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domingo, 26 de mayo de 2013

Salamanca

Manuel Martín Ferrand
XLSemanal. ABC


El café Novelty (Plaza Mayor, 2. Salamanca) es, como tantos otros en España, algo más que un café. Se trata de un lugar de encuentro y convivencia. Fue fundado en 1905. En sus veladores, Dionisio Ridruejo fundó en 1936 Radio Nacional de España y por sus salones pasaron todos los intelectuales de su tiempo. Aquí mantenía su tertulia salmantina Miguel de Unamuno, a quien solía acompañar José Ortega y Gasset, Antonio Tovar, Pedro Laín Entralgo y tantos otros que la desmemoria nacional ha dejado en el olvido. Después de la Guerra Civil, el café tuvo que cambiar de nombre para convertirse, en aras de la "ortodoxia", en Café Nacional. Pasados los años sesenta, volvió a ser Novelty y fue lugar acostumbrado por Francisco Umbral y, sobre todo, por Miguel Delibes. El hecho gastronómico del Novelty lo protagoniza Agustín de Foxá. Foxá es otro nombre postergado entre nosotros, pero fue - además de diplomático - uno de los grandes escritores de su tiempo. Su novela Madrid, de corte a checa es una de las más notables entre los millares que se han escrito sobre la guerra que todavía seguimos sufriendo. Foxá escribió en el Novelty (1938) toda la novela y, en pleno furor creativo, apenas salía del local. Como contó después en sus artículos de periódico se alimentaba  con pepitos de ternera que, con amor, le preparaban los propietarios del café que hoy vuelve a ser el ombligo de la Plaza Mayor más hermosa del mundo. Foxá era un gastrónomo  fino y frecuentador de los restaurantes de toda Europa, por los que transitó en su trabajo para Exteriores. En 1956 La Real Academia Española lo eligió académico, pero no llegó a pronunciar su discurso de ingreso. Quizá no tuvo el soporte de los pepitos del Novelty. 

lunes, 6 de junio de 2011

Tercera de ABC en recuerdo a Pedro Laín





Recordando a Pedro Laín Entralgo




«Recordar a Pedro Laín Entralgo significa evocar a uno de nuestros pensadores que más voluntad puso en emplear el conocimiento y la razón para comprender y reconciliar al ser humano y, más específicamente, a aquella porción de humanidad que llamamos España»





Día 06/06/2011




HOY se cumplen diez años del fallecimiento de Pedro Laín Entralgo. Posiblemente los esfuerzos que se inviertan en conmemorarle sean escasos o inexistentes. Sin embargo, Laín fue una de las primeras figuras intelectuales españolas del siglo pasado. En su novela Leyenda del cesar visionario, Francisco Umbral convirtió a Laín en uno de sus personajes, siempre reunido en torno a la tertulia de intelectuales falangistas que trabajaron en Burgos durante la guerra civil como propagandistas del bando franquista. Laín y los «laines», como Dionisio Ridruejo o Gonzalo Torrente Ballester, entre otros: jóvenes intelectuales llamados a ocupar un lugar de excepción en el panorama cultural de la posguerra. Pero al menos Laín, Ridruejo y Torrente Ballester recorrieron un camino que les condujo desde su inicial y plena adhesión al régimen, pasando por una etapa intermedia de distanciamiento hasta ofrecer su apoyo expreso a la transición democrática, no sin antes interponer un sincero y muy doloroso ejercicio previo de arrepentimiento público por su posicionamiento político de juventud. El mismo Laín escribió con ese propósito unas memorias de título esclarecedor: Descargo de conciencia(1976). Allí se revelará que la caricatura de los «laines» compuesta por Umbral en la novela antes citada resultó enormemente injusta.

