encontró.
    Es interesante, porque Foxá, siendo un hombre que tomó partido decididamente por uno de los bandos de la guerra civil, no tomó nunca una actitud de aniquilación frente al enemigo. Hay unos versos suyos que son una oda al dolor de un país desgarrado. Dicen así: “Una línea de tierra nos separa./ Pero estamos tan lejos…/ Para llegar hasta vosotros, trenes,/ rutas extrañas, playas extranjeras/ y, sin embargo, hermanos enemigos,/ ¡qué cerca nuestra sangre!, que aclararon/ las mismas frutas, que encendieron, roja,/ primaveras y labios parecidos”.
    Foxá escribió otras muchas cosas: más poesía, como los libros El almendro y la espada, Poemas a Italia y El gallo y la muerte, y también teatro en prosa y en verso: Cui-Ping-Sing, El beso a la bella durmiente, Baile en capitanía, Gente que pasa… Colaboró de manera muy directa en las publicaciones culturales del régimen del 18 de julio, como Vértice y Jerarquía, y dirigió la publicación bilingüe hispano-italiana Legiones y Falanges. Sin embargo, se hace difícil calificarle como un escritor del franquismo. ¿Antifranquista, entonces? Desde luego que no. Como les ocurría a otros muchos escritores falangistas de su generación, Foxá se sentía atrapado entre sus deseos y la realidad: la mayoría de ellos veía el régimen de Franco como un enojoso aparato demasiado conservador para su gusto; pero, al mismo tiempo, todos sabían perfectamente que en aquella España de posguerra no había otra opción.
    Instalado en esa incomodidad, Foxá va a ir quemando su vida en distintos destinos diplomáticos durante la segunda guerra mundial. Es en ellos donde se labra esa fama de personaje agudo, sarcástico, brillante y algo cínico que iba a acompañarle para siempre; ese talento para crearse legiones de enemigos por una frase brillante que su verbo afilado no podía reprimir. Representó al régimen de Franco en Roma y en Helsinki. Aquí conoció al escritor italiano, fascista primero y antifascista después, Curzio Malaparte. Malaparte retrató a Foxá con trazos poco agradables en su novela La piel (una gran novela, por otro lado). Foxá, cuando le preguntaron por Malaparte, contestó que prefería a Bonaparte.
    Y cuando terminó la segunda guerra mundial, nuestro autor continuó en sus tareas diplomáticas, ya fuera en Buenos Aires o en Cuba o en Filipinas. Enfermo de los pulmones, el clima filipino estuvo a punto de matarle. Cuentan que cuando se le retiraba de Manila en camilla, a bordo del avión que le devolvería a España, susurró: “Soy el último de Filipinas”.
    Melancolía del desaparecer
    Nuestro autor no tenía la menor inquietud política. No hizo el menor esfuerzo por labrarse una carrera en el régimen. Su mundo seguía siendo otro: el de las palabras y los conceptos, una visión esencialmente estética de la vida y del mundo. De su paso por América dejó unas crónicas sencillamente sublimes, recogidas en el volumen Por la otra orilla. Se trata de una compilación de artículos de tema americano y en ellos -en todos ellos- brilla intensamente su ingenio agudo y melancólico. Es una obra maestra del articulismo como género literario.
    Murió en 1959, con sólo 56 años. “Soy gordo, soy conde, soy diplomático… ¿cómo no voy a ser reaccionario?”. Esa frase se le atribuye, entre otras, para definir su perfil. Pero quizás es más precisa la que él se dedicó a sí mismo: “Gordo. Con mucha niñez aún palpitante en el recuerdo. Poético pero glotón. Con el corazón en el pasado y la cabeza en el futuro. Bastante simpático, abúlico, viajero, desaliñado en el vestir, partidario del amor, taurófilo, madrileño con sangre catalana. Mi virtud: la imaginación. Mi defecto: la pereza”.
    Enfrentado a la muerte, Foxá escribió unos versos que sobrecogen. Su “Melancolía del desaparecer” se ha citado mil veces, pero vale la pena repetirla, porque pocas veces el alma poética ha tocado con más profundidad el temor a la incertidumbre y el dolor por la vida que se va”. Dicen así:
     “Y pensar que después que yo me muera,/ aún surgirán mañanas luminosas,/ que bajo un cielo azul, la primavera,/ indiferente a mi mansión postrera,/ se encarnará en la seda de las rosas./ Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,/ sobre mis huesos danzará la vida,/ y que habrá nuevos cielos de escarlata,/ bañados por la luz del sol poniente/ y noches llenas de esa luz de plata,/ que inundaban mi vieja serenata,/ cuando aún cantaba Dios, bajo mi frente./ Y pensar que no puedo en mi egoísmo/ llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;/ que he de marchar yo solo hacia el abismo,/ y que la luna brillará lo mismo/ y ya no la veré desde mi caja”.
    Es a este prodigio al que unos oscuros concejales comunistas de Sevilla quiesiron prohibir. Porque no les gustaba lo que Foxá fue; no les gustaba el conde maldito. Quizá lo que no les gustaba era saber que, frente a ellos, sigue existiendo la sombra de alguien tan grande.



