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viernes, 24 de mayo de 2013

Alonso subraya que Caballero Bonald, Rosales, Alberti, Zambrano y Ayala conforman un quinteto "irrepetible"

A Luis Rosales, Rafael Alberti, María Zambrano y Francisco Ayala se une el martes 23 de abril, 'Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor', José Manuel Caballero Bonald, que recibe el que posiblemente sea el galardón más importante de su amplia trayectoria, como es el Premio Cervantes 2012.

SEVILLA, 23 (EUROPA PRESS)

Se une así su "virtuosismo multidisciplinar" a la "poesía de lo cotidiano" de Rosales, al "vanguardismo comprometido" de Alberti, a la "razón poética" de María Zambrano y a la "lucidez crítica" de Ayala para componer una biblioteca "exquisita" dentro de las Letras españolas y universales.
Así, y en una entrada en su blog titulada 'Caballero Bonald y el quinteto andaluz de las Letras españolas', recogida por Europa Press, Alonso destaca que el poeta gaditano es un autor capaz de cultivar la novela, la poesía, el ensayo, los artículos o la investigación flamenca "con la misma pasión que desarrolla una militancia cívica ajena al sectarismo y reconfortante por su compromiso".
Subraya, además, que "orgulloso de Andalucía, su obra respira la tierra a la que pertenece por nacimiento y experiencia vital", toda vez que resalta que "cuidada de estilo y léxico", dicha obra "ha sabido atrapar a miles de lectores, entre los que me encuentro, y trasladar tanto sus recuerdos de niñez y adolescencia como la vida social y política de España desde la dictadura".
"Andalucía se siente orgullosa de contar con él, y al calor que está recibiendo en estos días de numerosos andaluces, la Junta de Andalucía se ha querido sumar reconociéndolo como 'Autor del Año' para lo que ha programado un conjunto de acciones entre las que destaca la publicación de la antología poética 'Vivo allá donde estuve'", recuerda el consejero.
De este modo, Alonso anima a "aprovechar" esta circunstancia "para volver a redescubrir su obra y animarnos, por ejemplo, en este ''Día Mundial del Libro', a leer su última creación titulada 'Entreguerras', una autobiografía en verso donde aúna sus memorias con la influencia de los autores que han marcado su existencia".
"Esta es mi recomendación personal en un día tan especial para los que nos consideramos amantes de la lectura", destaca el consejero, al tiempo que anima a los lectores "a recomendar aquel libro que le inspiró el alma o aquella obra que transformó sus percepciones". .
Por último, Alonso comparte una reflexión de la directora general de la Unesco, Irina Bokova, que afirma: "La bibliodiversidad es nuestra riqueza común. Hace del libro mucho más que un objeto puramente material, a saber, la más bella invención del ser humano para el intercambio de ideas más allá de las fronteras del espacio y el tiempo".

viernes, 16 de abril de 2010

La casa encendida A finales de la década de los 40 Luis Rosales publicó un libro que ejerció y ejerce una honda influencia en la poesía española.

José Manuel Caballero Bonald
Escritor (Diario de Sevilla, anuario 2010)
Esta próxima primavera se celebrará el primer centenario del nacimiento de Luis Rosales. Los poetas que, como él, rondaban los 25 años al comenzar la guerra civil, vivieron una inolvidable y traumática experiencia. Herederos en buena medida de las dos generaciones anteriores –la del 98 y la del 27-, no será difícil advertir cómo esa ascendencia se filtra con una manifiesta perseverancia dentro de la evolución cíclica de nuestra poesía, alternando las secuelas simbolistas con las pautas más reconocibles del realismo. Pero la guerra truncó bruscamente ese programa. A unos los sustrajo violentamente de la realidad; a otros los sumergió en una especie de mutismo acomodaticio, y a otros en fin los instaló en una voluble evasión “a lo divino”. Lo que Dámaso Alonso calificó de poesía “arraigada” supuso sin duda la angustiosa necesidad de buscar una apoyatura entre los escombros de la desolación.

