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martes, 16 de abril de 2013

Agustín de Foxá, el conde maldito


  • Agustín  de Foxá, el conde malditoJOSE JAVIER ESPARZA
    Se pondrán como quieran los mandarines de la dictadura ideológica que padecemos, pero el hecho objetivo es que Foxá es uno de los grandes. Puede discutirse que como novelista o como poeta, por ejemplo, su obra no alcanzó la dimensión que él hubiese deseado (en parte por circunstancias ajenas y en parte por pereza propia).Sea como fuere, es indiscutible que en un género literario básico del siglo XX, como es el columnismo de periódico, Foxá ha sido uno de los grandes clásicos de nuestra literatura, como González Ruano. Y así lo proclamó, por ejemplo, otro maestro del género: Francisco Umbral. Pero vamos a ver quién era Foxá: qué hizo y por qué tiene que estar, de manera inexcusable, en cualquier biblioteca disiden El “Cara al sol”
    Agustín de Foxá es un hijo directo de la edad de plata de la literatura española. No andaremos descaminados si en su árbol genealógico subrayamos los nombres de Valle-Inclán y Ramón Gómez de la Serna. Eso en lo que concierne a su genealogía literaria, porque la otra, la biológica, también merece mención: Agustín de Foxá y Torroba, tercer conde de Foxá y cuarto marqués de Armendáriz, hijo de la nobleza madrileña (en la capital nació en 1903), educado en el Colegio del Pilar, encaminado a la carrera diplomática… Foxá era lo que entonces se llamaba “un señorito”. Un señorito, eso sí, dotado de una agudísima sensibilidad poética y una curiosidad estética sin límites. Y también, por cierto, de un hondo desdén hacia las necedades de la oligarquía.
    Foxá debutó muy pronto: aparte de los versos escolares en la revista del colegio, antes de los treinta años ya tenía un nombre como articulista en La Gaceta Literaria, que era el laboratorio de las vanguardias españolas en los años 20, en Héroe y en Mundial, entre otras revistas. En 1930 se estrena como articulista en ABC, medio para el que seguiría publicando durante toda su vida. Amigo del gran Edgar Neville, el joven conde traba también relación con Ramón Gómez de la Serna y María Zambrano. En ese momento, ya diplomático, es destinado a Sofía y a Bucarest. En 1933 aparece su primer libro de poemas, La niña del caracol, editado y prologado por otro gran nombre literario del momento: Manuel Altolaguirre.
    Nuestro autor, que ante todo es un literato, no carece de inquietudes políticas: nadie en la España de los años treinta carecía de ellas. De familia monárquica y convicciones conservadoras, su mundo afectivo está en los antípodas de la República proclamada en 1931. Sin embargo, no es un tradicionalista: por una parte, le atrae demasiado el mundo de las vanguardias y, por otra, ha aprendido a mirar con ojos muy críticos el mundo viejo, que estaba muriendo por sus propios méritos.
    Con esas hechuras, era inevitable que terminara acercándose a un movimiento que otro hijo de buena familia, José Antonio Primo de Rivera, está empezando a levantar con una combinación de conceptos políticos tradicionales y formas sociales renovadoras: Falange Española. Como Foxá, otros muchos escritores entran en la órbita joseantoniana: Rafael Sánchez Mazas, Dionisio Ridruejo, José María Alfaro, Jacinto Miquelarena, Pedro Mourlane Michelena… Con algunos de ellos escribió Foxá la letra del “Cara al sol”.
    Sus episodios nacionales
    Agustín de Foxá apenas participó en las convulsiones políticas de la preguerra: sus ocupaciones diplomáticas le mantenían alejado de ellas. La guerra le sorprende precisamente en el momento en que acaba de ser destinado al consulado español en Bombay. Finalmente no marcha a Bombay, sino a Bucarest. Allí se encuentra en una situación difícil: funcionario al servicio de un Gobierno que no ignora sus inclinaciones políticas, y en un clima de guerra civil. Finalmente logra abandonar Bucarest, vuelve a España y entra en la zona sublevada, poniéndose al servicio del gobierno de Franco. Pocos meses antes había publicado su segundo libro de poemas: El toro, la muerte y el agua, con prólogo de Manuel Machado.
    Es en ese ambiente de guerra civil cuando Foxá publica la novela que más fama le daría (y que la izquierda española no le ha perdonado aún): Madrid, de corte a checa, uno de los grandes libros sobre la guerra de 1936. Escrito, evidentemente, desde el lado de los sublevados, Foxá retrata aquí la irresponsable frivolidad de los monárquicos de 1931, las turbulencias de los años republicanos y la persecución roja en el Madrid del Frente Popular.
    La obra abunda en retratos de personajes de la época, pero es, sobre todo, una mirada tan estetizante como desolada al desgarro general de un país. Madrid, de corte a checa tenía que haber sido la primera de una serie de novelas, al estilo de los Episodios nacionales de Galdós. Foxá escribió otras dos: Misión en Bucarest y Salamanca, cuartel general. Sólo apareció, sin embargo, la primera de ellas, y eso después de la muerte del autor. La tercera, la salmantina, nunca se encontró.