    http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/cultura/agustin-foxa-conde-maldito-20130329

    domingo, 23 de enero de 2011

    LOS PROSISTAS DE LA FALANGE


    elcultural.es, 23 Enero 2011


    Francisco UMBRAL Publicado el 19/03/2000

    La paz franquista trajo unos cuantos poetas oficiales y muchos buenos prosistas. Los prosistas de la Falange, como alguna vez los he resumido, son burguesía, alta burguesía y aristocracia que, bajo el beneficio de la guerra, continúan su bohemia cultural o sus numerosas carreras. Eugenio Montes, Sánchez-Mazas, García Serrano, Agustín de Foxá, González-Ruano, Dionisio Ridruejo (más conocido como poeta, aunque peor), Mourlane Michelena, Agustín de Foxá, Jacinto Miquelarena, etc.

    ¿De dónde sale esta generación de señoritos que hizo la guerra o no la hizo, que tienen todos, o casi, mucha cultura y que se acogen a la glosa del trirreme romano para no meterse en harina franquista? Son algo así como un 27 de la prosa, por la cantidad y por la exigencia. También lo son porque su género común es el artículo literario -tan cercano al poema- y parecen desdeñar los géneros largos. El magisterio común lo tienen, vivo, en Eugenio D'Ors, aunque se le ha asignado a Ortega, que convenía más. Esto es uno de tantos escándalos literarios, pues están tan cerca de D'Ors que a veces conmueven. Uno diría que son una generación de burgueses liberales que ganaron una guerra dictatorial porque se habían apuntado a ella, sin saber a lo que se apuntaban, y que luego aparecen abrumados por la Victoria, una victoria militar que les arroja al confín de la literatura fascista. No era eso lo que querían, salvo Serrano Suñer y algún otro, como Areílza (poco escritor), de modo que se aprecian en todos ellos como unas adumbraciones que explican su silencio literario y su escasez de libros.

    Esbozo aquí esta generación -interesantísima-, y luego estudiaré aisladamente a algunos de ellos, los mejores o los que a mí más me han llegado. Los del 27 entraron en Europa por el vanguardismo. Estos entran por el fascismo, pero también son muy europeos.

    Se desentienden algo del imaginario franquista. Utilizan el Imperio para pasar a otros Imperios. Montes era galaico y urgente, Sánchez-Mazas era germánico y católico. García Serrano era navarrico y soldado, Foxá era decadente y cínico, quizá el más escritor, Víctor de la Serna era noble y compañón, César era dandy, monárquico e indiferente, Mourlane era enciclopédico y cafetero. Miquelarena era señorito e ingenioso. Etc.

    Luego están los poetas de la Falange, que eran menos e influyeron menos: Rosales, Panero, Vivanco, el citado Ridruejo. Rosales es un poetón casi genial, Vivanco es apretado, certero y poco. Ridruejo hace sonetos de piedra a la piedra. Todos los Paneros fueron buenos poetas. A Leopoldo, el padre, casi le vi morir. Pero vino de pronto el ventarrón de la poesía social, el galernazo “comunista”, ahora en verso, Blas de Otero, José Hierro, etc., y la juventud empezó a escribir así, una poesía prosaica y sin maneras, pero que imaginaban devastadora para el Sistema.

    El Sistema les dejaba pasar e incluso les patrocinaba, pues la poesía es un enredo que no hace daño a nadie y desahoga las conciencias. De modo que aquellos poetas -generación del 36 se decían- no tuvieron espacio histórico que ocupar.

    Pero de la poesía social hablaremos más adelante. Los prosistas de la Falange, pese a ser cortos de obra y discretos de presencia, tuvieron estrella y estela entre el gran público, o al menos entre el público universitario, casi siempre pastoreados por don Eugenio, del que luego abjurarían algunos, como Ridruejo:

    -Hoy me produce ternura.