Poco antes de la guerra civil, la mayoría de estos poetas había publicado su primer libro: Rosales, Abril; Miguel Hernández, El rayo que no cesa; Vivanco, Cantos de primavera; Ridruejo, Plural; Carmen Conde, Júbilos; Muñoz Rojas, Versos del retorno; Bleiberg, Sonetos amorosos... Referidos a ciertas zonas clasicistas de la generación anterior, estos libros muestran en parte una significativa sustitución del modelo: el barroco Góngora ha sido desplazado por el renacentista Garcilaso. Todo lo que sonara a aventura estética se neutraliza ante las ordenanzas de la tradición. La pericia ornamental reemplaza a la misma indagación expresiva. Como por decreto, esta postura tiende a fomentarse a escala nacionalista, y no sólo desde un punto de vista estético, sino desde un severo ángulo doctrinal.

En la posguerra inmediata, los poetas más juvenilmente envueltos en su trágico balance, afrontan obviamente un confuso aluvión de revisiones. Entre La poesía en guerra, de Hernández, y la Poesía en armas, de Ridruejo, cabe un río de sangre. El enfrentamiento con la propia experiencia personal era ineludible. Algunos poetas adoptan entonces lo que vino a llamarse “realismo intimista trascendente”, basado en una tramitación de la experiencia que toma de Rilke su valor existencial y de Machado su bergsoniana filosofía del tiempo. El registro en la materia de la propia vida se acerca ya mucho a la necesidad de encontrar asideros morales, fijados en la recuperación de la infancia, el enraizamiento en la tierra materna, los recursos religiosos.

Pero algo va a experimentar un brusco viraje poético justo a los diez años de finalizada la guerra civil. Me refiero a La casa encendida, de Rosales, sin duda el mejor poema en su género, junto con Espacio de Juan Ramón Jiménez, publicado en nuestro medio en cualquier época. Siempre he confesado mi predilección por este texto excepcional. Su innovación expresiva, su capacidad indagatoria marcan efectivamente un cambio sustancial en el desarrollo de toda nuestra poesía del siglo XX. La sugestión textual del poema, su intenso poder de fascinación, han perseverado hasta hoy mismo de modo impecable, sin acusar apenas el desgaste azaroso de la moda.

Rosales inaugura efectivamente con La casa encendida una poética de la introspección. Sus precedentes calas neoclásicas apenas afloran entre el despliegue narrativo y la pericia estructural de este libro singular. “La carne y el alma [...] están viviendo la identidad de lo que ven”, dice el autor en la nota previa del poema. Y eso ya es mucho decir. Sugiere por lo pronto una nueva actitud, una nueva expansión moral del pensamiento, lo que podría llamarse la ética del infortunio. Su notorio realismo, evidente en muchos casos, queda trascendido por los propios aparejos ilógicos del lenguaje. Aunque no lo manifieste, parece claro que el poeta también ha atravesado por una crisis o, al menos, por una serie de contradicciones entre la razón y la credulidad. La experiencia se convierte así en el hilo conductor de la poesía. Una introversión acumulativa, obstinada, agobiante por momentos, va sacando a flote escenas del pasado, hechos aparentemente triviales de la cotidianeidad: la familia, los amigos, los paisajes interiores, la inmovilidad de los objetos, “porque todo es igual y tú lo sabes”. Recordar también es un aprendizaje de la vida.
El ingenio descriptivo, la adjetivación insólita, la inventiva semántica, los adverbios desusados, van creando en La casa encendida una atmósfera entre testimonial y quimérica, cuyo itinerario ronda siempre algún secreto emocionante. Así como puede pasarse del coloquialismo a un cierto acorde irracionalista, también el registro meditabundo alterna con el ingenio y el retrato psicológico con la ironía. Dentro de ese monólogo dramático que unifica La casa encendida, es la enseñanza de la vida, en tanto que flujo entrecortado de la memoria, la que estabiliza el despliegue global del poema, le da sentido y lo hace autosuficiente. Recordar su vigencia a los sesenta años de haber sido publicado, siempre es un acto justiciero.