Catedrático de Medicina, ensayista, crítico literario, autor de varios dramas, miembro de las Reales Academias de Medicina, Historia y de la Lengua Española (de la que fuera presidente), además de rector la Universidad Complutense, Laín fue tejiendo a lo largo de su vida una obra inmensa, más propia de un sabio que de un genio, cierto, aunque no por eso menos valiosa. Dada la diversidad de temas abordados en sus estudios no cabe sintetizarlos en una mera nota conmemorativa, ni tampoco es el lugar idóneo para hacerlo. En cambio, sí es posible y oportuno apuntar los principales atributos de la actitud ejemplarísima con la que Laín afrontó su vida. Dos condiciones indujeron esa actitud. La primera una curiosidad intelectual y una acumulación de conocimientos verdaderamente desbordantes. De un lado, Laín procuró mantenerse al día sobre los avances producidos en las ciencias naturales en una época en que éstas ya progresaban a ritmo de vértigo. Por otra parte, su sensibilidad humanista le orientó igualmente al estudio de la literatura, de la historia política y de la ciencia (sus aportaciones a la historia de la medicina serían mundialmente reconocidas) y más profundamente aún al cultivo de la filosofía, recibiendo una intensa influencia de los autores de la generación del 98 y de la fenomenología y el existencialismo, de Unamuno y Ortega, y sobre todo de su gran amigo Xavier Zubiri.

La segunda condición que determinó el pensamiento de Laín fue un patriotismo que podría llamarse trágico. Visto desde la distancia que da el tiempo es posible que se dejara cautivar por la idea de una España bronca destinada al enfrentamiento permanente de sus hijos: tierra de Caín y Abel, viejo mito de nuestro pasado que ha sido denunciado, entre otros, por el historiador Fernando García de Cortázar. No obstante, ¿qué otra idea podía encajar mejor con la personal vivencia de Laín de una guerra civil en la que tomó parte y de una dictadura a la que inicialmente respaldó como intelectual orgánico pero a la que no tardó en abandonar por oponerse a persistir en el clima de enfrentamiento entre las «dos Españas»? No es de extrañar entonces que quien oficiara simultáneamente de médico y patriota diagnosticara a su país una enfermedad fratricidaque habría venido impidiendo un estado de convivencia serena y satisfecha.

D A lo largo de su muy longeva trayectoria intelectual Laín daría sucesivas explicaciones a la citada enfermedad fratricida de los españoles, conectando cada una de ellas con una de las tres necesidades y potencias humanas a las que dedicó gran parte de sus reflexiones filosóficas: las necesidades de creer, esperar y amar. Así, Laín comenzó por interpretar que el problema de España era una cuestión de creencias, aquéllas que ponían en conflicto a los españoles, impidiéndoles reconocerse como herederos de una cultura común y como miembros de una sola nación. Esta posición se tradujo, por parte del Laín propagandista, escritor y académico en un intenso y sostenido esfuerzo por reivindicar la obra y las ideas de numerosos autores a los que el régimen franquista había condenado como enemigos de España. En segundo lugar, cuando más tarde abandonó sus disquisiciones en torno a las esencias de la patria, tan deudoras de su etapa falangista, Laín pasó a contemplar el problema español partiendo de un diagnóstico distinto. Si España es conflictiva —dirá entonces— debe serlo por una variedad de factores que inducen división de opiniones y proyectos políticos. Algunos de esos factores sería de tipo histórico e ideológico, otros serían de índole socioeconómicos y, por último, estarían también los relacionados con los tradicionales conflictos regionalistas y nacionalistas. Pretender disolver esas divisiones imponiendo una concepción única y esencialista de España comienza a parecerle a Laín un ejercicio tan absurdo como vano. La desunión sólo podría solventarse partiendo de una idea menos metafísica de nación, como la que había dado ya Ortega: nación como proyecto sugestivo de vida en común. Únicamente un proyecto colectivo que ilusionara a los españoles podría aunar sus voluntades y contribuir a su reconciliación, pensará Laín. Ahora bien, si el fracaso de convivencia que supuso la guerra civil había sido fuente de desilusión su superación demandaría una nueva actitud

hacia el futuro, una actitud esperanzada. La respuesta al problema de España, por tanto, había de conectarse con otro de los principales temas antropológicos abordados por Laín, especialmente en uno de sus ensayos más hermosos, La espera y la esperanza(1956). Y la esperanza para España la va a fundar Laín sobre las mismas bases en las que ya insistieran los regeneracionistas, Ramón y Cajal y, otra vez, Ortega: un proyecto de integración nacional y de integración en Europa, de asimilación de lo mejor de la cultura occidental como su tensión hacia la libertad y el cultivo del conocimiento científico (para el cual se pedirá un superior esfuerzo).