    Es interesante, porque Foxá, siendo un hombre que tomó partido decididamente por uno de los bandos de la guerra civil, no tomó nunca una actitud de aniquilación frente al enemigo. Hay unos versos suyos que son una oda al dolor de un país desgarrado. Dicen así: “Una línea de tierra nos separa./ Pero estamos tan lejos…/ Para llegar hasta vosotros, trenes,/ rutas extrañas, playas extranjeras/ y, sin embargo, hermanos enemigos,/ ¡qué cerca nuestra sangre!, que aclararon/ las mismas frutas, que encendieron, roja,/ primaveras y labios parecidos”.
    Foxá escribió otras muchas cosas: más poesía, como los libros El almendro y la espada, Poemas a Italia y El gallo y la muerte, y también teatro en prosa y en verso: Cui-Ping-Sing, El beso a la bella durmiente, Baile en capitanía, Gente que pasa… Colaboró de manera muy directa en las publicaciones culturales del régimen del 18 de julio, como Vértice y Jerarquía, y dirigió la publicación bilingüe hispano-italiana Legiones y Falanges. Sin embargo, se hace difícil calificarle como un escritor del franquismo. ¿Antifranquista, entonces? Desde luego que no. Como les ocurría a otros muchos escritores falangistas de su generación, Foxá se sentía atrapado entre sus deseos y la realidad: la mayoría de ellos veía el régimen de Franco como un enojoso aparato demasiado conservador para su gusto; pero, al mismo tiempo, todos sabían perfectamente que en aquella España de posguerra no había otra opción.
    Instalado en esa incomodidad, Foxá va a ir quemando su vida en distintos destinos diplomáticos durante la segunda guerra mundial. Es en ellos donde se labra esa fama de personaje agudo, sarcástico, brillante y algo cínico que iba a acompañarle para siempre; ese talento para crearse legiones de enemigos por una frase brillante que su verbo afilado no podía reprimir. Representó al régimen de Franco en Roma y en Helsinki. Aquí conoció al escritor italiano, fascista primero y antifascista después, Curzio Malaparte. Malaparte retrató a Foxá con trazos poco agradables en su novela La piel (una gran novela, por otro lado). Foxá, cuando le preguntaron por Malaparte, contestó que prefería a Bonaparte.
    Y cuando terminó la segunda guerra mundial, nuestro autor continuó en sus tareas diplomáticas, ya fuera en Buenos Aires o en Cuba o en Filipinas. Enfermo de los pulmones, el clima filipino estuvo a punto de matarle. Cuentan que cuando se le retiraba de Manila en camilla, a bordo del avión que le devolvería a España, susurró: “Soy el último de Filipinas”.
    Melancolía del desaparecer
    Nuestro autor no tenía la menor inquietud política. No hizo el menor esfuerzo por labrarse una carrera en el régimen. Su mundo seguía siendo otro: el de las palabras y los conceptos, una visión esencialmente estética de la vida y del mundo. De su paso por América dejó unas crónicas sencillamente sublimes, recogidas en el volumen Por la otra orilla. Se trata de una compilación de artículos de tema americano y en ellos -en todos ellos- brilla intensamente su ingenio agudo y melancólico. Es una obra maestra del articulismo como género literario.
    Murió en 1959, con sólo 56 años. “Soy gordo, soy conde, soy diplomático… ¿cómo no voy a ser reaccionario?”. Esa frase se le atribuye, entre otras, para definir su perfil. Pero quizás es más precisa la que él se dedicó a sí mismo: “Gordo. Con mucha niñez aún palpitante en el recuerdo. Poético pero glotón. Con el corazón en el pasado y la cabeza en el futuro. Bastante simpático, abúlico, viajero, desaliñado en el vestir, partidario del amor, taurófilo, madrileño con sangre catalana. Mi virtud: la imaginación. Mi defecto: la pereza”.
    Enfrentado a la muerte, Foxá escribió unos versos que sobrecogen. Su “Melancolía del desaparecer” se ha citado mil veces, pero vale la pena repetirla, porque pocas veces el alma poética ha tocado con más profundidad el temor a la incertidumbre y el dolor por la vida que se va”. Dicen así:
     “Y pensar que después que yo me muera,/ aún surgirán mañanas luminosas,/ que bajo un cielo azul, la primavera,/ indiferente a mi mansión postrera,/ se encarnará en la seda de las rosas./ Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,/ sobre mis huesos danzará la vida,/ y que habrá nuevos cielos de escarlata,/ bañados por la luz del sol poniente/ y noches llenas de esa luz de plata,/ que inundaban mi vieja serenata,/ cuando aún cantaba Dios, bajo mi frente./ Y pensar que no puedo en mi egoísmo/ llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;/ que he de marchar yo solo hacia el abismo,/ y que la luna brillará lo mismo/ y ya no la veré desde mi caja”.
    Es a este prodigio al que unos oscuros concejales comunistas de Sevilla quiesiron prohibir. Porque no les gustaba lo que Foxá fue; no les gustaba el conde maldito. Quizá lo que no les gustaba era saber que, frente a ellos, sigue existiendo la sombra de alguien tan grande.



