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lunes, 3 de marzo de 2014

La Gastronomía con mayúsculas y sin cuentos

 Arte de resucitar 

Pla se presenta como inesperado profeta de
la 'slow food' en 'Lo que hemos comido', uno de los mejores libros
dedicados a la gastronomía en España.
Manuel Gregorio González | Actualizado 20.01.2014 - 12:52


zoom
Josep Pla i Casadevall (1897 - 1981), fotografiado por Català Roca.
Lo que hemos comido. Josep Pla. Trad. P. Gómez Carrizo. Austral. Barcelona, 2013. 352 páginas. 8,95 euros.

Una
de las grandes virtudes de Josep Pla, no muy común en España, es la
voluntad de precisión. Una precisión, por otra parte, trufada de
sencillez, de inteligencia, de un humor fino, no exento de socarronería,
que alcanza su ápice literario en la capacidad de adjetivar. Pla
adjetiva admirablemente. Y cuando uno lo lee, como en este excelente
vademécum de la cocina mediterránea, sabe que cada adjetivo lleva detrás
una meditación, y que en dicha meditación hay grandes porciones de
sabiduría, pudorosamente veladas. El gran Vázquez Montalbán, en el
prólogo que abre este volumen, dibuja a un Pla en la encrucijada
tecnocrática de los 60/70, cuando los congeladores hicieron su aparición
y las viejas formas de cocinar se vieron ensombrecidas por la urgencia
electrodoméstica. Ese Pla nostálgico, meditabundo, también se nos
presenta como un inesperado profeta de la slow food y las
virtudes de la cocina autóctona. ¿Qué pensaría Pla del éxito actual de
los programas de cocina y del prestigio alquímico de su paisano Adrià?
Como diría Cunqueiro, otro gran aficionado a la ciencia de las marmitas,
"nin se sabe". Sí cabe suponer, no obstante, que la exótica
proliferación de restaurantes de autor, y el triunfo de la cocina estética, quizá no fueran de su agrado.

España, que no tiene una gran literatura gastronómica, tiene sin embargo tres libros memorables dedicados a estos asuntos: La casa de Lúculo de Julio Camba, La cocina cristiana de Occidente de Álvaro Cunqueiro y este Lo que hemos comido,
que Pla escribe por insistencia -por la mucha insistencia, según
declara el autor- del historiador Vicens Vives. En la presente edición,
extractada por Vázquez Montalbán, se prescinden de reiteraciones y
piezas que han perdido actualidad. No obstante, el resultado es óptimo y
el aficionado a Pla, así como a la re coquinaria de Marco
Apicio, hallará en estas páginas motivos de satisfacción y asuntos para
el debate. Como recuerda Montalbán, el magisterio de Pla propició el
gran articulismo gastronómico de Nestor Luján, Joan Perucho y Xabier
Domingo. A esto cabría añadirle la obra del propio Vázquez Montalbán,
cuyo Carvalho, además de espía en excedencia y marxista descreído, es un
meritorio intelectual de los fogones; un intelectual epicúreo, que
divagaba en la alta noche de Vallvidrera sobre la conveniencia o no del
sofrito con cebolla para la consistencia y la perfección del arroz. Para
Pla, como para Montalbán, y por supuesto para Camba y Cunqueiro,
gallegos ambos, la cocina es una cuestión de precisión. Y más
cumplidamente, de perfección. Ahí se solventa no sólo el gozo del
paladar de quien se sienta a los manteles; se solventa, más allá de esta
fulguración momentánea, el rigor y la fidelidad a la vasta herencia
recibida. "La mesa -escribe Pla en las Formas de la pasta- es un
lugar de diálogo. Las conversaciones de mesa son la civilización misma,
la pura esencia de la manifestación personal". Bien es verdad que
mientras Camba atiende a una cocina cosmopolita, explicada con
rigurosidad y humor; mientras Cunqueiro trae al folio la gran cocina
europea, los cocineros de la Francia clásica, como Carême, historiados
con su erudición inagotable, lírica y fantasiosa; Pla se ciñe a su país
del Ampurdán, deteniéndose en la perfección del guisante, en el momento
exacto de la sardina, en la escudella y carn d'olla, en la
consistencia del sofrito, en la carne de caza, en asuntos sencillos y
cruciales, en definitiva, no sin comparar los logros autóctonos con
otras cocinas que él frecuentó en su juventud viajera.