Finalmente, Laín comenzará a ocuparse en el estudio de las relaciones humanas, analizadas con profundidad en otros dos libros fundamentales: Teoría y realidad del otro (1961) y Sobre la amistad(1972). Según su punto de vista, en España se habría resuelto mal el problema del Otro, de ahí la frecuente caída en sectarismos de diversa índole y ese «macabro deporte», tan frecuente entre españoles, consistente en «lanzar los propios muertos contra el rostro del adversario». Pero Laín reflexionaría sobre la amistad para poner de manifiesto que aquélla (la forma más deseable y productiva de trato humano) resulta factible incluso entre individuos o grupos que discrepan entre sí por su condición social, su ideología o su origen. La falsa oposición entre amistad y discrepancia se corresponde con la conocida dialéctica «amigo-enemigo» a la que el jurista alemán Carl Schmitt quiso reducir toda relación política: en esencia el mismo tipo de dialéctica que había propiciado la conversión de la guerra civil en un «habito psicosocial», toda una mentalidad «guerracivilista» que debía ser arrumbada si de verdad se pretendía alcanzar la concordia sustraída. Aunque no por primera vez, Laín pronunciaría estos juicios en 1978, año de nacimiento de la actual Constitución.

En suma, recordar a Pedro Laín Entralgo significa evocar a uno de nuestros pensadores que más voluntad puso en emplear el conocimiento y la razón para comprender y reconciliar al ser humano y, más específicamente, a aquella porción de humanidad que llamamos España. O como ha señalado el profesor Diego Gracia: «Uno de los españoles del siglo XX que con más ahínco ha empeñado su vida en la tarea de unir e integrar ideas, personas, corazones». Quien pone estas líneas aún se acuerda cómo hasta sus últimos días, abrumado por los dolores de la vejez, Laín siguió ejercitando aquella tarea, tan ardua como necesaria.

LUIS DE LA CORTE IBÁÑEZ ES PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE MADRID

lunes, 4 de abril de 2011

Joaquín Costa cien años después por Ramón Tamames


En 2011 se conmemora el centenario de la muerte de Joaquín Costa, padre del Regeneracionismo español; una corriente política con la que se intentó reconducir la suerte de la nación, desde la decadencia de la oligarquía y el caciquismo a la justicia social y la libertad. No con fatuos objetivos imperiales, sino concienciando al pueblo del amor a la naturaleza (aguas, bosques, paisaje), y en pro de la elevación de su nivel cultural. Algunos han visto en el Regeneracionismo los fundamentos del fascismo español, señalando ante todo a Miguel Primo de Rivera; quien tal vez llegó a considerarse a sí mismo como el costiano «cirujano de hierro» que había de transformar la sociedad española con su dictadura (1923/1930). E igualmente, se atribuyeron a Costa influencias autoritarias y de profundo cambio socio-económico que pudieron hacer mella en el pensamiento de Ortega y Gasset, Indalecio Prieto y el propio José Antonio Primo de Rivera. Cuestiones, todas ellas, harto discutibles. El caso es que Joaquín Costa (Monzón, Huesca, 1846–Graus, Huesca, 1911), supo sintetizar su regeneracionismo en fórmulas breves y contundentes. Como «Doble llave al sepulcro del Cid, para que no vuelva a cabalgar», a fin de poner término a la obsesión histórica de las pasadas grandezas de España; «Escuela y despensa», preconizando más y mejor enseñanza, y nutrición más adecuada para la infancia. Como también planteó, en su obra «Política hidráulica», la ampliación del regadío español; y la reforestación de los pelados montes del país en su hermoso libro «El arbolado y la Patria». Todos los regeneracionistas de cierta significación fueron más o menos discípulos de Costa: Lucas Mallada, con su libro «Los males de la patria y la futura revolución española» (1890), Ricardo Macías Picavea, con su obra «El problema nacional» (1899), y Julio Senador Gómez con «Castilla en escombros» (1915). En la España de hoy, en la que el proyecto de Nación brilla por su ausencia, muchas de las ideas del Regeneracionismo continúan teniendo validez.