    http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/cultura/agustin-foxa-conde-maldito-20130329

    miércoles, 23 de junio de 2010

    Lo que la «Zeja» no cuenta


    La Razón 21 junio 2010
    Documental sobre Paracuellos

    MADRID- Noviembre de 1936. Es de madrugada y hace frío. Un grupo de milicianos hace guardia ante una lumbre. Beben vino y fuman como si nada pasase, sosteniendo sus fusiles con firmeza. De repente, unas luces surgen al fondo. Son varios vehículos entre los que viajan varias sacas –grupos de presos– que vienen de la cárcel Modelo. Van atados de dos en dos por el brazo y apenas pueden andar mientras les golpean con las armas para introducirlos en una especie de corral. A todos se les considera contrarios al bando republicano y, por tanto, han de morir. Un sacerdote reza con ellos y les da la extremaunción. De nuevo, vuelven las prisas. Unos veinte presos son sacados a la fuerza y, en medio de la oscuridad, los conducen ante un enorme tronco de árbol. El silencio lo inunda todo y, de repente, los gritos se entrecruzan: «¡Preparados,
    apunten..¡», clama uno de los milicianos. Justo frente a ellos, los presos sacan fuerzas para gritar
    «¡Viva Cristo Rey¡». «¡Fuego!». De nuevo, silencio.
    Cerca de 4.000 personas –al menos las identifi cadas– fueron fusiladas en el otoño de 1936 sólo en Paracuellos del Jarama a manos del F. Cancio bando republicano. Una historia que muchos no conocen o no quieren conocer y que otros, como los actores de la «Zeja», prefieren no mentar en sus vídeos.
    Han pasado más de 70 años y esta escena vuelve a repetirse. Peroya no es real, ahora es ficción. Estamos en la sierra de Madrid y una voz grita a un grupo de actores amateurs: «¿Preparados? Esto es un tema muy serio y muy difícil de contar, así que vamos». Es Antonio, uno de los productores del documental «El Partido Comunista y la defensa de Madrid: Otoño de 1936, Paracuellos del Jarama», el primero de una serie de vídeos de historia dirigidos por Luis Togores, secretario académico del Instituto CEU de Estudios Históricos.
    La idea surgió hace un año como «una herramienta docente», explica Togores, al tiempo que añade que se dirige, sobre todo, a los más jóvenes que, «como cada vez leen menos, por lo menos podrán ver» esta parte de la historia.
    El sol ya ha caído y el frío empieza a hacer acto de presencia. Los actores son profesores de la Universidad San Pablo CEU, amigos, conocidos... Todos llegan caracterizados a la perfección, con sus trajes de época y con todos los detalles para recrear uno de los muchos fusilamientos que se llevaron a cabo durante la Batalla de Madrid, allá por la Guerra Civil. Y es que, prácticamente no existe documentación gráfica de estos trágicos sucesos que resuenan en la memoria de más de uno. Para Ignacio Armada, profesor de Historia del Cine en la Universidad San Pablo y uno de los actores aficionados, esta iniciativa «es una muy buena idea» pues «forma parte de la historia de España». Una historia, afirma, «que o no se conoce o se conoce mal». Él forma hoy parte del bando republicano y, poco antes de empezar a grabar, bromea con los futuros fusilados.