    Sánchez Mazas escribe en una embajada hispanoamericana su novela Rosa Kruger, bella, rica, numerosa y desgobernada. Les leía un capítulo cada noche a los refugiados de la Embajada. Montes se avecinda en Italia como corresponsal lírico de la Roma de Mussolini, García Serrano escribe buenas novelas y vive en unos perpetuos sanfermines patrióticos, que es lo suyo. Foxá sale en las novelas de Malaparte, viaja y vive, escribe Madrid de Corte a checa, una novela que es como un apunte del Ruedo Ibérico, de derechas, pero llena de calidad y de calidades e incluso de calidez.
    César González-Ruano nunca hizo otra cosa que esteticismo de un lado o de otro, porque no se tomaba en serio nada, salvo la literatura. Le dedicaré capítulo aparte, ya que es el que más he tratado de esa generación.

    Antes de la guerra, habían andado todos muy mezclados con el 27, como digo, porque eran casi lo mismo, y Montes también hacía greguerías:

    “Los árboles nos contemplan con las manos en los bolsillos”.

    Tenían todos la obsesión de Europa, no sé si como un hierro fascista o como un hierro realmente europeísta, al igual que el 27, pero equivocaron el camino y cayeron en el nacionalismo de Hitler. ¿Por qué la Historia se reparte sus hombres y los gasta? Razones familiares, culturales, personales, misteriosas. ¿Por qué son fascistas La Rochelle, Montherlant, Paul Claudel?

    Nunca sabremos si el fascista nace o se hace. En todo caso, Dios nunca abandona a los buenos fascistas, como hubiera dicho Tierno Galván, y esta generación está partida en dos, cosa que no suele decirse, porque son otro 27 y las meras razones geográficas, a veces, hubieran situado a un hombre del otro lado. Resulta que amaban la misma Historia. Uno está por culpar a los mentores ideológicos -D'Ors, Serrano Suñer, Primo de Rivera- del fracaso histórico y literario de ese otro 27 que llamo “los prosistas de la Falange”, y donde también hay poetas. Los que se han dicho.

    jueves, 20 de enero de 2011

    Biografía de Sánchez Mazas


    Una excelente biografía de Rafael Sánchez Mazas lo reivindica como figura clave de la cultura vasca contemporánea.

    JON JUARISTI
    Día 09/01/2011


    COMO inesperado regalo de Año Nuevo, me llega la biografía de Rafael Sánchez Mazas que acaba de publicar una editorial de Bilbao, Muelle de Uribitarte, bajo los auspicios de la Fundación Bilbao 700-III Millenium. Este Rafael Sánchez Mazas. El espejo de la memoriaes obra de Alfonso Carlos Saiz Valdivielso, historiador del periodismo vasco, crítico taurino y biógrafo avezado (autor de una clásica biografía de Indalecio Prieto). La de Sánchez Mazas se incluye en una colección de Bilbaínos Recuperados que cuenta ya, por lo que veo, con una abultada nómina: desde Aranaz Castellanos, que fue un estupendo costumbrista crítico, forzado a dar salida a sus libros en editoriales madrileñas, hasta el gran escultor Quintín de Torre, pasando por el pintor Adolfo Guiard o el poeta Juan Larrea. Son precisamente los nombres excluidos del canon de la cultura vasca por un nacionalismo cegato, y es un buen síntoma que la Bilbao del tercer milenio los reivindique y recupere.
    Con todo, la condición de bilbaíno irrecuperable no me parece tan penosa. Bilbao ha cumplido en los tiempos modernos una función semejante a aquella que tuvo en el imaginario medieval la mítica isla de Escandia, una matriz de pueblos que se desparramaron por el continente creando reinos desde Rumanía a Toledo. No se sabe el porcentaje exacto de humanidad con ancestros bilbaínos, pero debe de ser elevadísimo. Vargas Llosa nos recordó, por ejemplo, que la feminista y revolucionaria francoperuana Flora Tristán tenía raíces en el Bochito. Los bilbaínos dan mucho juego cuando se vuelven turcos.
    Sánchez Mazas fue un bilbaíno nacido en Madrid, como para ilustrar el famoso axioma de que los bilbaínos nacen donde les da la gana. Tal desliz no habría bastado para negarle el padrón étnico, pero tuvo la debilidad de hacerse falangista, con el carnet número cuatro. Más camisa vieja, imposible. Como observó Andrés Trapiello, ganó la guerra pero perdió la paz. Estas cosas marcan. Si te apuntaste a Falange en 1933, pongamos por caso, ello quiere decir que toda tu vida anterior no fue sino una propedéutica al fascismo y la posterior queda igualmente vista para sentencia, porque la crítica de izquierdas aborrece la ambigüedad. Yo probé un poco de este jarabe de palo en una polémica con el difunto Ernest Lluch, que me acusó de fascista retrospectivo porque sostuve que La vida nueva de Pedrito de Andía, de Rafael Sánchez Mazas, era una de las novelas más hermosas del siglo XX español. Sigo pensando lo mismo.
    Saiz Valdivielso ha escrito una biografía excelente, con un impresionante repertorio gráfico. Ilustra la portada del libro el retrato que hizo de Sánchez Mazas y de Pedro Mourlane Michelena, vestidos ambos a la moda romántica, el pintor bilbaíno Aurelio Arteta. Un vestigio de la ciudad literaria de los años de la Gran Guerra, en la que los maurrasianos de la Escuela Romana del Pirineo, nacionalistas vascos como Jesús de Sarría y Alejandro de la Sota y socialistas como Arteta y Julián Zugazagoitia se movían en los mismos círculos y colaboraban en las mismas publicaciones surgidas al rebufo del noucentismecatalán y del vorticismo inglés. Así fue, aunque no guste a algunos que se recupere ese episodio de la historia cultural vasca.