domingo, 22 de agosto de 2010

Leer España por Francisco Robles

Francisco Robles
Día 21/08/2010 - 23.31h
El mismo público que muestra su indignación por la prohibición de las corridas de toros en Cataluña fue el que guardó un indiferente silencio ante la desaparición de la Literatura Española de los planes de estudio de esas comunidades que son más autónomas que otras. Al arrinconar la obra de los clásicos españoles, el nacionalismo sectario empezó a forjar esas nuevas generaciones se han quedado ancladas en el bucle melancólico del nacionalismo, en la mediocridad de unos escritores regionalistas cuya obra sólo es útil para trenzar la propaganda que sirve de alimento ideológico a los cachorros de la causa.
«Leer España» es un hermoso libro de Fernando García de Cortázar donde se recorre nuestra milenaria historia a través de los poetas, novelistas y ensayistas que la han escrito en sus textos literarios. Porque España no solamente se ama o se odia, se crea o se destruye. España también se escribe en los epigramas sarcásticos de Marcial o en los textos sobrios de Séneca y Lucano. España es romana cuando se lee en latín y musulmana cuando Al Motamid se lamenta por la pérdida del reino taifa de Sevilla en su exilio marroquí. España se lee en el castellano alfonsí de las cantigas y en los sonetos italianizantes de Garcilaso, en la prosa limpia y llana de Cervantes y en los claroscuros de Quevedo.
Para leer España hay que liberarse de trincheras y prejuicios. Tan España es Azaña como Ortega, Alberti como Rosales, Manuel como Antonio Machado. Quien no lea a España en sus escritores será un analfabeto español, o viceversa. ¿No llama Dámaso Alonso analfabetos líricos a los que saben leer poesía? Pues eso mismo es lo que pretenden los nacionalistas periféricos y egoístas: crear una generación de analfabetos de lo español. Por un lado se eliminan los mil y un matices que puedan aportar Baroja, Unamuno, Cernuda, Delibes, Cela o Muñoz Molina, y por el otro se reduce lo español a la imagen kitsch, cutre y rancia que se destila en los alambicados alambiques del nacionalismo más retorcido y carca. Así se matan dos pájaros sin disparar un tiro mientras los polluelos permanecen en el nido del terruño.
Los nacionalistas han conseguido apartar el cáliz de España, como pedía César Vallejo en un sentido más trágico y menos demagógico, para que los jóvenes no puedan beber el vino que vendía Lázaro de Tormes ni el sabroso mosto de granadas que paladeaba San Juan de la Cruz. Así se consigue agrandar la obra de un racista furibundo e iletrado como Sabino Arana, por poner un ejemplo. Una obra, por cierto, que sus herederos ideológicos esconden para que no salgan a la luz sus barbaridades xenófobas, homófobas y racistas. Justo lo contrario que hace García de Cortázar al iluminar la historia de España con textos que nacieron en todos sus rincones, en todas las lenguas que aquí se hablan y se hablaron. Versos y prosas que responden a todas las visiones del mundo que uno se pueda imaginar. Eso es España. La España que algunos quieren arrumbar en el baúl de los tópicos. La España que García de Cortázar ha hilvanado con los textos que la han escrito. La España escrita que debemos leer para curarnos del nacionalismo excluyente, esa forma de analfabetismo.