    Y entre medias, un niño de unos siete años pregunta que si puede formar parte de la grabación y ser uno de los asesinados. Togores y otros miembros del equipo le responden
    con diplomacia: «No puede ser porque el preso más joven al que asesinaron tenía unos 15 o 16 años». Togores ya lo avisó: «Queremos contarlo como fue».
    Testimonios
    Sin embargo, esta recreación sólo ocupará unos cinco minutos del documental. El resto, además de imágenes y vídeos de la época, lo completarán los testimonios de personajes como el profesor Ángel Martín Rubio o el escritor José Javier Esparza, quien acaba de publicar su obra «El libro negro de Carrillo». Y, además, cuentan con más de una hora de grabación del historiador Ricardo de la Cierva narrando cómo asesinaron a su padre, quien fuera miembro de Acción Popular.
    El reloj pasa ya de la 1 y media de la mañana y el rodaje termina. La oscuridad sigue siendo la nota dominante y entre los actores asesinados uno exclama: «es la primera vez que me fusilan y creo que me ha salido bastante bien».

    Un incansable historiador:

    Luis Eugenio Togores Sánchez (Madrid, 1959) lleva años rebuscando e investigando entre la historia de España, sin cansarse y con ganas de llegar más lejos aún. Doctor en Historia Contemporánea, Togores ha sido decano de la facultad de Humanidades de la Universidad San Pablo CEU y vicerrector de alumnos. En la actualidad es secretario académico del Instituto CEU de Estudios Históricos y ahora se embarca en la grabación de una serie de vídeos sobre el pasado de nuestro país.

    viernes, 1 de enero de 2010

    Sobre el libro de Jose Javier Esparza


    Asturias es España, y lo demás tierra conquistada… ¡y es verdad!

    José Javier Esparza dice "basta" a la corrección política sobre la Reconquista (cómo una España carcomida fue conquistada, y cómo un puñado de locos la liberaron en sólo 8 siglos).

    "Los hombres, sin pasado, tienden a caer en la desorientación: no es fácil conocer adónde se va cuando se ignora de dónde se viene". No son palabras de ninguno de nuestros clásicos ni tampoco de este libro, sino una cita de la novela más reciente de José Javier Esparza (La Muerte. El final de los tiempos, II; Áltera, 2008). Coherente consigo mismo, Esparza ha presentado en otoño de 2009 una obra de alta divulgación histórica: una crónica del reino de Asturias y, en consecuencia, de los dos primeros siglos de la Reconquista.

    Que hacía falta es seguro. A estas alturas uno puede encontrarse libros de texto de las editoriales más reputadas en los que se cuentan una serie de anécdotas sobre la supuesta España de las tres culturas y la feliz convivencia de siglos entre musulmanes, judíos y cristianos (porque alguno debía de quedar) en eso que llaman "el Estado".José Luis Rodríguez Zapatero acaba de anunciar, nada menos, que los descendientes de los moriscos expulsados en 1609 por Felipe III van a ser indemnizados. No estamos ya en el "España ha dejado de ser católica", sino que nos adentramos en el "jamás ha existido España y, además, estas tierras fueron todo menos católicas" .