    domingo, 21 de noviembre de 2010

    Foxá, por Ignacio Ruiz Quintano









    Ignacio Ruiz Quintano // Agustín de Foxá

    Vuelve Foxá a las andadas, ahora con una recopilación de cosas suyas perdidas y halladas entre la alfalfa de la cultura oficial, con la que, por fortuna, nada tiene que ver el Foxá que nos importa, que es el que decía Umbral:

    -Yo aprendí a hacer artículos en usted, don José María (Pemán), si es que he aprendido, y en otros escritores del ABC, desde los monárquicos a los falangistas, que todos escribían muy bien: Foxá, Sánchez Mazas, Montes, Mourlane, D?Ors, Ruano y todo eso.

    Vienen casi a afearle a Foxá que lo mejor suyo apenas diera para una novela y mucho periodismo. ¿Y cuál fue el sueño de todos los muchachos del nuevo periodismo americano? «El periodismo -en resumen de Tom Wolfe- era el motel donde pasar la noche camino del destino: la Gran Novela.»

    La gran novela de Foxá es la gran novela del Madrid que va de la Monarquía a la guerra pasando por la República: Madrid de Corte a checa. La infancia, el tiempo, el amor y la muerte son sus temas. La muerte de Agustín en los brazos de su madre, diría luego Ruano, es como un místico y mítico nacimiento: le envidio su destino final: desnacer en los brazos donde se ha nacido: Dios da premios así.

    -Y pensar que, después que yo me muera, / aún surgirán mañanas luminosas; / que, bajo un cielo azul, la primavera, / indiferente a mi mansión postrera, / florecerá en la seda de las rosas.

    El retrato supremo de Foxá lo hace su amigo Malaparte: «Es falangista del mismo modo que un español es comunista o anarquista, esto es, al modo católico.»

    -La Falange es una hija adulterina de Carlos Marx e Isabel la Católica -le dice un día Foxá a Juan Ignacio Luca de Tena.

    Otro día, comiendo con Luca de Tena y con Sánchez Mazas, cuando se habla de los peligros del comunismo para el mundo libre, Foxá, «con gran enfado de Sánchez Mazas», confiesa que lo que menos le perdona al comunismo es que le haya impulsado a hacerse falangista. Y pensar que, después que yo me muera...

    miércoles, 9 de junio de 2010

    La literatura falangista: escritores por rutas imperiales" (Documentos RNE)


    05-06-2010
    Los fascismos europeos nacieron al calor de la vanguardia y, en tanto que variante hispana del fascismo, la Falange, además de su particular regeneración de España, se propuso construir una literatura y arte modernos pero, al mismo tiempo, anclados en las esencias patrias. Por ello, el fundador del partido se rodeó de un grupo de escritores al que llamaban, despectivamente, la Corte Literaria de José Antonio. No todos tenían el mismo talento, ni fue igual su grado de compromiso político, pero Rafael Sánchez Mazas, Ernesto Giménez Caballero, Agustín de Foxá, Dionisio Ridruejo, Eugenio Montes, José María Alfaro, Luys Santa Marina, Pedro Mourlane Michelena, Samuel Ros y Jacinto Miquelarena, sobre los que gira este programa de Juan Carlos Soriano, crearon un estilo y una retórica que el Régimen de Franco adoptó más tarde como propios.