lunes, 26 de abril de 2010

Una instancia superior


Viernes , 16-04-10
ABC

No sólo España. Europa y, en general, el Occidente todo, se encuentran en crisis. Y, desde luego, no se trata ni sólo ni principalmente de una crisis económica o financiera. Toda genuina crisis histórica es intelectual y moral, pues afecta al sistema general de ideas y creencias, principios y valores, vigentes en una sociedad. Acaso lo más difícil en toda crisis sea su diagnóstico, e incluso antes, el reconocimiento de su existencia. Lo peor que nos puede suceder es no saber lo que nos sucede. Y, tal vez, los árboles financieros podridos no nos dejen ver el bosque moral devastado.
Miremos un poco hacia los síntomas. El optimismo democrático y liberal de 1989 se esfumó pronto. En realidad, las naciones europeas liberadas de la tiranía comunista sólo parcialmente quedaron liberadas, pues les esperaba un yugo, más benigno y sutil en la apariencia, pero no menos yugo: el derivado del derrumbe moral de Occidente. El ataque terrorista a las Torres Gemelas era el aldabonazo de un tiempo nuevo y trágico. Se mire por donde se mire, era la guerra. Pero una amenaza de esta naturaleza es aún peor si el agredido se encuentra sumido en aguda convalecencia moral. Y no ha transcurrido una década, cuando nos aflige, a unos más que a otros, una honda crisis económica.
Pasemos a un notable síntoma doméstico. El mismo día aciago en el que el Senado de España aprobaba una inicua ley que convierte en derecho la eliminación de seres humanos no nacidos, nuestro presidente del Gobierno entonaba loas a la vida en Naciones Unidas y repudiaba la pena de muerte. Nadie tiene derecho a quitar la vida a un ser humano, clamaba con razón el presidente. Pero no pensaba en el ser humano no nacido.
La crisis española es la crisis europea y occidental, sólo que más agravada. A finales de la década de los veinte del pasado siglo, Ortega y Gasset diagnosticó en La rebelión de las masas la crisis moral europea. El análisis es actualísimo precisamente por certero y, en gran medida, cumplido. Vivimos una grave crisis moral derivada de la aparición y triunfo de un nuevo tipo de hombre: el hombre-masa en rebeldía. «El día que vuelva a imperar en Europa una auténtica filosofía -única cosa que puede salvarla-, se volverá a car en la cuenta de que el hombre es, tenga de ello ganas o no, un ser constitutivamente forzado a buscar una instancia superior. Si logra por sí mismo encontrarla, es que es un hombre excelente; si no, es que es un hombre-masa y necesita recibirla de aquél». Nuestra crisis, como todas, ha sido anticipada y profetizada. Y, también como siempre, el clamor profético apenas ha sido escuchado. Nuestra depresión no es (sólo) económica sino moral. El hombre occidental vive profundamente desmoralizado, en el sentido más preciso y etimológico del término. Y conviene mirar hacia atrás, al menos tres siglos atrás, para determinar el origen y comprender la naturaleza de la crisis. Mientras nos quedemos en las cotizaciones de Bolsa o en los datos del crecimiento económico y del empleo (digo, mientras nos quedemos sólo en ellos), no comprenderemos nada de lo que está pasando. Y, por lo tanto, no podremos poner remedio a nuestros males. La política y la economía pertenecen a la superficie de la vida social, no a la profundidad.
Padecemos las consecuencias de una barbarie que no nos amenaza más allá de nuestras fronteras sino que vive entre nosotros, en ocasiones incluso gobernándonos. Lo ha dicho Alasdair MacIntyre. Es la etiología de esta barbarie interior la que es preciso esclarecer. La barbarie interior es la más difícil de diagnosticar, pero no la más difícil de combatir. Un paso decisivo consiste en intentar filiar la concepción moral dominante hoy en Occidente. Y lo primero que comprobamos es que carecemos de una concepción compartida acerca de la realidad, del hombre, y del bien y el mal. Porque una cosa es el pluralismo y otra Babel. Europa vive, si no me equivoco, una situación de grave discordia moral. Corremos el riesgo de caminar hacia dos Europas, lo que sería lo mismo que la defunción de Europa. Y esta discordia radical sólo se puede superar acudiendo a lo que, desde sus orígenes, ha constituido el ser y la razón de ser de Europa. Esta discordia ha llegado en España a la presidencia del Gobierno que ha tomado partido por la desmoralización. La concepción moral quizá dominante o mayoritaria es una especie de amalgama entre hedonismo, relativismo, utilitarismo y emotivismo éticos. El conjunto, más que una moral en sentido estricto, consiste en un atentado contra la moral.
Existe un momento en la historia europea en la que se abre el camino hacia esta desmoralización radical. Quizá no sea fácil precisar mucho más, pero tengo la impresión de que lo que pasó en ese momento fue que se abrió paso el subjetivismo y, con él, la afirmación de la soberanía absoluta del individuo. Y así, se llegó a pensar que la liberación del hombre transita por la eliminación de todas las trabas a la libre expansión de sus deseos vitales, y que toda idea de la existencia de deberes entraña un camino de servidumbre. Se pensó erróneamente que la libertad consiste en la supresión de disciplinas y deberes. Y los errores morales obtienen el castigo a través de sus propias consecuencias. Liberado de toda instancia superior, el hombre empieza a comportarse como un pobre animalejo, e incluso aspira a caminar a cuatro patas. Y lo cierto es que algunos congéneres alcanzan una rara perfección en este ejercicio cuadrupédico. Invirtiendo el orden jerárquico natural de los valores, los inferiores son estimados como absolutos, y los más elevados, menospreciados como relativos. El hombre no es el señor de los valores y de la verdad, sino su siervo y testigo. Tenemos que volver a aprender a escuchar esa voz soberana que viene de lo alto.
Si no es erróneo todo lo anterior, entonces la solución de la crisis sería tan relativamente sencilla como lo es la autenticidad, pues no residiría en nada nuevo, extraño o difícil, sino en la recuperación del verdadero ser de Europa, no en la vuelta al pasado, sino en la continuidad con él. En este sentido, cabría hacer una afirmación, sólo aparentemente paradójica: Europa es el problema, y Europa la solución. Pues va a resultar que la crisis es moral y, por tanto, filosófica, que nuestros males proceden del luciferino pecado de soberbia, y que su solución reside en la sumisión de los hombres a la disciplina de los deberes, esto es, a una instancia superior. Nuestra crisis no consiste en la emergencia de una nueva moral, sino en la pura negación de la moral. Termine Ortega: «Esta es la cuestión: Europa se ha quedado sin moral. No es que el hombre-masa menosprecie una anticuada en beneficio de otra emergente, sino que el centro de su régimen vital consiste precisamente en la aspiración a vivir sin supeditarse a moral ninguna».