    Lo fácil es culpar a Zapatero de la rendición intelectual. Es culpable en la medida en que extiende la necedad y la financia con cargo al Presupuesto, pero es un buen continuador de algo muy anterior a él. Del franquismo es el primer paso de la "alianza de civilizaciones", con aquella solemne memez de la "tradicional amistad hispanoárabe" y la oficialización del triculturalismo de Américo Castro. PeroCastro no era historiador, y don Claudio Sánchez Albornoz, desde el exilio antifranquista, demostró profesionalmente que, efectivamente, hubo una España antes de 711, hispanorromana y visigoda, cristiana vertebralmente; que esa España fue invadida aprovechando, cómo no, una guerra civil entre godos; y que hubo una resistencia cristiana a la invasión, objetivamente irracional pero sorprendentemente exitosa, con un hilo conductor desde Covadonga en 722 hasta Granada en 1492, e incluso más allí, en 1580: la reconstrucción espiritual, real y popular de la unidad de España, la Hispania toledana perdida en el Guadalete.

    Un vacío angustioso de identidad

    Anteojeras marxistas o tribales (nacionalistas) aparte, no van a encontrar ustedes historiadores consistentes que lleven hoy la contraria a don Claudio. Pero ni la docencia obligatoria ni la divulgación han renunciado a la desprestigiada murga multiculturalista, beatificada ahora por los progres. Ni siquiera los Gobiernos de Aznar hicieron algo decisivo en esta dirección, aunque hacia 2002 se entrevió una cierta intención, concretada en algunos libros, en la recuperación de Julio Valdeón, en el activismo de los hermanosGarcía de Cortázar, en la muy pacata Ley de Calidad en educación y en los primeros pasos de la serie Memoria de España en TVE. Poco frente a un océano que define hoy la corrección política.

    José Javier Esparza es un rebelde consciente de la importancia de esta batalla. Los jóvenes y las familias deben poder saber cómo fueron los primeros pasos dados por sus antepasados para que estas tierras conservasen su identidad preislámica. España es el único país de Europa Occidental conquistado por los musulmanes y liberado por sus propias fuerzas, y esa lucha tienen un nombre: Asturias.

    Cierto, no sólo Asturias, y nadie lo sabe mejor que un navarro como yo. Pero la resistencia pirenaica contra el Islam fue más tardía, enlazó menos y peor con la tradición goda, y debió mucho en Aragón y los pequeños condados anejos y todo en la ´Precataluña´ a la acción de los carolingios. Además, en gran parte tuvo lugar tras una larga sumisión al emirato (tan indirecta como se quiera, pero real como la vida misma de los Banu Qasi y los Íñigos) y como efecto de una inteligente intervención de los asturianos (que hizo posible la eclosión de una realeza nueva en Pamplona –que no en una inexistente Navarra- desde 905).

    "En lo más profundo de los bosques de Lo Abierto, allí donde la espesura levanta un muro infranqueable, palpita la vida secreta de los rebeldes. Las sombras no oscurecen el hogar de los emboscados: las columnas de los árboles se abren en un generoso atrio de verdes pastos y huertas de tierra fértil donde las cabañas de madera y piedra calientan sus techumbres al sol fresco de la montaña. Los patricios, en su retorno al origen, han aprendido a vivir los días con la cadencia fluida y dulce de una rueda eterna. Al caer la tarde, en torno al fuego, zanfonías, tambores y zampoñas elevan cantos de jovial serenidad, y el agudo acento de su música envuelve la fronda del bosque en un abrazo de camaradería". Esparza ha llevado después a la ficción lo que había contado después como historia. España se perdió "hasta los puertos", como dice el Fuero navarro y tantas veces he escuchado de don Ángel Martín Duque, de don Javier Nagore y de Luis Javier Fortún, y sus habitantes resistentes a la civilización agresora recrearon contra toda lógica materialista o racionalista "algo". Ese "algo", que nos permite a nosotros sentirnos y ser hijos de Escipión, de Trajano y de Recaredo, es Asturias. Si además, como es el caso, está bien contado, sólo hay una opción: cómprenlo esta Navidad para sus hijos. Sus nietos se lo agradecerán cuando lleguen tiempos que aún están por despuntar.

    Pascual Tamburri Bariain