Quiere
esto decir que la cocina, en Pla, en un oficio conservador. Y ello por
lo que decíamos al principio. Cuando Pla escribe estas páginas,
instigado por Jaume Vicens Vives, la cocina industrial, y el auge del
electrodoméstico, han facilitado un cambio drástico en los procesos
culinarios. Dichos cambios están íntimamente relacionados con el tiempo:
el tiempo de elaboración, más breve y menos eficaz, y el tiempo de la
sazón de los productos, la rueda de las estaciones, que los congeladores
ignoran. Dice Pla en la Cocina de primavera: guisantes y habas,
que "la cocina es el arte de resucitar los cadáveres, no el de
rematarlos". Y este juicio es el que, sumariamente, le aplica a los
modernos adelantos de la industria alimentaria. Sin el respeto a los
tiempos, a las calidades, al carácter propio de cada producto, la cocina
le parece, sobre monocorde, fatigosa e insulsa. Sin embargo, la cocina
debe ser una fiesta; una fiesta lenta, ceremoniosa y frugal.

Una fiesta en la que se olvide, por un momento, que "la única cosa real, en esta
vida, es la soledad total".


Arte de resucitar

jueves, 24 de junio de 2010

RUTAS PARISINAS DEL INSTITUTO CERVANTES


Juan Pedro Quiñonero.

ABC, 24-06-2010


El Instituto Cervantes ha tenido la excelente idea de crear unas Rutas Cervantes, con el fin de «recordar las huellas de las culturas de España y America latina en París». Al día de hoy, paradójicamente, están ausentes en tal proyecto todos los patriarcas de la cultura española que pasaron por París: Arozín, Baroja, Ramón Gómez de la Serna, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Salvador de Madariaga, José Bergamín, Max Aub, Eugenio d’Ors, Josep Pla, Mercè Rodoreda, entre un larguísmo etcétera.El Cervantes anuncia que algún día llegarán todas esas rutas, pero que no se podía arrancar con la huella de todo lo hispano, en un programa que está previsto ampliar a otras ciudades.
El proyecto anuncia el recuerdo inmediato o muy próximo de Gabriel García Márquez, Salvador Dalí, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Enrique Vila Matas, Balenciaga, Julio Cortazar, Octavio Paz, Diego Rivera, Isaac Albéniz, Luis Buñuel, Miquel Barceló, Alfredo Bryce-Echenique, María Casares, Óscar Domínguez, Juan Goytisoo...
El Cervantes anuncia su proyecto de este modo: «A las estancias de cada uno de ellos se les dedica una ruta diseñada por expertos con datos, anécdotas y relatos, ilustrada con fotografías, documentos y vídeos». Se trata de una idea magnífica. Buena parte de la cultura española contemporánea es sencillamente incomprensible sin el diálogo de los grandes creadores con París.
La novela, la poesía y la prosa española contemporáneas nacen, como es sabido, con el Modernismo la Generación del 98 y la Generación del 27. Todos los grandes maestros pasaron por París. Todos ellos están ausentes. No hay huella en las Rutas Cervantes de Rubén Darío, Azorín, Baroja, Ramón Gómez de la Serna, Jorge Guillén, Pedro Salinas...
Toda nuestra poesía contemporánea pasa por el diálogo entre España, París, y las Américas, con Rubén Darío, que no está recordado. La obra fundacional de Azorín y Baroja está íntimamente asociada a París. Nuestro periodismo moderno comienza con
«El bombardeo de París», el libro de crónicas de Azorín, corresponsal de guerra de ABC. El mismo Azorín consagró a París libros, ensayos, artículos, muy numerosos. Baroja consagra a París libro tras libro.
Las vanguardias llegan a España, en bastante medida, a través de los viajes a París de Ramón Gómez de la Serna, de quién Valery Larbaud dijo, en París, precisamente, que había realizado en castellano una revolución semejante a las de Joyce o Proust.
Es igualmente ejemplar el caso de varios maestros de la Generación del 27, Gerardo Diego, Jorge Guillén o Pedro Salinas. El viaje y la estancia en París es capital para ellos. Guillén y Salinas fueron profesores en la Sorbona. Guillén hasta ejerció de corresponsal literario. ¿Cómo olvidar a Madariaga, que fue embajador de España en momentos cruciales...?
En el caso de la lengua y cultura catalana, no es un secreto la importancia excepcional de París en la obra de Eugenio d’Ors, Rodoreda y Josep Pla, que llegó a confesar, en varias ocasiones que, de no vivir en su pueblo, no le hubiese importado instalarse en alguna recoleta plaza parisina, en la que se cruzan los fantasmas de Azorín, Baroja, Julio Camba o César González Ruano, entre tantos otros olvidados.