martes, 30 de marzo de 2010

ERNESTO GIMÉNEZ CABALLERO Y LA EDAD DE PLATA


En el año 1927 ve la luz por primera vez la revista La Gaceta Literaria, empeño cultural de Ernesto Giménez Caballero, que, a partir de su firma como Gecé en varias de sus creaciones artísticas, será conocido por tal apodo.
Gecé nació en Madrid en 1899, su padre tenía una humilde imprenta en la madrileña calle Huertas que él consigue convertir en un prospero negocio de artes gráficas.
Ernesto se licencia en Letras en la Universidad de Madrid en 1919 y continúa sus estudios de Filosofía. Tras pasar el curso 1920-21 como profesor en la Universidad de Estrasburgo, es llamado a filas y será destinado a Marruecos inmediatamente después de producirse el “desastre de Annual”, a su vuelta, en 1923, publica Notas marruecas de un soldado con notable éxito.
De nuevo en Estrasburgo, conoce a la hermana del cónsul de Italia, Edith Sironi, con la que se casará en Madrid el 4 de Mayo de 1925; la relación con su esposa será muy importante para su acercamiento a Roma e Italia. También se va desarrollando su sentimiento de hermandad con los pueblos hispanoamericanos.
El 1 de Enero de 1927 aparece por primera vez La Gaceta Literaria, germen y origen de la que será llamada “Generación del 27”. La revista, quincenal, será portavoz de las nuevas vanguardias, en ella colaboraran figuras tan señeras como: Ramón Gómez de la Serna, Edgar Neville, García Lorca, Alberti, Pedro Salinas, Neruda, Rosa Chacel, Ramiro Ledesma, Vicente Alexandre, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Ramón Gaya, y otros autores no menos significativos.
El 15 de Febrero aparece una entrevista con el poeta italiano Marinetti, inspirador del Futurismo y del Fascismo, cada vez se implica más con la Italia fascista a la que viaja de nuevo en 1928, lo que originará su libro Circuito Imperial.
La Gaceta fue vivero cultural donde se editaron libros, se organizaron exposiciones, se promovieron banquetes y se promovió La Galería, donde se promovió la arquitectura moderna y funcional, el mueble metálico y la artesanía española. Curiosamente en el local de La Galería se creó ya en tiempos de la república el restaurante Or-Kom-por, donde nacería el himno falangista Cara al Sol.
En definitiva La Gaceta Literaria fue precursora del Vanguardismo en literatura, arte y política, de ella saldrían los inspiradores tanto del Comunismo como del Fascismo español.
A partir de 1930, el evidente acercamiento de Giménez Caballero al Fascismo italiano, hizo que muchos autores fueran abandonando su colaboración.
En torno a la revista gira la exposición “La Generación del 27 ¿Aquel momento es ya una leyenda” en la sevillana sala Santa Inés. En la exposición se muestran obras originales del mismo Gecé, de Lorca, Dalí, Picasso, Juan Ramón, Falla, Hinojosa, etc.
En La Gaceta publicaron sus trabajos la mayoría de los autores de la llamada “Edad de Plata” de la cultura española, cuyo punto de arranque es el homenaje que se celebra en el Ateneo de Sevilla en torno al tercer centenario de la muerte de Góngora, jornadas culturales auspiciadas por el mecenazgo del torero y literato Ignacio Sánchez Mejías. El mismo cartel de la exposición es una obra de Gecé titulada “Universo de la literatura española contemporánea”, donde el autor, a modo de cuerpos celestas, compone las constelaciones de la literatura y el pensamiento españoles de la época, abarcando la Generación del 98, del 14 y del 27.
En la exposición se puede ver el curioso documental “El deseo y la realidad”, donde se pueden ver las únicas imágenes en movimiento que existen de Luís Cernuda y de otros autores del momento.


Del vanguardismo de Giménez Caballero dan fe su obra gráfica expuesta, así como un original de su texto “Yo, inspector de alcantarillas”, probablemente la primera publicación surrealista española y su “Hércules jugando a los dados”.
En Marzo de 1928 publica “Eoántropo. El hombre auroral del Arte Nuevo” en la Revista de Occidente de Ortega y Gasset, ensayo literario que compone la nómina del cuadro de honor del vanguardismo español.
Giménez Caballero fue dos veces Premio Nacional de Literatura.
En 1930 crea el primer cine club existente en España, entre otras actividades, estrenará la obra surrealista de Dalí y Buñuel “Un perro andaluz”.
Tras estos dos fecundos años de creación y desarrollo cultural, los jóvenes autores, acordes con el desarrollo de la vida española del momento, van politizando cada vez más sus posiciones, lo que originará caminos divergentes entre ellos.
Giménez Caballero aparece como el más destacado introductor en España de las corrientes políticas de la Italia del momento. Participa en la creación de la revista La Conquista del Estado, junto con Ramiro Ledesma Ramos.
En 1932 publica su Genio de España.
En 1933 es uno de los impulsores de El Fascio. En octubre participa en la fundación de Falange Española, colaborando después habitualmente en la revista F.E.
El estallido de la Guerra Civil le coge en Madrid, consigue ir a Italia y desde allí pasar a la España Nacional, donde sería alférez provisional.
Los viejos compañeros de creación, los colaboradores de aquella fecunda fuente de cultura que fue La Gaceta Literaria se miraban unos desde ambos lados del campo de batalla, otros, en el extranjero, miraban los toros desde la barrera.

viernes, 19 de marzo de 2010

ERNESTO GIMÉNEZ CABALLERO EJE DE LA EXPOSICIÓN SOBRE LA GENERACIÓN DEL 27



En la sala Santa Inés de Sevilla se puede ver hasta Junio, una exposición que revive la eclosión artística y literaria que dió lugar a la que se conoce como Edad de Plata de la cultura española.


El cartel de la muestra es un diseño de Ernesto Giménez Caballero titulado El Universo de la literatura española.


Entre la gran cantidad de documentos expuestos, figuran reproducciones de gran tamaño de la revista La Gaceta Literaria, dirigida también por Gecé (Giménez Caballero), que jugó un papel fundamental en la difusión de las nuevas corrientes y que apareció por primera vez el 1 de Enero de 1927, en cuyas páginas colaboraron firmas como las de Azorín, Baroja, Ortega y Gasset, Buñuel, Begamín, Ramiro Ledesma Ramos, Alberti, Neruda, Ramón Gómez de la Serna, Lorca, Pedro Salinas, Falla, Dalí, Max Aub y otros más, que forman una verdadera galaxia creativa como la recreada por Gecé en su cartel.


La Gaceta Literaria es la columna vertebral de la exposición, mostrando la evolución de las vanguardias entre 1927 y 1928, como el Surrealismo y el neofuturismo. Curiosamente, de los jóvenes autores que convivieron en la revista, surgirian, a partir de 1930, divergencias ideológicas que conducirian a unos al comunismo y a otros al fascismo, pero ambas corrientes con espíritu regenerador de una España que creian necesitada de una revolución regeneradora que trajera mayor justicia social, los dos caminos que se bifurcaron desde 1930, acabarian regando los campos españoles de su sangre joven en un enfrentamiento fraticida.


En la muestra se podrá ver un documental, El deseo y la realidad, que muestra las únicas imágenes existentes de Luís Cernuda y otros poetas de su generación